La sirena varada: Año II, Número 9

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El noveno número de "La Sirena Varada: Revista literaria"

· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·

La sirena varada

R E V I S T A L I T E R A R I A

es una publicación de

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LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL

Año 2, N° 9, julio 2018 es una publicación mensual editada

por Digital Robotic Entity Assembled for Masterful Editing

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todos los derechos reservados

SOBRE

ESTE

NÚMERO

Robándome una frase que escuché

en una película de Pixar y adaptándola

a lo que en esta revista nos

incumbe, puedo decir: no es cierto que

cualquiera puede escribir, pero un buen

escritor puede tener cualquier origen.

Y es que, para ser un buen escritor,

no importa si eres rico o pobre, si eres

blanco, amarillo, negro o moreno, si

eres de izquierda o de derecha, si eres

taurino o animalista, si eres un criminal

o un voluntario de alguna causa justa...

Eso no tiene ninguna importancia porque,

para ser un buen escritor solo se

necesita una cosa: constancia.

Roma no se construyó en un día, y

aunque puede que algunas novelas si

se hayan escrito en uno o dos, la capacidad

para escribirlas a esa velocidad

no se alcanzó de la noche a la mañana.

Escribo esto porque muchas personas

han escrito al correo de la editorial

pidiendo consejos sobre cómo comenzar

a escribir aquella historia que les da

vueltas en la cabeza y no los deja dormir;

a la mayoría siempre les respondo

lo mismo: ecisten dos caminos que

te llevarán a escribir, ninguno es fácil,

pero sí son sencillos.

El primero de esos caminos es aprender

a escribir, y no solo escribir por escribir,

sino dedicarse realmente a aprender

el proceso que una novela conlleva.

Desde mi punto de vista, la forma de

poder aprender a escribir no está en


los talleres literarios, ni en las tertulias

(¿a quién se le habrá ocurrido organizar

esas bendítas(?) tertulias?), ni en grupos

de redes sociales o en páginas de

internet, pues lo único que se encontrará

ahí son personas que no tendrán

el valor de criticar lo que escribas o

personas que no les importará lo que

escribas y solo van a querer chingarte

de una forma u otra... Si se quiere

aprender a escribir, primero se tiene

que aprender a leer; y con aprender a

leer me refiero a hacerlo de forma crítica,

observando cada detalle de la obra

que más nos guste, comprendiendo

qué herramientas utilizó el autor para

plasmar sus ideas.

Lo reitero, leer es la mejor forma de

aprender a escribir; pero también eciste

otra forma, aquella que considero

la más arriesgada, pero a veces la más

gratificante, y es simplemente dejar volar

tu imaginación y escribir en el papel

(físico o del procesador de textos), todo

lo que te venga en gana; no importa si

no tiene coherencia, no importa si tiene

errores ortográficos, no importa que

parezca que lo escribió el gato... Lo importante

es la práctica, y escribir, y leer

y volverlo a hacer una y otra y otra vez,

porque solo así se podrá conocer dónde

están nuestros errores y podremos ser

autocríticos con todo lo que escribamos.

La práctica hace al maestro, ya sea

cocinando, barriendo, o escribiendo.


18

SOBRE EL

ENTUSIASMO

34

SOBRE LA ESCRITURA

Y LA ORATORIA

50

EL ENSAYO

FILOSÓFICO

110

13

NOVELAS

POR ENTREGAS

NUES

ARTÍC


66

LA DUALIDAD DE

UNIVERSOS DEL ESCRITOR

82

PARAREALISMO,

UN ESTILO ANTIOLÓGICO

106

EL ARTE DE LA LITERATURA

Y SUS DIFICULTADES EN EL SIGLO XXI

2

144

TROS

ULOS

MICRO

CUENTOS


6

EL SILBIDO

DE LA ESPADA

Por Reinier del Pino Cejas


Fernando empujó con fuerza la

puerta de la guarida de las bestias

y se adentró, espada en mano, en

el cubil demoniaco. Su frente sudaba a

mares. Las piernas tambaleaban erráticas

y ante él los espectros deformes se

hacían a un lado y lo dejaban pasar. El

hombre llevaba días vigilando el lugar.

Sabía que allí adentro se gestaba algo

grande y terrible. Había visto entrar y

salir a diferentes criaturas, todas con

el sello en sus rostros de una fatal aberración.

¡No eran humanos! Algo debía

hacer. Sostuvo la espada con fuerza y

trató de concentrarse.

Fernando había sido investido con

el poder de aquella espada en la búsqueda

de su Dolores. No lograba dormir

desde que la mujer se ausentó de

la casa. Muchos años juntos le decían

que su Loly no era de esas que desaparecen

sin dejar rastro. Algo pasaba con

su mujer, y no iba a quedarse de brazos

cruzados mientras aquellas espantosas

creaciones del demonio se enseñoreaban

por la ciudad sin control aparente.

Su Loly estaba en la fortaleza y de allí

saldría muerto o con ella. Sintió vibrar la

espada. Era un sonido intenso y metálico.

Una especie de silbido continuo que

le martillaba los sentidos y lo obligaba a

cerrar los ojos. La espada hablaba claro.

Estaba sedienta. Su vocación era la justicia

y en las manos de Fernando encontraría

la realización extraordinaria de la

heroicidad. Las criaturas estaban frente

a él y lo miraban con curiosidad.

—¡Atrás, bestias inmundas! ¡Déjenme

pasar! —la espada continuaba emitiendo

el sofocante sonido—. Ella está

cerca —se dijo.

Evitó a una mujer dominada por una

especie de babosa que le succionaba el

cerebro. Empujo a un androide de ojos

vidriosos que trató de acercársele para

quitarle el arma. Encontró unas escaleras

y subió a toda velocidad. Tenía que

encontrar a Loly. Tenía que hacerlo antes

de que fuera demasiado tarde.

El segundo nivel estaba lleno de cubículos

separados por gruesas paredes.

Fernando miró en el interior de aquellas

habitaciones a través de los cristales.

En cada celda había un hombre

delgado, ojeroso y con profunda tristeza

en la mirada. Algunos levantaban la

mano para saludarlo. Otros viraban el

rostro hacia la pared en auténtica indiferencia.

No tenían cabello.

—Prisioneros —pensó—, experimentan

con ellos o los retienen con quien

sabe que retorcidas intenciones.

Volvió a buscar las escaleras y ascendió

hasta el piso siguiente de la guarida.

Tras de sí logró escuchar que los

espectros se organizaban y venían en

su captura.

—¡Inténtenlo, perros, y conocerán el

lenguaje de mi espada!

Volvió otra vez la vibración del metal.

Se hacía cada vez más frecuente. Loly

estaba cerca. La espada podía presentirla.

Su cerebro apenas soportaba los

gemidos del arma mágica, pero sería

por poco tiempo. Cumpliría el destino

que se le había asignado. Se trataba

de su mujer, su compañera de muchos

años y, aunque no se lo decía nunca, el

amor de su vida.

Dos humanoides de piel escamosa lo

esperaban a la altura del último escalón.

La espada, aun vibrando de cólera,

los batió a ambos sin ninguna dificultad.

Fernando sonrió contemplando los

cadáveres en el suelo. Detuvo su mirada

en los rostros desfigurados.

—¿Qué criaturas tan espantosas son

estas, Dios? ¿De dónde han salido?

7


El ruido de las bestias que subían las

escaleras lo sacó de sus pensamientos.

Pensó en Dolores. Corrió por el pasillo

de aquel nivel empujando puertas y derribando

obstáculos. De pronto la vio.

En una de las habitaciones, pegada a

la pared del fondo con los ojos llorosos

estaba su Loly. Fernando inspeccionó el

interior de aquel recinto y dio unos pasos

con la espada amenazante rebanando

el aire. Detrás de su mujer se levantaba

un feo cíclope. La bestia sostenía por

una mano a la mujer y escrutaba el rostro

de Fernando con su único ojo. Desde

el primer instante Fernando se dio

cuenta de un detalle: La bestia le temía.

—¡Tiemblas, cobarde! —dijo el hombre

apuntando hacia el cíclope en actitud

desafiante—. Pensaste que te saldrías

con la tuya.

—¡Fernando! —gritó Dolores.

—¡No te preocupes! ¡No lo dejaré hacerte

daño!

Avanzó en una carrera. La espada

emitió un silbido sordo en el aire y el

cíclope cayó al suelo retorciéndose en

los últimos estertores de su vida.

Fernando sonrió. Extendió los brazos

hacia su Loly que lo miraba, aún horrorizada,

y sintió de repente un fuerte corrientazo

en la nuca.

—Cumplí mi misión. Ella está a salvo

—las palabras casi apagas, salieron de

su boca antes de caer al suelo y perder

el conocimiento por completo.


En la estación de policías, Loly observaba

detrás de los barrotes de una celda a su

esposo Fernando acurrucado en el piso.

La mujer emitió un largo suspiro, dejó

salir una bocanada de humo y apagó el

cigarro. Se sientó frente al oficial que la

miraba por encima de los espejuelos.

—Todavía no lo entiendo. Hace solo

tres días que me dieron el ascenso que

esperábamos: el puesto de jefa de enfermeras

en la sala de traumas oculares.

Es cierto que tuve necesidad de

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cambiar de turno, pero nunca pensé

que lo tomara de esa forma.

—¿A qué se refiere? —preguntó el oficial.

—Cuando llegaba del hospital Fernando

no estaba en casa. Por más que

le llamaba a su teléfono nunca me respondía.

Sin otra cosa que hacer regresaba

al otro día al trabajo y desde la

sala le hacía más llamadas. Otra vez

me respondía el silencio.

El agente extrajo de una pequeña gaveta

un teléfono celular y lo colocó sobre la mesa.

—¿Es este el celular de su esposo? —Dolores

asintió—. Márquelo, por favor.

La mujer extrajo de su bolso un equipo

casi idéntico y marcó los dígitos que conocía

de memoria. La pantalla del celular

sobre la mesa se iluminó de pronto y comenzó

a emitir un silbido sordo y agudo.

En su celda, Fernando abrió los ojos.

Observó a Loly y luego al oficial que gesticulaba

a corta distancia de su mujer.

Aguzó el oído y sonrió. La espada volvía

a llamarlo. Su mujer corría peligro y él

tenía muy claro que tenía que hacer.

la sirena varada

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10

SIN ROSTRO

Por Angelique Reid


Desde que salí del entrenamiento he

estado en el turno de noche, y esta

noche, a diferencia de las demás, era

diferente; tengo un mal presentimiento.


Eran las once de la noche y mi compañero

hizo una señal con la mano para

avisarme que teníamos un caso. Subimos

al auto y solo dijo: «encontraron

un cuerpo».

Cuando guarda ese espectral silencio

es porque intuye que ese cuerpo

sufrió una muerte atroz. Llegamos al

lugar de los hechos, era una zona boscosa

alejada de la ciudad, a lo lejos los

perros aullaban desesperadamente,

un escalofrío recorrió mi espina dorsal

y traté de mantener el control.

Había mucha niebla, los peritos ya

estaban ahí y en susurros expresaban

lo macabro de la situación; pasamos

el cordón, el cuerpo estaba tirado en

el lodazal, estaba desnudo y al parecer

había sufrido mucho por la cantidad de

heridas que tenía.

—¿Quién lo encontró?

—Un borracho, quiso cortar camino

por acá y se tropezó con el cadáver. Del

susto salió corriendo y pidió ayuda a

los conductores que bajan por esa vía

para la ciudad.

—¿Van a proceder con el levantamiento?

—Mi teniente, ahora mismo.

Tomaron las fotografías respectivas y

procedieron darle vuelta al cadáver para

seguir con lo habitual. Fue espantoso, al

pobre hombre le habían quitado parte de

su rostro, le habían quitado la identidad.

Nunca me acostumbro a esto y jamás

me acostumbraré…

—Mi teniente, no hay sangre —dijo

uno de los agentes.

—Eso nos indica que solo lo botaron

aquí… ¡Hay que peinar el área! ¡Ya!

No se encontró nada, solo dejaron el

cuerpo ahí como si fuera desecho. Nos largamos

y nos despedimos de Morfeo, las

próximas noches iban a ser muy largas.

A la mañana siguiente nos esperaba

el médico legista, con voz lacónica nos

resumió las últimas horas del hombre:

—…cuerpo masculino, entre veinticinco

y treinta, años con múltiples

laceraciones; le faltan las falanges del

pie izquierdo, ambas corneas, desprendimiento

muscular del rostro y parte

de la cabeza, además de múltiple tortura;

sumergimiento en agua continuo,

quemaduras con cigarrillos, múltiples

cortes, mordidas en el abdomen… una

parte estaba devorada; electrocución,

estas marcas en el cuello sugieren

que intentaron muchas veces ahorcarlo

—mi compañero se salió de la sala,

ambos miramos como se alejaba con

rapidez—. Su muerte fue por un paro

cardíaco a causa del dolor, en cuanto

tenga el reporte listo, tendré más detalles,

teniente.

—Gracias.

El reporte final indicaba que fue torturado

continuamente hasta matarlo, solo

esperábamos que sus huellas y carta

dental nos diera luces de su identidad;

lastimosamente, con las herramientas

que tenemos no podemos hacer un descarte

para reducir la búsqueda, 12351

reportes el año pasado y sin contar con

la cifra de este, hace de la identificación

del cuerpo una tarea titánica.

Por fin llegó la identificación, se trataba

de un joven reportado desaparecido

hace cinco meses por su novia. Según

la denuncia, el joven salió para una

entrevista de trabajo y jamás regresó a

su casa.

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La novia del chico estaba en la sala

de interrogatorio, temblaba y no paraba

de llorar… odiaba empezar mi

discurso con esa frase, como si eso les

llenara de consuelo.

—Mis condolencias, lamento mucho

su perdida. ¿Podría decirme…? —tomé

un respiro sin dejar de verla—: ¿Podría

decirme a qué hora y a dónde se dirigía

su novio?

—Francisco estaba emocionado, había

buscado trabajo por meses y nadie

lo llamaba. ¿Sabe? Nos íbamos a casar…

Yo… Yo tenía la esperanza. Uno

nunca cree que esto pueda pasar, yo

creía que algún día iba a llegar y por fin

terminaría esta pesadilla… me rompieron

mi esperanza y no sé qué hacer…

A veces es difícil mantenerse fuerte y

no conmoverse, era solo un buen hombre

que quería un mejor futuro junto a

su novia y un maldito enfermo acabó

con sus sueños, mantengo la fuerza

porque es mi trabajo atraparlos.

—Señora, ¿podría responder mi pregunta?

—entre sollozos me entregó

un anuncio de periódico, ella lo había

guardado porque su novio no era un

hombre ordenado.

Después de varias preguntas de rigor,

la mujer se levantó, titubeó un poco,

me miró y me preguntó:

—¿Puedo verlo por última vez?

—Es mejor que lo recuerde como era

en vida…

Fue la última vez que la vi.

12


Fuimos al lugar donde Francisco fue

a presentar su entrevista, el sitio estaba

abandonado. Una señora que vendía

café al frente nos dijo que hacía un

par de meses desocuparon el local.

—Fue raro, eso de un día pa’ otro levantaron

todo y se fueron. Menos mal

porque esa gente era toda rara…

—¿Cómo rara? —pregunté.

—Sí… abrían ese local de noche, citaban

un montón de gente y los montaban

en unos buses. El señor que manejaba

eso tenía una pinta… ¿Cómo

decirle? De esos que adoran al diablo.

Empezamos a investigar desde el arrendatario

hasta a los vecinos del sector y en

sus declaraciones afirmaron que eran bastante

peculiares, que todo lo pagaban en

efectivo, además que les provocaba miedo

su forma de comportarse y que preferían

hacer de cuenta que no pasaba nada.

Descubrimos que esta no era la única

ciudad donde desaparecían gente y

logramos encontrarlos muy cerca con

otra fachada buscando más presas

quien sabe para qué…


—¿Lista la hoja de vida, mi Teniente?

—Está lista y estoy lista…

Al igual que aquella noche que encontramos

el cuerpo de Francisco, tengo

un mal presentimiento, este caso

nos va a cambiar la vida a todos, este

caso no terminará bien…

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14

INTERMITENCIAS

Por Miguel Ángel Araujo Cortés


Andrea sólo escuchó las últimas

palabras de la señora que había

interrumpido la clase para informar

que afuera había un carro con las

luces intermitentes encendidas. Un

hombre al fondo del salón preguntó

por el modelo del automóvil y Andrea

comprendió que la mujer se refería a

su Versa color plata del 2010. Se disculpó

con el instructor y se apresuró

a salir, no sin un poco de vergüenza

impregnada en su rostro. Caminaba

por el pasillo hacia la puerta principal

del edificio cuando descubrió que no

podía recordar nada de lo hablado en

la clase. Las últimas dos horas habían

desaparecido de su memoria, en su lugar

sólo quedaba ruido y frases sueltas

que no le decían nada.

Al llegar al estacionamiento tardó algunos

minutos para encontrar su auto,

había olvidado por completo dónde

lo aparcó. Entró al coche, confundida

a causa de las lagunas en su memoria,

respiró hondo para tratar de calmarse,

apagó las intermitentes. Salió del vehículo.

Después de ver la hora en su reloj

estaba dispuesta a volver a la clase, pensó

que, quizá, al regresar y escuchar al

instructor volverían a sus recuerdos las

últimas horas. Activó la alarma del carro,

en ese momento escuchó un golpe en el

portaequipaje, sintió un escalofrío que

le recorrió el cuerpo, retrocedió un par

de pasos sin dejar de mirar el automóvil

y el ruido se dejó oír de nuevo, con más

fuerza esa vez.

Se dirigió a la cajuela con manos

temblorosas, las llaves tiritaban entre

sus dedos, estuvo a punto de abrir la

portezuela cuando, dentro, algo comenzó

a sacudirse de forma violenta,

algo o alguien. Andrea dejó escapar un

gemido de terror y volvió al interior de

su vehículo, se ayudó con los espejos

laterales y el retrovisor para asegurarse

de que nadie se había percatado de lo

sucedido. Podía sentir las vibraciones

que provocaban los fuertes golpes en

el maletero. Hizo encender el motor,

arrancó y abandonó rápido el estacionamiento.

La oscuridad comenzaba a

poblar las calles de la ciudad y también

la memoria de Andrea, trataba de explicarse

aquellos ruidos con un breve repaso

de los acontecimientos de aquel

día, pero ni siquiera podía acordarse

del momento en que había cruzado la

puerta de su hogar.

El tráfico hubiera sido favorable si Andrea

hubiese tenido un lugar a donde ir,

pero se dedicó a recorrer la capital sin

rumbo alguno. Quiso encontrar alguna

señal de violencia dentro del vehículo

que le ayudara a recordar un evento

extraordinario en las últimas horas,

o a saber qué o quién estaba en ese

compartimento del coche. Pero todo

estaba impecable y en orden. Abrió la

guantera, un sobre color púrpura cayó

debajo del asiento del copiloto. Andrea

orilló el carro sin apagar el motor, estiró

un brazo para alcanzar el extraño

sobre, de inmediato lo notó pesado.

Lo abrió con calma y descubrió en su

interior un revólver calibre .357, una

bala para el arma y un modesto celular

encendido. Cargó la pistola con una facilidad

que no se explicó, pero no tuvo

tiempo para pensar en eso, la sirena de

un coche patrulla la obligó a regresar el

revólver al sobre. Frente a ella pasaron

a toda velocidad dos camionetas militares

seguidas por las patrullas de la

policía estatal.

Aquello la puso bastante nerviosa. Esperó

a que el convoy se perdiera entre las

calles y puso en marcha su Versa. Tenía

15


ahora un destino: cualquier lugar a más

de quince kilómetros fuera de la ciudad.

Llegó a una zona despoblada, árida

y solitaria. Aparcó a un costado de la

carretera. Extrajo de nuevo el revólver

del sobre, el celular comenzó a vibrar

cuando recibió una llamada, lo ignoró

y salió del coche.

Volvió a escuchar los golpes en el interior

del portaequipaje, presionó un

botón del control de la llave del automóvil,

la puerta de la cajuela se abrió y

pudo ver a un hombre vestido de traje,

amordazado, con las manos y pies atados,

en sus ojos había una mezcla de

rabia y terror. Había recibido algunos

golpes en el rostro, pero Andrea pudo

distinguir entre sus facciones desfigura-

das la cara del gobernador del estado. El

teléfono celular volvió a anunciar la entrada

de una llamada. Andrea apuntó el

revólver a la nuca del gobernador, éste

comenzó a forcejear en un intento desesperado

por deshacer los nudos que

le impedían moverse, intentaba gritar y

sus lágrimas se mezclaron con la sangre

de sus heridas. La mujer jaló el martillo

y sin emitir palabra alguna o mostrar un

gesto diferente, presionó el disparador.

La bala atravesó la cabeza del hombre.

Andrea cerró de nuevo el maletero.

Tomó asiento, otra vez, detrás del volante.

Encendió el motor. El teléfono

móvil vibró de nuevo, esa vez contestó.

—Está hecho —se adelantó a decir y,

sin esperar respuesta, colgó.

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SOBRE EL

ENTUSIASMO

Por Agustín Gutierrez Barragán

En muchos países, la gente que

acude a ver un partido del deporte

de su preferencia, se prende al

escuchar su himno y al finalizarlo se

desborda el entusiasmo y la pasión y

la adrenalina y el grito de toda la gente,

sea quien sea su equipo favorito, y todo

mundo está listo para lo que sigue.

Todo esto me hace reflexionar: ¿en

que consiste el entusiasmo? ¿Se requiere

en un campo deportivo? Al pa-

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recer, sí. Pero no solo se aplica en un

campo deportivo.

Algunos autores, se refieren al entusiasmo

«como una pasión honda por lo posible;

como una especie de ebriedad y de fiesta divina

en el alma, sin haberse tomado ni una

copa de vino». En otras palabras, se siente

«como estar hirviendo por dentro en diferentes

grados, donde brincan borbotones

de ilusiones e ideales, uno tras otro en una

pasión inextinguible por existir y ser».


¿Eso siente e impulsa a la gente cuando

termina de cantarse el himno? No lo

sé. Ir al partido y presenciar el partido,

agrega adrenalina al ser y agrega un

ideal más: que gane mi equipo.

A mi me justa recopilar frases, conceptos

y pareceres. Entre todo lo que he

visto, por ahí me he encontrado algunos

conceptos, definiciones, anónimos, pensamientos,

enseñanzas, las cuales me

gustaría compartir con quien lea esto.

El entusiasmo se define como excitación

que impulsa a actuar, admiración,

adhesión fervorosa, fervor, ardor; el

fervor se define como devoción intensa;

y ardor se define como calor grande,

vehemencia, anhelo, valor.

Ahora que, en cierto modo, el entusiasmo

es útil y necesario para realizar la meta.

Es importante hacer algo cuando el

entusiasmo llega a despertar en el interior

del alma, porque cuando no se

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hace algo con ese aumento de fuerza

interior, entonces viene el desentusiasmo:

el desánimo.

Quizá el entusiasmo es a la mente

lo que algún platillo puede ser para el

estómago; hay platillos que cuando

se sirven contienen alimentos frescos,

que al comerlos resulta un manjar; sin

embargo, si se dejan a la intemperie,

después de que las moscas y el tiempo

caen sobre ellos, constituyen un platillo

maloliente y desagradable.

El entusiasmo desarrollará su talento

para vivir. Piense que en realidad no

cuenta lo que tenemos, sino como disfrutamos

de aquello que tenemos.

Si le fascina el mundo, entusiásmese

con el mundo.

Si la gente le parece interesante. entusiásmese

con la gente.

Si considera que su vida personal es

preciosa, entusiásmese con su vida.

No se si recuerdan la película aquella

que en español la titularon como «La

Sociedad de los Poetas Muertos». Se

trata de la vida de unos alumnos en un

colegio de esos de paga.

Hay una enseñanza, a ver si me acuerdo,

que el maestro del grupo, interpretado

en la película por el actor Robin

Williams, les quiere dar a sus discípulos.

Los lleva al salón, pasillo y corredor en

donde se encuentran las fotografías y

álbumes de generaciones anteriores, de

hará quince, veinte o treinta años antes

y les motiva y sensibiliza acerca de los

20


posibles sueños, retos, ilusiones, aspiraciones,

de esos alumnos anteriores, que

quizá sean los padres de algunos de los

alumnos actuales, mismos que los están

viendo, o tal vez se trate de alumnos

que quizá ya habían muerto…

Así, cada quien tiene sus sueños,

ilusiones.

El maestro, en esa película, les define

un disparador para el logro de esos

propósitos: «Aprovecha el día» (Carpe

Diem). Aprovechar el día permite programar

las acciones y tareas que se involucran

y se identifican con los retos y

propósitos de un individuo o individua,

los cuales tenderían a mejorar su vida.

Si a esa intención de superación y

mejora le agregamos otro disparador

que pudiera ser el ingrediente del entusiasmo,

las cosas se darán de una manera

satisfactoria y gratificante.

Espero que la gente conteste «Sí, sí,

sí» a la pregunta que podría plantearse

al abrir los ojos y quizá hasta se esté

uno preguntando: ¿Dónde estoy?

Ahí habría que contestar la pregunta:

¿Estás listo para esto? ¿Estás listo para

todo lo que te va a suceder o te puede suceder

en el día? Y como dijera el chiquillo

del comercial: «y así, todos los días».

Si el entusiasmo penetra en tu vida

(no le hace que te duela), si penetra día

con día, ya la hiciste. ¡Entusiásmate!

Desde siempre el ser humano está sintiendo

el entusiasmo por superarse. Si

no fuera así, no habría progreso.

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22

TURBINA

CORYMBOSA

Por Alicia Espinosa


Su cuerpo fue hallado en medio

de la calle. Tenía el rostro irreconocible,

agujereado y cubierto de

sangre. Augusta lo encontró. Por fortuna,

no se supo que lo tocaran, sino con

una vara lograron girar el cuerpo boca

arriba. El alarido desgarrador de su

madre verificó su identidad. Sin terror

a contagiarse, su amor materno le dio

los suficientes bríos para cargarlo hasta

su casa y darle un entierro decoroso.

La señora se enclaustró más por el dolor

que por prevención, al fin ya había

llorado encima del cuerpo de su hijo.

Era una moribunda y sería en cuestión

de días. En un periquete, sin excepción,

todos huimos y nos recluimos en nuestras

viviendas. Los rumores eran ciertos.

Había llegado. El pánico era excesivo.

Sin cordialidad y rauda se filtraba a través

de las ventanas, puertas y orificios

de quienes no habían reforzado estos

con pañuelos apilados en las cavidades.

Nosotros vivíamos en la parte alta,

desde ahí vimos cómo se apagaban las

luces de algunas casas, otras no volvieron

a encenderse. Los alcanzó. Se murmuraba

que su impacto sería catastrófico,

incluso que podría extinguir toda

forma viviente del planeta. Teníamos

la esperanza de subsistir, participar en

el nuevo restablecimiento mundial.

Desperté antes del amanecer, no sentí

a Augusta a mi lado. Sin la intención

de encontrar algo, me asomé por la ventana.

Ella recogía unas flores en el jardín.

El enfurecimiento me despabiló. Le grité

y asustada corrió a la casa. Adusto le recriminé

su aventura. Sin atender lo que

yo decía, ella rompió en llanto.

—Cuando lo encontré, quise ayudarlo

¡Lo toqué, pero ya estaba muerto!

Su confesión me paralizó. Durante

todo el día permanecí encerrado en

nuestra habitación. Afligido entre pensamientos

de muerte. Ella pasó la tarde

tirada en sillón embebida en delirios

de la existencia, tomando infusión. Al

anochecer entró y exhausta se tumbó

en la cama. Me percaté que dormía imperturbable

y su indolencia me arrulló.

Un estruendo nos despertó. Un tanque

del ejército llegaba. Sentimos toda la

tensión del ayer disiparse y la ilusión

de pertenecer a una humanidad reformada

nos avivó. Estábamos salvados.

Esperábamos órdenes de aquella máquina

de combate, adheridos a la ventana,

sin abrirla. Junto la proyección

de primeros rayos solares se emitió el

siguiente anuncio:

—Estimados pobladores, el gobierno

de la república les recuerda que su

prioridad son ustedes, y su seguridad

es fundamental para nosotros. Hemos

agotado los recursos para rescatarlos,

sin embargo, esta área es considerada

zona de riesgo. Lo lamentamos. Reiterando

nuestro compromiso, esta caja

de medicamentos les ayudará a disminuir

los dolores mortíferos de la agonía.

Han sido excelentes ciudadanos.

Antes de marcharse, el tanque aventó

un arcón. Nos desahuciaron. Como

nosotros quién sabe cuántas poblaciones

habrían declarado en la misma

situación. Yo estaba ensimismado. Augusta

puso un vaso en mi mano.

—No hay nada más qué hacer, vayamos

a pasear. No quiero morir encerrada.

