La_esclava_de_mi_familia

selecciones

GRAN REPORTAJE

Lola tenía 18 años

cuando mi abuelo se

la obsequió a mi madre.

La trajimos a Estados Unidos.

Fue explotada en nuestra

casa por 56 años.

LA

ESCLAVA

DE MI

FAMILIA

ALEX TIZON

TOMADO DE

THE ATLANTIC

FOTOS: ALAN BERNER


SELECCIONES

AS CENIZAS OCUPABAN TODA UNA CAJA PLÁSTICA

color negro, del tamaño de una tostadora. El pasado

mes de julio la guardé en mi maleta a fin de abordar

un vuelo transpacífico con destino a Manila, Filipinas.

Desde allí viajaría a un pueblo rural a entregar todo lo

que quedaba de la mujer que había pasado 56 años

Lcomo esclava en mi casa.

Su nombre era Eudocia Tomas Pulido.

Le decíamos Lola. Medía 1.45, su

piel era café, sus ojos almendrados.

Había cumplido 18 años cuando mi

abuelo se la entregó a mi madre como

regalo y, al mudarnos a Estados Unidos,

la trajimos con nosotros. Preparaba

tres comidas diarias, limpiaba la

casa, atendía a mis padres y cuidaba a

mis cuatro hermanos y a mí. Mis papás

nunca le pagaron y la regañaban

constantemente. No llevaba grilletes,

pero bien pudo haberlos tenido.

Para nuestros vecinos estadounidenses,

éramos inmigrantes modelo.

Mi padre era abogado, mi madre estaba

camino de convertirse en médica

y mis hermanos y yo obteníamos buenas

calificaciones. Nunca hablábamos

de Lola. Nuestro secreto llegaba hasta

lo más profundo de quienes éramos y,

al menos para nosotros, los niños, de

quienes queríamos ser.

Luego de la muerte de mi madre,

en 1999, Lola se mudó conmigo a una

pequeña ciudad en el norte de Seattle.

Yo tenía una familia, una carrera, una

casa en los suburbios: el sueño americano.

Y también tenía una esclava.

Una tradición oscura

En el área de entrega de equipaje del

aeropuerto de Manila, abrí el cierre de

mi valija para asegurarme de que las

cenizas de Lola siguieran ahí. Una vez

afuera, inhalé ese aroma tan conocido

para mí: una mezcla espesa de humo

de automóvil y basura; de océano, frutas

dulces y sudor.

A la mañana siguiente encontré un

chofer, un hombre muy amable de mediana

edad al que apodaban Doods.

Emprendimos el viaje en su camioneta.

Íbamos a donde había comenzado

la historia de Lola, en el norte de la

provincia de Tarlac, una región arrocera.

Hogar de un teniente del ejército

que arrasaba cigarros llamado Tomas

Asunción, mi abuelo. Las historias familiares

lo retratan como un hombre

formidable que poseía muchas tierras,

pero poco dinero, y mantenía a

sus amantes en casas separadas de sus

dominios. Su esposa murió durante el

parto de su única hija, mi madre. Ella

fue criada por un grupo de utusans o

“personas que siguen órdenes”.

La esclavitud tenía una larga historia

en las islas. Antes de la llegada de los


FOTO: CORTESÍA DE MELISSA TIZON

Eudocia Tomas Pulido (esta es una foto

tomada de su pasaporte) creció en una

zona rural de Filipinas.

españoles, los isleños se esclavizaban

entre sí; las víctimas solían ser prisioneros

de guerra, criminales o deudores.

Algunos optaban por convertirse

en miembros de la servidumbre a cambio

de comida, refugio y protección.

Cuando llegaron los españoles, en

el siglo XVI, tomaron como siervos a

los isleños y luego trajeron también

esclavos africanos e indios. La Corona

española finalmente empezó a

eliminar la esclavitud de manera gradual,

pero las tradiciones persistieron,

aun después de que Estados Unidos

tomara el control de las islas en 1898.

Hoy en día hasta los pobres pueden

tener utusans, katulongs (“ayudantes”)

o kasamba-hays (“personal doméstico”);

en tanto existan individuos

todavía más pobres, será posible. Hay

mucha tela de dónde cortar.

En la primavera de 1943, cuando

las islas estaban bajo ocupación japonesa,

el teniente Tom trajo a casa

a una niña de un pueblo cercano. Era

una prima de una parte de la familia

muy lejana: arroceros. Tom le hizo

una propuesta: le ofreció comida y refugio

si se comprometía a cuidar a su

hija que acababa de cumplir 12 años.

