Quiero perdonarlo

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SECCIÓN DE LIBROS

En 1985,

Wilma Derksen

afrontó lo inimaginable:

el asesinato de su hija. Tres

décadas después, hace un

recuento de su esfuerzo por

salir de las tinieblas.

Quiero

perdonarlo

TOMADO DEL LIBRO THE WAY OF LETTING GO

FOTO: THOMAS FRICKE


Wilma y Cliff

Derksen, en su

casa en Winnipeg,

en julio de 2017.


SELECCIONES

Al terminar el día más terrorífico de

mi vida, el 17 de enero de 1985,

alguien tocó la puerta de nuestra

casa en Winnipeg, Canadá. Miré

el reloj; eran las 10 p. m.

Abrí. Era un extraño vestido de negro,

enmarcado por la oscura noche.

—Yo también soy padre de una niña

asesinada —se presentó.

Sentí que palidecía. Ahora yo era

madre de una niña asesinada. Ese

mediodía nos habíamos enterado de

que un empleado de la Alsip Brick,

Tile and Lumber Company halló el

cadáver de Candace, nuestra hija de

13 años, mientras inspeccionaba un

cobertizo abandonado en la fábrica.

¿Quién era este hombre? Todo extraño

era ahora un sospechoso. Todos

eran homicidas en potencia.

—Vengo a decirles lo que pueden

esperar de hoy en adelante.

Era difícil creer que hacía apenas

siete semanas éramos una familia

desconocida, desapercibida y feliz.

Mi esposo, Cliff, era director de programas

de uno de los campamentos

de verano más grandes de la provincia

de Manitoba. Teníamos tres hijos:

Candace era la mayor, Odia tenía 9

años y Syras, 3. Yo me abría camino

en la industria del periodismo.

Candace había llamado del colegio

ese viernes para pedir que la recogiera.

Bajo cualquier otra circunstancia, habría

ido por ella, pero se me hacía

tarde. Le pregunté si no le molestaría

caminar a casa para que cuando llegara,

yo ya hubiera terminado mi proyecto

de redacción. Le prometí que

compraría comida especial para su

piyamada de ese fin de semana.

Me dijo que no le molestaba en lo

absoluto y después, casi sin aliento,

me contó que David, su compañero, le

había embarrado nieve en la cara. Por

la forma en que dijo su nombre, me di

cuenta de que era especial para ella.

Tuve una sensación de desasosiego

cuando no entró por la puerta a la

hora prevista, un poco después de

las 4 p. m. Rápidamente abrigué a las

pequeñas y conduje por la calle, buscándola.

Luego, fui a recoger a Cliff a

la oficina. De vuelta en casa, empezamos

a telefonear a sus amigos, a los

nuestros y a la familia; agotamos todas

las posibilidades. A eso de las 10

p. m. llamamos a la policía.

LA DESAPARICIÓN DE nuestra hija

desencadenó la búsqueda más exhaustiva

de personas extraviadas

hasta la fecha. Empapelamos la ciudad

con carteles que decían: “¿Has


visto a Candace?”. Durante siete semanas

le suplicamos al público que

nos ayudara a encontrarla, exponiendo

nuestras vidas destrozadas.

Ahora que habían hallado su cuerpo,

supimos a ciencia cierta que alguien

la había raptado, se la había llevado a

un cobertizo, la había atado de pies y

manos y dejado ahí para que se muriera

en las heladas temperaturas del

primer frente frío intenso del invierno.

—La mataron en la tienda de rosquillas

—añadió. Parecía haber contado

la historia muchas veces.

Mientras él hablaba, yo me preguntaba

qué lo había motivado a venir a

nuestra casa tan tarde.

Ya no podía trabajar, porque no lograba

concentrarse en nada más que

no fuera el asesinato de su hija. Nos

contó hasta el último detalle del día

en que la mataron.

Me obsesioné. Sospechaba que los

vecinos podrían estar involucrados

en la desaparición de mi hija”.

Estábamos agotados; había sido un

día muy pesado. Después de hablar

con la policía, fuimos a la morgue del

hospital para identificar el cuerpo.

Después, nuestros amigos llegaron

con comida y palabras de consuelo.

Y ahora aparecía este extraño y prometía

responder las preguntas que

nos hacíamos.

—También asesinaron a mi hija

—empezó a contar.

