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DRAMA DE LA VIDA REAL


Una misteriosa enfermedad le arrebató parte de sus

extremidades a un hombre sano y atlético. Pero una

cirugía revolucionaria le devolvió un poco de su ser.

ANATOMÍA DE UN

AMY WALLACE TOMADO DE LOS ANGELES MAGAZINE

FOTO: SHUTTERSTOCK

L LUNES 26 DE ENERO DE 2015, JONATHAN KOCH

despertó con un terrible malestar. ¡Ay, Dios! Estoy sudando,

pensó. Hasta las rodillas me duelen. ¿Y qué pasa con mis

pies? Están congelados.

Tenía que abordar el primer vuelo de Los Ángeles a Washington

D. C.; en ese entonces era codirector de una casa

productora de programas de telerrealidad y lo esperaban en

un importante congreso por la tarde. Pero en vez de ir al aeropuerto

fue al hospital, donde los médicos, al no hallar la causa del problema,

le administraron morfina y lo dieron de alta. Partió a Washington y, al llegar, fue

al hotel. Tras registrarse cayó rendido en la cama a medianoche.

A la mañana siguiente apenas pudo levantarse. ¡Siento como si pesara una

tonelada! ¿Qué es esto?, se preguntó. Traía los ojos más que rojos. Pasó a una

farmacia a comprar analgésicos de venta libre, colirios y una bebida energizante.

Aunque a rastras, llegó al evento a tiempo para la primera sesión. A la

mitad de la segunda plática, Jonathan volteó hacia donde estaba su colega solo

para descubrir que había empezado a ver triple. Cuando tropezó en el pasillo

un minuto después, la mujer insistió en llevar a su jefe a urgencias. “Tienes


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cosas que hacer aquí”, respondió él.

“Iré solo. No hay problema”.

Un taxi lo dejó en el hospital universitario

George Washington como a

las 11 a. m. Tenía 38.8 de temperatura.

Salvo por una cirugía de rodilla y la

tendencia a formar cálculos renales, el

A PESAR DE LAS ELEVADAS DOSIS

DE ANTIBIÓTICOS, SU CUERPO “SE

PREPARABA PARA MORIR”.

cuerpo de Koch jamás le había fallado

y él le pagaba con la misma moneda.

Con sus 1.85 metros de estatura y 102

kilos de peso, el exluchador, entonces

de 49 años, solía levantarse todos los

días antes del amanecer a fin de entrenar

con un grupo de amigos que él

mismo dirigía. Un colega lo llamaba

Superman por su empuje y entusiasmo

a prueba de todo.

No bebía ni fumaba. Llevaba una

dieta rica en proteínas y jamás sacrificaba

sus horas de sueño; Jennifer

Gunkel, su novia, y él solían estar en

cama a las 9 p. m. Los médicos trataban

de determinar si tenía neumonía.

Inmerso en un mar de análisis, piquetes

para retirar sangre y dolor en las

extremidades, le envió un mensaje a

Jennifer: “No aguanto más, cariño”.

Al caer la noche del martes, Jonathan

ingresó a la unidad de terapia

intensiva. Nadie sabía qué tenía y el

dolor era insoportable. Comenzaron

los problemas circulatorios. Sus pies

y manos se tornaron azules porque el

cuerpo estaba desviando la sangre de

las extremidades a los órganos vitales

para protegerlos. A eso de las 2 a. m.,

la médica Lynn Abell se sinceró con

él. “Contacte a sus seres queridos”,

dijo. “Tal vez no amanezca”.

Para cuando Jennifer llegó a Washington,

el miércoles

al ocaso, los médicos

ya le habían inducido

un coma a Koch con

propofol. La sepsis se

generalizó al día siguiente.

El paciente entró en estado

de choque. Debido a la falta de sangre

oxigenada, las extremidades se le

estaban gangrenando. Y a pesar de

las elevadas dosis de antibióticos, el

cuerpo de Jonathan “se estaba preparando

para morir”. Probabilidad de

sobrevivir: 10 por ciento.

ASI TODOS CREEMOS que

los pacientes en coma inducido

duermen plácidamente,

pero en realidad tienen pesadillas o

alucinaciones terroríficas. Koch estuvo

inconsciente varias semanas,

durante las que experimentó ambos

fenómenos. En su mente, una familia

de demonios con rostros gigantescos

y dientes puntiagudos lo había secuestrado.

Estaba atado a una banca

de madera y un montón de víboras

lo mordían sin cesar. Sintió la presencia

de Ariana, su hija de 15 años,

quien se encontraba a más de 4,800

kilómetros de distancia. (Por la gravedad

de su papá, ella, que entonces


FOTO: MICHAEL LEWIS

tenía bronquitis, decidió quedarse

en casa con su mamá.) Jonathan y su

hija eran muy unidos. Cada año, en febrero,

asistían juntos al baile escolar

para padres e hijas. Por primera vez

desde el kínder, ella lo echaría de menos

en el evento. El último día de las

dos semanas y media

que pasó en coma,

Jonathan se visualizó

en una habitación

vacía con dos puertas.

