Views
4 months ago

Libro

tes del triunfo. Cuando

tes del triunfo. Cuando llegaban a catearlo, él les respondía y discutía con ellos. Entonces lo callaban a golpes y lo echaban preso por 8 o 13 días. Cuando estaba preso, mi papá los amenazaba diciéndoles que cuando saliera los iba a ir a buscar uno por uno para cobrar venganza. Entonces al salir lo volvían a golpear y lo volvían a echar preso hasta que mi papa se tuvo que ir fuera de Nicaragua. Mi tío no tuvo la misma suerte y se lo llevaron a la Reserva donde sufrió mucho. Después nos lo regresaron porque se le pudrieron los pies de tanto andar las botas con agua y lodo en “Cucarajil”, en el mero suampo de entonces. Lo regresaron porque no podía ya ni caminar bien. Mi abuelita tuvo 21 hijos, y de esos 21, a dos se los llevaron al servicio militar (uno era de 27 años y el otro de 19), Jorge y Lionel, respectivamente. Al revisar la casa de mi abuelita, los sandinistas los encontraron y los acusaron de “traición a la patria” supuestamente por alojar a “contras ticos”. Los agarraron con saña. A uno lo trajeron a Masachapa y lo encerraron en un lugar de reclutamiento. Al otro le dieron un balazo en los testículos, le sacaron las uñas, lo torturaron y finalmente lo fueron a tirar allí en un parque que se llama “Glorias de Bluefields”. Tuve otro tío que sufrió una suerte parecida. Metían los cadáveres en los volquetes de basura y los iban a tirar a la tarima del parque central de Bluefields. Recuerdo que mi mamá identificó a mi tío (muerto) una vez que encontró entre los cadáveres un anillo que le había regalado. Tenía la cara desbaratada, le arrancaron las uñas, le quemaron el pecho y lo torturaron antes de matarlo. Yo estaba chiquita y recuerdo que mi mamá empezó a gritarles a los sandinistas que le entregaran el cuerpo de hermano antes de quemarlo. Una miliciana le dijo a mi madre que esos 28

no eran cadáveres, esos eran perros y los perros no tenían lugar en el cementerio. Mi mamá siguió gritando por el cuerpo de mi tío hasta que un señor amigo de ella, que a su vez era sandinista, les inventó a los demás milicianos que mi mamá estaba loca, que mejor le entregaran el cuerpo y se fueran de allí. Y así fue: los demás fueron enterrados en una fosa común. Durante la noche (como siempre se iba la luz) nuestra distracción principal era ver las trazadoras rayando el cielo como luces de guerra, unas balas perdidas que quién sabe a cuantos niños mataron. Esa era la distracción de uno. Con las balaceras no se podía ir a comprar comida. Y los súperes estaban todos vacíos. Entonces nos tocaba comer a veces tres tiempos de avena: atol de avena, fresco de avena y todo de avena. Usábamos un desodorante llamado “toque final”; unas latas de frijoles Pork&Bean y unos frijoles llamados biterra que eran unas cápsulas enormes que sabían a tierra. Nos lavábamos la boca con la famosa pasta dental “Dentex” que era como si nos echáramos sal en la boca para lavarnos los dientes. La gente hacia sus propios jabones envolviendo el cebo de la manteca en unas hojas de chagüite y esos jabones eran hediondos. En una palabra, la revolución para mí fue una Desgracia. Por la violencia, por todo los que nos tocó vivir de forma innecesaria”. REFLEXIÓN FINAL Luego de reunir estos doce testimonios juveniles, algunos narrados desde las lágrimas, otros desde las sonrisas, pero la mayoría relatados desde la seriedad que tiene la aguda experiencia de la guerra, me doy cuenta que no todo fue color de rosa y que, muy por el contrario, a lo que muchos pensamos, la revolución popular sandinista también 29