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ANTONIO CARLIN LYNCH

giallo@artisnucleus.com

EXECUTIVE EDITOR

ANA BERTHA CASAS

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EDITOR IN CHIEF

CARLOS ALBERTO AYALA OJEDA

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OMAR GONZÁLEZ

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CARLOS ALBERTO AYALA OJEDA

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OMAR GONZÁLEZ

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original de DARIO ARGENTO, tomado de

una escena de la película L’uccello dalle

piume di cristallo

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GIALLO MAGAZINE #1 SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2016. NÚMERO DE CERTIFICADO DE RESERVA OTORGADO

POR EL INSTITUTO DE DERECHOS DE AUTOR: EN TRÁMITE. NÚMERO DE LICITUD DE TÍTULO: EN

TRÁMITE. NÚMERO DE CERTIFICADO DE LICITUD DE CONTENIDO: EN TRÁMITE. ISSN: EN TRÁMITE.

PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN PARCIAL O TOTAL, INCLUYENDO CUALQUIER MEDIO

ELECTRÓNICO SIN AUTORIZACIÓN POR ESCRITO DEL EDITOR, LAS OPINIONES VERTIDAS

EN LAS COLABORACIONES FIRMADAS SON RESPONSABILIDAD EXCLUSIVA DE LOS AUTORES.


CONTENIDO

IRRELEVANTE

JAVO MONZÓN

5

HELTER SKELTER

JOSÉ MANUEL VARA

11

POSESIÓN

ANGELIQUE REID

15

LA LEYENDA DE MADAME AGRAD

KURT BENZE

17

ROGER Y SANTA

CARLOS AYALA

21

UNA HABITACIÓN LLENA DE MOSCAS

ANTONIO CARLIN LYNCH

22

CRIATURAS

ALEJANDRO SCRIBANI

37


Irrelevante

-El llanto de las niñas- dijo el hombrecillo, con

la voz quebrada y algunos sollozos asomándose por

sus palabras entrecortadas.

-Los guardaba en una celda, y admito que los visitaba

de vez en cuando para tratar de darles paz. Pero es

difícil encontrarla ahí- añadió el diminuto hombre

que estaba atado a una silla en mi sótano.

Lo golpeé de nuevo, con más coraje que antes y esta

vez por poco se desmaya. Le dí unos pequeños golpes

en las mejillas y me miró fijamente. El dolor de

incontables muertes se postraba en sus ojos. Este

hombrecillo jamás descansaría en paz.

Tampoco mostraba arrepentimiento. Su mirada reflejaba

tristeza, pero también la arrogancia de un magnate

que compra una empresa y la desintegra para sacar

provecho económico.

-Háblame de Davor Malakovitch - le ordené con firmeza.

-Ni aunque me arrancaras el pito- contestó desafiante.

En este momento, detecté un poco de flaqueza en su voz.

Habían pasado dos días desde que se sentaba en esa

silla, rodeado de sus propios fluidos corporales, y

con el temor constante de poder terminar con la vida

que su amo tan generosamente le había extendido,a

través de su sangre maldita.

-Davor Malakovitch no vendrá por tí- le indiqué

con cordialidad. -De hecho, si viniera, dudo que

estuviera complacido con tu torpeza, la cual llevó

a tu captura- finalicé.

Me miró con ojos tristes por unos momentos, su

voluntad ya bastante dañada por los golpes, la

sangre y el olor de su propia mierda.

-Si me hablas sobre él, quizá pueda detenerlo. Antes

de que dañe a más gente y nos mate a los dos - le

dije, con un ligero tono suplicante.

Cerró los ojos y su cara era la viva imagen de la

frase “dame tu mejor golpe”. Me sorprendí un poco

con su fortaleza. Un hombrecillo tan insignificante

e irrelevante, podía soportar un castigo tan grande

y aún mantener los secretos que casi un siglo de

esclavitud le habían conferido. Si no lo odiara

tanto, lo admiraría.

-Como gustes- comenté dándome la media vuelta.

Mientras me volteaba para dejarlo descansar entre

su inmundicia, el hombrecillo habló. Su voz era un

poco diferente, pero indudablemente la suya. Estaba

ya tatuada en mi mente después de estos dos días, y

sabía que algo había cambiado, sólo que no podría

señalarlo aunque me lo mostraran en el mapa de mi

vecindario.


-No nada más ofrece dinero y vida eterna, sabes…

También me da control- dijo el hombrecillo, con

tono desafiante.

Lo volteé a ver sobre mi hombro y añadió -el Amo

Malakovitch también puede controlar la mente de

sus víctimas, y a veces, me deja jugar con ellas.

Especialmente las jovencitas, ya que él no tiene

interés particular en ellas. Pero yo sí. La mujer

por la cual guardas luto, por la que iniciaste esta

campaña condenada a la perdición, probablemente fue

mi puta obediente un par de noches-.

Mi razón y el deseo de venganza se fundieron con el

odio, y juntos movieron mis brazos y piernas como

los de una marioneta, para alcanzar la palanqueta

de acero a un lado de las escaleras. La tomé con

fuerzas, odio y hasta con mis ganas de vivir, lo

golpeé tal piñata de carne.

Como si la furia descargada sobre su cuerpo fuera

a exterminar el hambre en África.

Como si eso fuera a regresarme a mi Karen.

Al quinto golpe todo se nubló, la ira se encargó de

completar el trabajo y todo se puso en pausa. Así

como en el club, cuando el DJ falla en poner una

canción inmediatamente después de la que acaba de

terminar, y nadie sabe que es lo que está pasando,

hasta que la siguiente melodía empieza a sonar.