Sabía que una lo

regresaría a la vida y

la otra lo privaría de

ella. Luego oyó una

voz profunda. “Si eliges

vivir, pagarás un

precio tan alto que

en algún punto lo lamentarás.

Si decides

regresar, librarás una

batalla descomunal”.

Koch ya sabía la respuesta.

¿Dar pelea? Adelante.

De inmediato salió disparado, cual

torpedo ascendiendo desde lo profundo

del mar, hasta que emergió de

modo explosivo. Lo primero que dijo

fue: “¿Cómo llegué aquí?”. Bajó la mirada:

sus pies tenían un extraño tono

oscuro y habían comenzado a marchitarse.

“Vaya, qué impresionante”.

DURANTE LOS 39 DÍAS que Jonathan

pasó en el hospital, sus pies y manos se

necrosaron o, como él decía, “se momificaron”.

Su piel lucía arrugada, tiesa

y negra como el carbón. Los médicos

intentaban descubrir qué había puesto

a su organismo de cabeza, pero las opciones

se agotaban una a una. No tenía

sarampión ni la enfermedad de Lyme.

Habían detectado anticuerpos contra

el virus de Epstein-Barr, que se asocia a

la aparición del síndrome de fatiga crónica,

aunque era raro:

95 por ciento de los

adultos lo portan sin

desarrollar complicación

alguna. Los doctores

incluso llegaron

a pensar que padecía

un tipo inusual de

cáncer de médula

ósea y le empezaron

a dar quimioterapia.

¿Su estrategia? Atacar

por todos los frentes

al mismo tiempo. Y

Jonathan Koch, antes de funcionó; sobrevivió.

su trasplante de mano. En marzo de 2015,

con la esperanza de

descubrir la causa de su enfermedad,

Jonathan tomó la difícil decisión de

abandonar el hospital y viajar a la Clínica

Mayo en Rochester, Minnesota.

“Lo único que no entiendo”, le confesó

a Abell el último día, “es por qué sucedió”.

“Jonathan, has cuidado tanto de

tu salud no para evitar todo esto, sino

para salir avante”.

Y aun así, no fue nada fácil estar en

la Clínica Mayo; el dolor en brazos y

piernas no le daba tregua y era tan intenso

que resultaba inefable. Perdió 18

kilos. Sus manos y pies, envueltos en

gasas, parecían las patas de un animal.


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Los médicos de Rochester ponderaron

la posibilidad de amputar miembros

y de sustituir, en algún momento, la

mano izquierda con un trasplante.

Aunque la clínica contaba con un departamento

dedicado a ello, aún no

había llevado a cabo ninguna cirugía.

El 20 de abril, 85 días después de su

hospitalización, Jennifer y él comunicaron

a los médicos su intención de

regresar a Los Ángeles para festejar

los 16 años de Ariana. Alguien mencionó

un nombre nuevo:

Kodi Azari.

ZARI es el

director quirúrgico

del

programa de trasplante

de mano de la

Universidad de California

en Los Ángeles

(UCLA), un campo relativamente

nuevo. La

primera intervención

exitosa a largo plazo

se había llevado a cabo

18 años antes en Louisville, Kentucky;

en 2015 apenas se habían hecho 85

desde aquella. Pero Azari estaba a la

vanguardia. Había viajado por todo el

país para dirigir un equipo quirúrgico

en cinco ocasiones. Había logrado el

primer trasplante de mano doble, así

como el de brazo, en Estados Unidos.

Tenía ciertas hipótesis que deseaba

poner a prueba; para ello necesitaba

al paciente ideal: alguien con excelente

salud, disciplina férrea y, lo más

La pierna derecha de Jonathan

fue amputada al día siguiente

de casarse con Jennifer.

difícil, un miembro aún sin amputar

que requiriera trasplante. En la mayoría

de los casos, tales candidatos han

sufrido accidentes o lesiones en combate,

es decir, catástrofes que requieren

amputaciones de emergencia a fin

de minimizar el sufrimiento.

Bajo esas condiciones se suele eliminar

la mayor parte del antebrazo, cortar

nervios y tendones para disminuir

el dolor y cubrir el extremo resultante

con piel. Dentro del muñón, las estructuras

anatómicas tienden

a enmarañarse,

por lo que resulta arduo

identificar cada

una para conectarla

con precisión a un

nuevo órgano.

Azari soñaba con

poder amputar el

brazo del receptor

de modo que cada

parte quedara lista

para unirse al extremo

correspondiente del

miembro donado.

