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comías. Mal, pero

comías. Mal, pero comías. Una leche “Kopi” te costaba 20 o 30 centavos. Con 2 o 3 rubros almorzabas decentemente. Nos daban zapatos, guantes y abrigos una vez y para siempre. Es decir, una vez para seis años. Si se te jodían los zapatos, tenías que buscar cómo arreglártelas para conseguir unos nuevos. Pasamos 6 años con la misma bufanda, el mismo pantalón, el mismo gorro y los mismos zapatos. No había opción de pedir a ningún gobierno ayuda extra. Se supone que lo que te daban te tenía que ajustar para lo necesario. Al regresar a Nicaragua, teníamos esperanzas de encontrar un trabajo garantizado. Eso nos dijo el gobierno sandinista. Pero todo se esfumó en las elecciones del 90. El pueblo no aceptaba la derrota y se hicieron revueltas contra Doña Violeta. Había barricadas en Managua, el aeropuerto nacional estaba tomado y mi avión que venía desde Rusia se tuvo que quedar en Irlanda una noche. El vuelo continuó hasta el día siguiente y cuando vine al país mis, padres no pudieron irme a traer al aeropuerto. Lo primero que sentí fue un ambiente de incertidumbre. Costó mucho que en la universidad me reconocieran el título. Yo pasé impartiendo clases en la secundaria como 3 años y recibiendo el sueldo de un bachiller. Todo porque la universidad de León y la de Managua no me reconocían el título de Rusia. A uno también le cerraron las puertas por celos y por estigma. Mi título decía Máster en Química; entonces ellos decían que, si nos fuimos por 6 años a estudiar a Rusia, no era posible que nosotros trajéramos un masterado. Debíamos traer algo más. Todo era por celos profesionales. Y eso nos hizo más difícil encontrar un trabajo digno. A pesar de todas las penurias, viajar a la URSS fue una experiencia bella. Yo logré ver cuál era la realidad del socialismo puro. Viví en el gobierno somocista durante sus últimos años y luego durante el gobierno sandinista en el primer 62

quinquenio. Los somocistas hablaban pestes del comunismo. Los sandinistas venían con un discurso contrario. Estas discrepancias políticas despertaban la inquietud del joven por saber quién tenía la razón. Lo cierto es que ningún sistema es perfecto, pero en Rusia yo veía que trataban a todos por igual: los niños, las mujeres y los ancianos tenían una vida digna. Y eso yo no lo vi bajo la sombra de Somoza”. Johanna, 41 años: “Nací en Managua, en 1970. En Rusia saqué una carrera técnica llamada Tecnología de los Productos Pesqueros. Me fui en 1987, tenía 16 años. Fue cómico porque supe de las becas por medio de una amiga romanticona que se hacía la ilusión de postularse para becaria mientras leía el anuncio en el periódico. Finalmente me convenció para que participara. No la pensé dos veces, apliqué y me aceptaron. Yo venía de la iglesia bautista donde normalmente eran personas de izquierda. Ya había participado en organizaciones como brigadas de salud, cortes de café y en muchas otras obras sociales que organizaba la revolución. Me pareció lindo irme a Rusia tan joven y mi excelencia académica me favoreció mucho. Todo aquello era como el sueño de un adolescente hecho realidad. Cuando me iba no me querían dar la beca —ya teniéndola aprobada— porque yo soy evangélica y ellos decían que ir a un país donde se practicaba el ateísmo, podía ser muy duro para mí. Entonces mi mamá habló con el Ministro de Educación, padre Fernando Cardenal, y le dijo que yo había dado mucho por mi país y que merecía ir para demostrar mis capacidades. Finalmente dejaron de poner trabas. Estudié en la Escuela Técnica de Pescado de Astraján, a dos horas de Moscú en avión. Venía de un país difícil, controlado por un sistema parecido al ruso, así que a los nicas no nos asustó tanto la situación crítica que allá se vivía. Sin embargo, también estuvimos en el tiempo del auge económico, donde 63

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