Bebimos un trago profundo de infusión

de ololiuqui y salimos con los ánimos

devueltos. El aire se sentía fresco

desde cualquier sombra. La reclusión

nos hizo sensibles a luz del sol, nos pusimos

colorados. Con todo en absoluto

vacío nos sentíamos los dueños de

cada rincón. Eufóricos hicimos el amor,

23


sin vergüenza continuamos nuestro

paseo con poca ropa. Sentimos las miradas

escandalizadas desde las casas

de los todavía sobrevivientes. Ni la contigüidad

con la muerte los separaba de

sus muy afianzados códigos morales.

Augusta en éxtasis gritaba:

—¡Salgan! ¡Qué esperan! ¡De todos

modos nos vamos a morir!

Nadie respondió a su invitación. Continuamos

solitarios en nuestro pueblo.

Como dos ánimas errantes nos partimos

la garganta cantando y bailando

al tarareo de canciones que no recordábamos

bien. Por el cielo surcaba un

avión ¿o una paloma? Augusta me señaló

un cuarteto de cuervos, andando

uno atrás del otro, no vi nada.

Decidimos andar al río para refrescarnos.

Luego de renovarnos en sus gélidas

aguas y rehacer el amor, más tranquilos,

retomamos el camino. Adelante nos encontramos

con unos soldados neófitos

descansando en la sombra de un árbol.

—¿Qué hacen aquí? Están en territorio

peligroso. Necesitan irse —dijo uno.

—Disculpe, mi esposo y yo venimos de

lejos. Se nos descompuso el carro a mitad

del viaje. Buscamos ayuda. ¿Algún

pueblo cercano que nos pueda auxiliar?

24


—Todos los pueblos de región se contagiaron,

nadie sobrevivió —dijo otro.

—¿Y ustedes por qué no se contagian?

Pusieron caras de idiotas. El silencio

les cerró la boca a los militares. En segundo

uno contestó con voz trémula:

—Usted no comprende, señora. Como

trabajadores del gobierno recibimos la

atención adecuada a tiempo. Somos

inmunes. Olvídense de su carro y vengan

con nosotros.

Subimos al tanque con ellos. El sexo

y la caminata nos agotaron. La superficie

irregular que atravesábamos nos

mecía. Augusta dormía apacible en mis

brazos. La somnolencia me derrocó,

entre sueños recuerdo percibí la conversación

de los militares.

—Escuché que están encima de minas

hinchadas de oro. Los van a volar.

—¿Pero inventar una epidemia mortal?

—Sus casas son todo lo que tienen,

no habría manera de sacarlos. Además

no es nuestro asunto si mueren. Sólo

cumplimos órdenes.

—¿Y qué vamos a hacer con esos dos?

—Lo que se hace con todos los fugitivos.

Desperté. El tanque se había detenido.

Los soldados estaban tirados con la

cara llena de hoyos y ensangrentada.

25


26

CUADRO

AL ÓLEO

Por Guillermo G. Torres


Hace ya algunas horas que amaneció.

Permanezco acostado. Llevo

tres días en este lugar ¿Por qué

sólo recuerdo las primeras horas del

día? ¿Dónde estoy? La habitación se

me hace familiar. Frente a mí hay un

cuadro al óleo: una pareja de jóvenes

se abrazan, lo he visto antes. El color

violeta de las paredes me hace sentir

en casa, pero no estoy en casa. ¿Por

qué no recuerdo mi hogar? Hay poca

luz, las cortinas son de color oscuro,

impiden que los rayos penetran con

fuerza. Lo único que no me es familiar

es esa televisión delgada que está debajo

del cuadro. No quiero levantarme.

Estoy seguro de que los jóvenes allá

afuera me verán con mirada burlona.

Fingen conocerme. Si tan solo supiera

por qué estoy aquí. Son extraños. Me

tratan bien, ¿por qué? Me aterra ver los

retratos colgados, ¿quiénes son esos

niños? Intento levantarme pero mi

cuerpo es pesado, demasiado. Tengo

una herida en el brazo. Me siento tan

triste y desolado.

Casi siempre, al dar las nueve, una

joven entra a la habitación y me dice:

«Javier, el desayuno está servido», caigo

inconsciente y, de nuevo, vuelve a amanecer.

Seguramente me duermen con

alguna sustancia contra mi voluntad.

Pasan más minutos. Escucho que

alguien se acerca, la puerta se medio

abre, las palabras se dirigen a mí:

—Javier, el desayuno está servido.

Finjo dormir. La cabeza de la joven se

escabulle por donde entró. Es una muchacha

muy atractiva, su mirada era

cautelosa y sus gestos amables. Como

si temiera de algo, de mí. Ha dejado la

puerta entreabierta. Esta vez no vuelve

a amanecer. «Sigo consciente», pienso.

Ahora mis ojos están completamente

abiertos y mi corazón palpita de terror.

No me han sedado todavía.

Por fin logro incorporarme. Pienso

en encender el foco, quizá la luz me

despeje y me dé claridad. No reconozco

éstas sandalias, supongo el dueño

es ese viejo con uniforme militar del segundo

cuadro. ¡Sí! Ésta debe ser su habitación

y ésta debe ser su casa. Esos

niños de ésta otra foto deben ser los

jóvenes de fuera.

Por fuera se escuchan murmullos:

—El desayuno se le enfriará a papá.

¿Papá? Entonces el militar debe ser

su papá. Por fin lo conoceré ¿Por qué

no ha dormido en su habitación? Si

tan sólo pudiese soltar palabras le preguntaría

qué demonios estoy haciendo

aquí. Hace mucho que no puedo hablar.

Los murmullos se hacen más bajos:

—Déjalo, no lo molestes. Dale unos

minutos más.

—¿Crees que esté viendo los cuadros

nuevamente?

—Es lo más seguro. Sería la tercera

vez en la semana.

—Cada vez es más frecuente, me

preocupa.

—Y cada vez dura más.

Estoy aterrado. Siento escalofríos

en todo el cuerpo. Yo soy el que mira

los cuadros. Pienso que hablan de mí.

Jamás había tenido plena seguridad y

certeza en mis pensamientos. Pero si

de algo estoy seguro es que ellos no

son mis hijos.

¡Sí! Fingiré conocerlos y les seguiré

su macabro juego. Esperaré un buen

momento para escapar.

Escucho sollozos:

—Ya tardó mucho en salir... está empeorando...

iré a verlo.

—¡No!, no vayas, es peligroso. Recuerda

la última vez.

27


Odio su patética farsa ¡No me dormirán

otra vez! Tomaré el cuchillo que

guardé en una de las cajas de zapatos

¿Por qué sé de la existencia de este cuchillo?

¿Por qué mi vieja guitarra está

colgada? ¿Por qué la foto de mi difunta y

querida esposa está puesta en la pared?

Este encierro me está enloqueciendo

¡Debo escapar ahora! Antes de que sea

demasiado tarde. No me quedaré otro

día más. No me volverán a dormir.

La puerta se abre y alguien entra. Yo espero

escondido detrás. Espero, con la adrenalina

en cada músculo, ansiosamente ver

la silueta adentrarse. Le rebano con precisión

la carótida, el entrenamiento militar

me ha servido, ¿entrenamiento militar? El

cuerpo cae al suelo, la alfombra detiene su

caída. De pronto, un grito ensordecedor:

—¡Papá!, ¡no!, ¡qué… qué hiciste! —el

joven comienza a llorar. Preparo el cuchillo

y le digo:

—¿Por qué chingados me tienen

secuestrado?

En seguida miro la sala principal que

no había podido ver antes. Es la sala de

mi casa, ahí está el sofá y la mesa de

centro con la planta que tanto le había

gustado a mi mujer. He asesinado a mi

hija. Miro hacia abajo, el joven se hinca

y abraza a mi hija que escupe sangre.

Justo como el cuadro.

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30

TIEMPO

Y ESPACIO

Por Juan Luis Elizarraraz Fernandez


Descubrir vida inteligente en otro

planeta fue uno de los hallazgos

más grandes del siglo XXI, pero

lograr comunicarnos con esa otra especie

avanzada definitivamente se lleva

el primer lugar. Todo gracias a los

avances de la astrofísica y la tecnología

telescópica. A comienzos del siglo ya se

habían creado telescopios capaces de

captar los principales elementos químicos

de los cuales está conformado

cualquier planeta de alguna galaxia lejana.

Gracias a esto se comenzó a buscar

por todo el universo planetas con

porcentajes de elementos químicos

parecidos a los del planeta Tierra.

No paso mucho tiempo antes de que

se encontrara el primero: Kepler-186f,

luego Tau Ceti e y al poco tiempo se

fueron encontrando otros. El siguiente

paso de los científicos fue idear una

manera para mandar una o varias señales

diferentes a estos planetas lo

más potentes y rápidas posibles pues

se encuentran a algunos años luz de

distancia (longitud que recorre la luz

en un año). Fue gracias a esto que se

construyó el Arcadia, el satélite artificial

más grande jamás creado por el

hombre. Capaz de mandar diversas

señales a distintos puntos del universo

a la velocidad de la luz. Cabe resaltar

que debido a las leyes de rigen nuestro

universo nada puede viajar más rápido

que la velocidad de la luz.

Fue así como se mandaron señales a

todos los exoplanetas conocidos hasta

la fecha. La señal contiene un poco de

información sobre el sistema solar, nuestro

planeta y del ser humano, así como la

posible localización de nuestro sol. Este

último punto fue complicado pues en el

espacio no hay un punto de referencia en

el cual nos podamos basar para dar las

coordenadas exactas de nuestro planeta.

Lo que se hizo fue describir las galaxias

que rodean a la Vía Láctea y las estrellas

que rodean nuestro sol.

No se esperaban señales de respuesta

hasta dentro de 22 años (si es que las había)

pues el exoplaneta más cercano era

Tau Ceti e, encontrándose a 11 años luz

de distancia. Fue una sorpresa para todo

el mundo, en especial para la comunidad

científica, cuando después de 12 años de

haber mandado las primeras señales se

obtuvo una respuesta. Era imposible, a

menos que alguna de estas se hubiera

interceptado en el camino, pero si este

no era el caso, se estarían desafiando las

leyes que rigen el universo.

El mensaje estaba en código binario

por lo que se concluyó que esta raza al

parecer más avanzada que la nuestra,

poseía tecnología similar. El mensaje

contenía una posible ubicación de manera

similar a la utilizada por los astrofísicos

hace 12 años por lo que se pudo

deducir que provenía de Tau Ceti e, no

contenía información sobre su especie

ni su sistema solar, lo que contenía era

información con conocimientos más

avanzados para poder comunicarnos

de la misma manera que ellos.

Se explicaba que el universo está

conformado por hilos y ligas por así decirlo,

los cuales rigen todas las leyes del

universo, pero que había una manera

de aprovecharse de su estructura para

que las señales viajaran 10 veces más

rápido de lo normal. Se modifico el Arcadia

para que pudiera enviar señales

de la misma manera que los Tautianos

(nombre que se le dio a la especie del

planeta Tau Ceti e). El mensaje que

se envió agradecía los nuevos conocimientos

y solicitaba información sobre

su planeta y su especie.

31


Pasaron dos años y se recibió una

segunda señal de los Tautianos, los medios

de comunicación presionaban a las

agencias espaciales para que transmitieran

el mensaje en vivo, pero la ONU

lo prohibió, era un tema delicado pues

no se sabía que esperar de una especie

avanzada distinta a la nuestra. Para sorpresa

de todos los científicos, el mensaje

no poseía nada de la información

solicitada. Básicamente el mensaje era

de auxilio, el planeta estaba al borde de

la destrucción debido a la sobreexplotación

de sus recursos naturales.

Por los siguientes años se siguieron

intercambiando mensajes a manera

de señales binarias. Era una especie

bastante parecida a la nuestra, no en el

aspecto físico, sino en la manera en la

que se desarrollaba la vida. Tenían familias,

labores sociales, comerciaban,

etc. Pero también poseían los mismos

defectos que nuestra especie: eran envidiosos,

tenían entre ellos guerras y no

cuidaban su planeta de manera sustentable.

Esto fue lo que los llevo al borde

de la extinción.

Ir hasta el planeta Tau Ceti e era una

tarea imposible, los Tautianos lo sabían,

ellos decían que su especie estaba destinada

a perecer. Lo que querían era

transmitirnos sus conocimientos científicos

para que estos no se perdieran en

el tiempo y espacio, pero eran demasia-

32


dos como para mandarlos por el medio

de comunicación actual y el tiempo se

les acababa pues solo quedaba el 1% de

su población y todos estaban enfocados

en encontrar la manera de hacernos llegar

los conocimientos.

Se determino que si se mandaba la

señal de manera normal (obedeciendo

las leyes del universo) esta podía ser lo

suficientemente grande como para entregarnos

toda la información que nos

querían transmitir. Nos avisaron que

la señal había sido lanzada con éxito y

que la esperáramos dentro de 11 años.

Se consiguieron mandar y recibir dos

mensajes más en los cuales se preguntaban

las dudas más concurrentes de

los científicos y de la humanidad en general,

pero después de mandar la tercera

señal con preguntas no se volvió a

recibir respuesta alguna.

Ya han pasado 11 años desde que los

Tautianos nos mandaron la señal con

sus conocimientos, todos los científicos

y medios de comunicación están

a la espera de la señal. Pero han surgidos

algunas preguntas sin resolver:

¿Qué fue de los Tautianos?, ¿Acaso nos

espera un destino similar al suyo? y

si sí ¿Correremos la misma suerte de

ellos al encontrar una especie a la cual

transmitirle nuestros conocimientos o

nuestra especie quedara perdida en el

tiempo y espacio?

33


SOBRE LA

ESCRITURA Y

LA ORATORIA

Por Eduardo S. Imbaquingo B

Hablar de un material corpóreo no

es lo mismo que hablar de las intenciones

que instan a un sujeto

operatorio a modificar tales materiales

con finalidades técnicas, las cuales serán

ora aplicadas, ora desechadas. Ni

tampoco un material es lo mismo que las

técnicas aplicadas sobre ella, por obvias

razones. Una cosa es hablar de la Gramática

como un dirigente estructural de la

lengua para comunicar un objeto, y otra,

34

de los fenómenos intrínsecos a la lengua

y su aplicación, sean mencionados, por

ejemplo, los metaplasmos y la retórica.

No diremos que la finalidad de la Gramática

sea volverse retórica, ni que la pronunciación

esté destinada a convertirse

en un metaplasmo. Es la intervención de

un fenómeno operatorio externo a los

objetos mismos que componen la Gramática,

aquel que suscita semejantes

modificaciones en ellos.


Entonces, concluiremos que el habla

oral y escrita no depende el uno

del otro para constituirse formalmente

en un determinado individuo. Sin

embargo, nuestra visión no se opone a

las estructuras mediatas del lenguaje

(objetivas); usualmente alteradas en la

inmediatez por un determinado error

en el habla oral, que se suele pasar

desapercibido y hasta se consiente (los

metaplasmos; estructuras subjetivas).

No obstante, al ser posible el habla

oral al margen de la escrita, consideraremos

la escritura como referenciada

a los objetos-externos que designan

las palabras dibujadas. Lo que no implica

la imposibilidad de términos que,

abarcados por otros, o abarcadores de

otros, designen otras palabras y sentidos

relacionados mucho más amplios,

que generan así, gnoseológicamente:

ideas, creencias y prejuicios. Lo gno-

35


seológico no modifica la materia, sino

que lo mide con la precisión en que

sea necesario para una determinada

función. Razón por la cual, no todo teorema

es aplicable a cualquier situación.

Teoremas Químicos no vendrían a ser

similares a los Métodos Filológicos, ni

funcionales en cualquier campo.

Lo mismo con la técnica de aplicación,

que no siempre resulta aplicable,

aunque no por ello pierda su carácter

de técnica pero sí de aplicabilidad. Los

datos materiales recolectados por el

sujeto operatorio de su entorno, las

fuerzas físicas implicadas entre el coaccionar

de los cuerpos involucrados en el

fenómeno percibido, y la comprobación

de los distintos teoremas o hipótesis

empleados para la medición: resultan

fundamentales para cualquier proceso

que pueda denominarse lógico.

De aquí, partimos para decir que antes

hay significancia de los objetos percibidos,

para luego, en su relación lógica

con otros fenómenos reflexionados,

brindarles un sentido que nos permita

interpretarlos, de tal modo que poseamos

un conocimiento sobre los mismos.

El sentido varía lo mismo que la significancia

de algo, puesto que hay variedad

de objetos, así como variedad de análisis

categoriales que pueden asignársele

a un mismo objeto: conseguir que una

hipótesis categorial tenga coherencia

con la realidad, es labor del científico;

conseguir que los juicios y las ideas sobre

la materia y la realidad no se desborden

más allá de lo que propiamente son,

implica una tarea más bien propia del

filósofo. No negamos, sin embargo, que

ambas identidades puedan ir juntas en

el mismo sujeto operatorio.

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37


LOS

CONCERTANTES

Por Amilcar R. Cal

38


Desde la torre sur podemos ver

toda la llanura y el arroyo que

lo atraviesa. Solo un poco más

allá está el bosque. Árboles inmensos

que enredan sus ramas hasta formar

bóvedas impenetrables por los soles

en el cielo. Las monstruosas raíces, de

varios metros de grosor, sobresalen

sobre tierra y se retuercen entre ellas

configurando enmarañados laberintos

donde fácilmente cualquiera podría

extraviarse. Solo dos veces habíamos

llegado hasta los límites del bosque.

Nos aventuramos a entrar unos pocos

metros, pero no es ese el objetivo de

nuestra misión. Nos limitamos a recoger

muestras y a marcar algunos senderos.

Nuestros objetivos están al norte,

en los linderos del lago y alrededor

de las extrañas formaciones calcáreas.

Pero por alguna inescrutable razón a

mí me atrae aquel sitio, se me escapan

los ojos contemplando tales parajes

inundados de extraños perfumes y con

una insólita claridad que parece provenir

de las entrañas mismas de la tierra.

Llevamos seis meses en este lugar. Un

planeta perdido en la maraña de sistemas

de Andrómeda. Formamos parte

del enjambre de exploradores que nuestra

corporación mantiene desperdigados

por los principales cuerpos celestes

bajo su área de mecenazgo, en busca de

blancos comerciales o plazas prometedoras

donde desarrollar después sus

planes de inversiones. Ya he hecho este

trabajo otras veces. Dinero fácil y experiencias

para llenar un morral.

Hace cuatro días escuché el primer

sonido. Una especie de rumor que parecía

inundar la débil brisa. Al principio

me pareció que podría ser cualquier

cosa, incluso el paso del viento entre

los riscos. Pero pronto percibí que era

algo distinto. El murmullo dio paso a

unos silbidos perfectamente identificables.

Provenían del sur, de aquel bosque

oscuro.

Preparamos una exploración. Cuatro

hombres nos alistamos y salimos en

aquel rumbo. Al acercarnos nos percatamos

de que los silbos adquirían diferentes

tonalidades, sonaba como una

música nacida de la espesura. Levantamos

el campamento en los límites del

bosque. Dedicamos todo el día siguiente

a introducirnos entre las gigantescas

raíces para rastrear el origen de aquellas

intrigantes cadencias. Para nuestra

sorpresa los silbos se multiplicaron,

aparentaban venir de todas partes. Seguíamos

la dirección correcta con meticulosidad,

pero cuando estábamos

próximos el silbido callaba para renacer

enseguida en otro sentido, más allá

de nuevos muros de raíces. Uno de los

nuestros hizo notar el detalle de que

quizás estaban jugando con nosotros,

o peor aún, de que intentaban atraernos

al interior de la selva. Esta idea me

sobrecogió. ¿Existe alguna clase de

vida inteligente en este planeta ignoto?

¿Especies que desconocemos y que

ahora se muestran para darle un vuelco

inesperado a nuestra misión?

No quisimos adentrarnos en la selva

más de lo que nos dictaba la sensatez,

así que cuando los rumores resurgían

más al sur volvíamos sobre nuestros

pasos. Por la noche, mientras dormitábamos

sobre nuestras mantas, un

dulce gorjeo como de palomas empezó

a escucharse. Alguien dijo que nos estaban

arrullando con una canción de

cuna. No sé cómo algunos de mis compañeros

pueden bromear con un asunto

tan serio como el que nos ocupa. Yo

fui el único que me mantuve en vela

39


la mayor parte de la noche. Cuando el

alba despuntó me sentí cansado, mis

piernas no tenían ánimo para lanzarse

durante aquella jornada a una aventura

prolongada. Aún así me incorporé a

la tropa.

Nos introducimos por un nuevo trillo,

más al oeste que los explorados ayer.

Pronto la claridad de afuera cede paso

a una penumbra. Avanzamos muchos

metros, las raíces forman un túnel de

paredes compactas. Nunca la oscuridad

llega a ser absoluta, es evidente

que alguna especie de luz emana de

entre las raíces. Mis acompañantes se

detienen junto a una formación en el

camino. Es alguna especie de musgo

bioluminiscente, de estructura porosa.

Encontramos más de ellos a medida

que avanzamos. El grupo se detiene

para examinar estos hallazgos, pero

yo sigo el recorrido como hipnotizado

ante lo recóndito.

El túnel se va estrechando, parece

un embudo que quiere llevarme a alguna

parte. Los silbidos reaparecen con

más fuerza, adquieren diferentes tonos

hasta convertirse en una melodía re-

40


conocible, una sonata que escuché en

alguna parte. Al final del túnel percibo

una claridad notoria. Apuro los pasos

y desemboco en un claro en medio del

bosque. Las raíces se han hundido en

la tierra, y ahora me encuentro en medio

de formaciones vegetales que parecen

palmeras. En la copa de los delgados

troncos puede verse una especie

de domo, un cascarón de tonalidades

rojizas que me recuerda una flor. Los

silbos salen de estos cascarones, pero

ahora con una pureza inusitada. Cada

«palmera» me recuerda un instrumento

diferente. Flautas, clarinetes, fagots,

trombones. Una orquesta interpretando

todo un concierto en medio de una

selva sideral.

Una de las «palmeras» se inclina hacia

mí. En la punta del cascarón dos labios

negros se abren. Detrás percibo un

complejo entramado de líquenes, hongos

y un espumarajo chorreante. La

música me tiene paralizado, no puedo

ni pestañar. El domo abierto me cubre.

Antes de que se cierren creo percibir

uno de los acordes de un divertimento

de Stravinski.

41


42

EL

ALZAMIENTO

Por K. Phylaso


A

pesar de haber sido creada para

una función bien distinta, hace

años que tan sólo me dedico a la

guerra, a la protección de mi tribu y a

las guardias de noches inacabables.

Mi raza vive en Comarcas. Los humanos,

hace tiempo que dejé de saberlo.

La Comarca en la que vivo se llama

Ágdalon, y cumple mayormente la función

de preparar tantos hombres como

sea posible para la batalla.

En cada Comarca hay al mando un Mayor,

que es nuestro mentor, nuestro consejero

y a las veces nuestros curandero.

Es el más viejo y más sabio de todos, el

que más duras historias ha sufrido, a la

par que remedios ha descubierto.

El Mayor de Ágdalon posee conocimientos

en alquimia y medicina. Él nos

protege y educa, nos alienta e insufla

ánimos, y repele con todo su ser la lucha.

El Mayor nos instruye para defendernos,

no para matar.

Ése había sido siempre mi pensamiento,

hasta aquella fatídica noche, en

que me confesó que los humanos habían

acabado con Ehdin, mi compañero.

Ahora mi posición era bien distinta.

Formé una pequeña comitiva, de no

más de quince guerreros, que acudieron

junto a mí a reconocer el terreno…

Aunque poco había ya que pudiéramos

reconocer. Cuantas casas habíamos

construido para los niños, sus escuelas,

sus parques y sus bibliotecas… No

quedaba nada de ello, más que fuego

y cenizas.

Algunos lloraron al ver los cadáveres.

Otros no supieron reaccionar.

Había Carroñeros recogiendo los

miembros de esquejes fallecidos, aún

útiles para ser utilizados en otros, enfermos

o a quienes les faltara una parte

tras haberla perdido en combate.

Los Carroñeros eran grupos de esquejes

hiena o buitre, que cumplían

una gran labor en nuestra familia a pesar

de lo repugnante que era a simple

vista lo que hacían.

El cuerpo de Ehdin, si seguía entre

los escombros, no lo hallé. Mis ojos se

encontraban demasiado turbios como

para poder fijarse en cuanto había.

Al regresar al Castillo Lunar, me excusé

con el pretexto de necesitar unas horas

de sueño, y allí, sola, amparada en

las sombras y la tristeza, lloré cuanto

había callado desde la noche anterior,

cuanto no había podido confesar ante

nadie, cuando aquel dolor que aún atenazaba

mi pecho, comenzó a asfixiarme

y a no dejarme pensar con claridad.

Ehdin no vendría aquella noche a nuestro

cuarto, y ver aquel enorme colchón

en el suelo tan sólo hacía que mis lágrimas

brotaran con más rabia.

¿A cuánto horror estaban dispuestos

los humanos a recurrir para salirse con

la suya? ¿Qué intentaban demostrar

con aquellos macabros actos?

Hubo un momento, demasiado confuso

el respirar de mi corazón envenenado

de pena, con la suave brisa que

se filtraba por la ventana, en que me

dormí, cayendo en una agobiante pesadilla

de la que no desperté hasta horas

más tarde, sudada y agitada.

Seguía siendo tan de noche como

cuando decidí retirarme a mi cuarto.

A partir de entonces sería mi cuarto,

pues ya no era nuestro. Ya no había un

quien con el que compartirlo.

Ellos lo habían matado.

Había dormido sobre el colchón, sin

molestarme por taparme siquiera. Quizá

intentaba hacerme daño físico, para

tratar de aliviar el mental, pero de ser

así lo había logrado; estaba congelada.

43


Tomando una larga capa de invierno,

la coloqué sobre mis hombros y mi

largo cuerpo, y cubrí cuanto pude mis

patas traseras, y parte de las delanteras.

Recogí mi largo cabello y me coloqué la

capucha, de la que salían, por sendos

agujeros, mis grandes orejas de caballo.

Hubo un tiempo en que me avergoncé

por ser lo que era. Un monstruo, un invento,

una aberración, un experimento, un…

montón de restos. Un esqueje. Así nos

habían bautizado ellos. Y ahora su descalificativo

era nuestra bandera, nuestro

nombre de honor para nuestra tribu.

Hacía décadas que había dejado de

compadecerme por mi aspecto. Ahora

mi aspecto soy yo y, al contrario, me

siento orgullosa por representar la pureza

de un ser tan noble.

—No debes sentirte avergonzada…

Ellos te temen por ser superior —decía

Ehdin, acariciando mis orejas, que siem-

44


pre permanecían escondidas bajo una

capucha—. Eres hermosa, Ilaria, por

dentro y por fuera. Y algún día ellos se

darán cuenta…

El recuerdo dolía. Dolía tanto como

su pérdida. Bueno, mentía. No sabía

qué era peor, si recordar cada momento

vivido a su lado, o cada instante en

que ahora ya no estaría junto a mí.

Ehdin no habría querido verme enloquecer

buscando venganza. Ehdin no

querría que me alistara la primera, para

encabezar la mayor rebelión jamás acontecida

en la historia, nuestra historia. La

historia de los esquejes, que jamás deberíamos

haber sido creados. Ehdin no…

—Ehdin no está —murmuré, con rabia,

dejando que las palabras escaparan por

entre mis dientes firmemente apretados—.

No importa lo que Ehdin no quiera,

porque no está —me repetí—. Ellos lo

mataron. Y yo los mataré a ellos.

45


46

SELFIES

Por Jorge Hugo Veneciano


A

cambio de una vida, apenas un

archipiélago de imágenes, una

sucesión de selfies. De instantáneas

jubilosas encaramadas sobre

una montaña de pesares. La Sole tiene

diecinueve años. A veces, cuando

el desamparo la agarra con la guardia

baja, pareciera que menos, y a punto

de quebrarse. Otras veces, cuando se

recompone, pareciera que más.

Ataviada sólo con una minúscula tanga

roja que dibuja el contorno suave de sus

glúteos morenos, la Sole se acomoda ante

el espejo el pelo negro y vuelve a sonreír

para sí. Aunque —ella lo sabe—, también

para otros. Largo y sedoso, el cabello se derrama

sobre los hombros desnudos y la primera

elevación de los senos cargados de

leche. Practica gestos, sonrisas, miradas ingenuas,

caritas pícaras, enojos y trompitas.

El crío vuelve a llorar y asoma las manitas

por sobre el borde de la cuna despintada.

Se vuelve hacia él con una mezcla

de fastidio y ternura, lo levanta y se lo

prende a la teta hinchada sin ocultar su

impaciencia. Al cabo de unos minutos

el bebé se duerme nuevamente y la

Sole lo regresa a la cuna.

El cuarto es asfixiante. A sus dimensiones

reducidas se suma el desorden

y una atmósfera de encierro. Selfies.

Imágenes. La vida como fogonazos. La

cama de una plaza destendida. La cuna

contra la pared, sobre una gastada cajonera.