Y cuando ésta siguió, estaba hincado frente al cuerpo

mallugado del hombrecillo, con un dolor insoportable

en mis músculos, que prometía intensificarse por la

mañana. Mi cabeza se sentía como si hubiera bebido

una botella de Jack Daniels y fumado dos cajetillas

de Camel amarillos.

Mi mente dio vueltas hasta que cayó en el recuerdo

de Karen. Quien había sido víctima del amo de este

hombrecillo. Ella que había tenido la desgracia de

toparse con un vampiro camino a casa, aprendió que

ellos no nada más beben sangre. Karen fue devorada

por un estúpido imitador de Bela Lugosi hasta que

sólo quedó su esqueleto.

-Ella pasó sus últimas horas conmigo- sonó una voz

en mi mente, no la interior. Pero sí la que usó

el hombrecillo para dirigirse a mí antes de que lo

masacrara por nombrar a Karen.

Traté de voltear hacia la puerta, pero sólo conseguí

caer al suelo. Después del seco golpe que causó mi

cara contra el piso, otros más sonaron en el sótano,

aunque controlados y con algo de ritmo. A éstos,

se sumaron los pasos de lo que claramente eran unos

finos zapatos.

Davor Malakovitch avanzaba hacia nosotros, mientras

aplaudía lentamente.

-No pensé que llegaras tan lejos- atacó verbalmente

el vampiro mi mente ya cansada.

-No imaginé fueras tan chaparro- le contesté,

valiente, pero cagado de miedo.


El vampiro dejó de aplaudir y se desplazó

hacia mi campo de visión. Extendió su brazo,

enfundado en la manga de un traje el cuál

seguramente costaba más que mi auto, tocó

el resto de la mejilla del diminuto hombre

quien hasta hace unos segundos era su fiel

sirviente.

- ¿Sabes?, el lacayo tenía genuina compasión

por mi alimento. Yo lo desalentaba, pero

en realidad no me importaba. Aún recuerdo

lo que es ser un hombre, el honor y la

humanidad, aunque sea como una película que

vi hace décadas, pero permanece en mí como

un tatuaje mal hecho. Y éste era un buen

hombre-. Declaró Davor.

aunque a veces me gustaría recordar cómo se

llamaba-. Anunció el vampiro al aire, y poco a

poco, fijando su mirada en mí.

-Un hombre como tú-. Sentenció el vampiro.

Movió ligeramente su mano y desafiando el dolor de

los músculos, me puse de pie al instante.

-Vámonos- ordenó el no-muerto, mientras yo avanzaba,

deseando la muerte con cada paso y preguntándome

por qué no podía recordar mi propio nombre.

-Y tú lo mataste- Sentenció el ser sobrenatural.

Abrí la boca para declarar a ambos unos

asesinos. Al menos para maldecirlo así como

a todo lo que representa, pero el vampiro

me miró con ojos como dagas, mi garganta se

cerró al instante.

-No he terminado- dijo el no-muerto, anunciando un

monólogo.

-Era un buen hombre, pero eso en realidad no

tiene importancia. Así como la descripción de

sus funciones. Éste era irrelevante. Imposible

de rastrear. Común y corriente, que podría tirar

huesos en bolsas de basura en cualquier lugar y

nadie le haría preguntas. Un hombre sin nombre,


Helter Skelter

“Dices que tienes una solución verdadera

Pero sabes

A todos nos encantaría ver el plan”

Revolución 1. The Beatles

La música en el aire. Sobre mi cabeza. Del aire

pasa al interior de mi cabeza.

(Descontrol Descontrol Descontrol Dime, ¿no quieres

que te lo haga? Bajo rápido pero no dejes que te rompa

Dime, dime, dime la respuesta Quizá seas una amante

pero no sabes bailar ¡Cuidado! Descontrol Descontrol

Descontrol)

Fractura. Ruptura. Quiebra. Homeostasis. Nunca la

tuve. El único equilibrio se basa en la combinación

aleatoria de neurotransmisores en mi cerebro. Química

bastarda. Inhibiendo. Inhibiendo.

(Cuando llego abajo vuelvo a subirme al tobogán Allí

me paro, me giro y me tiro Hasta que llego abajo y te

vuelvo a ver Dime, ¿no quieres que te ame? Bajo rápido

pero estoy mucho más arriba que tú Dime, dime, dime,

venga, Dime la respuesta Quizá seas una amante pero no

sabes bailar Descontrol Descontrol Descontrol)

Me hablaste de aquel ritual y yo simulé que no te

creía, no resultabas convincente. Me hablaste de cosas

antiguas, círculos devorándose a sí mismos y demonios

interiores retorciéndose, sobre la tela áspera de tus

cuadros. No te creí, insistí en no creerte como simple

mecanismo de defensa… pero, entraste en mi vida como un

jirón de niebla por una ventana abierta en mi cerebro,

a altas horas en una noche líquida.

Ayer tuve un fragmento de pesadilla adherido a mis

neuronas. Nunca tengo sueños completos. Creo es mejor

así para todos los que habitamos en mi cerebro.

Abortos oníricos.

