Un segundo aliento

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alientoHELEN SIGNY

DRAMA DE LA VIDA REAL

Se aferró a la vida por una promesa que

le había hecho a su esposa tiempo atrás.

Un segundo

CUANDO SAIMAA MILLER CONOCIÓ a su futuro

esposo, Daniel, se sintió atraída por su estoicismo.

Daniel era amigo de un conocido suyo y había

salido con ellos a tomar algo el día en que murió

su perro. Es el tipo de hombre con el que me

gustaría estar, pensó ella. Unos meses después salió de su

consultorio naturópata y él estaba ahí, esperándola. En ese

momento supo que sería su compañero por el resto de su vida.

FOTO: ARUNAS


Daniel en su

casa, ubicada

en Charlotte

Bay, Nueva

Gales del Sur,

Australia.


SELECCIONES

Al poco tiempo se fueron a vivir

juntos y, en 2007, encontraron la casa

perfecta en Charlotte Bay, en la costa

norte de Nueva Gales del Sur, Australia.

Daniel, constructor y paisajista,

podría convertir ese terreno en un lugar

de descanso para practicar yoga;

algún día, sus hijos correrían sobre las

verdes praderas.

—No te mueras antes que yo —le

decía en broma Saimaa a menudo.

Su madre había fallecido cuando

ella tenía apenas 13 años, y quedarse

sola otra vez era algo inimaginable.

—Lo prometo —respondía Daniel.

Varios años más tarde su sueño se

hizo realidad. Sus hijos Kalan y Leilani

tenían nueve y cuatro años; la familia

había convertido el sitio en su hogar.

Saimaa viajaba tres horas por semana

para atender a los clientes de su clínica,

ubicada en Bondi.

Precisamente allí se encontraba ese

día de febrero del año pasado. Mientras

los niños estaban en la guardería

y en la competencia de natación de

la escuela, Daniel, de 45 años, pensó

que podía aprovechar para terminar

su trabajo de paisajismo alrededor de

la presa que estaba a unos 50 metros

de la casa. Desde hacía mucho quería

arreglar ese antiguo jardín de rocas

junto al muro de la construcción.

Con su miniexcavadora de 3 toneladas,

Daniel comenzó a mover algunas

de las piedras y plantas más grandes.

Llevaba tiempo sin llover y el nivel

de agua de la presa estaba muy bajo.

Acercó la excavadora al extremo del

dique e hizo descender la pala para

quitar una capa de lodo.

En ese instante el aparato empezó

a deslizarse por el peso. Daniel no se

alarmó al ver que el vehículo resbalaba

porque estaba acostumbrado a

trabajar con maquinaria pesada. Hizo

bajar la pala hasta el suelo para que

actuara como contrapeso y diera estabilidad.

Pero el muro cedió y ambos

cayeron al agua.

Aterrado, Daniel intentó salir de

la excavadora, pero se estrelló contra

el suelo pantanoso de la presa y

la máquina quedó de lado. La barra

antivuelco aterrizó sobre su espalda,

debajo de los omóplatos. Quedó atrapado

bajo el agua.

¡Tengo que salir de aquí!, se gritaba

Daniel a sí mismo mientras empujaba

el cuerpo hacia delante con toda

su fuerza para lograr sacar la cabeza

a la superficie. Se retorció hasta que

la barra quedó sobre su espalda baja;

después quedó atorado.

Hundió las manos en el barro, arqueó

la espalda y empujó lo más

fuerte que pudo hasta que logró asomar

la cabeza por encima del agua.

Luego tomó una gloriosa bocanada.

No me puedo morir primero, era el

único pensamiento que tenía.

DANIEL TUVO MUCHA suerte

por haber caído frente al muro

de la presa, con el pecho sobre

una pendiente donde solo había 60

centímetros de profundidad. Sus piernas

apuntaban hacia el centro, lugar


en el que el precipicio era mayor. Aun

así, no podía moverse y 60 centímetros

de agua bastarían para ahogarlo.

Su brazo estaba atascado bajo el

pecho, en una postura muy similar a

la del perro ascendente en yoga. Si se

impulsaba con fuerza, podría sacar el

mentón del agua.

Tenía que calmarse. Gracias a que

había practicado surf durante muchos

años sabía que la única manera

de sobrevivir en el agua

era calmarse y tratar de

pensar racionalmente.

