Revista Hegemonía. Año II Nº. 12

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. 12 AÑO II | FEBRERO DE 2019

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HEGEMONIA

elecciones 2019

el desafío de cerrar

la grieta

y hacer la unidad

nacional-popular


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HEGEMONIA

16

CONTENIDO EXCLUSIVO

El desafío de

cerrar la grieta

y hacer la unidad

nacional-popular

32

HISTORIA + GEOGRAFÍA

= GEOPOLÍTICA

Venezuela:

ahora

o nunca

28

SOCIOLOGÍA DEL ESTAÑO

Electorado de

tercios, oposición

y representación:

apuntes para la

militancia

12

OPINIÓN

Unidos somos

invencibles


EDITORIAL

El camino más difícil

normalmente es el correcto

Los meses de enero en nuestro

país suelen ser distendidos

y de muy poca rosca

en todo lo que se refiere a la

trama política. Tradicionalmente,

las vacaciones de verano

están para el debate y la lucha

en Argentina cual las olimpiadas

para la guerra en la Grecia clásica:

son la suspensión necesaria

de actividades para que todos

podamos descansar y pensar en

otra cosa por lo menos una vez

al año. En verano no suele haber

combate, ya que el campo de

batalla con casi 40 grados de

calor no es lugar más indicado

para empezar otro año.

Este 2019, no obstante,

presenta un panorama muy

diferente. Por una parte, gracias

a la degradación de las

condiciones de existencia del

argentino en general después

de tres años de gobierno de los

ricos, las vacaciones se han

vuelto un artículo de lujo. Son

los menos los compatriotas que

hoy pueden darse el gusto de

una quincena en la Costa Atlántica

o en las Sierras de Córdoba,

ni que hablar de hacer un viaje

al exterior. Entonces vuelven las

pelopinchos en el patio, vuelve

el tomar sol en las terrazas y, en

definitiva, el quedarse en casa

4 HEGEMONIA - febrero DE 2019


durante el mes de enero. Y si las

mayorías no salen a distenderse,

es natural que sigan atentas

a la realidad del país, máxime

cuando lo que hay en el aire es

una incertidumbre enorme respecto

al futuro en el corto y en el

mediano plazo.

Pero eso no es todo. Por otra

parte, más allá de la pobreza

que se generaliza y no permite

el cumplimiento de los rituales

de descanso previstos en nuestra

cultura, el año electoral que

empieza en medio a tanta incertidumbre

se hace más largo que

de costumbre y en consecuencia

debe empezar más temprano.

Faltan pocas semanas para

que se presenten las opciones

electorales y podría faltar incluso

menos si ciertas maniobras

en el sentido de adelantar las

elecciones tuvieran realmente

lugar. Entonces empiezan las

negociaciones entre los que

deben negociar y las especulaciones

entre los que son de

especular. ¿Quiénes serán los

candidatos? ¿Habrá alianza

entre los distintos sectores de la

oposición para hacerle frente al

gobierno de los ricos, que quiere

renovar para seguir saqueando?

¿Va a jugar Cristina?

Muchas preguntas que empiezan

a sonar ya en enero y

todo eso sumado a la ebullición

inesperada en Venezuela movieron

el avispero de un mes que

de otra manera tendría que ser

tranquilo. Los argentinos terminamos

empalmando el 2018

con el 2019 sin pausa mediante

y los ánimos están encendidos,

lo que podría servir para sacudir

la modorra y que finalmente

tomemos una decisión respecto

a lo que queremos para el futuro

de nuestro país.

Pero la rosca y las negociaciones

para nosotros son el símbolo,

la representación de lo que

realmente es. Y lo que realmente

es no suele ser noticia: son los

movimientos silenciosos que

tienen lugar entre las clases

populares y los sectores medios,

entre las enormes mayorías,

que es donde consideramos

debe realizarse la unidad nacional-popular.

Es allí donde queremos

agitar y sacudir la modorra,

es en este subsuelo de la patria

que no se decide todavía si

sublevarse o no donde consideramos

que debe hacerse la

unidad. La unidad nacional-popular

no es una cuestión de

que los dirigentes se pongan de

acuerdo y ya, es un asunto que

debe resolver el pueblo-nación

argentino en su conjunto.

Es por eso que esta decimosegunda

edición de nuestra Revista

Hegemonía viene totalmente

dedicada al enorme problema

que supone el cerrar la grieta

falsa que existe hoy entre nosotros

y nuestros amigos, familiares,

compañeros de trabajo

y estudio. Hablamos aquí de

hacer el esfuerzo de construcción

necesario para pasar del

modo Daniel Cantieri —“mis

familiares son todos gorilas y

que se vayan a la puta que los

parió”— a un estado de reconciliación

y diálogo con gente que,

al igual que nosotros y todos los

demás argentinos, está siendo

enormemente perjudicada por el

gobierno de los ricos y necesita

en forma urgente un nuevo ciclo

de gobierno nacional-popular

para volver a respirar.

Sabemos que no es fácil, comprendemos

las dificultades en

volver a establecer un diálogo

con gente que nos ha insultado

y vilipendiado durante años en

base a su propia incapacidad

de ver la realidad. Sabemos

que cuesta y por eso mismo lo

llamamos esfuerzo de construcción,

que es esfuerzo y siempre

presupone una cierta cantidad

de sacrificio, para lograr el

objetivo. Y con esta edición de

Hegemonía queremos dar el primer

paso, ya en este enero que

se va, para que los argentinos

vayamos comprendiendo que la

hora es de unidad por encima

de cualquier opinión personal

o individualidad. Creemos que

lo personal no es político y que

podemos lograrlo, creemos que

podemos priorizar el grupo y

salir a flote de esta situación

desesperada.

Creemos. Y aquí estamos, una

vez más, para sostener nuestra

fe en la cultura del pueblo

argentino. Aquí estamos de

pie y listos para abrir los brazos

y tender la mano. Llegó el

momento del abrazo que nos

venimos negando mutuamente

desde que un poderoso decidió

que debíamos odiarnos. Llegó la

hora y aquí estamos.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - febrero DE 2019


EL OTRO CINE

La doctrina para

trascender y triunfar

Si hay una película en nuestro

registro nacional que

representa de principio a

fin qué significa ser peronista,

tenemos que hablar

sin duda alguna de esta obra

de arte dirigida por un argentino

que recrea la vida de otro

argentino. Ambos compatriotas

muy cercanos al General Perón

y partícipes de momentos clave

del desarrollo de nuestra historia

nacional y del movimiento

peronista todo. Gatica, el Mono

(Argentina, 1993. 137 min.)

no es sólo una representación

formidable de lo que fue la vida

de José María “El Tigre Puntano”

Gatica, sino que también es la

expresión popular de un punto

de inflexión en la historia de

nuestro país.

Obra del entrañable Leonardo

Favio, Gatica, el Mono relata la

historia del boxeador José María

Gatica desde sus comienzos en

la etapa previa al peronismo y

pasando por los primeros años

del gobierno Perón, hasta llegar

a la etapa de la proscripción

y exilio del General. Gatica, el

Mono no es sólo es una muestra

de la vida de un hombre del pueblo:

es un documento histórico

invaluable en el que la esencia

de cada etapa está representada

desde el punto de vista de un

peronista, de un descamisado,

amigo de Perón y de Eva Perón,

atravesado de principio a fin por

el movimiento como también lo

estuvo su contexto y las historias

que lo fueron formando.

La película comienza con la

llegada de Gatica a la provincia

de Buenos Aires en el año 1935.

Como tantos argentinos, llegaba

de San Luis siendo tan solo un

niño de 10 años con su familia

a la gran ciudad en busca de

oportunidades en un tiempo en

6 HEGEMONIA - febrero DE 2019


el que eso era casi una utopía,

privilegio de unos pocos y sueño

incumplido y frustrado de

las mayorías que quedaban al

margen de una sociedad argentina

en la que los pobres eran

invisibles. En ese contexto, los

primeros años de vida de nuestro

protagonista transcurren

en las calles, entre changas y

miserias, pero desde temprano

acompañadas por la amistad,

la inocencia y el deseo de ser y

pertenecer.

El aprendizaje de esa etapa

preperonista es fundamental

para entender la importancia

crucial de lo que el justicialismo

—nacido de las necesidades de

una Argentina sin horizonte—

tuvo para nuestra conformación

histórica: la negación de derechos,

la desidia y el desamparo

eran las monedas corrientes y

formaron parte del entorno que

moldeó a Gatica, llevándolo a

descubrir una manera de defenderse

y hacerse respetar en

la disciplina del boxeo. Hacia

1945 Gatica tenía jóvenes 20

años, pero ya se había hecho

de un nombre y de un tendal

de contrincantes vencidos. Ya

empezaba a ser importante

cuando, llegado aquel 17 de

octubre que de ahí en más sería

de la lealtad peronista, bajo

el naciente gobierno de Juan

Perón, su carrera se catapultaba

no sólo gracias a su indiscutible

capacidad para el boxeo,

sino también a las políticas que

el gobierno nacional-popular

aplicaría de ahí en adelante

con respecto al deporte y a los

valores nacionales.