Anoche soñé con el infierno, abovedado y oscuro,

cuajado de arcos estilo románico. Y lenguas de fuego,

iluminando de rojo tiniebla los infinitos corredores

serpenteantes de mi Hades personalizado. Piscinas de

agua hirviendo con cuerpos sumergidos, retorciéndose

sobre sí mismos en espirales de agonía infinita y

anhelada. Cuerpos desnudos, abrazados, fundiéndose con

otros, que parecen moverse como marionetas manejadas

por titiriteros ciegos. Más allá, chorros de agua

helada y saunas donde los más abyectos de los demonios

inician en imposibles tormentos sexuales a las almas

recién caídas, para advertirles que lo peor todavía


está por llegar.Lo peor. Tu llegada. Inhibiendo.

Inhibiendo.

(Descontrol Descontrol Descontrol Dime, ¿no quieres

que te lo haga? Bajo rápido pero no dejes que te rompa

Dime, dime, dime la respuesta Quizá seas una amante

pero no sabes bailar ¡Cuidado! Descontrol Descontrol

Descontrol)

Mi visión del infierno está asociada a ti. Por eso te

imagino semidesnuda tirada en el suelo, aparentando

frágil y vulnerable inocencia. Esperando un movimiento

en falso por mi parte. Inhibiendo. Fractura, ruptura

quiebra.

Tus bragas negras absorbiendo la luz.

Oscuridad, tiniebla, cáncer emocional devorándome

por dentro. Deseo, tortura, tormento, sexo violento,

ego pervertum. Tú.

(¡Cuidado! Porque aquí llega Cuando llego abajo

vuelvo a subirme al tobogán Ahí me paro, me giro y me

tiro Hasta que llego abajo y te vuelvo a ver Dime, ¿no

quieres que te lo haga? Bajo rápido pero no dejes que

te rompa Mira que rápido baja Sí, muy rápido, sí, muy

rápido ¡Tengo ampollas en los dedos!).

de mi cama, -viejo reducto de actos blasfemos-. Pediste

que te amordazara, te quitara la ropa con desprecio,

desgarrándola con la violencia marchita cual animal

herido de muerte,

(ausencia total de misericordia y Descontrol,

Descontrol, Descontrol)

apagué todas las luces salvo las del alma, y te observé

con ojos de perturbado…miré tu cara, nariz, frente, tus

labios mudos, ansiando tal vez, un arrebato de furia,

un destello de lujuria, pero tus ojos me inmovilizaron,

y también el agujero negro de la aureola vertiginosa

de tus pezones… luego, derramándose poderosa sobre

nosotros la oscuridad, parida por cientos de demonios

turbulentos, nos tragó como boca infectada de fiebres,

densa como semen muerto resbalando entre tus muslos de

Jesucristo blasfemo.

(Helter skelter helter skelter Helter skelter. Will

you, won’t you want me to make you I’m coming down fast

but don’t let me break you Tell me tell me tell me the

answer You may be a lover but you ain’t no dancer. Look

out helter skelter helter skelter Helter skelter)

Y viniste a la habitación del dolor en un instante

de duda onírica, pediste que te atara como si fueras

Jesucristo e improvisara una cruz humana en la cabecera

La música en mi cabeza, dentro de ella, la escupo.

De ahí vuelve a pasar a la densidad invisible de un

aire raro. La música en el aire.


Posesión

Danzando con el

demonio, a veces me

trata como vulgar

marioneta… juega con mi

cuerpo y mi conciencia.

A veces quisiera perder

la razón… a veces

quisiera que esto fuera

una pesadilla o creer

que lo es… entre las

pastillas y el agua

bendita, olvidé quien

soy.

Mi mente se ha convertido

en un pueblo fantasma de

horribles recuerdos que

acechan como un feroz

asesino.

Tal vez si vieran al

demonio despojado de

su vestidura podrían

entender un poco con lo

que estoy lidiando. Cómo

tortura mi humanidad

cada vez que le es

posible, cómo juega con

la inmortalidad de mi

alma… Rezar ya no sirve,

escapar tampoco.

La fuerza se pierde con

cada batalla, mi cuerpo

se agota con cada toma… El

Dios del que me hablaron

me ha abandonado y ahora

estoy encerrada en

cuatro paredes viendo

como el averno está cada

vez más cerca, mientras

horrorizado tú me miras

a través de la rendija.

Arrinconada y ya casi

rendida, se acaban las

maneras de estafar al

acechador sin rostro y

silencioso.

Ya nadie puede ayudarme,

se acabaron las

respuestas en el cielo

y en la tierra. ¿Cómo

podré vivir así?

En las paredes escribo

con sangre una y otra

vez: “Ya no intentes

salvarme… Ustedes son

los siguientes”. Él me

lo ha dicho y me susurra

dentro de mi cabeza: “Ya

me perteneces”…

Dentro de esta habitación

hecha pedazos hay un

duelo en el momento menos

pensado. Él termina por

dominar este cuerpo,

juega con mi razón, habla

a través de mi voz… “Ya

se acerca el invierno”.

…No respires, él ya está

aquí… Ya viene por ti.


La leyenda de Madame Agrad

En la década de 1930, una mujer judía,

soltera, joven y bella, vivía sola en los

límites de uno de los barrios más ricos de

la ciudad, en una casa modesta, con tres gatos

y dos perros. Nadie sabía su nombre real; sólo

la conocían como Agrad, o Madame Agrad. Estatura

media, piel bronceada clara, cabello y ojos negros

grandes, cuerpo hermoso y voluptuoso. Su acento

la delataba como extranjera. Era una prostituta,

pero no cualquiera: de comportamiento y modales

finos, sofisticados. Mujer educada y políglota,

de inteligencia aguda e intuición penetrante.