Dos banquetas con el tapizado

rajado, cubiertas por ropa sucia. El eco

de los gritos de Alcira, su madre (¡No me

traigás más el pendejo para que te lo

cuide! Como si yo no tuviera demasiado

con mis propios quilombos…). Selfies.

Imágenes. Cajas con pañales y ropa de

bebé. Envases de leche en polvo. Mamaderas

y vasos plásticos. En un rincón el

televisor encendido permanentemente,

porque «aunque el bebé no entienda, lo

entretiene, le hace compañía». La mirada

torva de doña Azcurra, la dueña del

cuartucho, por el atraso de dos meses

en el alquiler. El secreto anhelo de alcanzar

la fama, de aparecer en la tele,

aunque sea por un instante.

En la pared adyacente a la que está

adosada la cama, una improvisada cómoda

con el espejo trizado en un costado.

Allí la Sole ensaya nuevamente

caritas y vuelve a acomodarse el pelo

después de repasar con un trapo el

pezón succionado por el bebé. Ya lista,

recoge el teléfono móvil y dispara

media docena de veces hacia su rostro

sonriente, cuidando que las tomas no

denuncien las paredes descascaradas

y húmedas. Cruza luego hasta la mesita

con la Tablet y descarga las selfies.

Las examina una y otra vez, y selecciona

las tres que la conforman más para

subir al Face.

En ese mundo virtual ella, la Sole, es

Yénifer Sombra, una jovencita desinhibida

que incorpora a diario fotos subidas

de tono para cientos de seguidores

que vuelcan comentarios que oscilan

inexorablemente entre la vulgaridad y

lo bizarro. Es en esos momentos cuando

la Sole duda y quiere ser Yénifer,

sólo Yénifer. La de las selfies devoradas

por sus seguidores. La del «¡Pendeja,

mandame por mensaje privado fotitos

que me calienten!». «Guacha, subime

fotos con la tanguita negra, y vayamos

arreglando el precio!».

Y entonces se pone la pollerita corta

y ceñida color turquesa, un top negro

que libera su cintura y aprieta los senos

turgentes, con dos botoncitos que nunca

prende. Levanta un poco el volumen

del televisor antes de salir, para que el

crío no la extrañe. Con algo de suerte

47


y un par de clientes cada día, en poco

tiempo podrá juntar para saldar un

mes del alquiler y tranquilizar a doña

Azcurra. El crío llorará de a ratos, pero

se terminará acostumbrando a esas escapadas

cotidianas. Hasta que le salga

algo mejor, piensa la Sole, que así vestida

es ya la Yénifer.

Un par de días más tarde, cuando la

policía, acompañada por doña Azcurra,

abre el cuarto, el olor dulzón a mierda

y leche en polvo les voltea la cara. Un

enjambre de moscas circunda la cuna.

Desde el rincón el televisor sigue destellando

imágenes. Una mujer policía,

apretando la boca, espanta las moscas

y con la mirada confirma el desenlace

a los demás. Cubre el pequeño cadáver

con una toalla mientras en la tele por

enésima vez, sin pudor, se corporiza la

desnudez de la Sole, semienterrada en

un baldío. En el vértice superior derecho

de la pantalla, en un recuadro, la foto

borrosa del presunto femicida. Doña Azcurra

refunfuña mordiendo las palabras:

«¿Y ahora quién carajo me va a pagar los

dos meses de alquiler?». Selfies. Imágenes.

Los agentes colectando pruebas.

Pidiendo instrucciones por teléfono.

Los primeros fotógrafos. La histeria artificiosa

de Alcira. Vecinos que fingen indignación.

La mirada curiosa de alguna

otra Sole que quiere ser Yénifer. Y la tele

que, insaciable, pide más.

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EL ENSAYO

FILOSÓFICO

Por Eduardo S. Imbaquingo B.

Toda idea tiene que ser referenciada

hacia un determinado punto.

No podemos configurar una

estructura filosófica, basada en una

simple relación monista entre términos

desligados de un referente con el

cual contextualizarse. Éste referente

será unas veces el espacio-tiempo particular

que rodee a un acontecimiento

determinado (como es el caso de la

Historia y el Lenguaje), otras, el mismo

50

objeto que intenta delimitarse a sí, mediante

su referencia con otros objetos

que le sean inherentes: como la clasificación

de los elementos químicos.

Un contexto para la idea de causa-efecto,

por ejemplo, vendrían a ser

las líneas causales de las que habló

Russell; líneas causales que siguen una

trayectoria definida y que no son equivalentes

a otras líneas causales, y es

que recordemos: no todo efecto tiene


la misma causa, y así, no toda causa

produce cualquier efecto.

Consideramos que el mayor error

en la Filosofía, ha sido tratarla como

si fuese un cuerpo homogéneo solamente

retórico, solamente oratorio o

simplemente lingüístico y filológico

(lo que no implica negar que su origen

sea literario y textual). No negamos la

existencia de escuelas o corrientes que

puedan generar ciertas Instituciones,

cuya filosofía corporativa será considerada

«Administrada»; distinta de la

«mundana», por ejemplo. Señalaremos

a la Filosofía escolástica como un exponente

clásico, en contraposición al

existencialismo iniciado por Sartre.

Afirmamos que para escribir un ensayo

filosófico lo menester consiste

en dar un trato claro y sistemático al

lenguaje, así como presentar un estudio

investigativo de la lengua y de la

51


Historia; sin embargo, entendemos al

elemento lingüístico como subordinado

a las ciencias de primer orden, sean

éstas lógicas o corpóreas. Un ejemplo

simple: aunque pueda enunciar la oración,

si estoy en un punto de la tierra y

lanzó algo al suelo, éste irá hacia arriba,

eso no quiere decir que el mismo

enunciado sea posible, ya que toda evidencia

registrada por nuestro sentido

común, nos indica que no es así.

Una relación de orden es distinta de

una clasificación; aunque estén intrínsecamente

relacionadas. Una relación de

orden produce distintas organizaciones

de los mismos elementos, como 2 3 =8 y

3 2 =9, los mismos elementos (números)

producen distintas equivalencias, puesto

que sus relaciones están distribuidas

en un orden distinto.

La clasificación, por otra parte, requiere

el previo conocimiento de ciertas

relaciones de orden entre diversas especies,

cuyas conexiones y transformaciones

(y por ende, el conocimiento de los

mismos), determinaran la precisión de

una clasificación determinada, sea por

convenio, sea por comprobación. Por

ejemplo, la clasificación de los elementos

químicos, creada por Mendeléev.

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DESDE EL

MÁS ALLÁ

Por Esteban Miranda Ríos


Juzgado civil 17

Juicio No. 3482

Sesión ordinaria: audiencia de sentencia

(Se hace uso del transmisor de voz

interdimensional, mejor conocido

como el invocador. Se deja constancia

en el acta).

Se le pide al testigo dar su versión en el

lapso de sesenta minutos, según el decreto

8743 del año 2136, el cual hace referencia

al uso de artefactos de ondas transmisibles

a escala de cuatro dimensiones.

El juez indica a la fiscalía encender el

aparato y ubicarlo en el estrado.

—¿Jura decir toda la verdad?

—Sí, juro decir toda la verdad.

—Diga su nombre y apellido.

—Kaleth Reus.

—¿De qué Colonia?

—Colonia X3, Luna 7.

—¿Profesión?

—Minero de asteroides y planetas

pequeños.

—¿Conoce usted al acusado?

—Sí, Su Señoría.

—¿De dónde lo conoce?

—Es mi asesino

—De eso es de lo que se le acusa al

implicado, asesinato en primer grado.

Por falta de pruebas la fiscalía ha solicitado

su versión de los hechos por

medio del invocador, con la respectiva

aprobación de los magistrados plenipotenciarios

del sector judicial delta

siete. Se le solicita cuente su versión de

los hechos, ciñéndose estrictamente a

lo ocurrido y de la forma más detallada

posible. ¿Le queda claro?

—Sí, Señor Juez, me queda claro.

—Entonces adelante.

—Era seis de septiembre y debían ser las

dos de la tarde, pues yo me encontraba

en el hangar preparando todo para salir a

trabajar. Mi turno comenzaba a eso de las

tres. La compañía en la que trabajaba en

vida es pequeña, solo diez mineros, pero

todos muy buenos y, además, no me iba

nada mal. Tuve que ir a la bodega porque

mi nave necesitaba un repuesto. Nada

grave, una arandela que se había extraviado

en mi último viaje. La bodega está

finalizando el hangar, hay que bajar unas

escaleras para llegar a ella. Es un pequeño

cuarto lleno de partes de naves y cosas así,

en la bodega me dio un poco de dificultad

encontrar la dichosa arandela por todo el

desorden, hasta que pude ver unas cuantas

en una pequeña caja ubicada en lo

más bajo de un estante. Tomé una y fui de

nuevo al hangar.

—¿Eso es todo?

—Así es, Señor Juez.

—¿Volvió después por otra cosa?

—No, Señor Juez, puse la arandela en

su sitio y despegué al instante.

—¿Puede decirme entonces cuando

fue asesinado?

—Señor Juez, me temo que no puedo

hacerlo.

No tenía ni la menor idea de lo que

estaba pasando. El invocador iba a

ser la prueba irrefutable del asesinato,

después de haber conseguido la autorización

todo debía ser pan comido. No

existía ningún precedente de falla con el

artefacto, pero aquí nos encontrábamos.

—Señor Juez, solicito que la fiscalía pueda

realizarle algunas preguntas al testigo.

—Concedido.

—Muchas gracias, Su Señoría. Ahora

bien, usted relata que fue a la bodega

en búsqueda de una arandela que le

faltaba a su nave. Según los informes,

esa arandela fue extraída en el hangar

después de su último turno, ya que el

escaneo de rutina muestra normalidad

horas después del aterrizaje. Los infor-

55


mes de la fiscalía también dan cuenta

de que su cuerpo fue encontrado en la

bodega el día ocho de septiembre por

un compañero suyo, tenía usted doce

puñaladas en el tórax. Los forenses establecieron

que su muerte fue a las dos y

quince de la tarde. Ni un minuto más, ni

un minuto menos. ¿Cómo es posible que

haya podido realizar su turno de las tres

de la tarde, cuando a esa hora ya debía

estar muerto o, mejor dicho, asesinado?

Respiré profundo, cada palabra era

medida con precisión. Vi que el acusado,

el cual hasta ahora notaba, mostraba

una mueca repugnante. Parecía victorioso.

Por unos segundos el invocador

permaneció en silencio, después se escuchó

estática y por último se oyó la voz

de la víctima que ahora hacía de testigo.

—Siento mucho el mal entendido. Ese

día me reporté enfermo, no sé por qué

dije lo de la arandela, debió pasarme

otro día. A veces el trabajo te fatiga hasta

esos niveles. Creo que fue un desliz.

Aquel día estuve en mi casa recuperándome

de una fuerte virosis.

—Pero usted fue asesinado ese día en

la bodega, ¿estoy en lo cierto?

—Totalmente.

—Si es así, ¿por qué dice que ese día estaba

en su casa enfermo? ¿Cómo es posible?

La noche anterior me sentí mal, fiebre

y vomito. Por eso tuve que llamar al jefe

y decirle que no podía ir, no hubo ningún

problema y me reporté al día siguiente.

—Entonces, según usted, ¿cuándo fue

asesinado?

—Yo fui asesinado el seis de septiembre

en la bodega, mientras buscaba

una arandela.

—Señor Juez, no más preguntas. Me

gustaría continuar con el próximo testigo.

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ACOMPAÑANTE

Por Íñigo Redondo Egaña


Dónde estoy? Solo hay negrura y

silencio. Yazgo sobre un lecho

de cañas verdes, siento su olor,

recién cortadas. Es agradable, pero

me trae recuerdos que no me gustan,

me lleva al templo del vigilante de los

muertos. Aquel aroma del almizcle, y

de palma y canela, aunque allí se mezclaban

con los de las inmundicias, con

sangre y bilis, con vísceras y humores

negros. Estoy descalzo. Y desnudo. No

importa, hace calor, no hay brisa, solo

quietud. Una quietud que pesa, que me

oprime, que no quiere que me mueva.

Estos bultos… Son buenas telas, sedosas,

bien tejidas, huelen a limpias.

Tropiezo una vez y otra, sin cesar, cuánto

ruido de repente. Esta sala no tiene

el suelo en un solo nivel, hay huecos de

distintas formas y hay escalones que

me hacen chocar. Quizá pueda encontrar

un pasillo o una escalera que me

lleven a otro sitio. O mejor buscaré una

pared y la seguiré palpándola hasta llegar

a una puerta. Pero, qué he pisado,

me he mojado los pies. No, no es eso,

es que están sangrando, me he cortado

con algo. Ya, ha sido ese ruido de antes,

he roto una vasija. Suenan también piezas

de metal, las pateo sin quererlo. Es

un montón de adornos. Parecen petos

y collares. Hay muchos. Y esto son bocados,

orejeras. Hay aquí jarras, vasos.

También charolas, azafates… Muchas

piezas son de tacto suave. ¿Son de oro?

Es fino y delicado su pulimento. Parece

un ajuar muy rico, riquísimo, como el

del señor. Yo vi cómo lo acomodaban

en la cámara, ordenado alrededor de

su cuerpo ya preparado para el viaje.

¡No, no puede ser! Esas telas… son…

son los fardos funerarios de sus esposas

y sus principales. Y el olor… tan

agradable y tan opresivo, a resinas y a

casia. ¡Claro! La palma, la canela, son

los aromas de los bálsamos rituales.

¿Por qué estoy aquí, quién me ha traído?

Yo vi la ceremonia completa. Ayudé

a depositar todas las pertenencias del

señor, todo lo que necesita en el mundo

de después. Yo estaba allí. Terminamos

y cerramos las puertas. ¿O no vi también

el final, la clausura del sepulcro?

Había armas y alimentos preparados

para el señor. Los buscaré. Tendré

tiempo y fuerzas para abrir hueco al

pasillo de acceso. Recuerdo cómo es.

Algo pesado en el ambiente me hace

llorar, deben de ser esos polvos de

roca que usan antes de envolver los

cuerpos. Esa minúscula arena me corta

los ojos como garras de jaguar. Más

sangre, esto es más sangre, en la frente,

otro golpe, con una estaca afilada, una

de las que soportan los cuerpos de los

perros calatos y las vicuñas del señor.

Esta vasija sí suena, hay algo. Es chicha

de jora, por fin algo que me calme este

ardor en la garganta.

¿Qué es ese ruido? ¿Hay alguien? Hay

alguien.

―¿Quién va?


Ya comprende. Hablaremos ahora.

―Soy yo. Y sí, sé lo que crees y estás en

lo cierto: estás en el sepulcro del señor.

―Tú. Reconozco tu voz. Tú eras su lugarteniente

y su arquitecto. ¿Qué hacemos

aquí? Salgamos ya.

―Te confundes, yo lo dispuse todo.

Hice que te adormecieran y te trajeran.

Has tomado la bebida que dejé para ti.

No busques más, no hay agua ni comida.

Esas ofrendas están en otra cámara.

Tampoco busques armas, su almacén es

otra estancia debajo de esta, donde las

59


custodia su general, que, como yo, acompaña

al señor. Pero aquí tienes tu lecho,

no te alejes más de él, ve y túmbate.

—Un lecho para mí. No quiero un lecho.

—Es el lugar que merece el sanador

que nada hizo por impedir que se fuera

la vida del joven príncipe y el más grande

héroe. Tus días deben terminar ya

que nada fabricaste cuando llegaban a

su fin los suyos.

―Pero… ¿y tú?

―En mi yacija, a la diestra del señor,

guardo un licor amable, que tomaré

enseguida para partir con él. Ahora

comenzará tu viaje al mundo inferior,

notarás el efecto del jugo que preparé

para ti y que ya has tomado, verás

monstruos, tragarás lodo amargo, no

habrá más camino.


No me oye, no sirve de nada gritar, ha

debido de beber ya su propio brebaje

de muerte, pero no puedo dejar de hacerlo.

Grito para salir, porque alguno

de los espíritus protectores tiene que

estar escuchándome.

Yo no podía salvar al señor, uso remedios

antiguos, conozco las reglas de las

estrellas, descifro los calendarios, pero

no soy hechicero ni puedo hablar con

los dioses. ¿Qué podía yo hacer? ¿Qué

estaba en mi mano que diera en salvar

al señor? Nada. El custodio ha tomado

ya el veneno, sí. Este es su cuerpo, inmóvil

y caliente. Ya no respira.

¿Qué son esos ruidos? Suenan timbales

muy lejos, bufidos de leones marinos, si-

60


seos de una plaga de insectos volando violentos,

truenos bajo el mar. No puedo tropezar

con todo, no quiero seguir cayendo,

no soporto más golpes con las vigas. Pero

me hiero más y más. Me corto los pies, las

rodillas, las manos. Oigo también el palpitar

unísono y sin ritmo de mil corazones. O

de mi corazón convertido en mil. Sopla el

viento y veo una luz espiral. ¿Hay luz? ¿Por

dónde entra? Ya no huelo la canela ni la

palma, huelo la leche agria, los mohos, las

cucarachas, el fango sucio: ese lodo que

quiere que trague. Hace mucho frío, necesito

cubrirme y frenar este temblor. Buscaré

cobijo entre los fardos de seda. ¿Dónde estaban?

Solo palpo plumas, piedras. Piedras

preciosas que en esta negrura no brillan y

de nada sirven. Toco las vasijas que yo mismo

he roto en mi locura.

Sigo cortándome y golpeándome. Ha

sido bellísima la ceremonia para el señor.

De mis sienes y mis costados mana

sangre helada, mis entrañas buscan

brotar a través de las cuencas de mis

ojos. Hasta el sol ha querido brillar más

que nunca en su honor.

Mejor vuelvo al camastro, había allí

telas de buen tacto. Toda la gloria acompaña

al mejor señor nunca conocido.

Me envolveré en las telas suaves, me

doblaré en un fardo que calentará mi

cuerpo, así descansaré. Las mujeres de

palacio tejen las telas más delicadas.

Es dulce la vida en palacio.

Primero descansaré, me fortaleceré,

después buscaré una salida.

Sí, dormiré un rato.

Dormiré.

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62

EL HOMBRE

DE ACERO

Por Jesús Cordero


—¿Listo para el acto? —preguntó el

hombre viejo de largo y blanco bigote

observando al señor Beckley quien soldaba

algo con su cautín.

—No es un acto, ya se lo he dicho —respondió

Beckley limpiándose el sudor con

el dorso de su mano y concentrado continuó

en su trabajo.

—Como tú lo digas —refunfuño el

hombre viejo—, la gente ya se ha acumulado

afuera.

El hombre viejo abandonó el taller

del señor Beckley y este soltó su cautín

y la soldadura para observar su creación;

un casco rojo brillante con dos

rendijas para los ojos y antenas a los

lados. El prototipo ya había sido cosa

del pasado y ese sería su primer trabajo

en serio.

—Más que un acto —Beckley admiraba

el traje rojo y metálico que estaba de

pie a su izquierda—, eres mucho más

que eso.

El señor Beckley respiró profundo

mientras el telón cubría todo frente a él,

miró sus manos metálicas y se colocó

lentamente el casco. Cada vez que tenía

que salir y maravillar a la gente con

su invención no pensaba en entretener

a un público de familias con algodones

de azúcar o palomitas en sus manos, él

imaginaba que frente suyo estaban las

mentes más brillantes del mundo.

—¡Con ustedes, el hombre de acero!

—gritó el viejo presentador con su micrófono,

la gente comenzó a gritar y el

telón se abrió de lado a lado, Beckley

dentro de la armadura de dos metros

dio dos pasos adelante.

Las luces brillantes y los fuegos artificiales

se reflejaron en la armadura

de Beckley y él alzó las manos con la

mirada perdida, no miraba al público o

al carnaval detrás de ellos sino al espacio

lleno de estrellas que comenzaba al

final de la rueda de la fortuna que no

paraba de girar.

—¡Puede hacer cosas increíbles! —el

presentador al lado de Beckley lo señaló

con la mano en la que sostenía

un bastón negro. Beckley presionó un

botón en el guante del traje y comenzó

a escucharse un sonido motor encendiéndose

en las piernas del traje.

La armadura se elevó lentamente

unos cuantos centímetros del suelo sacando

fuego de las suelas de sus botas,

los niños miraban asombrados y los

padres no quitaban la vista de encima.

Beckley sonrió por lo maravilloso que

su invento le parecía y no por los aplausos

de la gente y finalmente se despidió

con una reverencia.

Beckley se quitó el casco al entrar en

su taller, estaba empapado en sudor y

algo agotado por dormir tan solo unas

horas, el presentador irrumpió nuevamente

acomodándose la ropa y peinando

su bigote con una sonrisa.

—Aquí esta lo tuyo —El presentador

dejó unos cuantos dólares sobre la

mesa de trabajo de Beckley y este pudo

contarlo con la mirada.

—Es menos que la semana anterior…

—¿Qué puedo hacer Beckley?, tu acto

está atrayendo menos gente que otros,

necesitas hacer algo más que flotar

unos cuantos centímetros del suelo —

contestó el presentador con un falso

tono de compasión y salió del sitio.

Algo dentro de Beckley se movía

cada vez que alguien menospreciaba

su obra, aquella por la que había dado

tanto de sí, la gente lo llamó loco en

el pasado pero estaba dispuesto a demostrar

que su sueño podía cumplirse.

Durante la noche, Beckley prefirió

trabajar en lugar de dormir, haría los

63


ajustes necesarios para mejorar su

gran invento y a pesar de no tener los

recursos, hizo todo lo que estaba a su

alcance, cuando la feria estaba vacía, él

la recorrió para robar piezas de las máquinas

que pudieran adaptarse a sus

necesidades, esta vez era impulsado

por las ganas de demostrar que podía

ser un genio y no por el amor a su invento

y trabajo.

Beckley se colocó el traje una vez

más y presionó el botón para elevarse,

lentamente el fuego de los pies fue

elevando el traje unos cuantos centímetros

pero la obsesión del inventor

buscaba más que eso. Cerró los ojos y

escuchó los aplausos de la gente imaginando

nuevamente el cielo estrellado.

La armadura se elevó a gran velocidad

haciendo un agujero en el techo, Beckley

estaba a varios metros de la tierra dentro

de su brillante armadura roja, escuchó la

lluvia caer sobre él, había perdido completamente

la noción del tiempo y el

clima pero no le importaba la lluvia, Beckley

trató de elevarse hasta las estrellas

pero fue alcanzado por un rayo.

La brillante armadura cayó desde lo

alto hasta quedar entre los escombros

del taller. Beckley abrió lentamente los

ojos después del impacto, le dolía todo

el cuerpo pero sabía que haber sobre-

64


vivido era un gran logro, mas al tratar

de levantarse no pudo mover la armadura,

esta simplemente no respondía.

—¿Qué es todo ese escándalo? —preguntó

el presentador entrando en el taller sin avisar

vistiendo una bata de dormir.

—Lo siento señor, solo estaba probando

—habló Beckley pero el presentador

no pudo oírlo a través del metal.

—Quítate esa cosa, es tarde para esto.

La armadura se levantó de golpe, Beckley

estaba asustado y sorprendido porque,

había dejado de tener control sobre la armadura.

Con pasos fuertes y lentos avanzó

hasta el presentador que lo miraba enojado.

—Señor, no puedo controlarlo…

La armadura tomó el cuello del presentador

rápidamente y apretó con fuerza

mientras Beckley observaba aterrorizado.

—Beckley… Suéltame ahora mismo —dijo

el presentador empezando a ponerse morado,

Beckley no pudo hacer nada y observó

con impotencia como el presentador fue muriendo

poco a poco.

Décadas más tarde se celebraba una de

las ferias de ciencia más grandes del mundo

y todos miraron a la armadura roja y oxidada

caer desde el cielo, todos observaron con

terror y asombro, la armadura se quitó el

casco y alzó los brazos. El esqueleto de Beckley

se asomó y el olor a putrefacción llenó

el lugar, la armadura hizo una reverencia.

65


LA DUALIDAD

DE UNIVERSOS

DEL ESCRITOR

Por André Kuri

Cada oficio y profesión del ser

humano, demanda al individuo

quien lo aprende y ejerce, determinado

grado de ensimismamiento

que le permita hallar en su interior la

sinergia que aquella disciplina que pretende

aprender, dominar, perfeccionar

y llevar a práctica exige. La persona se

transforma gradualmente de su fase de

aprendiz, hacia la de practicante, sutil

y sigiloso, casi sin darse cuenta, hasta

66

que se le permite y encuentra el momento

para llevarlo al ámbito real y, si

la persona es poseedora de los dones

cognitivos, destrezas y habilidades

para distinguirse, el destino podría

convertirle en maestro de su actividad.

La persona vive en el universo de su

mundo real, donde busca consumir y

aprehender conocimientos, habilidades

y experiencias, a través de focalizar su

atención en las fuentes externas, que


asimila, abstrae hacia sí, tanto como le

es posible. El universo interno de la persona

puede o no involucrarse, lo puede

o no comprometer. Su oficio puede mantenerlo

ajeno de su ser, si así lo prefiere,

y de este modo, su universo interior se

verá salvaguardado del exterior; conocimiento

y pensamiento serán públicos, y

emoción y sentimiento serán anónimos.

No así es el oficio del Escritor, quien

se enfrenta a la compleja dualidad de

ser ente pasivo y activo de su entorno,

actor y espectador simultáneamente,

para buscar incesantemente alguna

pista que le conduzca a la inspiración,

cuyo funcionamiento es incógnita perpetua

de en qué momento y contexto

arriba, y que cuando llega, ilumina la

mente con la visión, al principio difusa,

de lo que desea plasmar.

Y es la inspiración la traición más

cruel, escurridiza y volátil que la mente

67


humana puede concebir. Se le puede

perseguir en todo momento y circunstancia,

sin vislumbrar ni su mínimo

rastro; innumerables conversaciones,

contemplaciones en el ambiente se

pueden hacer, deambular en calles,

con conocidos y extraños, en lugares

conocidos y desconocidos, y no saber

nunca de ella. Esta frustración, que

acuchilla la mente incesantemente,

taladrando y haciendo arder hasta la

espina dorsal, se ve entonces, casi mágicamente

aliviado, reconfortado por

el advenimiento en el espacio, lugar y

compañía menos esperados, cual haz

de estrella iluminando en medio de la

noche: la inspiración ha nacido.

Y es así como el Escritor, bendecido

por la inspiración, ha de recluirse, aislarse

de su universo de lo real, y busca,

encuentra y se acostumbra al entorno

que más confort le brinde para descifrar

sus visiones, al principio difusas,

vagas y etéreas, para transformarlas

poco a poco en estructura, secuencia,

recuperando elementos que le permitan

hilar congruencia a sus pensamientos,

y en este proceso, no puede dejar

de mirar hacia sí mismo la soledad en

que, consciente o inconsciente, se ha

hundido, se ha aislado y perdido de ese

universo concreto, y ha incursionado

en su universo interior, abstracto, y es

en dicho universo, donde se confronta

consigo mismo, sus demonios.

Y sea por inexperiencia o inocencia,

lamentable ha de ser la concepción de

aquel Escritor quien ose suponer que puede

despojar su propio ser de sus escritos.

Aún y cuando en supuesta apariencia, la

68


inspiración haya nacido de algún estímulo

lejano, distante, si nos detuviésemos a

analizar un poco, la conclusión será que

se ha tocado alguna yaga psíquica, que

ha activado el misterio de la fuente inspiradora;

así, al enfrentarse sea a la pluma y

papel, o teclado y monitor, el Escritor está

frente a un inquisitivo espejo en el cual

inevitablemente plasmará una parte de

su ser, de su universo personal.

Hundido en este universo personal,

privado y oscuro, el Escritor se ve irremediablemente

entregado a sus pensamientos,

sus emociones, filias y fobias.

Los universos real y personal se funden

en uno sólo, un híbrido ser amorfo e

inexplicable, que jamás ni el más perito

de los analistas lograría entender: El

Escritor entra en el trance más profundo

que la mente «normal» puede concebir:

la soledad total, nada existe, sólo el, y

su mente, su universo interior que trata

una y otra vez de dar sentido al exterior.

Espejo bizarro. Esquizofrenia total, sin

género, sin edad, sin credo, sólo soledad,

todo y nada unidos.

A cada palabra, a cada frase, a cada

párrafo, se manifiesta ese universo de

soledad, ese mundo único, que cambia,

a cada instante, frustrando y quemando

cada sinapsis, cada revisión hiere más,

pues hace que agrade menos, sombras

en tinieblas se van aclarando, tomando

y dando forma al relato que el Escritor

en su inicio de inspiración escuetamente

observó, y lo moldea hasta terminarlo.

Así, el universo de soledad abstracta

sale de las tinieblas, y nace al universo

concreto, en forma tangible y lúcida. El

Escritor, ha vuelto de su oscuridad.