Los contrastes entre la etapa

previa y la llegada del gobierno

peronista se marcan fuertemente

no sólo en el relato de

los hechos, sino también en la

recreación de los espacios, de

la festividad y alegría reinantes

en oposición a la pesadumbre

sombría de aquellos años en

los que el subsuelo de la Patria

no se había sublevado porque

no había conocido al líder que

los guiara hacia la liberación. Y

en medio de este nuevo clima

de felicidad y desarrollo que

nace al calor de una verdadera

democracia, Gatica alcanza la

gloria material pero nunca deja

de recorrer los espacios en los

que se formó, como tampoco

deja sus vicios y formas, propias

de un hombre que del pueblo ha

nacido y al pueblo pertenece.

Su relación personal con Juan

Perón y Eva Perón está fielmente

graficada en los detalles de los

momentos clave del largometraje:

la presencia de los líderes

en las peleas del ídolo popular,

además de los detalles y los

aspectos íntimos que compartieron,

son expuestos con tal

belleza que es imposible no empatizar

con esos instantes que

son la esencia del movimiento y

parte irrenunciable de nuestra

identidad nacional: el amor, el

respeto, la pasión y la fidelidad

son las guías ineludibles de la

historia, expresadas con emoción

por un conjunto de indivi-

7 HEGEMONIA - febrero DE 2019


duos que fueron guiados todos

por una misma sinfonía, por un

mismo latir.

Un momento imponente del

film se da cuando se produce el

encuentro entre Gatica y Perón,

en ocasión de una velada de

boxeo en el Luna Park. “Dos potencias

se saludan, mi General.

Mire cómo ruge la leonera”, fue

la expresión que Gatica habría

de inmortalizar esa noche. En

ese momento en el que dos

hombres del pueblo se unen

para darle felicidad y gloria a los

trabajadores, con simpleza y determinación,

se hace manifiesta

la alma madre del relato, que

continúa recorriendo las victorias

y derrotas personales de un

compatriota que llega al golpe

de 1955 en su mejor momento

deportivo y pasa a ser parte de

la proscripción que el golpe reaccionario

impuso a Perón para

obligar al pueblo a olvidar que

se podía vivir mejor.

En adelante, al igual que el

General, nuestro ídolo popular

pasa a la clandestinidad. Le prohíben

seguir peleando por ser

peronista y, como hombre que

no olvidó jamás sus orígenes,

todo el dinero que había ganado

en sus años de campeón

lo había dilapidado entre lujos

efímeros y ayuda permanente a

los más humildes: donaba importantes

sumas a instituciones

de salud, regalaba cuanto bien

tenía si veía a alguien pasando

necesidades y, en silencio siempre,

se brindaba a asistir a quien

fuera un descamisado como lo

había sido él.

Su historia es triste y conmovedora.

Esta recreación cinematográfica

es tan dolorosa como

magnífica por su fidelidad a

los hechos, aunque se suaviza

en la mirada amorosa de un

director que quiso inmortalizar

los acontecimientos de la vida

de un hombre merecedor de ser

recordado en su tiempo y en su

contexto. Porque en esa permanente

búsqueda de la gloria y la

superación personal están las

claves, hasta el último segundo,

del amor del pueblo para con su

líder y del agradecimiento eterno

e inclaudicable de quienes

se convirtieron en ciudadanos

cuando apareció Perón.

Gatica, el Mono es una de

las películas que todo argentino

que desee abrazar al ser

nacional desde el pie debe ver,

sentir y compartir para seguir

haciendo crecer las semillas que

el movimiento más universal de

nuestra Patria nos ha regalado.

Porque ser argentino es más que

haber nacido en la Argentina,

ser argentino es vibrar y emocionarse

con aquello que nos hermana

en cuerpo y nos dignifica

en espíritu. Y desde La Batalla

Cultural y la Revista Hegemonía

recomendamos esta película

con cinco estrellas sobre cinco,

para que el lector se sumerja

en este viaje emocionante por

nuestra historia y nuestra cultura

nacional. Porque en esta

tierra, lo mejor que tenemos es

el pueblo.

*De la redacción

8 HEGEMONIA - febrero DE 2019


ANÁLISIS

El blindaje del

guardaespaldas

mediático

En los últimos años se ha

hablado muchísimo del

blindaje mediático, pero

muy poco se ha explicado

sobre él. Y, como a nosotros

nos gusta escribir sin vueltas,

diremos que se trata del servicio

de guardaespaldas más eficiente

del que gozan los poderosos.

Sin dudas que una metáfora

calce tan bien es porque no es

obra de nuestra autoría, sino del

crack Homero Manzi, uno de los

militantes más comprometidos

con el campo nacional-popular,

quien alguna vez atestiguó que

Bartolomé Mitre antes de morir

dejó “un guardaespaldas para

custodiar su memoria”, haciendo

alusión directa al Diario La

Nación.

Sin embargo, este guardaespaldas

no protege al poderoso

mientras lo carga en sus brazos

y esquiva las balas al ritmo de I

Will always love you (la canción

de Whitney Houston). Este guardaespaldas

—que a la vez hace

de sicario— arrebata de prepo

el arma más peligrosa y letal de

nuestros tiempos: la información.

Ese es el verdadero servicio

que ofrecen los grandes medios

de comunicación de masas, el

de proteger la información al

mismo tiempo que la ocultan.

Pero cuando el servicio se vuelve

más que obvio y se requiere

9 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Mitre, Magnetto y Herrera de Noble, junto a Videla en Papel Prensa. Los servicios de blindaje mediático brindados al poder

fáctico por parte de La Nación y Clarín vienen de larga data y siempre han sido muy bien remunerados por el poderoso.

acallar las voces de aquellos

que ponen en tela de juicio la

objetividad e independencia de

la prensa, es cuando su verdadera

maquinaria se pone en

marcha y te clava en primera

tapa una noticia aparentemente

acorde a los intereses del pueblo,

aunque cuidándose, obviamente,

de poner en riesgo la

vida de su cliente, ya que nadie

resiste una tapa de un medio

corporativo, salvo Cristina.

Un ejemplo de ello lo podemos

encontrar al someter a un análisis

del discurso (sintáctico-semántico)

las tapas de los diarios

Clarín y La Nación en relación al

aumento de las tarifas. Mientras

que el lector habitué de estos

periódicos se pone orgulloso de

que su contrato de lectura no

se rompa —concepto acuñado

por Eliseo Verón— y se mantiene

su aparente objetividad al

publicar esta clase de noticias,

nuestro sagaz lector adoctrinado

en el análisis crítico del

periodismo corporativo y que

aprendió a no tragarse ningún

buzón intuye que algo raro hay.

Y, efectivamente, algo raro hay

porque ambos diarios utilizan la

misma estrategia discursiva de

esconder al responsable de los

aumentos de las tarifas.

En este nivel de análisis,

desmantelamos los enunciados

en su estructura básica (sujeto

+ verbo + predicado) y clasificamos

a los actores involucrados

en agentes (responsables o causantes)

y pacientes (afectados).

Para detectar ambos actores y

ver la opereta de ocultamiento

del blindaje mediático, vamos

a analizar los titulares porque

ellos —según van Dijk— programan

el proceso de interpretación

y aportan una definición

subjetiva de la situación, es

decir, nos marcan la cancha de

cómo debemos leer el resto del

artículo.

Para ejemplificar lo dicho,

vamos a tomar una serie de titulares

de tapa de los dos diarios

mencionados que son apenas

una muestra de la operación

sistemática que estos medios

utilizan para construir sus discursos

y manipular al sentido

común, que es colonizado día

a día mediante recursos como

estos.

Comenzamos con este titular:

“Aumentan las tarifas de

la energía y el transporte por

sobre la inflación prevista”. (La

Nación). “Aumentan las tarifas”

es una transformación de la

estructura básica “X aumentan

las tarifas”, provocando una pasivización

que no deja reponer

el agente y no aclara quiénes

aumentan las tarifas. ¿O acaso

las tarifas aumentan solas? Al

menos alguien tiene que autorizar

su aumento.

Luego vemos la misma noticia

enunciada con la misma lógica

en el otro diario: “Anuncian fuertes

aumentos de luz, gas y transporte

en el primer cuatrimestre”.

(Clarín). “Anuncian fuertes

aumentos” es una transformación

de la estructura básica “X

anuncian fuertes aumentos”,

generando otra pasivización que

no permite reponer el agente, es

decir, no aclara quiénes son los

que anuncian los aumentos.

Resulta claro que las transformaciones

de la estructura

básica tienen como objetivo el

ocultamiento sistemático por

10 HEGEMONIA - febrero DE 2019


parte de los medios de difusión

del agente responsable del

aumento de las tarifas. Casualmente,

ambos medios optan por

la misma estrategia, colocan en

el podio de su agenda los principales

hechos que afectan al

bolsillo del trabajador sin nunca

dejar en evidencia quién es el

responsable de tal medida.

El periodismo corporativo

nos blinda la información y nos

oculta los elementos que se

requieren para resolver dichas

pasivizaciones.

Sin embargo, nuestro lúcido

y atento lector sabe fácilmente

que los agentes ocultados, los

que anunciaron y los que aumentaron

son, ni más ni menos,

que los empresarios que

nos gobiernan. Como siempre

sostenemos, este tipo de operetas

nada tienen de inocentes,

están cargadas de significados

no explicitados que solo pueden

ser detectados a partir de una

lectura minuciosa.

