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mar a esas niñas es uno

mar a esas niñas es uno de mis grandes logros; insertarlas en la parroquia, en el consejo pastoral de los padres redentoristas, es algo que ha sido muy gratificante y aleccionador. ¿Cómo me gustaría ser recordada? Me lo he preguntado mucho a mí misma y aún no tengo la respuesta”. Emilia, 86 años: “Nací en Padova, Italia, el 3 de diciembre de 1926. Me titulé en varias cosas ya que la religión debe ser bien instruida, pero como tengo sangre dulce para los niños mi especialidad fue psicología infantil. En Italia no se puede dar kínder si usted no estudió aquello, así que me especialicé en eso para dar clase a los niños. Pertenezco a la congregación María Auxiliadora y soy Salesiana de Don Bosco. Desde pequeña sentí la gana de hacerme monjita ya que iba a misa todos los días a pie o en bicicleta. Eran 3 km desde la casa hasta la parroquia (era la última casa del pueblo), pero yo iba tanto a misa que un año perdí clases porque a la vuelta llegaba y me metía dentro de la sabana a dormir. Era muy pequeña. Entré a los 13 años para hacerme monja y a los 18 ya profesé. A los 21 ya estaba en América. Primero estuve en Costa Rica; luego en Honduras (3 años) donde aprendí a hablar el español. La directora no se lograba explicar cómo los niños me entendían a pesar que yo hablaba en italiano, pero yo le decía que los niños me aprendían fácil porque ellos son más listos que los adultos. No se necesita hablar mucho para que te entiendan. Para no quedar medio tartamuda, la directora me puso a dar clase de religión a las niñas de primer año de la escuela. Yo me preparaba y daba la clase y cuando terminaba no sabía qué decir en español, entonces las niñas eran tan buenas que me decían que dijera en italiano lo que quería decir en español; y como los dos idiomas se parecen mucho, las niñas me ayudaban a tradu- 132

cir y así yo fui aprendiendo a hablar. Las niñas son increíbles. Cuando llegué al puerto de Génova para coger el barco hacia América me hizo mucha falta mi mamá; entonces le pedí que viniera a verme y mi mamá se dejó venir. Gracias a Dios fui siempre feliz y ahora con la edad que tengo soy aún más feliz. Ya estoy muy enferma y sólo puedo dar catecismo desde la cama, pero yo lo disfruto profundamente y esa es mi misión. Preparo la primera comunión para los niños y así ha sido por generaciones. Cuando estaba en Honduras decían que yo iba a sufrir en Nicaragua por los calores arrechos que hay aquí. Pero yo les decía que, si los nicas eran fuertes y aguantaban ese tremendo calor sin llegar a morirse, entonces yo también podía aguantarlo. Y así fue. Gracias a Dios siempre quedé contenta de Nicaragua. Estoy feliz aquí. No pienso irme nunca. Nicaragua fue buena conmigo y yo con ella. Una vez pedí mi pensión a la embajada italiana y mi país me contestó que no podía darme nada porque yo nunca trabajé en Italia. Más tarde, en una reunión donde estaba el señor presidente, Daniel Ortega, el mandatario se acercó a mí mientras estaba premiando a diversos personajes de la cultura y yo le dije que Italia me negó la pensión. Él, arrodillado ante mí, reconoció mi trabajo de misionera en Nicaragua y me dio mi pensión. Nunca encontré dificultades para trabajar con los niños pobres de Nicaragua. Soy una persona que no se mete en política. Mi política es el padrenuestro. Los nicaragüenses son muy buenos y cariñosos. Y también generosos. Yo lo veo con las personas que están cerquita de mí. Usted le pide un favor al nica y el nica te ayuda inmediatamente. ¿Cómo me gustaría ser recordada? Nunca tuve ambición de nada porque el único que me recuerda es mi Dios. Pero hay algo que siempre digo: quien no conozca a Sor Emilia no es nicaragüen- 133

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