Sabía leer a la gente como pocas personas pueden

hacerlo, capaz de reconocer sus necesidades

rápidamente y satisfacerlas a plenitud. Era una

excelente “terapeuta sexual”, por llamarle de

alguna manera.

Su profesión, secreto que sólo un puñado de

clientes conocía. Los elegía personalmente. Por lo

general eran hombres y mujeres de alta sociedad,

pero también sentía cierta fascinación por los

miembros del clero: sacerdotes, monjas, obispos.

La gente como ella se nutre de la doble moral de

la comunidad, y Monterrey la tenía a caudales.

Sus clientes invariablemente estaban casados (ya

fuera con Dios o con otra persona), y después de

pasar algunas horas con ella, regresaban a dormir

junto a sus cónyuges, quienes solían estar muy

conscientes de lo que sucedía y se hacían de la

vista gorda para guardar las apariencias. Tenían

sus aventuras, después de todo, ustedes ya saben

cómo es.

Luego sus clientes empezaron a desaparecer. Después

de sesiones que podían extenderse de semanas a

meses, ella decidía envenenarlos. Vertía la pócima

en sus bebidas y les hacía el amor hasta que sus

corazones estallaban. Posteriormente en el sótano,

cortaba los cuerpos a pedazos, colocándolos en

sacos de tela y lanzándolos al río.

Como ya dije, dado que su lista de clientes era

corta y todos eran elegidos a mano, muy poca gente

sabía sobre ella. Más aún, los esposos y esposas

de sus víctimas no se atrevían a decir ni una

palabra a la policía sobre las infidelidades de sus

parejas. De esa manera, todas las investigaciones

se topaban con un muro de ladrillos. Se sabe al

menos de seis personas descuartizadas y tiradas

al río, pero hay muchas otras que desaparecieron

misteriosamente en el periodo en que Agrad estuvo

activa.

Uno de sus clientes había comentado sobre ella a

un primo suyo, quien la buscó por sus servicios,


pero esta lo rechazó. Ése fue el error fatal. Tras

la muerte del hombre, el primo fue a su casa con

otros dos familiares, entraron por la fuerza y

encontraron serruchos, machetes y tijeras llenas

de sangre. Y, de acuerdo a algunos rumores, también

un altar de piedra cubierto con símbolos extraños

y rodeado de veladoras negras, con el cadáver de

un zopilote sobre él. Colocaron un saco de tela

sobre la cabeza de Agrad, le ataron manos y pies,

y la golpearon hasta dejarla casi muerta… Luego

la arrojaron al río, donde se ahogó momentos

después.

alguno de estos animales aparece merodeando alguna

casa. Cuando la gente rica se mudó de esa colonia,

las apariciones se volvieron menos frecuentes, al

punto en que esta leyenda ha quedado prácticamente

olvidada. Pero de vez en cuando en la madrugada,

alguien ve entre las sombras, a un gato que parece

mujer, o a una mujer que parece gato.

Si la llegas a ver, aparta la vista y continúa

tu camino. Es el mejor consejo que te puedo dar.

Días más tarde sus vecinos empezaron a quejarse de

los maullidos y ladridos constantes que escuchaban

por las noches, provenientes de la casa de Madame

Agrad. Por fin uno de ellos se hartó y tocó la

puerta, al no obtener respuesta, fue hacia una de

las ventanas, por la que pudo ver a los animales.

La abrió y en ese momento las mascotas saltaron

fuera, casi atropellándolo.

Desde entonces, los vecinos veían a los tres

gatos y los dos perros solamente por las noches,

merodeando las calles de toda la colonia. Muchos

juran que los han visto parados en dos patas,

caminando en forma cuasihumana. Y otros afirman

haberlos visto con el rostro de Agrad en ellos, y

con los cabellos largos, negros y rizados colgando

de sus cabezas. Se considera una maldición cuando

Basado en la historia de Tamara Samsonova


Roger

and

Santa

The dwindling blizzard

under

flickering

streetlights: unmistakable

sign of the phantom

children’s ghastly games.

− Hey, look everybody,

Santa is going to a house−.

All the kids hover excited

towards the place, except

one: Roger.

The next day, Rose

screams horrified while

she holds a letter that

appeared on her nightstand.

Written in her dead son’s

handwriting, Roger, it

said: “Hey, mamma, I saw

Santa last night, and he

looked like daddy.”

Roger

y

Santa

La menguante tormenta

de nieve bajo el parpadeo

de la luz mercurial:

señal inequívoca de los

niños fantasmas y sus

espectrales juegos.

− Hey, miren, Santa

va a una casa−. Todos

flotan emocionados hacia

el lugar, excepto uno:

Roger.

A la mañana siguiente,

Rose grita horrorizada

mientras sostiene una

carta que apareció en su

mesita de noche. Escrita

en la letra de su hijo

muerto Roger, decía: “Oye

mamá, anoche vi a Santa,

y se parecía a papá.”

Una habitación llena de moscas

El tic tac tic del reloj despertador es constante.

Además es el único sonido que se escucha en la

habitación. Una mosca vuela alrededor, después

de la segunda vuelta desciende en perfecta espiral.

Se posa sobre el reloj. Es de un tamaño más grande

de lo normal, tiene los ojos de un tono café marrón

y el cuerpo verdoso. Es una mosca Tsetse (también

conocida como Glossina), y es la misma peste negra

en persona.

