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Revista Hegemonía. Año I Nº. 2

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

ajena, ya que el robo de

ajena, ya que el robo de información es a la luz del día y con el consentimiento de las víctimas. Todo esto es posible porque otra vez el poder fáctico de tipo económico “madrugó” y ocupó un espacio. Hoy por hoy, el que quiera expresarse sin poseer un medio de difusión tradicional (una radio, un canal de televisión, un diario de gran circulación), debe necesariamente hacerlo en las redes sociales. Y allí es donde les entrega el contenido que produce a corporaciones como Facebook, Twitter y otras para que hagan de eso un gran negocio en beneficio propio e incluso definan si ese contenido es o no “digno de ser visto” por otros, que es donde empieza el problema en serio. Yo hablo, tú callas La concentración de los medios de difusión tradicionales es, en la actualidad, un gravísimo problema para la estabilidad social en casi todos los países. Al concentrar los canales por donde circula la información, lo que las corporaciones realmente concentran es la palabra, es decir, tienen el poder para definir quién se va a enterar de qué y quién no va a enterarse de nada. En una palabra, las corporaciones tienen el poder para decidir quién habla y quién calla. Eso despeja el camino para la manipulación de la opinión pública que va a resultar en un verdadero gobierno desde la pantalla, como había pronosticado a su manera George Orwell en su célebre obra de ficción distópica 1984. Está claro que los propietarios de los medios de difusión, que son esas corporaciones, que es el poder fáctico de tipo económico a escala global, jamás permitirían que por esos medios circule información que sea perjudicial a sus intereses particulares, sino todo lo contrario. Lo que las corporaciones hacen hoy con los medios de difusión (sobre todo con la televisión) es difundir la ideología que mejor se ajusta a esos intereses. Y como estos son diametralmente opuestos a los intereses colectivos, los intereses de la sociedad en su conjunto, la estabilidad política y social de las naciones se ve hoy fuertemente condicionada por el negocio de las corporaciones. Podría decirse, sin sonar orwelliano, que somos gobernados por el poder del dinero corporativo y no por los dirigentes que elegimos cada dos, cuatro o seis años por el voto en esto que insistimos llamar simplemente “democracia”. El problema de la concentración naturalmente se traslada a las redes sociales. Facebook, Twitter y demás empresas tienen ya los recursos tecnológicos suficientes no solo para ordenar, clasificar, distribuir y comercializar como mejor 20 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

les convenga la información que los de a pie producimos y volcamos todos los días en las redes: tienen también la capacidad de definir qué va a difundirse y qué va a silenciarse. La ilusión de que las redes sociales son un territorio libre de manipulación mediática está desvaneciéndose a medida que comprendemos cómo las grandes corporaciones manipulan la realidad mediante la proyección de un recorte que hacen a partir del todo. En otras palabras, vamos viendo cómo una red social como Facebook podría, de la noche a la mañana, eliminar todo el contenido que considerara nocivo a sus intereses, cosa que efectivamente hace y suele colocar en la categoría de “inapropiado según las normas comunitarias”. En principio, esa censura basada en las “normas comunitarias” es aplicada a los contenidos que incluyen violencia u ofensas a la moral (Facebook, como el estadounidense promedio, es ultra conservador), a esas cosas que son molestas de ver y que podrían “piantar” gente. De manera muy sensata, Facebook intenta preservar un ambiente cómodo para sus usuarios, justamente para que quieran seguir conectados y no se les ocurra ir a sentarse en un café a charlar con sus amigos o hacer una de esas actividades al aire libre que ya parecen pasadas de moda. Esa política de censura de contenidos es perfectamente comprensible si miramos la cosa desde la óptica del negocio. Facebook no quiere que nadie se sienta incómodo en Facebook y destierra las fotos y los videos sangrientos, los pezones y hasta los lactantes en pleno acto de lactancia, entre otras cosas que para el moralismo yanqui no deben ser vistas públicamente. Pero hay mucho más. No conocemos aún la extensión del daño en lo que se refiere a la censura de contenidos con ideología política contraria a los intereses particulares de las corporaciones, pero es lícito suponer que, en posesión de los medios tecnológicos necesarios para ordenar y clasificar automáticamente la información según las famosas palabras clave, Facebook puede empezar —si es que ya no lo hizo— a “filtrar” la información y a impedir que llegue a destino si eso no fuera conveniente a sus intereses. La ocupación del espacio La cuestión de la censura selectiva y orientada al mensaje cuyo contenido es explícitamente ideológico bien valdría una investigación detallada, un trabajo que claramente excede los límites de este artículo. Lo que sí puede concluirse de todo esto es que el haber “madrugado” y ocupado todos los espacios en las redes sociales le está rindiendo muy buenos frutos al poder fáctico de tipo económico. Si bien es dudoso que la televisión haya sido ya superada por las redes sociales, lo cierto es muy pronto lo será y más cierto aún es que nada va a cambiar en sustancia, puesto que las corporaciones seguirán controlándolo todo, como siempre. Todo se reduce, otra vez, a una cuestión de ocupar los espacios. Y los espacios se siguen ocupando en esta batalla interminable. Lo más reciente es la cuestión de los llamados trolls, que está tomando una relevancia inesperada a partir de algo que solía pertenecer al subsuelo más profundo de Internet. En los últimos años, el poderoso comprendió la importancia de los trolls en la formación de la opinión, en la colonización del sentido común de cada día. Mientras seguimos mirando la cosa como si se tratara de un bicho raro o de poca monta, la derecha ya invierte una millonada en verdaderos 21 HEGEMONIA - MARZO DE 2018

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