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3 cuentos CVMD 201810

RAFAEL GARCÍA HERREROS

RAFAEL GARCÍA HERREROS –– ¿Sube usted también, doña Amelia?, preguntó la revendedora a la dama. Porque allá arriba no colamos sino los pobres... Usted sí, doña Amelia, usted que es la más buena mujer del mundo, merece que le den campo. Yo voy a hablar por usted. Porque comprenderá que allá los que tenemos voz y voto somos los pobres. Pero verá, doña Amelia, no es más que yo le recuerde a san Pedro el hospital que usted nos dotó y el ancianato, para que inmediatamente le den paso. Doña Amelia escuchaba sonriente y distraída a su gárrula compañera de viaje. Al fin llegaron al lugar donde debían esperar que les echaran el puente colgante a través del abismo. San Pedro, cuando vio que doña Amelia se acercaba, se levantó afanoso y se pasó cepillo por su blanca cabellera. Al mismo tiempo, avisó a los ángeles cercanos que dieran orden a la orquesta, para el gran recibimiento a la dama que había sabido usar bien el dinero que Dios le diera. San Pedro hizo bajar el puente levadizo y salió al encuentro de la señora. Mientras tanto, hacía señas a Clovis para que aguardara un poco. Pero Clovis insistía en entrar al puente y pasar como a casa propia. El celestial portero tuvo que detenerla explícitamente. –– Aguarde un momento, Clovis, esto no se pasa así y no más. Tengo que revisarle sus cuentas. –– Aquí tengo las cuentas en perfecto estado, señor san Pedro. Hace sesenta años estoy de frutera en Cúcuta y a nadie he engañado. 352

CUENTOS TOMO II Y diciendo y haciendo, sacó Clovis del seno un pañuelo, donde tenía el papel de sus cuentas, sin poder, por otra parte, disimular el disgusto ante la desconfianza del apóstol. –– Pero, señora, hágame el favor de aguardar un instante, mientras paso a doña Amelia de Soto. San Pedro le volvió la espalda a la vieja, mientras le daba el brazo a doña Amelia para que pasara el puente que conduce a la eterna Jerusalén. La gran bienhechora de los pobres empezó a sentir la luz adorable que alumbra en el cielo y que es una reverberación de la lumbre infinita de Dios. Y empezó a oír la angélica orquesta que tocaba en su honor. A su paso, iban saliendo los pobres a recibirla jubilosos: eran quienes habían sido beneficiados por ella. Salían las almas transformadas de los enfermos a quienes había dado cama, remedios y techo para su última enfermedad. Era una multitud de bienaventurados los que se alegraban en el alma por el triunfo y la recompensa de la munífica señora. La música de la ciudad feliz colmaba el ambiente con una marcha espléndida que rarísima vez se oía en el cielo, la “marcha de los buenos ricos”. Doña Amelia vio, emocionada hasta lo infinito, que aun san José, el casto y celestial esposo de María, salía a su encuentro. San José tenía con la señora una deuda de gratitud y era la hora de pagársela, porque el santo patriarca se sentía muy honrado por la bellísima iglesia que la señora le había levantado allá en Cúcuta. San José le dio las gracias y la felicitó por todo, al mismo tiempo que le avisó que la iba a conducir al trono de su Esposa 353

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