No emite ningún sonido, ni el más insignificante

zumbido al que nos tiene acostumbrado ese simple

insecto... aunque ésta sea la Vlad Tepes de todas

las moscas. Es como si zumbara en silencio. Como

si fuera poseedora de un mutismo mortal. La mosca

Tsetse pliega sus alas completamente cuando está en

reposo sobre el tic tac tic del reloj despertador.

Éste marca las siete de la mañana en punto. Pero

por un motivo u otro, la alarma está en silencio.

Es lunes, uno puede olvidar poner el despertador en

domingo por la noche ¿no? El subconsciente trabaja

a veces de maneras muy extrañas.

Welles abrió lentamente los ojos. Lagañosos. Sintió

esa fina telaraña que le mostraba todo borroso.

Parpadeó (dos, tres veces), ahora sí alcanzó a

distinguir la hora en el reloj, pero sobre todo el

tic tac tic que le era más nítido. - “Tengo diez

minutos. La segunda alarma es en diez minutos,


puedo dormitar otros diez mi...” - el sueño lo

venció y no terminó sus pensamientos. La mosca

emprendió el vuelo. Siempre en silencio. Welles

abrió violentamente los ojos, el cálculo de los

diez minutos estaba en su mente. Y sí, era verdad:

la hora marcada eran las

6:50.

Habían transcurrido diez minutos. Sólo que hacia

atrás.

Se restregó los ojos. Adiós a la fina telaraña que

antes los cubría. En eso, un estúpido pensamiento

lo golpeó al momento, como un block de cemento

directo a su cabeza: “¿Qué clase de arañas tendría

en mis ojos?”: arañas de patas largas. saltadoras,

las comunes que viven en las paredes o en los

jardines ingleses... Un ataque de risa frenética

lo invadió. La mosca emprendió el vuelo. “Cielos,

es tan fea”, piensa Welles. Pasa volando tan cerca

de él, pareciera que tuviera demasiada prisa. Casi

pudo jurar que de un manotazo la hubiera despachado

a mejor vida. - Directa al cielo de las moscas,

directa y sin escalas ¡Ja ja ja! - Se dijo en

silencio Welles. Pero él nunca fue poseedor de

rápidos reflejos. De chico había sido un niño

lento. Con sobrepeso.

- Ya se irá por la ventana - murmuró para sí.

Welles permanecía sentado al borde de la cama. Los

brazos flácidos, los músculos en reposo. El pelo

alborotado. Observó el reloj, ahora que todo estaba

tan claro no había duda alguna: las

6:50 de la mañana.

- “He imaginado que el tiempo iba hacia atrás. No,

más bien tuve un loco sueño”. - Welles giró la

cabeza hacia la pared oriente de su recámara. Ahí

no había ninguna ventana. ¡Pero es el lugar dónde

siempre ha estado una ventana! ¿Por dónde iba a

salir la mosca? Y... ¿Por dónde había entrado?

La ventana había desaparecido. La misma que daba

al Life on Mars Park, donde Welles tantas veces

practicaba su deporte favorito: el voyeurismo.

Chicas haciendo sus ejercicios matinales, paseando

a sus mascotas, intercambiando fluidos salivales

con sus novios. Él en la ventana, cigarro en mano,

binoculares en la otra, su polla dura dentro de

la ropa interior... Welles estaba desconcertado.

Regresó la mirada al reloj despertador y captó a la

mosca que había vuelto a posarse sobre él. Algo no

le gustó de ella. Y los números en rojo volvieron

a cambiar:

6:49

Welles sintió un terror helado y un grito ahogado

por poco le provoca atragantarse con su propia

lengua.

El edificio Sutton es un gris y tétrico complejo

habitacional, con más de siglo y medio de vida.


Aunque es viejo y se halla en precarias condiciones,

lo correcto sería decir: que está igual, o más

muerto que toda la ciudad de Pompeya junta. Simple

como eso. Por dentro, en sus entrañas, con pasillos

estrechos y sombríos, viven cerca de 1200 inquilinos

en sus seis niveles de paredes color sepia. Y esos

habitantes son los que mantienen de cierto modo

al viejo Sutton respirando. Como si estuviera en

terapia intensiva.

En el año de 1886, en el departamento número 216; Mary

Rose Leaf fue víctima de una posesión demoniaca. Por

tres días y tres noches, sufrió violentos ataques

que laceraron sus brazos, piernas, vientre y sexo.

Hasta que no resistió más y murió. Fue la madrugada

del seis de agosto. Tenía 16 años.

El Padre Wilkins, al no poder expulsar al Maligno

del cuerpo de la pobre chica de cabellos rizados

que, sin duda hubiera sido un éxito en la época de

los comerciales para la televisión, atravesó la

calle hacia el Greensleeves Park y se colgó de un

árbol. Su rostro se encontraba lastimado, los ojos

negros por los golpes y en su frente la marca tal

cual sellan a una res, se podía leer claramente la

siguiente palabra:

MINE

Resultado final: El Maligno 2, la Iglesia Católica 0

Ese mismo árbol aún existe. Hace dos noches Welles

saliendo de un pub, atravesó el parque y vació su

vejiga en él. Venía de celebrar la victoria de su

equipo favorito: el West Ham United.

La noche de Año Nuevo de 1999, el segundo incidente

sobrenatural conocido en el edificio Sutton ocurrió

en el tercer piso. El lugar: el departamento 333.

Clive Roberts enloqueció al creerse atacado por

cientos de Acherontia Atropos; más conocida como

La Esfinge de la Muerte, y que se hiciera famosa

por la película El Silencio de los Inocentes. Lo

encontraron en estado ya rígido con una grotesca

mueca en el rostro, después de haberse encerrado

dos días completos en su dormitorio. Le encontraron

en las uñas restos de su propia carne y no sólo

eso: al practicarle la autopsia, setenta y seis de

esas mariposas dentro de él. Varias de ellas aún

con vida.

