Revista Hegemonía. Año I Nº. 4

labatallacultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

. 4 AÑO I | JUNIO DE 2018

labatallacultural.org

HEGEMONIA

VUELVE EL FMI

argentina:

¿otra vez lo

mismo?


REDES SOCIALES

facebook.com/batallakultural/

En Mar del Plata, a metros del centro

y las mejores playas de La Perla.

Más de 80 habitaciones con pantallas

de 42”, wi-fi y aire acondicionado.

Exquisito desayuno buffet, cochera,

sala de juegos y salón de conferencias.

La mejor gastronomía

hotelera en Mar del Plata.

Exquisitas propuestas gourmet y

una exclusiva carta de vinos.

Abierto todo el año mediodía y noche.

Consultá por nuestros menúes

especiales de fin de año.

twitter.com/batallakultural

instagram.com/batallakultural/

t.me/labatallakultural

HEGEMONIA

Periódico de Política y Cultura

LA BATALLA CULTURAL

EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Romina Rocha

COMISARIO TÉCNICO

Federico Carril

COMISARIO DE ASUNTOS

CULTURALES

Alejandro Di Guida

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN

La Batalla Cultural

3 DE FEBRERO 2975 | Mar del Plata

Tel./Fax (0223) 495.5552 - 495.9888

reservas@hotel10deseptiembre.com.ar

www.hotel10deseptiembre.com.ar

Hotel 10 de Septiembre

Restaurante 10 de Septiembre

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico

de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores

mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose

de estas por definición las empresas de

capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista,

contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail

hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos

reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y

eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad

sus autores y no representan necesariamente el

pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

28

CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Qué es y para qué sirve

(realmente) el Fondo

Monetario Internacional?

12

CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Por qué

Venezuela sigue

con el modelo del

enemigo?

36

HISTORIA + GEOGRAFÍA

= GEOPOLÍTICA

El Pacto de

Varsovia, la OTAN

y el equilibrio

global en juego

24

OPINIÓN

Pasarse de rosca:

la utilización del

feminismo para la

misandria, la

despolitización y

otras yerbas


EDITORIAL

Noticias de ayer, pero con el

análisis necesario para entenderlas

Contra todo pronóstico de

crisis y tormentas eléctricas,

aparece hoy la cuarta

edición de esta Revista

Hegemonía. De acuerdo a

lo planificado, cinco días antes

de la fecha de cierre original que

veníamos utilizando hasta aquí.

Pretendemos anticipar en cinco

días nuevamente el lanzamiento

de las dos próximas ediciones,

las de julio y agosto, hasta que

Hegemonía empiece a salir todos

los primeros días del mes.

¿Por qué? Porque, como una

publicación de frecuencia mensual

y que no va a imprenta —es

decir, aparece para los suscriptores

inmediatamente en digital

tras cerrarse—, Hegemonía debe

ser una síntesis de lo sucedido

en el mes que termina. De esta

forma, el análisis de las coyunturas

no sufre el desfasaje típico

de la era de la información.

Un ejemplo de ello es el artículo

que aparece en esta edición

y da cuenta de la situación en

Venezuela: habiendo pasado ya

20 días desde las elecciones

en aquel país, el asunto en sí ya

puede considerarse “noticia de

ayer” y, si bien no pierde trascendencia,

puesto que se trata

precisamente de análisis y no de

noticia, tendría más relevancia

si hubiera aparecido antes. Es

para evitar este tipo de desfase

que planificamos publicar Hege-


monía todos los primeros días

del mes a partir de septiembre

de este año.

Pero no todo son malas noticias

para el atento lector de

nuestra revista. Esta edición,

que es la cuarta desde marzo,

como decíamos, viene recargada

y, en términos de calidad

gráfica y de contenidos, es la

mejor hasta el momento. Las

notas vienen con más profundidad

de análisis y mejor forma,

habiéndose resuelto de una

vez los problemas de tipografía

que dificultaban la lectura en la

pantalla de dispositivos pequeños,

como los teléfonos celulares

de menos 5 pulgadas. Por lo

demás, gran parte del contenido

ya es exclusivo de la Revista

Hegemonía, por lo que únicamente

nuestros lectores acceden

a dicho contenido, pues no

ha sido publicado en ninguna

parte hasta el lanzamiento de la

revista.

Y hay más novedades: estrenamos

en esta edición las

secciones Los buenos libros e

Historia + Geografía = Geopolítica.

La primera quiere ser una

crítica literaria de los libros que

ningún militante, amigo o simpatizante

de la causa del pueblo-nación

puede dejar de leer.

Por el momento la sección es

de tan solo una página, aunque

pretendemos expandirla para

las próximas ediciones, profundizando

en el contenido de las

obras sobre las que publicamos

la crítica y recomendamos.

La segunda sección enumerada

es, para nosotros, un lujo

y un placer. Allá lejos y hace

mucho tiempo, cuando apenas

empezábamos a hacernos

nuestras primeras armas en

ese arte de juntar las letritas

unas con las otras que solemos

llamar escritura, queríamos

escribir sobre los temas que los

medios de difusión masivos no

tocaban. Queríamos, en una

palabra, hablar de aquello que

no conviene que los pueblos

sepamos. Rodolfo Walsh decía

que “(...) nuestras clases dominantes

han procurado siempre

que los trabajadores no tengan

historia, no tengan doctrina, no

tengan héroes y mártires. Cada

lucha debe empezar de nuevo,

separada de las luchas anteriores:

la experiencia colectiva se

pierde, las lecciones se olvidan.

La historia aparece, así, como

propiedad privada cuyos dueños

son los dueños de todas las

otras cosas” y esta definición

para nosotros en casi un dogma.

Lo que el poder no quiere

que los pueblos sepamos es la

historia de la humanidad, es la

geografía del mundo, porque el

saberlo conduce normalmente

a la comprensión de la política

y de la geopolítica, de cómo

funciona el mundo. Entonces la

sección de Historia + Geografía

= Geopolítica surge para llenar

ese vacío y para comunicar lo

que algunos no quieren que se

comunique.

Y estrenamos esa sección justamente

con un tema tan histórico

que parece viejo, aunque es

más actual que nunca: el Pacto

de Varsovia, en el que los países

del bloque socialista del Este

defendieron sus proyectos políticos

de corte nacional-popular

contra el avance del imperialismo

occidental hasta fines del

siglo pasado. Como verá el atento

lector al tomar contacto con

el artículo, el Pacto de Varsovia

es mucho más que una pieza

de museo o una curiosidad del

catálogo histórico, es una necesidad

actual de las naciones que

luchan por su liberación y sufren

los apremios del bloque imperialista

formado militarmente

en la OTAN. Lo dirán los venezolanos,

constantemente amenazados

por Washington con

una invasión que nunca termina

de concretarse, quizá, precisamente,

porque el nuevo Pacto

de Varsovia ya existe de hecho

y antes de ser firmado, y países

como Rusia y China operan en

defensa de la Revolución Bolivariana.

Sabemos que algo de eso

hay, pero no queremos adelantarnos

y arruinarle la sorpresa

que espera al atento lector en

las próximas páginas, las que

hemos escrito y diagramado con

un montón de amor militante y

—como siempre decimos— fe en

un mundo mejor, que es posible.

Desde Hegemonía esperamos

que le guste el resultado.

De esta parte, estamos muy

contentos y esperamos que el

atento lector también lo esté.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural


SENTIDO COMÚN

La “meritocracia” y otras

desgracias: “Yo voy a zafar”

Uno de los enigmas más

grandes de la actualidad

de nuestro país puede

resumirse de la siguiente

forma: si todos (o por

lo menos la mayoría) tenemos

recuerdo de cómo fue el estallido

del 2001 y estamos viendo

que la cosa va hoy en la misma

dirección, ergo, que la cosa

va a explotar más temprano

que tarde, ¿por qué siguen las

mayorías en el molde esperando

pasivamente que eso suceda?

¿Qué hace el argentino promedio

que no sale a detener esta

locura de bonos, canjes, blindajes

del FMI, deuda, inminentes

corralitos y estallidos sociales

antes de que se concreten en

tragedia?

Queda ahí formulada la cuestión,

que es el enigma propiamente

dicho. Más de uno se ha

preguntado por qué y ha arriesgado

las más alocadas teorías

para darse una explicación. “No

van a salir hasta que les toquen

el bolsillo” es una de esas explicaciones.

Pero, claro, eso no es cierto,

puesto que ya les tocaron el bolsillo.

Para ser más precisos, les

han metido las dos manos en el

bolsillo y hoy el poder adquisitivo

de los ingresos del argentino

promedio —principalmente de

los jubilados— ya es el 50% de

lo que fue a fines del año 2015.

En una palabra, si van a salir

cuando les toquen el bolsillo,

entonces ya están bastante

atrasados para hacerlo y, por

lo tanto, la teoría es falsa. No,

el argentino no salta cuando lo

perjudican económicamente.

Otras teorías versan sobre

una supuesta “vergüenza” que

6 HEGEMONIA - junio DE 2018


sentirían algunos por haber

votado al neoliberalismo y que

eso les podría impedir que salten

en defensa propia. Pero tal

“vergüenza” no tendría razón de

ser, bien analizada la cosa, por

dos razones. En primer lugar, el

voto en nuestro país es secreto

y prácticamente cualquier

ciudadano —salvo los amarillos

más notorios, que son más bien

pocos— podría presentarse en

una manifestación sin tener que

demostrar que no votó al “cambio”.

En realidad, nadie le preguntaría

nada en absoluto, en la

protesta popular todos somos

bienvenidos. Y segundo porque,

normalmente, los más exaltados

contra un gobierno suelen ser

aquellos a quienes ese gobierno

defraudó. Por una ley cuasi

natural, los conversos serán los

más fanáticos en un momento

dado y la teoría del “arrepentido,

pero avergonzado” no se

corrobora en la realidad.

“¿Entonces qué?”, nos exasperamos.

“¿Qué diablos es lo

que impide al argentino promedio

de poner el grito en el cielo

y salir a manifestar su inconformidad

con el plan económico

neoliberal que amenaza con

despedazar un país en cuestión

de semanas?”, insistimos. Si

todas las teorías formuladas

hasta acá para dar cuenta de la

cuestión no se corroboran con

casos concretos, ¿qué es lo que

realmente está estorbando?

Lo que estorba es la cultura, el

sentido común. O, para ser aún

más precisos, la colonización

del sentido común que da como

resultado una cultura individualista

y egoísta. Lo que impide

al argentino de salir a frenar la

masacre es el “yo voy a zafar”,

una idea que está muy bien instalada

y que, como veremos, es

profundamente equívoca.

Yo en el mundo,

pero sin el mundo

Desde 1976 en adelante, se ha

instalado en el sentido común

del argentino una serie de ideas

neoliberales cuya finalidad —

desde el punto de vista de quien

instala esas ideas, que es el

poderoso— es la atomización de

la sociedad, lo que en sociología

suele denominarse la rotura

o descomposición del tejido

social. De una tradición de

solidaridad con fuertes vínculos

sociales entre los individuos, la

sociedad argentina fue mutando

en un rejunte de individualidades

en el que cada cual se

ocupa únicamente de sus propios

asuntos como si nadie más

existiera ni importara.

La expresión última y el símbolo

del “no te metas, algo

habrán hecho” de la dictadura

cívico-militar-mediática es el

automovilista furioso frente a un

piquete. “Estos negros de mierda

cortan el tránsito y no dejan

circular a la gente. ¡Qué vayan

a laburar, manga de vagos!”,

vomita el hombre o la mujer al

volante, sin pensar ni siquiera

un instante en que, probablemente,

el piquetero que corta

el tránsito lo hace justo porque

no tiene trabajo. Por lo demás,

la diferenciación entre “piquetero”

y “gente” es ya todo un

clásico, allí donde el individuo

egoísta cree sinceramente que

la “gente” es nadie más que uno

mismo.

A raíz de dicho adiestramiento

en la ideología neoliberal que ha

tenido lugar en nuestro país durante

las últimas cuatro décadas

y más, el argentino promedio es

hoy un individuo atomizado, separado

de la sociedad y opuesto

a ella. El producto o resultado

del adiestramiento neoliberal es

un sujeto que está desvinculado

simbólicamente del destino del

grupo al que, de hecho, pertenece

y nunca deja de pertenecer.

Dicho de otra manera, lo que el

poderoso logra con la generalización

del individualismo es una

multitud de sujetos escindidos

social y políticamente del conjunto,

aunque desde luego, en

la práctica, económicamente,

sigan vinculados y solidarios con

el grupo y dependan de la suerte

de este para realizarse, para

vegetar o para hundirse.