¿Qué tanto se aceleraría la recuperación

del paciente si cada uno de sus

tendones, nervios, arterias y venas

conservara su forma y sitio con el objeto

de poder identificarlos, como los

cables de colores de una bocina? Kodi

creía que el paciente ideal se despertaría

tras la cirugía, miraría su nueva

mano y, sin más, movería los dedos.

Ahora solo necesitaba encontrarlo.

Y entonces conoció a Jonathan.

Azari entró en acción una semana

FOTO: CORTESÍA DE JONATHAN KOCH


después de que su candidato llegara

de la Clínica Mayo. Lo primero que

revisó fue la mano izquierda. Había

quedado inservible y, salvo por un

pedacito de la palma, lucía chamuscada.

La derecha estaba mejor; los

cinco dedos se habían oscurecido,

pero el resto se podía rescatar.

En el pie izquierdo

el daño se limitaba a los

dedos. En cuanto al derecho,

uno podría jurar que

estaba hecho de carbón.

“Esto hay que amputarlo”, afirmó el

experto. “Sin duda”. Hubo algo en su

expresión… su mirada directa, amable

y humana tranquilizó a Jonathan y a

Jennifer. “Les prometo algo”, aseguró

Kodi. “No voy a hacer nada que cause

más dolor”.

El 23 de junio, decidido a salvar la

mayor cantidad de tejido sano posible,

Azari amputó la mano izquierda

de Jonathan y casi la mitad de cada

dedo de la derecha. Cortó la siniestra

a la altura de la muñeca; preservó todos

los nervios y tendones y los mantuvo

estirados. Eso le daría un amplio

margen de maniobra después.

Aunque suene extraño, perder la

diestra no acongojó a Koch: había

sido un tormento, y perderla lo alivió.

ABÍA MUCHO POR HACER.

Por políticas de la UCLA,

donde Azari esperaba realizar

la cirugía, Jonathan debía someterse a

decenas de pruebas físicas y psicológicas.

Después se enfrentaría al reto de

encontrar un donador compatible en

cuanto a tamaño, tono de piel y tipo de

vello de la mano izquierda. Entre más

similar, mejor: el paciente se adaptaría

a ella más fácilmente. Durante la espera,

Jonathan se dedicó a desenterrar

viejos recuerdos sobre cómo hacer lo

JONATHAN INTENTABA REÍRSE

DE SU DESGRACIA. “SOY EL

SEÑOR CARA DE PAPA”, DECÍA.

que antes daba por sentado. Se enseñó

a utilizar un tenedor con lo que quedó

de sus dedos derechos y logró dominar

el arte de escribir mensajes de texto y

correos con un bolígrafo digital.

El 17 de agosto de 2015 se casó con

Jennifer en una pequeña ceremonia

celebrada en su jardín. Al día siguiente,

los médicos le amputaron la

pierna derecha, justo entre la rodilla

y el tobillo, así como los dedos necrosados

del pie izquierdo. Jonathan

intentaba reírse de la desgracia que

suponía perder partes de su cuerpo.

Decía que era el Señor Cara de Papa,

como el juguete. No obstante, verse

sin un pie fue descorazonador. “Para

mí, lo más difícil ha sido el periodo

de sustracción”, comentó. “Estamos a

punto de comenzar la fase de adición”.

Ocho semanas después de la cirugía

del pie le colocaron su primera

prótesis. Empezó a caminar de inmediato.

Pronto la sustituiría con algo

mejor, el tobillo inteligente Triton:

un mecanismo biónico con el que se


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puede realizar cualquier tipo de movimiento.

También adquiriría una prótesis

para correr llamada RUSH foot.

“Me compraré una pierna de gala y

me la pondré para ir a los premios

Emmy”, bromeaba.

Azari no estaba tan tranquilo.

“Nunca faltan los imprevistos en este

tipo de cirugías”, dijo. “Y no hay recetas

de cocina para nosotros, los cirujanos”.

Como si se tratara

de un grupo de chefs

diseñando un nuevo

platillo, Azari y su

equipo se dedicaron a

practicar la cirugía una

y otra vez en el laboratorio

de anatomía.

El personal del hospital

anotó a Jonathan

en la lista de espera de

donaciones. Tendrían

que pasar siete meses

antes de que lo llamaran.

El 24 de octubre de

2016 encontraron a un donante con

el mismo tipo de sangre y una mano

compatible. Koch llegó al hospital a

las 9:45 a. m. del día siguiente. Kodi lo

recibió con un abrazo y una promesa:

“Lo lograremos”. Mientras preparaban

al paciente para cirugía, Azari salió

rumbo a un hospital al sur de California

para recoger el nuevo miembro.