Lola aceptó, sin advertir que se trataba

de un acuerdo de por vida.

—Este es mi regalo para ti —le dijo

el teniente Tom a mi madre.

—No la quiero —respondió ella, sabiendo

que no tenía opción.

El teniente Tom partió a combatir

contra los japoneses y dejó a mi madre

con Lola en provincia. Lola alimentaba,

cuidaba y vestía a mi mamá.

Por la noche, tras terminar el resto de

las tareas, como darles de comer a

los perros, limpiar los pisos y doblar

la ropa limpia, Lola se sentaba en el

borde de la cama de mi madre y la

abanicaba hasta que se dormía.

Un día, el teniente Tom descubrió

que mi mamá le había mentido; era

algo relacionado con un chico con el

que se suponía que no debía hablar.

Tom, furioso, le ordenó que “se parara

contra la mesa”. Con voz temblorosa,

mi madre le dijo que Lola recibiría el

castigo por ella. Sin decir una palabra,

Lola se acercó a la mesa y se aferró

al mueble. Tom levantó el cinturón

y dio 12 golpes, marcando cada uno

con una palabra. No. Me. Mientas. No.

Me. Mientas. No. Me. Mientas. No. Me.

Mientas. Lola no hizo ni un sonido.


SELECCIONES

Lola, a los 27 años, con Arthur,

hermano mayor del autor, antes de su

llegada a Estados Unidos.

Mi mamá, al recordar esta historia

tiempo después, se mostraba indignada

por la barbarie del relato; hablaba

en un tono que parecía decir:

¿Pueden creer que yo haya sido capaz

de hacer algo así? Cuando le narré la

versión de mi madre a Lola, me mi

con tristeza y solo dijo: “Sí. Así fue”.

En 1950, mis padres se casaron

y se mudaron a Manila. Llevaron a

Lola con ellos. Hacía tiempo que al

teniente Tom lo acechaban los demonios

y, en 1951, decidió silenciarlos

con una bala calibre .32 en la sien. Mi

madre heredó su temperamento: era

voluble, mandona, frágil en el fondo,

y se tomaba muy en serio todas las

enseñanzas de su padre, entre ellas,

cómo ser una matrona. “Tienes que

mantener en su lugar a aquellos bajo

ti, por su propio bien y por el bien del

hogar. Ellos te amarán por ayudarlos a

ser lo que Dios espera de ellos”.

Mi hermano, Arthur, nació en 1951.

Yo fui el siguiente; luego nacieron otros

tres bebés. Mientras Lola nos cuidaba,

mis papás estudiaban y obtenían títulos.

A mi padre le ofrecieron un empleo

como analista comercial en el Departamento

de Asuntos Exteriores. El salario

era bajo, pero trabajaría en Estados

Unidos, un lugar con el que habían soñado

desde pequeños, donde todo lo

que anhelaban podía hacerse realidad.

Autorizaron a mi padre a llevar a

su familia y a una persona del servicio

doméstico. Mi madre le informó

el plan a Lola, pero ella no aceptó de

inmediato, algo que irritó profundamente

a mamá. Años más tarde, Lola

me confesó que estaba aterrada. “Era

demasiado lejos”, dijo. “Tal vez tus padres

no me dejarían volver a casa”.

Lo que terminó por convencerla fue

la promesa de mi padre de que las cosas

serían diferentes en Estados Unidos.

Le dijo que tan pronto como él

y mi madre se establecieran, recibiría

una “gratificación”. Así podría enviar

dinero a sus familiares en el pueblo.

Sus padres vivían en una cabaña con

piso de tierra. Ella podría construirles

una casa de cemento.

Llegamos a Los Ángeles el 12 de

mayo de 1964. Yo tenía cuatro años,

FOTO: CORTESÍA DE MELISSA TIZON


era muy pequeño para cuestionar

el papel de Lola en nuestra familia.

Pero, a medida que mis hermanos y

yo crecíamos, lográbamos percibir el

mundo de un modo diferente.

LOLA JAMÁS RECIBIÓ aquel pago. Se

lo pidió a mis padres cuando su madre

enfermó de disentería y su familia

no podía sufragar el costo de los medicamentos

que necesitaba. “¿Cómo

MI HERMANO MAYOR,

ARTHUR, INTRODUJO

LA PALABRA “ESCLAVO”

A MI PROCESO MENTAL

PARA COMPRENDER

LO QUE ERA LOLA.

te atreves?”, dijo mi padre. “¿No te das

cuenta de lo ajustados que estamos?

