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que los puso en los

que los puso en los tronos inmerecidos que ahora ocupan. Me pregunto entonces, acerca de esta generación de guerreros nicaraguas y chorotegas enfrentados en el recién pasado siglo XX: ¿todos fueron a la guerra por obligación o por voluntad propia? ¿Cómo la vivieron? ¿Cuáles fueron los momentos más dramáticos desde las entrañas montañeras que sirvieron de escenarios para el intercambio de municiones? ¿Había espacio para reírse a pesar de las balas que los orillaban a mantenerse serios y alertas? En fin, ¿se sienten todos traicionados por sus antiguos dirigentes o existe algún aspecto positivo que les aportó esta batalla campal que ya es historia? Para saberlo, los fui a buscar con la esperanza de que me respondieran alentadoramente, por lo menos a la última pregunta. Aquí están los dos bandos, las dos voces, aquí la Historia se sienta como una niña en mis rodillas, y yo la escucho hablar… Noel, 45 años: “Nací en Santa Teresa, Carazo, en el 66. Soy de la generación del servicio militar patriótico. Yo estaba estudiando cuando se dio la ley del servicio militar obligatorio (en el 83) y yo todavía terminaba el ciclo básico de tercer año de la secundaria. En ese momento se dio la inscripción y todos los estudiantes que estábamos en los colegio fuimos los primeros en inscribirnos para participar en las jornadas de limpieza y en el trabajo voluntario de vacunación de perros; las jornadas de salud; la continuación de la jornada nacional de alfabetización que estaba muy fresca y, aunque obviamente yo no quería ir a morir al servicio militar, jamás había tocado y arma no sabía lo que era eso, terminé yendo de forma consciente, fue una decisión consciente. El momento más dramático que viví fue el primer combate en la montaña con mis demás compañeros, muchos 32

de los cuales estudiaron conmigo en la secundaria del colegio. Todos estábamos dentro de los primeros batallones de tropas guardafronteras en la zona de San Fernando, y después nos movilizaron hacia la frontera con Honduras donde estuvimos unos 4 o 5 meses. Durante ese tiempo no hubo ningún combate, gracias a Dios. Más tarde nos movieron en la zona de Chachahua, entre Quilalí y Wiwilí, en esos cerros altos donde experimenté mi primer enfrentamiento frente a la Contra. Fue un choque terrible. Yo sentí un gran nerviosismo mientras duró la balacera; en el combate murieron varios compañeros, incluyendo el jefe del pelotón y un compañero a quien le apodamos “Somoza”, cuyo cuerpo encontramos luego ya bayoneteado: le arrancaron el corazón y los órganos internos. Fue una cosa espantosa que no se me olvida. El segundo momento dramático que viví en mi transcurso por el servicio militar, fue cuando pisé una mina personal y casi pierdo la vida en el acto. Estábamos en las zonas de la frontera desde Nueva Segovia hasta Jinotega, cubierta por milicianos sandinistas y teníamos un área asignada para resguardarla. Estábamos exactamente en una zona llamada Baná (cerca de banacito y banacentro), cerca de la confluencia del Río Coco y el Río Poteca. Allí andamos nosotros cuidando la frontera. En esa ocasión logramos orillarlos (a los Contras) a territorio hondureño y fuimos avanzando en posiciones hasta cruzar la frontera y entrar unos 2kms a Honduras. Luego tuvimos que replegarnos por el bombardeo aéreo y tuvimos que retomar nuestras posiciones. Pero no sabíamos que en esa zona la Contra había dejado minas personales; había minas esporádicas, unas por aquí otras por 33