Fue entonces cuando lo reconocimos;

lo habíamos visto en los noticieros

de la televisión. Era una historia

local muy conocida. No derramó una

sola lágrima mientras hablaba, aunque

yo también podía hablar de mi

hija sin llorar. A veces mi llanto era

incontrolable; otras, no sentía nada.

Sacó una colección de libretas negras

de su chaqueta. Había anotado

con lujo de detalle, y meticulosamente,

todos los procesos judiciales.

Ya se habían celebrado dos juicios.

—No descansaré hasta que se

haga justicia —afirmó—. He perdido

tanto… todo —agregó.

Negaba con la cabeza. A continuación

hizo una pausa.

—Hasta he perdido el recuerdo de

mi hija —se lamentó.

El asesinato le había arrebatado a

su hija, pero las secuelas se habían llevado

su vida entera. La peor parte era

que, para él, esto no parecía tener fin.

Estábamos atónitos y espantados.

Yo no podía creer su osadía de venir a

contarnos todo esto en el peor día de


SELECCIONES

Candace Derksen,

en una foto de la

escuela en 1984.


nuestra existencia. Aun así, lo escuché,

muy atenta, con la sensación de que

debía haber una razón para su visita.

Sabía los efectos que este incidente

podría tener en nuestro matrimonio y

nuestras relaciones sociales, así como

el daño que podría ocasionar la publicidad

que habíamos buscado con

tanta desesperación y que permanecería

enfocada en nosotros de ahora

en adelante.

prensa había concluido. Durante ella

hablamos, exclusivamente, de nuestra

hija: nos sentíamos aliviados de

haberla encontrado, conmocionados

por su asesinato y muy agradecidos

con todos los que la habían buscado.

Justo cuando estábamos por irnos, alguien

hizo la pregunta.

—¿Y qué hay del asesino de su hija?

La pregunta del reportero no encontró

respuesta; estábamos paralizados.

La discusión nos preocupó porque

podíamos estarnos dirigiendo al desastre

emocional. A lo que yo llamaba el abismo.

FOTO: CORTESÍA DE LA FAMILIA DERKSEN

Estaba obsesionada con vigilar a los

vecinos. Sospechaba que estaban involucrados

en la desaparición de Candace.

No podía leer, comer ni respirar

sin sufrir. El sueño me era esquivo.

Sabía exactamente de qué hablaba

este hombre tan extraño.

A medianoche, el sujeto se fue. Mi

esposo y yo nos acostamos. Estábamos

asustados. Acabábamos de perder una

hija. ¿Lo perderíamos todo? ¿Era el

principio de una espiral que nos dejaría

en la oscuridad, desesperados e

insensibles a lo que nos rodeaba?

Tenía que haber otro camino.

CUANDO ATENUARON las luces de las

cámaras, pensé que la conferencia de

Y desorientados. Habíamos estado

preparando el funeral. Nunca olvidaré

el momento en el entré en la sala de

exhibición repleta de ataúdes. En

cualquier momento, Candace llegará

y nos dirá que paremos este absurdo,

pensaba. Pero no sucedió.

Camino a casa, Cliff y yo repasamos

el funeral y empezamos a pelear.

La discusión nos preocupó mucho

porque sentíamos que nos esperaba

un desastre emocional, el mismo tormento

que al extraño de la otra noche.

Era algo que yo llamaba el abismo.

Lo había vivido a los 30, siete años

antes de que desapareciera Candace.

Vivíamos en North Battleford, un

pueblo en Saskatchewan, Canadá. Cliff


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“PERDONAR” VIENE DEL latín donare,

“donar”, derivado de “don”, y este, a su

vez de “dar”. Para mí siempre ha significado

renunciar a mi derecho de hacer

lo que me nace y escoger cómo reaccionar.

En ocasiones el resultado es el

mismo, aunque el proceso es distinto.

La mayoría de las veces tiene consecuencias

nuevas y sorprendentes.

Desde joven, gracias a mis raíces

menonitas, aprendí que era posible

No quería que Él supiera que tenía

más hijas. No se las confiaría a un

Dios que había dejado morir a Candace.

acababa de aceptar un cargo como

pastor de una pequeña iglesia y yo

creí que por fin tendría la libertad de

perseguir mis sueños. Como yo había

pagado los gastos mientras él iba a la

universidad, me tocaba terminar mis

estudios; no obstante, teníamos dos

niñas pequeñas que me absorbían.