¿No te da vergüenza?”. Transfirieron

a mi padre del consulado general de

Los Ángeles al consulado de Filipinas

en Seattle. Le pagaban 5,600 dólares

anuales. Consiguió un segundo trabajo

como limpiador de remolques y

un tercero como cobrador de deudas.

Mi madre obtuvo un empleo de técnica

médica. Apenas si los veíamos.

Mamá llegaba a casa y reprendía a

Lola por no haber limpiado suficientemente

bien la casa o por haber olvidado

traer la correspondencia. “¿No

te dije que quiero tener las cartas aquí

cuando llego?”, le decía, con tono venenoso.

“Hasta un idiota podría recordarlo”.

A veces, mis padres se aliaban

hasta que ella rompía en llanto.

Me sentía confundido: mis papás

eran cariñosos con nosotros y crueles

con ella un instante después. Yo tenía

11 o 12 años cuando comencé a ver

con claridad la situación. Arthur, ocho

años más grande que yo, introdujo la

palabra “esclavo” a mi proceso mental

para comprender lo que era Lola.

“¿Conoces a alguien que reciba el

mismo trato que ella?”, me preguntó.

Resumió entonces la realidad: no le

pagaban, se rompía el lomo a diario,

la regañaban por estar sentada mucho

tiempo o por quedarse dormida muy

temprano, la golpeaban si contestaba,

comía las sobras de la comida sola en

la cocina y no tenía amigos ni pasatiempos

fuera de la familia.

Una noche, cuando mi padre descubrió

que mi hermana Ling, entonces

de nueve años, no había cenado,

le gritó a Lola por su descuido.

—Intenté darle de comer —dijo ella.

Su débil defensa solo hizo que él se

enojara aún más, y la golpeó justo debajo

del hombro. Lola salió corriendo

de la habitación y pude escuchar su

llanto, un sollozo animal.

—Ling dijo que no tenía hambre

—afirmé yo.

Mis padres me voltearon a ver. En

los ojos de mi mamá había una sombra

inédita para mí. ¿Eran celos?

—¿Estás defendiendo a tu Lola?

—cuestionó papá.


SELECCIONES

Yo tenía 13 años. Ese fue mi primer

intento por defender a la mujer que

había pasado su vida cuidándome.

Quien me mecía hasta que me dormía

y quien, cuando crecí, me vestía,

me daba de comer y me llevaba a la

escuela por las mañanas e iba a buscarme

por las tardes.

Oírla llorar me enfurecía.

Nuestro vergonzoso secreto

Mis padres se esforzaban muchísimo

por ocultar cómo trataban a Lola.

Cuando había invitados la ignoraban o,

si les preguntaban, mentían y cambiaban

de tema pronto. En Seattle vivíamos

frente a los Missler, una revoltosa

familia de ocho miembros.

—¿Quién es esa señora pequeña

que tienen en la cocina? —preguntó

una vez Big Jim, el patriarca Missler.

—Un familiar de nuestro país —respondió

mi padre con timidez.

Billy Missler, mi mejor amigo, no lo

creyó. Pasó suficiente tiempo en nuestra

casa como para captar indicios del

secreto que guardábamos.

—¿Por qué siempre está trabajando?

—cuestionó alguna vez.

—Le gusta trabajar —repuse.

—¿Por qué tus padres le gritan?

—No escucha bien.

Admitir la verdad habría implicado

exponer a todos. Pasamos nuestra primera

década en el país aprendiendo

las costumbres de esta nueva tierra.

Tener una esclava me generaba serias

dudas sobre qué clase de personas

éramos y si merecíamos ser aceptados.

Existía otra razón para mantener el

secreto: los permisos migratorios de

Lola habían vencido en 1969. Luego

de varias discusiones con sus superiores,

mi padre renunció al consulado y

manifestó su intención de quedarse

en Estados Unidos. Consiguió la residencia

permanente para su familia,

pero Lola no reunía los requisitos exigidos.

Tenía que regresar a su país.

La madre de Lola, Fermina, falleció

en 1973; su padre, Hilario, en 1979. En

ambas ocasiones ella quiso ir a su casa

desesperadamente. En ambas oportunidades,

mis padres dijeron: “Lo

sentimos”. No había dinero, ni tiempo.

