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Libro

sino un proceso de

sino un proceso de aprendizaje que yo tenía que vivir y que sirvió para muchas otras cosas después”. JAVIER, 35 AÑOS “Yo nací en Boaco, en el 76. Recuerdo cuando estaba en tercer grado de la primaria y hubo una emboscada en el colegio donde mataron a una compañerita que estudiaba conmigo y a toda su familia también. Fueron como 12 personas muertas. Yo recuerdo que la vela fue enfrente de mi casa y vi el montón de ataúdes y cosas que uno no entendía como niño y que, sin embargo, era capaz de presenciar porque estábamos en guerra. Recuerdo las concentraciones populares en Boaco, las marchas, las banderas rojinegras por todos lados; la alfabetización; la reforma agraria y las campañas de salud pública. Recuerdo muy grabado en mis adentros las imágenes previas a los noticieros sandinistas de las 8 de la noche que daban en el canal seis. Aparecía una niña desnuda y quemada en Vietnam y esa imagen era parte del noticiero. Como niño eso me marcó mucho, esa imagen belicosa no lo entendía, pero sí la vivía. Mi mamá trabajaba en una institución que en ese entonces se llamaba: “Casa de todos los combatientes”. Ella era la responsable de esa institución y daba apoyo a los lisiados de guerra, a las madres de los muertos, e incluso, se encargaba de entregar a los muertos del servicio militar cuando morían. Ella iba a ciertos lugares con los ataúdes y entregaba a ciertas familias a sus respectivos muertos. Fue algo atroz. Tengo la imagen impactante de entrar a la oficina de mi madre y ver ese montón de ataúdes llenos de cadáveres vestidos en uniformes camuflados y verde olivos. Incluso tengo recuerdo de otros niños levantando la tapa de los ataúdes y viendo a los muertos caídos en la guerra. Muchos militares llegaban a mi casa y de pronto le decían a 12

mi madre: mataron a Andrés, mataron a Roberto, mataron a Juan y de esa forma la muerte rondó mi infancia, fue algo muy presente y muy ambiguo al mismo tiempo. Dentro de los trabajos rojinegros que involucraban a la sociedad civil estaba cortar café en las fincas de Boaco. Yo corté café desde los 10 años con mucha gente que llegaba en camiones y también con mi hermano gemelo. Tengo la imagen de la humillación que le hizo el Papa Juan Pablo II a Ernesto Cardenal en el 83. Lo vi en la televisión y no lo entendía pues solo era un niño, pero me quedó la imagen grabada del Papa con el dedo muy amenazante contra el padre Cardenal. Recuerdo también la misa nocturna que hizo el Papa en su primera visita a Nicaragua y las madres pidiendo oraciones por los hijos caídos en combate. Luego el Papa regañando a las madres. Son tantas cosas que pasaron a la vez y que me marcaron. Si pudiera hablar de ventajas en esa época, yo diría que había más humanidad y menos consumismo. Recuerdo que no había centros comerciales lujosos como ahora. Todo funcionaba en torno a una utopía de una sociedad más justa donde se luchaba y se daba la vida por eso. La guerra fue la gran desventaja de la Revolución. La muerte ya no era un concepto, era una realidad palpable, era algo cotidiano. En una palabra, la revolución para mí fue Liberación. La liberación de un país, la liberación de la ignorancia en los campesinos, la liberación de las transnacionales que tristemente hoy de nuevo son las que dominan el país, incluso la fe se liberó de tantos prejuicios y de un Dios distante”. 13