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multitud también

multitud también humana, racional, por lo tanto, no animal. La diferencia importante entre las dos definiciones procede de la sustitución de «un mismo derecho» (Cicerón) por «participación concorde en las cosas que ama» (Agustín). Los dos autores presuponen que la fundación de la sociedad no es natural, Donde no hay verdadera sino contractual. Los hombres se justicia no puede haber un juntan y se constituyen en pueblo pueblo según la definición por propia voluntad, no de forma de Cicerón, natural. No es la pertenencia a un La ciudad d e Dios determinado grupo (étnico, cultural, lingüístico...) preestablecido lo que determina la aparición de un determinado pueblo, sino el establecimiento de un principio de asociación que dé sentido a la comunidad política: el derecho, para Cicerón; la participación concorde en las cosas amadas, para Agustín. Desde la perspectiva del pensador de Hipona, poner las cosas comúnmente amadas en el centro de la definición le permite definir como pueblos tanto Roma como Atenas y las demás polis griegas antiguas, los imperios asirio y babilónico y cualquier otro estado pasado o presente. Al prescindir de la noción de justicia, la definición de Agustín deviene menos concreta, pero más realista: defender que la justicia es una condición necesaria para afirmar que se está ante una unión política restringe enormemente el campo de aplicación de la definición y, además, obliga a escoger, de entre los distintos tipos de justicia que se pueden defender, cuál se quiere aplicar. Hablar, por el contrario, de «participación concorde en las cosas amadas» permite englobar cualquier forma de sociedad y deja para un segundo momento el análisis de la calidad de esta sociedad, porque es obvio que si las cosas comúnmente amadas son el pretexto que ha unido a la multitud en pueblo, este pueblo será mejor o peor en función del tipo de cosas que ame.

DE LO TERRENO A LO CELESTIAL Tras el saqueo de Roma del año 410, empezaron a escucharse voces que señalaban que tal tragedia solo había sido posible después de que los emperadores desterraran los viejos cultos paganos que habían hecho grande al Imperio e im pusieran un credo llegado de Palestina que predicaba el amor. Los mejores autores del cristianismo reaccionaron de inmediato ante lo que era un evidente intento de resucitar el paganismo. Uno de ellos, Paulo Osorio, en su H isto ria c o n tra p a g a n o s, llegó a afirm ar que la toma de la capital del Imperio había sido justa y necesaria, pues Dios quiso castigar de modo ejemplar su soberbia, perfidia y maldad, de igual modo que en el pasado castigó Sodoma y Gomorra. Pero la más encendida defensa del bando cristiano corrió a cargo de san Agustín con L a c iu d a d d e D io s, un tratado cuyo subtítulo, «Contra paganos», ya deja claro cuál es su tema, aunque pronto se aprecie que este es solo un punto de partida para ir m uchísim o más lejos. Una imagen simbólica En esa obra, san Agustín contrapone la ciudad terrena, identificada con Babilonia, y la celestial, simbolizada por Jerusalén, si bien en realidad no se trata tanto de ciudades físicas como de quienes viven en ellas, pues, como se lee en sus páginas: «La naturaleza viciada del pecado engendra a los ciudadanos de la ciudad terrena y la gracia, que libera de la naturaleza del pecado, engendra a los ciudadanos de la ciudad celeste». De ahí que ambas ciudades, tomadas siempre en un plano simbólico, se desarrollen a la par a lo largo de la historia, e incluso se entremezclen y luchen entre sí, hasta que se vean separadas de manera definitiva tras el Juicio Final. En el fondo, ambas ciudades no son sino una imagen plástica del combate íntimo que se establece en todo cristiano entre dos amores, el de Dios y el de sí mismo: «Vea cada uno lo que ama y hallará de dónde es ciudadano», concluye Agustín. El símbolo tuvo tanto éxito que en la Edad Media dio lugar a toda una teología de la política y llevó a algunos papas a arrogarse el papel de representantes de la ciudad celeste para justificar su lucha contra el Sacro Imperio Romano Germánico, visto como la encarnación perfecta de la ciudad terrena.

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