Mis papás temían también por ellos

mismos; me lo confesaron tiempo

después. Si las autoridades descubrían

la presencia de Lola, algo que

con certeza habría sucedido si hubiera

intentado dejar el país, ellos podrían

haberse metido en problemas, quizá

hasta podrían haber sido deportados.

LA RENUNCIA DE MI PADRE dio inicio

a un periodo turbulento. El dinero

escaseó y mis padres empezaron a pelear.

Nos mudamos de Seattle a Honolulu;

regresamos a Seattle, luego

fuimos al sudeste del Bronx y, por último,

a Umatilla, Oregon, un lugar con

750 habitantes. Mi madre solía laborar

en turnos de 24 horas; primero fue

médica interna, después residente.

Mi padre desaparecía por días. Hacía

todo tipo de trabajos, pero también

(como nos enteraríamos más tarde)

era un mujeriego.


El autor (segundo, de izquierda a derecha) con sus padres,

hermanos y Lola en Estados Unidos.

FOTO: CORTESÍA DE MELISSA TIZON

Durante días, Lola era el único

adulto en casa. Invitábamos amigos y

ella escuchaba nuestras pláticas sobre

la escuela, los niños y niñas o cualquier

otra cosa que se nos ocurriera.

Cuando cumplí 15 años, papá abandonó

definitivamente a la familia. A

mamá le faltaba un año para ser médica,

y su especialidad, medicina interna,

no era tan lucrativa. Mi padre

no pagaba pensión, por lo que el dinero

siempre fue un dolor de cabeza.

Mi madre se mantenía entera para

ir a trabajar, pero por las noches se

desmoronaba entre autocompasión y

desesperación. Su principal fuente de

consuelo en esta etapa fue Lola. Las

encontraba a las dos por la noche en

la mesa de la cocina, contando historias

sobre mi padre, a veces riendo

con maldad, otras veces furiosas

mientras recordaban sus faltas.

DOODS TARAREABA. Dormité durante

lo que pareció como un minuto y me

desperté con la feliz melodía. “Faltan

dos horas”, dijo.

El hecho de que él no supiera nada

sobre el objetivo de mi viaje era un

alivio. Ya era suficiente con el diálogo

interno que sostenía. Yo no era mejor

que mis padres. Podría haber hecho

más para liberar a Lola. ¿Por qué no

lo hice? Supongo que podría haber delatado

a mis padres. Eso habría destrozado

a mi familia. Pero, en cambio,

mis hermanos y yo ocultábamos todo

lo que sucedía.

Doods y yo atravesamos el hermoso

país. Las montañas se elevaban en paralelo

a cada lado de la autopista: los

montes Zambales por el oeste, la cordillera

Sierra Madre por el este. De cumbre

a cumbre, de oriente a poniente,

podía ver toda la gama de verdes.


SELECCIONES

Doods señaló el contorno borroso

del volcán Pinatubo. Había venido a

este lugar en 1991 para realizar un reportaje

sobre las secuelas de su erupción,

la segunda más grande del siglo

XX. Las olas de lodo volcánico avanzaron

por las laderas de las montañas

en la provincia de Tarlac, donde los

padres de Lola habían pasado toda su

vida y donde ella y mi madre habían

radicado alguna vez. Gran parte de los

registros de nuestra familia se habían

perdido en guerras e inundaciones, y

ahora también 6 metros bajo el barro.

Defender a Lola

Un par de años después de la separación

de mis padres, mi madre se casó

con un inmigrante croata llamado

Iván, a quien había conocido a través

de un amigo. Era el cuarto matrimonio

de Iván, un apostador empedernido

al que le gustaba ser mantenido

por mi madre y atendido por Lola.

La relación fue muy inestable desde

el inicio, y el dinero —en concreto el

uso que él hacía del de mi mamá—

era el mayor problema. Una vez, durante

una discusión, mi madre lloraba

e Iván gritaba; Lola se puso en medio

de ellos y dijo su nombre con firmeza.

Él la miró, pestañeó y se sentó.

Iván pesaba unos 115 kilos y Lola lo

puso en su lugar con una sola palabra.

Esto se repitió pocas veces, pero

la mayor parte del tiempo Lola servía

a Iván sin cuestionamientos. Me molestaba

ver que se avasallara a alguien

como Iván. Pero lo que preparó el camino

para el conflicto con mi madre

fue algo más mundano.

