VE-43 JUNIO 2018

rafasastre

Alma de hielo

Desde que lo vio supo que iba a morir.

Sí, lo sé, eso es una obviedad, puesto que en esta vida lo único

seguro es la muerte, pero es que ella pensó que ocurriría pronto.

Lo conoció en una discoteca. Lo normal. Cuatro miradas, tres

bailes, un par de copas juntos y un revolcón que pasó sin pena ni

gloria.

La verdad es que ni siquiera en esa primera ocasión le interesó

demasiado. Era un chico sencillo, con una conversación fluida pero

carente de interés. Físicamente pasable. Simpático con una evidente

falta de cariño en su vida.

Era la presa perfecta.

Empezaron a quedar de manera esporádica. Ella alternaba las

citas con él con otros encuentros furtivos que la llenaban de

satisfacción y lujuria.

Él pasaba las tardes esperando ansioso la llamada que

convertiría su día en un paraíso de la felicidad eterna o en un fracaso

absoluto. A ella el juego le divertía, él no entendía a dónde lo

conduciría esa relación.

Llegó el momento en que a él no le quedó más remedio que

armarse de valor y, anillo en mano, y rodilla al suelo, le declaró su

amor eterno y devoción incondicional.

El tímido sí que salió de la boca de ella debería haber ido

acompañado de unas mejillas sonrojadas por la vergüenza de saberse

mentirosa y calculadora hasta la médula.

La noche de la despedida de soltera, ella tiró la casa por la

ventana y, en un arranque de desenfreno incontrolado, superó su

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