Cuando el sujeto incorpora y

naturaliza la idea de que está

solo y es independiente respecto

a los demás, es natural que

piense en la salvación como un

acto personal. El argentino ha

sido educado para no comprender

que su suerte está vinculada

a la de los demás argentinos y

7 HEGEMONIA - junio DE 2018


así el automovilista frente al piquete

no logra comprender que

el piquetero no es otra cosa que

una representación suya, de sus

propios intereses, al luchar en la

calle para que el automovilista,

por ejemplo, siga teniendo un

automóvil. Toda nuestra colonización

pedagógica está orientada

a que no comprendamos las

complejas relaciones económicas

por las que la desocupación

del otro hoy va a resultar en

nuestra desocupación mañana,

al caer el consumo y destruirse

el mercado interno.

Como el sujeto individualista

no ve esas relaciones, no

relaciona la prosperidad o la

desgracia del otro con las suyas

propias, no ve que si los demás

están bien él también probablemente

lo estará y no ve, por

supuesto, que si los demás se

hunden es solo cuestión de

tiempo para que él también se

hunda.

Eso es, básicamente, el pernicioso

concepto de “meritocracia”:

todo depende de mi esfuerzo

personal y el contexto es

irrelevante. Nos han hecho creer

que la suerte o la desgracia es

resultado únicamente de los dotes

y acciones de uno mismo, lo

que en la realidad fáctica jamás

se verifica.

El siguiente es un diálogo con

un maestro mayor de obras “meritócrata”

y absolutamente atomizado,

y es representativo de

cómo esa incomprensión hace

estragos en las conciencias:

—Lo que hagan o dejen de hacer

los demás me tiene sin cuidado.

Yo hago mi trabajo, pago mis impuestos

y no me meto en nada

raro. Lo único que quiero es

que no corten calles, que dejen

circular a la gente y que no haya

más quilombo en este país.

—Pero si cortan la calle es porque

quieren reclamar por algo

que no va bien.

—No me interesa, que vayan a

laburar.

—Quizá justamente lo que no

va bien es la parte de no tener

adonde ir a laburar. ¿No lo pensaste?

—No es así. Laburo hay, solo hay

que querer laburar.

—Estás muy equivocado: el desempleo

existe y consta incluso

de las estadísticas oficiales. Hay

mucha gente que simplemente

no consigue trabajo. Y si eso

va en aumento, pronto te va a

tocar.

—¿Qué cosa me va a tocar?

—La desocupación.

—Jaja… olvidate. Yo hago bien lo

mío, siempre voy a tener laburo.

—¿Y si la economía se paraliza y

no hay obras para construir?

—Siempre hay obras.

—Es cierto. Aun en las peores

condiciones económicas siempre

alguna obra se ve por ahí.

El tema es que disminuye la

cantidad de obras y muchos

maestros como vos se quedan

sin trabajo.

—A mí nunca me va a pasar, porque

laburo muy bien y no armo

quilombo, siempre cumplo.

8 HEGEMONIA - junio DE 2018


—De acuerdo, pero aún así te va

a afectar.

—¿Cómo?

—Es fácil: si disminuye la cantidad

de obras, pero la cantidad

de maestros sigue igual o incluso

crece, porque todos los años

se reciben nuevos maestros,

¿adónde crees que van a parar

todos esos que no encuentran

trabajo?

—En el piquete, ya lo sé.

—Posiblemente, o no. Hay gente

que prefiere no salir a la calle a

protestar, aunque tenga hambre.

Lo cierto es que todos van

a ir a formar en el ejército de

reserva.

—¿En qué cosa?

—El ejército de reserva es toda

la gente que no tiene trabajo y

que, por lo tanto, busca trabajo.

Cuando hay demasiados en

esa situación, el salario de los

que siguen empleados baja y

las condiciones de trabajo se

deterioran.

—No entiendo qué tiene que ver

una cosa con la otra.

—Bueno, tiene que ver que, si

yo quiero construir una obra y

hay demasiados maestros con

ganas de construirla, voy a optar

siempre por el que me cobre

menos. De modo que, para

mantener tu trabajo, vas a tener

que cobrar cada vez menos y

resignar condiciones de trabajo.

Hasta que se presente alguno

desesperado que acepte trabajar

por un plato comida al día.

—¿Trabajar por una comida?

Nadie es tan boludo.

—No, boludo no, hambriento.

Si vos no tuvieras para comer,

¿qué harías?

—No es así.

—¿Qué harías?

—Eso no va a pasar, es ilegal

contratar gente por un plato de

comida.

—Ilegal hasta que pase la reforma

laboral que Macri quiere

aprobar en el Congreso.

—¡Ah, de ahí venía la mano! Vos

me estás hablando de política.

—No, no… ¿Política? ¡Para

nada! Desocupación, mercado

interno, ejército de reserva y

reforma laboral son asuntos de

ballet clásico…

—No me gusta la política.

—¿Y si en la política destruyen

el mercado interno y el empleo

nacional se va al diablo? ¿Y si

aprueban una reforma laboral

por la que laburar por un plato

de comida sea legal?

—No me importa, que hagan lo

que quieran. Yo hago mi trabajo

y pago mis impuestos al día. No

me meto en nada raro.

Como se ve, toda la argumentación

había sido al divino

botón. El amable y cumplidor

maestro de obras seguía encerrado

en los términos de “meritocracia”

de su colonización

pedagógica, sobre la que dará

trompos y trompos de manera

indefinida. Ese individuo, como

muchos otros, ya es irrecuperable

para la vida en sociedad

y este es el peso real de cuatro

décadas de triunfo de la ideología

neoliberal en la sociedad

argentina.

¿Quién realmente se

salva de este naufragio?

Hay individuos que realmente

están desvinculados del grupo

en un sentido económico, pero

ninguno de ellos es maestro

mayor de obras ni trabajador a

secas. En realidad, los que no

dependen de la prosperidad

general para ser prósperos son

muy poquitos y no viven del

trabajo: son los ricos, una ínfima

minoría que, en esta posmodernidad,

advirtieron en la timba

Popular gráfico que resume muy bien la zoncera de la “meritocracia” del costado

de los ricos: ninguno llega a ser lo que es y tener lo que tiene por obra de un

supuesto esfuerzo personal. En un mundo de herencias, la riqueza es una mera

cuestión de suerte en la lotería de las cunas.

9 HEGEMONIA - junio DE 2018


Más representaciones artísticas —que suelen ser abundantes en la cultura popular— de la falacia meritócrata. No puede haber

mérito en una supuesta competencia si todos no tienen las mismas condiciones al arrancar.

financiera el modo de eludir la

actividad económica productiva

como fuente de ingresos y a los

que, por lo tanto, literalmente

les resbala el destino del país.

La única condición de la que

dependen los ricos para ser

cada vez más ricos es que la

sociedad no esté organizada alrededor

de un proyecto político

determinado. Para que la timba

financiera siga siendo el refugio

de los capitales que los ricos ya

no vuelcan a la agricultura, a la

industria y al comercio es necesario

que no exista un poder

político dispuesto a ponerle

límites a esa timba financiera y

poner bajo la lupa el origen de

las fortunas. He ahí el propósito

neoliberal en la rotura del tejido

social: el evitar que la sociedad

forme lazos de solidaridad que

conduzcan a la organización

política para la defensa común

de los intereses de las mayorías.

Toda esta vuelta nos hace caer

en el mismo lugar, que es el de

la importancia fundamental de

la batalla cultural sobre el sentido

común y las subjetividades.

En control de los medios de difusión,

los ricos vienen ganando

esa batalla cultural “por afano”,

como suele decirse, al colonizar

pedagógicamente las subjetividades

y manipular el sentido

común para que haya desorganización

social y política. La

atomización de los individuos en

la “meritocracia” y el egoísmo

asegura que nunca podrán esos

individuos aunar fuerzas para

defender sus intereses colectivos.

Ahora mismo estamos en vísperas

de un naufragio y casi todos

somos capaces de advertirlo

de antemano, aunque pocos

somos los que luchamos para

evitarlo. Las mayorías lo esperarán

pasivamente y lo sufrirán en

carne propia cual se tratase de

un misterioso designio sobrenatural.

Las mayorías nos hundiremos

en ese naufragio, pero unos

pocos van a salvarse. Ninguno

de ellos es trabajador, ninguno

pertenece a la mal llamada

“clase media” automovilista que

insulta a los piqueteros. Los que

se van a salvar de este nuevo

naufragio de un país que ha

naufragado demasiadas veces

son los tenedores de BOTES,

el nuevo bono que el gobierno

neoliberal acaba de colocar

en el mercado y que ha sido

adquirido por los ricos, por los

mismos que nos dicen todos los

días en televisión que todo depende

de un esfuerzo personal

y de levantarse temprano todos

los días. Justo ellos, los ricos y

los poderosos, que no conocen

el esfuerzo personal porque son

herederos y nunca se han levantado

temprano para cualquier

cosa que no sea una actividad

deportiva, un viaje o placer.

Ellos no se hunden porque

tienen los BOTES, es cierto. Pero

los tienen porque el sentido

común del argentino cree firmemente

que los han adquirido

con el fruto de su esfuerzo y de

que eso, por lo tanto, está bien.

La batalla es cultural, siempre lo

fue. Y la están ganando ellos por

goleada.

10 HEGEMONIA - junio DE 2018


LOS BUENOS LIBROS

Gabriel García Márquez: De viaje

por el universo del socialismo real

Cuando se juntan la pluma

mágica del escritor

y la realidad fantástica

y desconocida, el lector

tiene asegurado un viaje

a medida que va pasando las

páginas. Así sería la reseña

del libro De viaje por Europa

del Este (Random House,

2015: 160 p.), una obra

de Gabriel García Márquez

poco conocida por el público

argentino en general y que es

una verdadera delicia.

En el libro, García Márquez

relata su viaje a través de la

mal llamada “Cortina de Hierro”

en 1957, complementada

por su visita a Hungría en

1959. Todo el relato es una

observación con ojo clínico

de la realidad de los distintos

países socialistas en los años

1950. El viaje se extiende por

Alemania Oriental, Checoslovaquia,

Polonia y la Unión

Soviética —además de la

mentada Hungría—, sin dejar de

lado la fina ironía y sin dorar la

píldora: los quebrantos de un

mundo socialista que emergía

destrozado de la guerra y también

la dulzura de su gente, todo

está presente en esta crónica

hecha por un compañero del

campo nacional-popular que

no se deja llevar por la zoncera

liberal y baja al terreno a ver

cómo realmente es la cosa.

Al caracterizar los regímenes

de esos países como democracias

populares, García

Márquez muestra la clave: la

realidad está muy lejos del

infierno pintado por los liberales

de Occidente, aunque

también difiere mucho del

escenario idílico presentado

por los socialistas en su propaganda

igualmente ideológica.

De viaje por Europa del

Este es una crónica precisa

y apasionante, como solo

Gabriel García Márquez sabe

brindar. Recomendamos este

libro con 5 estrellas sobre 5.

*Erico Valadares

11 HEGEMONIA - junio DE 2018


CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Por qué

Venezuela

sigue con el

modelo del

enemigo?

El pasado domingo 20 de

mayo se realizaron nuevamente

elecciones en Venezuela,

las vigesimocuartas

desde que Hugo Chávez

iniciara con la Revolución Bolivariana

la gesta de transformación

de un país colonial, profundamente

desigual y sometido a

los designios del imperialismo

occidental. Hubo en Venezuela

desde 1998 unas dos docenas

de procesos electorales, con

un promedio superior a uno por

año, lo que en sí es una cosa

extrema. A cada paso que dio,

el chavismo gobernante llamó

a opinar a la ciudadanía en

las urnas, con resultados casi

siempre favorables al proyecto

socialista y de liberación nacional.

Ávido de novedades desde

Caracas, el cronista seguía

en directo la programación de

Telesur en la noche de ese 20

de mayo, mientras se cerraban

las mesas de votación y los

resultados eran inminentes.

Dicha programación de espera

instaló en los estudios del canal

a un equipo de panelistas e

invitados, los que iban opinando

de manera alternada con

móviles en vivo desde distintas

localidades del país. Entre esos

invitados estaba Ignacio Ramonet,

quien puede considerarse

hoy el intelectual orgánico de

clase popular por antonomasia.

La palabra de Ramonet sobre

cómo las clases dominantes

12 HEGEMONIA - junio DE 2018


manipulan el sistema en beneficio

propio suele ser una palabra

autorizada y respaldada en

los argumentos que esgrime,

Ramonet es una especie de

oráculo de lo nacional-popular,

con profundo conocimiento del

aparato mediático occidental y

no se le registra una sola derrapada.

Entonces Ramonet tiene

lugar asegurado en Telesur a

cada momento importante de la

historia de Venezuela, brindando

la oportunidad de escucharlo

en vivo, lo que no es moco de

pavo.

Ramonet venía, como siempre,

con la posta: sin importar

los resultados de la fecha, ya

sabríamos de antemano qué

iban a titular todos los medios

de difusión de las corporaciones,

aquí y en Occidente. La estrategia

del poder universal se

veía con claridad y se resumía

simplemente en no reconocer

el proceso electoral venezolano

para restarle legitimidad a

Nicolás Maduro. De una manera

o de otra, la cuestión sería insistir

sobre la baja asistencia de

electores a las urnas, utilizarlo

como premisa para denunciar

fraude y, por lo tanto, los diarios

del lunes ya estaban impresos,

los zócalos de los canales

preparados, todo el discurso ya

estaba escrito.

