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Los años de la

Los años de la Revolución fueron los más duros, pero también los más lindos. Es muy gratificante para mí ver los frutos de aquel gran esfuerzo colectivo en mis amigos y amigas nicaragüenses. A pesar de la guerra, nunca tuve miedo. La primera balacera me cogió aquí en el barrio San Judas, donde ahora vivo y trabajo. Escuché las balas rozando las paredes, el ruido estrepitoso de las tanquetas blindadas por un lado y los muchachos revolucionarios del otro, tirando balas, descargando sus rifles, lanzando sus consignas y subiendo adoquines y barricadas… pero nunca tuve miedo. Siempre me sentí del lado de los pobres. En aquella época se hizo un llamado hacia otras congregaciones para que vinieran a Nicaragua y apoyaran el cambio social; hubo una gran respuesta positiva por la mayoría, pero algunas hermanas no decidieron quedarse porque estaban contra el comunismo. En algún momento nos criticaron mucho y nos llamaron “iglesia popular” y yo tuve una postura crítica ante la visión patriarcal de la revolución; pero pienso que, como proceso de cambio, hubo una gran oportunidad de incidir y hacer mucho a favor de los más pobres. Por medio de la amistad que forjé, la catequesis que di; la pastoral juvenil y el acompañamiento a las muchachas en los cortes de algodón, siento que dejé una semilla. Ahora tengo muchas amistades que son mujeres y madres de familia muy profesionales; muy comprometidas con su pueblo y con su país. Lastimosamente, hoy en día la realidad es otra. Europa está pasando por una crisis muy grande y la mayoría de las congregaciones estamos muy disminuidas. La mística se ha venido perdiendo y las que estábamos jóvenes antes ya no lo somos ahora. Los jesuitas, en España, por ejemplo, tenían 5 provincias y ahora están haciendo solamente con una. Nosotras, las Hermanas de La Asun- 126

ción, que en mis tiempos (hace cincuenta y pico de años) éramos unas 80 (novicias) ahora no tenemos ninguna”. Lucía, 71 años: “Nací en San Francisco, California. Soy profesora y pertenezco a las hermanas de Notre Dame de Namur. Decidí entrar en la vida religiosa a los 18 años de edad luego de cumplir mis estudios secundarios en California. Fui formada en la fe católica por mi madre y asistí a escuelas católicas desde la primaria. Siempre sentí una atracción por lo religioso y un deseo de acompañar a las personas sufriendo injusticias y/o necesidades. Desde los 9 años hacía trabajo voluntario en unas escuelas para niños con parálisis cerebral. Era testigo de la lucha de estos jóvenes por aceptar su discapacidad y reconocer su valor como personas; noté que a la mayoría les faltaba conocimiento de valores religiosos para fortalecerse, aceptarse y descubrir el sentido de sus vidas. Decidí escoger una vida que ayudara a otros a reconocer estos valores y acompañar a las víctimas de injusticias. Llegué a Nicaragua con otras dos Hermanas de Notre Dame el 2 de octubre 1981. La llegada fue el resultado de un estudio que hacía la congregación respondiendo a la llamada de la Conferencia de Obispos y la Conferencia de Religiosas de Nicaragua para acompañar el pueblo en la reconstrucción y el proceso revolucionario. Queríamos aprender de Nicaragua para transformar y crear una sociedad con justicia para todos y todas y cómo eliminar la pobreza y la ignorancia del pueblo. Nicaragua parecía una luz para el mundo entero. Venimos con muchas ilusiones de un mundo diferente. Hubo un poco de desconfianza de parte de las autoridades locales cuando empezamos a trabajar en Siuna, ya que se especulaba que podríamos tener conexiones con la CIA, pero realmente no enfrentamos obstáculos mayores en ningún momento. Por el contrario, hubo apertura y diálogo con las 127

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