Es el mismo departamento que Welles Ryan renta desde

hace tres años y seis meses: el 333.

Presenciamos entonces el tercer caso sobrenatural

en el Sutton. Y pueden estar seguros que Welles

Ryan no está nada contento con eso. Mientras tanto,

el reloj despertador ya marca las

6:45.

El departamento en sí consiste en una salarecibidor-comedor,

un baño, mini cocina, estudio

y una recámara. Las paredes ya resienten el paso

del tiempo, presentan grietas, gracias al clima tan


lluvioso a todas horas en la ciudad. Las cubren tres

cuadros, uno de Jan Lievens, otro de Erik Pavernagie

y un último de Ayanda Mabulu. Todos ellos baratas

falsificaciones comprados en un bazar de la avenida

Baker St.

De las goteras será mejor ni hablar. Ningún

departamento tiene lavandería. El cuarto de lavado se

encuentra en el sótano del edificio. Ahora, sin duda,

todas esas máquinas están haciendo sus estruendosos

sonidos. Eso a Welles lo tiene sin cuidado. Él no

bajará en un buen tiempo. (y vaya que falta poco

para que desee lavar sus calzoncillos). Welles no

irá a ningún lado, no saldrá a ninguna parte.

En unos segundos se dará cuenta.

6:39

Sus ojos continúan clavados en la pared oriente.

Pareciera que su intención era atravesarla y ver

lo que se encuentra al otro lado del cemento. Su

expresión denotaba concentración pura. Como aquel

tipo que doblaba cucharas con la mente; pero no, es

terror lo que emanan de esos ojos. Terror rozando

la locura. Se levantó de un salto, antes de llegar

a la pared y cerciorarse con sus propias manos

(con los ojos ya no bastaba), que no se trataba de

un broma visual, sus pies tropezaron con algo que

estaba en el suelo: las cortinas, aquéllas de seda

italiana que Zahira le había mandado como regalo de

divorcio. Se enredaron en sus pies. O más bien: sus

pies se enredaron en ellas.

De una patada las lanzó hasta una esquina. Posó

su mano izquierda sobre la pared (ahí donde

tenía que estar la ventana) y con la derecha

cubrió sus ojos. No sentía dolor, pero si

entraba en tensión el martilleo podía comenzar.

Hace años que no padecía ninguna migraña. Una

gota de sudor resbaló por su frente. Y otra.

Y otra. Y otra...

Welles calculó mentalmente la hora que debía ser:

cerca de las 7:30; descubrió sus ojos y volteó hacia

el reloj al lado de su cama: las

6:28.

Con ambos puños golpeó el lugar donde antes

una ventana hubiera dejado salir un inquietante

grito de terror. Welles gritó, pero el grito

se quedó en la habitación. Ni él mismo se pudo

escuchar.

“Esto es totalmente Kafkiano”, - pensó -” al menos

no estoy convertido en un escarabajo”. Sentado en

el suelo, con las manos en las rodillas y la cabeza

agachada, de repente, Welles cayó en la cuenta de

que no había pensado en la cosa más importante: la

puerta. Treinta minutos tuvieron que pasar para

que recordara la manera más fácil (y lógica), de

salir de su cuarto. Levantó la vista, y sí, la

puerta seguía en su lugar. Cuando se levantó y se

dirigió a ella, lo que vio ya no le sorprendió

del todo: la perilla había desaparecido. Welles

al darse cuenta que no estaba, sorprendido, se


comenzó a preocupar. Y las sienes volvieron a

martillearle.

6:15

Trece minutos transcurrieron en silencio. Welles

escuchaba su respiración. Entrecortada. De pie,

recargado en la puerta, su mirada recorría de lado a

lado la habitación. Posándose en repetidas ocasiones

en el reloj despertador. En los malditos números

rojos. A su izquierda, algo que había pasado por

alto (lo mismo que la puerta ¿neblinas en su memoria?

o ¿la consecuencia del incesante martilleo en su

cabeza?): un alto armario de dos puertas construido

en caoba negra. El armario ya estaba ahí cuando

alquiló el departamento. Y por un pequeño instante

a Welles le pareció ver que ligeramente se movía.

“Jesucristo... el armario se movió”.

Y como intuyendo los pensamientos de Welles: y para

que no le quede duda alguna: se movió de nuevo.

Esta vez violentamente. Casi quince minutos con

la espalda pegada a la puerta. Los oídos en estado

de alerta y el corazón a punto de salirse por la

garganta. Ni un solo ruido se escuchaba afuera. Ni

voces, ni pasos por el pasillo.

Todo eso pasó a segundo plano cuando el armario

volvió a retumbar, esta vez con más fuerza. “Dios

santo... ¿Quién está en el armario?” Después de

este pensamiento, un trepidante golpe de calor hizo

que Welles se alejará abruptamente de la puerta

- ¡Aaarrrgghhh! - Y es que la puerta comenzó a

calentarse. A arder. Un ligero olor a carne chamuscada

reinó en el ambiente. Un número se formó en la puerta

por la parte de adentro, eran números al rojo vivo:

Era un 333. Sólo que al revés.

Jesucristo... era obvio que a algo o alguien no le

agradaba mucho que se pensara en Jesucristo.