A finales de los 70, Lola empezó a

perder sus dientes. Llevaba meses diciendo

que le dolía la boca.

—Eso es lo que sucede cuando uno

no se cepilla los dientes correctamente

—repuso mi madre.

Yo dije que Lola necesitaba visitar

a un dentista. Pasaba de los 50 años y

nunca había ido a uno. Yo estaba estudiando

en la universidad, a una hora

“¿POR QUÉ TE QUEDAS?”,

LE PREGUNTAMOS A

LOLA. “¿QUIÉN VA A

COCINAR?”, DIJO ELLA.

“¿A DÓNDE?”, CONTESTÓ

EN OTRA OCASIÓN.

de viaje, y saqué el tema durante mis

frecuentes visitas a casa. Pasó un año,

luego dos. Los dientes de Lola parecían

un Stonehenge a punto de caer.

Una noche perdí el control.

Discutí con mi madre hasta altas

horas. Dijo que estaba cansada de trabajar

incansablemente para mantener

a todos, harta de que sus hijos siempre

estuvieran a favor de Lola, y que

deseaba con toda su alma no haber

dado a luz a un hipócrita santurrón y

arrogante como yo.

Contraataqué y le respondí que, si

tan solo por un minuto pudiera dejar


de sentir pena por ella misma, se daría

cuenta de que Lola apenas podía

comer porque sus dientes se estaban

pudriendo y cayendo. ¿No podía pensar

en ella como si se tratara de una

persona real en lugar de una esclava?

—¡Una esclava! —exclamó mi

mamá sorprendida, como sopesando

la palabra—. ¿Una esclava?

La noche terminó cuando declaró

que yo nunca entendería su relación

con Lola. Es algo terrible odiar a tu

propia madre, y esa noche lo hice. La

mirada en sus ojos dejó en claro que

el sentimiento era mutuo.

Mi mamá llevó las cosas aún más

allá con Lola y le dijo: “Espero que estés

feliz ahora que tus hijos me odian”.

Si la ayudábamos con las labores del

hogar, mi madre enfurecía. “¿Por qué

no te vas a dormir ya, Lola?”, decía

ella sarcásticamente. “Has trabajado

demasiado por hoy”.

Lola finalmente nos rogó que ya no

intentáramos ayudarla.

—¿Por qué te quedas? —le preguntamos

un día.

—¿Quién va a cocinar? —respondió,

lo que yo interpreté como: “¿Quién

hará todas las faenas?”.

—¿A dónde? —repuso otra vez.

Esa respuesta me pareció más apegada

a la realidad. Ella no conocía a

nadie en Estados Unidos ni tenía otro

lugar a dónde ir. Los teléfonos le resultaban

un misterio. Las personas

que hablaban muy rápido la dejaban

sin palabras y su inglés rudimentario

tenía el mismo efecto en ellas. Era incapaz

de hacer una cita, coordinar un

viaje, completar un formulario o pedir

comida sin ayuda.

Le tramité una tarjeta bancaria

vinculada a mi cuenta y le enseñé a

usarla. Logró utilizarla una vez, pero

en el segundo intento se puso nerviosa

y nunca volvió a intentarlo.

SAQUÉ UN MAPA y tracé la ruta hasta

el pueblo de Mayantoc, nuestro destino.

Ya no quedaban muchas de las

personas que conocían a Lola. Solo

una de sus hermanas vivía aún en el

área. Se llamaba Gregoria, tenía 98

años, y me contaron que su memoria

estaba fallando.

Me había puesto en contacto con

una de las sobrinas de Lola. Ella había

planeado todo para la jornada: un

homenaje sencillo y luego una oración,

seguida por la colocación de las

cenizas en una parcela del cementerio

Mayantoc Eternal Bliss Memorial

Park. Habían pasado cinco años desde

el fallecimiento de Lola, pero aún no

me había despedido definitivamente

de ella. Durante todo el día había estado

sintiendo el terrible peso de haberla

perdido, como si todo hubiera

pasado 24 horas antes.

Doods giró al noroeste, luego tomó

una curva cerrada a la izquierda en

Camiling, ciudad de la que provenían

mi madre y el teniente Tom. Los dos

carriles se convirtieron en uno y después

el ripio se transformó en camino

de tierra. El sendero bordeaba el río

Camiling, había grupos de casas de


SELECCIONES

bambú a los costados y montañas verdes

en el horizonte. Era la recta final

de la travesía.

