Views
4 months ago

Libro

Mi organización estaba

Mi organización estaba ubicada en diferentes partes del país cuando vine en el 85. Me mandaron a Bocana de Paiwas y mi trabajo era manejar una ambulancia en la zona de conflicto. Se necesitaba de alguien “neutral” que pudiera andar por la zona de guerra sin representar peligro para la Contra. Entonces yo, como extranjera, manejaba una camioneta Land Cruiser con una bandera de la iglesia católica. De esta manera, la Contra no nos podía agredir. Usualmente trasladaba compañeros sandinistas heridos gravemente, mujeres parturientas, macheteados, etcétera. ¡Aquí, allá, el yanqui morirá! Era una consigna que mucho se decía en ese entonces. Sin embargo, yo sólo la sentí profundamente hasta el 2 de diciembre de 1986 cuando, en una emboscada, cayó Carmen Mendieta, una compañera mía. Juntas trabajamos en el proyecto Cristo Rey, ella era promotora popular y yo la conocí muy bien, viví con ella recién llegada a Nicaragua y conocí a su familia muy de cerca. Durante su vela, aquella noche de verano, me pregunté profundamente qué estaba haciendo en Nicaragua, ¿por qué mi gobierno hacía esto? Estaba en shock. Yo tenía abrazada a las dos niñas que ella dejó huérfanas y las llevé al centro de salud. El charnel había penetrado su parte inferior y parecía dormida. Las niñas me pedían, entre llantos, que la despertara. Aquello me marcó. Yo culpaba mucho a la gente gringa que había relegido a Reagan y estaba enojadísima con ellos. Pensaba irme a finales del 86, pero debido a la muerte de Carmen, me quedé trabajando y ayudando a las dos niñas que estaban huérfanas. Ese mismo año me sentí incapaz de regresar a la universidad en EEUU. Luego de mi experiencia como conductora de una ambulancia, todo era distinto. Luego de ver por primera vez a un muerto en mi vida, cargarlo, limpiarlo y transportarlo, ya no me sentía con la capacidad de volver a mi país. Me quedé trabajando a favor de Nicaragua para sanarme y sentirme mejor. En el 88 cayó el huracán “Juana” sobre Ni- 120

caragua y eso nos afectó muchísimo. Trabajé con 16 comunidades y 800 familias desplazadas de guerra en medio de un liderazgo femenino ya que los hombres andaban en la guerra y el servicio militar patriótico. Durante aquel huracán, perdimos 200 casas en Mulucucú. Fue un golpe duro para la gente porque no fue la guerra, sino la misma naturaleza, la que nos jugó una mala pasada. Sentí que no era momento para irme, por el contrario, me quedé ayudando. En el 89 decidí quedarme un año más hasta el momento de las elecciones. Pensé que el FSLN ganaría los comicios y esto aseguraría un nuevo camino para la gente. Sin embargo, cuando ocurrió la inesperada derrota del Frente en las urnas, la gente de las comunidades nos rogó que no nos fuéramos. Ellos pensaban que, si nos íbamos, los desmovilizados de guerra iban a matarlos mientras el ejército iba desarmando todas las cooperativas. Fue un momento muy difícil, aplacé mi regreso nuevamente y decidí quedarme un tiempo más. Un año antes, el 19 de julio del 89, yo conocí a Guillermo “el político”. Me llamó la atención porque era el único sandinista en Rio Blanco para el décimo aniversario de la revolución que no estaba tomado. Por el contrario, estaba leyendo un libro de Nietzsche. Habíamos tenido una amistad superficial un tiempo antes, pero fue profunda hasta el 90, cuando trabajamos por medio de Acción Permanente en las comunidades remotas. Ese mismo año, el “político” me propuso que nos casáramos. Yo, sorprendida por su insistencia, acepté su romántica propuesta y el 14 de febrero de 1991, me casé a los 30 años. Hice una familia con él y ahora disfruto mucho mi vida en Nicaragua. Es un pueblo admirable”. ELOGIO DE LA GENERACIÓN INTERNACIONALISTA Nicaragua le debe mucho a todos estos hombres y mujeres solidarios que decidieron venir al país en la épo- 121