La excavadora continuaba

funcionando; expulsaba

diésel y aceite

hidráulico. En algún

momento el lubricante

inundaría el motor y el

ruido se detendría. ¿Y

entonces quién podría

darse cuenta de que se

encontraba ahí, atrapado?,

pensó él.

No había nadie cerca.

Saimaa estaba a 300 kilómetros; la

vecina más cercana, Mel, estaría en

la competencia de natación. Daniel

maldijo por haber cancelado la jornada

del trabajador que iba a cortar

el césped ese día. Quizá venga de todos

modos. ¿El cartero no tendrá una

entrega pendiente?, se preguntaba.

Los primeros en darse cuenta de su

ausencia serían, quizá, los profesores

de su hijo al ver que no pasaba por él.

Pero no irían a buscarlo; simplemente

lo llevarían a clases extraescolares y

LOS RETOS DE

RESISTENCIA

NO ERAN NADA

NUEVO PARA

DANIEL. EL

SECRETO ERA

DOSIFICAR

EL DOLOR.

nadie se alarmaría hasta después de

las 6 de la tarde. Sucedería lo mismo

con los maestros de su hija. Eran las

11:30 a. m. Eso significa que debo mantenerme

vivo seis horas o más, pensó.

Mel tal vez llegaría a eso de las 3.

¿Podría soportar hasta entonces?

El peso de la barra antivuelco no parecía

estar distribuida uniformemente

sobre la espalda de Daniel y no sentía

como si estuviera cargando toda la

excavadora. Eso significaba

que podía quitar

el lodo que estaba bajo

él e intentar salir. Mientras

levantaba el cuerpo

con una mano, usaba

la otra para cavar por

debajo de la pelvis y las

piernas y hacer el fango

a un lado.

Fue un error casi fatal.

La máquina se hundía

conforme cavaba.

Daniel se dio cuenta,

horrorizado, de que

ahora apenas podría sacar los ojos

y la nariz del agua. Si usaba toda su

fuerza podría levantarse lo suficiente

para liberar la boca y respirar, pero

solo por unos minutos en cada ocasión:

era demasiado doloroso. Tenía

que conservar tanta energía como le

fuera posible. Sabía que quizá estaría

allí por mucho, mucho tiempo.

Las alternativas eran luchar o sucumbir.

Si moría, los encargados de

la guardería de su hija la llevarían a

casa. Verían la máquina volcada en la


SELECCIONES

presa; probablemente sus

botas estarían flotando.

No podía dejar que eso

sucediera. A pesar de lo

doloroso que resultaba

empujarse hacia arriba

para respirar, era lo único

que podía hacer.

Los retos de resistencia

no eran nada nuevo para

Daniel, pues había practicado

remo en mar abierto

durante años. El truco era

distribuir el dolor en fragmentos

soportables. Mantenerse

en esta posición

seis horas era imposible,

pero sí podía hacerlo durante 60 segundos,

así que empezó a contar.

Se apoyó con una mano y contó

hasta 60 mientras movía la otra hacia

delante y hacia atrás en el agua para

pasar el tiempo y mantener la calma. A

los 55 segundos se daba el lujo de saber

que tan solo quedaban cinco para

terminar el intervalo. Luego cambiaba

de lado y volvía a empezar. Decir que

tomaba descansos continuos de un

minuto era otra forma de verlo.

Cuando el ruido del motor se

ahogó, el lugar recobró la serenidad.

Con los oídos sumergidos, todo lo que

Daniel podía escuchar era el sonido

veloz y repetitivo de la máquina. El Sol

brillaba sobre su cabeza, sus labios estaban

a la altura del agua y podía ver

aceite y otros fluidos flotando sobre la

superficie. Si algo se acercaba mucho

a su nariz, soplaba.

La escena que encontraron los socorristas: Daniel

sumergido, con la nariz por encima del nivel del agua.

Su estrategia funcionó. Durante más

de una hora observó a un saltamontes

subir una hoja del césped y descender

por el otro lado. Mientras dejaba vagar

su mente, imaginaba distintos escenarios

de rescate. Pensaba en la bomba

de desagüe, a menos de 100 metros,

que podría drenar la presa y salvarlo.

