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MADAME BOVARY-Gustave Flaubert

Madame Bovary (título completo en francés: Madame Bovary, Mœurs de province) es la novela del escritor francés Gustave Flaubert, publicada en 1856. El personaje vive más allá de sus posibilidades para escapar de las banalidades y el vacío de la vida provincial. Cuando la novela se realizó por primera vez en La Revue de Paris entre el 1 de octubre de 1856 y el 15 de diciembre de 1856, los fiscales atacaron la novela por obscenidad. El juicio resultante en enero de 1857 hizo la historia notoria. Después de la absolución de Flaubert el 7 de febrero de 1857, Madame Bovary se convirtió en un éxito de ventas en abril de 1857 cuando se publicó en dos volúmenes. Una obra seminal de realismo literario, la novela se considera ahora la obra maestra de Flaubert, y una de las obras literarias más influyentes de la historia. El crítico británico James Wood escribe: "Flaubert estableció, para bien o para mal, lo que la mayoría de los lectores consideran narración realista moderna, y su influencia es casi demasiado familiar para ser visible".

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intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas graves, nada especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin duda, a las deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina. ¡Ah!, tendrá que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades de la rutina, con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su ciencia; pues todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que ir naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima, sin embargo, no puede decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio algunos nonagenarios. El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la estación fuerte llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo, lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo cincuenta y cuatro Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos abrigados de los vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de los vientos del Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin embargo, que a causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia considerable de animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe, mucho amoniaco, es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a hidrógeno solamente, y que absorbiendo el humus de la tierra, confundiendo todas estas emanaciones diferentes, reuniéndolas en un manojo, por así decirlo, y combinándose por sí mismas con la electricidad extendida en la atmósfera, cuando la hay, podría a la larga, como en los países tropicales, engendrar miasmas insalubres; este calor, digo, se encuentra precisamente templado del lado de donde viene, o más bien, de donde vendría, es decir, no del lado sur, por los vientos del Sudeste, los cuales, habiéndose refrescado por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos llegan a veces de repente como brisas de Rusia. —¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores? — continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante. —¡Oh!, muy pocos —contestó él—. Hay un sitio que se llama la Pâture, en lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy allí y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol. —No encuentro nada tan admirable —replicó ella— como las puestas de sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar. —¡Oh!, yo soy un enamorado del mar. —Y además, ¿no le parece —replicó Madame Bovary— que el espíritu boga más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el alma y sugiere ideas de infinito, de ideal? —Pasa lo mismo con los paisajes de montañas —repuso León—. Tengo un primo que viajó por Suiza el año pasado, y me decía que uno no puede figurarse la poesía de los lagos, el encanto de las cascadas, el efecto gigantesco de los glaciares. Se ven pinos de un tamaño increíble atravesados en los torrentes, chozas colgadas sobre precipicios, y, a mil pies por debajo de uno, valles enteros cuando se entreabren las nubes. ¡Estos espectáculos deben entusiasmar, predisponer a la oración, al éxtasis! Por eso ya no me extraña de aquel músico célebre que, para excitar mejor su imaginación, acostumbraba a ir a tocar el piano delante de algún paraje grandioso. —¿Toca usted algún instrumento? —preguntó ella. —No, pero me gusta mucho la música —respondió él.

—¡Ah!, no le haga caso, Madame Bovary —interrumpió Homais, inclinándose sobre su plato, es pura modestia. —Cómo, querido. ¡Eh!, el otro día, en su habitación, usted estaba cantando "L'ange gardien", de maravilla. Yo le escuchaba desde el laboratorio; modulaba aquello como un actor. En efecto, León vivía en casa del farmacéutico, donde tenía una pequeña habitación en el segundo piso, sobre la plaza. Se ruborizó ante el elogio de su casero, quien ya se había vuelto hacia el médico y le estaba enumerando uno detrás de otro los principales habitantes de Yonville. Contaba anécdotas, daba información; no se conocía con exactitud la fortuna del notario y «estaba también la casa Tuvache» que eran muy pedantes. Emma replicó: —¿Y qué música prefiere usted? —¡Oh!, la música alemana, la que invita a soñar. —¿Conoce usted a los italianos? —Todavía no; pero los veré el año próximo, cuando vaya a vivir a París para acabar mi carrera de Derecho. —Es lo que tenía el honor —dijo el farmacéutico— de explicar a su marido, a propósito de ese pobre Yanoda que se ha fugado; usted se encontrará disfrutando, gracias a las locuras que él hizo, de una de las casas más confortables de Yonville. Lo más cómodo que tiene para un médico es una puerta que da a la «Avenida» y que permite entrar y salir sin ser visto. Además, está dotada de todo lo que resulta agradable a una familia: lavadero, cocina con despensa, salón familiar, cuarto para la fruta, etc. Era un mozo que no reparaba en gastos. Mandó construir, al fondo del jardín, a orilla del agua, un cenador exclusivamente para beber cerveza en verano, y si a la señora le gusta la jardinería, podrá… —Mi mujer apenas se ocupa de eso —dijo Carlos; aunque le recomiendan el ejercicio, prefiere quedarse en su habitación leyendo. —Es como yo —replicó León; qué mejor cosa, en efecto, que estar por la noche al lado del fuego con un libro, mientras el viento bate los cristales y arde la lámpara. —¿Verdad que sí? —dijo ella, fijando en él sus grandes ojos negros bien abiertos. —No se piensa en nada —proseguía él, las horas pasan. Uno se pasea inmóvil por países que cree ver, y su pensamiento, enlazándose a la ficción, se recrea en los detalles o sigue el hilo de las aventuras. Se identifica con los personajes; parece que somos nosotros mismos los que palpitamos bajo sus trajes. —¡Es verdad! —decía ella—; ¡es verdad! —¿Le ha ocurrido alguna vez —replicó León— encontrar en un libro una idea vaga que se ha tenido, alguna imagen oscura que vuelve de lejos, y como la exposición completa de su sentimiento más sutil? —¡Sí, me ha sucedido! —respondió ella. —Por eso —dijo él— me gustan sobre todo los poetas. Encuentro que los versos son más tiernos que la prosa, y que consiguen mucho mejor hacer llorar.

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