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Revista Hegemonía. Año I Nº. 2

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Después de un breve y

Después de un breve y no muy esmerado examen de la lesión, el médico interviniente optó por la solución más extrema que era amputar Lula, en su etapa de conducción del Sindicato de Obreros Metalúrgicos del ABC. el dedo meñique de Lula. Y se justificó preguntándose: “¿Para qué va a necesitar los diez dedos un peoncito?”. De allí Lula se fue a trabajar a otra fábrica, pero no duró más que seis meses en el nuevo empleo: lo despidieron por negarse a trabajar los sábados y por intentar organizar a sus compañeros para resistir a ese intento de explotación del trabajo por el capital. Empezaba a formarse la personalidad combativa del referente sindical que poco tiempo después llegaría ser jefe y máximo exponente del más importante sindicato de obreros metalúrgicos de Sao Paulo, justo en el epicentro de la siempre incipiente industria latinoamericana. Compañeros: la lucha continúa La región metropolitana de Sao Paulo es la cuna de la industria automotriz de Brasil. Allí, en el llamado 12 HEGEMONIA - MARZO DE 2018 ABC paulista —así conocido por las iniciales de los santos patronos de los municipios de Santo André, Sao Bernardo do Campo y Sao Caetano do Sul— están establecidas las principales fábricas de automóviles como Mercedes Benz, Volkswagen, Ford y General Motors/ Chevrolet, entre otras. Como es de suponerse, la concentración industrial se traduce en densidad de población y lógicamente también en muchos obreros todos juntos y comunicados. En términos marxistas, ese es el escenario ideal para la organización de los trabajadores alrededor de una conciencia de clase forjada en el contraste evidente que existe entre la riqueza de los industriales y la pobreza de los obreros. En esas condiciones llegó Lula al Sindicato de Obreros Metalúrgicos del ABC en 1968, por iniciativa de su hermano, que era militante sindical y también del Partido Comunista. Lula llegaría luego a liderar el sindicato y, desde allí, promover la agitación de los trabajadores por mejores salarios y condiciones de trabajo en plena dictadura de Brasil. En 1980, Lula fue detenido, cesanteado como dirigente sindical por el gobierno de facto y procesado en la Ley de Seguridad Nacional de la época, que penaba con cárcel el delito de “incitación al desorden colectivo”. Pese a que fue condenado a tres años y seis meses de detención por un tribunal militar, Lula estuvo En 1982, Lula fue candidato al gobierno de Sao Paulo por el recientemente fundado Partido de los Trabajadores efectivamente detenido por 31 días en el entonces Departamento de Orden Político y Social (DOPS), la policía ideológica de la

dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Ya en 1982 pudo ser candidato a gobernador del estado federado de Sao Paulo en las primeras elecciones —realizadas aún bajo la tutela de los militares a nivel nacional, pero ya en plena transición hacia la apertura democrática— desde el inicio del régimen. Lula fue evidentemente derrotado con su recientemente fundado Partido de los Trabajadores (PT), agrupación de orientación socialista y popular conformada por intelectuales gramscianos, trabajadores organizados, movimientos sociales y curas militantes de la Teología de la Liberación. Pese a la derrota y el cuarto lugar en esas elecciones, los casi 11% de los votos obtenidos por Lula y el PT significaban un buen augurio para lo que vendría. Tras el fin de la dictadura, Lula fue electo diputado nacional por el PT de Sao Paulo con la mayor cantidad de votos jamás obtenida hasta ese momento. En un sistema que elige a sus legisladores nominalmente y no por listas como en Argentina, los casi 700.000 votos obtenidos por Lula en soledad en esas elecciones representaban el nacimiento de un fenómeno de popularidad que haría historia en la política de toda América Latina. Desde su escaño en Diputados, Lula fue partícipe de la Constituyente que dotó a Brasil de una nueva Constitución democrática, superando las leyes de la dictadura, y luchó por la limitación del derecho a la propiedad privada, por el establecimiento de la jornada laboral de 40 horas semanales para todos, por la estatización integral del sistema financiero, por la reforma agraria y hasta por el cese de relaciones diplomáticas con países gobernados por dictaduras fascistas o de segregación racial, como Sudáfrica. Lula fue claramente derrotado en casi todas esas luchas, pero nunca bajó las banderas. Su labor en la Cámara de Diputados le daba la proyección que necesitaba para soñar con el objetivo primario. Hay que saber perder para ganar Recién en 1989, cuatro años después de finalizada la dictadura, Brasil pudo realizar las primeras elecciones directas en las que el pueblo podría elegir su nuevo presidente. En un escenario de atomización absoluta, 22 partidos presentaron candidatos propios y prácticamente no se formaron frentes ni alianzas de relevancia. Lula fue candidato y llegó al ballotage, pero la coyuntura internacional que era de caída del Muro de Berlín e inminente desintegración del bloque socialista en el Este no eran favorables a un candidato cuya ideología era claramente socialista y cuyo color dominante era el rojo de los trabajadores. Además, Lula se vio perjudicado escandalosamente por el monopolio mediático del Grupo Globo, que emitió en el prime-time de su principal canal de televisión una versión editada del debate presidencial en la que se veía a un Lula desmejorado siendo vapuleado por un Fernando Collor de Mello que tenía todas las de ganar. Toda la derecha se agrupó tras Collor de Mello, el resultado estaba cantado y el neoliberalismo impuso su candidato y proyecto de país en 1989, proyecto que se mantendría en el gobierno del Estado —con sobresaltos, como el juicio político al propio Collor de Mello por escándalos de corrupción, ya en 1992— hasta el año 2002. Después de ser nuevamente derrotado en las elecciones de 1994 y 1998, pero sin perder la coherencia jamás, Lula finalmente triunfó en las elecciones de 2002, con el PT en alianza con el Partido Comunista Brasilero (PCB), el Partido Comunista de Brasil 13 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

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