De pronto me sentí abrumada por

una tristeza que no comprendía: tenía

un esposo maravilloso y unas hijas

preciosas; sin embargo, apenas si

lograba llegar al final del día.

No podía negar mi abismo. Al vivir

en una nueva comunidad, me sentía

atrapada en la casa sin ningún apoyo

social. Si agregábamos algo de depresión

posparto… sabía que la situación

era peligrosa.

La única forma en que lograba

afrontarlo era escapándome por la

noche, cuando mi familia dormía

profundamente y a salvo. Me subía al

auto y conducía a toda velocidad por

el campo. Necesitaba tener la sensación

de que volaba.

Seguramente me dije a mí misma:

“Olvídalo. No te aferres. Deja ir el pasado

y encuentra algo nuevo”.

perdonar. Sabía que no era una cura

milagrosa, sino un proceso que exigía

paciencia, creatividad, fe, humildad y

un profundo amor a los demás.

Ahora, la pregunta del reportero

estaba sin respuesta: “¿Y qué hay del

asesino de su hija?”. Cliff fue el primero

en contestar. Lo dijo con seguridad:

—Lo perdonamos.

Yo haría lo único que sabía hacer: lo

olvidaría. Pero esta vez me enfrentaba

a un abismo mucho más peligroso

que aquel del que había escapado.

Envidiaba la confianza de mi esposo;

aún la envidio. Siempre soy reacia

a perdonar, decidida pero reacia, y

necesito mucho tiempo. Fui honesta:

Quiero perdonarlo.


Al día siguiente me sorprendió que

nuestra actitud hubiera captado la

atención de la ciudad. Pensé que los

reportajes se enfocarían en el asesinato.

No fue así.

Después del funeral, nos impactaron

los titulares de dos periódicos:

“¡Triunfa la paz!”, escribió el Winnipeg

Sun, que dedicó las primeras cuatro

páginas a nuestra historia. El reportaje

del Winnipeg Free Press se dedicó

a Candace. Ambos sugerían que, de

alguna manera, dentro de toda esta

tragedia, el bien había prevalecido.

Mi padre, que se estaba quedando

con nosotros, estaba callado, algo raro

en él. Noté sus reacciones al leer los

artículos. Cuando dejó el periódico en

la mesa, su cara mostraba serenidad.

“Ahora entiendo todo”, dijo suavemente.

“En el tren estaba muy confundido.

Me preguntaba cómo Dios

había permitido que algo así sucediera.

Pero ya comprendo”.

RECUERDO QUE, al principio,

yo confiaba mucho en

Dios. No tenía alternativa:

todo estaba fuera de control

y necesitábamos creer en una fuerza

superior. No obstante, con los años,

poco a poco, pero sin lugar a duda,

mi resentimiento creció. Dios no nos

ayudó a localizar a Candace en el momento

crítico. Cuando descubrieron

su cadáver, no nos ayudó a encontrar

al homicida. Cuando se dijeron mentiras

y se insinuó que podríamos haber

estado involucrados en su muerte, no

resolvió nada. En lo que a temas reales

se trataba, como el bien y el mal,

Él nos había abandonado hacía rato.

No debería sorprendernos que la

violación criminal del código moral

y el contrato social nos haga dudar

del orden del universo y el papel del

Creador. Sin embargo, la ira hacia Dios

desemboca en una oscuridad terrible.

Recuerdo que un día de 1990 conducía

a casa, preocupada por Odia.

Ahora que ella era adolescente, yo

manifestaba la típica ansiedad.

¿Qué hacer con Odia? Mi reacción

natural era rezar, encomendarla a

Dios. Pero en esa ocasión no pude.

Estaba desconcertada. No tenía

problema en orar por el legado de

Candace y por mi trabajo como defensora

de las víctimas; ¿por qué no

hacerlo por Syras y Odia? Fue cuando

me di cuenta de que no quería que Él

supiera que tenía más hijas. No se las

confiaría a un Dios que había dejado

morir a Candace.

Es muy difícil permanecer apacible

tras haber sido violentada. Es complicado

resistir la tentación de externar

las frustraciones que sientes.

Ante la duda y la ira hacia Dios tenemos

dos opciones según nuestra

fe. Si pensamos que Él controla todo

lo que sucede y es quien permitió la

transgresión, tendríamos que perdonarlo

y asumir que cometió un error.

