6 MIRADAS

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¿Amigos o enemigos?

“Dejar o no dejar usar el celular, esa es la cuestión”.Como un homenaje

a esas primeras líneas de Hamlet, así comienzan muchas

reuniones docentes, congresos pedagógicos o simples charlas de

café entre profesores. La irrupción del celular en nuestras vidas

también impacta en las aulas, generando fervientes pasiones entre

quienes condenan su uso y quienes lo ponderan.

Por Romina Lenceiro

Pasillos largos, pupitres, tiza, pizarrón,

libros de temas, calendario escolar,

alumnos, docentes… La imagen que

se nos presenta como “la clase”, entendida

como ese espacio donde los

alumnos desde sus bancos y el docente

desde su panóptico (como diría

Foucault), comparten horas, intercambian

conocimientos y elaboran el

aprendizaje. Esta imagen bien podría

estar representando el aula de los

años 20’, 50’ e, incluso, la actualidad.

Quizás delataría la década en que fue

tomada o el contexto, la moda que

de tanto a los docentes como a

los alumnos.

Sin embargo, un nuevo escenario se

presenta desde hace unos años con

la irrupción del nunca bien ponderado

(por los docentes, claro está) celular.

Desde el aparatoso Movicom, que

tan poco desapercibido pasaba, hasta

los diminutos Iphones, los celulares

han traído aparejado un cambio de

paradigma en el proceso de enseñanza

– aprendizaje. ¿Son amigos o enemigos?

Independientemente de la utopía

de conseguir la atención absoluta

del colectivo alumnado, muchas veces

el uso del celular en clase, viene a

evidenciar el tan temido desinterés

de los alumnos frente a la temática

o materia abordada por el docente,

como así también, la necesidad del

docente de conectarse “con el afuera”.

Muchos docentes, luego de atravesar

distintas etapas —negación (“a mí no

me pasa”), resignación (“mientras esté

en modo silencio no me molesta”) y

tolerancia cero (“prohibido el uso de

celulares en mi clase”)—, han encontrado

algunas ventajas.

Los alumnos de hoy no enfrentan la dicotomía de “tomar

nota” o “escuchar la explicación”. Escuchan, al

docente y toman fotografía del ejercicio terminado.

En principio, la búsqueda de material

a través de los distintos buscadores

que ofrece la Web, disponible en cualquier

celular de los alumnos, posibilitan

el desarrollo de innumerable cantidad

de actividades.

La foto de los contenidos y su envío a

través de grupos de WhatsApp, aliados

infaltables en cada curso, agilita

la difusión del material de estudio y

evita las típicas excusas de los alumnos.

Ya no tienen la excusa de no tener

plata o tiempo para sacar fotocopias,

o comprar el libro, o bajar el material

desde su casa.

Por otra parte, el uso de distintas aplicaciones

que los chicos tienen en el

celular facilita el trabajo en equipo

sin la necesidad de reunirse fuera del

ámbito escolar.

La inmediatez de la comunicación

de los adolescentes puede y debe ser

usada como un punto a favor por los

docentes a la hora de demandar y exigir

el cumplimiento de diversas actividades.

Y todas estas ventajas las reúne sólo

el celular… Ni hablar del uso de otras

TIC en el aula que no sólo agilizan

los mecanismos de aprendizaje sino

que generan empatía con los alumnos.

Por ejemplo, la disponibilidad de

contenidos en código QR, la posibilidad

del uso de mapas conceptuales

o, simplemente, el uso de un proyector

facilitan enormemente la tarea

del docente y le permiten captar la

atención del curso.

Hoy, como siempre, creo que el principal

obstáculo en el desenvolvimiento

áulico es la falta de compromiso y

empatía. ¿Vamos a dejar que un celular

nos haga competencia?

En la imagen, la preceptora del curso comparte una consigna

con el grupo de WhatsApp de tercer año, ante

la ausencia de un profesor.

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