Cuando Kodi entró al nosocomio, el

donador aún tenía soporte vital. Junto

a él estaban su hermano y su pastor,

así que el médico tuvo la inusual oportunidad

de conocerlos. Ya en el quirófano,

donde un equipo de especialistas

retiraría la mano y otros órganos, todo

el personal reservó un momento para

rezar en un gesto de gratitud. Al otro

lado de la ciudad, la bolsa con anestésico

conectada al cuerpo de Jonathan

había empezado a gotear. Jennifer se

preparó para abrazar a su esposo una

vez más antes de despedirse.

A las 3:32 p. m., los médicos hicieron

un primer corte

para preparar el brazo.

Azari llegó pasada una

hora. Entonces se enfrentaron

al primer

imprevisto. El plan original

era cortar el radio

y el cúbito 11 centímetros

por encima de la

muñeca. No obstante,

ya abierto el miembro

se percataron de que

podían conservar más

Jonathan Koch se volvió

zurdo después del trasplante. hueso. Aunque no era

seguro, eso aceleraría

el proceso de cicatrización y dotaría

a la extremidad de mayor amplitud

de movimiento. La decisión fue unánime:

preservar otros 7 centímetros

de cada hueso y unir la mano a tan

solo 4 centímetros de la muñeca.

Tic, tac, tic, tac. Apenas llevaban

unas cuantas horas de cirugía; faltaban

al menos 12 para terminar. Cosieron algunos

tendones clave para implantar la

mano. Continuaron con las venas y arterias.

Debido a la gangrena y a la falta

de uso estaban muy estrechas, “como

tallos de cebollín”, recuerda Azari. Eso,

FOTO: MICHAEL LEWIS


aunado a la presencia de cicatrices duras,

dificultó la sutura.

Tras unir los vasos correspondientes,

los médicos trabajaron en los

músculos del brazo; había que tensar

muy bien esas fibras. Eso representó

el segundo imprevisto: los músculos

lucían firmes, pero los vasos sanguíneos

quedaron flojos dada su longitud,

como un hilo que se sale del

tejido. Fue necesario recortarlos y

volver a suturar.

Pasó lo mismo con varios tendones,

en especial los de los dedos índice,

medio y anular. “Repetimos el procedimiento

de esos tres hasta que salió

bien”, comenta Azari. En cuanto a los

del antebrazo, la sutura abarcó 7.6

centímetros de superficie para maximizar

su fuerza y prevenir desgarres.

A las 11:01 p. m., tras retirar las

pinzas quirúrgicas y los torniquetes,

la nueva mano de Jonathan empezó a

tomar color. Pasó del blanco al rosa y

luego al rojo. El tejido se tensó y sintieron

su pulso. Fue mágico.

Los cirujanos siguieron trabajando

hasta conectar todos los tendones. A

las 7:07 a. m., Jennifer recibió una llamada

del hospital. El equipo estaba

cerrando y suturando. Hora oficial de

término: 9:09 a. m. Duración: 17 horas

y 37 minutos.

Las primeras palabras de Jonathan

tras salir de la anestesia fueron: “¿Se

pudo?”. Cuando Azari lo confirmó, el

paciente miró su nueva mano y empezó

a cantar el tema de la película

Rocky. Jennifer llegó al hospital una

hora después. Era su cumpleaños y ya

quería su regalo. “Mueve el pulgar”, le

pidió a su esposo. Él lo hizo.

S IMPOSIBLE CALCULAR LOS

costos del trasplante y las

consultas de seguimiento de

Jonathan: en otros casos el monto ha

rebasado los 900,000 dólares.

Pero ¿de qué se enfermó? Nunca lo

sabrá con certeza. Los médicos atribuyen

este rarísimo evento (1 en cada 20

millones) a una exacerbación del virus

de Epstein-Barr derivada del estrés.

Ahora está concentrado en lo que

viene. Todos los días, al amanecer,

asiste a sesiones de terapia ocupacional

en la UCLA para mejorar sus habilidades

motrices y su flexibilidad.

Apenas habían pasado cinco meses

de la cirugía y él ya estaba saltando

la cuerda, botando la pelota de baloncesto

y enseñándose a jugar tenis

con la raqueta en la mano siniestra.

También volvió a dirigir a sus amigos

en el grupo de entrenamiento intenso

y está aprendiendo a usar los dedos

artificiales de la mano derecha.

Y es que la vida es hermosa. Hace

poco vistió de traje y corbata, se puso

su tobillo Triton y unos tenis negros de

botín y llevó a Ariana, toda una joven

preuniversitaria, al que sería su último

evento para padres e hijas. Decoró su

solapa con 14 corazones rojos, uno por

cada baile al que habían asistido juntos.

Salvo por ella y unas cuantas personas

más, pocos se enteraron de que su presencia

en sí era un milagro.

TOMADO DE LOS ANGELES MAGAZINE (20-III-2017. © 2017 POR AMY WALLACE, LAMAG.COM.

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