Es otro tipo de fraude, sin

embargo. Ese domingo hubo

una diferencia en la estrategia

del poderoso en Venezuela res-

13 HEGEMONIA - junio DE 2018


pecto a elecciones anteriores.

Ya no se trataba de denunciar

fraude en un sentido de manipulación

de los resultados, lo

que sería el fraude clásico que

la derecha conoce muy bien por

haberlo realizado ella misma en

repetidas ocasiones a lo largo

de todo el siglo XX. En esta

ocasión, a partir de una maniobra

coordinada entre el poder

fáctico que controla los medios

de difusión en todo el mundo y

los dirigentes de la mal llamada

“oposición venezolana” —personeros

cipayos del imperialismo

a secas—, la no presentación

de candidatos y el llamado a no

votar por parte de estos eran

la preparación práctica del

resultado final deseado: hacer

escasear la cantidad de electores

sobre el padrón y utilizar esa

escasez artificialmente generada

como argumento para afirmar

lo de siempre, es decir, que

Maduro es un dictador porque

ahora, además, no tiene la cantidad

de votos necesaria para

legitimarse. Y así, mientras el

equipo de Telesur seguía insistiendo

en la transparencia del

proceso electoral, que es totalmente

auditable en sus etapas

y siempre es supervisado por

una infinidad de observadores

internacionales, etc., el poderoso

ya estaba tejiendo otra cosa.

En vez de cuestionar el proceso

en sí, se cuestiona ahora su

legitimidad en términos de qué

tan representativo es de la voluntad

del pueblo de Venezuela.

Pero Ramonet lo supo y adelantó

que la estrategia del poder

había cambiado, aunque no así

el objetivo: instalar en el sentido

común del mundo la idea de

que en Venezuela no existe la

democracia.

El voto es sagrado

Con un 46% de participación

se realizaron las elecciones del

20 de mayo, con prácticamente

toda la derecha y los medios

llamando a no votar. El propósito

de desmovilizar a la sociedad

venezolana se logró a medias,

ya que la mitad del padrón asistió

y votó y en eso, alrededor de

si la participación relativa era o

no suficiente para legitimar al

ganador, empezó a girar la discusión.

En una palabra, se trata

de decir que Nicolás Maduró

ganó, pero no tiene legitimidad

porque tan solo 5 de cada 10

venezolanos habilitados para

votar lo hicieron.

Si de propósitos hablamos, el

de este artículo no es discutir

esas proporciones electorales

ni el sistema electoral en

sí, aunque no podemos pasar

por alto que en la negación de

legitimidad al ganador de las

elecciones en Venezuela por

parte de los medios de difusión

del poder existe una doble

vara y es enorme. Sin ir mucho

más lejos, podríamos tomar

dos casos para demostrar que

el nivel de participación en

elecciones nunca fue objeto

de discusión de legitimidad

para esos medios cuando las

elecciones se realizaron en

países donde el poder fáctico

controla desde siempre el poder

político. El primer caso sería

el del desiderátum mismo de

la “democracia” occidental y

cristiana: los Estados Unidos de

América. Allí, en las elecciones

14 HEGEMONIA - junio DE 2018


que ungieron como presidente

a Donald Trump, votó apenas el

55% de los electores habilitados,

es decir, aproximadamente

la mitad. Y sin embargo no se

escuchan voces cuestionando

la legitimidad de un Trump

ignorado por la otra mitad de la

población de su país. Al parecer,

en el modelo de “democracia”

y “libertad” impuesto

sobre el resto del mundo por las

corporaciones occidentales la

participación electoral no es un

tema y no disminuye en absoluto

la intensidad de

la democracia ni

la legitimidad del

ganador.

Pero la doble

vara no termina

allí. A nivel regional

también hay modelos

impuestos de

“democracia” que

los demás deberíamos

seguir para ser

igual de “democráticos”

y “libres”. El

modelo por antonomasia

en este

caso es el de Chile,

país gobernado

durante 16 años

por una dictadura

genocida al servicio

del poder fáctico

de tipo económico

y del imperialismo

en general y donde,

en las últimas

elecciones —sin

boicot ni llamado de nadie a no

acudir a las urnas—, tan solo un

46% de los electores votó para

ungir al ganador, el empresario

neoliberal Sebastián Piñera.

Aunque esa proporción es igual

a la alcanzada en Venezuela

el domingo, no hay registro de

cuestionamientos por parte de

los medios a la legitimidad de

un Piñera ganador en elecciones

de las que participó menos

de la mitad de los chilenos

en condiciones de votar. ¿Por

qué? Porque incluso en lo que

el poder esgrime como fundamentos

o condiciones sine qua

non para la existencia de una

“democracia sana” hay doble

vara, está la contradicción a gritos

que no son oídos por nadie

porque los medios no hacen eco

de ellos. Por una cuestión de

participación electoral relativa,

como se ve, Nicolás Maduro es

un tirano, mientras que Sebastián

Piñera y Donald Trump son

paladines de la democracia. Y

así nos vamos a dormir todas

las noches con la conciencia

tranquila como paciente recién

operado.

Claro que la cuestión es

caracterizar a Nicolás Maduro

como un dictador a cómo dé

lugar y el poderoso, que es

pragmático, no se fija en nimiedades

sin importancia como la

coherencia y la verdad cuando

El resultado práctico de las llamadas “guarimbas” opositoras, manifestaciones de desestabilización

financiadas por el imperialismo occidental para torcer el rumbo del socialismo venezolano.

La imagen del guarimbero envuelto en llamas dio la vuelta al mundo y fue interpretada de miles de

maneras, pocas de ellas correctas.

se dispone a cumplir el objetivo.

Si para destruir una revolución

popular en el mundo es necesario

empezar a medir la intensidad

y legitimidad democrática

por el criterio de la participación

electoral relativa, entonces

allí va el poder con sus medios e

instala esa idea, aunque podría

dejar en evidencia a sus gobiernos

títeres que, medidos con la

misma vara, se revelarían muy

poco democráticos.

El uso del verbo en modo condicional

es preciso. La maniobra

del poderoso podría dejar al

mismo poderoso en evidencia

y revelaría el carácter antidemocrático

de sus personeros

en países como Chile o Estados

Unidos, pero eso no sucede. Al

tener el control de los medios

de difusión, que es por donde

la verdad debería circular hasta

estar al alcance de la ciudadanía,

el poder sabe que las razones

de los pueblos son campa-

15 HEGEMONIA - junio DE 2018


nas de palo, como decía José

Hernández en el Martín Fierro.

Nadie va a cuestionar la legitimidad

democrática de Trump

o Piñera, simplemente porque

no se visibiliza el hecho de que

fueron electos en comicios con

baja participación relativa. Entonces

la estrategia pragmática

del poder fáctico puede ejecutarse

sin mayores problemas,

con multitudes de loros cuyo ojo

nunca se despega del televisor.

El voto es sagrado y si no lo hay,

tampoco existe la legitimidad

democrática. Siempre y cuando,

claro, esa ausencia no ocurra en

países donde el voto no es tan

sagrado. En esos casos el loraje

manipulado por los medios no

dice ni mu.

Hay que empezar a

hablar de democracia

Sea como fuere, lo cierto es que

Nicolás Maduro debe parecer

un dictador, al igual que Hugo

Chávez en su momento. Ya sea

mediante la instalación de la

idea del fraude electoral directo

o de unas elecciones hechas

16 HEGEMONIA - junio DE 2018

a medida de las necesidades

del régimen, la conclusión del

sentido común debe necesariamente

ser la de que en

Venezuela no hay democracia.

Como decíamos, el poderoso no

quiere una Revolución Bolivariana

que inclina el tablero de

Las elecciones en Cuba, de las que el sentido común colonizado tiene poca y ninguna noticia, son

organizadas en torno a un proyecto político que no cambia según el humor del mercado y es la garantía

última de la democracia en el país.

la geopolítica al asentarse en

el país con las más abundantes

reservas petroleras del mundo

y es pragmático en sus métodos

para destruirla hasta sus

cimientos. Ese pragmatismo y

esa orientación inequívoca a

fines —que son una cosa muy

maquiavélica, en el correcto

sentido de la expresión, bien

lejos de la vulgata— es justo lo

que los pueblos no tenemos.

Los intelectuales de lo nacional-popular,

orgánicos de las

clases subalternas, lo discuten

todo y todo lo cuestionan. Es la

tradición crítica de la izquierda

progresista de todos los tiempos:

poner en tela de juicio toda

la realidad a cada paso dado,

sin permitirse el lujo de pasar

por alto la verdad o perder la

coherencia. Y en esa tradición

intelectual lógicamente abreva

Ignacio Ramonet, el invitado de

Telesur en la noche posterior

a las elecciones para comentar

los resultados. Ramonet

siente el peso determinante de

la tradición intelectual de la

izquierda crítica y, por lo tanto,

no logra ser pragmático. No

puede serlo.

Y así es como

hasta Ramonet

termina pisando

el palito que el

poderoso pone

en el camino de

los pueblos para

que jamás alcancemos

nuestros

fines.

En un determinado

momento

de su intervención

ese domingo

por la noche

en Telesur, Ramonet

consideró

que en Venezuela

se realizaban

elecciones

limpias, auditadas, transparentes

y con un aceptable nivel

de participación relativa. “Por

lo tanto”, concluye Ramonet,

“en Venezuela hay democracia”.

Apremiado por la agenda

instalada por el poder y quizá

no consciente de ello, Ramonet

caía así en la trampa del poderoso

al debatir en los términos

propuestos (o impuestos) en la

agenda de los medios de difusión

dominantes. Lo que hizo Ignacio

Ramonet en ese momento

fue reforzar la zoncera de homologar

democracia y elecciones,

la de afirmar simplemente que

una cosa se reduce a la otra. “Si

en Venezuela se realizan elecciones,

entonces en Venezuela

existe la democracia”, hubiera

sido la conclusión en seco de

dicho razonamiento.

De no sentir el peso determinante

de la tradición intelectual


a la que pertenece, Ignacio

Ramonet tendría que haber

dicho otra cosa muy distinta. La

homologación de democracia y

elecciones es un enorme triunfo

del liberalismo en la batalla

cultural y es, como veremos,

una monstruosa operación de

doble hermenéutica mediante

la que las clases dominantes

han vaciado de sentido la

democracia y la han vuelto a

llenar con el sentido que mejor

les convenía. Y si fuera por lo

menos tan pragmático como lo

es el enemigo de los pueblos,

el intelectual del campo nacional-popular

tendría que hacer

caso omiso de la agenda de los

medios hegemónicos y discutir

su propia agenda, empezando

por la imposición de esta verdad

universal: la democracia es

el gobierno del pueblo, no las

elecciones.

Esto es más sencillo de lo que

parece y para ello es suficiente

un rápido ejercicio etimológico

que está, por otra parte, al alcance

de prácticamente cualquier

conciencia o simplemente

de cualquiera con acceso a

Internet y capacidad de googlear.

¿Qué pasa si googleamos

el término “democracia”? Pues

vamos a encontrarnos con que

es una palabra de origen griego

y que está compuesta por dos

vocablos, el “demos” y el “cratos”,

los que en su traducción

van a dar “pueblo” y “poder” o

“gobierno”, esto es, van a dar

gobierno del pueblo o poder

popular. ¿En qué parte del

origen etimológico y por lo tanto

histórico de la vieja y golpeada

democracia se encuentran

contempladas las elecciones?

En ninguna parte, y aquí está el

problema de no ser pragmáticos,

de comernos las curvas y

de discutir aquello que nuestras

clases dominantes quieren que

discutamos: no damos jamás

con la verdad ni con el fondo de

la cuestión.

Podríamos pasar ya sin más

escalas a las conclusiones y

concluir, valga la redundancia,

que en Venezuela existe la democracia

simplemente porque

existe un gobierno del pueblo

o un poder popular. Hasta aquí

llega cualquier discusión acerca

del carácter democrático de

la Revolución Bolivariana o de

cualquier revolución a secas.

Dicho carácter es indiscutible,

puesto que sería imposible la

existencia de un poder popular,

en un sentido de clase social,

que no fuera democrático. En

una palabra, si en un determinado

país no gobiernan los

ricos ni las corporaciones, sino

los pueblos en posesión de su

propia soberanía, entonces en

ese país existe la democracia

porque el “demos” se encuentra

con el “cratos” sin la necesidad

de buscar otros requisitos.

Por lo tanto, cuando Ramonet

o cualquiera de los intelectuales

del campo nacional-po-

17 HEGEMONIA - junio DE 2018


Nicolás Maduro ejerce el derecho al voto en una de las muchas elecciones que realizó Venezuela en las últimas dos décadas.