69


70

DILUVIO

PRIMAVERAL

Por Gisela Lupiañez


Llueve. Otra vez. En las puntas de

las agujas de los pinos las gotas

se tambalean indecisas antes de

caer. Entre las profundidades oscuras

de las ramas brillan sonrisas siniestras,

las culpables de que no podamos salir

de casa desde hace tres días, el tiempo

que lleva cayendo esta lluvia infinita.

Selene está sentada en el sillón gris

con un libro en las manos, haciendo

como que lee, pero los dos sabemos

que espera el reporte del clima en la televisión.

Cuando aparece el comentarista

y explica que el frente de tormenta

se mantendrá al menos otros tres días,

mostrando imágenes satelitales de la

tempestad vista desde el espacio, Selene

suspira con desilusión:

—Tres días más.

Su mirada escapa hacia la ventana,

donde las burlonas gotas se deslizan por

el cristal. Las lágrimas que resbalan por

sus mejillas no tienen nada de burlonas.

Dejo las latas que estaba abriendo y

me acerco a ella secándome las manos

con un trapo. Seis días no es demasiado

tiempo para uno de estos diluvios

primaverales, pero Selene está demasiado

frágil. A algunos se les hace difícil

resistir el interminable repiqueteo de la

lluvia en los techos, el eterno sarcasmo

de las gotas de agua desarmándose en

los cristales, el embrujo de las sonrisas

dentadas ocultas entre las agujas de los

pinos. Selene, con sus veintiocho años,

ya ha vivido varias tormentas, pero aún

así… Me siento a su lado y le quito el

control remoto de las manos. Apago el

televisor y la obligo a mirarme:

—No pasa nada —le digo—. Antes de

que nos demos cuenta vuelve el sol.

Apenas termine la lluvia caminamos

hasta la Costanera y hacemos un picnic

mirando el mar.

Ella asiente con la cabeza, para complacerme,

y abre de nuevo su libro. Yo

vuelvo a la cocina a trastear con mis latas,

pero por el rabillo del ojo la descubro

hipnotizada por la ventana otra vez.

Las gotas forman caras sobre el cristal

frío: caras sonrientes, caras de pánico,

caras terroríficas. Estúpidas gotas.

Podría cerrar las cortinas para no ver

el mundo sumergido en la niebla brillante

de la lluvia de primavera, pero

entonces las gotas sacudirían el techo

con un sonido ominoso y aterrador. Y

en lugar de limitarse a formar rostros

sobre los cristales los golpearían con

fuerza. Estúpidas gotas. Quieren que

las veamos. Quieren que enloquezcamos.

Quieren que salgamos.

La mayoría de nosotros logra mantenerse

sereno mientras llueve. Vivimos

preparados para la posibilidad de cuatro

días, seis, ocho, de lluvia ininterrumpida.

Nuestros sótanos están repletos

de comida envasada, agua en bidones,

remedios, botiquines de primeros auxilios,

mazos de cartas y juegos de mesa,

libros. Pero siempre hay alguien que

enloquece: empieza a sentir que las

paredes lo ahogan y que la reluciente

transparencia tras los cristales lo llama

sin pausa. Cada tormenta deja como

saldo una decena de muertos. Por eso

no le saco el ojo de encima a Selene.

Ahora ha dejado el libro sobre la mesita

de centro, y sigue el recorrido de

las gotas en el cristal de la ventana. El

televisor está encendido otra vez y en

la pantalla se repiten diferentes imágenes

satelitales de la megatormenta. La

mirada de Selene salta de la ventana al

televisor, de nuevo a la ventana, televisor,

ventana… Estoy por acercarme a

ella para quitarle de una vez el maldito

control remoto y traerla a la mesa de la

71


cocina, cuando el caldo de pollo enlatado

hierve y se derrama. Me giro para

contener el desastre y escucho el control

remoto cayendo al piso. Pasos rápidos

y el crujido de la puerta al abrirse.

—No... —es lo único que se me ocurre

decir. Pero ya es tarde.

Selene desaparece en la lluvia. Corro

hacia la puerta gritando su nombre,

aunque sé que no me escucha. No

puede escucharme porque un coro de

lunáticos alaridos acuosos saluda su

llegada a la línea del pinar. Por un momento

vacila y se vuelve a mirarme. De

los árboles sale una de las criaturas

trasparentes que están escondidas allí,

uno de los demonios de lluvia de sonrisas

dentudas y garras gigantes. Se abalanza

sobre ella y la abraza en un gesto

casi tierno. Parte de su brazo aguado se

desarma y corre en arroyuelos sobre el

pecho de Selene.

—No —repito y las gotas burlonas se

ríen en el techo. El vidrio de la ventana

se llena de sonrisas feroces. Selene ya

es de su propiedad.

Otros demonios de lluvia se han juntado

con el primero. Forman un círculo

alrededor de Selene y bailan exaltados.

Cantan con voces líquidas, se ríen con

carcajadas chorreantes. Salen más y

más de entre los árboles. Forman parejas

que danzan y se intercambian

con movimientos gráciles. El círculo

crece, se expande, luego se compacta.

Ahora es un lago, un océano de rostros

72


lunáticos y manos con zarpas. Los engendros

se balancean, se juntan, trepan

unos sobre otros hasta formar una

torre más alta que los pinos, siempre

riendo, siempre eufóricos, siempre salvajes.

Ondulan acercándose a Selene,

la levantan, la obligan a trepar sobre

las espaldas húmedas hasta la cima. El

mismo demonio que la abrazó al principio

trepa detrás de ella. En la cúspide

vuelve a abrazarla y sus labios se diluyen

en un beso sobre la boca de Selene.

Entonces la empuja. Ella cae y detrás

se precipitan los monstruos, formando

una cascada que se desarma desde

las alturas. Selene se estrella contra el

suelo y sobre ella se forma un lago de

criaturas transparentes. Una sinfonía

gutural repiquetea sobre los gritos de

mujer. El agua baila y gruñe mientras

se tiñe de rojo.

Después, los demonios retoman su

forma humanoide y corren hacia el

bosque. Sobre el pasto mojado solo

queda una de las medias celestes con

soles amarillos de Selene. Las sonrisas

dentadas acechan otra vez desde las

agujas de los pinos.

Vuelvo al interior de la casa y cierro

la puerta. Cierro también las cortinas.

Por mí, las estúpidas gotas pueden hacer

todo el ruido que quieran. Me sirvo

un plato de sopa de pollo y me siento

frente al televisor a ver la repetición de

las imágenes satelitales de la tormenta

que se desarrolla sobre todo el planeta.

73


74

RUIDO

Y FURIA

Por José Luis Díaz Marcos


Yo soy un número infinito de personas.

(…) Todas soñándose mutuamente.

El asesino infinito

Greg Egan

JF35, mercenario galáctico, había logrado

infiltrarse en la nave Invierno

Profundo gracias al operario de mantenimiento

cuyo uniforme y globo ocular,

llaves de acceso, había sustraído sin

contemplaciones. Si el golpe, la hemorragia

y el forzado encierro no lo impedían,

«Aunque no te importe ni alivie,

no es nada personal», el superviviente

pasaría a ser conocido, aquel estaba

seguro, como Cíclope.

«Y ahora… Si los astros acompañan,

este será mi último trabajito. Y si no,...

me temo que también». Su acaudalado

cliente le había encomendado robar el

alma electrónica de la Gran Memoria, el

avanzadísimo cerebro de la Invierno Profundo.

Recompensa: fortuna suficiente

para comprar los caprichos de varias

vidas. Sin embargo, ¿la misión compensaba

el riesgo, mucho más que probable,

de perder su actual y única existencia?

Para otros, quizá no. Para él, sin duda.

Nadie parecía reparar en él, insignificante

aprietatuercas humano. «¡Perfecto!».

El tránsito de la nave recordó a

JF35 el mito del arca de Noé: por su número

y diversidad, allí parecían verse

representadas todas las inteligencias

del universo conocido.

Le bastó suplantar, ahora con pacífica

prudencia, otras dos identidades

y seguir los indicadores holográficos

para plantarse al fin, sobrecargo de

vuelo con acreditación, ante la cabina

de la Invierno Profundo.

Para su sorpresa, descubrió una gran

sala redonda completamente… deshabitada.

En el centro, una gruesa columna

de cristal negro en cuyo interior titilaba

un enjambre de luciérnagas multicolores.

«¡Fin del simulacro!».

—¿Has sido…?

—Si te refieres a mí, la Gran Memoria,

sí. Bienvenido, JF35.

—¿Me… conoces?

—Desde luego. Mucho mejor que tú

mismo, créeme.

—En ese caso, también dominarás

mis intenciones…

Las domino. Pero tus intenciones

no son tuyas, sino mías.

—¿Qué quieres decir?

—Que no existes, JF35. Al menos, no

en un sentido material y autónomo. Ya

has oído mi finalización de un simulacro.

Su objetivo: reproducir y estudiar

una posible intrusión humana en la Invierno

Profundo.

»Y tú formas parte de esa simulación:

solo eres un algoritmo entre infinitos,

apenas, y ni siquiera, una gota electrónica

alojada en mí, el océano de la Gran

Memoria. Puedo apagarte, y voy a apagarte,

cuando quiera.

—Intentas confundirme… He arrancado

a otro hombre, con mis propias

manos, su ojo, el ojo cuya lectura inicial

me ha permitido llegar hasta ti.

—«Otro hombre», dices… «Con mis

propias manos»… Observa.

Apagadas de pronto sus luces multicolores,

el gran cilindro y la misma sala

quedaron a oscuras.

—¡¿Qué ocurre?! ¡¿Debo asumirlo?!

¡¿Así es la muerte?!

Una primera chispa, paulatino centelleo

después, fue creciendo en el interior

de la Gran Memoria hasta perfilar

sus negros límites.

La muerte es la pérdida de la conciencia,

biológica o no, que aún se

asusta. Como te dije, observa.

75


Y, de pronto, condensado en la penumbra

de la Gran Memoria, Cíclope, el operario

de mantenimiento a quien JF35 había

mutilado y desvestido para colarse en la

Invierno Profundo, se abalanzó, violento,

contra la curva acristalada que lo contenía.

—¡Aaah…!

—Aquí tienes al otro hombre.

—Eso… eso no es nadie.

—¡Y tú, tampoco!

Cíclope atravesó el cristal, fantasma

refulgente, abalanzándose contra

…JF35 cayó al suelo, de espaldas.

Se encendieron las luces.

El mercenario caído estaba solo.

—Por un momento… Aunque el truco

impone, lo admito, después, vencido

ese primer sobresalto, no engaña.

—Usando tu pretendida lengua, eres

lerdo. Cosa, por otra parte, bastante

lógica: la naturaleza humana nunca ha

dado para mucho. Vigila ahora tus propias

manos.

Sentado en el suelo, JF35 cedió.

—¿Qué… qué ocurre con…?

Sus palmas y dedos se transfiguraron,

sucesivos, en tentáculos, en ventosas,

en pinzas y filamentos… Ante su

ojo. De repente, reducido su campo de

visión, ante su único ojo.

Palpó su cuenca vacía, mutilada, y

gateó hasta la Gran Memoria, aterrado.

Y el cristal negro confirmó la duda: él,

su aspecto físico al menos, también era

Cíclope. Pero no otro, comprendió, sino

también su víctima.

76


—¿Esto aún te parece un truco? No

debería: son simples combinaciones.

Pura matemática.

»Como advierten a Alicia ante el sueño

del Rey rojo, respectivos personajes

de otra invención 1 , solo eres un objeto

del sueño y, como sucedería a Alicia

con el despertar del monarca, si yo despertara,

como despertaré, valga la metáfora,

tú no estarías, como no estarás,

en ninguna parte.

—Entonces,… ¿todo ha sido una pantomima:

el cliente, la recompensa,…

mi propio ayer…?

—Y tu hoy. Y el mañana que nunca has

tenido ni tendrás. Todo.

—Ruido y furia 2 … Dime: ¿cuál ha sido

la consecuencia del simulacro?

La evidente. Por fortuna para ellas,

ciertas o virtuales, una más impropia

de muchísimas otras civilizaciones ajenas

a la humana: indiferencia.

JF35 suspiró, abatido.

—Siendo así, supongo que solo me

queda el consuelo de esperar que tú,

Gran Memoria, también inexistas en el

simulacro de alguien o algo superior a ti.

Se hizo la oscuridad.

—Bienvenida, Gran Memoria.

—¿Me… conoces?

No hubo respuesta.

1

Alicia a través del espejo, Lewis Carroll.

2

«La vida es un cuento contado por un idiota,

lleno de ruido y furia, que nada significa».

William Shakespeare.

77


78

EL

HOMBRE

Por Mictecacíhuatl


Lo último que vio antes de caer en

el profundo y oscuro pozo de la inconciencia,

fue un palo que se cernía

velozmente sobre su cabeza y todo

destelló en un terrible dolor, una cegadora

luz que le impidió ver cualquier

cosa y después, nada.

¿Cuánto tiempo pasó? Nunca lo supo,

pero al volver en sí, se encontraba en

el piso sobre el costado izquierdo, trató

de levantarse, pero lo más que logró

fue incorporarse en cuatro puntos y así,

apoyado de esta manera, intentó avanzar

hacia algún lado, hasta que notó

que no podía avanzar más. Fue cuando

se dio cuenta que una argolla de hierro

le rodeaba el cuello y esta estaba unida

a una cadena fijada a la pared.

Desconcertado, trató de orientarse

hacia algún punto, pero la oscuridad

era total. Puso oído atento a algún ruido

que le indicara donde se encontraba,

pero lo único que escuchó, fueron jadeos,

fuertes respiraciones y algunos gruñidos

ininteligibles, además del tintineo que le

indicó que tal vez estuviera acompañado

de individuos en su misma situación.

Habló. ¿Alguien me escucha? ¿Alguien

puede oírme? Pero ninguna voz

le contestó, así que decidió permanecer

callado y esperar a ver qué pasaba,

alguien tendría que ir a buscarlos.

El tiempo pasó, él nunca supo cuánto,

pero de pronto en algún punto, se

abrió un delgado haz de luz, que se fue

haciendo más grande cada vez, hasta

tomar la forma de una puerta y de

pronto, una sombra se recortó en la

claridad que entraba por esa puerta.

Era la sombra de un hombre.

Lo más que pudo ver de él, es que era

alto y corpulento, en una mano traía un

palo y en la otra un recipiente. Sus ojos

lograron identificar otros cuerpos encadenados

a las paredes y en el centro

de la habitación había una especie de

bandeja donde el hombre arrojo lo que

traía en el recipiente. No pudo resistir

el impulso, ni tampoco los demás individuos.

Al unísono, todos se lanzaron

hacia la bandeja, donde al parecer, lo

que el hombre había arrojado era alimento,

y mientras ellos comían vorazmente,

el hombre los golpeaba con el

palo mientras reía perversamente y les

daba puntapiés.

Entonces el hombre se dio la vuelta y

salió por la puerta.

Él pensó que esto era inhumano.

¿Desde hace cuánto estaba ahí? ¿Y los

otros? ¿Por qué ya nadie hablaba? ¿Por

qué nadie se defendía? ¿Por qué nadie

protestaba? Trató de recordar quién

era antes de llegar a ese lugar, pero a su

mente no llegaba ningún recuerdo. Lo

único que recordaba era el tremendo

golpe en su cabeza, tal vez eso fuera la

causa de su olvido. Sin embargo, pensó

resistir lo más que pudiera para sobrevivir.

Trató de comunicarse con sus

compañeros, pero ellos solo jadeaban

y a veces emitían algunos sonidos guturales

que no terminaba de entender.

Tal vez, debido a que llevaban más

tiempo que él, ya habían aprendido

que era inútil hablar, y tenían razón.

¿Qué podían decir que sirviera en esas

circunstancias? Tal vez ya se habían resignado

a su condición, pero él, él estaba

decidido a sobrevivir, se vengaría

de aquel hombre, eso era innegable. Lo

que no sabía es si sus compañeros lo

secundarían. El tiempo siguió su curso.

La mayor parte de las veces, el hombre

iba solo, pero a veces lo acompañaban

algunos otros y de cuando en

cuando, se llevaban a alguno de los

prisioneros. Cuando esto sucedía, el

79


prisionero no se iba sin pelear, se tiraba

al piso, gruñía, jadeaba, empujaba,

mordía, pero finalmente lo sometían y

lo sacaban arrastrándolo por la cadena,

entonces el prisionero era reemplazado

por otro. Lo más humillante para

él, era la forma en que le servían la comida,

¿Por qué los trataba así el hombre?

¿Qué le habían hecho ellos? ¿Era

un maldito sádico? ¿Habrían cometido

algún delito que ellos no recordaban?

Por qué él seguía sin recordar nada,

antes de ese golpe. Y mientras más pasaba

el tiempo, su corazón se seguía llenado

de odio y terribles deseos de venganza

contra aquel hombre perverso.

¿Cuánto tiempo llevaba en esa prisión?

Quién sabe, no tenía manera de contar

el tiempo. La humedad y lobreguez del

lugar hacia que le doliera todo el cuerpo,

la mala comida curiosamente no le afectaba,

mantenía un buen peso, pero la

imposibilidad de moverse a sus anchas

hacía que sus movimientos fueran torpes,

pero no importaba; de todos modos,

él seguía empeñado en sobrevivir.

Le dolía no poder comunicarse con

sus compañeros, pues por más que

les hablaba, ellos solo respondían con

gruñidos y jadeos. ¡Dios mío! ¿Qué les

había hecho este hombre que los había

reducido a esa condición?

Cada vez que el hombre entraba,

él lo increpaba, pero el otro parecía

no escucharlo, sus ojos centelleaban

cuando le veía, y en respuesta el hombre

lo golpeaba, y empezó a notar que

también sus compañeros empezaban

a ver al hombre con un tremendo odio.

El tiempo siguió su curso hasta que

un día, cuando el hombre entró, la humedad

del lugar y el tiempo, habían he-

80


cho su trabajo y habían herrumbrado el

hierro de las cadenas, de pronto él sintió

el terrible impulso de lanzarse contra

el hombre, las cadenas se soltaron y

arremetió contra él con un terrible grito,

que más parecía un chillido y el hombre

cayó al piso. El resto de sus compañeros

se lanzaron también contra el caído,

puesto que también sus cadenas se

habían roto, al cargar todos contra él.

Sus ojos brillaban con un terrible odio,

empezaron a morderlo por todos lados

mientras este gritaba desesperado.

Destrozaban, tironeaban, despedazaban

lentamente al hombre mientras profería

terribles gritos de dolor, de pronto se

oyeron pasos en el exterior, pasos rápidos,

de varias personas. Antes de entrar al sitio,

se quedaron paralizados al ver que, en la

puerta, se apiñaban varios cerdos enormes

tratando de salir. Lo que notaron fue

que todos tenían el hocico sangrante y algunos

tenían jirones de tela en el hocico.

Se quedaron paralizados al ver los ojos de

los cerdos, un odio primitivo brillaba en

ellos y una ferocidad tal, que los hizo darse

la vuelta y correr aterrorizados mientras

buscaban refugio en la casa.

Todos los cerdos lograron escapar,

nadie los persiguió, todos menos uno;

pero los habitantes de la casa no lo supieron

hasta que se sintieron a salvo y

llamaron a la policía para regresar a ver

que había sido del hombre. Así que, en

compañía de esta, se acercaron cautelosamente

y al asomarse por la puerta,

vieron el horrible espectáculo. El hombre

estaba hecho pedazos, repartido por

todo el chiquero y un enorme cerdo se

encontraba parado sobre él, mientras le

masticaba la cara, lenta y pausadamente

con una mirada de satisfacción.

81


PARAREALISMO,

UN ESTILO

ANTIOLÓGICO

Por Eduardo Angarica Freire

La Habana 2018, por más de un lustro

se han alineado paralelamente

el crear de dos autores. La coincidencia

estética, estilística y temática

de ambos marcaron la novedad. Vi correrse

los límites de la ficción narrativa,

reinventivo de toda realidad objetiva y

fantástica, que me inspiraron un neologismo

casi poético: Pararealismo.

¿Qué es pararealismo? Es una realidad

antilógica que se ofrece como res-

82

puesta o solución natural a conflictos de

la ficción realista o fantástica.

Podríamos aproximarnos —haciendo

un zoom analítico— a la raíz de lo

que planteo como un nuevo estilo.

Primero. Hablamos de una realidad

antilógica que podría erradamente

confundirse con. La ilógica es una

creencia o certeza convencional que va

en contra de lo evidente o lo unívoco,

verbigracia: un partido de futbol don-


de ambos equipos pierdan o ganen. Su

antípoda propone respuestas o soluciones

distintas ubicadas en el camino

entre la lógica y la ilógica. Se trata de

una opción, intermedia, neutral.

Definiría por tanto a la Antilógica,

como la filosofía de la raro-beldad —es

decir la belleza de lo raro o extraño— que

se decanta por una postura intermedia

entre la lógica y su antítesis, donde ambos

extremos son solo referenciales, en una

escala de soluciones, casi nunca o nunca,

tenidas en cuenta.

La antilógica escoge un camino que

no lleva a los extremos convencionales

de respuestas, transita por múltiples posibilidades.

Un ejemplo «La sonrisa encantadora»

cuento de Oscar Rodríguez

Montes (Cuba 1993) en el un hombre luce

de su dentadura perfecta, envidiable. El

conflicto surge al aparecer una mancha

en los dientes. El personaje acude al den-

83


tista, pero constantes inconvenientes le

imposibilitan resolver el problema. Contrariado

y dada la aparición de nuevas

manchas, el hombre se arranca la dentadura

y la arroja a la basura.

En «El gran acto» de la escritora Ana

Mirel Hernández Capote (Cuba 1991) se

crea una empatía con un mago que ha

visto meguar su carrera y, se le ofrece

la última oportunidad para salvarla. El

hombre se aproxima a la fecha del gran

acto sin concebir un solo número mágico

que lo pueda reimpulsar. Llegado el

día, sin nada nuevo, se presenta. Una

vez en el escenario mira al público, se

acuesta sobre el tabloncillo, abre las

piernas y pare un niño.

En sendas historias parece esconderse

el ardid de la fantasía. Yo lo dudé en el acto.

Ambas son realistas que hacen mudas de

nivel de realidad, pero nunca mirando al

plano fantástico o ilógico, por el contrario.

Hagamos un rápido ejercicio: El caballero

de la dentadura perfecta primero optó

por una solución lógica, ir al dentista. Cuál

sería una solución ilógica, lo contrario, no

ir al dentista o negar las manchas. Sin embargo,

el autor lo arrastra a una decisión

inexplorada, descabellada, arrancarse la

dentadura, sin acudir a elementos o recursos

mágicos, nos da la solución radical

como si de algo natural se tratase.

En el segundo la repsuesta lógica

sería buscar un acto relevante, algo

de escapismo, desaparición, etc, que

deslumbre al público. En oposición la

respuesta ilógica sería, volver a realizar

los mismos actos de siempre o no

hacer nada. Nuevamente el autor desorienta

los puntos cardinales y decide

descreido de todos los recursos sobrenaturales

u objetivo, someter al presonaje

a un verdadero acto de magia; el

parto de una criatura.

84


Segundo. El arte en este estilo se

aprecia justamente donde se afina la

habilidad técnica de los autores, que

revelan la belleza de lo raro, se persigue

seducir al lector con esta raro-beldad,

que transita naturalmente por el texto,

gracias a una ficción funcional. El lector

acepta los desenlaces, aunque le parece

extraño. No hay una ruptura pese a la radicalización

del final, no es forzado. Se

conecta con la empatía del lector, quien

pasa incauto del conflicto a la solución,

aunque percibiendo lo raro.

Tercero. Los conflictos y en consecuencia,

las historias, son realistas, fantásticas

o híbridas, pero las soluciones no se

corresponden a lo que espera el lector.

En este punto convendría para resumir,

señalar las características que describen

al estilo pararealista:

• Solución antilógica de los conflictos.

• Los personajes suelen ser minimalistas

en su caracterización física y

social. Los autores prescinden por

ejemplo de nombres propios. Se

vuelcan a dejar emerger la parte

oculta del Iceberg psicológico de

los personajes.

• No se prepara al lector para la solución,

se le ofrece naturalmente

y este lo acepta y asume como tal,

advirtiendo lo raro o extraño.

• Se relatan ficciones realistas, fantásticas

o combinadas, cuyos

desenlaces no responden a los

códigos convencionales o tópicos,

tampoco a los antitópicos.

El pararealismo es austero, ecléctico,

minimalista, de profunda raíz psicoestética

y vocación antitópicos, alejándose de

los extremos pero discurriendo entre ellas,

conectándolas, operando en planos y escalas

diversas e imprescindibles, a tono y

luz con su filosofía de la belleza rara.

85


86

PIERNAS

NUEVAS PARA

DIANA

Por Davicalpa


En ocasiones no eres consciente del

error que cometes al tomar una

decisión. Si tuviera que escoger

entre todas mis malas decisiones no

sabría decir cual de ellas fue la peor.

Aquella elección inició toda esta cruel

pesadilla que me rodea. Un segundo

sin importancia en el que elijes entre

varias opciones sin pararte un segundo

a pensar para que, luego, te golpeen

todas las consecuencias que no habías

previsto. Un accidente absurdo en el

momento equivocado. ¿Qué cambiaría

de todo aquello? ¿Cuál de las estúpidas

decisiones tiene la culpa de todo lo que

me está atormentando? Ahora lo pienso

y lo más sencillo hubiese sido tener

el cinturón abrochado. Haber escogido

cenar en casa en vez de salir afuera,

olvidarme de algunos caprichos innecesarios

o terminarme las sobras del

almuerzo que guardaba en le nevera.

O también olvidarme de la radio, no

cambiar de canción, dejar la mente en

blanco…¡que más da! En estas circunstancias

ya nada importa.

Tengo claro que la cima de mis estupideces

se localiza en el momento en

que acepte la Renovación, esa idílica

forma de regenerar partes del cuerpo

perdidas. El contrato que me dieron

era muy claro al respecto. Regeneración

celular a través de transfusiones

puntuales de compuestos de origen

animal. Firma aquí, firma allá y abona

el importe de la cuenta. ¡Qué estúpido!

¿Por que no me dio por perder dos minutos,

dos míseros minutos en leer las

posibles complicaciones que podían

surgir en aquella sencilla intervención.

A estas alturas sabía que no iba a ser el

conejillo experimental de nadie. La tecnología

había avanzado mucho en las

últimas décadas y la conversión total

era parte cotidiana en este siglo que

vivimos. Pero no dejo de pensar en que

el precio, el verdadero coste, fue demasiado

elevado. Al menos para mí.

El procedimiento era sencillo. Introducías

un catéter a través de la cuarta

vértebra dorsal para drenar una gran

cantidad de líquido cefalorraquídeo.

Esa era la parte del proceso más delicada

al paralizar por completo las

funciones motoras del receptor. Los

científicos habían descubierto el factor

R que reducía al mínimo exponente

todos los posibles rechazos que intentaría

el cuerpo, haciendo de la técnica

algo tan rutinario como un recambio

de las válvulas cardiacas o un trasplante

de pulmón. Al fin y al cabo no dejaba

de ser algo similar. Por un catéter

drenabas los fluidos y a través de una

pequeña perforación en los ventrículos

cerebrales introducías el gel viscoso

que facilitaba la regeneración. Luego,

el resto de los detalles. Sustituir el flujo

sanguíneo a través del un dializador y

regenerarlo con la solución procesada

de reptil para que la intervención culminara

con éxito.

De hecho todo parecía ir bien. A los

tres días del la renovación los antiguos

muñones comenzaban a presentar

una coloración mucho mas sonrosada

y emergían de ellos un calor significativo

pese a la inflamación. A las pocas

semanas estos comenzaban a agrietarse

y, casi sin darte cuenta, surgían

los pequeños hilos concéntricos que

evolucionaban hacia las nuevas extremidades.

Un proceso indoloro que en

unos cuatro meses dio como resultado

la nueva extremidad preparada para su

uso. Así fue como nos lo habían explicado.

Y eso, por supuesto, captó toda

nuestra atención. Al fin y al cabo era

87


eso lo que necesitábamos más que

nada en nuestras vidas, aquello por lo

que decidimos invertir nuestros ahorros

de los últimos años. Unas nuevas

piernas para nuestra pequeña Diana.

Pero esa cosa que teníamos delante

no podía ser Diana. No nuestra Diana.

La pequeña que conocíamos era pura

energía personificada. No había respiro

para sus juegos y su vitalidad. Ella era

un torbellino de alegría contagiosa con

la capacidad de hacernos volar bajo sus

alas y ahora, después de la Regeneración,

sus carreras y gritos habían desaparecido.

Ya no pasaba tardes enteras

preparando sus bailes infantiles en los

que emulaba a no se que cantante famosa.

Esa no podía ser Diana. Me niego

a creerlo. El ser que tenia sentado frente

a mi apenas se movía y cuando lo

hacía era para buscar un poco de calor.