Sin embargo, si creemos que no se

equivocó, tendríamos que reconocer

que, aunque es el creador del universo

y controla las ciencias del mundo, nos

05•2018 | 109


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Candace (derecha) con Cliff, su padre, y Odia, su hermana, en 1978.

ha dado la libertad de elegir. La vida

nos sucede. El mal existe.

HABÍAN PASADO 22 años desde la

muerte de Candace. Estaba por llamar

a Cliff al celular cuando vi que su

camioneta se detenía en la entrada.

Esperábamos a la policía; venían a

decirnos algo. Permanecimos en contacto

con ellos a través de los años,

pero esta visita era distinta.

Un poco después, tres oficiales estaban

en la puerta. Los hice pasar a

la sala y colgué sus pesadas chaquetas

de piel en el armario.

No recuerdo la conversación completa;

fue algo así:

—Lo encontramos —dijo uno—.

Encontramos al asesino de Candace.

Esperaban una respuesta.

—¿Están seguros? —pregunté al fin.

—Sí.

Miré a cada uno por separado. Todos

asintieron.

—¿Lo conocemos?

—No, no lo conocen —afirmó el policía

que inició la conversación.

—Solo quiero que sepan que no es

ningún conocido de su familia —dijo,

inclinándose un poco hacia el frente.

—Nadie que conozcan —repitió el

supervisor, que estaba a mi lado.

—Entonces no es nadie que conozcamos

—afirmé, incrédula.

FOTO: CORTESÍA DE LA FAMILIA DERKSEN


—Eso es un alivio, ¿verdad?

Asentimos. Nuestras pobres mentes

traumatizadas no lograban asimilarlo.

Era difícil borrar en un segundo las

defensas tan cuidadosamente levantadas

a lo largo de 22 años.

Nos dijeron que lo arrestarían en

dos o seis semanas, a más tardar, y

que un equipo de 12 policías trabajaba

en el caso. Repasamos cada detalle.

Cuando por fin quedamos satisfechos,

se fueron. ¿Se haría justicia después de

tanto tiempo? El sospechoso recibió

una condena de 25 años en prisión.

CON LOS AÑOS me he convencido

de que necesitamos

enseñar el camino del

perdón como una opción.

Pero las investigaciones demuestran

que, aunque la gente cree que esta alternativa

es importante, pocos saben

cómo ejercerla.

En 1997, me invitaron a Washington,

D. C. a una mesa redonda sobre el

perdón organizada por Vecinos Comprometidos

y la Asociación de Ministros

Carcelarios. Acababa de iniciar

mi investigación formalmente y buscaba

palabras e ideas que ayudaran

a las víctimas de la violencia a sanar.

Creía que si lograba definir “perdón”

correctamente, podría desarrollar un

gran programa de sanación y justicia.

Esperaba hacerlo en esta reunión

de dos días con teólogos eruditos.

Pero a medida que se desarrollaba el

acto, me empecé a angustiar. Pese a

que los discursos eran hermosos, no

había nada útil para el grupo de víctimas

que me esperaban en casa.

Media hora antes de concluir el encuentro,

alguien preguntó: “¿Hemos

definido el perdón?”.

La sala quedó en silencio. Hubo varios

intentos por resumir los debates;

para mí, todos fracasaron.

Todavía estaba oscuro cuando me

subí al asiento trasero de un taxi a las

5 a. m. del día siguiente, abatida.

—Buenos días —dijo el taxista

mientras yo abordaba. Empezó a parlotear;

yo me limitaba a emitir un monosílabo

de vez en cuando.

Por fin se calló.

—Siento hablar así, sin parar, pero

usted es la primera pasajera sobria en

toda la noche —se excusó.

Ofrecí disculpas. Le dije que aún no

había tomado café y le expliqué que

estaba desilusionada con la conferencia.

Solo quería llegar con mi familia.

Asintió. Me dijo que entendía. Por

lo visto mi acento me delató, así que

me preguntó sobre Canadá. Cuando se

enteró de que mi trabajo se centraba

en casos de homicidio, pareció interesarse.

Entonces le pregunté por qué

su ciudad tenía el índice de asesinatos

más alto de todo el norte de América.

—Mis hermanos siguen furiosos

por los años de esclavitud, el racismo

y la pobreza —dijo tras un silencio—.

Esa ira se transforma en violencia.

A pesar de que se identificaba con

su pueblo y manifestaba un dolor y

una tristeza profundos, no hablaba

con enojo ni resentimiento.