Con un promedio superior a un proceso electoral por año, no existe en el mundo país donde se acuda a las urnas con más

frecuencia que en la “dictadura venezolana”, lo que ya sería suficiente para entrever la doble vara del discurso hegemónico

respecto a las condiciones para que un régimen sea considerado democrático por Occidente.

pular homologa democracia

y elecciones, lo que hace es

reproducir y reforzar una solemne

zoncera. La democracia

solo existe cuando hay poder

popular organizado en el Estado

en forma de gobierno de

los pueblos. El cómo llegan los

pueblos allí, al poder político en

el Estado, y el cómo hacen para

mantenerse en ese lugar podrá

decirnos algo de la calidad

democrática realmente existente,

pero jamás de la cualidad

que le es inherente. Dicho de

otra forma, los pueblos pueden

acceder al poder político en el

Estado mediante una revolución

y también por elecciones, y una

vez allí pueden optar por realizar

elecciones periódicas, por

legalizar las fuerzas políticas

del enemigo y hasta por permitir

que esas fuerzas participen de

los comicios. O pueden optar

por no hacer nada de eso. Lo

que no varía es la condición

democrática, porque al haber

un gobierno de los pueblos esa

condición ya está asegurada.

La democracia no necesita para

existir de otra cosa que un poder

popular en el Estado. Si eso

está, la democracia ya existe

y luego podríamos discutir la

calidad de esa democracia por

separado.

Venezuela insiste en

votar a lo occidental

También es un hecho el que en

la inmensa mayoría de los países

del mundo la gente vota regularmente,

incluso en aquellos

que el sentido común colonizado

por el discurso liberal desde

siempre cree que son dictaduras

de las más cerradas, bárbaras

y sangrientas. Por ejemplo,

en Cuba, país que, como sabemos

bien por la propaganda

liberal de Occidente, es una

de las tiranías más asesinas

del mundo y el lugar donde se

cometen las peores atrocidades

que pueda uno imaginarse.

En Cuba se han realizado

elecciones periódicas desde

1976, año de aprobación de la

actual Constitución del país. El

derecho a votar es universal y

no, no es necesario estar afiliado

al Partido Comunista para

hacerlo. Lo que no existe en

Cuba —pero sigue subsistiendo

en Venezuela— es la posibilidad

de, mediante el voto, rifar el

sistema socialista que precisamente

garantiza la existencia de

un gobierno popular, es decir,

la existencia de la democracia

misma. No están permitidas

fuerzas políticas ni candidatos

cuyas propuestas no sean

socialistas. Puede decirse en

resumen que en Cuba nadie

puede votar contra la democracia

y esto es lo más lógico y

razonable que una democracia

puede ofrecer y garantizar: su

propia existencia.

Claro que, en coherencia con

todo lo expuesto hasta aquí, lo

18 HEGEMONIA - junio DE 2018


que determina la existencia de

la democracia en Cuba no son

las elecciones, sino el poder

popular. Aunque no se realizaran

esas elecciones periódicas,

la democracia cubana seguiría

intacta en tanto el poder político

no estuviera en manos de los

ricos o de las corporaciones y sí

en manos del pueblo cubano,

dueño y señor de su soberanía

nacional-popular. Por lo demás,

desde el punto de vista de la

propaganda mediática

occidental que domina

en casi todo el mundo,

el que se realicen o no

elecciones en Cuba

también sería irrelevante,

puesto que la

categoría de “dictadura”

para la Revolución

cubana ya está muy

bien instalada y no

variaría en absoluto.

El ejemplo cubano

existe como una

crítica y un cuestionamiento

“por izquierda”

a la Revolución Bolivariana

en Venezuela

y sería, básicamente,

el siguiente: ¿Por

qué Chávez y luego

Maduro insisten en

jugarse el futuro de la

Revolución permitiendo

que sigan siendo

legales las MUD, los Capriles,

los Leopoldo López y afines?

¿Por qué someterse al tremendo

desgaste que supone la

realización de elecciones en los

moldes occidentales, cuando

la receta es clara y prescribe un

sistema electoral más parecido

al cubano, en el que solo la

opción socialista está disponible?

El peligro implícito en esa

insistencia de Venezuela por las

formas dichas “democráticas”

importadas de Occidente es

real: para el año 2013, muerto

Chávez y aún no consolidada la

imagen del sucesor, la Revolución

Bolivariana estuvo a punto

de ser derrotada por Capriles

Radonski, imponiéndose finalmente

el entonces candidato

Nicolás Maduro por poco más

de 140 mil votos en un colegio

electoral de más de 15 millones,

es decir, literalmente por

un pelo. ¿Qué hubiera pasado

si esa ínfima diferencia fuera

entonces favorable a Capriles?

No es cuestión de hacer historia

contrafáctica, desde luego una

inutilidad, pero el peligro fue

real y puede verse hoy, a cinco

años de aquellas elecciones.

Lo que quizá no pueda soslayarse

y sirva para empezar

a explicar por qué Venezuela

insiste con la manutención del

sistema electoral occidental

son las implicaciones culturales

que existen al respecto en

toda nuestra América morena.

Los dos siglos de colonización

pedagógica y de sumisión cultural

a Occidente no son gratis

y, al parecer, es muy difícil hoy

para cualquiera de los países

de América del Sur desprenderse

de aquellas formas que

el sentido común colonizado

considera como “democráticas”

en la organización política y la

constitución de los Estados.

Una de esas verdades formales

es que la democracia existe

cuando se realizan elecciones

en las que cualquiera, incluso

el enemigo de la democracia,

puede participar y ganar. Este

El llamado al boicot a las elecciones del 20 de mayo por parte de la “oposición” de personeros

cipayos del imperialismo, expresado en un muro de Caracas.

prejuicio liberal está muy bien

instalado en la conciencia del

sudamericano promedio y el

atento lector podrá comprobarlo

con el sencillo método que

siempre proponemos, el de la

mini encuesta de sociología

del estaño: pregúntele a una

cierta cantidad de individuos

conocidos acerca de su opinión

sobre un hipotético gobierno

que proscribiera y exiliara a la

oposición en su totalidad —la

imagen de Cuba vendrá inmediatamente

a colación— y verá

que el veredicto de que eso es

19 HEGEMONIA - junio DE 2018


una dictadura será unánime.

Prácticamente nadie asocia hoy

la idea de “democracia” con el

ejercicio del poder por las clases

populares, sino con la mera

existencia de elecciones abiertas

a todas las fuerzas políticas

del mercado. En una palabra,

para el sentido común colonizado

que es la mal llamada

“opinión pública”, elecciones y

democracia son una y la misma

cosa y no pueden existir sino

simultáneamente.

Es posible que ese prejuicio

liberal sea determinante en la

insistencia de Venezuela con

su sistema electoral importado

de Occidente y esté impidiendo

un giro más pronunciado hacia

el socialismo real. Lo que

algunos llaman “socialismo del

siglo XXI” para ocultar métodos

socialdemócratas bien típicos

del siglo XX, más algo de mojigatería

latinoamericana, todo

sumado a la colonización pedagógica

que no permite llamar

las cosas por su nombre, sino

por eufemismos. He ahí donde

podríamos ir a buscar parte de

la explicación sobre una Revolución

Bolivariana que insiste

en jugarse la ropa al darle a

una ciudadanía acorralada por

el mensaje de los medios del

poder la opción de un gobierno

antipopular que, de ganar las

elecciones, borraría ferozmente

cualquier rastro de revolución

popular en cuestión de días y

semanas. Lo que Chávez hizo

y Maduro continúa haciendo

es permitir que una sociedad

muy manipulada por los medios

de difusión tenga la opción de

elegir un gobierno promocionado

por esos mismos medios.

Y si bien la fe de Chávez y de

Maduro en la conciencia revolucionaria

del pueblo venezolano

es inquebrantable, queda claro

que estar todos los años al

borde del abismo es una cosa

peligrosa y no ayuda a la consolidación

del socialismo en el

país.

No obstante, el caso de Venezuela

no es atípico. En realidad,

en ningún país de América Latina

—salvo, de nuevo, Cuba— las

fuerzas populares han tomado

la decisión de “atar la vaca” y

cerrar la posibilidad de que la

reacción blanca se organice

para recuperar el poder y llevar

a cabo la restauración. El actual

reflujo de las fuerzas de orientación

nacional-popular en Brasil,

Argentina y Ecuador tiene

mucho que ver con eso, pero los

mejores ejemplos de cómo la

indecisión puede costarle muy

cara al indeciso los vamos a

encontrar en la historia del siglo

pasado. Los enormes proyectos

democráticos de Perón en

Argentina y de Allende en Chile

fueron derrotados y destruidos

por una reacción que tuvo toda

la libertad de organizarse hacia

el interior de los países y hasta

de presentarse a elecciones. Lo

que tienen en común los gobier-

20 HEGEMONIA - junio DE 2018


nos de Perón y Allende, más allá

de su carácter nacional-popular,

es que fueron víctimas de

su propia indecisión respecto a

qué hacer con la derecha reaccionaria

en su momento.

Habiendo resistido exitosamente

a un intento de golpe en

1951, Juan Domingo

Perón dejó

pasar la oportunidad

de histórica

de fusilar a todos

los golpistas y

de abandonar el

sistema dicho

“democrático”

occidental para

pasar a una democracia

popular

de “vaca atada”.

Un año más tarde,

en 1952, Perón

impidió que un

cargamento de

armas importadas

de Holanda por su

compañera Eva

Duarte llegaran

a manos de los

obreros de la CGT,

destinándolas mayormente

al arsenal

de Gendarmería

Nacional. Perón

evitaba a toda

costa cualquier

movimiento que

pudiera ser interpretado

por los

liberales a la derecha

y los comunistas

a la izquierda

como un giro

hacia un fascismo

de tipo europeo.

Perón quería que

lo consideraran

un “demócrata” en los moldes

clásicos del prejuicio occidental.

Y así fue como Perón terminó

generando, sin quererlo,

las condiciones para su propio

derrocamiento ya en 1955,

cuando los golpistas fracasados

en 1951 —vivitos, coleando y en

posesión de las armas que tendrían

que estar en manos de los

trabajadores para la defensa de

su democracia popular— tuvieron

finalmente éxito en un golpe

de Estado que llamaron “Revolución

Libertadora”, pero fue

reacción fusiladora, cuyo objetivo

declarado era “restablecer la

democracia y los valores cristianos

que se habían perdido”

bajo la “dictadura fascista” y la

Imagen del encuentro histórico entre Fidel Castro y Salvador Allende en Santiago de Chile, en 1971

“tiranía sangrienta” de Perón

y los peronistas. Como se ve,

al preocuparse demasiado por

el qué dirán los demás, Perón

no hizo lo que debió hacer, fue

igualmente calificado como

fascista por los golpistas y los

medios del poderoso y Argentina

se hundió en un ciclo infernal

de restauraciones blancas del

que aún no puede salir.

El caso de Salvador Allende

en Chile es todavía más claro.

Al acceder al poder político de

21 HEGEMONIA - junio DE 2018


modo “democrático”, es decir,

luego de triunfar en elecciones

de tipo occidental, Allende creyó

haber encontrado la fórmula

del “socialismo por la vía pacífica”.

No creía en los fusilamientos,

permitía que los medios

operaran todos los días los intereses

de sus propietarios contra

su gobierno y se resistía a las

purgas en las fuerzas armadas.

Entre noviembre y diciembre de

1971, Allende recibió la visita

de Fidel Castro. Fidel estuvo

en Chile durante increíbles tres

semanas y, al partir de regreso

a Cuba, le manifestó a Allende

su poca fe en la famosa “vía

pacífica” al socialismo que este

sostenía. Antes de irse, Fidel le

regaló a Allende un fusil Kalashnikov

de fabricación soviética

y le dejó el consejo: era necesario

fusilar de inmediato a los

reaccionarios antes de que ellos

llevaran a cabo la reacción.

Allende se ofendió muchísimo

y afirmó que su revolución no

fusilaría a nadie. Pocos años

después, Allende fue derrocado

por un golpe de Estado liderado

por Augusto Pinochet —uno de

los candidatos al paredón que

habrían estado en la lista de

Fidel— y Chile tomó el camino

del gobierno antipopular que

jamás pudo abandonar. Allende

fue asesinado en el interior

de un Palacio de la Moneda

bombardeado y los golpistas,

como remate y con ese toque de

crueldad típico de la derecha,

montaron la escena para que el

cuerpo de Allende “suicidado”

fuera encontrado con un disparo

proveniente del Kalashnikov

que Fidel le había obsequiado.

En realidad, Allende había

muerto defendiendo la Moneda

con aquel fusil, pero los golpistas

no perderían la oportunidad

de hacerlo pasar a la historia

como un cobarde que se suicida

antes de ser capturado por el

enemigo.

Estas historias, además de

darle como siempre la razón a

Fidel Castro y a la Revolución

cubana en general, muestran

como la indecisión respecto a

qué hacer con el enemigo antipopular

y sobre cómo ordenar la

casa de una vez y para siempre

pueden costar —y normalmente

cuestan— carísimas a los indecisos.