Deseó que aparecieran diferentes personas

e incluso consideró la telepatía

como una forma de hablarle a alguien

para que lo visitara. Pero, sobre todo,

quería evitar que Saimaa lidiara con

su muerte.

Su esposa insistía en que practicara

yoga; él siempre contestaba que

se aburría a los 10 minutos. Ahora, la

espalda arqueada le dolía demasiado

y los brazos le punzaban. ¿Cuál será el

récord por quedarse en la postura de

perro ascendente?, se preguntaba. Lo

mejor sería no pensar en el dolor.

FOTO: CHANNEL NINE


Mientras el tiempo pasaba y la excavadora

se hundía lentamente, Daniel

sintió un gradual aumento de la

sensación de pánico que se agravó al

recordar que el pronóstico indicaba

lluvia para ese día. Veinte milímetros

serían suficientes para matarlo. Podía

resistir horas, pero había cosas que

era imposible controlar.

De nada sirve pensar en eso, se dijo.

Si conservaba la calma y tomaba buenas

decisiones, tendría una mayor

probabilidad de sobrevivir.

Por momentos sus emociones brotaban

sin control y se reía de forma

histérica. Luego se calmaba, respiraba

por la nariz y contaba de nuevo.

El motor continuaba haciendo un

tenue golpeteo.

AESO DE LAS 2:30 de la tarde,

mantenerse vivo se había

convertido en una tarea casi

robótica. Respirar, contar, mantener

la calma. Los oídos de Daniel estaban

llenos de agua y aceite, y apenas podía

escuchar el suave sonido del motor.

No sabía dónde estaban sus vecinos,

pero el cansancio lo acechaba.

Tendría que empezar a pedir ayuda.

Repetiría sus intervalos unas cuantas

veces más y luego lo intentaría.

Reunió todas las fuerzas que le quedaban

para impulsarse lo suficiente y

sacar la boca del agua. Gritó a todo

pulmón por 10 minutos. “¡Ayuda!

¡Ayuda! ¡Ayuda!”.

Era agotador. Se detuvo, lleno de

adrenalina y muy enojado. Intentó liberar

la pelvis; estaba furioso porque

nadie podía escucharlo.

Luego, de reojo, percibió un movimiento.

Giró la cabeza y vio el auto

azul de Mel que se acercaba por la

entrada. Calculó que ella se había estacionado,

salido del coche y estaba

viendo a su alrededor. Volvió a impulsarse

y gritó de nuevo. Mel llegó

corriendo, teléfono en mano, hasta

el borde de la presa. Vas a vivir para

contarlo, supo Daniel en ese instante.

—¡¿Qué hago?! —cuestionó Mel.

Daniel volvió a sacar la boca.

—¡Llama a Reg y a los vecinos! —ordenó

y regresó a su postura original.

El servicio de emergencias más cercano

estaba a 30 minutos, en Forster,

pero Reg, otro vecino, estaba cerca.

En pocos minutos llegó al lugar y entró

a la presa para sujetarle la cabeza

a Daniel. Luego vino otro residente

alertado por Mel y corrió a buscar un

esnórquel a su casa, pero era imposible

que Daniel pudiera usarlo.

Mel buscó en Google: “Qué hacer

cuando alguien queda atrapado en

una presa”. Lo primero que decía era

que nadie más debía entrar, pues el

entorno resultaba inestable. Reg salió.

Llegaron más vecinos.

Charles Degotardi, agente inmobiliario,

recibió un mensaje. Como capitán

del servicio rural de bomberos,

se comunicó con la estación y le informaron

que alguien estaba atrapado,

bajo una excavadora, en una presa

muy cerca a donde él se encontraba.

Quizá el sujeto ya esté muerto, pensó.


SELECCIONES

No había tiempo de ir

por el camión, así que

llamó a su segundo al

mando para que alertara

al equipo y partió

hacia la casa de los Miller.

Fue el primero en

llegar. No podía creer

la escena con la que se

topó. Un grupo de personas

rodeaba la presa;

contemplaban la nariz

y los ojos de Daniel que

sobresalían de la viscosa

agua turbia.

Siete minutos después

llegó el camión

de bomberos local. La

prioridad era hacer

descender el nivel del

agua, por lo que Charles

y sus colegas llevaron la bomba

portátil y colocaron las mangueras

para desaguar. Mientras la echaban

a andar, emplazaron el camión al

lado de la presa e instalaron ahí otra

bomba de mayor volumen.

