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icas, cuya cede estaba

icas, cuya cede estaba en Nueva York. Hacía investigaciones y artículos largos sobre temas relacionados con Estados Unidos y América Latina, siempre con una perspectiva antimperialista. Vine en el 80, durante el primer aniversario de la revolución sandinista, invitada por Oxfam-América. Era parte de una delegación de periodistas alternativos y después empecé a traer más delegaciones de nuestros propios lectores para conocer el país de cerca. Nunca pensé en quedarme aquí, mi español era mediocre y no tenía un oficio importante, aunque había trabajado en la solidaridad antimperialista de los Estados Unidos con Chile, con Vietnam y ahora con Nicaragua. Por razones que requieren una explicación un poco larga, “descubrí” la Costa Atlántica nicaragüense durante mi primera visita. Me di cuenta que esta parte del país tenía su propia historia y sus propios problemas con relación al pacífico. Quedé fascinada y me aseguré de que cada delegación que viniera, fuera a la Costa Caribe para conocerla a fondo. También conocí el CIDCA (Centro de Investigación y Documentación sobre la Costa Atlántica) y un día un poco irónico, el director de entonces me preguntó si conocía a alguien que hablara inglés y que supiera armar una revista. Entonces yo era idónea para ese puesto y dije que sí. La revista que salió se llamaba Wani. Para desgracia mía, Reagan fue electo el 4 de noviembre de 1980, cuando yo cumplí 40 años. Aquel tipo empezó con su línea dura en todos los medios de comunicación y recuerdo cómo satanizaba a Nicaragua diciendo ser uno de los peligrosos “enemigos comunistas” de la región. Pensé que, como reacción a ese discurso excluyente, sería bueno traer más delegaciones de estadounidenses que realmente valoraran la revolución y luego regresaran a EEUU para hablar sobre su experiencia en Nicaragua. El gobierno sandinista entendió muy bien la solidari- 114

dad de nosotros y fueron muchísimos los norteamericanos que se acercaron a Nicaragua. Me sentí acogida por los nicas, pero fue hasta que vine a vivir en el 83, invitada por el CIDCA, que empecé a sentir la complicación de ser una extranjera. Me parecía contradictorio ayudar a este pueblo y al mismo tiempo ser ciudadana del país que más daño le ha hecho a Nicaragua. Los nicas me decían que amaban a nuestro pueblo, pero odiaban a su gobierno. Cuando el pueblo norteamericano religió a Reagan en el 84, me sentí profundamente frustrada, enojada y desilusionada. Para el año 85, mientras trabajaba en el campo, un campesino me dijo lo mismo e hizo la distinción entre pueblo y gobierno. Yo le pregunté por qué hacía tal distinción si el pueblo norteamericano había relegido a Reagan. Él me dijo que, en Nicaragua, a Somoza lo religieron una y otra vez por fraude, de tal forma que ese gobierno no reflejaba el sentimiento del pueblo nicaragüense. Aquella comparación me alivió mucho. Desde aquella vez, no tuve conflictos internos respecto a mi condición de extranjera en Nicaragua. Recordar la derrota electoral del FSLN en el 90, es como recordar el día en que Kennedy murió. Yo estaba en la Costa cubriendo las elecciones y me quedé un mes haciendo cálculos de las elecciones porque no pude pensar en cosas más profundas. Estaba muy ansiosa. Cuando regresé al pacífico, descubrí que había pasado algo importante entre los internacionalistas. Muchos estaban haciendo maletas para irse mientras otros se nacionalizaban. Era un escenario rarísimo. Me quedé perpleja y mi reacción fue algo tardía. No sufrí profundamente sino hasta al final de la década del 90, cuando la crisis existencial y política que muchos otros pasaron antes, también me llegó a mí. No fue sólo la perdida de las elecciones del Frente, sino la realidad de que la revolución ya no estaba en el horizonte y los revolucionarios quedamos 115

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