La veíamos en la terraza horas y horas,

intacta. Ausente. Ya no respondía a mis

besos. Además ya no me apetecía dárselos

desde aquella vez que apartó su

mejilla en busca de algo más de sol. Ese

desprecio llevó a la desesperación a mi

querida esposa, esté donde esté ahora.

Ahora sólo me queda Diana y todos esos

abrazos vacíos en los que me fundo con

su cuerpo. Aunque trate de generar en

ella algún tipo de recuerdo no me pue-

88


do engañar. Sé que sólo disfruta de mi

por el calor que le transmito. Aun así, no

puedo dejar de intentarlo.

Ahora sólo me queda una alternativa

y sé que el lamento me ira acompañando

por siempre, como una herida

punzante que me escocerá el resto de

mi vida. La dejaré en La Bahía. El lugar

que tanta repulsa generaba en mí

cuando veía aquellos cuerpos inertes

tumbados al sol. Un auténtico cementerio

viviente. ¡Qué distinto me parecen

ahora el debate sobre la idoneidad de

crear un lugar así cerca de nuestros

hogares! Ahora comprendo a aquellos

que preferían mirar hacia otro lado. Y

hasta a los que preferían pegarles fuego

o tapiar La Bahía con un muro que

les sirviera como antifaz a la realidad.

Pero yo, como tantos, escogeré pasar

por aquí cada tarde y esperar por alguna

mejora en la pesadilla de toda esa

generación perdida. No sé si es pura

ingenuidad o simples remordimientos.

Voy a dejar a Diana en este lugar ¿Será

un acto de amor por mi parte o toda

una crueldad? Quizás solo sea puro

egoísmo, pero no quiero seguir sufriendo.

Lo he decidido y ahora he encontrado

el valor para hacerlo.

Mi hija ahora es un cuerpo sin luz en

busca de calor.

89


90

AGENTE

Por Jorge Daniel Garcia Carregha


En su universidad, durante los años

setenta, la CIA reclutaba estudiantes

para escuchar y trascribir todo

lo que se comentaba entre el alumnado

en la escuela y en eventos sociales.

Sabía que entre sus compañeros había

gente como él mismo, informantes,

pero a ciencia cierta nunca le fueron ni

siquiera mencionados, mucho menos

presentados. Siendo un gran observador

detectó a algunos de ellos en

fiestas y reuniones: «Reciben información

de dos o más fuentes asistentes a

la misma reunión, buen movimiento,

abundan detalles y corroboran veracidad

en los reportes», pensó sonriendo.

No era más lo que tenían que hacer,

era algo sencillo, que hecho con discreción

nadie notara.

Un mal día secuestraron a uno de

los informantes que había detectado,

pidieron rescate por él, lo pagaron,

pero pocos días después encontraron

su cadáver, ya estaba muerto cuando

pidieron el rescate. No había pasado

una semana cuando los periódicos y

la televisión volvieron a publicar de

otro secuestro, otro joven estudiante

a quien él tenía detectado como informante,

misma forma de operar, se

realizó el pago del rescate y apareció

muerto. Desde niño supo cómo manejar

armas, practicaba con asiduidad,

así que como parte de su guardarropa

y también dentro de su portafolios

comenzó a llevar consigo dos pistolas,

una colt 45 y una 38 spl., y la adrenalina

fluía en su cuerpo al regresar de la universidad,

los secuestrados habían sido

sorprendidos al llegar a su casa y abrir

el garage.

Sabía que las probabilidades de que

intentaran secuestrarlo eran grandes,

no le importaba.

Al regresar de la universidad en su

auto, un Ford Galaxie 500, ocho cilindros,

nuevo en aquellos años, acostumbraba

sintonizar en la radio una estación que

a esa hora transmitía música instrumental,

su retorno se hacía placentero,

y esta estación o solamente tenía un

número limitado de piezas instrumentales

o siempre le solicitaban las mismas:

«Sin Final», «Vida de Asesino», «Classical

Gas», «El Hombre, el Caballo y la Pistola»,

«El Bueno, El Malo y El Feo», piezas

que le agradaba sobremanera. Llegaba

a su casa y guardaba en el garage su

auto, cenaba y se iba a dormir, misma

rutina de lunes a viernes.

Pensaba como reaccionaria si lo intentaban

secuestrar: «No tengo más

que resistirme, de todas formas me

matarían como a estos pobres...» se repetía

mientras escuchaba la música en

la radio. «Si sobrevivo debo reportarlo

inmediatamente, no a la policía, a mi

contacto, ya me dirán que hacer».

La colonia donde vivía era residencial, y

por razones de estética y por facilitar la fluidez

del tránsito vehicular las banquetas y la

calle estaban al mismo nivel, para tratar de

evitar que los que circularan por estas calles

a alta velocidad en las calles colocaron

topes vibradores, pero en las banquetas no,

así que los «ases del volante» evitaban los

vibradores pasando a gran velocidad sobre

la banqueta. Cosa que indignaba a los colonos.

Por estar en una zona abundante en

rocas volcánicas de gran tamaño, muchos

colocaron en las banquetas al lado de los

topes este tipo de rocas. Hacía pocos días

que lo habían hecho.

Una noche, al volver, notó que un

auto lo seguía, colocó la 38 spl. en su entrepierna,

como hacía cuando portaba

dinero de la empresa donde trabajaba,

era un auto compacto, un Renault, tras

91


utilizar calles alternas para comprobar si

lo seguían o no, decidió entrar a su colonia

y acelerar hasta donde el Ford fuera

capaz; esos autos Renault eran rápidos,

pasaron el primer tope ambos a gran velocidad,

el Renault , en el siguiente tope

vibrador trató de librarlo subiendo a la

banqueta, no vio la gran piedra volcánica,

chocó contra ella y se estrelló al rebotar

contra un muro de piedra.

El impacto fue muy fuerte y el Renault

y sus dos ocupantes quedaron muy maltrechos,

se enteró de ello hasta después,

tras checar que ya no lo seguían llamó

de un teléfono en un restaurante en el

centro comercial de su colonia, se reportó

y le dijeron que llamara a su casa

y que les pidiera que lo esperaran con la

puerta del garage abierta. Al siguiente

día en las noticias aparecieron los perseguidores,

sus nombres y fotografías,

aparecían un tanto maltrechos, uno de

ellos con vendoletas en la frente y arriba

de una ceja, probablemente iba en el

asiento del pasajero y se estrelló contra

el parabrisas, ambos hombres jóvenes,

sin mayores rodeos dieron santo y seña

de su jefe, poco mayor que ellos e inmediatamente

fue capturado. Se especuló

que el móvil había sido simplemente el

dinero. Por supuesto la policía habló de

un «gran operativo» que arrojó la captura

de estos delincuentes. Todos ingresaron

al penal de Lecumberri.

92


Él no se preocupó y menos aún creyó

esa versión, demasiadas coincidencias

para haber sido «aleatorio y solamente

por dinero», además de que inmediatamente

después de su reporte telefónico

capturaron a los del Renault.

Dos meses después, en la prisión, el

jefe apareció muerto, la versión oficial

fue «suicidio», pese a tener golpes en

cuello y nuca.

Una versión de que eran parte de un grupo

internacional comunista circuló, no eran

tan solo aventureros o resentidos sociales.

Él nunca desmintió en ninguna plática

las versiones oficiales, no tenía la

menor intención de «suicidarse» con

golpes de karate.

Pocos años después, en una de tantas

reuniones sociales se enteró que

los padres de uno de los secuestrados,

festejaban el Año Nuevo en Acapulco,

en un condominio de lujo, la pareja comenzó

a discutir entre sí, el marido furioso

arrojó del balcón a la esposa, de

un quinto piso. Con tan buena suerte

que cayó en la alberca y se salvó.

Le gustaba ser informante, aunque

sabía a ciencia cierta que era riesgoso

y a veces hasta jocoso...

Por esto varios de sus amigos han comentado

y vuelto a comentar acerca de

él: «...no sé cómo lo hace, pero siempre

se entera de cosas que no queremos

que se entere...».

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ESTRELLA

DE MAR

Por David García de Bustamante


En las profundidades del océano

Pacífico, más allá de Santa Cruz,

de Tonga y Samoa, más allá de las

playas cubiertas de arena blanca, cocoteros

y algas secas, bajo los atolones de

coral, las corrientes frías y cálidas que

chocan y bailan y forman espirales de

burbujas sedientas por llegar a la superficie,

bajo los bancos de peces tipi

tipi y de las rocas plagadas de anémonas

de colores, una pequeña estrella de

mar despierta. Se despereza lentamente.

Contonea sus brazos al ritmo de la

corriente y deja que el agua recorra su

cuerpo. Bosteza, con los ojos entrecerrados.

Estira todas sus extremidades y

se pone en pie. Camina hasta la cocina

para prepararse el desayuno. Tostadas

con mermelada y café con leche, como

todas las mañanas. Recorre la mirada

por el interior de la roca en la que vive.

No puede quejarse, es una de las mejores

rocas del vecindario. Y además la

tiene muy bien cuidada. Observa las

algas de colores que bailan desde el

tejado con el movimiento del agua. Su

roca es la envidia del barrio. Después

del desayuno, abre todas las ventanas

para despejar y deja que la poca

luz que llega desde la superficie del

océano se cuele entre los rincones de

la roca. Sí, la verdad es que tiene una

casa maravillosa, un buen trabajo en la

ciudad, buenos amigos con los que se

reúne una vez a la semana para jugar a

las cartas y un trato cordial con el resto

de los vecinos. Sin embargo, nuestra

amiga, la estrella de mar, se siente sola.

Sale de casa como todas las mañanas.

Saluda con la mano a los viandantes.

Evita pasar por encima de un par

de erizos que discuten enérgicamente,

observa pasar un banco de gambas

luminosas y se mete en su coche y se

marcha a la oficina. La monotonía del

día a día le reconforta de algún modo.

Sus superiores son unos auténticos

tiburones, pero, ¡ey!, están en lo más

alto de la cadena alimenticia. Revisa

varios informes. Se pregunta qué pondrán

esa noche en la televisión. La vida

de una estrella de mar puede parecer

muy aburrida, pero nuestra protagonista

hace lo que puede para intentar

sacarle el máximo partido a su posición.

En sus ratos libres escarba entre

la arena de las profundidades en busca

de algo que echarse a la boca. Juega

con los caballitos de mar. Sueña con

viajar a la superficie. Y cuando la poca

luz del sol que llega hasta allí se apaga

lentamente, regresa a casa y da vueltas

por el salón, inquieta. Termina por encender

el televisor y se sienta en el sofá.

Un mal presentimiento se cierne sobre

su figura estrellada. Algo no va bien. Escucha

un golpe fuerte y un sonido estridente

y continuo, como si otra roca

se estuviera restregando sobre su roca.

Se asusta. Se encoge en el sofá. El ruido

se acrecienta. Se arma de valor. Extiende

sus extremidades y sale de la roca.

Un cangrejo atigrado, de un tamaño

enorme, forcejea sobre la roca a la que

nuestra estrella llama hogar. Introduce

sus pinzas bajo las juntas del suelo

y oprime con su cuerpo acorazado el

tejado. La estrella se lanza en picado

sobre el cangrejo. Intenta inmovilizarlo

con sus brazos, pero el cangrejo es

fuerte. Consigue apartarlo de su roca.

Los dos caen rodando, como a cámara

lenta, y cuando llegan al suelo, la estrella

se amarra con fuerza al caparazón

del crustáceo. Forcejean por sus vidas.

Nuestra amiga saca su estómago y lo

pone encima de los ojos del cangrejo,

dispuesta a digerir sus partes blandas.

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El cangrejo se revuelve y agarra uno de

los brazos de la estrella con su pinza.

El dolor es abrumador. El cangrejo cierra

la pinza con todas sus fuerzas y, sin

mostrar piedad alguna, cercena uno de

los brazos de nuestra amiga y se da a la

fuga marcha atrás.

La estrella de mar se siente agotada.

Está tirada boca arriba sobre la arena del

fondo marino, con una de sus extremidades

mutilada. Se arrastra como puede

hacia la base de la roca. Entra en casa y

se queda profundamente dormida.

Los primeros rayos del día atraviesan las

aguas del océano Pacífico, y bajo los atolones

de coral, bajo las corrientes frías y cálidas

que chocan y bailan y forman espirales

de burbujas, bajo los bancos de peces de

colores, los caballitos de mar y las medusas

luminiscentes, la estrella de mar despierta.

Se despereza, dolorida, desconcertada,

mientras observa con una mezcla de terror

y ternura, cómo su brazo mutilado ha

vuelto a la vida, le mira con los ojos muy

abiertos, y le llama mamá con una vocecita

aguda y casi imperceptible.

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LA ÚLTIMA

CENA

Por Israel Montalvo


Esa imagen se perdía en un profundo

carmesí, en un tono que simulaba a

un hígado crudo, daba vueltas por

su cabeza, en momentos permanecía

estática simulando una fotografía, y luego,

cobraba vida, se contraía como una

palpitación, iba y venía. Yeyé no podía

distinguir con claridad si todo era una

gran mancha roja o era algo más. Alguien.

Yeyé intentaba aferrarse desesperadamente

a este mundo, seguir en la cordura

que al igual que la imagen carmesí, iba

y venía en oleadas. No era mucho lo que

había comido, apenas una rebanada de

pastel, y todavía podía saborear el chocolate

por su paladar, Myrna en cambio,

estaba completamente ida, su vista estaba

fija en una de las paredes del comedor,

no estaba segura de cual era, sólo que

era del comedor. La mirada de Myrna

se fue gradualmente desviando al pavo

que se encontraba ocupando el sitio de

honor en la mesa, junto a una ensalada

de papas, una botella de sidra, y el pastel

que Yeyé había horneado para su primera

noche, juntos. Ella no había comido

mucho, no como Yeyé lo había hecho, él

ya tenía experiencia y sólo se quedaba

quieto mientras se perdía de esa vida,

en cambio Myrna estaba pagando por

su inexperiencia, estaba en un mal viaje,

sudaba frio y empezaba a temblar, no

podía controlar su cuerpo que se agitaba

bruscamente. Yeyé apenas y se daba

cuenta de las cosas, el hígado crudo lo

devoraba en momentos.

—Deberíamos hacer algo especial para

nuestra primera navidad —propuso

Myrna la tarde anterior mientras veían

esa vieja película donde Sigourney Weaver

machacaba a la creación de Giger—.

Qué tal uno de tus pasteles «mágicos».

—Con un cincuenta de la moradita la

hacemos —sentenció Yeyé, mientras se

perdía en la trama de un horror espacial,

mientras la palabra «deberíamos»

rondaba por su cabeza, sabía que toda

lo haría él, ser bueno en la cocina era

casi una maldición, aunque así fue

como atrapó a Myrna, gracias a una

buena cena.

Myrna ya no estaba segura de que

aquello que estaba en la charola que

le regaló su madre, fuera en verdad un

pavo. «¿Un pavo para dos personas?»

se repetía en su cabeza intentando

comprender algo que se le escapaba.

Juanito se le apareció entre pensamientos,

la imagen de ese regordete y

siempre alegre mocoso que de debes

en cuando le alteraba los nervios cuando

andaba corriendo por las calles del

vecindario sin importarle si un carro

pudiese pasarle por encima. Esa cosa

sobre la bandeja de plata y adornada

con frutos secos y que desprendía un

olor envinado, esa cosa era del tamaño

de Juanito. Lo único que hacía falta era

la enorme cabeza del mocoso, «Ahí va

el pequeño Olmeca», esa era la broma

que siempre decía Yeyé cuando el niño

andaba corriendo por la acera que estaba

frente a su casa.

—¿Lo viste? —gritó Yeyé—. Se movió.

Myrna le dio un vistazo por inercia,

Yeyé había saltado de la silla en la que se

encontraba y se pegaba a la pared como

sí quisiera evitar el contacto con algo.

—¿Encontraron a Juanito? —preguntó,

pero Yeyé ni tan siquiera se percató de

la pregunta, estaba horrorizado con la

escena que se desarrollaba frente a sus

ojos, en la contracción del vientre de

aquello que estaba sobre la bandeja, de

cómo abrió las piernas y lo dejó escapar.

—¡Alien! —gritó Yeyé a todo pulmón—.

¡Es el puto Alien! —estaba aterrado, no

podía dejar que esa cosa lo tocara y lo

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derritiera con su saliva que emulaba al

acido. Que importaba que fuera del tamaño

de un ratón y cupiera en su mano,

que Myrna no lo viera, él sabía que estaba

ahí y en cualquier momento se balancearía

sobre ellos.

—¿Crees que los padres de Juanito lo

van a extrañar? —Myrna aún seguía pensando

en el pequeño vecino regordete.

Yeyé dejó de lado al octavo pasajero

que se escondía en algún oscuro paraje

de su mente y recordó la última vez

que alguien vio vivo a Juanito, en como

su cara parecía haber sido apresada

por una enorme mano que lo había

dejado marcado por un tono rojizo que

cubría la mayor parte de la piel de su

rostro. Yeyé sabía que su padre era un

desgraciado, solía escuchar como lloraba

después de cada golpiza, y eso lo

enfurecía tanto, le recordaba a su viejo,

él tampoco había sido un buen padre.

—Yo no sé si lo extrañaría —murmuró

Yeyé —. Con el tiempo todo se olvida.

Tomó el cuchillo con el que cortó las

dos rebanadas de pastel y miró el reflejo

difuso en la hoja metálica, entre migas

de pan. No sé reconocía así mismo,

apretó el mango con todas sus fuerzas

o eso creía hacer, en momentos se perdía

lejos de esa realidad, y se encontraba

buscando la sombra de un alien que

podría caber en uno de sus puños, o en

el profundo carmesí que lo cubría todo.

—¿Qué haces, Yeyé? —fue lo último

que pudo escuchar antes de caer en la

inmensidad de un tono que simulaba

al hígado crudo.

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RECETA

SECRETA

Por Cosme


Me despertaron las piedras golpeando

el vidrio de mi ventana,

era el Chino, con un litro de leche

abierto en la mano y la cara sonriente,

ansiosa. Ya tenía el pantalón

y las botas puestas, pero estaba sin

camisa. Murmuré algún saludo y con

la mano le hice una seña de que no

tardaba en bajar. Aún estaba oscuro y

aparte de nuestras pisadas sólo se oían

los perros cuando fuimos a buscar al

Esteban. Era un viernes de otoño, al

día siguiente sería el festival de música

electrónica en la playa, al cual habíamos

planeado ir de mochileros. Un rato

después enfilábamos nuestros pasos

hacia el crucero donde intentaríamos

que alguien nos llevara.

Ya calentaba el sol cuando un señor con

un camión vacío se ofreció a llevarnos.

Y sin más empezó nuestro último viaje.

El aire fresco de la carretera acabó

por despertarnos mientras pasábamos

por un bosquecillo de coníferas, llenándonos

de esperanza y optimismo,

nada más alejado de la realidad, nunca

debimos haber salido ese día.

Al llegar a la desviación, decidimos

caminar un rato, pero tomamos una

vereda paralela a la vía del tren, la cual

se fue separando paulatinamente de

la carretera, permitiéndonos paisajes

sencillo pero hermosos llenos de quietud

y aroma a hierba fresca, una hora

después desayunamos sobre las agujas

de pinos con el viento fresco y limpio

nos quedamos dormidos.

—Ya, levántense —dijo Esteban—. No

salimos tan temprano para venir a dormir

al monte

—¿No? —dijo el Chino, sentándose,

sin intenciones de levantarse.

Continuamos por la vía del tren, un

par de horas después cerca de un pueblo,

nuevamente nos reunimos con la

carretera, habíamos caminado unos

ocho kilómetros desde el desayuno.

El sol de mediodía empezaba a quemarnos,

así que decidimos esperar a

alguien más que nos llevara. Nos situamos

en la salida a ese pueblo que nunca

supe su nombre, alguien tendría que

pasar por allí.

Después de media hora, pasó una camioneta

con una familia, pero la caja vacía.

—Buenos días —dijimos, tratando de

parecer buenas personas.

—Súbanse —dijo el señor que conducía,

sin dar importancia.

El viaje fue muy lento, así que media

hora después apenas estábamos

pasando el gran lago, después fue disminuyendo

la velocidad y dio vuelta en

una brecha. Se detuvo y se quedó mirándonos

por el retrovisor indicando

que ya debíamos bajar.

—Gracias —dijo el Chino. Si responder

ni esperar más se arrancó la camioneta

lenta e imperturbable.

Medio día y apenas habíamos recorrido

algo así como setenta kilómetros.

Por lo menos debimos tomar la carretera

más directa a la playa. Bueno, parte

del propósito del viaje era ver cosas

nuevas, y las vimos.

Seguimos caminando hacia T*****,

siguiendo letreros que indicaban pirámides

más adelante y venta de artesanías.

Ya apretaba el hambre y de acuerdo

a nuestro presupuesto la comida la

mediodía sería la fuerte, así que entramos

a un restaurante sencillo que tenía

de letrero el lago y unas mariposas, un

lugar limpio y despejado.

—Buenas tardes —apareció una muchacha

como una exhalación, vestida de indígena,

gruesas trenzas de cabello oscuro,

facciones muy delicadas y ojos café intenso.

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Nos quedamos sin habla por unos

momentos, pero luego le pedimos la

comida del día. Con una sonrisa y sin

hablar, nos atendió yendo y viniendo

de la cocina sin hacer ruido como si no

pisara el suelo. La comida consistió en

gorditas de chicharrón en carne verde,

un guisado de chile rojo acompañado

de arroz. Carne deliciosa, fibrosa pero

bien preparada, me impresionó, pero

no dije nada. Ayudados por las deliciosas

tortillas comimos como si no hubiera

mañana. Nos sorprendió el precio

tan bajo de la comida siendo tan abundante

el platillo y prometimos regresar

cada que pasáramos por T******.

Después de pagar salimos para sentarnos

en una sombra y decidir lo que haríamos,

el plan era simple caminar hasta que

oscureciera y dormir donde se pudiera.

En eso estábamos cuando llegó la

muchacha del restaurante, no vimos

que haya salido del negocio, más bien

me pareció que estaba entre los árboles,

la acompañaba otra un poco más

delgada y alta, con ojos más rasgados,

hipnóticos e irresistibles.

—Nari —dijo la primera—. ¿Vinieron

para ir a la fiesta? —dijo casi susurrado,

pero todos la oímos bien. Nos miramos,

sin saber que decir.

—No sabíamos —al fin dijo el Chino.

—A la tarde hay una fiesta en las pirámides

—dijo la más bonita—. Los esperamos.

No esperaban respuesta, sólo se despidieron

seguras de que ahí estaríamos.

Quedamos sin habla, como quien ha

visto a unas ninfas cantando.

Preguntando llegamos al lugar indicado

un par de horas después, al

104


parecer había una especie de festival

prehispánico. Ya una mujer estaba cantando

pirekuas, hermosas y hechizantes.

Estuvimos sentados un rato, disfrutando

todo, hasta que vimos a las

muchachas a nuestro lado.

—Nari —dijeron.

Tenían otra actitud, se veían más

amables y misteriosas. Nos trajeron

unos jarritos con una especie de tepache,

nos observaban mientras lo bebíamos,

con risitas y bajando la barbilla

mientras se murmuraban comentarios.

—Vengan —dijeron, tomándonos de

la mano para llevarnos a un estacionamiento

improvisado, nadie parecía

notarnos o darnos importancia.

Al llegar a unas bancas bajo un árbol frondoso,

me sentí terriblemente cansado, me

senté y empezaba a quedarme dormido,

cuando vi a mis amigos riendo como idiotas.

—K’uiripeta deliciosa —decían ellas

coquetamente, y mis amigos intentaban

repetirlo.

Me despertó un ruido conocido, la

puerta trasera de una camioneta al cerrarse.

¿Qué hacía yo en la caja de lo que

parecía una camioneta pequeña? Traté

de hablar, pero sólo pude volver la cabeza

y mis amigos estaban a mi lado, dormidos,

acostados los tres. Las muchachas

hablaban entre ellas o con alguien

más. Me parecía que sólo podía ver con

la mitad de abajo del ojo, me vieron tratando

de incorporarme y sólo rieron.

—P’untsumiti másïkuta —dijeron y se

rieron.

Recordé haber visto esa camioneta en

el restaurante, cuando encendió el motor,

cerré los ojos y me quedé dormido.

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EL ARTE DE LA

LITERATURA Y SUS

DIFICULTADES EN

EL SIGLO XXI

Por Ana Paola Nájera López

¿Por qué consideramos ciertas cosas

como arte? ¿La extravagancia, la originalidad?

Desde mi perspectiva hay ciertas

palabras que son innecesarias para buscar

en un diccionario. Una de ellas es el

arte. Puede tener una definición inequívoca

pero forjar tu idea del concepto con

base a experiencias, te hará arraigarte de

tus principios y forjar tu identidad.

Para mí el arte es todo aquello que

nos hace humanos, aquello que de-

106

muestra que dejamos atrás nuestro

instinto animal presumiendo así el

raciocinio que nos trajo la evolución;

y mientras más lejano esté de cumplir

con la mera supervivencia, mayor será

considerado como arte.

La gastronomía es un arte porque no

solo busca satisfacer la necesidad del

hambre, busca disfrutar cada bocado,

agregando condimentos, mezclando

sabores, hirviendo y marinando con


delicadeza para degustar cada bocado.

Eso es arte. Pero una de las artes más

puras es el escribir, el leer, hacer que el

lector reviva tus ideas. Eso expondré en

el presente ensayo.

Es rara la persona que tiene el don de

crear arte, ya que ésta se va forjando y

aprendiendo, mucho depende del empeño

y la paciencia. Como bien decía el

estilista francés L. Veuillot «A fuerza de

trabajo se puede llegar a ser un escritor

puro, claro, correcto e incluso elegante».

El arte de escribir es el producto de

un arduo esfuerzo.

Pero este esfuerzo muchas veces se ve

menospreciado gracias a la globalización.

No puedo negar que las redes sociales

nos han traído muchos puntos positivos

respecto a la escritura y su divulgación ya

que alguna idea puede ser publicada con

facilidad en Facebook, Twitter, o si llega a

ser más extenso en Wattpad. Sin embargo,

107


esto a su vez trae aspectos negativos ya

que cualquier persona se cree un prodigo

escritor y la divulgación de sus textos (con

muchas veces faltas de ortografía y carencia

de sintaxis) desacredita a los demás

escritores que han trabajo con laborioso

esfuerzo sus escritos. Y no me malinterpreten,

con esto no quiero decir que solo

los buenos escritores pueden darse el lujo

de divulgar sus textos, es excelente que

los jóvenes escribamos y compartamos

frases, microcuentos y relatos propios.

Pero que no olviden que «la mejor inspiración

para escribir es leer» (Jorge González

Moore). Y no una lectura en un blog o revistas

de la farándula, sino que se nutran

de Arthur Conan Doyle, Octavio Paz y José

Saramago para poder llegar a escribir textos

dignos de admiración.

Ya que al no nutrirnos de otros, generaremos

una blasfemia para el arte de

la literatura en donde mucho jóvenes

iniciarán a leer con fanbooks de Wattpad

o historias de Facebook y si son

de mala calidad, se harán lectores conformistas

y al ver un texto literario con

extenso vocabulario o mayor grado de

dificultad lo menospreciarán diciendo

que es «aburrido».

Sin embargo, lo peor de todo son las

instituciones de alto grado literario que

se adecuan al conformismo de la actualidad,

dándole la razón al ignorante.

La Real Academia Española acepta

cada vez nuevas palabras que no son

necesarias, sea el caso de la palabra

«amigovio». La palabra en sí es bien conocida

coloquialmente y generalizada

por los jóvenes pero al incluirla al Diccionario

de la RAE directamente se nos

dice «habla y escribe como quieras, total

la RAE te dará la razón». Otro ejem-

108


plo es cuando la RAE puso la propuesta

normativa de eliminar el acento para

distinguir entre «éste», «este» y «esté».

Esto en vez de verlo como una ventaja

para nosotros, deberíamos de verlo

como un motivo para no dejar de persistir

y arraigarnos a la lengua española.

La propuesta normativa por la

RAE no dio frutos y Salvador Gutiérrez,

miembro de la Real Academia Española,

ha reconocido que el seguimiento

de los «consejos» de la edición de Ortografía

de la RAE ha sido muy desigual.

Cuatro años después de su publicación,

aún se acentúan palabras como «sólo»

y «éste», pese a lo recomendado. Claro

que el mundo está cambiando y hay

muchas palabras que se agregaran con

el tiempo pero el español es una de las

lenguas más vastas de vocabulario y

deberíamos presumirla con orgullo.

Mientras más pasa el tiempo debería de

haber más creación de arte, porque gradualmente

vamos evolucionando un poco

más. Sin embargo estos últimos años parece

estar tomando el caso contrario en donde

va decreciendo el interés por esta índole.

Muchos se lo han atribuido al gobierno que

no promociona el arte y la cultura pero la demanda

es la que rige la oferta. Y si nosotros

los jóvenes no comenzamos a interesarnos

no podremos exigirle nada al Estado.

