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autoridades y apoyo del

autoridades y apoyo del Obispo y la Conferencia de Religiosas. El Padre Fernando Cardenal, a quien había conocido en California, nos ayudó en todos los trámites y orientación. Mi mayor satisfacción ha sido acompañar a las comunidades rurales de la zona de Siuna en estos 32 años. Hemos trabajado juntas en medio de la guerra y la paz. Nuestros proyectos se desarrollaron en la educación, la salud, los grupos de mujeres, la vivencia de la fe católica en las pequeñas comunidades, el desarrollo de liderazgo y cualquier otra necesidad que aparecía. Viviendo en medio de la guerra desde el 81 hasta el 90 (y luego la posguerra de 1990 hasta 2000); en las montañas de Siuna enfrentamos peligros diarios. Nos encontramos con los dos ejércitos y tuvimos que saber hablar, explicar y unas muchas ocasiones abogar por los campesinos amenazados, a veces por secuestros; acusados de crímenes por uno y otro bando. Entre combates y minas, emboscadas y muertos, aprendimos lo profundo que significa decir que “la guerra es triste”. Sin embargo, el logro principal para mí ha sido poder acompañar y aprender de los pobres de la vida diaria, compartir y profundizar la fe en el “Dios de los Pobres” que libera y guía a su pueblo; en la construcción de escuelas rurales, programas de salud comunitaria y de acompañar y ayudar a crecer a una congregación nativa de mujeres campesinas, las Misioneras de Cristo. Actualmente vivo y trabajo en la parroquia de Mulukukú donde hemos construido un centro de educación rural. Resido con 6 Hermanas Misioneras de Cristo y ayudo a desarrollar programas para las comunidades de la parroquia, especialmente luchando por ofrecer más ayuda a las mujeres campesinas; mejorar las escuelas rurales y extender la atención en salud a las comunidades más lejanas del pueblo. 128

También enseño en un prescolar Montessori, apoyo a los promotores de salud y sigo de cerca la formación espiritual de las Hermanas. Si me preguntan cómo quisiera ser recordada, diría que como una acompañante de la gente con quien he compartido la vida y de quienes he aprendido a trabajar y convivir”. Mónica, 80 años: “Nací en Ahuachapán, El Salvador y soy enfermera. Pertenezco a la congregación “Hermanitas Josefina”. Soy religiosa desde 1956 y vine a Nicaragua para trabajar en el Hospital Antiguo de Granada. Mi proceso de involucramiento en la vida religiosa se dio poco a poco, pero muy en el fondo y desde pequeña supe que mi vocación era el servicio hacia los más humildes. En el 60 ya estaba lista para hacer mis votos temporales y sólo tenía 22 años cuando decidí ser monja. Me incliné a prestar un servicio en Nicaragua ya que todo lo que me importaba era estar con los necesitados y sentí un llamado para hacer una labor humanista en Centroamérica. Antes había trabajado como asistente social y me gustó mucho la experiencia de cooperar con los enfermos terminales y los desahuciados. Yo no conocía mucho Nicaragua y no había viajado nunca, pero en la casa donde me recibieron las hermanas nicaragüenses, pude sentir mucho afecto y me trataron como un miembro de la familia. Yo, en realidad, tuve que dejar mi verdadero hogar para construir otra familia fuera de mi patria y estuve siempre dispuesta al sacrificio que eso implicaba. En el fondo lo que siempre me dio fuerza es el “llamado del Señor”. La situación política en Nicaragua siempre me pareció relativa a la situación política mundial y por eso me mantuve al margen de los episodios críticos de la sociedad nacional. Nunca tuve miedo durante la revolución, ni antes ni después. La guerra de guerrillas, las protestas sociales, las huelgas, los 129