Clive Roberts, que en vida se dedicaba al negocio de

las bienes raíces y era originario de Southampton,

siempre que escuchaba la frase: “sentir mariposas

en el estómago” solía mover los ojos hacia arriba

en expresión de indiferencia y torcer la boca; con

una sonrisa burlona. En el momento en que no sintió

una, sino más de setenta mariposas revoloteando

dentro de él... lo primero que cruzó por su mente

fue estrellar su cabeza, no una, no dos, más de

doce veces contra el suelo de su dormitorio. Tenía

los ojos en blanco, sangre coagulada en su nariz y

frente; con las uñas se arrancó jirones de piel de

sus mejillas y del cuero cabelludo, la lengua se la

había mutilado con los dientes y de los sesos... mejor

no hablar. El Maligno lo observaba placenteramente

sentado desde el techo de un armario.

El Maligno continuaba invicto: 3-0

5:59

Nada.


5:47

Nada.

5:31

Absolutamente nada.

Welles se encontraba sentado en el techo del armario.

No recordaba cómo había llegado hasta ahí. Pero, por

extraño que parezca, y sin una explicación lógica

(y si la hubiera ¿quién se la daría?), el armario

dejó de moverse. ¿Tenía algo que ver el peso de

Welles? En la última hora y media (hacia atrás)

parecía como si hubiera perdido más de diez kilos.

Arriba de él, sobre su cabeza... estaba la ventana.

¿Cuánto tiempo llevaba en ese lugar? ¿Cómo fue que

llegó al techo? La palpó con ambas manos. El vidrio

estaba helado. Haciendo malabares sobre el armario

y un esfuerzo por abrirla, se dio cuenta que estaba

atascada. Sin quererlo tuvo un breve recuerdo de su

ex esposa Zahira: “A ella le fascina esa serie de

los cincuenta: The Twilight Zone; sin duda estaría

encantada si viera esto”. Miró de reojo el reloj

despertador.

4:50 de la mañana.

Y uno de los cristales al fin se deslizó. Welles

esperaba que una brisa de aire entrara por ahí;

pero no. Lo que entró volando fue una mariposa de

colores amarillo con negro, y con lo que parecía

una pequeña calavera pintada en el centro. Welles

estaba como hipnotizado, perplejo al verla volar

libre por la habitación. Bajó del armario ágilmente

para seguirla con la mirada. Los ojos sin pestañear.

La boca muy abierta. La cabeza dejó de dolerle. La

mariposa volaba en círculos encima de él. Los ojos muy

abiertos. La boca muy abierta. La mariposa volando.

Los ojos sin pestañear. La boca muy abierta...

Y... ¡la mariposa entra!

Y sin querer Welles Ryan se la traga.

4:37

Escuchó el zumbar de un insecto dentro de él. Sintió

a la mariposa bajar por su garganta y ahora está

en su estómago. Claramente. La siente revolotear.

No es una experiencia nada reconfortante y menos

lo sería si a la mariposa se le ocurriera...

Welles se detiene en seco. De pronto, la vejiga

y los huevos se le han llenado. O al menos eso

siente: pesados. Se baja rápidamente su pantalón

pijama. Toma su miembro con la mano derecha, el

miembro está duro. Welles siente un ligero ardor.

Que va incrementando. ¡¡IN-CRE-MEN-TAN-DO!! Y en

vez de orinar: una, dos cuatro, seis... un montón

de moscas salen de la abertura de su pene. ¡De

su pene! - ¡Aarrrghhhhhh! - Y luego un chorro

de sangre mancha una parte del piso. Sangre que

parece de color magenta. Como sacada de alguna

vieja película de horror italiana. Y se coagula

rápidamente. Y Welles cae al suelo, las moscas


vuelan a su alrededor. “¿Qué Diablos?” Sí... ¿Qué

Diablos está pasando?

Tic Tac Tic... Tic Tac Tic.

Las 4:15 de la mañana.

- “Ryan....Ryan”. - Un susurro lo llama claramente

por su nombre. - “Ryan....Ryan; abre los ojos Ryan”.

- Es una voz tan dulce para sus oídos, pero a la

vez tan amarga lo que provoca una vez más el dolor

de cabeza.

- “Ryan... ¡Ryan!”. - Es la voz de Zahira. Pero es

imposible que sea ella, debería de estar en estos

momentos lejos, muy lejos de ahí… sino es que muerta.

Welles abre los ojos. Con un miedo atroz de hacerlo

y descubrir que sí; que en realidad si existe una

luz al final del túnel. Pero Welles sabe que aún está

vivo y eso es un pequeño, muy pequeño consuelo. Así

que los abre. Y encima del armario la ve. ¡Oh, Dios!

Es tan bella y sí, es Zahira. Antes llamada “su”

Zahira. Está sentada cruzada de piernas. Como en

flor de loto. Con el pelo recogido en una coleta y su

vestido favorito puesto: uno de color rojo abierto

por la espalda. Pero debe ser una alucinación.

Se accidentó un año atrás en Venecia: había tropezado

en una de las embarcaciones y caído a las aguas del

canal. El hombre con el que ahora estaba movió agua

(literal) y tierra para encontrar su cuerpo. Sin

conseguirlo. Tara, su ex suegra le llamó para darle

la noticia. “Sí Ryan, sé lo que estás pensando. Soy

yo. Aunque sí, tampoco he de negarlo: me ahogué,

pero esta que ves aquí soy yo. Tú Zahira”.

Welles se puso de pie y caminó despacito, en cortos

pasos. Un dolor en la polla y en la ingle le hacía

caminar como un bebé que da sus primeros pasos.