Nadie dirá en sus cabales

que Maduro debe instituir los

fusilamientos en Venezuela,

por cierto, pero ya va siendo

hora de pasar de las palabras

a la acción y eliminar como

opción política a todas las

22 HEGEMONIA - junio DE 2018


fuerzas que propongan

la restauración liberal y

el fin del socialismo. Si

para ello fuera necesario

superpoblar Miami de

“emigrados” venezolanos

que les hagan compañía

a los gusanos cubanos

que hace mucho allí

están, pues que así sea.

Lo que no puede pasar

es que Venezuela se siga

jugando el futuro de su

revolución en elecciones

“democráticas” de tipo

occidental que pueden

resultar en un gobierno

antidemocrático.

Hasta 2015, solíamos

decir que en América

Latina la derecha jamás

había podido derrotar

un gobierno popular en

elecciones. Para destruir

el avance de los pueblos,

la reacción se había impuesto

siempre mediante

el golpe de Estado brutal,

normalmente financiado

por el Departamento de

Estado y coordinado por

la CIA y la embajada,

todas manos yanquis en

el asunto. Eso fue cierto,

como decíamos, hasta

el año 2015, cuando en

Argentina el gobierno nacional-popular

se jugó la suerte en

unas elecciones “democráticas”

y perdió. La opción neoliberal

se impuso mediante la estafa,

ganó las elecciones y la democracia

argentina se encuentra

hoy en estado terminal, con un

gobierno de los ricos y las corporaciones

que se apresura en

extraerles a los pueblos hasta

la última gota de dignidad,

mientras destruye por otra parte

toda evidencia de la existencia

de un gobierno de los pueblos.

Nadie sabe cuánto tardaremos

en recuperar la democracia

real, que es el poder popular en

el Estado, y el gobierno neoliberal

sigue firme y blindado

por los medios de difusión que

pertenecen a las mismas corporaciones

a las que representa,

un Poder Judicial absolutamente

corrompido y una sociedad

anestesiada. La reacción es

feroz y viene degollando con

sed de venganza. Todo a partir

de haber perdido elecciones

supuestamente “democráticas”.

Lo decía Fidel en Chile,

frente a un Estadio Nacional

repleto: “Ya aprendimos bastante

de las libertades burguesas

y capitalistas. No estamos

completamente seguros que en

este singular proceso el pueblo

chileno haya estado aprendiendo

más rápidamente que los

reaccionarios”. Las palabras de

Fidel todavía resuenan, con el

peso que tienen esos vaticinios

inmortales, y desde el fondo de

la historia nos preguntan: “¿Ha

estado aprendiendo el pueblo

venezolano más rápidamente

que los reaccionarios?”.

La respuesta vendrá en este

capítulo de la historia que

acaba de inaugurarse con otro

triunfo electoral de la Revolución

Bolivariana, que celebramos,

por supuesto.

*Erico Valadares

23 HEGEMONIA - junio DE 2018


OPINIÓN

Pasarse de rosca: la utilización del

feminismo para la misandria, la

despolitización y otras yerbas

Marta Dillon es periodista

de Página/12, hija de

desaparecidos.

Albertina Carri es directora

de cine, hija de

desparecidos.

Tienen un hijo, que concibieron

a través de un amigo homosexual,

un hombre.

El amigo homosexual estaba

en pareja con otro hombre

cuando le fueron a pedir que

fuera el padre de la criatura que

iban a tener.

Su pareja se negó.

Luego se separaron. Entonces,

al irse ese obstáculo, un hombre,

pudieron concebir su hijo.

No fue fácil, a través de una

nota aparecida en “Rolling

Stone”, revista de nombre

emblemático que memora

vientos de rebeldía, sexo, droga

y rock and roll, y que pertenece

al mismo grupo empresario de

“La Nación”, diario que anotó

su nombre en las tumbas de

mapuches, en las de obreros

patagónicos, en las de argentinos

asesinados desde el aire

en el ‘55, y no lo hizo porque no

hubo tumbas, en las tumbas de

los padres de Carri y Dillon, nos

cuentan que lo intentaron más

de una vez, muchas veces, que

en alguna ocasión, fueron a un

albergue transitorio, temático,

y les pareció tan fea la habitación,

que pidieron otra, tuvieron

que pagar las dos, y al final

desperdiciaron el líquido seminal

que su amigo, un hombre,

24 HEGEMONIA - junio DE 2018


les había cedido.

En otra circunstancia, eligieron

Cabo Polonio, ese lugar

soñado por los pequeñoburgueses

argentinos, en donde no

tienen todas las comodidades

que tienen aquí, y que otra vez

el ritual fracasó.

Uno se imagina al pobre amigo,

un hombre, masturbándose

una y otra vez, para cederles su

esperma, recibiendo llamados,

programando encuentros, todo

para que estas dos mujeres, a

las que no se les ocurrió adoptar

un hijo, pudieran concebirlo.

Al final, se dio, y cuando el

padre de la criatura pidió ver el

parto, le dijeron que no, que era

algo familiar. Porque la figura

de esa persona que había sido

central para concebir la criatura,

un hombre, no merecía estar

allí.

Después sí, después llamaron

al portador de la sustancia

mágica y le sirvieron una carne

mal cocida para festejar el

nacimiento de su hijo, que no

sabemos cómo hijo de quien

figura en el Registro Civil.

Carri y Dillon motorizan la

lucha feminista, y ayer Gisella

Marziotta le hizo un reportaje

a la periodista, que afirmó que

una relación heterosexual para

una mujer menor de 44 años,

era un riesgo, que en verdad,

era la primera causa de muerte

entre las mujeres de esa edad

para abajo. O sea, que estar

en pareja con un hombre es

peligroso. Después dijo que no

había estadísticas, pero que el

patriarcado la tiene estufada.

Se podría decir que la familia

es la principal causa de

muerte y abuso, porque en ella

se producen la mayoría de los

crímenes y violaciones, pero la

afirmación nos haría definir el

objeto de un modo más bien

sinuoso, resbaladizo y oblicuo, y

en sí misma la tesis podría contener

una ligera manipulación.

La cuestión es que una afirmación

de este tenor dicha por

una referente feminista invita al

contagio intelectual, a la propagación

de un lugar común,

y de paso, a una victimización

histérica, que es lo que vemos

a diario. Como consecuencia,

lo que sobreviene de esto son

hombres avergonzados de serlo,

jovencitos con culpa, y el temor

de que al primer roce nos surtan

por la cabeza un “machirulo”.

De paso, esa palabreja,

tan festejada la semana que

pasó, es un mote que supera

al machista por su resonancia

festiva, y porque, como ocurrió,

no se sabe exactamente qué

es, y como no se sabe, se puede

usar tanto para un barrido

como para un fregado, llenarse

con los significantes que uno

quiera. Creo que me contestaste

mal, sos un machirulo;

Funcionales al enemigo: las expresiones de misandria, que es el odio al género

masculino, son utilizadas por el enemigo de la causa feminista para tomar el todo

por la parte y clasificar a todo el movimiento como una reacción de mujeres socialmente

resentidas. Sobre estas expresiones pivotean los Agustín Laje, por ejemplo,

para construir un relato en el que todas las feministas son simplemente “lesbianas

feminazis” con el solo objetivo de eliminar físicamente o someter a los varones.

me parece que tenés aires de

superioridad, sos un machirulo;

por lo carnavalesca e indefinida,

es mucho mejor que la más

técnica “misógino”, con la que

Gabriela Cerrutti señaló a Caputo,

y que seguramente recibirá

el “machirulo” la próxima vez

25 HEGEMONIA - junio DE 2018


que desvíe con éxito un debate

político trascendente.

Por eso, por más que Hebe

vaya a la Casa de Gobierno y

plante un muñeco con la palabra,

por más que la Jefa la haya

dicho para alborozo político

que le baja el precio al tarifazo

y pone en alza la cuestión de

género, “machirulo” es una

palabra que no solo estigmatiza

al tuntún, sino que además

cierra el diálogo, un poco como

feminazi, que impide saber

alcances, características, perspectivas.

Por eso prefiero definiciones

precisas, como por ejemplo

“conchuda victimizada”, siempre,

claro está, preservando

el contundente sentido de la

primera parte del par, que como

sabemos, cualquier persona de

barrio y con cierta sensibilidad,

conoce de a la perfección.

26 HEGEMONIA - junio DE 2018

No es casual que Dillon y Carri

sean hijas de desaparecidos, ni

que sean lesbianas o bisexuales,

y luchadoras feministas,

todas cosas que son una condición,

que pueden ser según

se mire, desgracias personales

en un caso, elecciones en otro,

Marta Dillon, frente a una pintada en un baño de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad

de Buenos Aires. Las consignas hirientes de la misandria infiltrada en el movimiento

feminista tienen mucha más visibilidad en los medios que la lucha de las mujeres por la paridad

de ingresos, que está en la base real de la desigualdad entre hombres y mujeres y coloca

a estas últimas en una posición de dependencia económica y sumisión prácticas.

motivos de lucha y reivindicación,

pero que hoy tienden a

verse como bendiciones, como

una suerte de aura heroica o

como el signo de una especie

de transhumano superador de

esta pobre condición de heterosexuales

—¡y para colmo, hombres!—

que algunos portamos.

El kirchnerismo, en su afán

por defender y extender derechos

entre algunas minorías,

funcionó sin quererlo como una

máquina despolitizadora, algo

que se puede comprobar en

sujetos como Florencia de la V,

una pequeñoburguesa capaz de

afrontar un tratamiento carísimo

para tener hijos y ostentar la

condición de madre, que puede

esgrimir tonantes discursos

sobre el aborto (¿pero cuándo

se verá en esta encrucijada

Florencia?) pero que jamás,

pero jamás, en su rol de actriz,

por ejemplo, marcharía

en una convocatoria

como “La Patria está en

peligro”.

En el caso de los hijos

e hijas de desparecidos,

se los arropó en

mantitas de gloria, por

portar los genes (pero

qué antigüedad) de viejos

luchadores, pero sin

saber cómo andaría esa

estirpe por este suelo

en estos días. Dillon

y Carri, con ese triple

perfil, se han de sentir

tan complacidas, tan

autosatisfechas, que la

actitud de soberbia las

ciega, las hace entrar

en una suerte de hybris,

al decir del doctor Castro

y de ahí que surjan

estas afirmaciones.

De paso, no es casual

que Dillon sea periodista

estrella en el mismo

diario donde Malena

Pichot es columnista

estrella de un feminismo andrógino,

estigmatizador, y servidor

de las agendas de derecha a la

orden de Soros.

De paso, no es para nada

casual que el nombre de su

hijito sea Furyo, un personaje

que David Bowie encarnó en la

película del mismo nombre del

año ‘83. No es casual que le

hayan puesto el nombre de un

orgulloso oficial inglés al servicio

del imperio británico.

*Carlos Balmaceda


HD

LIBROS

LA LIBRERÍA COMPAÑERA

CONGRESO

RIVADAVIA 1711

CABALLITO

RIVADAVIA 4000

(ESQ. YAPEYÚ)

ABASTO

CORRIENTES 3315

(ESQ. SHOPPING)

27 HEGEMONIA - junio DE 2018


CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Qué es y para qué

sirve (realmente)

el Fondo Monetario

Internacional?

Lo consuetudinario, el saber

popular y el sentido común

de la gente sencilla, que es

la inmensa mayoría de los

que respiramos, no suele

preguntarse por las cosas. De

otra parte, la ontología es la

vertiente de la filosofía que se

ocupa de eso, del ser, de lo que

es y de lo que hay. He aquí dos

lugares extremos en materia de

conocimiento: el del que cuestiona

aquello que existe hasta

sus orígenes para saber qué es

en realidad, por un lado, y el del

que simplemente lo naturaliza

y asume una existencia como

parte del paisaje, por otro.

La naturalización o la cristalización

del ser en las conciencias

normalmente es muy

peligrosa para quienes hacen

esa naturalización o esa cristalización.

A raíz del préstamo

de 50 mil millones de dólares

recientemente solicitado y obtenido

por el gobierno neoliberal

de Argentina al Fondo Monetario

Internacional (FMI), este

asunto ha ocupado buena parte

del debate público y todos nos

sentimos capacitados para dar

dicha discusión, aunque nadie

parece muy preocupado en

preguntarse qué demonios es el

FMI, para qué sirve y por qué le

interesa tanto prestarle dinero a

un gobierno que ha desfinanciado

el Estado y ha condenado la

economía del país a una virtual

parálisis. Fondo Monetario

Internacional y sus siglas, FMI,

están ahora en boca de todos

los argentinos. Pero, ¿qué es el

Fondo Monetario Internacional?

Pregúntese lo mismo el atento

lector en la intimidad y verá que

el asunto es serio: no sabemos

a ciencia cierta de qué se trata

y, en consecuencia, no entendemos

de qué viene la cosa. Y es

justo sobre esa confusión donde

pivotea el propio FMI para

ingresar a los países mediante

sus préstamos con condiciones

que van a ser determinantes

para toda la gente que vive en

28 HEGEMONIA - junio DE 2018


esos lugares. Entonces debemos

empezar a hacer ontología

y preguntarnos qué es el Fondo

Monetario Internacional y saber

para qué sirve, cuáles son sus

objetivos y por qué le interesa

prestarle dinero a países que

están al borde la quiebra.

