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quierda si estas

quierda si estas abrazándote con los partidos conservadores, etcétera. Entonces yo, sinceramente, abogo por otra clasificación de los pensamientos de izquierda. Ser feminista es estar por la vida y promover los derechos humanos fundamentales donde exista la posibilidad de respetar y que me respeten por lo que soy y a pesar de lo que soy. Si se respeta eso y al mismo tiempo se tiene una ideología política de igualdad para todos y todas, entonces no se puede ser de izquierda sin ser feminista”. Sofía, 57 años: “Nací en Ciudad Darío, Matagalpa. Recuerdo muy bien que a mediados de los ochenta, las feministas éramos una autentica minoría, o por lo menos las que nos hacíamos llamar “feministas”. Ese grupo pequeño pero compacto fue el que empujó el desarrollo del movimiento de mujeres para componer lo que más tarde se conoció como AMLAE. La revolución estaba representada prácticamente por un partido único y la lucha contra esa homogeneidad partidaria fue nuestra primera batalla. Quisimos hacer algo así como la FMC (Federación de Mujeres Cubanas) y lentamente, a través del debate constante, logramos hacerle peso contrario a la posición oficial del FSLN. La posición oficial de aquel entonces pregonaba que el feminismo era una ideología burguesa y consideraban (de forma esquemática, por supuesto) que la emancipación de la mujer solo se podía dar por añadidura o por chorreo, como un acto mágico y sin el esfuerzo común de los y las nicaragüenses. Por lo tanto, costaba mucho que se reconociera el derecho de las mujeres a plantear su propia agenda de género. El enfoque del socialismo sandinista era algo meramente decimonónico que sólo lograba enfocarse en el problema de clase social. Las otras dimensiones de la sociedad eran subestimadas. Entonces fue una lucha ideológica muy fuerte la que se libró, ya que a las mujeres solamente nos 88

consideraban en dos categorías: o éramos campesinas o éramos “pobladoras”. Si no estabas en una de esas dos categorías, entonces no teníamos derecho de reclamar nada. Tuvimos que educar a la gente. Nuestro pequeño movimiento de mujeres tuvo que continuar en el debate político-social para tocar temas delicadísimos como la violencia contra la mujer. También tocamos el tema de la sexualidad, el tema de la reproducción y de todo lo que hoy se da por sentado que es la agenda de género en el país. La agenda oficial para las mujeres en los años ochenta era la defensa y la producción. Es decir, o producías para comer o volabas bala, a eso estábamos confinadas. En términos concretísimos, el tema de la democracia no era parte de la agenda de la revolución a pesar de la insistencia no solo de nosotras, sino también de los Contras. Sin embargo, fue algo que nunca se discutió. Esto representó un problema para las mujeres de entonces, porque la democratización de la sociedad es un requisito básico para poder participar e incorporarse. Posteriormente la cosa se fue agravando, pero con esa complicación también se dio algo positivo. A medida que avanzó la guerra, la cantidad de hombres que desalojaron la ciudad para ir a combatir fue tal, que las mujeres tuvieron que hacerse cargo de la retaguardia y creo que, en ese proceso, las mujeres encontraron capacidades de autonomía ya que el servicio militar ausentaba a sus maridos por dos años o más. Entonces hubo posibilidades de autoafirmación y de libertades recientemente encontradas porque no tenías al policía en la casa vigilando tu proceder. Así fue como empezaron nuestros pequeños éxitos, por medio del empuje y la presión femenina que al final y a regañadientes, las directivas masculinas y el propio partido de gobierno, terminaron cediendo. La gran influencia de esta minoría fue más palpable cuando terminó la revolución, en 89

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