Bajó la vista y vio una mancha roja en su pantalón

pijama que lo alarmó. “¿En qué momento me puse de

nuevo el pantalón?” Avanzó hacia dónde se hallaba

su ex mujer. Aún sabiendo que no era ella.

- “Ryan, sé lo que estás pensando”. - Repitió el

Ser encima del armario. - “Puedo leer tu mente”. -

Y algo en ella comenzó a cambiar. Unas protuberancias

negras se movían en su rostro y en su cuello. Por

dentro de su piel. Como queriendo salir.

- Tú no eres real Zahira. Has muerto. -

“No tienes que hablar Ryan; ¿no te he dicho que soy

capaz de leer tu mente?”

- Te ahogaste en Venecia. -

“Sí, es cierto. Esas aguas tan sucias portadoras de

la peste. Pero he hecho un trato y es por eso que

estoy aquí cariño. Vine a despedirme de ti”.

Welles, que ya se encontraba a un paso de

ella claramente pudo escuchar un zumbido.

“Zuuuuuuummmm” ¡La mosca! ¡Por fin se


había dignado a zumbar! ¡Zuuuummmmmmm!

¡Pero no!

La mosca ni siquiera estaba posada encima del reloj

despertador, el cuál ahora marcaba las 3:34 de la

mañana. Era Zahira la que emitía ese zumbido, o lo

que demonios fuera eso que ahora le hablaba con

el pensamiento y que tenía la forma de ex esposa.

“Zuuuuuummmmm” “Ven Ryan, acércate más; tengo que

decirte algo”.

Ser que presenciaba el espectáculo reía y reía.

Y no paraba de carcajearse. Como quien mata a una

mosca tan sólo por diversión. Y los números rojos

marcaban las

3:33

- ¿Qué? -

“Una línea de Shakespeare. ¿Recuerdas cuánto te

gusta Shakespeare?

Y como poseído por algo que no estaba a su alcance

comprender, el ser ya sujetaba con ambas manos el

rostro de Ryan. Sus manos eran frías. El tacto

helado. Acercó la boca a su oído y las palabras

que pronunció apestaban tanto o más como una cloaca

destapada en la superficie: “Lo que las moscas son

para los chicos traviesos, eso somos nosotros para

los dioses. Nos matan para divertirse”. Y un enjambre

en decenas, cientos de moscas salieron de la boca

del Ser para entrar en Welles Ryan; la mayoría por

su oído, algunas de ellas por su boca. Volaban y

chocaban entre ellas dentro de su organismo. Su

estómago comenzó a crecer y abultarse. Hasta que

no soportó más. Y explotó.

Manchando las cuatro paredes de sangre, piel,

cartílagos, nervios y carne. Mientras el Maligno


Criaturas

- No debo gritar, no debo gritar - repetía Berrin una y

otra vez en su cabeza, mirando aterrorizado los rasgos de

esas cuatro criaturas.

Era la primera vez que veía sus rostros desproporcionados,

todavía más grotescos al mordisquear y sorber sus exóticos

alimentos, cuyo aroma, mezclado con el penetrante olor

que despedían sus cuerpos, inundaba toda la madriguera de

esos seres, aturdiendo los sentidos del joven explorador.

Hann se metió la mano bajo la piel de rata que usaba como

disfraz y abrigo, sacando el enorme diente que llevaba

colgando de su collar - Este tiene muchos años. Se le

cayó al más grande de esos cuando era niño. No siempre

funciona, pero a veces puedo hacerlo caminar mientras

duerme y obligarlo a hacer lo que yo quiera -.

El rostro de Berrin perdió los últimos signos de miedo

para adoptar un gesto de pura incredulidad.

- ¿Y no sospechan nada? - preguntó Berrin a su tío.

Hann se aguantó una risa nerviosa y le respondió - No,

creen que es una enfermedad. Le dicen sonambulismo -.

Entonces Hann, su tío, le susurró al oído - ¿ves? esos son

los humanos, viven en estos refugios de madera y piedra

encima de nuestros hogares, y si supieran que estamos acá,

nos buscarían hasta encontrarnos y matarnos -.

- Son enormes - susurró Berrin -, a un monstruo así no se

le puede domar.

-Sí se puede - respondió Hann - Mira al más pequeño de los

cuatro, hoy se le cayó un diente, ¿ves? - dijo señalando

el evidente espacio vacío en su dentadura - Esta noche

dejarán el diente bajo su almohada. Entonces podremos

robarlo y llevárselo a la abuela Hilma, ella te puede

enseñar a caminar los sueños.


CRÉDITOS

Portada:

3 by Melissa Power

Página 10 - Unknow by Vince Locke (from White Wolf - Vampire: The

Masquerade

http://bindusara.free.fr/web/gal/vampirema/nb/Vince%20Locke/

BookVentrueRevised010.jpg

Página 16 - GIF tomado de https://giphy.com/gifs/animated-drunk-

3HPV2Ut1SOBTG

Página 20 - Tamara Samsonova. Imagen tomada de Wikipedia.

https://en.wikipedia.org/wiki/Tamara_Samsonova#/media/

File:TamaraSamsonova.jpg

Página 38 - 3:33 by Unknown. Tomado de un board de Pinterest que fue

borrado o privatizado.

Página40 - Sleepwalking by Lauren Monger

Todo el arte incluído en esta revista es propiedad intelectual de sus autores

incluyendo las omisiones, debido a que no se logró encontrar a sus creadores.

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