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yanquis sobre los

yanquis sobre los bolcheviques. Los nicas que habían logrado arribar a la tierra de Lenin, apenas buscaban cómo sobrevivir y justificar sus estadías entre Moscú y Berlín, las dos ciudades más afectadas por la hecatombe socialista y el fracaso marxista de Gorbachov luego del golpe de estado que sufrió en Moscú. Pronto Nicaragua se sumaría al derrumbe político de la izquierda mundial. En 1990, el FSLN perdería las elecciones ante Violeta Barrios de Chamorro, la mujer que sucedería Daniel Ortega, un líder resignado a entregar el poder luego de su primer mandato al frente de un gobierno desgastado por la guerra. La Unión Nacional Opositora (UNO) tomaría las riendas de la nueva presidencia y con esta victoria inesperada, los sueños de muchos nicaragüenses también se desplomarían. Era el fin de una Era para Nicaragua y para el mundo. ¿Cómo encontraron el país estos nicaragüenses que fueron en busca de superación y experiencia? ¿Cómo era quedarse allá, tan lejos de sus terruños pinoleros? ¿De qué manera sobrevivieron a los años más críticos de la “Guerra Fría”? ¿Qué aprendieron, a pesar de todo? Todas estas preguntas se responden entre los ocho testimonios expuestos en esta investigación exhaustiva. Cada uno fue un superviviente de una situación difícil que los obligó a regresar a un país derrotado, la búsqueda de un trabajo digno y el emocionante encuentro con sus seres queridos que, desde acá, los añoraban de vuelta en casa. Víctor, 65 años: “Nací en Mina La India, León. Me fui en el 81 y regresé en el 82. El plan era estudiar biología marina, pero en mi vuelo se extraviaron los documentos míos y de otro profesor de la UNAN-Managua. Se perdieron diplomas y títulos importantes, de tal manera que estando allá, pasamos desocupados sin estudiar como 4 meses y no hallaban qué hacer con nosotros. 56

Para mayor desgracia, nos querían hacer estudiar desde primer año de bachillerato y yo dije que no, inmediatamente. Dije que prefería regresarme. Tenía 35 años, tres hijos y una esposa. Empezar de cero era absurdo para mí. Me acomodaron en un cursillo y estudiamos cualquier cosa con tal de ocuparnos en algo. Éramos 13 en total, todos de la UNAN-Managua. Estudié una especialidad en cultivo de peces y me ofrecieron una beca para estudiar en el conservatorio de música, la cual rechacé. Estaba desesperado. Finalmente estudié en el Instituto Astraján en un pueblo que lleva el mismo nombre. Quedaba como a 60km del Mar Caspio, en una zona a 32 horas en tren de Moscú. El pueblo era parte del puerto de Tallin, un espacio de defensa bélica para la flota naval. Ellos lo consideraban un pueblo de cuarta categoría, a diferencia de Leningrado, Moldavia, Kushinov, Kiev, etcétera, sin embargo, seguía siendo parte de Rusia. Allí, junto con otros revolucionarios soviéticos, vietnamitas, cubanos, mozambiqueños, de Barbados, compartíamos nuestra primera experiencia en la URSS. Hice un cuarteto aficionado de música revolucionaria con otros nicas involucrados en el Instituto. Nos dedicamos a cantar canciones de la revolución sandinista, la mayoría de ellas escritas por Carlos Mejía Godoy y el Grupo Pancasán. Yo era la primera voz y éramos muy solicitados. Mis compañeros hacían el coro. Nos atendían a cuerpo de rey comiendo caviar, salmón y trucha, ya que se valoraba mucho el arte y la cultura. Nuestra revolución estaba de moda y querían escuchar nuestras canciones. Durante la celebración del aniversario de la revolución de cada país invitado, hacíamos actos culturales con los marroquíes, libios, etiopios, vietnamitas, angoleños y algunos de Madagascar. Eran todos morenitos y no eran muy queridos por el racismo. Humildes, cariñosos, callados, pero no muy queridos por el color de su piel. Todo ese racismo era inevitable sufrirlo 57

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