Finalizada la II Guerra Mundial

y llegado el momento de juntar

las partes del todo que habían

quedado desparramadas, las

naciones del mundo se encontraban

en situación muy desigual

respecto unas de las otras.

Entre las potencias dominantes

que habían sido protagonistas

en la Guerra, por ejemplo, había

vencedores y vencidos y entre

los primeros, los países aliados

que le habían impuesto una

sangrienta derrota al nazifascismo

de Alemania, Italia y Japón,

había aún más desigualdad que

entre los últimos. Los aliados

de Europa y del Este salieron

triunfantes del conflicto, es

cierto, pero con pérdidas materiales

y humanas muy importantes.

Ya los Estados Unidos de

América habían sido muy poco

afectados por la destrucción y

salieron de la II Guerra Mundial

muy fortalecidos, emergiendo

entonces como primera potencia

a nivel planetario. Además

de no sufrir destrucción en

territorio propio, los EE.UU.

habían desarrollado un inmenso

complejo industrial-militar

y su economía rebosaba hacia

mediados de la década de los

años 1940, habiendo acumulado

una monstruosa masa de

capital. Eso significó un enorme

contraste con los demás aliados

y con la Unión Soviética, que

necesitarían aun muchos años

para recuperarse de la destrucción.

Así, los Estados Unidos

pudieron imponer su juego de

allí en más y para el efecto convocaron

a 44 naciones a firmar

los acuerdos de Bretton Woods,

donde iban a quedar sentadas

las bases del nuevo orden económico

mundial en la posgue-

29 HEGEMONIA - junio DE 2018


a, orden que se sostiene hasta

los días de hoy.

Entre todo lo que surgió de

un Bretton Woods dictado por

los Estados Unidos a un mundo

de rodillas, además de la

imposición del dólar estadounidense

como patrón y moneda

de referencia internacional y el

Plan Marshall para la reconstrucción

de Europa occidental,

nacieron allí el Banco Mundial

y el Fondo Monetario Internacional,

dos instrumentos con

distintos objetivos y de los que,

por el momento, nos interesa el

segundo.

Ese Fondo Monetario Internacional

concebido en lo alfombrado

del hotel Mount Washington

en Bretton Woods entraría

en funcionamiento poco tiempo

después, en diciembre de

1945, entre el humo de las

bombas que aún no se había

disipado. De manera oficial, el

FMI nacía para “garantizar la

estabilidad del sistema monetario

internacional” e impedir

que las potencias globales cayeran

en una depresión similar

a la verificada con la quiebra de

la Bolsa de Nueva York en el año

digamos, asunto— para proporcionar

recursos financieros a

países que tengan problemas

de equilibrio en su balanza de

pagos, es decir, a los que están

quebrados y no podrían seguir

pagando los intereses de sus

deudas sin contraer nuevas

deudas. Como se ve, el Fondo

Monetario Internacional afirma

existir para ayudar a aquellos

que son insolventes, por cualesquiera

motivos, en sus procesos

de levantar quiebras. “Un fondo

global de beneficencia

y caridad”, pensará

el atento lector. Pero

veremos que la cosa no

funciona así.

FMI vs. sentido

común colonizado

Dramática imagen de la Gran Depresión post quiebra de la Bolsa de Nueva York en 1929:

una familia ponía en venta a sus cuatro hijos. Para evitar que estas situaciones volvieran

a tener lugar en los países dichos de “primer mundo”, los Estados Unidos tomaron el toro

por las astas en Bretton Woods e impusieron el nuevo orden económico mundial, del que el

FMI es un producto. Ahora las familias occidentales ya no venden a sus hijos, quedando la

práctica exclusivamente para los países “en desarrollo” destruidos y saqueados por el FMI.

30 HEGEMONIA - junio DE 2018

1929 y no necesitaran hacerse

otra gran guerra mundial para

recuperarse. Además, el FMI

declara que existe —esta es la

parte que nos toca en todo este,

Cualquier individuo

responsable por una

economía familiar sabe

bien que el crédito tiene

mucho valor. Ya sea en

el caso de un préstamo

bancario personal,

en la adquisición de

bienes de consumo en

cuotas o simplemente

en el fiado cotidiano en

el almacén del barrio,

tener acceso al crédito

es fundamental para la

economía familiar, que

suele subsistir a base

de ingresos muy bajos y

nunca suficientes para

hacer compras al contado.

Por lo general, al

solicitar un crédito en

el banco, en una financiera

o en el almacén, el

individuo tiene por objetivo

la aprobación de

dicho crédito, el que irá

pagando en la medida de sus

esfuerzos y posibilidades hasta

liquidarlo. Así es como funciona

la economía familiar, ese sector

vital de la microeconomía que


“Vendo este automóvil por 100 dólares. Únicamente en efectivo. Perdí todo en el mercado bursátil”. Otra imagen impactante de

la Gran Depresión post crack de la bolsa de 1929. Estas situaciones ahora son normales en el “tercer mundo” al final de cada

ciclo de saqueo neoliberal de las potencias imperialistas y sus corporaciones sobre los pueblos en esas regiones.

nos involucra a todos en todo

momento y así, por analogía,

es como el individuo suele

comprender la macroeconomía

de los PBI, las balanzas comerciales

y de pagos, el déficit y el

superávit fiscales, los préstamos

y también los organismos

multilaterales como el propio

FMI: necesito el dinero, me lo

prestan y voy pagando de a

poco hasta cancelar mi deuda.

El problema es que en esos

niveles la metáfora del televisor

comprado en 12 cuotas o del

crédito bancario orientado al

consumo no es aplicable.

En primer lugar, es necesario

comprender que el pago de

deudas externas no es una cosa

muy frecuente entre los países.

Lo que normalmente hacen los

Estados es pagar los intereses

de esas deudas y patear la

cuestión hacia delante, como

suele decirse. Basado en este

principio de pago de intereses,

un país entra en el llamado

“default” —cosa muy familiar

para los argentinos de la presente

generación, que lo hemos

vivido en carne propia— cuando

pierde la capacidad de “cumplir

sus obligaciones de deuda”, es

decir, cuando no puede pagar

esos intereses. Es allí donde

suele entrar el FMI, proporcionando

una “ayuda” financiera

para que el país en cuestión

no entre en “default” y pueda

seguir pagando los intereses de

su deuda. De esto se desprende

que los préstamos que el FMI

“otorga” no son para ser utilizados

en la obra pública ni para

activar la economía de un país

mediante la inyección de ese

dinero en el mercado interno.

El dinero que el FMI “presta” es

para que el deudor los destine a

pagar intereses de deudas que

ya tiene.

Podríamos preguntarnos en

este punto por qué le interesa

tanto al FMI el que un país no

entre en “default” y siga cumpliendo

sus obligaciones de

deuda mediante el pago regular

de intereses. Una parte de la

respuesta a dicho cuestionamiento

la vamos a encontrar

precisamente en los que aportan

al FMI, que es un fondo y, al

serlo, necesita ser llenado por

alguien. Sí, porque el FMI no

es un banco, no es un Estado

ni emite moneda, por lo que

necesariamente debe recibir

aportes de alguien si lo que

quiere es mantener sus niveles

de reserva, los que para el año

2015 eran de aproximadamente

unos 700 mil millones de

dólares. Y de ahí la pregunta

inevitable: ¿Quién pone ese dinero

en el chanchito del Fondo

Monetario Internacional? Pues,

de acuerdo con lo que informa

el propio FMI en su sitio oficial,

“a cada país miembro del FMI

se le asigna una cuota —basada

en general en el tamaño de la

economía del país en relación

con la economía mundial— que

determina su contribución máxima

a los recursos financieros

de la institución”. No hay que

ser muy avezado en economía

para comprender que la “cuota

basada en general en el tamaño

de la economía del país” es un

eufemismo para decir que los

países ricos son los que aportan

al fondo, para mantenerlo lleno.

Ahora bien, si son los países

ricos, desarrollados o mal

31 HEGEMONIA - junio DE 2018


Manos anónimas escriben los muros de Atenas, Grecia, para protestar contra el FMI. A raíz de las políticas de ajuste impuestas

por este organismo multilateral, el país ya hizo 13 rebajas en jubilaciones y pensiones y sigue sin ver la luz al final del túnel.

llamados “de primer mundo”

los que aportan al Fondo Monetario

Internacional para que

dicho fondo “rescate” países

del peligro de un “default” y

esos mismos países son los

principales acreedores de

deuda externa en el mundo, la

única conclusión lógica (aunque

no deja de ser espantosa) es

que, a través del FMI, esos países

“prestan” dinero para que

sus deudores paguen con ese

dinero los intereses de deudas

en las que ellos mismos son

acreedores. En una palabra, no

hay aquí ningún préstamo, sino

una auténtica bicicleta financiera

en la que el deudor está

cada vez más hundido en deudas

y, en vez de avanzar hacia

su cancelación, debe más y más

a cada paso, porque toma como

“préstamo” dinero que vuelve

automáticamente al prestamista

en calidad de intereses,

sin que varíe el capital de la

deuda inicial. La diferencia es

que, además de ese capital de

deuda intacto, el deudor ahora

tiene otra deuda: la que contrajo

con el FMI para pagar los

intereses de la primera.

No es complicado y el único

misterio reside en que no solemos

aplicar la ontología para

averiguar que, en el fondo, el

Fondo (valga el juego de palabras)

no pasa de un instrumento

de dominación de los ricos

sobre los pobres. John Quincy

Adams, presidente de Estados

Unidos durante diez años en

el siglo XIX, decía que “(...) hay

dos formas de conquistar y

esclavizar una nación. Una es la

espada. La otra es la deuda”. La

manera de implementar esa dominación

es lo único que queda

por analizar en esta radiografía

de un Fondo Monetario Internacional

que se presenta como

ayuda y no es otra cosa que un

enterrador de naciones.

“¡Me aprobaron

el crédito!”

Volvamos al sentido común del

padre de familia que se ocupa

de la microeconomía hogareña

y veremos que, al solicitar un

crédito con cualquier propósito

—ya sea para fines hipotecarios,

de consumo de bienes o simplemente

para el abastecimiento

y la alimentación diaria—, lo

que ese padre de familia desea

es que le aprueben el crédito.

Desde el punto de vista del

que lo solicita, la aprobación

es una señal de confianza: si el

almacenero accede al fiado, es

porque confía en la capacidad

de pago del que pide ese fiado.

Pocas cosas son tan sencillas

como esto y, no obstante, la

analogía aplicada a la relación

entre el Fondo Monetario Internacional

y las naciones resulta

ser una horrorosa reducción

al absurdo y no es para nada

representativa de la realidad.

Ya está claro que el FMI no

“presta” dinero para desarrollar

ni para reactivar la economía de

los países, sino para que esos

mismos países no cesen en

los pagos de las deudas cuyos

acreedores son los que aportan

al FMI. Al desnudo quedó

el truco, pero hay más. Hay

mucho más, ya que el FMI no

32 HEGEMONIA - junio DE 2018


“aprueba” créditos y ni siquiera

existe para “prestar” dinero

en absoluto, razón por la que

estos términos han aparecido

siempre entrecomillados hasta

aquí. El FMI existe simplemente

para controlar desde los centros

del poder económico global la

economía de los países dichos

“en desarrollo” o “subdesarrollados”,

precisamente, para que

jamás lleguen a desarrollarse.

Fieles a la máxima de Quincy

Adams, si la espada no puede

utilizarse para dominar en

determinados casos, se implementa

el método de la deuda

para hacerlo.

Algunos países del mundo se

encuentran hoy bajo la bota, es

decir, dominados por la espada

imperialista. Entre esos están

Irak y Afganistán, por ejemplo,

que luego de ser bombardeados

e invadidos por tropas de

la OTAN —Estados Unidos y sus

cómplices occidentales— han

vuelto directamente a la condición

de colonia con gobiernos

títere. Allí no hay sutilezas y el

método es ocuparlos militarmente

para la extracción brutal

de sus recursos naturales, o el

vil saqueo.

Sin embargo, la espada no

puede utilizarse en todas las

regiones del mundo, ya que aun

países muy poderosos como los

Estados Unidos y alianzas omnipotentes

como la OTAN deben

hacer economía de los recursos

bélicos y no abrir frentes de

combate en todas partes al mismo

tiempo. Entonces, en vez de

la espada, se domina en esas

regiones con la deuda. Y aquí

también entra el mentado FMI.

El Fondo Monetario Internacional

no existe para prestar

dinero, sino para condicionar

el manejo de la economía de

los países que recurren a sus

“créditos” y dirigirlos hacia un

determinado lugar, que técnicamente

puede llamarse infierno.