LE DIJIMOS A LOLA QUE

PODÍA HACER LO QUE

QUISIERA: DORMIR, VER

TELENOVELAS. DEBERÍA

HABER IMAGINADO QUE

NO SERÍA TAN SENCILLO.

LUEGO DE AQUELLA GRAN discusión,

en general trataba de evitar ir a casa,

y a los 23 años me mudé a Seattle.

Cuando iba de visita, veía cambios.

Mi madre le había conseguido a Lola

una hermosa dentadura postiza. Y

colaboró cuando mis hermanos y yo

nos dispusimos a modificar su situación

migratoria. Fue un proceso largo,

pero obtuvo la ciudadanía estadounidense

en octubre de 1998, cuatro meses

después de que le diagnosticaran

leucemia a mi mamá. Vivió un año

más después de eso.

Antes de morir, mi madre me regaló

sus diarios. Mientras ella descansaba

y yo recorría esas páginas, me enteré

de partes de su vida que me había

negado a ver durante mucho tiempo.

Había asistido a la facultad de medicina

para estudiar, cuando no muchas

mujeres lo hacían. Había trabajado

durante dos décadas en una institución

estatal dedicada a personas

con discapacidades de desarrollo en

Salem, Oregon. Sus colegas mujeres

se habían convertido en amigas cercanas.

Tenía vida e identidad propias

más allá de la familia y de Lola.

Mi mamá escribía con gran detalle

sobre cada uno de sus hijos y sobre

cómo se sentía cualquier día respecto

a nosotros: orgullosa, cariñosa, celosa.

Dedicó volúmenes enteros a sus

esposos, intentando comprenderlos

como personajes complejos en su

historia. Muy rara vez mencionaba a

Lola, y cuando lo hacía era un personaje

accesorio en la trama de alguien

más. “Lola llevó a mi amado Alex a

su nueva escuela esta mañana. Ojalá

haga nuevos amigos pronto para que

no se sienta tan triste por habernos

mudado de nuevo…”.

El día previo al fallecimiento de mi

madre, un sacerdote católico vino a

casa con el fin de realizar los ritos finales.

Lola se sentó cerca de la cama

en la que yacía mi mamá mientras

sostenía una taza con una pajilla, lista

para acercarla a su boca.

El sacerdote le preguntó a mi madre

si había algo que quisiera perdonar

o algo por qué pedir perdón. Ella

recorrió la habitación con la mirada.

Luego se incorporó y colocó su mano

abierta sobre la cabeza de Lola. No

dijo una sola palabra.

Una nueva vida

Lola tenía 75 años cuando vino a vivir

conmigo. Yo ya me había casado,


FOTO: CORTESÍA DE MELISSA TIZON

Lola y el autor, en 2008.

tenía dos hijas pequeñas y poseía una

casa muy acogedora en un terreno

boscoso, lleno de árboles. Le dimos

autorización para que hiciera lo que

deseara: dormir, ver telenovelas, relajarse.

Debería yo haber imaginado

que no sería tan sencillo.

Se me habían olvidado todas las

cosas que Lola hacía que me molestaban

un poco. Siempre me decía que

me pusiera un suéter para que no me

resfriara (yo ya tenía cuarenta y tantos

años) y se quejaba de mi padre y de

Iván sin parar. Aprendí a desconectarme

de ese sonido. Más difícil de

ignorar resultó su fanatismo por economizar.

No tiraba nada. Lavaba y volvía

a usar las servilletas de papel hasta

que se desintegraban en sus manos.

La cocina estaba repleta de bolsas de

compras, envases de yogur y frascos

de conservas vacíos.

Preparaba el desayuno. Hacía nuestras

camas y lavaba la ropa de todos.

Limpiaba la casa. Tuve que decirle:

—Lola, en verdad, no es necesario

que hagas todo eso.

—De acuerdo —respondía, pero retomaba

la tarea de inmediato.

Me irritaba encontrarla comiendo

el desayuno, el almuerzo y la cena parada

en la cocina o sentir que se ponía

tensa y comenzaba a limpiar cuando

yo entraba a la habitación. Un día,

después de varios meses, le pedí que

se sentara para hablar.

—Yo no soy mi padre. Aquí no eres

una esclava —le dije. Cuando advertí

que estaba aturdida, respiré hondo y

le di un beso en la frente—. Esta es tu

casa ahora. No estás aquí para servirnos.