En este sentido y siguiendo

el mismo análisis esbozado en

los párrafos anteriores vamos a

observar otros dos titulares en

los que, esta vez, se opta por

incluir a los actores sociales.

Aunque, obviamente, los actores

no son los responsables de los

aumentos de las tarifas, sino

los damnificados. Veamos cómo

se los representa en esta construcción

de sentido: “Kirchneristas,

piqueteros y gremialistas

marcharon contra la suba de

tarifas”, (Clarín). A diferencia de

los otros titulares, en este caso

vemos como sí se respeta la

estructura básica “X marcharon

contra la suba de tarifas”. Esta

vez está bien claro quiénes son

los actores (pacientes) involucrados.

Vemos que, cuando se

quiere, no se usa una pasivización

para ocultar a los actores.

Y lo mismo ocurre en la tribuna

de la oligarquía. Leemos: “Marcha

de los gremios opositores

contra los aumentos de tarifa”.

(La Nación). En este caso el

recurso es mucho más complejo,

porque no sólo hay una

transformación de la estructura

básica Los gremios opositores

marcharon contra los aumentos

de tarifas, sino que además

se genera una nominalización

deverbal, es decir, se forma un

sustantivo a partir de un verbo

—rasgo característico del lenguaje

periodístico— por lo que el

verbo “marchar” se convierte en

el sustantivo “marcha”. Desde

una perspectiva pragmática, se

advierte la intencionalidad de

restarle importancia al actor

de la acción, en este caso, los

gremios opositores.

Cuando pensamos que el

blindaje mediático comienza

a agrietarse es, en realidad,

cuando más fortificado está. El

análisis anterior lo revela, los

medios ponen a la luz o condenan

al ostracismo mediático

según lo que ellos quieren.

Y si no estás muy familiarizado

con el análisis del discurso, pero

tu olfato te dice que algo huele

mal, recordá que el método de

Jauretche de ponerse en la posición

contraria de lo que diga La

Nación —y también Clarín— tampoco

falla, nunca lo hace. Y de

esta manera no vamos a romper

el blindaje puesto por el guardaespaldas

de los poderosos,

pero al menos no nos vamos a

tragar más su buzón.

*Mauro Brissio

11 HEGEMONIA - febrero DE 2019


OPINIÓN

Unidos somos

invencibles

Desde la pérdida del poder en

el Estado en el año 2015,

pareciera que hubieran

pasado mucho más que 3

años y unas semanas. Sin

embargo, este tramo corto, pero

intenso nos ha servido para evidenciar

aquellas cuestiones que

veníamos arrastrando y que, por

la inercia y la firme convicción de

seguir avanzando en un camino de

construcción soberana, no supimos

ver a tiempo para corregir el

rumbo hacia el desastre que hoy

nos toca padecer como conjunto.

Y no es sólo una cuestión de

autocrítica, que debemos hacerla

y con profunda responsabilidad,

sino también de revisión de los

valores que como sociedad alguna

vez compartimos sin preguntarnos

demasiado por qué y que hoy

añoramos como los más preciados

tesoros jamás hallados en el

mundo. Los lazos de amor, confianza

y solidaridad que quizá no

valoramos lo suficiente, hoy son la

clave para sobrevivir a la angustia

en la que nos envuelve el contexto

de saqueo infernal y de violencia

sostenida y creciente. Hoy más

que nunca estamos valorando un

abrazo, un encuentro con amigos y

compañeros, una charla sincera y

un mate con anécdotas de tiempos

mejores. Porque nos han golpeado,

sí, pero también porque hemos

caído en la cuenta de lo que significa

vivir en comunidad en tiempos

de guerra.

El plan a nivel global tiene características

elementales que buscan

conducir a los pueblos a su fragmentación,

utilizando técnicas que

varían según la cultura a la que se

quiere destruir. Pero en todos los

casos lo que podemos observar,

sin necesidad de ser expertos en

lo que cada pueblo-nación representa,

es que la clave está en la

conformación de la familia y los

vínculos afectivos. Lo que se pone

de manifiesto en cada comunidad

es que las tradiciones y los valores

12 HEGEMONIA - febrero DE 2019


que eran la base y sustento de las

relaciones interpersonales están

siendo cuestionadas, objetadas,

reinterpretadas e incluso silenciadas

y hasta eliminadas. Y no necesariamente

las que eran materia

de corrección, porque no vamos

a obviar el hecho de que nada es

perfecto, aunque sí es perfectible,

pero al ver todas las cuestiones

que están involucradas en estos

nuevos paradigmas impuestos por

la fuerza, lo que termina siendo

afectado en la generalización son

las bases de nuestra supervivencia

como especie a lo largo de toda

nuestra existencia.

Nos están empujando, desde

todos los frentes, a pasar de ser

una comunidad organizada a un

cúmulo de individualidades que

se creen independientes del otro,

autosuficientes y capaces de

subsistir y avanzar en una sociedad

compuesta en la que la norma ya

no debe ser la cooperación, sino la

competencia. Las redes sociales

en reemplazo de las reuniones

sociales, el mérito propio en reemplazo

del apoyo mutuo, la carrera

profesional y el desarrollo material

en reemplazo de los proyectos

familiares y la realización espiritual,

la soledad en un mundo hostil

en reemplazo del encuentro para

fortalecernos. Todo esto, en los

diferentes niveles de existencia, es

lo que caracteriza al ser posmoderno

que viene a ocupar el lugar del

ser moderno al que no se quiere

integrar, sino destruir. Porque una

cosa es invitarnos a las nuevas

formas de concebir el mundo y lo

humano, y otra muy distinta es

forzar una transformación repentina

con argumentos que no son

propios de nuestra cultura y de

nuestra tradición nacional.

Y aunque podemos hablar de

la enorme lista de motivos por

los cuales las corporaciones a

nivel mundial necesitan que todo

esto se dé en las comunidades

que representan un estorbo a los

intereses de un globalismo sin

gobiernos ni pueblos, lo que nos

urge comprender hoy en nuestra

coyuntura es que la fragmentación

del conjunto es la base para que,

en lugar de discutir de qué manera

debemos trabajar y consensuar por

el bien común, estemos midiéndonos

con el vecino para ver quién

tiene la razón sobre cualquier

cuestión. No importa la temática,

lo único que importa es que unos

quieren convencer a los otros

de que están equivocados, es la

permanente confrontación de los

opuestos para perpetuar las diferencias

hasta el infinito y más allá.

Claro que esto no es novedad, ya

lo hemos dicho de innumerables

maneras y, sin embargo, pareciera

que no terminamos de lograr

la comprensión que el momento

histórico que estamos viviendo

requiere de todos nosotros. Porque

la teoría es fenomenal, pero en

tanto y en cuanto no la apliquemos

a la vida diaria, es sólo información

acumulada para seguir en la

rosca de tener la razón.

Entonces nuestra responsabilidad

como sujetos decididos

a militar por el proyecto de país

nacional-popular es la de buscar la

manera de que aquellos a quienes

queremos interpelar nos escuchen,

primero, y nos entiendan, después.

Y para lograr eso debemos dejar de

una vez por todas los rencores personales

y los gustos particulares

cuando lo que está en juego y en

nuestras manos son los destinos

de la Patria. No queremos tener razón

porque esto no es una cuestión

de ego personal: en verdad se trata

de una mezcla entre amor profundo

por lo que defendemos y una

tristeza que a veces nos desborda

de saber del sufrimiento de tantos

por causa de los oligarcas que nos

gobiernan, sí, pero más que eso

por las cosas que nosotros mismos

hicimos mal y que permitieron

que lleguemos a este punto tan

oscuro de nuestra historia. Y será

en el equilibrio que logremos hacer

entre esos dos sentimientos que

podremos brindarle al otro aquello

que nosotros pudimos finalmente

comprender.

Pero esto requiere de una res-

13 HEGEMONIA - febrero DE 2019


puesta sincera a una pregunta

dura: ¿Por qué hacemos lo que

hacemos? Al saber eso, según

sea el caso, podremos trazar una

línea que nos guíe en todo tiempo

y lugar para cumplir con nuestra

misión particular, esa que siempre

estará vinculada a un otro al que

buscamos interpelar. ¿Qué sería

de estas palabras sin ojos que

las miren, sin cerebros que las

procesen, sin corazones que las

signifiquen y sin identidades que

las interpreten? Somos nosotros

mismos un conjunto de voluntades,

todas puestas al servicio de

un bien superior que es nuestra

propia existencia, todo junto inserto

en una sociedad en la que nadie

es imprescindible, pero cualquiera

puede serlo también. “Nadie se

realiza en una comunidad que no

se realiza”, decía Perón, porque

la justicia social es justamente

la manera en que el todo es más

que la suma de las partes, porque

cuando cada individuo de esa

sociedad se realiza, el resultado es

un avance del conjunto hacia una

etapa superior en la que los límites

nos son desconocidos porque cada

vez que alcanzamos una meta, podemos

proponernos volver a soñar.

Acá vale recordar lo que decía

Don Arturo Jauretche en su carta al

Dr. Ávalos, en el año 1942, describiendo

con actualidad escalofriante

lo que él estaba comprendiendo

de la coyuntura nacional argentina

de ese tiempo: “(…) El error está en

creer que el Régimen es el cuerpo

de hombres que maneja los partidos

de la Concordancia, cuando

éstos son sus meros instrumentos.

