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7 months ago

Quiero perdonarlo

—Eso es un alivio,

—Eso es un alivio, ¿verdad? Asentimos. Nuestras pobres mentes traumatizadas no lograban asimilarlo. Era difícil borrar en un segundo las defensas tan cuidadosamente levantadas a lo largo de 22 años. Nos dijeron que lo arrestarían en dos o seis semanas, a más tardar, y que un equipo de 12 policías trabajaba en el caso. Repasamos cada detalle. Cuando por fin quedamos satisfechos, se fueron. ¿Se haría justicia después de tanto tiempo? El sospechoso recibió una condena de 25 años en prisión. CON LOS AÑOS me he convencido de que necesitamos enseñar el camino del perdón como una opción. Pero las investigaciones demuestran que, aunque la gente cree que esta alternativa es importante, pocos saben cómo ejercerla. En 1997, me invitaron a Washington, D. C. a una mesa redonda sobre el perdón organizada por Vecinos Comprometidos y la Asociación de Ministros Carcelarios. Acababa de iniciar mi investigación formalmente y buscaba palabras e ideas que ayudaran a las víctimas de la violencia a sanar. Creía que si lograba definir “perdón” correctamente, podría desarrollar un gran programa de sanación y justicia. Esperaba hacerlo en esta reunión de dos días con teólogos eruditos. Pero a medida que se desarrollaba el acto, me empecé a angustiar. Pese a que los discursos eran hermosos, no había nada útil para el grupo de víctimas que me esperaban en casa. Media hora antes de concluir el encuentro, alguien preguntó: “¿Hemos definido el perdón?”. La sala quedó en silencio. Hubo varios intentos por resumir los debates; para mí, todos fracasaron. Todavía estaba oscuro cuando me subí al asiento trasero de un taxi a las 5 a. m. del día siguiente, abatida. —Buenos días —dijo el taxista mientras yo abordaba. Empezó a parlotear; yo me limitaba a emitir un monosílabo de vez en cuando. Por fin se calló. —Siento hablar así, sin parar, pero usted es la primera pasajera sobria en toda la noche —se excusó. Ofrecí disculpas. Le dije que aún no había tomado café y le expliqué que estaba desilusionada con la conferencia. Solo quería llegar con mi familia. Asintió. Me dijo que entendía. Por lo visto mi acento me delató, así que me preguntó sobre Canadá. Cuando se enteró de que mi trabajo se centraba en casos de homicidio, pareció interesarse. Entonces le pregunté por qué su ciudad tenía el índice de asesinatos más alto de todo el norte de América. —Mis hermanos siguen furiosos por los años de esclavitud, el racismo y la pobreza —dijo tras un silencio—. Esa ira se transforma en violencia. A pesar de que se identificaba con su pueblo y manifestaba un dolor y una tristeza profundos, no hablaba con enojo ni resentimiento.

SELECCIONES No lo pude resistir. Pregunté: —¿Y usted por qué no está furioso? —Creo en el perdón. Mi corazón se detuvo. Sin más, desarrolló la idea con una elocuencia que no había escuchado antes ni desde entonces: habló de la belleza de liberarse, de dejar ir el pasado, de abrazar el presente y anticipar el futuro. En su lenguaje tan sencillo logró lo que nosotros no habíamos podido oculta que me recuerda mi pérdida y revive mi sufrimiento original. Pero no, no nos hemos visto cara a cara con el presunto asesino de Candace, y he descubierto que no es necesario hacerlo para perdonarlo, olvidarlo y seguir adelante. En octubre pasado, concluyó un segundo juicio y el acusado fue absuelto de asesinato en segundo grado. Así pues, 33 años después de la muerte No nos hemos visto cara a cara con el presunto asesino, pero he descubierto que no es necesario hacerlo para perdonar. hacer en dos días. No solo describía el perdón, lo irradiaba. Cuando llegué al aeropuerto, me sentía como una persona renovada. En ese instante supe que el perdón no necesita definirse para ser vivido y sentido. ¿CÓMO TERMINA ESTA travesía en busca del perdón? Recuerdo que hace dos años, tras contar mi historia en una iglesia, una mujer me miró con cierta impaciencia. —Bueno, ¿y perdonaste al asesino? ¿Lo conociste? Dudé. En sentido figurado, conocí al hombre. Me lo he encontrado a diario desde que se llevó a nuestra hija. Todos los días parece haber alguna cuestión de Candace, finalmente todo ha terminado para nosotros. Imagínense si me sentaba a esperar. Habría pasado así toda mi vida. ¿Cómo estamos mi esposo y yo? Sorprendentemente, nos encontramos en paz. En realidad, sentimos alivio de que el juicio, que duró 10 años, haya concluido. Ahora podemos continuar con nuestras vidas. Siempre supimos que la justicia no nos devolvería a Candace; no iba a ser perfecta. Sin embargo, agradecemos el proceso, que despejó tantas de nuestras dudas, así como el esfuerzo monumental de todos en el sistema, pues fue un recordatorio constante e importante de que el asesinato siempre será

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