Puedes relajarte, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo.

Y siguió limpiando.

No conocía ninguna otra manera de

ser. Me di cuenta de que era yo quien

tenía que escuchar mi propio consejo

y relajarme. Si ella quería preparar la

cena, la dejaría hacerlo. Le agradecería

y luego yo lavaría los platos.

Una noche regresé a casa y la encontré

sentada en el sillón resolviendo

un crucigrama, con los pies sobre la

mesa y la televisión encendida. Es un

avance, pensé.

Plantó un jardín en el patio trasero,

le puso rosas, tulipanes y todo tipo

de orquídeas; pasaba tardes enteras

cuidándolo. Salía a caminar por el


SELECCIONES

vecindario. Cuando tenía aproximadamente

80 años, la artritis que padecía

se agravó y comenzó a caminar

con ayuda de un bastón. Cocinaba

solo cuando tenía ánimo de hacerlo.

Preparaba manjares y sonreía con placer

mientras los devorábamos.

Yo sabía que Lola había estado enviando

prácticamente todo su dinero

(mi esposa y yo le dábamos 200 dólares

a la semana) a sus familiares. Una

tarde la encontré sentada en el patio,

LOLA NO TENÍA LA

AMBICIÓN EGOÍSTA QUE

NOS CONDUCE A LA

MAYORÍA. SE CONVIRTIÓ

EN UNA FIGURA SAGRADA

PARA TODA MI FAMILIA.

contemplando una fotografía de su

pueblo que alguien había enviado.

—¿Quieres regresar a casa, Lola?

—Sí —contestó.

Justo después de su cumpleaños

número 83, le compré el boleto para

que regresara a casa. Yo iría un mes

después para traerla de regreso, si es

que decidía volver. El motivo tácito

de su viaje era ver si aún podía sentir

como su hogar el sitio que había añorado

durante tanto tiempo.

Encontró la respuesta.

—Ya nada es igual —me dijo, mientras

caminábamos por Mayantoc. Su

casa ya no estaba. Sus padres y la mayoría

de sus hermanos habían partido.

Sus amigos de la infancia eran como

desconocidos. Aun así quería pasar

sus últimos años allí, pero no estaba

preparada todavía—, regresemos a

casa.

LOLA CUIDABA A MIS HIJAS con el

mismo compromiso y dedicación que

había destinado a mis hermanos y a

mí cuando éramos pequeños. Cuando

regresaban de la escuela, escuchaba

sus historias y les preparaba algo para

comer. No se cansaba de ellas.

Era tan sencillo hacerla feliz. La

llevábamos con nosotros de vacaciones,

pero ella se sentía igual de entusiasmada

cuando iba al mercado de

productores que había colina abajo.

Se convertía en una niña que miraba

todo con ojos inmensos en cada paseo:

“¡Miren esas calabazas!”.

Aprendió a leer sola. Era admirable.

Se entretenía resolviendo sopas de letras.

Veía todos los días los noticieros

a la espera de escuchar palabras y reconocerlas.

Las asociaba con aquellas

que aparecían en los diarios y trataba

de descifrar sus significados. Llegó

a leer el periódico todos los días, de

principio a fin. Me preguntaba qué

podría haber llegado a ser esta mujer

si, en lugar de trabajar en los campos

de arroz desde los ocho años, hubiera

aprendido a leer y escribir.

Durante los 12 años que vivió en

nuestra casa, intenté reconstruir la

historia de su vida.


—¿Alguna vez fuiste romántica con

alguien? —le pregunté un día.

Ella sonrió y me contó la historia de

la única vez que había llegado a estar

cerca de eso. Tenía unos 15 años y

conoció a un chico apuesto llamado

Pedro; vivía en una granja cercana.

Durante varios meses cosecharon

arroz codo a codo.

—Me gustaba —dijo.

Silencio.

—¿Y?

—Luego él se mudó —agregó.

Generalmente respondía con una o

dos palabras a las preguntas personales,

e intentar desentrañar incluso la

historia más simple era un juego de

20 preguntas que podía durar días y

hasta semanas.

Algo que logré averiguar: estaba

enojada con mi madre por haber sido

tan cruel durante todos esos años,

pero pese a eso la extrañaba. A veces,

cuando Lola era joven, se sentía tan

sola que lo único que hacía era llorar.