Una vez que un país solicita un

crédito al FMI, recibe por parte

de ese organismo multilateral

un pliego de condiciones que

deberá comprometerse a cumplir

para que dicho crédito sea

aprobado. Esas condiciones

son fiscales, es decir, determinan

cuánto y cómo va a invertir

el Estado en las prestaciones

de los servicios públicos a sus

propios ciudadanos, además

de otras cositas diabólicas. Es

así, mediante la imposición

de esas condiciones de ajuste

fiscal obligatorio como el FMI

va a condicionar finalmente el

desarrollo de los países que

caen bajo sus garras.

¿Cómo? Tampoco es nada de

otro mundo: lo que suele exigir

el FMI para otorgar créditos son

compromisos hacia la realización

de ajustes fiscales en los

que el Estado deberá reducir el

llamado déficit fiscal, lo que en

criollo significa no gastar más

de lo que se recauda. Si volvemos

a aplicar aquí el sentido

común de la sencilla economía

familiar, no habrá nada más

razonable que eso. Se recomienda

austeridad al que tiene

finanzas adversas. Pero en

la economía de las naciones,

sobre todo de aquellas en las

que no existe una burguesía

nacional y un desarrollo industrial

verdadero, como es el caso

de Argentina, el Estado es un

actor fundamental en la economía

y si el Estado gasta poco,

lógicamente hay poco dinero en

la calle. Al haber menos circulación

de dinero lo que se achica

es el consumo, se destruye el

mercado interno y... ¡se recauda

menos dinero en impuestos!

Lo que el ajuste fiscal genera

no es un ordenamiento de las

cuentas, porque nunca se llega

El resultado práctico de los ajustes prescritos por el FMI, sin ir muy lejos. La

Argentina ya experimentó el infierno en el año 2001, cuando llegó el límite de los

ajustados para soportar el ajuste y el país estalló. ¿Otra vez lo mismo?

a recaudar más de lo que se

gasta, sino la necesidad de más

ajustes fiscales que luego van a

demandar otros ajustes más, y

así hasta que no haya nada más

que ajustar. Y cuando no haya

posibilidad de seguir ajustando

es porque la economía ha

llegado a quebrar y la gallina de

los huevos de oro ha muerto por

33 HEGEMONIA - junio DE 2018


el esfuerzo.

Ahora bien, ¿por qué el FMI

hace eso? ¿Por qué exige que

los países hagan ajustes fiscales

que van a resultar en la quiebra

de sus economías? Si los

países quebrados no pueden

pagar, ¿no querrá el FMI que un

país deudor crezca para poder

cobrarle el préstamo? No, el

FMI no quiere cobrar porque el

FMI no existe para prestar dinero

ni para cobrar nada, como

decíamos, sino para condicionar

y controlar economías en

los países pobres, gobernarlos

a control remoto y asegurarse

de que nunca dejen de ser

eso, países pobres. El Fondo

Monetario Internacional no le

ha prestado 50 mil millones de

dólares al gobierno neoliberal

de Argentina: le ha comprado

por 50 mil millones de dólares

la soberanía de Argentina al

gobierno neoliberal, que ya no

la va a gobernar más que como

un títere.

Todo esto, que es presentado

como un misterio sobrenatural

por los economistas neoliberales

y el “periodismo” cómplice

de los medios de difusión

cipayos del poder económico,

no es otra cosa que la aplicación

de la división internacional

del trabajo. En el “concierto de

las naciones” a algunos países

—principalmente los países

pobres, que son ricos en recursos

naturales, combustibles y

alimentos— les asignan el lugar

de exportador de esas commodities.

Desde el punto de vista

de las naciones industrializadas,

sería muy mala noticia que

un país poseedor de riquezas

naturales se industrializara.

Primero, porque empezaría

a emplear esas riquezas en

su propia industria; segundo,

porque ya no importaría los

bienes industrializados, en cuya

exportación está en la base de

la riqueza de los países dominantes,

por la desigual relación

de los términos de intercambio

en la que una máquina vale

muchas toneladas de trigo; y

finalmente porque el club de los

ricos solo puede ser reducido.

Si todos los países llegaran a

desarrollarse, ¿quién fregaría el

piso y limpiaría los inodoros en

el mundo?

Para eso existe el Fondo Monetario

Internacional, para garantizar

la estabilidad de la división

internacional del trabajo

que, según Eduardo Galeano, es

la ley por la que algunos países

se especializan en ganar y otros

en perder. Argentina está entre

estos últimos, junto a naciones

como Camboya, donde gracias

al atraso es posible conseguir

niños que trabajen en condiciones

de esclavitud cosiendo pelotas

de fútbol durante 16 horas

por día y a cambio de un sueldo

equivalente a 1 dólar mensual.

Ese es el proyecto del Fondo

Monetario Internacional para

todos los subalternos, para todos

los condenados de la tierra,

como decía Frantz Fanon. Y no

lo impone con la espada, sino

con la deuda.

*Erico Valadares

34 HEGEMONIA - junio DE 2018


Habitaciones recientemente

recicladas a nuevo, wi-fi,

desayuno buffet, restaurante,

TV LED 42”, aire acondicionado,

teléfono, despertador,

sommier, cochera cerrada,

frigobar, caja de seguridad.

La mejor gastronomía

hotelera en Mar del Plata.

Exquisitas propuestas gourmet y

una exclusiva carta de vinos.

Abierto todo el año mediodía y noche.

Consultá por nuestros menúes

especiales de fin de año.

3 DE FEBRERO 2975 | Mar del Plata

Tel./Fax (0223) 495.5552 - 495.9888

reservas@hotel10deseptiembre.com.ar

www.hotel10deseptiembre.com.ar

Hotel 10 de Septiembre

Restaurante 10 de Septiembre

35 HEGEMONIA - junio DE 2018


HISTORIA + GEOGRAFÍA = GEOPOLÍTICA

El Pacto de Varsovia, la OTAN

y el equilibrio global en juego

La reciente formalización del

insólito ingreso de Colombia

a la Organización del

Tratado del Atlántico Norte

(OTAN) en calidad de “socio

global” representa un enorme

triunfo para los que sostienen

la hegemonía del imperialismo

a nivel mundial. La OTAN sigue

avanzando más allá de los límites

teóricos de la zona del Atlántico

Norte y pone ya los dos pies

en América Latina al hacerse de

un socio/personero cipayo nada

menos que al lado de Venezuela.

La ubicación geográfica de

Colombia es estratégica para la

geopolítica actual, ya que posibilita

la presencia militar de las

potencias occidentales —principalmente

de los Estados Unidos—

a pocos pasos de las más

grandes reservas de petróleo del

planeta y de unos de sus enemigos

ideológicos más declarados

en la actualidad.

Aunque no sea materia de

conversación cotidiana y esté

casi siempre ausente del debate

político en América Latina, la

existencia de la OTAN representa

un fuerte condicionamiento

para la lucha por la soberanía

de los llamados “países emergentes”,

que son los nuestros.

La OTAN funciona como el brazo

armado oficial de las potencias

imperialistas y opera en todo el

planeta en el sentido de garantizar

los intereses de esas potencias.

Si bien solemos reducirla

a una sigla abstracta y pensar

en ella como algo parecido a la

inoperante ONU, por ejemplo, lo

cierto es que la OTAN de inoperante

nada tiene: su consejo

directivo no emite resoluciones

de las que suelen quedar en la

36 HEGEMONIA - junio DE 2018


nada ni se ocupa del “mantenimiento

de la paz” y de la asistencia

humanitaria allí donde

los pueblos sufren. La OTAN es

ejecutiva y se activa únicamente

para garantizar el actual orden

mundial por la fuerza de las

armas, normalmente hasta de

manera inconsulta con algunos

de sus miembros más débiles.

En una palabra, la OTAN hace

básicamente lo que quiere y lo

que quieren los Estados Unidos,

al concentrar en sus manos la

mayor capacidad militar combinada

del mundo. El gasto militar

de los miembros de la OTAN representa

casi el 80% del dinero

destinado por el mundo entero a

hacer la guerra.

Teóricamente, la OTAN es un

sistema de defensa mutua en

el que los Estados miembros se

comprometen a acudir en auxilio

recíproco en caso de ataque

militar por parte de una potencia

externa a la organización.

Pero la verdad es que la OTAN

sirve para todo, principalmente

para atacar. No es necesario

que la agresión, real o supuesta,

provenga de una potencia, como

se ha visto en la Guerra de Malvinas,

cuando el agresor fue un

país no desarrollado que no podía

considerarse una “potencia”

y los británicos no dudaron en

invocar el tratado para poner en

hora a los Estados Unidos, que

inicialmente se debatieron entre

sostener la dictadura títere de

Galtieri y apoyar a sus aliados. Y

tampoco hace falta que el ataque

sea real y ni siquiera militar,

ya que los mismos Estados Unidos

activaron el tratado tras los

supuestos atentados del 11 de

septiembre de 2001 en Nueva

York para arrastrar a sus socios

occidentales a las invasiones de

Afganistán (2001) e Irak (2003).

En todo caso, queda claro que

no se trata de “defensa mutua”

ante un eventual “ataque militar”

por parte de una “potencia”,

sino un tratado de cooperación

militar para la garantía

de los intereses imperiales de

los países dichos desarrollados

allí donde se vean amenazados

esos intereses. Eso es la OTAN

en realidad.

Finalizada la II Guerra Mundial

y ante el avance del proyecto nacional-popular

en el campo socialista

del Este liderado por la

Unión Soviética, que se expandía

hasta por Europa central, el

capitalismo occidental encontró

en la OTAN la respuesta a sus

necesidades militares. Con la

firma del Tratado de Washington

en 1949 se establecieron los

términos iniciales de una OTAN

que ya incluía a los Estados

Unidos y que tomaría ahí su

forma final, más allá del ingreso

posterior de otros miembros de

mucho menor peso relativo. A

partir de 1949 y en adelante,

la OTAN fue expandiéndose en

sucesivas oleadas hasta incluir

a muchos de los países que habían

integrado el tratado rival, el

Pacto de Varsovia, que es la materia

de este artículo, llegando a

un total de 29 miembros plenos,

21 colaboradores directos y 9

“socios globales”, entre los que

se encuentra Colombia.

El delicado equilibrio

de la Guerra Fría

Tras la caída del Muro de Berlín

y la desintegración del proyecto

nacional-popular en el bloque

socialista del Este, la OTAN se

quedó sin rivales en el mundo

y la hegemonía del proyecto

neoliberal de las corporaciones

occidentales existió durante la

década de los años 1990 prácticamente

sin ser objetada. Lo

que Francis Fukuyama llamó el

Cultura, política y simbología en su máxima expresión: el beso fraternal socialista

—consuetudinario en los países del Este— entre Leonid Brézhnev y Erich Honecker,

líderes respectivamente de la Unión Soviética y de la República Democrática

Alemana en 1979 es uno de los íconos del bloque socialista que existió en la región

hasta 1991. La URSS y la RDA fueron los principales socios del Pacto de Varsovia.

“fin de la historia”, es decir, la

no oposición entre proyectos

políticos opuestos y contradictorios

y la consiguiente muerte de

la política a nivel global, fue esa

hegemonía. Pero las cosas no

siempre fueron así de sencillas

para el imperialismo occidental

de las corporaciones.

37 HEGEMONIA - junio DE 2018


El 14 de mayo de 1955, en

pleno desarrollo de la Guerra

Fría, se firmó en Polonia el

Tratado de Amistad, Colaboración

y Asistencia Mutua, más

conocido en adelante como el

Pacto de Varsovia. Este tratado,

muy similar en términos al de

la OTAN, nacía para contrarrestar

la presión ejercida por esta

alianza occidental mediante la

suma de esfuerzos militares de

los Estados socialistas del Bloque

del Este, salvo Yugoslavia.

Del Pacto de Varsovia participaron

inicialmente el anfitrión

Polonia, Rumania, Hungría,

Checoslovaquia, Bulgaria, Albania,

la República Democrática

Alemania (o Alemania Oriental)

y la Unión Soviética —Rusia y las

demás 14 repúblicas socialistas

que formaban esa Unión—,

quedando China como observador

permanente hasta 1962,

momento en el que la ruptura

sino-soviética alcanza su grado

de mayor tensión.

“Unión para la paz y el socialismo”, puede leerse en el emblema del Pacto de Varsovia,

además de las estrellas rojas, las banderas de algunos de los Estados que

formaban la alianza y el apretón de manos que simbolizaba ese pacto de amistad

entre pueblos subalternos del mundo.

En términos prácticos, el Pacto

de Varsovia tenía por objetivo

el rivalizar con la OTAN en el

terreno de la Guerra Fría, organizando

la defensa de los países

con proyecto político de tipo

nacional-popular en el Este ante

la reorganización de las fuerzas

armadas en Alemania Occidental

y el avance del imperialismo

en otras regiones del planeta.

