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15-Ponsati-Murla-Oriol-San-Agustin

atacando los graneros

atacando los graneros para proveerse de comida). Los circumceliones no eran propiamente donatistas, sino más bien una facción terrorista cristiana con puntos de contacto con el donatismo suficientemente importantes como para que la secta de Donato estableciera con ellos una relación ambigua que a la larga solo podía acarrearles problemas. La resolución definitiva del conflicto llegó con el envío a Cartago de un funcionario imperial cristiano, de nombre Marcelino, a quien Roma delegó en el año 411 la misión de resolver las diferencias entre católicos y donatistas. A pesar de la teórica neutralidad con la que Marcelino debía juzgar los argumentos de unos y otros, su afinidad con la Iglesia oficial, sumada a la superioridad retórica con la que Agustín defendió la posición católica, dio como resultado la prohibición definitiva del donatismo bajo penas de multa y exilio. Aunque su extinción definitiva no se hizo efectiva hasta algunos siglos más tarde, el donatismo perdió su poder público y hubo de sobrevivir de forma soterrada e inofensiva. En tan solo quince años, el tiempo transcurrido entre su acceso a la sede de Hipona y la celebración de la conferencia presidida por Marcelino, Agustín había logrado neutralizar una de las amenazas más peligrosas para la estabilidad doctrinal y política de la Iglesia norteafricana. El pelagianismo fue el último gran caballo de batalla herético de san Agustín. A diferencia del donatismo, no logró vencerlo en vida, si bien su aportación fue definitiva para lograr que, solo un año después de su muerte, en el 431, el concilio de Éfeso lo declarase como herejía. De forma aún más rotunda que cualquier otra de las disensiones doctrinales con las que Agustín tuvo que lidiar a lo largo de su carrera pastoral, el pelagianismo pone de manifiesto un auténtico problema de interpretación racional acerca del valor que hay que otorgar a las acciones realizadas por el creyente a lo largo C o m pren d er para c r eer, c r eer para co m pren d er

de su vida y como mérito para ganarse la salvación. Al seguidor de las doctrinas de Pelagio le mueve exactamente la misma fe que a Agustín o cualquier otro católico. Sus diferencias no se sitúan en absoluto en el ámbito de la fe, sino en el de la correcta comprensión de esta, lo que acaba teniendo consecuencias directas en la manera como esta se vive. El marco de conciliación en el que Agustín encuadra fe y razón, por lo tanto, se mantiene siempre inalterable: la fe busca, el intelecto encuentra, pero ambas deben dirigirse hacia el mismo objetivo, la plena adhesión (de la fe y de la razón) a la sabiduría perfecta de Dios. Precisamente porque plantea un problema de indagación filosófica, racional, el reto lanzado por el pelagianismo supuso un verdadero replanteamiento intelectual para Agustín, quien se vio obligado a cambiar algunos de los postulados desde los que había abordado y defendido el cristianismo en los años posteriores a la conversión.

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