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Revista Hegemonía. Año I Nº. 2

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

mantenimiento del statu

mantenimiento del statu quo semicolonial en patéticas relaciones de servilismo respecto a Washington y a Wall Street, Lula optó por ir a contramano y fue a asociarse con países que, como Brasil, luchan por sus propias liberaciones nacionales y por el establecimiento de un orden mundial multipolar. Soberanía política y, como decíamos, independencia económica y justicia social. Todo a la misma vez y en tan solo ocho años de gobierno. No es casual que Lula haya entregado la banda presidencial y bajado al llano con el 80% de aprobación popular en el año 2010: ocho de cada diez brasileros tenían conciencia de haber vivido un milagro, o de haber vivido los ocho años más felices de sus vidas. El imperio contraataca Al igual que todos los líderes populares en los países emergentes y en desarrollo que propician días felices a sus pueblos, Lula habría de pagar bien caro el atrevimiento de levantar cabeza y pretender que su país fuera independiente, justo y soberano. El imperialismo occidental no perdona y mucho menos está dispuesto a permitir secuelas de gobiernos populares transformadores de la realidad. Ya durante los primeros años del mandato de la sucesora de Lula, la presidenta Dilma Rousseff, empezaron a brotar los escándalos de “corrupción” por doquier. El objetivo era claro: desestabilizar y destruir el gobierno de Dilma, y luego establecer un nuevo gobierno neoliberal que pusiera al país otra vez en la órbita del imperialismo. Con mucha pirotecnia en los medios de difusión y la complicidad de policías y jueces, el Departamento de Estado coordinó desde Washington una campaña feroz de desprestigio que culminó con un golpe institucional y una Dilma Rousseff depuesta en 2016 sin que —nótese bien el detalle— pesara en su contra ni una sola acusación del delito de corrupción. Si bien el poder fáctico azuzó el odio de la población y manipuló la opinión pública con el discurso “honestista”, Dilma fue depuesta tras un show de horrores protagonizado por diputados payasos y por el terrible e imperdonable crimen de haber dispuesto que se demorara la entrega de partidas presupuestarias a los bancos estatales, dirigiendo ese dinero a cubrir políticas sociales y pagándoles a los bancos meses más tarde. En una palabra, Dilma fue derrocada por priorizar la atención al pueblo sobre los bancos y ni siquiera por no haber pagado el déficit, puesto que los bancos también terminaron cobrando. Y no obstante el atento lector podrá hacer la prueba y preguntarles hoy a diez brasileros acerca de las razones por las que Dilma Rousseff fue destituida en un juicio político y verá que nueve —sino directamente los diez— dirán que fue por “corrupción”. Así es como el poder fáctico de las corporaciones instaló en Brasilia a Michel Temer, el presidente de facto encargado de revertir todo lo hecho por Lula y Dilma y destruir las conquistas de los trabajadores en los 14 años de gobierno popular. Temer está cumpliendo con creces hasta el momento, pero no puede durar: el poder sabe que deben realizarse elecciones este año y necesita evitar a como dé lugar el triunfo de un Lula demasiado favorito en todas las encuestas. Si Lula es candidato, arrasa. Y si arrasa, Brasil vuelve a la senda de la justicia social, independencia económica y soberanía política de la que jamás debió apartarse. Con Lula presidente vuelven los días felices para los pueblos en Brasil, y eso las 16 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

corporaciones no pueden permitir que pase. Más “corrupción” invisible Dilma Rousseff, como ya sabemos, fue depuesta por delitos que no cometió y el sentido común en Brasil podría jurar que fue por corrupción. Al fin y al cabo, es una cosa consuetudinaria: “¿Qué político no roba?”. Y así, con el sentido común colonizado en la zoncera de “todos los políticos son chorros”, el poder procede con la destrucción de Lula y con el alejamiento del peligro que supone otro ciclo de gobierno de los pueblos. Entonces Lula tiene que estar preso, proscrito y derrotado. No se puede presentar a elecciones. Pero para ello hace falta un motivo, porque las dictaduras del siglo XXI no son sinceras como las del pasado. El problema es que no existe evidencia de que Lula, al igual que Dilma, haya sido corrupto. Menudo problema: ¿Cómo acusar a alguien de un delito que no cometió y que, por lo tanto, no puede probarse? La respuesta tiene que estar en quienes definen qué es delito y qué pruebas son necesarias para demostrarlo. La historia de cómo Lula terminó preso es bien conocida y está en pleno desarrollo. Según el juez de primera instancia Sergio Moro, Lula sería propietario de un inmueble en Sao Paulo y habría recibido esa propiedad como prebenda para facilitar la firma de contratos de empresas constructoras con la estatal petrolera Petrobras. Moro no tiene ninguna prueba de que eso sea así y más bien está claro que Lula jamás ni siquiera pasó una noche en el inmueble cuya propiedad le atribuyen. Se trata de una clara persecución política con fines de proscripción que cuenta con la complicidad de los medios de difusión, de dirigentes políticos de la derecha y hasta de los miembros de la Suprema Corte de Justicia, que se preguntan de todo menos por el absurdo de que alguien esté preso sin que nadie pueda demostrar que sea culpable de haber cometido cualquier delito. Brasil ya es el chiste fácil en todos los países más o menos serios del mundo, es decir, en aquellos con un poco menos de concentración mediática, y el escándalo ya tiene proporciones internacionales. Mientras tanto, por lo menos al momento de cerrar esta edición, Lula sigue preso e impedido de postularse a las elecciones de octubre. Sergio Moro sigue siendo juez y sigue teniendo en sus manos la causa. Miles de brasileros siguen acampados frente a la sede de la Policía Federal en Curitiba, que es donde tienen encarcelado a aquel pibito que enfrentó 13 días de viaje en la caja de un camión destartalado hasta Sao Paulo y que trabajó desde los siete años de edad hasta convertirse en el presidente que más dignidad proporcionó a 200 millones de brasileros. Brasil ya no respira: el futuro yace bajo la pluma de un juez al servicio de poderes muy oscuros, pero Lula, el individuo Lula está tranquilo, porque ya está cumplido. Lula hizo lo que debió hacer, jamás tuvo miedo. No temió las cárceles de las dictaduras de otrora ni teme las cárceles de la dictadura del presente. No teme ni siquiera a la muerte. Lula no tiene miedos, salvo uno. Y no es el miedo a la perversidad de los malos —como diría Martin Luther King—, sino a la indiferencia de los buenos. 17 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

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