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No lo pude resistir. Pregunté:

—¿Y usted por qué no está furioso?

—Creo en el perdón.

Mi corazón se detuvo. Sin más, desarrolló

la idea con una elocuencia que

no había escuchado antes ni desde

entonces: habló de la belleza de liberarse,

de dejar ir el pasado, de abrazar

el presente y anticipar el futuro.

En su lenguaje tan sencillo logró

lo que nosotros no habíamos podido

oculta que me recuerda mi pérdida y

revive mi sufrimiento original.

Pero no, no nos hemos visto cara

a cara con el presunto asesino de

Candace, y he descubierto que no es

necesario hacerlo para perdonarlo,

olvidarlo y seguir adelante.

En octubre pasado, concluyó un segundo

juicio y el acusado fue absuelto

de asesinato en segundo grado. Así

pues, 33 años después de la muerte

No nos hemos visto cara a cara con el

presunto asesino, pero he descubierto que

no es necesario hacerlo para perdonar.

hacer en dos días. No solo describía el

perdón, lo irradiaba. Cuando llegué al

aeropuerto, me sentía como una persona

renovada. En ese instante supe

que el perdón no necesita definirse

para ser vivido y sentido.

¿CÓMO TERMINA ESTA travesía en

busca del perdón?

Recuerdo que hace dos años, tras

contar mi historia en una iglesia, una

mujer me miró con cierta impaciencia.

—Bueno, ¿y perdonaste al asesino?

¿Lo conociste?

Dudé. En sentido figurado, conocí al

hombre. Me lo he encontrado a diario

desde que se llevó a nuestra hija. Todos

los días parece haber alguna cuestión

de Candace, finalmente todo ha terminado

para nosotros.

Imagínense si me sentaba a esperar.

Habría pasado así toda mi vida.

¿Cómo estamos mi esposo y yo?

Sorprendentemente, nos encontramos

en paz. En realidad, sentimos

alivio de que el juicio, que duró 10

años, haya concluido. Ahora podemos

continuar con nuestras vidas. Siempre

supimos que la justicia no nos devolvería

a Candace; no iba a ser perfecta.

Sin embargo, agradecemos el proceso,

que despejó tantas de nuestras

dudas, así como el esfuerzo monumental

de todos en el sistema, pues

fue un recordatorio constante e importante

de que el asesinato siempre será


eprobable, y de que la vida de nuestra

hija, la de todos los hijos, importa.

Así pues, para nosotros, el homicidio

de nuestra hija nunca tuvo que ver

con un desenlace, sino con superar el

impacto y lograr que algo bueno saliera

de ello. Para nosotros, de eso se

trata el perdón.

Hace poco, al final de un día agotador

pero maravilloso, estábamos en

la cama y miré a Cliff, agradecida por

el tiempo con nuestros hijos y nietos.

—Soy realmente feliz —le dije.

—Yo también —respondió.

Sorprendidos, acordamos no decirle

a nadie. Nos sentíamos culpables

por ser tan felices. Era como si

estuviéramos traicionando a Candace.

Pero entonces nos sorprendimos…

de nuevo. Candace florecía. Aunque

había sido asesinada, seguía viva. Su

recuerdo y su legado eran más poderosos

que los nuestros.

Después de haber arañado el fondo

de la vida, como nosotros, no hay

nada más divino que emerger con la

cara al Sol para sentir su calor, la sanación

que proporciona, su belleza.

Además de un sentimiento de plenitud,

hay una sensación de victoria.

Ya hemos visto lo peor; el miedo

se fue. Estamos muy agradecidos por

todo, incluso por haber sobrevivido a

esta tragedia.

La gratitud trae más felicidad, y

la felicidad trae gratitud. Es un ciclo

maravilloso, una vorágine alimentada

por el bien, en lugar del abismo.

Juegos mentales: Soluciones

UN LUGAR SEGURO PARA

ATERRIZAR

El cuadrado

blanco a la

mitad de la

tercera fila,

desde la parte

superior.

ADICTOS AL CAFÉ

Fernando. Él gasta 140 dólares a

la semana, mientras que Karla

gasta 111 dólares.

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ADAPTADO DE THE WAY OF LETTING GO, DE WILMA DERKSEN (CON MODIFICACIONES HECHAS

POR LA AUTORA). © 2017 POR WILMA DERKSEN. USADO CON AUTORIZACIÓN DE ZONDERVAN.

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