Sin embargo, vivir con los esposos de

mi madre la hizo pensar que tal vez la

soledad no era tan mala. Quizá su vida

hubiera sido mejor de haberse quedado

en Mayantoc; tal vez se habría

casado y formado una familia. Pero lo

que el camino puso a su paso fue otro

tipo de familia: mi madre, mis cuatro

hermanos y yo, y ahora mis dos hijas.

Nosotros ocho, dijo ella, hicimos que

su vida valiera la pena.

EL INFARTO DE LOLA empezó mientras

ella preparaba la cena y yo hacía

una encomienda. Cuando regresé, estaba

en medio del proceso. Un par de

horas más tarde, en el hospital, antes

de yo que pudiera comprender lo que

sucedía, ya había fallecido. Murió el

7 de noviembre, el mismo día que mi

madre. Doce años más tarde.

Lola vivió hasta los 86 años. No

tenía la ambición egoísta que nos

conduce a la mayoría, y su voluntad

de renunciar a todo por las personas

que la rodeaban despertó nuestro más

profundo amor y lealtad hacia ella. Se

convirtió en una figura sagrada para

toda mi familia.

Ordenar sus cajas en el ático me

tomó meses. Encontré álbumes con

fotografías de mi madre, premios que

mis hermanos y yo habíamos ganado

cuando íbamos a la escuela, una pila

de periódicos amarillentos donde

había artículos que había yo escrito

mucho tiempo atrás y de los que ya

me había olvidado. Ella no sabía leer

cuando se publicaron, pero de todas

formas los había guardado.

Despedida final

La camioneta de Doods se detuvo en

una pequeña casa de cemento. Antes

siquiera de que pudiera bajarme, las

personas comenzaron a salir.

“Por aquí”, me dijo una voz suave.

Me llevaron al interior de la construcción.

Unas 20 personas, en su mayoría

ancianos, seguían mis pasos muy de

cerca. Una vez que todos estuvimos

adentro, se sentaron en sillas y bancos

dispuestos contra las paredes. Yo


SELECCIONES

me quedé de pie. Los asistentes me

miraban con expectación.

Una mujer de mediana edad, vestida

con un delantal, pasó ante mí

con una sonrisa. Era Ebia, la sobrina

de Lola. Estaba en su casa. Me abrazó

y me preguntó: “¿Dónde está Lola?”.

Le entregué la bolsa. Ella se sentó

en un banco de madera y sacó la caja.

La colocó en su regazo y apoyó la cabeza

sobre ella. Sus hombros empezaron

a moverse y luego se puso a llorar;

era un aullido animal profundo, lleno

de tristeza.

No había llevado las cenizas antes,

en parte porque no estaba seguro de

que alguien allí estuviera muy interesado

en ellas. No esperaba este tipo de

manifestación de dolor.

Antes de que pudiera consolar a

Ebia, una mujer salió de la cocina y

la envolvió entre sus brazos. Lo único

que sé es que, después, el mismo sonido

inundó la habitación. Los ancianos,

uno de ellos ciego y muchos sin

dientes, estaban llorando. Yo me sentía

tan fascinado con lo que sucedía que

apenas noté las lágrimas que caían por

mi rostro. Luego, el sollozo se fue apagando

y volvió la calma.

Ebia limpió sus lágrimas y dijo que

ya era hora de comer. Todos comenzaron

a entrar en fila a la cocina, con los

ojos hinchados, pero aliviados y listos

para contar historias. Vi la bolsa vacía

sobre el banco, y entonces supe que

traer a Lola de regreso al lugar donde

había nacido fue lo correcto.

Juegos mentales: Soluciones

RASCACIELOS

EL RELOJ ANTIGUO

156 veces.

EL TESORO DE SAN PELIGRO

ÁMBAR, AZUL, CARMESÍ

A

B A

3

4

3 2 3 5 1 4

5 4 3 2 1 5

1 5 4 3 2 4

4 2 1 5 3

3 1 2 4 5

3

1, 2 Y 3

2

1

1

2

2

C

B

C

C B

A

3 1

1 2 3

3 2 1 3

3 2

3

1 2 1

2 1

3

TOMADO DE “LOLA’S STORY”. © 2017 POR LOS HEREDEROS DE ALEX TIZON, SEGÚN LA PUBLICACIÓN ORIGINAL

HECHA EN THE ATLANTIC (JUNIO DE 2017), THEATLANTIC.COM

More magazines by this user