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nómica); de tal manera

nómica); de tal manera que los países socialistas unificados se apoyaban económicamente sin mayores problemas. Un bluyín costaba ciento y pico de dólares (el equivalente a 15 marcos) y especialmente las mujeres pagaban por ellos. Carísimos y escasos. Allá va cambiando el tipo de vestimenta acorde las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. A veces era necesario andar buzo y un montón de ropa debajo de los abrigos para pelear contra el frío. Era duro. Los cuartos necesitaban de un calefactor y todo el país tenía una batería regida por un sistema, el cual, en un momento determinado, encendía la calefacción estatalmente mientras medían la intensidad del clima. Así nos fuimos adaptando. Fue duro regresar a Nicaragua. Pasé un año desempleado. Luego de estar allá tanto tiempo preparándome y después venir a nada, fue algo frustrante, pero ni modo. Finalmente conseguí trabajar como profesor horario en la UNAN-Managua y después me vine a trabajar en la UCA. Lo peor de todo fue el estigma que nos tenían como comunistas a nuestro regreso. Y muchos trabajos se nos cerraron por eso. A pesar de todo, valió la pena aprender un segundo idioma que todavía tengo la oportunidad de platicarlo cuando puedo ver a mis amigos alemanes”. Violeta, 45 años. “Soy de Managua. A los 18 años me fui a Ucrania, una de las 15 repúblicas de la URSS de aquel tiempo. Era el año 85 y Nicaragua entraba en una espantosa guerra civil que manchó de rojo nuestras montañas. Me logré ir por medio de una beca para estudiar Medicina Veterinaria, una carrera que no existía en Nicaragua tampoco. Fue una gran oportunidad ya que yo no tenía otra manera de irme. Mi papá era conductor y mi mamá era trabajadora doméstica; no tenía ningún chance económico 68

de que me fuera a Guatemala, México, Suramérica, etc. Escuché la convocatoria en las noticias y busqué todos mis papeles: diploma de bachillerato, certificado de la Cruzada Nacional de Alfabetización y todos los documentos y cartones que teníamos en ese entonces. Dejé dichos documentos en el CENES y luego me llamaron y me dijeron que necesitaban el permiso de mis padres para enviarme a la URSS. Fue una hermosa sorpresa. Era un entusiasmo tremendo, pero la verdad es que cuando llegué al aeropuerto de Kiev, lo primero que hice, fue llorar. Ni siquiera había llorado al despedirme de mis padres en Managua, pero al salir por primera vez del país y sentirme completamente en otro mundo, no pude controlarme y lloré como una niña perdida. Me pregunté qué hacía allí, tan lejos de mi familia y mis amigos y mi hogar. Me desahogué sola, respiré profundo y luego asumí la realidad. Tenía que superarlo, madurar y regresar 6 años después a mi país. Ni modo, ya estaba allí y no podía costearme un pasaje de regreso ni portarme mal tampoco. La primera gran dificultad fue el choque cultural. Era un cambio de 360 grados. Otra idiosincrasia, otra cultura, otra gastronomía. El clima fue atroz. Recién llegada, no me afectó mucho porque los becados llegamos en agosto y era pleno verano. Hacía calor y yo estaba acostumbrada al trópico. Pero pronto llegó el invierno. Las primeras semanas fueron lindas; todos estábamos fascinados viendo nieve, pero cuando pasaban dos meses y no dejaba de caer nieve, se volvió angustiante. Eran temperaturas gélidas entre menos 20 y menos 25 grados. Fue muy duro. Los ucranianos eran personas muy cerradas y nacionalistas. En un principio no querían mucho al extranjero y costó que nos dejaran ser parte de ellos. Les hablábamos, preguntá- 69

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