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Pertenezco a la

Pertenezco a la congregación “Misioneras Cruzadas de la Iglesia” y hace 50 años que entré para ser religiosa. Lo decidí por estar con la gente y poder aportar un granito de arena a la comunidad menos favorecida. Estar con la gente humilde me parecía un gesto más amplio y enriquecedor que hacer una familia. Gracias a mi trabajo he conocido a muchas personas y he viajado a varios lugares. Hace 25 años que llegué a Nicaragua y fui muy bien recibida. Al principio trabajé muy de cerca en los barrios orientales, en Nueva Libia y en La URSS. Iba diario a las comunidades y hacía toda mi labor social y pastoral allá; ahora sigo yendo, pero menos que antes. Estoy concretamente trabajando en el barrio René Cisneros desde el año 88. Somos hijas de obediencia y cuando nos asignan un sitio podemos aceptarlo o pedir que nos marchemos. Yo he decidido quedarme en Nicaragua porque ya me siento parte del barrio y toda la comunidad es como mi gran familia. Nunca recibí desconfianza ni tuve grandes obstáculos para vivir en este hermoso país. Como congregación, tenemos una ventaja muy grande y es que desde que llegamos no trabajamos con ningún párroco. La parte de la pastoral la tenemos cubierta con los jesuitas y con ellos organizamos lo que sea. Hacemos lo que queremos, siempre buscando el bien del barrio y nadie nos pone ningún límite, ni siquiera la parroquia de Altagracia a la que ahora pertenecemos. A nivel de iglesia y a nivel político tampoco hemos tenido dificultades; al contrario, cuando llegamos aquí el Frente nos apoyó y tuvimos las puertas abiertas para todo; nos hemos sentido sueltas y hemos decidido poner una capilla por nuestra cuenta sin pedir permiso a nadie. Nosotras damos la comunión a los enfermos, preparamos las confir- 136

mas, damos clases de biblia, nos reunimos con jóvenes y ancianos y gracias a Dios no tenemos a nadie a quien rendirle cuentas. Somos independientes y auto-sostenibles. La mayor satisfacción es cuando veo que hay familias y, sobre todo jóvenes, que van siendo profesionales, estudiando becas y superándose. Ahora tenemos proyectos lindos de música y los niños van creciendo desde chiquitos y los mantenemos lejos de las calles a pesar que exista delincuencia. La gran satisfacción es ver a los que se preparan y se superan y tienen ganas de tener un trabajo digno en la sociedad. Y lo logran… Ya me han atracado en la calle, me han asaltado, me han puesto la pistola en la sien; pero no me he sentido en peligro porque siempre estoy con el Señor. No he dejado de salir a la calle por eso ni he pensado en marcharme de Nicaragua tampoco. Aquí son las 10 u 11 de la noche y tenemos abiertas las puertas en pampa. La gente nos dice que nos van a hacer algo y todo, pero yo tengo muchísima confianza y no nos hacen nada y me siento muy segurísima en el barrio. El mayor logro ha sido tener la casa abierta para que pueda entrar cualquiera. Aquí viene cualquiera a cualquier hora; a pedirte; a consultarte; a contarte; a estar y se trata de servir un poco de bálsamo… la gente sabe que pueden venir a recibir ayuda y en ese sentido nosotras estamos aquí para recibirlos. Intentamos dar seguridad, esperanza y ánimo a la gente pobre y eso es muy gratificante. La capilla del barrio René Cisneros, donde trabajo, se llama Nuestra Señora de la Paz y la escuelita que está junto a ella se llama de la misma manera. La fundamos hace muchos años y me gustaría ser recordada como una persona que paso sin hacer ruido, pero haciendo el bien”. Felicia, 76 años: “Nací en la provincia de Pinar del Río, Cuba, 137