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5 months ago

Carrera contra la tormenta

Tres kilómetros atrás,

Tres kilómetros atrás, Shane y Connor, su hijo, desaparecen tras una espesa cortina de lluvia. Al poco tiempo, la tempestad golpea al Kyla. Llegó tan rápido y es tan densa, que el mundo parece haberse reducido a una pequeña habitación grisácea, sin horizonte, cielo o costa. Luego, sin previo aviso, los vientos aumentan a 117 kilómetros por hora: un huracán. Ron y Hana no tienen tiempo de bajar las velas. La proa del Kyla se levanta del agua, por un instante queda parado sobre la popa; luego gira sobre uno de sus lados. En este punto, la bahía tiene tan solo 2 metros de profundidad, por lo que el mástil se clava en el lodo y se parte en dos. Hana sale disparada del barco, y la botavara, una barra horizontal sujeta al mástil, golpea su cabeza. Ron aterriza entre Hana y el bote; sujeta a la joven con una mano y se agarra de una cuerda atada a la nave con la otra. El viento sopla y transforma al trampolín en una vela. Mientras el bote es arrastrado, Ron sale disparado al agua, lejos de Hana, y estira sus brazos tanto como puede. Enfrenta un verdadero dilema: debe elegir entre soltar el bote o a Hana. Suelta al Kyla. Él y Hana llevan chalecos salvavidas, pero las olas de 2.5 metros los golpean y amenazan con separarlos. O ahogarlos. Se abrazan con fuerza para sostenerse; Hana apoya su cabeza contra el pecho de Ron para encontrar un poco de aire y resguardarse de la precipitación que parece perforarles la piel. En medio del caos, Ron piensa por un momento en su hija. Sin embargo, conforme las olas los arrastran, su mente se pone en blanco y gris, como el escenario en el que se encuentra. Sarah y Jim también son arrojados al agua por el tiempo infame. El mástil de su nave se quiebra y las velas se sueltan. “¡Jim!”, grita Sarah, a la vez que intenta recoger las lonas. Finalmente se encuentran y regresan con lentitud hasta los restos de la embarcación. UNOS 48 KILÓMETROS AL NORTE, el alférez Phillip McNamara, de la Guardia Costera, cumple el primer turno de su carrera como oficial de guardia. La tormenta azota a la bahía de Mobile y en la estación se reciben constantes llamadas de emergencia de marineros que están en el agua, personas varadas en bancos de arena y testigos que no dan crédito a lo que ven desde tierra firme. McNamara llamó varias veces a su superior, el comandante Chris Cederholm, para preguntar cómo responder a la situación. “A la tercera llamada quedó claro que sucedía algo grave”, comentó recientemente Cederholm, quien, al llegar a la estación, puso en marcha un protocolo denominado Operación de Rescate Masivo, para el que convocó a personal de aire, tierra y mar. Las autoridades intentan dimensionar la magnitud de la tormenta, al mismo tiempo que los marineros en la

SELECCIONES Hana Blalack y Ron Gaston estuvieron en el agua por más de dos horas. bahía luchan por sobrevivir. El viento sacude al Razr de los Luiten y a la tripulación (Lennard, Jimmie Brown, su padre de 71 años, y sus amigos adolescentes Adam Clark y Jacob Pouncey), que cae al agua. Brown, cubierto con un impermeable, se mantiene a flote con dificultad. Lennard nada alrededor del bote en busca de su padre, a quien encuentra junto con Jacob. Al cabo de unos 20 minutos, olas de 2.5 metros amenazan con ahogarlos. Lennard se dirige hacia la costa para pedir ayuda. Por lo general, la fase más fuerte de una tormenta se prolonga entre dos y tres minutos, pero esta todavía no ha amainado y ya lleva 45 minutos castigando la zona. DIEZ BUQUES DE la Guardia Costera responden al llamado, así como varios aviones, helicópteros y un equipo que patrulla la costa en vehículos todoterreno. Personas a caballo recorren los bancos de arena en busca de sobrevivientes. En el puesto de la Guardia Costera en Dauphin, Scott Bannon, comandante de la División de Recursos Navales de Alabama, llama por teléfono a los familiares y amigos de los propietarios y capitanes de las naves para estimar la cifra de desaparecidos. Cerca del puente de la isla Dauphin, un bote de rescate de la Guardia Costera encuentra a Sarah Gaston y Jim Gates. Ella tiene una herida en la pierna e hipotermia; entra en choque en el momento en que los rescatistas la suben a la cubierta. Ron y Hana se encontraban por el centro de la bahía, donde la probabilidad de rescate es remota. “Lo único que se podría distinguir con claridad en el agua es la cabeza de alguien”, explicaría Bannon. “Bien podrías avanzar entre las olas y no ver al náufrago”. El dúo ha estado en el agua por dos horas. Intentaron nadar hasta la costa, pero las olas y la corriente les impidieron escapar. Para no pensar en el horror de la pesadilla que viven, Hana hace bromas: “Creo que no llegaremos a tiempo para la cena”. “Mira”, dice Ron, quien saca un teléfono del bolsillo a la vez que Hana busca un dispositivo GPS que tenía en su chaleco salvavidas. FOTO: BRYAN SCHUTMAAT

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