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La revolución creó un

La revolución creó un sentimiento colectivo de participación y las mujeres no estuvimos al margen de eso. Por primera vez en la historia de este país, las mujeres dejamos de ser las responsables de llenar las iglesias, las responsables de los menesterosos, las responsables de coordinar las fiestas de caridad y nos convertimos en protagonistas. Las jóvenes, las adultas, las rurales, las urbanas, las religiosas, las ateas, las de clases pobres, las de clase media, etcétera, logramos insertarnos en este proceso y esto tuvo una trascendencia muy grande para mi generación. Yo era una muchacha de 18 años cuando triunfó la revolución y yo creo que eso trastocó las nociones de cuál es el papel de las mujeres en la sociedad. Veníamos de una sociedad muy tradicional, influenciada por las ideas más conservadoras que afirmaban que el papel de nosotras era la familia, la reproducción, el hogar, etcétera. Con la llegada de la revolución todo eso se fue difuminando, las expectativas fueron otras: organizarse, estar en la juventud sandinista, ir a los cortes de café, ir a la alfabetización o irse a estudiar con una beca fuera del país. Se descolocaron entonces las ideas más conservadoras sobre el papel de las mujeres y esto nos contagió de esperanza y entusiasmo. Los grandes obstáculos fueron la misoginia, el sexismo imperante y los discursos utilitarios hacia las mujeres. Todas asumíamos que el frente tenía la capacidad de conducir a la sociedad hacia el logro de sus metas. Sin embargo, esto era una grandilocuencia, una gran ingenuidad, éramos muy jóvenes y muy inexpertas, entonces idealizamos al frente sandinista y a su dirigencia. El obstáculo más grande fue que la revolución y su vanguardia no estaban dotadas de un pensamiento pro-igualdad. El FSLN venía de una ideología marxista muy limitada, tampoco dio debates respecto de las formas de 94

opresión que viven específicamente las mujeres en el campo, no tenía ninguna propuesta para enfrentar las relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Miraban a las mujeres como pobres y como pobres las trataban. Nosotras estábamos de acuerdo sobre los derechos de tipo socioeconómico: un empleo digno, un salario digno, los permisos de maternidad, centros de desarrollo infantil para cuidar a las criaturas, todo eso estaba bien. Pero eran derechos referidos a las mujeres como trabajadoras, únicamente. En cambio, todos aquellos derechos que tenían que ver con la libertad, la autonomía y la autodeterminación de las mujeres, no eran derechos reconocidos por el Frente. Temas relacionados con la violencia de género o con la maternidad voluntaria, temas como el aborto clandestino y sus consecuencias, temas relacionados con el trabajo doméstico y con la mala distribución del trabajo en el ámbito de la familia, todos esos eran temas que el FSLN evadía. Todo ello nos puso obstáculos, cortapisas y amenazas. Pusieron a AMLAE contra la pared sólo porque se oponían a que el movimiento de mujeres profundizara una agenda antidiscriminatoria. El sexismo tan presente en la dirigencia revolucionaria, no permitió que el movimiento de mujeres avanzara hacia ideas feministas de igualdad. Yo pienso que no puede haber revolucionarios que sean antifeministas, ni racistas, ni homofóbicos, ni lesbofóbicos, revolucionarios que no tengan una auténtica y legítima apuesta para acabar con la explotación y con los abusos del capitalismo. Yo creo que un revolucionario que esté en contra de las demandas feministas es un revolucionario de la boca para afuera, por eso no creo en aquellos que dicen ser de izquierda y luego están contra el feminismo. Me parece una gran contradicción”. Lea, 60 años: “Nací en Managua hace poco más de seis déca- 95

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