El agua descendió por debajo de

la nariz y orejas de Daniel en un instante;

ahora podía escuchar bien. A

todos les preocupaba que la excavadora

se moviera y lo aplastara aún

más. La máquina había caído sobre

un peñasco que evitaba que se deslizara

hasta el fondo. Cuando apenas

quedaban unos centímetros de líquido,

se hizo evidente que el aparato

estaba a punto de patinar y caer de la

roca que lo sostenía.

De vuelta en casa con su familia, Daniel recuerda que sus

opciones eran muy sencillas: podía luchar o morir.

Aparecieron los policías y las ambulancias,

seguidos por el Escuadrón

contra Incendios y de Rescate de Forster.

Daniel los observó acercarse a la

presa con una expresión de incredulidad

absoluta en sus rostros al ver que

aún estaba con vida.

Conforme se drenaba la represa,

parecía cada vez más sorprendente

la gran suerte con la que Daniel había

corrido. Si esa roca no hubiera estado

allí, habría quedado aplastado.

Se hallaba atrapado en el lodo, pero,

milagrosamente, no todo el peso de la

maquinaria estaba sobre él.

En una operación de rescate que se

prolongó durante más de una hora y

media, los servicios de emergencia

FOTO: ARUNAS


ataron un cable al brazo de la excavadora

para estabilizarla y luego la levantaron

para liberar a Daniel del peso.

Cuando lograron elevar el aparato

5 centímetros por encima de la pelvis

de Daniel, las bombas estaban comenzando

a atascarse con fango, pero

el cuadro ya era lo suficientemente

visible como para empezar a cavar y

sacar al hombre de ahí. Removieron el

lodo que había debajo de sus piernas

y luego, tomándolo por los hombros,

lo arrastraron hasta extraerlo.

Daniel tenía hipotermia, estaba cubierto

de fango de pies a cabeza y sus

pulmones y oídos estaban llenos de

aceite y diésel. Pero se sentía eufórico.

Estaba vivo.

SAIMAA ESTABA ATENDIENDO

a sus pacientes en Bondi cuando

notó que tenía una llamada perdida

de Mel. La llamaré más tarde,

pensó. Luego le llegó una segunda

llamada de otra vecina, Julie Henry.

Algo debía haber pasado.

—Daniel sufrió un accidente —le

dijo Julie a Saimaa, quien podía darse

cuenta, por su voz, de que se trataba

de algo grave.

Cuando le contaron lo que había

ocurrido, Saimaa mantuvo la calma.

Daniel le había prometido que no

moriría antes que ella; sabía que él

estaría bien.

Saimaa llamó a su suegra y luego

volvió a hablar con Julie y después

con el esposo de esta, John Henry.

Parecía como si toda la comunidad

estuviera trabajando como una sola

entidad. Fueron a buscar a los niños

a la escuela y los llevaron a casa de

Mel, mientras Saimaa corría a su coche

para encontrarse con su esposo

en el hospital local.

Daniel estuvo internado tres días

en la sección de traumatología. Tenía

la espalda inflamada y una infección

causada por los fluidos que

había ingerido, pero, fuera de eso,

estaba prácticamente ileso. El dolor

de espalda se prolongó durante

varias semanas. Saimaa logró hacer

realidad su deseo y Daniel comenzó

a practicar yoga para ayudar a liberar

la tensión muscular. Antes de que se

diera cuenta, ya estaba de vuelta en el

trabajo y había retomado el surf.

En retrospectiva, los Miller consideran

que aquel evento fue una

experiencia positiva. Se sintieron

conmovidos por la dedicación de sus

vecinos, así como la de los miembros

de los servicios de emergencia.

“Hoy en día en el mundo abunda

lo negativo, pero esta es una lección

para creer en la vida y en el deseo de

vivir”, afirma Saimaa. “Una lección de

personas que ayudan a otras, de amistad

y compañerismo”.

Daniel se siente el hombre más

afortunado del planeta. Sobrevivir en

aquella presa fue una enorme proeza

que puso a prueba su resistencia, y salió

victorioso. Superó los obstáculos y

desafió todos los pronósticos.

Todo por haber prometido a Saimaa

que no moriría antes que ella.

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