Es como creer que en Francia gobernaban

los partidos y no las 200

familias. Pero aquí es peor, porque

ni siquiera son familias. Las que

gobiernan son sociedades anónimas,

frías creaciones del dinero,

sin sangre, sin corazón, sin ley, sin

patria. Y para peor, con un asiento

principal fuera del país y obedientes

a directivas políticas que sirven

fines imperiales. El buen argentino

no tiene que hacer caso de estas

imputaciones y debe seguir adelante

sirviendo a su país, pues la

propaganda trata de crear complejos

de inferioridad para que el

hombre no exprese lo que siente

(...) La cosa es sencilla: nos quieren

hacer pasar por democracia el

mantenimiento del parlamento, la

justicia, las instituciones, en una

palabra, es decir, lo formal que el

Régimen maneja. Para nosotros, la

democracia es el gobierno del pueblo

con o sin parlamento, con o sin

jueces, y si el pueblo no gobierna,

las instituciones no son más que

las alcahuetas de la entrega”.

Es decir, si nosotros no nos

convencemos de que el enemigo al

que nos enfrentamos no es el vecino

que piensa distinto, sino una

runfla de delincuentes cipayos y

apátridas al servicio del mejor postor,

entonces no podremos retomar

el poder en el Estado que jamás

debimos haber perdido. Porque

de eso se trata todo, de volver a

las bases de la vida en comunión,

de poder dejar de ver en el otro al

enemigo para mirar al compatriota

y saber que todo tiene que ver con

todo, que nadie es ni hace solo y

por su propia cuenta porque siempre,

sin excepción, necesitamos

que esté el otro ante nosotros y

nos confirme que estamos acá, en

este momento, queriendo hacer la

diferencia para construir un futuro

mejor.

No vamos a salir con consignas

clichés a gritar verdades, tenemos

que salir como argentinos de bien

a persuadir, sin obligar ni mandar,

para ayudar a otros argentinos a

que comprendan que unidos somos

invencibles para poder triunfar.

Nos va la vida en ello, compatriotas,

no perdamos más tiempo.

El futuro está llegando y puede ser

nuestro.

*Romina Rocha

14 HEGEMONIA - febrero DE 2019


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15 HEGEMONIA - febrero DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

El desafío de

cerrar la grieta y

hacer la unidad

nacional-popular

La Argentina se acerca a uno

de los momentos más decisivos

de su historia con un

desafío: hacer la unidad de

su pueblo-nación para conseguir

en las urnas una nueva

mayoría que resulte en un nuevo

ciclo de gobierno nacional-popular

y evitar que el país estalle.

Para que esa nueva mayoría

sea una realidad y se exprese

en las urnas en forma de votos,

la unidad nacional-popular no

puede referirse (y de hecho no

se refiere de ninguna manera) a

las posibles alianzas y acuerdos

electorales que vengan a formar

los dirigentes a la hora de definir

las listas de candidatos. Lo que

el atento lector verá a partir de

aquí será una explicación de

qué es una unidad nacional-popular

bien entendida, además

de una descripción de la magnitud

del desafío que tenemos por

delante.

En el año 2003, la Argentina

acudió a las urnas en una situación

parecida a la actual, aunque

políticamente muy diferente

y un tanto menos desesperada

en términos económicos. Nuestro

país venía estabilizándose

en el fondo del pozo luego de la

debacle política, institucional,

social y económica de fines del

2001 y llegaba a las elecciones

del 2003 bajando los niveles de

conflictividad, pero además sin

16 HEGEMONIA - febrero DE 2019


mucha perspectiva de futuro. La

renuncia de Fernando de la Rúa,

el estado de sitio y el caos en

las calles, la sucesión de interinos

y finalmente la asunción y

la presidencia de transición de

Eduardo Duhalde terminaron

resultando en un proceso de pacificación

del territorio “por las

malas” —con represión y muertos

incluidos— y dicho proceso

fue suficiente para anestesiar a

la sociedad argentina, creando

la antesala de lo que iba a venir.

Nuestro país estaba por ese

entonces estable, pero hundido

en una depresión que había sido

resultado de una década larga

de destrucción del aparato productivo.

Y afirmar que la situación

es más desesperada ahora

que entonces no es ninguna

exageración: el ciclo de gobierno

de los ricos iniciado en 2015

también llevó a cabo y aun más

rápidamente la destrucción de

la producción nacional, destruyó

el empleo, descontroló toda la

economía e hizo de las finanzas

una timba. La diferencia es que,

además, la coyuntura actual

también presenta un brutal

endeudamiento y una inflación

altísima, cosas que no existían

para el año 2003.

En otras palabras, estamos

quebrados como en el 2003,

pero encima endeudados a

niveles inauditos y acosados

17 HEGEMONIA - febrero DE 2019


por un proceso inflacionario que

nos destruye el poder adquisitivo

de los salarios día tras día,

como en una suerte de mezcla

entre la retirada del gobierno

de la Alianza, la parte final de la

presidencia de Raúl Alfonsín y

la etapa posterior a la Guerra de

Malvinas de la última dictadura.

Es la tormenta perfecta.

Es por eso que la Argentina se

encuentra hoy en una situación

desesperada y quizá nunca antes

vista. Es cierto que todos los

gobiernos preperonistas hasta

la Década Infame le dejaron una

herencia pesadísima al pueblo

argentino, una deuda social que

Perón tuvo que pagar. No obstante,

el estado de la economía

y los niveles de conflictividad

social que el actual gobierno de

las corporaciones representado

en Mauricio Macri va a legar son

realmente inéditos. Si llega a las

elecciones en una sola pieza, lo

que en sí también es dudoso, el

gobierno de Macri le dejará al

sucesor un 2020 muy complejo,

una auténtica bomba de tiempo

para desactivar.

Así es como llega nuestro país

a las elecciones de este año,

las que no dudamos en calificar

como las más importantes

de nuestra breve historia. Del

resultado de las urnas en este

2019 depende el futuro a corto,

mediano y largo plazo, no son

unas elecciones regulares. No

hay nada de ordinario en la decisión

frente a una encrucijada

que presenta como opciones la

liberación nacional o la consolidación

del estatus colonial, la

unidad de un pueblo-nación o

la disolución de la comunidad

con tendencia a la destrucción

de 209 años de construcción

política y la posterior balcanización.

La Argentina está frente al

desafío mismo de seguir existiendo

tal y como la conocemos

hoy. Los proyectos políticos en

pugna son tan radicalmente

opuestos que sus resultados son

extremos: ser o no ser, no estar

mejor o estar peor, no es cuestión

de matices. Si en las urnas

optamos por seguir con el actual

En el año 2003 Néstor Kirchner llegó sin ser esperado por el pueblo-nación argentino

y supo cuidar la unidad nacional-popular convocando a todos a soñar con un

país en serio, pero además un país justo. Y enamoró a millones con su prédica.

modelo, entonces estaremos

firmando nuestra sentencia de

muerte como sociedad y país,

porque las fuerzas del enemigo

proponen el proyecto de nuestra

liquidación y remate en una

mesa de saldos.

He ahí la encrucijada. Y también

la necesidad de hablar hoy

de unidad nacional-popular por

encima de intereses sectoriales

o de opiniones de esta o aquella

minoría. Cuando Cristina Fernández

habla desde el lugar de

la conducción de la fuerza política

de las mayorías populares

y dice que “izquierda” y “derecha”

son categorías perimidas

que no sirven para describir la

realidad en este siglo XXI, lo que

en verdad está diciendo es que

no existen opiniones posibles

frente a la encrucijada a la que

nos enfrentamos y en la que se

define nuestro destino.

En el siglo XX que ya es historia,

tanto los proyectos de derecha

como de izquierda tenían

algo en común: la referencia

a un destino nacional. Hablaba

cada cual desde su lugar y

opinión sobre cómo debería ser

ese destino, pero se hablaba de

un destino nacional al fin. Y eso

no ocurre en la actualidad. No

es de izquierda ni de derecha el

que propone la disolución de la

comunidad, la destrucción de la

construcción política —que es

perfectible, siempre y en todas

partes—, la balcanización del

territorio y la enajenación de los

recursos humanos y naturales

de un país. Incluso la derecha

más extrema en el siglo pasado

tenía perspectiva de soberanía

nacional, incluso la izquierda

más apátrida la tenía. Era entonces

una lucha por la manera

cómo se iba a distribuir la riqueza

nacional, nunca una discusión

sobre si la riqueza nacional

iba a seguir siendo nacional o si

se iba a regalar, desposeyendo

18 HEGEMONIA - febrero DE 2019


a la totalidad. Hoy la discusión

es otra.

Lo que está en juego es nuestra

propia existencia desde que

las corporaciones comprendieron

que podían ir por todo, esto

es, por la destrucción de los

Estados nacionales y finalmente

la implementación del proyecto

que siempre tuvieron: el de un

gobierno mundial corporativo.

Aquello que se representa en las

ficciones distópicas estilo 1984

y Un mundo feliz no es otra cosa

que una forma artística y literaria

que los Orwell y los Huxley

encontraban en su momento

para describir ese proyecto, que

es el proyecto de las 60 familias

más ricas del planeta. Claro que

la descripción de la realidad

política en clave literaria no es

ninguna novedad desde que

Maquiavelo publicó El Príncipe

hace cinco siglos y, desde

entonces, lo más significativo

en narrativa política tiene esa

forma novelesca que a veces es

difícil de descodificar.