Debemos de empezar a acercarnos a

la cultura, al arte misma. En las escuelas

nos obligan a leer pero no por ser un

«sistema retrógrada» si no porque es necesario,

la inteligencia y las capacidades

se rigen de la práctica y el mejor ejercicio

es la lectura. Muchas personas dicen

que no les gusta leer pero como decía J.

K. Rowling: «si no te gusta leer, no has

encontrado el libro correcto».

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NOVELAS

POR ENTREGAS

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LOS

ÚLTIMOS

CONTRI-

BUYENTES

(PRIMERA PARTE)

Por

Ernesto Molina

La negrura obsidiana abarca hasta

donde alcanza la vista pero no está

vacío ni obscuro, pues aquí se encuentra

todo. Dispersos por el horizonte

se hay varios puntos blanquecinos,

cada uno de estos puntos pueden ser

estrellas, planetas o galaxias distantes,

todas sometidas a las leyes de la física,

leyes inamovibles que seguirán dictando

el comportamiento del universo en

todos sus rincones durante el tiempo

que dure la eternidad, estas reglas dictan

que en algún momento del futuro

se agotará la entropía y el universo

completo colapsará, será un día silencioso,

probablemente un martes, aunque

en realidad no habrá quién pueda

registrarlo. Por lo tanto esta no es la

historia de ese momento.

Las leyes de la física igualmente dictan

muchos de los eventos que cambiarán

la geografía de nuestro universo:

Galaxias fusionándose, estrellas muriendo,

sistemas completos que son

comprimidos por la masa sumamente

densa de un agujero negro, tu orden

de sushi, y otras cosas que suceden en

intervalos de tiempo tan largos que la

vida surgirá y se extinguirá varias veces

antes de que alguien lo note. Pero esta

no es la historia de uno de esos eventos.

Estos mismos estatutos que rigen el

universo controlan donde florecerá la

vida, de qué estará conformada, cuáles

serán sus ventajas, cuáles serán

sus amenazas, a qué temerán y posiblemente

a qué venerarán y cuál será

el ingrediente predilecto de la pizza.

¿Adivinaste? Esta no es la historia del

surgimiento de una civilización.

En todo el tiempo que las leyes de la

termodinámica han concedido a nuestro

universo, nacerán y surgirán varias

civilizaciones con la capacidad de ex-


plorar las estrellas, muchas de ellas

jamás coincidirán, aunque ¡claro! existe

una pequeña posibilidad de que se

encuentren y convivan tratando de preservarse

la una a la otra, por su puesto

la experiencia nos enseña que las posibilidades

de una guerra son ligeramente

superiores. Curiosamente esta no es

la historia de uno de esos encuentros.

Pero hay algo digno de mención respecto

a las civilizaciones:

Sus leyes no se someten a la saludable

lógica de la física.

Esta historia trata de esas leyes, las leyes

de los hombres y civilizaciones asociadas.

Y comienza con una viajera visitando

un planeta donde la vida dejó su marca

pero jamás prosperó:

La abadía estaba sola, la ciudad permanecía

abandonada y el planeta se

encontraba completamente desierto;

roca abandonada era un término válido

para describir el lugar. Era el tipo

de lugar que hace que los escritores se

vuelvan redundantes. En aquel yermo

reposaba el Sancto coniectoris adsiduus.

Un artículo tan poderoso solo podía ser

resguardado en un lugar donde la vida

no fuera posible.

Este mundo poseía una atmósfera de

cuarenta centímetros de espesor y una

radiación UV capaz de esterilizar a una

horda de adolecentes lujuriosos. La ciudad

y la abadía fueron construidas por

robots obsoletos que eran propiedad

de la secta, y la ubicación del planeta

solo es conocida por los seis miembros

más importantes de la fe. Pero en ese

preciso momento, desde el visor de su

nave espacial, Isa tenía oportunidad de

ver la legendaria abadía.

La iglesia le había asignado una misión.

Cada cuatrocientos años el Sancto

coniectoris adsiduus entregaba un

número, y era responsabilidad de Isa

recuperar ese dato.

La iglesia de los últimos contribuyentes

era una religión relativamente

nueva. Aun así poseía sus propias profecías

sin sentido, lugares prohibidos

saturados de turistas, artículos antiquísimos

de origen dudoso y una tienda

de recuerditos. La búsqueda de Isa

implicaba todo eso y más.

Una vez que la nave aterrizó en el desértico

planeta, Isa activó su cronómetro,

tenía cuatro horas antes de que la

radiación emitida por aquella estrella

la matara. Eso significaba que gracias

a su moderno traje espacial tenía casi

dos horas antes de que el cáncer fuera

irremediable; incluso podría dedicar

cinco minutos a visitar la mítica ciudad.

Decidió no desperdiciar su tiempo y se

dirigió a su objetivo.

Ya dentro de la abadía solo había un

pasillo que siguió hasta que distinguió

el sagrado artefacto. Se colocó de rodillas

y presionó el botón rojo. La chica

mantuvo la respiración mientras el

edificio completo emitía un zumbido

angustiante.

—Algo no está saliendo bien —dijo Isa

con un una voz preocupada que rayaba

en el pánico.

Una luz roja le indicó el problema:

Favor de colocar papel en la bandeja 1

Sin la menor reverencia hacia el santo

suelo que pisaba, Isa abrió el cajón

que decía «Papel» y abasteció la impresora

con varias hojas tamaño carta. El

zumbido cesó y la impresora devolvió

un número primo de 148 dígitos. Colocó

la impresión en una maleta de alta

seguridad y emprendió el viaje de regreso

a la tierra.

113


114

La tierra es el planeta donde los seres

humanos dieron sus primeros pasos,

escribieron sus primeros poemas y pagaron

sus primeros impuestos. Fueron

aquellos impuestos los que empujaron

a la creación de la Iglesia de los últimos

contribuyentes. Esta iglesia es la institución

más poderosa, importante, relevante,

venerada y temida de toda la galaxia.

Marcando un hito en la historia de la evolución;

diversas especies que habitan el

universo han adoptado esta fe independientemente

de su origen, creencias originales

o la demostración científica de la

existencia de otros dioses.

Según la leyenda, La iglesia de los últimos

contribuyentes fue fundada por una

pareja del estado de Chihuahua en aquel

caótico país conocido alguna vez como

México. Cansados de pagar impuestos

empezaron a buscar métodos para prosperar

sin tener que entregar una parte de

sus ganancias al erario público. Después

de mucha meditación e investigación

fiscal fundaron La Primera Iglesia De Los

Evasores De Impuestos, posteriormente

se llamó La Congregación De Los Morosos

y cuando adquirió algo oficialidad volvió

a cambiar su nombre a Iglesia De Los Últimos

Contribuyentes.

Las reglas de las religiones, sectas y

clubs de fans suelen ser las mismas en

todo caso: Pórtate bien, dona dinero

al equipo y transfórmate en un fanático

violento si la situación lo amerita.

La nueva religión agrega una regla: Es

máximo e imperdonable pecado cumplir

con tus obligaciones fiscales. Obviamente

las personas con grandes ingresos

empezaron a unirse a la nueva secta,

situación que impulsó al gobierno y las

antiguas religiones a tomar medidas

drásticas. Afortunadamente el exceso

de burocracia y corrupción del gobier-


no junto con la mediocridad de las instituciones

aliadas dieron al traste con

sus planes para detener a la pujante

fuerza de los últimos contribuyentes.

Con los siglos el aumento de feligreses,

los buenos ingresos y la excelente

administración permitió que la iglesia

financiara numerosos proyectos de investigación,

llevando a la tierra al nivel

científico de planetas como Fuxa 9 y Sirli.

Con el desarrollo tecnológico el viaje interplanetario

fue posible, Eso permitió el

envío de misioneros a otros mundos que

ayudados por la flexibilidad de la fe y los

elevados impuestos ganaron, con gran velocidad,

nuevos feligreses, mundos completos

y lo más importante: Influencia.

Algunas veces la iglesia de los últimos

contribuyentes debía demostrar

que tiene todo el misticismo necesario

para ser una religión creíble. Así que

fue comprando templos antiguos, pergaminos

ambiguos y tradiciones extrañas

. Naturalmente también escribieron

algunas profecías.

El problema es que una de las profecías

estaba a punto de cumplirse.


Después del capítulo anterior el lector debe

de estar muy molesto conmigo, en la portada

del libro prometo escribir sobre obscenidades,

perversiones y tabúes. De momento

solo hemos podido leer un extraño cuento

sobre una chica que atraviesa la galaxia

para colocar papel en la impresora y la historia

del surgimiento de una religión.

¿Ok? para evitar que este libro se

ponga muy aburrido voy a resumir este

capítulo lo más posible:

En la abadía de los evasores de impuestos

hay una computadora de finales

de los 90s conocida como el Sancto

coniectoris adsiduus, este ordenador fue

diseñado para que cada cuatrocientos

años imprima un número primo de 148

dígitos. Ese número es resultado de un

programa informático que fue obtenido

después de años de investigar el comportamiento

de un naranjo cuyos frutos

tenían la capacidad de predecir los

resultados de los partidos de futbol. El

número impreso por la computadora

representa el código de registro de una

cadena de ADN. El poseedor de dicha

genética deberá recolectar cuatro artículos

místicos dispersos alrededor del

universo, si el elegido muere o falla en su

misión, la iglesia de los últimos contribuyentes

deberá pagar todos los impuestos

acumulados durante los últimos cuatro

mil años, además de los intereses.

Como cabe esperar los numerosos

gobiernos, prestamistas y enemigos de

la fe concentran toda su atención en los

resultados de la búsqueda del elegido.

Durante las últimas nueve sesiones este

paladín de la fe ha podido recolectar y

entregar los artículos solicitados pero

este año las apuestas están en contra.

El nombre del elegido es Pohl Douglas,

un hombre que es el resultado

de una mala mezcla de las baladas de

moda y vodka sabor chocolate. La madre

de Pohl, que al momento del parto

tenía diecisiete años de edad y una oferta

para aparecer en un vídeo musical,

entregó a su hijo a un orfanato manejado

por el gobierno federal de la Tierra.

El niño fue educado institucionalmente

durante dieciocho años, después

consiguió un trabajo en un estacionamiento,

obtuvo otro trabajo como archivador

en una compañía de seguros,

asistió al concierto de una banda popular,

se enamoró, fracasó románticamente

y fue seleccionado el elegido de la fe.

115


Por lo tanto, una tarde, mientras regresaba

del trabajo pensando si debía

ordenar pizza o cenar los palitos de

queso del día anterior, fue secuestrado

por una camioneta negra sin placas,

vestido con un traje caro y colocado en

una sala de juntas frente a un grupo

dispar de personajes con rostro hostil.

Esta situación había dejado sumamente

confundido a Pohl, el pobre archivador

que se encontraba a punto de

sentir miedo, buscó en los bolsillos del

nuevo traje y allí estaba el sobre; desde

los doce años cargaba con él y no se

separaba más que para bañarse. Sobre

en mano, abrió los ojos y se enfrentó a

sus secuestradores.

Un hombre feo con siete papadas lo

puso al tanto de la situación: mientras

Pohl archivaba la información de un

accidente naviero ocasionado por una

furiosa ballena blanca que se fugó de

un estudio de filmación. Un grupo de

exploradores visitaron las parroquias

de las cuatro esquinas, donde obtuvieron

la lista de los valiosos artículos que

eran necesarios para que cien mil millones

de individuos de cuarenta y siete

especies distintas colocadas en ciento

veintidós cuerpos celestes diferentes

puedan continuar con sus vidas sin pagar

impuestos.

Así también se le informó que una

asociación conformada por ciento

ochenta y tres dependencias del gobierno

le asignaría un supervisor que

lo acompañaría durante todo su viaje.

El nombre del supervisor del gobierno

era Úrsula Luna. Podemos describirla

fácilmente como una fantasía

sexy del autor . Además de ser sumamente

atractiva, tenía un doctorado en

geografía intergaláctica y una actitud

aventurera. Su presencia en el equipo

116


estaba justificada con el argumento de

que los últimos contribuyentes no falsificaran

la evidencia de la misión.

Puesto que existía la posibilidad de

que el supervisor aprovechara la soledad

del viaje para seducir, matar o

sobornar a nuestro héroe, la iglesia le

asignaría un robot no obsoleto para

ayudarle con el trayecto: J.U.A.N., como

lo llamaban sus amigos robots, era una

máquina diseñada para funcionar como

misionero en planetas poblados únicamente

por robots o en lugares demasiado

hostiles como para enviar a alguien

que no fuera a prueba de balas.

Antes de que Pohl pudiera hacer una

objeción, lo colocaron en una nave espacial

llamada La Sonrisa Fácil junto con

sus nuevos compañeros de viaje, comenzando

una magnifica aventura que sería

recordada por aquellos cuya ocupación

implica recordar esta clase de viajes.

1

Entre las cosas que compraron está lo siguiente:

Muchas pirámides que la gente

no había querido desenterrar, numerosos

manuscritos cifrados de dudoso origen, los

derechos de las festividades decembrinas y

los cajeros automáticos. En consecuencia los

«ATM» son considerados altares, ahora el viernes

el día más sagrado de todos y el distrito

de bares es la zona más religiosa de la ciudad.

2

Allá afuera hay muchos cachorros, bebés y

autores que son auténticamente feos pero

se las arreglan para ser agradables o tiernos.

Este hombre era feo en toda la extensión de

la palabra y sin oportunidad de redención.

3

¡Mentira! Úrsula Luna es guapa, pero la

fantasía sexy del autor implica lencería fabricada

con pizza. Nuestra supervisora utiliza

un conjunto de algodón que es cómodo,

práctico y nada comestible.

Continúa en el número 10

117


118

EN

EL JARDÍN

DEL EDÉN

Por

Carolina Aguirre

Al momento en el que Julio abrió

los ojos el viento soplaba ligeramente,

arrastrando la fresca y salada

brisa del mar. Se levantó de golpe,

adolorido, con la sangre de aquellos

acólitos aún en su rostro y en sus manos.

Miró en todas direcciones y lo único

que pudo observar fue una delgada

línea de playa; frente a él, las cristalinas

aguas del mar estaban tranquilas, y a

su espalda, al terminar la playa, se erigían

árboles y plantas de verde follaje

con flores de diferentes colores. El olor

en aquel lugar era muy dulce, las nubes

avanzaban lentamente con el viento y

el sol, que a pesar de encontrarse en el

cenit, solo brindaba un ligero y agradable

calor.

Julio, con la ropa hecha girones y bañada

en sangre, comenzó a gritar con

desesperación los nombres de Carolina

y Eira, igual que aquel fatídico día

en que el Sirena Negra naufragó.

—Esta vez no las encontrarás de esa

forma —exclamó una dulce y delgada

voz, que parecía haberse escuchado

detrás de él.

—¡¿Quién está ahí?! —gritó Julio, girándose

para ver a quién había exclamado

esas palabras, pero no vio nada,

tan solo la arena y el mar. La voz volvió

a escucharse soltando una ligera risa, y

volvió a decir:

—Esta vez no las podrás encontrar.

¿Qué ya no recuerdas lo que pasó? —volvió

a escuchar detrás de él. Esta vez Julio

no se giró, pues frente a él, y como si fuera

un espejismo, la imagen de Carolina

y Eira, gritando llenas de desesperación

y temor mientras eran devoradas por la

oscuridad aparecía nuevamente. Julio

corrió para tratar de ayudarlas, pero

en cuanto se acercó, aquella imagen se

desvaneció, arrastrada por el viento.


—¡¿Qué diablos es este lugar?! ¿Quién

eres? —gritó Julio nuevamente, lleno

de frustración y coraje.

—¿Quién soy yo? —respondió aquella

voz femenina e infantil detrás de Julio.

Él giró con rapidéz y esta vez pudo ver

a quien le hablaba. Era una niña pequeña,

que parecía no tener más de cinco

años; llevaba un largo vestido blanco

sin ningún tipo de adorno, sus ojos azules

y sus facciones delicadas e infantiles

la hacían lucir muy inocente, su cuerpo

era sumamente delgado y su piel casi

tan blanca como las conchas que se hallaban

en la playa. La pequeña le sonrió

y continuó—. Yo no soy nadie. La pregunta

aquí es, ¿quién eres tú?

—Yo... —Julio tardó unos segundos en

responder, respiró profundo y trató de

que tragarse su enojo—. Mi nombre es

Julio. ¿Cómo te llamas tú? —la pequeña

sonrió, entretenida, y movió la cabeza

de una lado a otro en señal de negación.

—No te estoy preguntando tu nombre,

te estoy preguntando quién eres tú.

—Por eso, te estoy diciendo que soy

Julio... ¿Vas a decirme tu nombre o solo

te vas a estar burlando de mí? —exclamó

Julio, molesto. La pequeña solo suspiró.

—Si no sabes quién eres tú, ¿cómo

pretendes saber quién soy yo? —la pequeña

volvió a reír—. Nunca he entendido

esa necesidad de ustedes de darle

un nombre a todo lo que les rodea,

pero si tanto te importa, entonces puedes

llamarme... —la pequeña pensó un

poco y, tras unos segundos, respondió—:

Puedes llamarme Vremya… Sí,

sería bonito que alguien me llame así.

—Vremya... ¿Pero quién eres tú? ¿Cómo

llegué hasta aquí? ¿Dónde estamos? —preguntó

Julio, aún desesperado. Vremya lo

tomó de la mano y comenzó a caminar, Jalando

a Julio consigo.

—Haces muchas preguntas. Mejor

guarda silencio y disfruta el paisaje; últimamente

no se ven muchos lugares así

de hermosos de donde tú vienes —atinó

a responder Vremya, sin dejar de sonreír.

—¿Cómo qué de donde yo vengo…?

Mira, eso no importa ahora, no puedo

estar así de tranquilo, tengo que regresar,

tengo que salvarlas, ellas no...

—No puedes salvar a nadie si ni siquiera

sabes quién eres... —respondió

Vremya, soltando la mano de Julio.

—¡Eso es una tontería! ¡Ellas me necesitan!

No puedo estar aquí tan... —Julio

volteó a ver a Vremya, pero ella ya no

estaba a su lado.

—¡Ven acá! El agua está deliciosa. ¡Ven

a jugar conmigo! —gritó Vremya, parada

en el agua cerca de la playa, después se

puso a chapotear con los pies. Julio la

miró un tanto confundido, y poco a poco

se fue acercando a ella—. Anda, el agua no

te va a hacer nada, ven aquí —tras dudar

un momento, Julio se quitó los zapatos,

subió un poco sus pantalones y entró al

agua hasta que esta le cubrió los pies por

completo—. ¿Verdad que está deliciosa?

—Por favor, no es momento para estar

jugando. Tengo que ayudar a Carolina

y a Eira, sino...

—¿Sino qué? —Vremya detuvo el chapoteó

y preguntó con un tono de voz

lúgubre, mirando fijamente a Julio.

—Ellas pueden morir... —al escuchar

esto, Vremya soltó un suspiro y todo a

su alrededor se oscureció. Julio, desconcertado,

solo pudo sentir un terrible

frio, y no pudo evitar cerrar los ojos.

Segundos después, una sensación cálida

invadió su cuerpo.

—Abre los ojos. Eres muy temeroso —dijo

Vremya. Julio hizo caso y abrió los ojos lentamente.

La playa había desaparecido, y en

su lugar se encontraban en un pequeñísi-

119


mo claro en medio de un bosque de colores

pardos. Ahí había una mesa decorada

con un mantel de encaje, sobre ella reposaba

una tetera humeante junto a dos

tazas sobre unos pequeños platos, todo

de porcelana. Julio miró a su alrededor y

solo podía ver la espesura de los árboles

que creaban la ilusión de un muro de vegetación,

la cual era penetrada por la luz

del sol colándose entre sus ramas. Vremya

estaba sentada en una silla y apenas

alcanzaba la mesa—. Se bueno y sírveme

un poco de té, es de manzanilla. Tú favorito,

¿no? —Julio dudo, pero se acercó a

la mesa y sirvió el té en ambas tazas. Con

un ademán, Vremya pidió a Julio que se

sentara en la otra silla, lo cual él obedeció

de inmediato. Para cuando levantó la

mirada después de sentarse la pequeña

niña ya no estaba, en su lugar había una

mujer joven, igual de blanca que Vremya,

con sus mismas facciones y el mismo

vestido—. Perdona, pero es que no podía

alcanzar bien la mesa —dijo aquella mujer,

con un tono de voz más maduro, pero

con la misma picardía.

—¿Qué eres tú? —preguntó Julio,

desconcertado.

—¿Sabes? Esa es una pregunta interesante

—respondió Vremya, tras dar

un sorbo a su té—. Yo podría hacerte la

misma pregunta a ti.

—Eso es muy fácil, yo soy un ser humano

—respondió Julio, con más

confianza y con la taza de té entre sus

manos. Por alguna extraña razón aquel

lugar y aquella mujer causaban en él

una sensación de tranquilidad. El canto

de las aves se escuchaba de forma

armoniosa en todo el bosque.

—Eso ya lo sé, pero esa no es la respuesta

que busco...

—¿Entonces qué es lo que quieres saber?

De verdad no puedo estar aquí, no

120

ahora, tengo que rescatar a Carolina y

a Eira... Yo... Ellas... Yo no sé qué haría

sin ellas.

—¿Y si te dijera que ya no puedes hacer

nada por ellas? ¿Te quedarías aquí para

siempre? —preguntó Vremya, mientras

que su mirada se tornaba oscura.

—No vas a poder evitarlo. No me

importa quién seas, no voy a dejar

que mueran —respondió Julio, levantándose

de la silla. Vremya soltó una

carcajada.

—Yo no te puedo impedir nada, pero

estando aquí no vas a poder lograr

nada tampoco —atinó a decir y continuó

riendo.

—Quieres decir que... ¿estoy muerto?

—preguntó Julio, mientras que su rostro

se volvía pálido.

—Con ustedes siempre es lo mismo:

vida y muerte; noche y día; bien y mal...

Realmente la existencia no es tan básica

y, sin embargo, ustedes han logrado

mucho aún con esa forma tan simple

de pensar.

—No entiendo nada... —exclamó Julio,

con un marcado tono de consternación

en su voz. Vremya volvió a reír y,

tras un sorbo a su té, continuó:

—Puedes fumar si quieres, no es algo

que me moleste y sé que te gusta hacerlo

—Julio la miró sin entender lo que

sucedía—. En tu cazadora traes una cajetilla

medio llena, sácala, con confianza

—Julio no comprendió hasta que

tocó su cuerpo. Sin saber cómo, llevaba

la misma ropa que tenía cuando se

embarcó en el puerto en Veracruz. Aún

preocupado, buscó en la bolsa interior

de su cazadora y sacó la cajetilla, justo

como Vremya dijo, después, sin pensarlo

mucho, sacó de ella un cigarrillo y el

encendedor. Tras encender el cigarrillo

y dar una bocanada, Julio preguntó:


—¿Qué estoy haciendo aquí?

—¡Bingo! —exclamó Vremya, emocionada—.

Esa era la pregunta mágica.

Estás aquí porque aquí es dónde necesitas

estar.

—Eso no me ayuda en nada... —Vremya

sonrió al escuchar esa respuesta.

—Realmente son ustedes muy básicos,

es tierno… Y a la vez preocupante.

Es por eso que ustedes los humanos

causan tantos estragos. Te explicaré:

estás aquí porque necesitas reflexionar,

necesitas saber lo que realmente

está sucediendo y qué es lo que tienes

que hacer. Sin una dirección estarías

vagando para toda la eternidad y repetirías

los mismos errores una y otra

vez... Si debo ser honesta, me compadecí

de ti y te traje para ofrecerte otra

oportunidad.

—Pues entonces tienes que ayudarme

a salvarlas, tengo que evitar que

Triswtch dañe a Eira...

—¿Por qué tendrías que hacer algo

así? —preguntó Vremya, con sincera

ingenuidad.

—¿Cómo que por qué? ¡Porque no

está bien! No puede lastimar a las personas

solo para logar sus objetivos.

Además… —Julio guardó silencio y

pensó bien sus palabras, después continuó—.

Ella es mi famila…

—Porque no está bien… —susurró

Vremya—. Respondeme una cosa,

¿acaso estuvo bien lo que Carolina y

tú hicieron al asaltar el banco? —Julio

guardó silencio ante la pregunta de

Vremya—. Si mal no recuerdo, asesinaron

a un cajero, hirieron a la gerente y

también asesinaron a ese pobre hombre

en su huida. ¿Sabías que llevaba

medicamento para su hijo, y que él murió

ese mismo día al no poder recibirlo?

Ahora la madre tiene que prostituirse

121


para poder conservar su casa y alimentar

a sus otros dos hijos... —Julio,

horrorizado, no pudo responder. Llevó

sus manos a su rostro y agachó la cabeza—.

Eso te convierte en una mala

persona, ¿no es así? —añadió Vremya,

quien ya se encontraba parada a un

lado de Julio.

—No... No es lo mismo... Nosotros lo

hicimos...

—Ustedes lo hicieron para que la

mamá de Carolina no tuviera que morir

a causa de su enfermedad, lo sé —interrumpió

Vremya, sentada nuevamente

en la silla—. Pero, ¿sabías que ella sólo

fingía estar enferma para que Carolina

no se fuera de su lado y la siguiera

manteniendo?

—¡¿Qué?! —exclamó Julio, levantando

la mirada.

—Cómo ustedes dirían, el fin justifica

los medios… Pero resultó que no

hicieron ningún bien por nadie, ni por

ustedes, puesto que a quien le harían

el bien realmente les hacía el mal.

—No puede ser cierto, no puede ser

así... —Julio lanzó la taza, la cual se estrelló

en el tronco de un árbol. Vremya

hizo un ademán y la taza se materializó

de nuevo en la mesa, frente a Julio.

—Son las únicas que tengo y fueron

un regalo, no las rompas.

—¿...Por qué estoy aquí? —susurró

Julio y bajó la mirada. Vremya sonrió y

se levantó de la silla.

—Eso es lo que quería escuchar. Acompáñame,

demos un paseo —dijo ella, tomándolo

de la mano como en la playa.

Había regresado aquella figura infantil y

pícara. Julio no rechistó y se levantó.

Caminaron varios minutos por el bosque

y ninguno de los dos habló, únicamente

se dedicaron a admirar el paisaje

que aquel lugar les ofrecía. Los rayos del

122

sol se colaban entre las ramas, las hojas,

coloreadas en diferentes tonos de rojo y

verde, tapizaban el camino por el cual

ambos caminaban. El canto de los pájaros

era más claro en cada momento,

pero por ningún lado se podía observar

alguno. A cada paso que avanzaban, el

sonido de una caída de agua se escuchaba

con mayor fuerza.

No tardaron mucho tiempo en llegar

a otro pequeño claro, en el cual un ojo

de agua recibía el constante flujo de

agua que caía por una cascada muy

alta. Aquella cascada no estaba sostenida

por nada, caía directamente

del cielo, y el sol fue sustituido por un

manto de estrellas, que brillaban intensamente

formando un camino de

luces en el cielo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Julio,

con tranquilidad, mientras observaba

las estrellas y el agua que llenaba el ojo

de agua.

—Aquí es hermoso, ¿verdad? —exclamó

Vremya, sentándose en la orilla

del ojo de agua y metiendo sus pies en

él—. Disfruto mucho venir aquí cuando

quiero dejar de pensar un momento.

Estamos en la fuente de la creación, el

centro del universo, el principio del

todo... Cómo tú quieras llamarle. A mí

me gusta pensar que es mi jardín —Julio,

quitándose nuevamente los zapatos

y los calcetines, se sentó junto a Vremya

y también metió los pies al agua.

—¿Ya me puedes explicar por qué estoy

aquí? —inquirió Julio, mostrando

su desesperación y sin dejar de mirar

el agua al caer—. ¿De verdad no estoy

muerto?

—Estás aquí porque yo te traje, tonto.

Y, bueno, si insistes con eso de estar

muerto, no, no lo estás. No entiendo

cómo es que te aferras a ese concepto


tan arcaico. La existencia no es dualidad...

Pero, vamos, quiero que me expliques,

¿qué es lo que tú entiendes por

muerte? —Julio se quedó pensativo al

escuchar esa pregunta. Miró a Vremya

y, después de varios minutos pensando,

respondió:

La muerte es cuando tus funciones

vitales se detienen, cuando ya no puedes

respirar, y tu cerebro deja de funcionar.

—Entonces, según tu concepto, cuando

tu cuerpo deja de funcionar, mueres,

¿correcto? —preguntó Vremya, sin poder

contener una carcajada—. Eso es

lo más tierno y tonto que he escuchado.

La muerte no existe, puesto que tu

esencia no deja de existir jamás.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Que solo porque el envase que contiene

tu esencia no sirva más no significa

que dejes de existir. La existencia es

infinita, tú eres eterno, y todo aquello

que conoces también lo es... —Julio

solo pudo responder con una mueca

de duda, a lo que Vremya sonrió—. El

concepto que tienen ustedes de muerte

es que sus cuerpos dejan de funcionar,

pero están muy equivocados.

