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El grupo base de esa

El grupo base de esa comunidad estaba en Nueva York y me iban a mandar a Tailandia o Chile para trabajar como laico. Sin embargo, yo tenía seis meses asuetos desde que terminé mi trabajo en el “Cuerpo de Paz”. Conocí al representante de una fundación que descubrí en Costa Rica y la esposa de esta persona, una norteamericana, me recomendó ese grupo y me explicó que se trataba de una ONG establecida en Nicaragua. Su nombre: “Acción Permanente Cristiana por la Paz”. Buscaban voluntarios y decidí viajar a Managua para entrevistarme con el representante que los reclutaba. Yo sabía muy poco sobre la situación del país y mi única referencia importante sobre el proceso político-social de Nicaragua, se dio por medio de un famoso libro titulado “Cry of the people”, escrito por Penny Lernoux. Aquel libro contaba, en términos generales, quiénes eran los sacerdotes, hermanos y laicos asesinados en Centroamérica durante los procesos de luchas revolucionarias recientes, brindando así un contexto histórico de cada país. Cuando vine a Managua, los voluntarios estaban cubriendo el despliegue de un buque de guerra de la marina estadounidense en Puerto Corinto. Entonces se estaba organizando un envío de lanchas para enfrentar dicha embarcación militar en territorio de guerra. La persona que me entrevistaba a mí, me preguntó si yo estaba de acuerdo con la política exterior de EEUU hacia Nicaragua. Yo, sin muchas bases, respondí que no. Sin embargo, más adelante, me di cuenta que esa era la mejor respuesta que pude haber dado. Vine en febrero del 85. Hablaba el español y estaba contra la violencia en todas sus formas. Sabía que los impuestos de mi país estaban haciendo daño a Nicaragua. Mi creencia era (y sigue siendo) pacifista, entonces pensé que debía existir otra solución para el problema político entre ambas 112

naciones. En ese tiempo yo había viajado a El Salvador y Guatemala. Me di cuenta que, en Guatemala, uno no podía hablar de política o te mataban. Era peligrosísimo. Decidí mejor venir a Nicaragua donde sentí que por lo menos había espacio para discutir opiniones encontradas. Cuando el FSLN perdió las elecciones en el 90, era la madrugada del domingo y yo estaba en una finca mientras daban los resultados de los comicios. No les presté mucha atención porque todos pensábamos que el gobierno sandinista iba a ser relecto. Nos acostamos tranquilos. Sin embargo, cuando llegó la mañana del domingo, mi socio estaba escuchando la radio y una señora hablaba en un tono muy alto diciendo que la Unión Soviética iba a respetar los resultados electorales. Yo me sorprendí mucho. Después nos dimos cuenta sobre la derrota del Frente. Lo recuerdo como si fuese ayer. Ese mismo domingo, cuando regresamos a Jinotega por la noche, no había ni una sola alma en las calles; los parques estaban barridos. Al siguiente día, el lunes, por lo menos la mitad de la gente no fue a trabajar y se quedó perpleja en sus casas. Matagalpa, el lugar donde se encontraban nuestras oficinas, parecía un pueblo fantasma. Nos preguntamos qué íbamos a hacer. Yo tenía mi residencia en Nicaragua por medio del Ministerio del Exterior (MINREX), pero luego busqué mi residencia permanente y me la dieron sin mayores problemas. Muchos se fueron, otros nos quedamos. Siempre me gustó trabajar en desarrollo comunitario con los nicas, me casé con una nicaragüense y mi primer hijo nació aquí. Luego me divorcié, conocí a mi segunda esposa y tuve una hija que también nació aquí. Entonces decidí quedarme”. Judy Butler, 72 años: “Nací en Los Ángeles. Era periodista y el trabajo que tenía antes de venir a Nicaragua, era como jefa de redacción de una revista llamada NACLA Report on the Ame- 113

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