El proyecto de un gobierno

mundial de las corporaciones

que Orwell expone en 1984 es

un claro ejemplo de ello. No

son pocos lo que ven en esa

obra una metáfora del estalinismo,

aunque no hay nada más

alejado de eso. En realidad, el

estalinismo con su consigna de

“socialismo en un solo país”

es la propia reconversión del

modelo soviético —de extrema

izquierda, como se ve— de un

utópico internacionalismo proletario

a un proyecto posible de

soberanía nacional. El propio

Stalin aclara que la prioridad es

la patria en su El marxismo y la

cuestión nacional, una obra desconocida

para nuestra intelectualidad

y que es un canto a la

importancia de la conquista de

una patria soberana, independiente

y socialmente justa, en lo

que van a coincidir con Stalin,

por ejemplo, los Perón de ayer y

los Chávez de hoy.

Entonces no, 1984 no es una

metáfora del estalinismo ni de

ningún proyecto nacionalista.

Orwell se refiere precisamente

al internacionalismo, pero el de

las corporaciones, que hoy se

expresa bajo la máscara de la

globalización neoliberal. Pero

esa globalización no es neoliberal

ni liberal. No es de derecha

ni es de izquierda, es simplemente

de las corporaciones, de

los ricos del mundo, y a ella se le

debe oponer un proyecto nacional.

Un proyecto nacionalista

al estilo de Jauretche, quien

no dudaba en definir su nacionalismo

de la siguiente forma:

“El nacionalismo de ustedes se

parece al amor del hijo junto a la

tumba del padre; el nuestro, se

parece al amor del padre junto

a la cuna del hijo. Para ustedes

la Nación se realizó y fue derogada;

para nosotros, todavía

sigue naciendo”. Nuestro nacionalismo

no es el de los nazis

ni mucho menos, es el nacionalismo

de la Patria Grande

latinoamericana que lucha por

su liberación y por abrirse del

proyecto de la globalización que

oculta el reinado mundial de las

corporaciones.

Por lo tanto, frente a la amenaza

que imponen las corporaciones

a la construcción política

de nuestro país y de todos los

países, la única opción viable

es la oposición de un nacionalismo

popular, de un proyecto

nacional-popular, en una palabra,

que rescate la defensa del

destino común por encima de

orientaciones ideológicas y opiniones

particulares de “izquierda”,

de “centro” o de “derecha”.

Esa forma de representar el

espectro es un producto de la

Revolución burguesa de 1789

en Francia y ya está caduca,

puesto que esa burguesía se ha

concentrado al extremo en dos

siglos de historia y ha asumido

el lugar de la monarquía que

fue su enemiga entonces. Las

corporaciones son otra forma

de dominación monárquica,

ahora multi y supranacional, a

la que solo puede oponerse la

fuerza del pueblo organizado en

su conjunto y sin divisiones por

opinión. Igualito que en 1789,

cuando burgueses y proletarios

marcharon juntos para destruir

el Antiguo Régimen, que se

parece muchísimo al actual en

su carácter despótico. Esa es la

unidad nacional-popular.

Claro que las cosas son hoy

infinitamente más complicadas

que en 1789. Para empezar, el

concepto de clase social solo

iba a aparecer seis décadas

después de la caída de la Bastilla,

o el símbolo de aquella

revolución burguesa, con la

publicación del Manifiesto

Comunista por Marx. Los proletarios

en 1789 no sabían que lo

eran en un sentido de autopercepción

de clase. Lo que existía

era la idea de “ciudadanos”

opuesta a la de “súbditos”, donde

la primera tenía un estatus

de libertad frente al despotismo

monárquico que ofrecía la

segunda. Y en ella entraban

todos y todas, sin diferencias

según la posición social real

de cada uno de los individuos y

sectores. El pueblo francés salió

a derrocar al monarca en unidad

por encima de esas diferencias,

Pieza artística alusiva a ‘1984’, de George Orwell, una obra que no fue bien comprendida

en la advertencia que contiene sobre el proyecto de las corporaciones.

porque no las había sistematizado

aun y, sobre todo, porque fue

capaz de pensar en un destino

nacional común cuyo resultado

es la República francesa de los

tiempos que corren.

19 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Los chalecos amarillos de Francia en plena protesta social: la bandera tricolor es una constante es las expresiones de este

movimiento, poniendo en evidencia el grado de conciencia nacional-popular que el pueblo francés heredó de su Revolución.

Es interesante ver cómo esa

tradición nacional-popular de

los franceses sigue teniendo eco

en los días de hoy: los chalecos

amarillos son precisamente una

expresión pura de conciencia

nacional-popular, ya que allí no

existen divisiones por opinión ni

posición social real. La sociedad

francesa vuelve a comprender

que existe una monarquía despótica,

aunque esa monarquía

no sea visible con sus coronas

y títulos nobiliarios. Entonces

el pueblo-nación de Francia

retoma su mejor tradición

para luchar contra el enemigo

del pueblo-nación y en eso se

materializa la idea de lo nacional-popular

con una claridad

inusitada.

También surgen por el mundo

occidental otros ecos de aquella

tradición revolucionaria. Es en

los Estados Unidos —acaso un

pueblo-nación tributario de las

ideas de la Revolución burguesa

en Francia— donde aparece la

consigna del “Somos el 99%”

por parte del movimiento Occupy

Wall Street, colocando el

mercado financiero en el lugar

del despotismo monárquico y

convocando a la lucha al 99%,

que es el pueblo-nación hoy en

la posición de sumisión propia

del súbdito frente al poder del

dinero. Occupy Wall Street también

entendió que existe una

monarquía despótica de alcance

mundial en las corporaciones

de los ricos del mundo. Y está

llamando a la unidad nacional-popular

para derrotarla.

Pero no es solo en Occidente

donde esa comprensión empieza

a aparecer. Sin ir mucho más

lejos, en el concepto fundamental

de lo que hoy es Unidad Ciudadana

está expresada la idea

de los revolucionarios de 1789.

En el propio nombre elegido

para bautizar el espacio político,

que pudo haber sido cualquier

otro nombre, pero refiere a la

unidad ciudadana por encima

de las diferencias de posición

social real y opiniones de “izquierda”

y “derecha”. El concepto

de “ciudadano” es opuesto

al de “súbdito” y está en la raíz

filosófica de los liberales clásicos

que animaron la Revolución

de 1789. Hasta aparece en

las estrofas de La Marsellesa,

canción revolucionaria que hoy

es el himno de Francia. Cuando

Cristina Fernández dice que las

facturas de electricidad y de

gas no vienen con el escudo del

Partido Justicialista, del Partido

Comunista o de la Unión Cívica

Radical, sino con las marcas

de Edesur, Edenor, Metrogas,

etc., está diciendo eso: esto es

pueblos o corporaciones, es el

pueblo-nación contra la monarquía

de los déspotas ricos.

20 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Cristina va muchos años por

delante de todos nosotros y aún

no estamos preparados para

comprenderla debidamente.

Pero podemos hacer el esfuerzo

para descodificar el mensaje.

Jacobinos y girondinos:

los escollos en el camino

a la unidad

La unidad nacional-popular no

se da automáticamente, por

el principio fundamental de la

política que sostiene la inexistencia

de lo espontáneo. La

Revolución burguesa de Francia

no fue porque “la gente” (una

entelequia) se enojó con María

Antonieta cuando esta sugirió

que el pueblo sin pan comiera

pasteles, ni siquiera se sabe si

María Antonieta dijo tal cosa

y tampoco se sabe cómo pudo

haber trascendido, si es que

efectivamente lo dijo, puesto

que no existía la radio y mucho

menos la televisión en 1789. En

realidad, no había gente enojada.

Lo que había era una clase

dirigente que organizó al pueblo-nación

de Francia en una

unidad nacional-popular para

destruir el proyecto político de

la monarquía absoluta y reemplazarlo

por otro proyecto, uno

de tipo republicano y burgués.

No hay nada más, no hay mitos

ni nada sobrenatural. Lo que hay

en la base de lo que llamamos

“Revolución Francesa” es solo

organización política hacia la

unidad nacional-popular que se

logró y triunfó.

También sería ingenuo, por

otra parte, pensar que al interior

de ese movimiento nacional-popular

que hizo la Revolución no

existían los partidos. Los había,

estaban los jacobinos, los girondinos

y los sans-culotte, había

divisiones internas basadas en

la posición social real de aquellos

individuos revolucionarios y

también basadas en opiniones

particulares. Tampoco existe la

homogeneidad en la política y

eso es algo que debemos tener

muy en claro, porque siempre

que se buscó esa homogeneidad

la cosa no terminó bien

para los involucrados.

Lo que ocurre es que la construcción

política supone un

esfuerzo de construcción, precisamente.

Y eso cuesta. Hay que

hacer un esfuerzo para levantar

una casa, lo que en sí es la mejor

metáfora para este caso porque

eso es lo que entendemos

naturalmente cuando escuchamos

la palabra “construcción”.

Entonces el esfuerzo necesario

para que una construcción

política triunfe y finalmente se

realice es poner los intereses

de esa construcción por encima

de los intereses particulares o

sectoriales de cada individuo o

grupo de individuos involucrados.

