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1 week ago

Quiero perdonarlo

nuestra existencia. Aun

nuestra existencia. Aun así, lo escuché, muy atenta, con la sensación de que debía haber una razón para su visita. Sabía los efectos que este incidente podría tener en nuestro matrimonio y nuestras relaciones sociales, así como el daño que podría ocasionar la publicidad que habíamos buscado con tanta desesperación y que permanecería enfocada en nosotros de ahora en adelante. prensa había concluido. Durante ella hablamos, exclusivamente, de nuestra hija: nos sentíamos aliviados de haberla encontrado, conmocionados por su asesinato y muy agradecidos con todos los que la habían buscado. Justo cuando estábamos por irnos, alguien hizo la pregunta. —¿Y qué hay del asesino de su hija? La pregunta del reportero no encontró respuesta; estábamos paralizados. La discusión nos preocupó porque podíamos estarnos dirigiendo al desastre emocional. A lo que yo llamaba el abismo. FOTO: CORTESÍA DE LA FAMILIA DERKSEN Estaba obsesionada con vigilar a los vecinos. Sospechaba que estaban involucrados en la desaparición de Candace. No podía leer, comer ni respirar sin sufrir. El sueño me era esquivo. Sabía exactamente de qué hablaba este hombre tan extraño. A medianoche, el sujeto se fue. Mi esposo y yo nos acostamos. Estábamos asustados. Acabábamos de perder una hija. ¿Lo perderíamos todo? ¿Era el principio de una espiral que nos dejaría en la oscuridad, desesperados e insensibles a lo que nos rodeaba? Tenía que haber otro camino. CUANDO ATENUARON las luces de las cámaras, pensé que la conferencia de Y desorientados. Habíamos estado preparando el funeral. Nunca olvidaré el momento en el entré en la sala de exhibición repleta de ataúdes. En cualquier momento, Candace llegará y nos dirá que paremos este absurdo, pensaba. Pero no sucedió. Camino a casa, Cliff y yo repasamos el funeral y empezamos a pelear. La discusión nos preocupó mucho porque sentíamos que nos esperaba un desastre emocional, el mismo tormento que al extraño de la otra noche. Era algo que yo llamaba el abismo. Lo había vivido a los 30, siete años antes de que desapareciera Candace. Vivíamos en North Battleford, un pueblo en Saskatchewan, Canadá. Cliff

SELECCIONES “PERDONAR” VIENE DEL latín donare, “donar”, derivado de “don”, y este, a su vez de “dar”. Para mí siempre ha significado renunciar a mi derecho de hacer lo que me nace y escoger cómo reaccionar. En ocasiones el resultado es el mismo, aunque el proceso es distinto. La mayoría de las veces tiene consecuencias nuevas y sorprendentes. Desde joven, gracias a mis raíces menonitas, aprendí que era posible No quería que Él supiera que tenía más hijas. No se las confiaría a un Dios que había dejado morir a Candace. acababa de aceptar un cargo como pastor de una pequeña iglesia y yo creí que por fin tendría la libertad de perseguir mis sueños. Como yo había pagado los gastos mientras él iba a la universidad, me tocaba terminar mis estudios; no obstante, teníamos dos niñas pequeñas que me absorbían. De pronto me sentí abrumada por una tristeza que no comprendía: tenía un esposo maravilloso y unas hijas preciosas; sin embargo, apenas si lograba llegar al final del día. No podía negar mi abismo. Al vivir en una nueva comunidad, me sentía atrapada en la casa sin ningún apoyo social. Si agregábamos algo de depresión posparto… sabía que la situación era peligrosa. La única forma en que lograba afrontarlo era escapándome por la noche, cuando mi familia dormía profundamente y a salvo. Me subía al auto y conducía a toda velocidad por el campo. Necesitaba tener la sensación de que volaba. Seguramente me dije a mí misma: “Olvídalo. No te aferres. Deja ir el pasado y encuentra algo nuevo”. perdonar. Sabía que no era una cura milagrosa, sino un proceso que exigía paciencia, creatividad, fe, humildad y un profundo amor a los demás. Ahora, la pregunta del reportero estaba sin respuesta: “¿Y qué hay del asesino de su hija?”. Cliff fue el primero en contestar. Lo dijo con seguridad: —Lo perdonamos. Yo haría lo único que sabía hacer: lo olvidaría. Pero esta vez me enfrentaba a un abismo mucho más peligroso que aquel del que había escapado. Envidiaba la confianza de mi esposo; aún la envidio. Siempre soy reacia a perdonar, decidida pero reacia, y necesito mucho tiempo. Fui honesta: —Quiero perdonarlo.

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