—¿Entonces, al morir, vamos al paraíso?

—preguntó Julio, Vremya no pudo

contener la risa.

—Claro que no, eso tampoco existe.

Eso es sólo una tontería que el Rey de la

Eternidad inventó para reconfortar a sus

creaciones. Cuánto daño les ha hecho...

—¿Quieres decir, entonces, que el Rey

de la Eternidad realmente es Dios?

—El Rey de la Eternidad no es ningún

dios, los dioses no existen... Al menos

no bajo el concepto que ustedes conocen.

El Rey de la Eternidad es el creador

de su especie, eso es cierto, pero él los

creó a su imagen y semejanza. Ustedes

son seres imperfectos, ignorantes, y

123


llenos de errores, iguales a él —Julio

guardó silencio y siguió observando

la cascada. El sonido que producía el

agua al caer era hipnótico y relajante al

mismo tiempo.

—Pero él es inmortal, no puede ser

igual que nosotros —acertó a decir Julio.

Vremya comenzó a patalear en el

agua, mientras reía.

—Creo que sigues sin entenderme. Claro

que es inmortal, la muerte no existe...

Las estrellas brillaban con demasiada

intensidad, parecía que podrían

tomarse si se estiraban las manos lo

suficiente. Julio seguía observando

todo a su alrededor: las estrellas, el

ojo de agua, la cascada. Cuando miró

hacia atrás descubrió que el bosque

había desaparecido, y solo quedaba

el pequeño pedazo de tierra en el que

estaban ellos.

—Por favor, dime… —dijo Julio, poniéndose

de pie—. ¿Por qué me has

traído aquí? ¿Quién eres tú?

—Yo no soy nadie —respondió, sin

ponerse de pie pero dejando de chapotear

en el agua—. Solo me dedico a

observar todo lo que sucede aquí.

—Aquí, ¿dónde?

—Pues aquí, en el universo, por supuesto

—respondió, de forma pomposa,

y después continuó—. Estoy

destinada a verlo todo, saberlo todo

y prácticamente llevar el registro de

todo. Podrá parecer difícil, pero mi

tarea es más sencilla de lo que suena.

Aunque, a veces es muy solitaria... —exclamó,

sumergiendo su cuerpo en el

agua. Julio se acercó para ver dónde se

encontraba. Vremya, de nuevo, habló

desde atrás de Julio, nuevamente convertida

en una joven; él de inmediato

se giró para no darle la espalda—. Sin

embargo, hay algo que me intriga, y

eso no me gusta... La pequeña Eira no

debería de haber cruzado a tu mundo,

pues tu mundo está fuera de los límites

de los habitantes de El Nido. Además,

Carolina y tú tampoco tendrían que

haber cruzado a El Nido. Alguien está

jugando con el entramado del tiempo,

y estoy segura de que es el Rey de la

Eternidad quien lo está haciendo.

—¿No se supone que puedes verlo

todo? —preguntó Julio, con tono irónico.

—¡Oye! ¡Por supuesto que puedo verlo

todo! —respondió, molesta—. Es por

eso que estoy preocupada, no puedo ver

con claridad lo que sucede, y eso no es

una buena señal; creo que es el Rey de la

Eternidad porque ya lo ha hecho una vez,

cuando mandó a su hijo a tu mundo...

—¿Quieres decir que...?

—Sí, eso mismo quiero decir —interrumpió,

adivinando lo que Julio estaba

a punto de decir—. Quise saber lo que te

hacía tan especial como para haber cruzado

entre mundos, pero no noto nada

diferente. Eres tan común y corriente

como cualquier otro ser humano... —exclamò

Vremya, en tono indulgente.

—Vaya, nunca me había sentido tan

poco relevante... —respondió Julio, mirando

de nuevo hacia la cascada.

124


—Ningún ser es poco relevante o irrelevante.

Cada uno de ustedes es parte

de la maquinaria del tiempo, un engrane.

Todos tienen una función, sin

importar quién o dónde estén. Aunque

realmente aun no comprendo la

función de ustedes tres... Pero es algo

que tendremos que averiguar —Vremya,

ahora con la voz y la imagen de

una anciana, apoyada en un bastón y

completamente encorvada, se acercó

a Julio. De su vestido sacó una brújula,

la cual estaba decorada con una piedra

preciosa en la posición de cada uno de

los puntos cardinales. Parecía ser de oro,

pero por momentos desprendía un tono

multicolor—. Como evité que, como dices,

murieras, ahora me debes un favor.

Tienes que regresar a El Nido y encontrar

aquello que esté causando las distorsiones

en el entramado del tiempo.

Esta brújula te guiará hacia la causa.

—¿Por qué no vas tú? —preguntó Julio,

tomando entre sus manos la brújula.

Vremya rio con fuerza, mientras que

los pliegues en su rostro se movían de

forma grotesca.

—Porque yo no puedo interferir, solo

observo.

—Pero, con este favor estás interviniendo,

¿o no? —Vremya borró la sonrisa

de su rostro, miró a Julio y, con voz

dura, resondió:

—Si quieres puedo dejarte morir, por mí

no hay problema —Julio se paralizó por

un momento, después recuperó la compostura

y respondió, en tono de burla.

—Un momento...Tú dijiste que nadie

puede morir... —Vremya, convertida de

nueva cuenta en una joven mujer, sonrió.

—Al fin lo estás entendiendo...

—Haré lo que me pides, pero con una

condición. Tienes que ayudar a Carolina

y a Eira —al decir esas palabras todo

se volvió negro, la cascada, el ojo de

agua y Vremya habían desaparecido.

Julio cerró los ojos un momento y, al

abrirlos nuevamente, observó el mar

y la playa en la que había despertado.

Vremya estaba de pie junto a él, joven,

con su vestido blanco, descalza, y ahora

también un prendedor en el cabello.

Julio notó el prendedor y sonrió.

—No puedo ayudarlas, pero sí puedo

ayudarte a ti a ayudarlas. Deberás viajar

al Monasterio de la Sal. Ahí obtendrás

todas las respuestas que necesitas. Por

ahora es momento de que te vayas —le

dijo, mirándolo a los ojos—. Cierra tus

ojos y cuenta hasta tres...

—¿Cómo voy a llegar a ese lugar?

¿Qué encontraré ahí...?

—Cierra los ojos. Es tiempo de que

regreses... —interrumpió Vremya. Julio,

a regañadientes, cerró sus ojos y comenzó

a contar. Al llegar al tres, sintió

el roce de unos labios sobre los suyos

y escuchó la voz de Vremya decir—: Los

estaré observando.

De repente, todo fue frío y silencio.

Continúa en el libro:

El señor de las lágrimas

disponible el 30 de agosto

125


126

EL

CEMENTERIO

DE

SOULDETH

(QUINTA PARTE)

Por

Aly Cañizales

Dayreen huía frenéticamente, tanto

como sus piernas enfermas le daban

para correr, tenía miedo, pero

no era la primera vez que se enfrentaba

a él, no dejaría que nadie se interpusiera

en su misión, llegara a la tumba de su

madre, aunque le costara la vida.

Todas las mañanas eran difusas, las

tardes eran obsoletas, su único fin era

visitar a su madre, como cada noche

ella se proponía llegar a visitarla, así

como su madre le brindó cuidado y

alimento cada vez, ella jamás faltaría a

su palabra, y no había fantasma o enterrador

que la hicieran desistir, ella no

abandonaría su promesa.

Caminó por el último pasillo, esta

vez viendo cada uno de los sitios de

descanso en el cementerio, se encontraba

a no más de tres pasillos de su

objetivo, pero la presión de saberse

perseguida la hacía ir más lento en lugar

de más rápido, respiraba algo agitada,

necesitaba descansar; pero no

podía detenerse en este momento, había

perdido demasiado tiempo jugando

con los chicos, ayudando a Sarah y

Amiel, escuchando la triste historia de

Aziza, deseaba tanto que su padre estuviera

ahí, pero como siempre, él nunca

estaba cuando ella más le necesitaba,

tuvo que reponerse de ese pensamiento

casi de manera inmediata, todo para

seguir adelante.

Le quedaban solo dos pasillos, podía

imaginarse llegando a la tumba a cantar

a su madre, sabía que al llegar ahí,

solo tendría que esforzarse de nuevo

un poco más, llamaría al espíritu de su

madre, ese era su gran secreto, pasó

tanto tiempo por tantas noches llamándola

sin encontrar respuesta, por

eso iba cada noche y no en otro horario,

para buscar la intimidad de la soledad


y el silencio, con la esperanza palpable

de por fin reunirse con ella y abrazarla

una vez más, pero hasta ese día jamás

había logrado hacer contacto, a veces

pensaba que su madre la había olvidado,

tal vez era demasiado feliz allí

donde estaba para volver con ella, tal

vez Dios no la dejaba bajar a su lado un

momento, no lo sabía, pero no dejaría

de intentarlo.

Tuvo que detenerse pues su pierna

no la permitía avanzar más, escuchó

un ruido detrás de ella, ¡eran pisadas!

Sintió que perdia el color que tenía en

el rostro, su pierna buena se quedó

clavada en el piso como si pesara una

tonelada, la sombra que se acercaba

a ella se acercaba de prisa, el miedo

no dejaba que su mirada enfocara de

manera correcta, ¿Eso era todo? ¿Estaba

por ser atrapada y desaparecería

para siempre? No era justo, ¿Por qué el

enterrador era tan malo? Fueron solo

algunas de las preguntas que le cruzaron

por la mente justo antes de perder

el equilibrio y caer de espaldas a un

agujero de unos tres metros de altura,

luego de un rato perdió el conocimiento.

Su cuerpo yacía inconsciente en el

fondo de un hoyo que había sido cavado

para recibir un cuerpo nuevo a la

mañana siguiente.

No sabía cuánto tiempo había pasado,

abrió sus ojos lentamente y la sombra

que inicialmente la había asustado

estaba frente a ella, pero al recuperar

por completo su campo de visión y

también su calma pudo ver claramente

que no se trataba del enterrador, sino

de alguien más, su cuerpo ya no estaba

en aquel agujero donde recordaba

haber caído, sino a un lado de él, recargado

en una lápida y frente a ella

un hombre de bigote extremadamente

largo y barba en forma de pico la miraba

fijamente; no parecía alguien malo,

más bien se notaba que era alguien tan

confundido como ella.

—¿Pero qué es lo que te ha pasado

pequeña? ¿Es que acaso has visto un

fantasma? —el hombre sonrió.

—Tú no eres el enterrador. ¿Quién

eres tú?

—Mi nombre es Jean Paul, tengo aquí

largo tiempo, te he visto muchas veces

ya por aquí, vi lo que hiciste con la pareja

de judíos, tengo que decirte que

estoy impresionado en mi país diríamos

que l’amour vous benisse.

—Mi nombre es Dayreen y no te había

visto por aquí nunca, pero no tengo

tiempo de platicar no nadie, ¿tengo

que irme de aquí cuanto antes sabes?

Alguien me persigue y no puedo arriesgarme

a ser atrapada.

—Nadie te atrapará, no tienes nada

que temer mon cheri, para eso estoy yo,

que siempre he sido un valiente guerrero

de las forces armées de France, para

protegerte.

—Es que simplemente no me entiendes,

la persona de la que huyo podría

lastimarte, lo he visto hacerlo con otros

antes —recordó apenada a Kristo y Melessio—,

y te hará lo mismo si no te vas

cuanto antes, el enterrador vendrá por

ti y luego por mí.

—Ohhh je vois, tú le tienes miedo al

hombre de los ojos escarlata, aquel

que llegó el mismo día que yo llegué a

este lugar, pero no creo que debas de

temerle, no creo que nadie deba temerle

a ese hombre, pues una vez que

me depositó en el hoyo donde descansa

mi cuerpo mortal, pude darme cuenta,

no siempre ha sido el monstruo que

todos piensan que es, o tal vez sí. Los

más débiles nos fijamos solo en el final

127


de la larga historia de la vida, juzgamos

a todos por su muerte y no por la manera

en que ha vivido, el ser humano es

demasiado extraño, très étrange.

Dayreen no pudo ocultar su sorpresa,

no podía desviar la atención de aquel

hombre, había alguien que conocía algún

secreto del enterrador y que conociendo

más a fondo no lo consideraba de peligro,

¿es que acaso aquel francés estaba loco o

quizás no tenía idea de lo que enfrentaba?

Cualquiera que fuera el caso, no podía

permitirse quedarse con la duda de

lo que Jean Paul estaba hablando así

que decidió que le propondría algo a su

acompañante, sin afán de querer utilizarlo,

propuso abiertamente obtener la cantidad

máxima de información, pues bien

dices que hay que estar cerca de tus amigos,

pero aún mas de tus enemigos, quizá

el secreto para derrotar al enterrador,

no era otro más que el de conocer lo más

posible acerca de él y encontrar un punto

débil, al cual aferrarse para protegerse.

—Has dicho que él llegó el mismo día

que tú. ¿A qué te refieres? ¿Es o era tu

amigo? —preguntó Dayreen.

—Non, no es eso a lo que me refiero,

es tan amigo mío como el doctor que te

receta un antibiótico para un infección,

bueno, pues él fue quien sepultó mi

cuerpo el día que enterraron mi cuerpo

mortal, sé que era su primer día, porque

rompí las reglas, no sabía que nosotros

solo debíamos estar presentes

por las noches y estuve presente en mi

funeral, era algo que como un soldado

debía de permitirme, después de todo

me lo merecía, bon Dieu.

—¿Entonces como sabes que él llegó el

mismo día que tú? —preguntó Dayreen.

—Bueno, eso fue fácil de notar, recibía

órdenes de cómo hacer las cosas, yo

deambulaba por los pasillos de este lugar,

cuando me topé con él, y con otra

persona, parecía un hombre rico, pero

no hablo de un hombre con dinero, sino

de un hombre que posee todo, y le daba

instrucciones a ese hombre de mirada

perdida, algo así como cuando ves a un

dueño estricto entrenando a su perro, le

encomendó algunas pocas reglas y al finalizar

simplemente le dijo: «Este es el

primer día del resto de tu vida en Souldeth»,

a lo que el hombre respondió

asintiendo, ahí fue que noté que mi entierro

sería el primero de aquel hombre,

pero debo decir que misteriosamente

no fue la última vez que lo vi.

—¿A qué te refieres? ¿Es que acaso lo

seguiste?

—No, no ha sido necesario, cada noche

yo me preocupaba de mis asuntos,

cuando entendí la dinámica de Souldeth,

aquella en la que todos debíamos de

escapar de la vista de los demás, yo empecé

a resguardarme en mi tumba, pero

este hombre no dejaba de venir cada

noche, y cada noche venia exactamente

a lo mismo, me platicaba su sentir.

—¿Me estás diciendo que sin razón

aparente te contaba su vida? —preguntó

Dayreen.

—Es exactamente así, ese hombre me

contó sus secretos y sus penas, nunca

había conocido a nadie que sufriera tal

maldición, se dice que el diablo concede

cosas a cambio de las almas, pero

128


ese pobre infeliz ya no tenía un alma

que aportarle al diablo, él es solo despojos

caminando en el mundo de los

vivos. Pauvre âme.

El corazón de Dayreen dio saltos de

lástima, no sabía a ciencia cierta a que

se refería el francés, pero después de

tanto tiempo en Souldeth y rodeado de

aquellas almas, sabía que quizá había

algo más en los actos del enterrador,

algo que quizá no estaba tomando en

cuenta, ella era de las personas que no

juzgaban a nadie, y eso lo había aprendido

de su madre, pues ella sabía lo

que era que te vieran diferente solo por

no ser como los demás, en ese momento

sintió algo de lástima por el enterrador

, pues a ciencia cierta no conocía

su historia, pero ese sentimiento la

abandonaba, cada que recordaba que

estaba detrás de ella y se intensificaba

cuando recordaba los gritos de su pequeño

amigo advirtiéndole de su presencia

para que huyese, pero al mismo

tiempo sabía que de nada le iba a servir

si no aprendía más de su enemigo.

Jean Paul le había dicho que el vigilaría

latente en caso de que el enterrador

se acercara, no confiaba al cien

por ciento en él, pero combinado con

su mirada, creía que tenía cubierta la

mitad del camino, eso tal vez podía ser

cierto, pero no la exoneraba del peligro

de andar completamente expuesta, no

perdió tiempo y se dispuso a contarle

un poco de lo que había vivido, particularmente

ese día.

Repasó cada uno de los momentos

desde que llegó ahí y fue como lo hizo

partícipe de la historia de Amiel y de Sarah,

o de la historia de Aziza terminó obviamente

con la de Kristo y Melessio, no

dejó huella a la duda, tuvo que contar su

historia misma y la forma como perdió

a su madre y se alejó de su padre, todo

debido al gran estruendo al que escasamente

recordaba, creyó que en ese momento

su historia y sus traumas eran los

que menos importaban, así que siguió

sin poner mucho énfasis en eso.

Jean Paul estaba asombrado, decían

que los franceses tenían una pasión

desbordante, ese día lo comprobó al

sentir las lágrimas brotar de sus ojos y

rodar por sus mejillas, no pudo evitar

pensar que Dayreen tenía que ser un

ángel, tal vez algo más como una mezcla

de uno con una pequeña niña, se

decidió a protegerla, a costa de lo que

fuera, simplemente tenía que encaminarla

a la tumba de su madre, después

de todo estaba ahí, a un pasillo y medio,

apenas pretendía externarle sus

deseos a Dayreen cuando esta comenzó

a hablarle de su vida, de su madre y

de la muerte de esta. Fue entonces que

él lo entendió todo.

Dayreen vio la cara de su nuevo amigo

gesticular de una extraña manera, no

sabía si lo que le había contado había

traído algún recuerdo de su vida, tal vez

Jean Paul había tenido una hija, o alguna

esposa que lo amara, probablemente

ambas, así que decidió cortar su historia.

—Juro por mi honor que te llevaré a la

tumba de tu madre, lo haré, pero antes

debes de acompañarme y ver algo con tus

propios ojos, jeune fille —dijo Jean Paul.

129


—¿Qué es lo que quieres que vea? No

hay tiempo de nada, el enterrador está

detrás de mí, ha hecho desaparecer a

mis amigos y si nos encuentra te hará

desaparecer y a mí me capturará, tengo

miedo, llévame a la tumba de mi

madre o déjame ir —suplicó Dayreen.

—Mon amour. ¿Qué acaso no te das

cuenta? Tú, que estas tan llena de amor

por los demás aun siendo desconocidos;

tú, que has parado en cada tumba

donde solo la compasión te ha llamado,

es momento de que ayudes a la última

persona antes de ir a la tumba de tu

madre. Sí, mi pequeña niña, es hora

de que vayamos a la cabaña de ese a

quien tú llamas «El enterrador».

Dayreen no tuvo respuesta ante aquella

lógica aplastante, a pesar de sus sentimientos

de negación y miedo ante ayudar

a aquel hombre, no podía dejar de

lado su naturaleza generosa cuya esencia

radicaba en hacer el bien independientemente

si la otra persona lo merecía o no,

después de todo, ¿quién asegura que es

bueno y que malo? No sabemos qué es lo

que ha pasado en la vida de esas personas.

Recordó el caso de Dareh el esposo

de Aziza, quien desde un principio había

buscado el bien para su matrimonio y

descendencia y la sed de poder y odio de

su hermano lo habían llevado a cometer

el peor de los actos para un ser humano,

condenando su alma y la de Aziza con

él, ella no sabía a ciencia cierta cómo

funcionaban las leyes de Dios, pero ella

sentía que si aquel al que todos oraban

y veneraban era el ser perfecto lleno de

perdón y amor, tendría que haber una

forma en la que cualquiera de ellos pudiera

alcanzar el perdón.

Le llamaba poderosamente la atención

que Jean Paul quisiera abogar por el que

entonces era el verdugo de los fantasmas

130


y su perseguidor personal, después de

todo él había mencionado este le había

confiado todos sus secretos, si lo acompañaba,

podría saber aún más de él, y

definitivamente si iba a su cabaña, podría

encontrar alguna cosa que le ayudara a

sobrevivir, no solo ayudarse a ella misma

sino también al resto de los fantasmas, tal

vez podría recuperar a sus amigos, tal vez

podría ayudar a aquel hombre, no lo sabía,

pero como siempre, estaba dispuesta

a ayudarlo o por lo menos intentarlo.

Otra de las poderosas razones por las

que había aceptado aun con los nervios

que sentía al dirigirse hacia el lugar

donde descansaba el enterrador, era su

madre, pues estaba segura que ella no

habría dejado de darle una oportunidad

para reivindicarse a aquel hombre.

Sentía que si ella lo intentaba su madre

estaría verdaderamente orgullosa, aunque

sus acciones siempre eran buenas

como las de ayudar a los espíritus tristes,

en el fondo tenía que admitir que

también había algo de egoísmo en su

actuar, esperaba que con cada ayuda

que ella daba Dios la tomaría en cuenta

para poder ver a su madre, incluso si no

era así, ella quería asegurarse de que algún

día sus almas estarían en el mismo

lugar, viviendo la eternidad y esperando

volver a ver su padre, los extrañaba demasiado

a ambos.

Concluye en el número 10...

131


132


NUESTROS

ARTÍCULOS

133


134


ENTRE

DESEOS Y

PECADOS

Por Carolina Alpuche

Cuál sería tu reacción si, de la nada,

un día despertaras en una habitación

desconocida, con otras seis

personas, también desconocidas, y una

voz desconocida te dijera que te quedarás

en esa habitación por los siguientes

siete años de tu vida, pero que, a pesar

de estar encerrado, podrás pedir todo

lo que hayas deseado? Pues, a grandes

rasgos, esa es la premisa de «Deseos encerrados»,

la nueva novela de la autora

española Juss Kadar. Hay tanta tela de

dónde cortar en esta novela que me fue

difícil decidir por donde comenzar.

Pese a lo que se podría pensar, los

protagonistas de esta novela no son las

siete personas que se encuentran encerradas

en la habitación, sino su captor,

Loskow; toda la trama gira en torno a

él, incluso desde el principio, aunque

pueda parecer lo contrario. No obstante,

hay una fuerte carga argumental en

cada uno de los personajes.

Como en todas las novelas de Juss

Kadar, los personajes cumplen la función

de plantearnos un dilema moral

en torno a su propia línea argumental.

Posiblemente algunos de ellos no están

desarrollados con el mismo nivel

de detalle que otros, pero el dilema

moral que plantean tiene el mismo

peso incluso que aquel al que el personaje

principal se encuentra sujeto. Aunque,

así como lo hizo en su novela «Sin

salida», muchos de los personajes solo

están ahí para formar parte de algún

dilema de los demás.

Explicaré esto introduciendo a mi

personaje favorito: Babylost. Esta jovencita

que se hizo pasar como una

prostituta vagabunda para acercarse a

Loskow y ayudarlo a lograr su objetivo

de mantener a todos encerrados. Hay

que aclarar que, ni es una jovencita, y

mucho menos es una vagabunda, en

realidad es prima de una de las per-

135


sonas recluidas en la habitación, y su

principal intención era la de ayudarla

de alguna forma, aunque después de

una serie de eventos la situación cambia

por completo. Para este análisis

me limitaré a decir que, cuando su familiar

se da cuenta de que ella ayudó

a su captor y que, de cierta forma, su

libertad estuvo en sus manos... Bueno,

no hay que ser un gran genio para

adivinar que esto no le cayó en gracia,

imagino que a nadie, pero la forma en

la cual se lo hizo saber es brutal. Pocas

personas se atreverían a hablarle así a

un ser querido.

Debo aclarar que es mi personaje favorito

no por su forma de ser (aunque,

siendo sincera, su apariencia de chica

mala me cautivó desde un principio,

pero fue perdiendo el encanto conforme

se desarrollaba más al seguir leyendo

el libro), sino por el dilema moral

que representa: ¿Qué somos capaces

de hacer para ayudar a un ser querido

y hasta qué punto estamos dispuestos a

sacrificarnos por él?

Estoy segura de que muchas personas

dirían: Por supuesto que yo haría

lo que fuera o No dudaría en actuar de

forma correcta. Pero esas son sólo palabras

vacías pues, como lo dijo Ambrose

Bierce: Un cobarde es una persona en

la que el instinto de conservación aún

funciona con normalidad. Aceptémoslo,

casi nadie, en su sano juicio, haría

lo que se necesita para ayudar a los

demás, en este caso a nuestros seres

queridos, si no fuera así el mundo estaría

lleno de héroes… pero sabemos

que no es así.

A pesar de que Babylost tuvo el

«valor» de ayudar a su familiar, el

miedo era preponderante al momento

de tomar decisiones; en lugar de

llamar a la policía al darse cuenta

del secuestro, lo cual es lo más lógico,

ella decidió «infiltrarse» en las

filas enemigas para buscar una mejor

solución, esto lo hizo por miedo

a que sus captores le hicieran algo.

Aunque con muy buenas intenciones,

fue una acción terriblemente peligrosa

y hasta la podemos catalogar de tonta,

pero a final de cuentas es una acción

basada en el miedo y no en la razón.

No solo ella actuó por miedo; en realidad

todos los personajes (a excepción

de Hayden Weis, del cual ya hablaré después),

actúan por miedo. Tomemos en

cuenta dos definiciones de miedo para

poder hablar de él. La primera la podemos

considerar como una sensación de

angustia provocada por la presencia de

un peligro real o imaginario; y la segunda

136


definición que nos compete es que es un

sentimiento de desconfianza que impulsa

a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo

que se desea. Sin entrar en detalles (para

no dar spoilers innecesarios) podemos

encasillar a Babylost, así como a todos los

personajes encerrados dentro de la habitación,

dentro de la primera definición.

Cada uno de ellos teme por completo

a lo que les puede pasar principalmente

porque no tienen control de la

situación. Eso es algo que comienza a

orillarlos a realizar acciones que posiblemente

no hubieran hecho estando

en libertad. Curiosamente, tanto secuestrados

como secuestradores, reflejan

a la perfección la decadencia del

ser humano y representan los siete pecados

capitales (un movimiento magistral

por parte de Juss). Quisiera hablar

a detalle de cada uno de ellos y como

se sobreponen y caen en cuenta de

las situaciones que han llevado a cada

personaje a transformarse en imágenes

decadentes de su propio ser, pero

sería detallar mucho la novela y, siendo

que es una publicación relativamente

reciente, no tendría caso contarla.

En cuanto a la segunda definición de

miedo, ahí podemos encasillar a todos

los demás personajes; son sus acciones

se desenvuelven lentamente para

llevarnos al impactante desenlace, en

el cual Hayden Weis tiene la batuta.

Hablando de Hayden Weis… caray,

nunca antes un personaje de una novela

había causado que me enfadara

como él lo logró. Juss Kadar ha hecho

un magnífico trabajo al crear a Hayden

Weis; actitud de patán mal encarado

ha dado una gran evolución desde su

aparición en Sin salida (sí, está confirmado

por Juss que es el mismo detective,

aunque si ya leyeron el libro

esta anotación de la Capitana Obvia

es innecesaria). Hayden es el perfecto

antagonista para un personaje como

Loskow con esa actitud de que nada le

importa y que cree que merece todo.

El hecho de haber perdido a su novia

no le da derecho de hacer tremendas

tonterías y meter en problemas a medio

mundo solo por el gusto de hacerlo

(para entender esta referencia, favor de

leer «El primer caso de Hayden Weis»,

en el segundo número de «La sirena varada:

revista literaria»).

Quisiera poder hablar un poco más

del libro, y tengo planeado hacerlo,

pero por el momento no daré más spoilers.

Les recomiendo encarecidamente

leer Deseos encerrados, que, por cierto,

pueden descargar sin costo en Editorial

Dreamers.

137


138


EL BUENO,

EL MALO, Y EL

MERCENARIO

Por Aurora Ceres

Escribir un libro no es difícil, lo difícil

es publicarlo y que la gente se

interese y te lea; ese es el principal

reto de cualquier persona que aspire a

ser llamado escritor… O al menos así

era hasta hace unos años.

Con la llegada de las nuevas tecnologías

llegaron los libros electrónicos,

esos archivos digitales que a los esnobs

no les gusta porque no huelen rico,

no se siente el papel, no es romántico, la

luz de la computadora lastima los ojos,

aunque esta última es real pero, como

se dice por ahí en asuntos tecnológicos

es un error de capa ocho*, y con los libros

electrónicos llegó también la posibilidad

de realizar publicaciones de

forma más sencilla.

Claro que esto beneficia en mucho

al autor, pues la inversión que las editoriales,

aquellos que se ocupan de

publicar los libros, tienen que hacer es

mucho menor. Sin embargo, también

llegaron otros dos tipos de esquemas

de trabajo: la autopublicación y las

editoriales de autopublicación o coedición.

A estas últimas, por motivos de

comodidad, las llamaremos editoriales

mercenarias.