Todos lo que quieran logran

la unidad nacional-popular

debemos someter nuestros intereses

y opiniones particulares al

interés superior, a la necesidad

que tiene la construcción para

realizarse.

Eso fue lo que hicieron los

revolucionarios de Francia en

1789, pusieron el destino común

por encima de sus propios

intereses sectarios e hicieron

la unidad nacional-popular —

siempre una cosa heterogénea,

como veíamos— para derrotar

a la monarquía e implementar

la república, un nuevo proyecto

político. Una vez que lo lograron

se pelearon entre ellos y mutuamente

se mandaron a la guillotina,

es cierto, pero solo después

de haber logrado el objetivo

primario. Claro que les hubiera

‘La libertad guiando al pueblo’ de Eugène Delacroix es a menudo considerada una

obra representativa de la Revolución burguesa de 1789, aunque en realidad representa

una escena de las Tres Jornadas Gloriosas (o Revolución de Julio) de 1830,

cuando la burguesía derrotó la restauración borbónica de Carlos X e instaló en el

trono a Luis Felipe I de Orleans, el “rey burgués” que permitió la rápida industrialización

de Francia y consolidó a la burguesía como clase dominante, en un modelo

similar al de Inglaterra. La institución de II República en Francia tendría que esperar

18 años más, hasta 1848, cuando también cayó el reinado de los Orleans.

21 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Protesta de Occupy Wall Street en los Estados Unidos. El movimiento es precursor

de los chalecos amarillos en Francia y hace referencia a la monarquía invisible de

los ricos del mundo, sus corporaciones y la especulación financiera.

ido mucho mejor si se mantenían

unidos también después

de la lucha, porque el haberse

desunido en lo sucesivo fue

precisamente lo que dio lugar

a las restauraciones monárquicas

durante la primera mitad

del siglo XIX. Siempre es mejor

mantener la unidad a medida

que se van logrando los objetivos,

pero eso es muy difícil. Lo

básico, lo fundamental es lograr

esa unidad para la lucha contra

el enemigo común y la unidad

nacional-popular en esta etapa

de nuestra historia se refiere

inicialmente a eso: a una alianza

entre sectores e individuos que

piensan muy distinto respecto a

los más variados asuntos para

derrotar la amenaza de la globalización

corporativa que nos

quiere desguazar. Y después

vemos, paso a paso, como solía

decir el célebre “Mostaza” Merlo

en su sabiduría futbolera.

Entonces el primer escollo a la

construcción de la unidad nacional-popular

hoy en Argentina —y

también el más difícil— es que

no queremos abrazarnos con el

que piensa distinto. Y acá vamos

a empezar a ver que cuando

decimos “unidad nacional-popular”

no nos estamos refiriendo

a la rosca entre dirigentes en

la que se dirime quién va a ser

candidato a qué y a quiénes les

va a tocar esta o aquella porción

del poder político una vez que la

victoria se conquiste. Nada de

eso. La unidad nacional-popular

es entre el carnicero y el verdulero,

entre el abogado y el chofer

de micros, entre el limpiavidrios

y el jubilado. La unidad es con el

de al lado, la unidad del pueblo

argentino, del atento lector y

nosotros, no la alianza de los dirigentes,

que del pueblo no son

más que una representación.

Y ahí tenemos las dos claves

para definir finalmente qué es

la unidad nacional-popular. Por

una parte, la unidad del pueblo-nación,

de clases populares

y sectores medios del país. Por

otra, que la alianza entre los dirigentes

se va a dar sí o sí cuando

exista esa unidad, porque los

dirigentes representan al pueblo

literalmente y no al revés.

Los dirigentes no bajan del

cielo ni vienen de Marte a dirigir

a unos pueblos estúpidos e

incapaces de organizarse. El

dirigente, en realidad, en un

individuo formado en la misma

sociedad que se propone a

dirigir, lo que en sí es una perogrullada.

Pero es importante

tener en cuenta esa verdad de

Perogrullo para no olvidar jamás

que todo dirigente hace siempre

22 HEGEMONIA - febrero DE 2019


lo que el pueblo al que representa

quiere en cada momento.

De ahí la máxima de que “todo

pueblo tiene el gobierno que se

merece”, a la que le solemos

agregar “en cada momento de

su desarrollo como pueblo”. Por

lo tanto, si el pueblo argentino

está unido alrededor de la comprensión

de que hay que defender

la patria y eso es consenso

social, desaparecen automáticamente

del escenario político

todos los dirigentes cipayos y los

que queden van a hablar y hacer

en función de la defensa de lo

nacional. ¿Por qué? Porque si

no lo hacen, entonces nadie los

va a apoyar, no van a tener votos

y no existen. El dirigente representa

al pueblo, la conciencia

del dirigente es la representación

fiel del nivel promedio de

conciencia del pueblo al que

dirige.

Entonces el problema no está

en si Cristina se junta con Massa,

si entra Pichetto en la jugada

o si Vidal adelanta las elecciones

en la provincia de Buenos

Aires y entonces Cristina tiene

que presentarse ahí, dejando

el camino despejado para un Lavagna,

un Solá o cualquier Fernández.

No se trata de eso, esa

rosca no es nuestra, el pueblo

no participa de esa discusión

sentado en la mesa de negociaciones.

El pueblo-nación impone

la decisión cuando la tiene, esto

es, cuando sabe lo que quiere y

se une para exigirlo. Cuando eso

pasa, los dirigentes se ponen en

el lugar de la representación de

esa exigencia.

Podríamos aquí traer a colación

innumerables casos de temas

puntuales que demuestran

esa teoría, la de que los dirigentes

son la representación de sus

dirigidos en un sentido estricto y

no al revés. Vladimir Putin obtuvo

en las últimas elecciones en

Rusia un aplastante triunfo por

el 77% de los votos válidos, lo

que habla de una verdadera hegemonía

de su proyecto político

entre los rusos. Putin es frecuentemente

calificado por los opinólogos

de Occidente y de estas

colonias como “homofóbico”

por sus expresiones abiertamente

contrarias a la difusión del

homosexualismo en Rusia. Pero

los opinólogos no entienden

nada de Oriente y mucho menos

de política, porque Putin no es

homofóbico, no es “mataputos”

ni nada por el estilo. Putin es tan

solo el reflejo, la representación

de la sociedad rusa, una sociedad

muy tradicional en materia

Vladimir Putin, símbolo de unidad nacional-popular en Rusia. Aquí, junto a Cristina Fernández, en un momento memorable.

23 HEGEMONIA - febrero DE 2019


de sexualidad. Y eso es todo:

Putin hace y es lo que la mayoría

del pueblo ruso quiere que haga

y sea, representa fielmente el

pensar y el sentir de su pueblo, y

por eso gana las elecciones “por

afano” hace ya casi dos décadas

en Rusia. Putin es el resultado

de la unidad nacional-popular

de un país que salió muy golpeado

de la década de los años

1990, de la quiebra de la Unión

Soviética y el avance de la globalización,

y ahora se recupera

gracias a que esa unidad existe,

está fielmente representada y

sigue su curso.

Otro ejemplo posible —un tanto

más espinoso por lo cercano

en el tiempo y en espacio— es

el del aborto en Argentina y en

toda América Latina. El tema

será utilizado por el poder de las

corporaciones para fragmentar

la unidad y justamente por

eso es fuertemente financiado

mediante las ONG y los medios

afines al efecto. La cuestión

aquí no es aborto sí o aborto

no, es que justamente no existe

consenso social alrededor del

sí o del no, de modo que, al ser

confrontado con la dicotomía,

cualquier representante tiene

que hesitar. ¿Quedarse con

una parte o con la otra? Ningún

dirigente que no sea trotskista o

sectario puede tomar semejante

decisión, no puede posicionarse

si no existe el consenso social

porque quiere representar el

consenso, no la fracción. Si

el dirigente tiene vocación de

poder y desea llegar al lugar

del poder en el Estado, debe

necesariamente representar a la

mayor cantidad posible de gente

para hacer la mayoría necesaria

y ganar las elecciones o llevar a

cabo las revoluciones del caso.

De otro modo no se puede.

Entonces lo que hace falta es

consenso social y para lograrlo

hay que ir a construirlo desde

las bases, desde el pueblo-nación.

Y el principal escollo en el

camino a ese consenso, a esa

unidad y a la construcción de

esa mayoría es precisamente la

grieta, que se ensancha todos

los días porque estamos más

preocupados en meter nuestras

opiniones personales en la discusión

que en buscar los puntos

de contacto y coincidencia con

el vecino, con el amigo, el fami-

Imagen icónica de la represión a las protestas durante el estado de sitio en el 2001. Unidad por las malas, pero unidad al fin.

24 HEGEMONIA - febrero DE 2019


liar y el compañero de trabajo o

de estudio. La grieta no se cierra

porque nosotros mismos queremos

tener la razón en lo que

cada uno de nosotros cree que

es lo justo. Somos una sociedad

de disenso permanente en busca

de un consenso mínimo para

salvarse de la disolución.

Cuando Néstor Kirchner ganó

las elecciones y alcanzó el poder

político en el Estado en las

circunstancias que describíamos

al introducir este artículo,

prácticamente no existía la

grieta. Todo el pueblo-nación

argentino estaba en unidad

nacional-popular alrededor de

un solo objetivo común, bien

elemental: no morir de hambre.