Quizá en la actualidad resulte

algo difícil verlo con claridad

y en toda su dimensión, pero

en 1955 la perspectiva de una

III Guerra Mundial estaba a la

orden del día. La organización

de los países en bloques alrededor

de las dos ideologías

políticas que habían triunfado

durante la modernidad y renovaron

ese triunfo en la última

guerra mundial —el liberalismo

y el socialismo— respondía a un

criterio de “paz armada” similar

al del periodo que va desde la

Guerra Franco-Prusiana (1871)

a la I Guerra Mundial (1914):

el criterio de una carrera armamentística

con la certeza de que

la próxima guerra mundial era

solo una cuestión de tiempo y

había que prepararse para ella.

Y si bien eso sigue siendo así,

es decir, la III Guerra Mundial

sigue siendo una cuestión de

tiempo en tanto y en cuanto la

contradicción irresuelta en la

II Guerra Mundial sigue de pie,

nos resulta un poco difícil a los

contemporáneos posmodernos

entender cómo bloques de países

podían organizarse para una

guerra que ni siquiera estaba en

el horizonte más que como un

potencial muy lejano.

Pero los contemporáneos de

la posguerra en los años 1950,

en ambos lados de la grieta,

lo veían claramente y se organizaban

al efecto. Occidente,

por su parte, alrededor de la

OTAN; Oriente, a su vez, con el

mentado Pacto de Varsovia.

La llamada Guerra Fría es esa

“paz armada” con una monumental

carrera armamentística

que incluyó el desarrollo de las

armas atómicas y la conquista

del espacio, dos hechos tecnológicos

inéditos en la historia

de la humanidad. La conclusión

necesaria es que la existencia

del Pacto de Varsovia entre

1955 y 1991 dio al mundo un

equilibrio frágil y delicado, pero

38 HEGEMONIA - junio DE 2018


Tras finalizada la II Guerra Mundial, Occidente empezó a organizarse para la defensa de sus intereses sin que hubiera más

conflictos internos entre los países dichos desarrollados de la región que vinieran a frenar el saqueo del resto del mundo. Esa

determinación está en la base de la formación de alianzas como la OTAN e incluso de la Unión Europea.

equilibrio al fin, y permitió que

la humanidad transitara un

periodo crucial de su historia,

la etapa de su mayor desarrollo

tecnológico con un salto cualitativo

nunca antes registrado. Ese

tránsito pudo darse en relativa

calma —garantizada por la tensión

permanente— sin que en el

ínterin estallara ningún conflicto

bélico abierto de las características

y dimensiones de la Gran

Guerra finalizada en 1945. En

otras palabras, el mundo bipolar

en guerra permanente fue la

garantía última de la paz que el

mundo necesitaba para reponerse

de una guerra total que

tendió al apocalipsis.

Las fuerzas en conflicto

y el equilibrio dialético

Toda la historia de la humanidad,

parafraseando y agregándole

a Marx, es la historia de

la correlación de fuerzas. Los

conflictos bélicos abiertos y

visibles, por lo tanto, no son otra

cosa que la definición práctica

en un sentido de resolución de

las diferencias mediante el uso

de la fuerza bruta militar. Cuando

existe una contradicción

entre dos fuerzas y el impasse

en la correlación entre ellas se

extiende más allá de la paciencia

que haya de un lado y del

otro para sostenerla, entonces

uno de los dos bandos avanza

sobre el otro y se deflagra lo que

comúnmente llamamos “guerra”.

En términos prácticos, por

ejemplo, podría decirse que la

II Guerra Mundial empieza a visibilizarse

cuando Hitler evalúa

que esa correlación de fuerzas

le es favorable para ir a resolver

sus diferencias con el enemigo

a los tiros. De manera análoga,

no es difícil concluir que la

misma idea pudo habérseles

ocurrido a los Estados Unidos o

la Unión Soviética respecto uno

del otro, en cualquier momento

después de 1945. Al finalizar la

II Guerra Mundial, el liberalismo

occidental pudo haber avanzado

militarmente sobre el socialismo

oriental o viceversa, con el

objetivo de destruir al enemigo y

lograr para uno de esos campos

el triunfo final. Y sin embargo

eso jamás ocurrió. ¿Por qué?

Porque cualquier cálculo de

correlación de fuerzas después

de Hiroshima y Nagasaki quedó

condicionado por la tecnología

nuclear para fines militares.

En una palabra, el ir o no ir a la

guerra franca y abierta pasó a

tener como primera condición

el asunto de la bomba atómica.

A partir de 1945, empezando

por los Estados Unidos y poco

después por la Unión Soviética,

algunas potencias se convirtieron

en potencias nucleares

y esa Espada de Damocles que

pende sobre la cabeza de la

humanidad, que es la amenaza

de un holocausto nuclear a nivel

global, terminó siendo el factor

decisivo para que la guerra

nunca dejara de ser fría y la

correlación de fuerzas resultara

siempre en un empate en términos

prácticos. Ninguna potencia

podía avanzar sobre la potencia

enemiga y alrededor de eso se

formaron los dos grandes bloques

representados en lo militar

por la OTAN y por el Pacto Varsovia

en cada lado de la grieta. He

allí la sustancia de estas alianzas

guerreras que existieron

en la última mitad del siglo XX,

enfrentadas y con mucho respeto

mutuo, amenazándose una a

la otra de manera permanente y

garantizando con ello, curiosa-

39 HEGEMONIA - junio DE 2018


La caída del Muro Antifascista de Berlín simbolizó la disolución del bloque socialista en el Este. Esa disolución se vio más tarde

confirmada por la desintegración de la URSS y, consecuentemente, la desaparición del Pacto de Varsovia como contrapeso en

la hegemonía del imperialismo occidental, que se quedó solo para hacer a sus anchas por todo el planeta hasta el presente.

mente, la paz, que fue una “paz

armada” al estilo 1871-1914,

pero con el agregado tecnológico

y todavía no resuelta.

La lucha debe seguir

La caída del Muro de Berlín en

1989 precipitó la desintegración

del campo nacional-popular

en el bloque socialista

del Este, lo que vendría a materializarse

dos años después,

en 1991, con la disolución de

la Unión Soviética y, en consecuencia,

del Pacto de Varsovia

que había garantizado el equilibrio

precario del mundo bipolar

durante toda la posguerra y la

Guerra Fría. Una vez implosionado

el enemigo, el neoliberalismo

de las corporaciones occidentales

tuvo entonces vía libre para

avanzar sobre el mundo entero,

estableciendo una hegemonía

que fue grande y brutal hasta

el punto de interpretarse en el

momento como el mismísimo

“fin de la historia”. Occidente y

su proyecto político de dominación

de las mayorías populares

por una minoría rica se encontraron

solos en el mundo, sin

interlocutor, por primera vez

en muchísimo tiempo. Nacía el

mundo unipolar con centro en

los Estados Unidos de América

y en complicidad con los demás

países occidentales dichos desarrollados,

cómplices y socios

de los yanquis en el saqueo de

los pueblos del mundo (casi)

entero.

Desde 1991 en adelante Occidente

ha ejercido en soledad el

poder y lo ha utilizado entonces

para expandirse, sobre todo

en su brazo armado, que es la

OTAN. Trece países fueron incorporados

a esa alianza militar

occidental a partir del derrumbe

del campo nacional-popular en

el socialismo del Este. Todos

ellos pertenecieron al Pacto de

Varsovia, ya sea como parte de

la Unión Soviética, como países

independientes asociados o

como parte de uno de esos países

que también se han disuelto

en el desparrame geopolítico

que la caída del socialismo

generó: entre los de la primera

categoría están los bálticos

Letonia, Lituania y Estonia, que

fueron repúblicas soviéticas; en

la segunda categoría están Hungría,

Rumania, Albania, Bulgaria

y la propia Polonia, anfitriona

de la firma del viejo Pacto; en la

última categoría entran República

Checa y Eslovaquia (antes

unidas en Checoslovaquia),

Croacia, Eslovenia y Montenegro

(antes parte de Yugoslavia,

que si bien nunca perteneció

formalmente al Pacto de Varsovia,

funcionó igualmente en la

órbita de la URSS y el oposición

la OTAN). Queda muy clara la

intencionalidad de Occidente

en sumar a sus filas justamente

aquellos países que antes hacían

el juego opuesto, lo que en

sí es una enorme demostración

de omnipotencia.

Pero la cosa no se detiene

allí, ya que la incorporación de

Colombia como “socio global”

—donde ya estaban Afganistán,

Irak, Australia, Nueva Zelanda,

Japón, Corea del Sur, Mongolia

y Pakistán— habla a las claras

de la apremiante necesidad

de expansión geopolítica que

la OTAN tiene más allá de los

límites geográficos estrictos del

Atlántico Norte. Para dominar el

mundo es necesario establecer

aliados en todos los continentes.

Algunos de prepo, como

Afganistán e Irak, que fueron

invadidos y saqueados por la

OTAN luego de los atentados del

11 de septiembre del 2001 en

40 HEGEMONIA - junio DE 2018


Estados Unidos; otros por proximidad

cultural y/o similares

intereses imperialistas, como

Australia, Nueva Zelanda, Japón

y Corea del Sur; y otros con fines

meramente utilitarios, para ser

directamente usados por las

potencias occidentales en razón

de su proximidad geográfica a

objetivos del enemigo, como

Mongolia y Pakistán (vecinos

de China y Rusia) y Colombia

(pegada a Venezuela y, por lo

tanto, a las mayores reservas de

petróleo del planeta). Esta formación

heterogénea está en la

base misma del éxito de la OTAN

en la actualidad, que además de

omnipotente se hace omnipresente,

con bases militares por

todo el mundo.

El caso específico de Colombia,

cuyo reciente ingreso a la

OTAN en la calidad de “socio

global” es más que un llamado

de atención a la unidad de los

pueblos de América Latina,

representa por lo demás una

enorme amenaza potencial a un

proyecto político de tipo nacional-popular

en el continente.

Con más de 2.200 kilómetros

de frontera con Venezuela, la

presencia de la OTAN en Colombia

es el riesgo inminente de

que cualquier conflicto, por más

insignificante, pueda resultar

en la excusa que los Estados

Unidos necesitan para una

“intervención” en el “régimen”

de Nicolás Maduro. Si bien Colombia

no es miembro pleno de

la alianza y además acaba de ingresar

en ella, y no podría así en

teoría solicitar la solidaridad de

las potencias en caso de recibir

una agresión (real o supuesta,

claro está) en su inmensa frontera

con Venezuela, ya hemos

visto que los fines teóricos de la

OTAN son fácilmente adaptables

a los intereses puntuales de las

potencias, sobre todo los de Estados

Unidos. No es descabellado,

por lo tanto, que una chispa

provocada por un atentado de

falsa bandera en Cúcuta o en

San Felipe active la cláusula de

“defensa mutua” en Washington,

Londres y París, y las tropas

occidentales vengan a tocar las

puertas de Caracas. No es para

nada descabellado, a decir verdad,

sino que además es lo más

lógico que puede suponerse.

¿Por qué otra razón las potencias

occidentales admitirían el

ingreso de un país como Colombia,

que poco y nada tiene para

aportar al imperialismo más que

su propio servilismo como semicolonia

sometida por el designio

del cipayaje local?

El llamado de atención es

claro y resuena en Caracas,

por cierto, pero también en

Moscú, en Beijing y en Teherán.

He aquí la lectura que deben

estar haciendo ahora mismo las

llamadas “potencias emergentes”

respecto a la amenaza de

la OTAN a una Venezuela cuyos

niveles de producción de petróleo

pueden ser determinantes

sobre los precios del barril de

crudo y la estabilidad política y

económica a nivel mundial: va

siendo hora del establecimiento

de un nuevo Pacto de Varsovia,

de una nueva alianza militar

para la defensa mutua de los

emergentes y en oposición a la

prepotencia de la OTAN. El mundo

pide a gritos, para su propio

equilibrio, la firma de un tratado

o pacto que ponga límites claros

al expansionismo occidental y

lo haga retroceder, o que por lo

menos que lo tenga a raya. Hoy

participan de dicho pacto no firmado

países como Rusia, China,

Irán, Corea del Norte, Cuba y Venezuela,

entre otros, todos con

capacidad económica, militar

o ambas para hacerle frente a

un Occidente que avanza hacia

la destrucción del planeta. El

mundo busca su equilibrio en la

oposición necesaria que esos

países deben hacerle a la OTAN

Estampilla o sello postal de la República Democrática Alemana, o Alemania

Oriental, en conmemoración de su 30º. aniversario, con las banderas de los países

miembros del Pacto de Varsovia formando la palabra “paz” en alemán.

y la pregunta es inevitable: si es

menester seguir la tradición de

firmar los acuerdos en uno de

los países que no lideran la coalición,

como un gesto simbólico

de buena voluntad de inclusión

e igualdad solidaria hacia el

actor de reparto, ¿por qué no un

hermoso Pacto de Caracas entre

los emergentes para su propia

liberación?

Un mundo mejor, y más equilibrado,

será el primer resultado

de dicho pacto. La humanidad

lo necesita.

*Erico Valadares

41 HEGEMONIA - junio DE 2018


42 HEGEMONIA - junio DE 2018

ESTO ES MUY POCO SERIO

POR MORA

More magazines by this user
Similar magazines