El fenómeno de la autopublicación

puede entenderse por la necesidad de

los autores de ver publicado su libro,

de que los lean y, en la mayoría de los

casos, de ganar dinero en el proceso.

Una parte de los autores que optan esta

modalidad prefieren tener el control

completo del proceso de publicación

de su obra, otros han sido rechazados

por infinidad de editoriales debido a la

calidad de lo que escriben, y como no

aceptan las críticas (destructivas o positivas)

que les pueden ayudar a mejorar,

prefieren hacer las cosas por sí mismos.

De cierta forma esto no es malo, solo

es feo. Y lo digo de esta forma porque es

la causa de que todas las plataformas

139


digitales estén llenas de libros incompletos;

libros con un pobre diseño editorial,

sin ningún tipo de corrección, sin

una portada decente… ¡Vamos! A veces

ni siquiera tienen una buena sinopsis.

Esto no significa que su contenido

sea malo, puede ser la mejor historia

del mundo, pero nadie va a consumir

un producto con un empaque que no le

llame la atención, ¿cierto?

Y es que, para poder continuar con el

tema, se tiene que comprender que los

libros, en cualquiera de sus presentaciones,

son artículos de consumo pensados

para generar dinero. Una editorial es un

negocio que genera ganancias a los autores

y a la editorial por igual, así es como

debería de ser pues el cliente de las editoriales

es el lector, y no el autor.

Sin embargo, con el paso del tiempo,

esta práctica ha ido cambiando, desde

mi perspectiva, para mal.

Las editoriales mercenarias, que ni

siquiera deberían de llamarse editoriales,

son empresas que ofrecen publicar

la obra de cualquier autor. ¿Cuál es el

truco? Que el autor debe pagar el costo

del proceso de publicación de su libro.

Vamos, que todo lo que se le tiene que

hacer a un libro va a salir de la bolsa del

autor. Hasta cierto punto esto no suena

tan loco, porque es básicamente el

proceso de autopublicación, ¿verdad?

¡¿Verdad?! Pues no, no es autoedición.

Con este tipo de editoriales mercenarias

hay que tener en cuenta que el lector

no es el cliente, con ellos, quien se

convierte en el cliente es el autor. A ellos

no les interesa si la obra se vende o no,

porque ellos reciben su dinero directamente

del autor. Claro que esto no está

mal, finalmente se paga por un servicio,

pero el verdadero problema surge con

las condiciones que nuestros amigos

mercenarios le imponen al autor.

El autor, además de pagar, normalmente

tiene que aceptar que su obra

se publique bajo el sello de la editorial

mercenaria de su elección; en el mejor

de los casos, se le dan unos cuantos

ejemplares físicos de su obra (por supuesto

que depende de cuánto dinero

hayan recibido, normalmente pueden

ser desde uno hasta doscientos) y se publica

en formato digital en mil y un plataformas,

como Amazon o Casa del libro.

Hasta aquí todo está relativamente

bien, pero viene lo mejor: al autor se

140


le promete que su libro estará distribuido

en cientos de librerías de todo

el mundo… ¡Hasta en China! Pero hay

un pequeño problema con esto: ¿qué

libros van a distribuir? Aquí es donde

volvemos al punto anterior; en muchos

casos, esos doscientos ejemplares que

se le entregaron al autor se van a usar

para la distribución; entonces, suponiendo

que son cien librerías a las que

se van a mandar, significa que a cada

librería le tocan dos ejemplares, y eso

que no hemos considerado que cada

una de esas librerías puede tener más

de dos sucursales.

Esto, por supuesto, tiene una solución

que nuestros amigos mercenarios

han encontrado para que se les beneficie:

si alguien va a la librería, pide

el libro pero no lo tienen (porque se

les vendieron ya los dos ejemplares o

porque nunca lo recibieron), tiene la

opción de pedirlo directamente al autor

o a la editorial, claro que tiene que

pagar primero el costo del libro que la

editorial haya puesto (porque, no es

de sorprenderse, la editorial decide el

costo del libro, no el autor). Cualquier

librero respetable no acepta este tipo

de negocios, ya que, normalmente, las

editoriales o los autores deben dejar

los libros en depósito**. Pero bueno, el

autor se va a arriesgar porque el libro

se va a vender, ya que la editorial mercenaria

le dijo que habrá una gran campaña

publicitaria… en redes sociales.

Por supuesto que las redes sociales

son la mejor herramienta para autores

y editoriales independientes, pero

para eso hay que invertir y mucho. Una

editorial mercenaria no va a invertir en

publicidad en redes sociales, y mucho

menos va a invertir en publicidad tradicional.

Lo más que el autor puede esperar

es que se comparta en el muro de

Facebook o el timeline de Twitter de la

editorial, y nada más.

Ah, y lo mejor de todo, es que la mayoría

de estas editoriales le van a cobrar

una comisión al autor por la venta

de su obra, ya sea en formato físico o

digital. Así que, además de pagar por

un servicio, el autor va a tener que repartir

sus ganancias con los editores.

Resumiendo un poco, las editoriales

mercenarias, que realmente se deberían

de llamar empresas de servicios

editoriales nunca, y de verdad lo digo,

141


nunca se van a preocupar por los autores,

solo se van a preocupar por ganar

dinero. No les va a preocupar si el autor

vende, no les va a preocupar si el autor

tiene éxito; les va a preocupar dorarles

la píldora a todos los autores posibles

para poder ganar más dinero y hacerse

pasar por verdaderas editoriales exitosas…

y no, no lo son.

Estamos sufriendo una crisis muy

fuerte en el sector editorial. A la mayoría

de las editoriales tradicionales

(trasnacionales o independientes) ya

no les importa publicar autores por su

calidad, sino por su popularidad, como

les había dicho antes esto se entiende

porque es un negocio a final de cuentas,

pero eso está causando que estas

aves de rapiña se aprovechen de la ingenuidad

de todos aquellos que tienen

la intención de escribir y que tienen

algo que vale la pena publicar.

No suelo dar recomendaciones, pues

no me considero una mujer con esa capacidad,

pero considero que todo autor

que quiera publicar de forma independiente

o con alguna de estas empresas

(porque no todas son malas, pero sí la

mayoría) tiene la obligación de investigar

a fondo lo que se les ofrece y lo que

tiene que dar a cambio, para que después

no metan a todas las editoriales

en el mismo costal.

cientos de lib

gratis en form

digital

*El error está entre el teclado y la silla.

**En pocas palabras, se dejan los libros en

la librería, los libros se venden y después

de determinado tiempo se reparten las

ganancias.

142

www.editorialdreamers.co


os

ato

m

143


144


MICRO

CUENTOS

145


Me he mirado al espejo, tengo la barba

desaliñada. ¡ja! Igual a el asaltante que

salió en la televisión, ese que me ha

puesto en esta situación.

El cuchillo de mi boda, el único de

ese juego de cuchillos chinos.

Pobre niña, no debió haber recibido

esa bala perdida.

Yo lo conocí en la primaria, bueno

para el burro castigado.

¿Será la necesidad?

La familia de esa niña tendrá su venganza.

Yo sé lo que es perder a un hijo. ¿Seguirá

viviendo en esa casa? La otra vez

lo vi a lo lejos.

¿La televisión hablará de mí como

héroe?

Rodrigo A. Ramírez Venegas

Caminaba triste por la calle por cosas que

salen de mi control. En el camino vi a un

hombre con poder en su voz para ordenar

a la naturaleza y a los espíritus. Yo quise

ser como Él. Acercándome le pregunte:

—¿Cómo puedo hacer lo que tú haces?

Mientras se sostenía en el aire, me dijo:

—Solo cree y limpia tu corazón.

Yo regresé a casa con una ilusión. Le

hablé a lo imposible para que fuera posible.

Agradecí a los siete espíritus por

haber encontrado al hombre que no

era de este mundo y me había revelado

su secreto.

146

CRISHER


Cinco; desperté aturdido mirando la

polaroid ensangrentada pegada en el

espejo de nuestra habitación. Cuatro;

tomé mi último trago del té, en el cual,

noté un ligero sabor a hierro. Tres; mi

lucidez desaparecía junto con ese olor

a pólvora, la que te causó tanto dolor.

Dos; sostenía en mi mano el revólver

aún tibio por el disparo, solo sentía el

deber de volver a cargarlo.

Uno; apunté temblando a mi cabeza

y veía mi alma arrepentida segundos

antes de que apretara el gatillo, siguiendo

el ciclo sentenciado por ti antes

de fallecer. Seis;

—¿Qué?

José Francisco Vázquez Cárdenas

La anciana respiraba trabajosamente,

moribunda. En su niebla fatal añoró a

su difunto, cómo iba siempre hecho un

pincel, cómo era siempre cariñoso.

La mujer con un estertor exhaló un

último vaho, dulce como las almendras.

Dejó caer sus párpados sobre sus ojos

amarillos y murió.

Treinta y nueve segundos después

volvió a abrirlos y eran de nuevo tan

azules como lo habían sido hace mucho.

Girón la cabeza y su difunto, sentado

junto a ella con un clavel intemporal

en el ojal, le acariciaba su mano.

Paco Bernal

147


Un magnifico despertar. Me encuentro

bien, no me duele la espalda, como todos

los días al levantarme; no siento la

acuciante sed de todas las mañanas;

no siento la artrosis en mis dedos; no

toso; los ojos no me escuecen; no tengo

ni frio ni calor; ni me acucia la urgencia

por orinar.

Aunque hace tiempo que me abandonó

el sueño reparador, hoy me encuentro

lucido y despejado. Hasta las

preocupaciones desaparecieron.

En definitiva: me siento feliz.

Sin embargo mis parientes, no sé por

qué habrán venido, no cesan de llorar a mí

alrededor, aunque no parece que me vean.

Alberto Giménez Prieto

148

Era tan despistada que un día se olvidó

de vivir, al menos así rezaba el epitafio de

su vacía tumba. Cuando la muerte fue a la

inevitable cita, ella no se presentó. Burlada

y ofendida, la vieja parca la sentenció

a eterno castigo. No cruzaría el umbral

hasta haber corregido su descuido.

Cada noche, cuando el reloj marca las

doce en punto, se la ve corriendo, en etérea

forma, del cementerio a la vieja hacienda

de la familia, en vano intento.

Juan Pedro Agüera Ortega


—Papá tengo miedo.

—¿Acaso te da miedo matar a dos repugnantes

cucarachas? Deberías avergonzarte

por tu cobardía.

—Pero, papá…

—Callate y hazlo antes de que pierda

la paciencia. ¿O acaso no eres un

hombrecito?

El niño tomo la pistola de su padre y

le apunto a aquellos dos hombres que

se habían metido a robar a la casa.

—¡O matas de una vez a esas alimañas

o lo hago yo pero también te mato

a ti por inepto!

Bang, bang. Las balas impactaron en

las cabezas de los desdichados.

—Lo vez, no era tan difícil.

William Alexis Pedraza Torres

A mis 89 años comencé a sentir la muerte

cerca. La sentía nada más despertar,

acechando. A la hora de la comida se

sentaba conmigo a la mesa, lo sé por

el nudo que se me formaba en la garganta.

Al final de la jornada sentía su

aliento detrás de la nuca y me dormía

creyendo que la oscuridad de mis párpados

sería lo último que vería.

Pero el tiempo pasó, y su compañía

se desvaneció como un soplo. No solo

mi familia me ha abandonado, incluso

la muerte se ha olvidado de mí. Hoy

tengo más de 200 años.

Jesús Valdemar Pool Canul

149


El miedo lo invadió. No se dio cuenta

que lo seguían. Se encontraba a dos

cuadras de su casa. Lo rodearon. Estaba

confundido. El uniformado le dijo

que era una revisión de rutina. ¿Por

qué ocurría esto? Nunca ha hecho

nada malo. Cuídate de la policía. Se

sintió impotente.

Le quitaron la mochila y lo manosearon.

Respiración agitada. Las manos se

acercaron al bolsillo. Veloz saco el filo

y lo deslizo por el cuello del incauto. El

compañero asustado quiso auxiliarlo y

recibió cinco piquetes en la cara. Ambos

tirados se retorcían. Las manos rojas

temblaban.

Hernán Edgardo Torres González

150

Contengo la respiración, me pongo

firme, y sin beso de buenas noches, la

vuelvo a mandar a dormir. Sé que no

le gusta la oscuridad y lo lamento por

ella, de verdad, me parte el corazón

cuando las lágrimas comienzan a escurrir

por la piel agrietada de sus mejillas

y su sonrisa desaparece doblegada por

el llanto del adiós, pero, aunque es mi

niña y la amo demasiado, tiene que

comprender que volver a enterrar su

féretro todas las noches, es demasiado

cansado para mí…

Jesús Guerra Medina


Recuerdo que llegué a mi departamento,

vi a Aurora inmóvil sentada frente

al televisor. En el centro de la pantalla

podía observarse una luz. Traté de

llamar su atención, hacer que reaccionara,

que volteara a verme y me

saludara como lo hacía siempre, pero

no lo logré, no emitía sonido alguno.

Temblando, intenté apagar el televisor

pero mi intento fue fallido. Noté que estaba

en modo silencio así que le subí al

volumen, fue en ese momento cuando

escuché la voz de Aurora o mi mujer diciendo:

«Amor, sácame de aquí».

Sebastian Escoto Merino

Colocó un limón partido por la mitad

junto a su puerta como acostumbraba.

Se recostó en su cama y se quedó dormida.

De repente una hermosa mujer

apareció a su puerta, zapatos de tacón,

medias y guantes negros, vestido de

encajes y hombros descubiertos, luego

se esfumó. Ruidos ensordecedores de

alas grandes llenaron la estancia. Se

levantó de un brinco y grito: «Yo estoy

con Dios» y agregó. «Mañana viene por

la sal». Al día siguiente muchas plumas

negras estaban regadas por el jardín.

La dueña de la casa se presentó a su

puerta y exigió: «Regáleme sal».

Bella Lucy Quitian Escarraga

151


Me fijé en que el detenido tenía el dedo

anular de la mano izquierda cortado a

la altura de la tercera falange. El robo

por el que lo habían traído era de escasa

importancia. Antes de que yo empezara

a hablar se apresuró a decir:

—Inspector, vi como alguien robaba el

bolso de la tienda. No vi razón para huir.

Sin duda me confundieron con el otro.

Le pregunté si sabía quién le había

robado el trozo de dedo que le faltaba.

Sonrió.

—Fue una navaja más rápida que la

mía. No reconocí al ladrón del bolso

como su propietario.

José B. Santacreu Baidal

Y cuando las bestias erguidas quedaron

a la sombra de los robots, fueron encerradas

en enormes jaulas con otros de

su especie, se les obligó a quitarse sus

pieles falsas, a pasearse desnudos por

detrás de los oxidados barrotes, y a vivir

de las míseras sobras.

De esas bestias, algunas se perdieron

en la selva, y se sabe que aprendieron a

imitar otros sonidos de otras bestias. Y

se cuenta, que cada cierta temporada

se les persigue como en sus últimos

días de esplendor, pero solamente

para encerrarles, ya que sus pieles no

sirven ni para hacer alfombras.

152

Andrea Lozano


Un resiliente apunta su rifle contra el

convoy que se acerca a la finca. Afuera,

una turba se abalanza hacia el otrora

camión de valores. El rifleman dispara

contra un motociclista, derribándolo.

El resto de los escoltas ejecutan a la

turba, abren la reja y entran. En el interior

los espera otro grupo que limpia la

sangre de la puerta trasera del camión

y comienza a sacar los alimentos, robados

de una bodega, para que los dueños

de los últimos billetes se alimenten.

El rifleman recoge el cadáver del motociclista,

sin enfermedades visibles,

para destazar y asar su carne.

David Edilberto Mendoza Vázquez

Todo se había alterado desde el siglo

XXI, cuando comenzaron a notarse los

perjudiciales efectos del cambio climático.

Nadie pensó que la situación

empeoraría aún más. Pero lo hizo. Se

adoptaron tantas medidas que parecía

que la solución para evitar nuestra

extinción estaba asegurada. Pero no lo

estaba. Íbamos directos a la perdición

y ninguno sabía el verdadero porqué.

No se quería asumir todavía la derrota,

que ya llevaba tiempo con nosotros.

Aquella que ya estaba planeada por la

élite desde el 2000, cuando esa estrella,

llamada «sol» fue sustituida por una artificial,

que conducía inevitablemente

a nuestra destrucción.

Mencía Gómez Luna

153


—Entra—dijo la araña a la mosca que

atisbaba el interior de la guarida—. Hace

mucho que nadie viene y no sé porqué.

La mosca ingresó con la cabeza gacha,

al entrar la atrapó la telaraña. De

pronto sus alas se desplegaron y los

bordes cortaron los hilos. Alzó la cabeza:

no tenía trompa sino poderosas

mandíbulas:

La contaminación con plásticos

mató muchas de mis hermanas, pero

algunas nos adaptamos: ahora tenemos

estas alas y mandíbulas de acrílico.

Y se lanzó sobre la araña y empezó a

devorarla glotonamente aún viva.

Daniel Ricardo Yagolkowski

Un día, soñé que el mundo era libre;

jodido, pero libre. Caminaba a la orilla

del mar; sobre restos; iba descalzo

y semidesnudo. Del cielo bajó una pequeña

nave, un hombre de inteligencia

notable salió de esta. Se acercó a

mí, preguntó si podría refugiarse en la

Tierra ya que una amenaza lo seguía.

Pensé en lo ocurrido anteriormente;

miseria, partidos políticos, contaminación,

extinción y egoísmo. Casi todo

estaba muerto. Le respondí con un simple

«no». Continúe caminando, volteé y

vi al hombre subir a su nave; le grité:

«En Marte te ayudarán…». El egoísmo

seguía en mí.

154

Víctor Luis Vargas Navarro


La llevó hasta la sala, con Ramón. Cada

martes este preso, confidente policial,

recibía la visita íntima de su mujer.

El viernes el jefe le llamó pronto a su

despacho, habían raptado a la chica.

La búsqueda del detective fue inútil, y

se acercaba el siguiente martes. Ese lunes,

tras muchos wiskis y varias anfetaminas,

halló la solución.

La llevó hasta la sala, con Ramón.

Levantó los ojos, aquel bombón no era

su mujer. Miró lentamente al policía,

luego a la chica, y por fin asintió. «Esta

no es mi mujer, pensó. Qué importa, la

otra tampoco lo era».

Miguel Morató Miguel

Huellas sangrientas hacían camino

hasta la iglesia. Una escalera empinada

llevaba hasta una cueva, en parte

llena de tierra. En la oscuridad, distinguieron

siete nichos, con símbolos extraños:

un búho, una sirena, un hombre

barbudo con dos caras, instrumentos

misteriosos. Siete momias estaban de

pie en los nichos, tal vez los siete reyes

o los sabios de las leyendas antiguas.

Un ruido: el túnel se había derrumbado.

Sólo entonces, Rosana y Estéfano se

dieron cuenta del octavo nicho, aun vacío.

En la clave del arco, tenía un bajo

relieve con las figuras de dos jóvenes

amantes abrazados.

Alberto Arecchi

155


156

CONOCE A

LOS AUTORES

QUE COMPONEN

ESTE NÚMERO


Ernesto Molina

Ingeniero ambiental mexicano que

se dedica principalmente a sistemas

hidráulicos, es autor del blog Cerdo

Venusiano y hace varias reseñas de videojuegos

y equipos mecánicos para

revistas especializadas. Su primera

novela Los últimos contribuyentes consiste

en un desesperado intento para

salir de la rutina, hacerse el gracioso y

conocer mujeres.

Íñigo Redondo Egaña

Lector antiguo y permanente, escritor

reciente. Pintor diletante. De formación

ingenieril, ha detentado responsabilidades

en compañías de consultoría

multinacionales que lo han conducido

a vivir en México durante casi seis años,

además del Perú, Argentina, Francia o

España. Ha publicado algunos relatos y

microcuentos en distintas pubicaciones.

Cosme

Nació en el puerto fronterizo de Nuevo

Laredo, Tam. Donde pasó su infancia

y parte de su juventud. Después se

trasladó a la Ciudad de Morelia, Mich.,

dónde estuvo algunos años paseando

y aprendiendo. Ahora nuevamente vive

en el Norte del País con su bella esposa e

hijo. Dedicado actualmente a la docencia,

al Kendo, su iglesia y otras actividades,

nunca perdió el gusto por la lectura.

Jorge Daniel Garcia Carregha

14 de junio 1953, Mexico. Estudió con

los Maristas y adquirió el gusto por la

lectura y la ironía. Discípulo de Germán

Dehesa, literato mexicano.

157


Reinier del Pino Cejas

Nació en la Habana. Cuba. Escritor de

cuentos, poesía, teatro, guiones radiales,

literatura para niños y ensayos. Actualmente

se desempeña como Coordinador

de Producciones Radiofónicas en la Emisora

Provincial Radio Artemisa, donde

escribe varios programas. Ha obtenido

premios en poesía, décimas, ensayo, narrativa

y literatura para niños en Cuba,

Uruguay, España, Chile, México, entre

otros. Obras suyas se encuentran publicadas

en antologías de diferentes países.

Angelique Reid

Nació y vive en la ciudad de Bogotá; escritora,

poeta, a veces hace crítica política

y social, y además es criminalista

de profesión. Porque nada está escrito,

todo está por escribirse, por relatarse y

por contarse, es por eso que se dedica

a este bello oficio, para que por medio

de sus líneas se transporten a otras realidades

y puedan comprender las emociones

humanas y no tan humanas.

Guillermo G. Torres

Nació en la Ciudad de México. Estudia

economía en UNAM en la Facultad de

Estudios Superiores Acatlán. Actualmente

tiene veinticinco años. Es aprendiz

de piano y de pintura.

Juan Luis Elizarraraz Fernandez

Tiene veintiún años, es originario del municipio

de Irapuato y actualmente estudia

Ingeniería Civil en la Universidad de

Guanajuato. Desde hace algunos años

comenzó a leer libros de distintos géneros,

pero ciencia ficción siempre ha sido

su género preferida.

158


Miguel Ángel Araujo Cortés

Miguel Ángel Araujo Cortés nació en

Ciudad Mante, Tamaulipas en 1993. Es

Licenciado en Comunicación. En 2008

vio su primer cuento publicado. Ha sido

beneficiado por el PECDA y ha participado

en diferentes congresos de literatura

en diferentes estados, así como ha

publicado algunos de sus cuentos en

revistas digitales de diferentes partes

del país. Le gusta tanto el fútbol como

la lectura y es fanático de Batman.

Alicia Espinosa

Estado de México, 1990. Egresada de las

Licenciaturas Lengua y Literaturas Modernas

Italianas y Literatura Dramática

y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras

de la UNAM. Ha publicado cuentos

en distintos medios impresos y digitales.

Actualmente es correctora de estilo

en Editorial Bazán, Colección Midian.

Eduardo S. Imbaquingo B.

Estudiante a punto de graduarse. Aprecia

la literatura desde su más tierna infancia,

gracias a la lectura de su madre

de Mitología Griega. A pesar de poseer

un gusto enorme hacia la Literatura, su

verdadera pasión es la Filosofía.

Amilcar R. Cal

Nació en Santa Clara, Cuba. Licenciado

en Estudios Socioculturales en la Universidad

de Las Villas. Amante de la literatura

y el cine, roba tiempo de oficina

para darse el gusto de escribir. Tiene

múltiples premios y menciones de relato

y poesía en concursos internacionales

en Cuba, España, Colombia y Argentina.

Obras suyas se encuentran publicadas

en antologías de Cuba y España.

159


K. Phylaso

2º Premio de la Comunidad Valenciana

de Microrrelato. Autora de Caminando

entre tinieblas.

Jorge Hugo Veneciano

Narrazones. Relatos en prosa. 2008. Nueva

Editorial Universitaria (UNSL). Sobras

Completas. 2010. Nueva Editorial Universitaria

(UNSL). Almado hasta los dientes.

2013. Ed. Lit. VMG (Mun. V. Mercedes, San

Luis). Acuarelas grises. 2015. Ed. Lit. VMG

(Mun. V. Mercedes, San Luis). 1º premio

concurso Progr. San Luis Libro 2008 (cat.

Cuento). Finalista del XI Certamen internacional

de microcuento fantástico miNatura

2013. Revista digital miNatura.

Jesús Cordero

Nacido el 15 de Marzo del 2000. leer

siempre fue su pasatiempo favorito y

comenzó a escribir de una forma más

seria hace unos años; empezó practicando

cada semana y después a diario.

Su meta es publicar una novela de

ciencia ficción y algún día ser autor de

varias obras.

André Kuri

Nacido en Ciudad de México el 15 de

agosto de 1976. Licenciado en Psicología

y Maestro en Administración de Negocios.

Se ha desempeñado en áreas

de consultoría, ventas y desarrollo de

negocios en empresas de tecnologías

de la Información, en iniciativas de modernización

tecnológica y transformación

digital. Afición por la literatura, la

música y el atletismo.

160


Esteban Miranda Ríos

Trabajador social de profesión. Escritor

aficionado por necesidad. Lector voraz.

Es Colombiano. Nació en la ciudad de

Itagüí en 1993, actualmente tiene veinticuatro

años, y considera que la escritura

es un medio indispensable para

sobrevivir a este mundo.

David García de Bustamante

David estudió bachillerato artístico en

la Escuela de Artes y Oficios de la Calle

de la Palma, en Madrid, e Historia del

Arte en la Universidad Autónoma de

Madrid. Cursó un módulo de fotografía

en la Escuela Universitaria de Artes

y Espectáculos TAI para vivir después

en Santiago de Chile como fotógrafo

freelance. Entre su obra publicada destacan

la novela corta El Adversario y la

antología Convivo con lo Extraño.

Gisela Lupiañez

Mendoza, Argentina, 1978).Lectora voraz

desde el momento mágico en que

descubrió que las letras se entretejían

para formar palabras y las palabras

para formar historias, escribe porque

la vida es para bailarla al ritmo de los

sueños. Varios de sus relatos han sido

premiados y publicados en antologías y

revistas, tanto digitales como en papel.

José Luis Díaz Marcos

Albacete, España, 1972. Ha publicado

relatos en diversas antologías y webs

nacionales y extranjeras. También es

autor de sendas novelas: Paraísos de

magia y fuego y Botij-Oh!

161


Mictecacíhuatl

Luego de toda una vida ayudando a la

salud de otros y luego de perder uno de

sus sentidos, descubrió que la imaginación

es un mundo dentro de otro mundo.

Perder la vista le ha abierto puertas

que jamás pensó que existieran.

Eduardo Angarica

Cuba, 31 de octubre de 1989 Licenciado

en Derecho y graduado en Técnicas

Narrativas. Es profesor de talleres

literarios de la Casa de Cultura Mirta

Aguirre en La Habana. Ganador de los

Juegos Florales 2015, Jaimanita, Cuba,

en la categoría de minicuentos. Finalista

en el concurso El Bunker Z 2016. Finalista

en el concurso de minicuentos

Solidarios con Nepal. Ha publicado El

Príncipe de los Traviesos (Infantil)

Carolina Alpuche

Estudiante de Ingeniería Química en la

Universidad Autónoma Metropolitana y

CEO de Editorial Dreamers. Lectora empedernida,

amante del café y de Les Luthiers.

Aurora Ceres

Nacida el 13 de septiembre de 1988 en

Londres, Reino Unido. De madre mexicana

y padre irlandés, ha escrito desde que

tiene memoria. Es egresada de la carrera

de Ingeniería en sistemas, la cual estudió

en la Universidad del Valle de México. Entre

sus principales pasiones destacan la

caza deportiva, la tauromaquia, la literatura,

cocinar y el estudio formal del fenómeno

OVNI. Ha públicado cinco novelas

con su nombre real.

162


Davicalpa

Con 43 años y padre de tres hijos David

Santana es un enfermero al que le gusta

escribir las historias que acumula en

la cabeza en sus ratos libres. Amante

del género de terror y la ciencia ficción

narra situaciones en las que pone a

prueba las emociones de sus atormentados

personajes situándolos frente a

problemas para los que no están preparados.

Actualmente se encuentra

trabajando en su primera novela.

Ana Paola Nájera López

Futura Neuropsicóloga, comprometida

a mejorar México. Enamorada del arte y

la vida misma.

Aly Cañizales

Escritor regiomontano, su inspiración

llegó a partir de un sueño, complementando

que su sueño fue siempre ser escritor,

A sus 29 años comenta que desde

pequeño se interesó en la lectura y

en las bellas artes como la fotografía, el

teatro, la pintura y la música. Es fiel seguidor

de escritores digitales españoles

tales como Fernando Trujillo Sáenz,

y Cesar García.

Israel Montalvo

Artista multidisciplinario que ha

desarrollado en su mayor parte una

obra narrativa (tanto literaria como

en el arte secuencial) en la cual

aborda principalmente temáticas

como metaficción, el horror en todas

sus manifestaciones, y la condición

humana.

163


en nuestro siguiente número:

Más artículos, ensayos,

cuentos y microcuentos,

y todo lo que ustedes aman

leer en esta, su revista

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