Y así acudió a las urnas el pueblo

argentino para participar en

unas elecciones que fueron lo

opuesto a la polarización verificada

en el presente. Las elecciones

del año 2003 fueron las

más fragmentadas en términos

de oferta electoral de nuestra

historia, habiéndose presentado

un total de 18 fórmulas de candidatos

a presidente y vicepresidente,

siendo que la mitad de

esas fórmulas no superó el 1%

de los votos válidos y el ganador

triunfó con un 22% que supuestamente

no legitimaba. Unas

elecciones fragmentadas frente

a un pueblo que estaba unido

por la desgracia y por el espanto.

Y ahora tenemos el escenario

opuesto a modo de espejo, es

decir, unas elecciones con poca

oferta electoral frente a un pueblo

fragmentado y dividido por

la desgracia y el espanto, que

son las constantes acá.

La grieta es un problema y hay

que cerrarla, aunque la idea no

le guste al talibán que prefiere

“morir con la suya” y tener toda

la razón antes de establecer

un diálogo con el que no está

de acuerdo. De esta parte, de

la parte de la fuerza militante

Eva y Juan, dos exponentes máximos de la unidad nacional-popular en Argentina.

de lo nacional-popular, a veces

se tiene la impresión de que

existe una fuerte tendencia al

trotskismo, que es justamente

la expresión política de la fragmentación

absoluta donde es

necesario estar de acuerdo en

todos los asuntos para poder

marchar hacia un destino común.

El sector más enardecido

de nuestra militancia sigue

obnubilado por el descubrimiento

de una verdad revelada,

según la que esto tiene que ser

de un modo muy preciso o mejor

que estalle todo en llamas. Así,

pese al esfuerzo reciente de la

conductora del movimiento por

poner los patos en fila y terminar

con la fracción, hay militantes

que no aceptan a nadie que no

presente certificado de pureza

expedido por autoridad competente,

acompañado por pañuelos

de determinados colores y

su respectiva deconstrucción

individual. Parecería que para

luchar por un nuevo ciclo de gobierno

de los pueblos y defender

la patria es necesario haberlo

entendido todo (siempre desde

el punto de vista del que cree

entenderlo todo, claro, porque

ese “todo” también es relativo y

25 HEGEMONIA - febrero DE 2019


La posible (o improbable) alianza entre Cristina Fernández y Sergio Massa es hoy objeto de especulación entre militantes,

simpatizantes y amigos del proyecto nacional-popular. Y esa especulación es altamente nociva, puesto que pone en compás de

espera a mucha gente que desde ya tendría que estar explicando la realidad para ir cerrando la grieta por abajo. Infelizmente,

mientras no están definidos los candidatos y las alianzas de cara a las elecciones, buena parte de los nuestros no se va a mover

y la pregunta es: si dichos candidatos y alianzas no agradan, ¿harán fuerza por la victoria o harán la plancha como en 2015?

lo que verdad para unos no lo es

para otros).

No es una cuestión de candidatos.

“Tragar el sapo” no es

aceptar a Sergio Massa en una

lista de candidatos, eso es fácil.

“Tragar el sapo” es literalmente

tragarse el orgullo en seco y

cruzar la calle para establecer

un diálogo sincero con el vecino

que está pensando volver a

votar a la fuerza política de los

ricos porque piensa que odia a

la conductora de nuestro movimiento

por lo que le contaron

de ella los medios de difusión,

que también son de los ricos.

Tragar en seco el orgullo y mirar

a los ojos a ese familiar que

está dispuesto a votar a Macri

otra vez con tal de vernos perder

a nosotros, que somos unas

“kukas” insolentes. El “tragar el

sapo” es precisamente el esfuerzo

de construcción del que

hablábamos, es hacer aquello

que cuesta, poner el grano de

arena individual por el bien del

grupo. Es aceptar la diferencia

del otro en la búsqueda de lo

que hay en común, porque algo

en común siempre hay.

Buscar desacuerdos equivale

a levantar paredes y, por el

contrario, buscar el acuerdo es

tender puentes. Los que hoy son

rehenes del relato de los medios

del poder y siguen votando contra

sus propios intereses jamás

van a tender ese puente. No,

no lo harán si están a punto de

morirse de hambre, eso no pasa.

Esperar a que todo esté a punto

de desintegrarse para cosechar

el triunfo “de arriba” es el clásico

método trotskista del “cuanto

peor, mejor” y no funciona.

Es nuestra obligación tender el

puente con el que piensa distinto,

con el que está enojado con

nosotros o con el que piensa

que odia a Cristina porque siempre

escuchó a Cristina mediatizada

por el relato del poderoso,

nunca directamente. El que está

en esa situación es un rehén y

siempre va a levantar paredes

para que no nos acerquemos,

por lo que nos corresponde a

nosotros dejar a un costado

nuestro orgullo y tirar la soga

para que la tomen. El orgullo es

personal y lo personal no es político,

no debemos llevar nuestras

broncas, resentimientos y

mucho menos nuestro odio al

debate con el que piensa distinto,

porque se lo vamos a volcar

a la primera expresión desagradable

que salga de su boca y así

lo vamos a terminar de enajenar.

Lo que tenemos que hacer es

buscar ese punto de encuentro,

ese lugar donde vamos a estar

casi todos —salvo los enfermos

y los sociópatas, que son muy

pocos— de acuerdo. Y ese lugar

es la patria, el destino común

y el bienestar general, que son

propios del pueblo-nación.

La unidad nacional-popular

solo puede hacerse desde las

bases de la sociedad, porque

la grieta no se va a cerrar por

26 HEGEMONIA - febrero DE 2019


arriba. Si la sociedad sigue

fragmentada, esa fragmentación

va representarse siempre

en la oferta electoral por lo que

veíamos antes, la verdad objetiva

de que los dirigentes son la

representación de los dirigidos.

Mientras haya gente pensando

que la dicotomía es entre

“izquierda” y “derecha”, habrá

dirigentes oportunistas dispuestos

a vivir de eso. Y mientras

exista gente dispuesta a votar

por odio, habrá dirigentes que

representen ese odio y ganen

elecciones para meter más odio

en la política. Pero si lo que

existe entre el pueblo-nación

argentino es la conciencia de

que tenemos un destino común,

de que si la Argentina estalla

y se disuelve somos nosotros

mismos los que vamos a estallar

y a disolvernos, ahí nomás

aparecerán los dirigentes y la

alianza entre los dirigentes para

dar la oferta electoral que exprese

en votos dicha conciencia.

Y cuando eso pase, entonces

habremos puesto primera para

arrancar en nuestro proyecto de

soberanía política, independencia

económica y justicia social,

que bien explicados no pueden

tener la objeción de nadie entre

ese 99% que no somos de la

familia real. La tarea de cada

argentino que haya comprendido

esta verdad objetiva es la de

explicar, explicar y explicar. La

de armarse de paciencia, poner

lo personal a un costado y volver

a explicar tantas veces como

sean necesarias hasta hacerse

entender. Si cada uno de nosotros

hace eso y logra rescatar a

uno de los que hoy son “ni-ni” y

no están convencidos de nada,

entonces tendremos un pueblo

unido y el ganar las elecciones

será una consecuencia natural.

Y la unidad nacional-popular el

resultado de todo eso.

El peronismo no es la lucha

entre argentinos, sino la unidad

de todos. El peronismo es Perón,

desde luego, pero también es

Evita, la que afirmaba que “no

hay nada que sea más fuerte

que un pueblo. Lo único que se

necesita es decidirlo a ser justo,

libre y soberano”. Lo único que

necesitamos hoy es decidirnos a

decidir al que está indeciso. Allí

está la unidad que los dirigentes

van a representar en la lucha

política y la haremos nosotros

mismos, con la fuerza del pueblo

organizado en oposición a

la fuerza brutal de la antipatria,

como decía ella, la que nos

sigue guiando espiritualmente

a pesar de nuestra terquedad,

orgullo infantil y pusilanimidad.

Seamos dignos de quien dejó

toda la vida por nosotros. Ya

habrá tiempo para ver si somos

jacobinos, girondinos, ateos,

cristianos, verdes, celestes, de

Boca o de River. Primero salvemos

la patria, que lo demás no

importa nada.

*Erico Valadares

27 HEGEMONIA - febrero DE 2019


SOCIOLOGÍA DEL ESTAÑO

Electorado de tercios,

oposición y representación:

apuntes para la militancia

En un preciso análisis de la

situación interna del movimiento

nacional (cuya

lectura recomiendo fuertemente),

Gabriel Fernández

reflexiona constructivamente

sobre la situación interna del

movimiento nacional. El director

de La Señal Medios remarca

que “(...) En vez de fomentar

esa vorágine, los espacios han

persistido, los meses recientes,

en la cómoda práctica de imputarse

mutuamente. Los argumentos

de sus militantes más

activos saturan redes y charlas

dando cuenta de lo dañino que

resultaría reunirse con los ‘rivales’.

Los encuentros convocados

tienen apariencias de apertura,

pero en la selección de las voces

que se difunden sólo pueden

hallarse representantes de los

núcleos duros. Se esparcen aquí

y allá pedidos de censura ante

las diferencias, en vez de intentar

el desarrollo de discusiones

a fondo.”

