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Revista Hegemonía. Año I Nº. 2

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

(PCdoB) y dos partidos

(PCdoB) y dos partidos más. Era el corolario de 35 años de lucha y abnegación desde la militancia inicial en el Sindicato de Obreros Metalúrgicos, pasando por la fundación y desarrollo del Partido de los Trabajadores hasta llegar a tres candidaturas frustradas a la presidencia de la Nación. Brasil tenía por primera vez en su historia un presidente obrero, líder sindical y sin educación formal. Empezaba la insólita transformación de unos de los países más extensos, populosos y desiguales del mundo, que culminaría en la ubicación de Brasil como quinta mayor economía del planeta, con una movilidad social inimaginable y 45 millones de personas abandonando la miseria y obteniendo la dignidad. Pero para eso faltaban todavía ocho años. La lucha estaba por empezar. Los años más felices El triunfo en las elecciones de 2002 fue en el ballotage o segunda vuelta electoral, con impresionantes 61,27%. Pero no vaya a creer el atento lector que no mereció ganar ya en primera vuelta: la ley electoral de Brasil pone la vara mucho más alta que en Argentina, por ejemplo, para evitar el ballotage. Allí, para ganar en primera vuelta un candidato debe obtener el 50% de los votos válidos más uno, sin importar cuánto haya obtenido el segundo más votado. Si rigiera allí una ley similar a la de Argentina, donde con el 40% de los votos válidos y 10 puntos de ventaja sobre el segundo mejor ubicado ya son suficientes, Lula habría arrasado ya en primera vuelta, pues obtuvo el 46,44%, con mucha ventaja sobre el candidato de la derecha neoliberal gobernante, José Serra, que logró apenas el 23%. Además, Lula ganó en 24 de los 27 estados federados —lo equivalente a nuestras provincias— en primera vuelta y en todos menos uno (justamente en Alagoas, uno de los más insignificantes en términos de colegio electoral y reducto histórico de la derecha; Fernando Collor de Mello es el caudillo allí) en segunda vuelta. Sea como fuere, Lula se convirtió en el tercer presidente con más votos en todo el mundo: la marca de casi 53 millones de electores solo es superada por Ronald Reagan y por George W. Bush, y solo porque los Estados Unidos tienen una población de alrededor de 300 millones de habitantes, ya que los porcentajes tanto de Reagan como de Bush son inferiores a los obtenidos por Lula. A partir de tan expresivo triunfo, el Partido de los Trabajadores y Lula empezaron un proceso de transformación de las estructuras jamás visto en Brasil y únicamente verificado en Bolivia y en Venezuela con Evo Morales y Hugo Chávez. Con el gobierno de los trabajadores, Brasil experimentó a la par un crecimiento histórico de su PBI, un desendeudamiento del orden de 168 mil millones de dólares y una redistribución de la riqueza que, en el país más desigual de América Latina y uno de los más desiguales del 14 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

mundo, es monumental. En términos de producto bruto interno, el crecimiento promedio de la economía fue del 4,5% promedio anual, con un auge del 7,53% en el último año de gobierno; durante el ciclo neoliberal anterior (1994/2002), ese promedio había sido del 2,4%, pese a las supuestas excelentes relaciones de Fernando Henrique Cardoso con los inversionistas extranjeros. A la par del crecimiento acelerado, y también a contramano de lo hecho por los antecesores neoliberales, el gobierno Lula trajo la igualdad y la justicia social mediante la implementación de políticas sociales destinadas a rescatar de la más absoluta miseria a vastos sectores de la sociedad brasilera. Multitudes de excluidos pudieron acceder a “privilegios” tan elementales como alimentación diaria, vivienda digna, medicamentos sin cargo, jubilaciones, asignaciones universales y familiares, nutrición escolar y muchos otros que posibilitaron el “milagro” de ascender a 45 millones de individuos que no tenían por hábito el comer todos los días al consumo de bienes y servicios antes exclusivos de una pequeñísima parte de los trabajadores caracterizada como “clase media”. “En mi gobierno”, suele decir el mismo Lula. “Los pobres empezaron a comprar heladeras, televisores, aparatos de aire acondicionado; el pobre empezó a viajar en avión, a tener televisión por cable, a hacerse atender en las clínicas y en los hospitales con dignidad”. Y es rigurosamente cierto: el crecimiento acelerado de la economía combinado con el desendeudamiento —menos dinero destinado al pago de intereses y menos injerencia del Fondo Monetario Internacional en la política económica del país— y la aplicación de políticas sociales orientadas a la igualdad y a la justicia produjo una explosión de consumo entre las clases populares antes relegadas, lo que terminó finalmente potenciando aun más el crecimiento económico con la expansión inusitada del mercado interno. Lo que hizo Lula en ocho años fue una apoteótica aplicación de la teoría keynesiana a gran escala, fue la inyección de dinero en la base de la pirámide que movió hacia delante todo el sistema y propició que los brasileros vivieran sus años más felices. En eso también se asemejan el gobierno popular de Lula y los gobiernos populares peronistas, en la obtención de una independencia económica efectiva mediante el desendeudamiento que aleja a los FMI y a los demás “organismos multilaterales” de dominación imperialista mientras, a la par y por otra parte, hace la justicia social efectiva repartiendo la riqueza entre las clases populares sin descuidar el crecimiento de la economía. Pero tampoco faltó en esos días más felices la soberanía política efectiva. La elevación de Brasil al rango de quinta mayor economía del mundo y la liberación de las garras de los acreedores extranjeros le permitieron a Lula empezar a romper los lazos que unían al país a las potencias occidentales —fundamentalmente a los Estados Unidos de Norteamérica— en una relación de sumisión semicolonial. Atento a la máxima de Perón sobre la geopolítica como verdadera política, Lula tejió aquí y allí los acuerdos que pusieron a Brasil en el mapa de las potencias emergentes junto a Rusia, India y China, países con los que conformó el BRICS (que también incluye a Sudáfrica), una alianza de tipo sur-sur que representa una enorme amenaza a la hegemonía de las corporaciones occidentales sobre la economía mundial. Mientras los gobiernos anteriores cuidaban el 15 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

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