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En L a c iu d a d d e D

En L a c iu d a d d e D ios, san Agustín ataca con virtuosismo retórico la tradición romana, incluidos mitos como el de Lucrecia, una dama que, tras ser violada por el hijo del último rey de Roma, se suicidó clavándose un puñal, como puede verse en este lienzo de Paolo Veronese (1528-1588). Para los romanos, Lucrecia era el más digno modelo de integridad moral. No para Agustín, quien considera que su muerte añadió un crimen a otro crimen, pues «quien se mata, mata a un hombre* y, por tanto, contraviene la ley divina.

gobierno de raíz religiosa. Fuese cual fuese su intención, lo cierto es que la Edad Media convirtió La ciudad de Dios en un texto de referencia para justificar la necesidad de la preeminencia del poder de la Iglesia Católica. La paz como punto de encuentro entre las dos ciudades La noción de «orden» reviste una importancia especial a lo largo de todo el pensamiento agustiniano. En el capítulo precedente ya se ha visto cómo la cuestión de la libertad humana y del pecado original era tratada en relación a un orden preestablecido por Dios, un orden que el hombre habría violado en el momento de la desobediencia adánica y que convertía cualquier criatura humana en una criatura genéticamente des-ordenada. En el plano político, el orden es la paz: «La disposición de los seres iguales y desiguales, ocupando cada uno el lugar que le corresponde». Esta definición tiene un trasfondo inequívocamente platónico, pues también Platón había insistido en su República que una sociedad bien ordenada (justa) era aquella en la que cada uno ocupaba el lugar que le corresponde en función de las características predominantes en su alma. Sea cual sea el mecanismo con el que una sociedad se ordene, toda sociedad tiende a la paz. A la paz interna para garantizar su estabilidad, y a la paz externa para no comprometer su supervivencia. En este sentido, incluso la guerra es vista por Agustín como un instrumento de paz. Ningún pueblo hace la guerra por hacer la guerra, como un objetivo en sí mismo, sino siempre como un medio para conquistar la paz. La paz de la ciudad terrena debe ser vista como el mejor instrumento de armonización de los intereses, tan dispares, de las dos ciudades. El cristiano «no duda en obedecer las leyes de la ciudad terrena,

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