Analicemos esto en el tan utilizado,

pero poco comprendido

campo de las redes. Es probable

que la lógica algorítmica de la

cámara de eco, con sus reglas

y modismos, haya colonizado la

dinámica habitual de la conversación

en general, y de la conversación

política en particular,

para degenerar en lo que bien

señala Fernández cuando habla

de la “hegemonía de las voces

que representan núcleos duros

y de la censura ante la diferencia”,

esto es, el no debate. En

este sentido apuntamos que,

si tal como señalan algunos

consultores adeptos a las ideas

de globalismo, el individuo es

el protagonista de la política

actual, esta máxima atraviesa

transversalmente el campo de

la micromilitancia opositora y se

materializa en la evidente vocación

de figuración individual que

tanto se denuncia para el otro

lado. Existe, hay que asumirlo,

un “ethos de red” que fomenta

la individuación y la parcelación

28 HEGEMONIA - febrero DE 2019


de la opinión. En términos de

debate político, cada parcela/

individuo ingresa en el desafío

al propio ego de elaborar un

comentario lo suficientemente

adecuado para conseguir

reforzar la parcela a través de

la aceptación por parte de la

propia “tribuna”, para inmediatamente

tomar el látigo y castigar

al “otro” sector “que nos

llevó a la derrota”. Este es, más

o menos, otro de los núcleos

problemáticos en términos de

debate interno dentro del movimiento

nacional.

Por eso en la micromilitancia

resulta bastante complejo

hablar de doctrina de amor y

(al mismo tiempo) auto reivindicarse

como los únicos fieles

portadores de ella para, acto seguido,

despreciar al resto de las

fuerzas componentes del movimiento

por “falta de doctrina

e ignorancia”. La adulteración

doctrinaria no solo se produce

por carencia, sino también por

su aplicación museológica para

fines (también) expulsivos.

Hay un viejo y tradicional

esquema de razonamiento

que pertenece a un tradicional

partido marxista, que consta

de evaluar que las disidencias

con el núcleo de conducción no

son inocentes pues obedecen

a quintas columnas insertas

que operan “contra la revolución”.

Es decir, el esquema de

razonamiento consta de negar

la posibilidad de pensamientos

diferenciados hacia el interior

de un mismo espacio político.

Esta tradición se ha trasladado

al movimiento nacional y popular,

y tiene que ver con aquella

premisa que Juan Perón señalaba

acerca de la naturaleza

de nuestra política nacional y

la titánica tarea que se debe

realizar para elaborar consensos

de unidad en los más amplios

sentidos: este es un país politizado,

pero sin cultura política.

Así, el folclore marca que, en

vez de polemizar horizontalmente

entre ideas en debate,

El electorado argentino, cada vez más presionado por la guerra mediática e informado

allí, es absolutamente ajeno a la rosca del microclima militante. Y está esperando

una propuesta concreta sobre problemas concretos para votar en octubre,

más allá del bello discurso progresista que hemos presentado siempre.

se anula la disidencia que

incomoda para, acto seguido,

trazar líneas divisorias que

muchas veces parecen no tener

vuelta atrás. Lo cierto es que,

con todos los matices del caso

por caso, en nuestros espacios

politizados discutimos por

temas transversales a casi todo.

Si estas discusiones no se dan

con la confianza recíproca y con

la altura que les corresponde,

la situación da más pérdidas

que ganancias. Porque cuando

la diferencia, muchas veces, no

llega a ser procesada como tal

y se procesa como disidencia,

aparecen las tensiones innecesarias

que nublan la comprensión

del “afuera”, esto es, el

afuera del ecosistema politizado

de “orgas” y espacios varios que

habitamos, donde casualmente

se encuentra la mayor parte de

nuestra sociedad. El abordaje

inteligente del heterogéneo

campo de la sociedad toda, de

sus miles de diferencias, es lo

que va aceitando la capacidad

de escucha, la esgrima verbal y,

como resultado de lo anterior, la

capacidad de debate de todo/a

militante, no la “purga” de diferencias.

¿No podemos imaginar siquiera

que fuera de las minorías

intensas hiperpolitizadas de

nuestra fauna de “orgas” y especies

varias, existe un pueblo que

consume 15 minutos diarios de

TV e información completamente

desjerarquizada y agobiante?

¿Será que no tenemos voluntad

real de salir de ese sentido

común arrogante, infalible, que

vomita su desprecio sobre todas

las demás fuerzas políticas y

organizaciones del campo popular,

que son por definición las

que se equivocan, las que tienen

falencias, las que están condenadas,

etc.?

Si no bajamos del zaino, fomentamos

el debate respetuoso

internamente y aprendemos la

diferencia entre estar politizado

y tener cultura política (capacidad

de debate), sino aprendemos

que tener autoestima y

tener autocrítica no son cualidades

mutuamente excluyentes,

quizás tengamos que dedicarnos

a administrar otra derrota.

Electorado de tercios,

oposición

y representación

“Cambiemos le quita bienes

patrimoniales a la clase media,

y los negocia por bienes simbólicos:

sindicalistas presos,

dirigentes kirchneristas procesados,

mayor transparencia”.

Eduardo Fidanza a Joaquín

29 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Los “candidatos de no” intentan reagruparse para intentar otra vez transitar la “avenida del medio”, hasta aquí intransitable.

Morales Solá (enero de 2018).

Partimos de esta idea inicial

para ir directo al punto: la de Fidanza

no es una advertencia (o

caracterización) sólo aplicable

al macrismo. Las hiperabundantes

caracterizaciones de algunos

referentes opositores acerca

del evidente colapso autoinfligido

por el gobierno actual, con

mayores o menores gradientes

poéticos, no constituyen propuestas

políticas, sino también

bienes simbólicos bajo la forma

de ideas que tienen por función

reconfirmar posturas de los ya

convencidos. Todo electorado

demanda un relato ilusionante,

aspiracional, organizado en un

discurso que lo represente. En

un electorado de tercios, como

el que existe en el país según

indica la foto actual, existe un

tercio no representado (aún)

por ninguno de los discursos

que ocupan la centralidad de la

agenda política.

En este sentido, vale la pena

reconocer que el objetivo oficialista

de tener una oposición

controlada parece dar resultado

cuando, a través de la tecnología

comunicacional, se logra

que el arco opositor quede reducido

al rol de “mensajero de las

malas noticias”, mientras el oficialismo

se reserva el de construir

un relato ilusionante que,

aunque completamente ficticio y

cínico, todavía moviliza anhelos

de buena parte de la sociedad.

Si esto es así, creemos humildemente

que la hipótesis de que

la crisis económica acarreará

naturalmente un torrente de

arrepentidos por “toma de conciencia”

en favor de una opción

opositora, debe ser abandonada

de inmediato. El decaimiento

de la imagen de Macri no debe

ser el árbol que tape el bosque

del análisis. Las proyecciones

basadas en el nivel de insatisfacción

de ciertos sectores con

la actualidad, esconden que en

realidad no sólo crece el rechazo

a las políticas implementadas

por el gobierno, sino a la política

como actividad.

En este sentido, el crecimiento

de los outsiders ha sido bastamente

analizado en todos lados,

sin embargo, salvando las

particularidades de cada país,

podemos pensar en Brasil como

paradigma para buscar algunas

ideas útiles al respecto. Bolsonaro,

quien seguramente sea

mucho peor de lo que ya muestra,

sacó más de 49 millones

de votos, pero no hay 49 millones

de “monstruos” en Brasil,

¿cierto? Dicho esto, miremos

ahora la realidad argentina con

ojos argentinos. ¿Debemos

intentar persuadir e interpelar,

entonces, a ese heterogéneo

“tercer tercio” que nos fue

esquivo? ¿U optamos por contentarnos

con una especie de

receta moral que nos tranquiliza

y nos abandonamos a la más

pasiva holgazanería intelectual

y espiritual? Si hacemos esto

último podremos reposar en la

vieja, peluda y cómoda fórmula

de la indignación: “Qué querés

que hagamos si vivimos en este

país de mierda, con un pueblo

estúpido”. Una frase que escuchamos

a menudo, pero que es

la antítesis de la militancia, o la

simple posición de alguien que

no necesita tomársela en serio

para (volver a) llegar a fin de

mes. En cambio, si optamos por

una comprensión más realista

de la situación nacional, sigamos

con el siguiente párrafo.

En nuestro país la consolidación

del electorado de tercios

implicó, a su vez, la diáspora

30 HEGEMONIA - febrero DE 2019


de los “partidos del no”: no a

Macri, no a Cristina, no al peronismo,

no al pasado. Y ninguno

de esos espacios puede ni pudo

ganar por sí mismo. Depende

de los candidatos, la política es

personalista. Para ver esto con

más claridad, repasemos los datos

concretos. En la provincia de

Buenos Aires, la gran derrotada

de las últimas elecciones (2017)

fue la ambigüedad. La “stolbizerización”

llevó al massismo

a peores resultados que en las

PASO. Florencio Randazzo, después

de una campaña en la que

demostró que la queja edípica

como remedio a la “falta de

autocrítica de CFK” no funcionó

como plataforma electoral y que

para los bonaerenses fue mejor

Massa conocido, que Massa

por conocer. Unidad Ciudadana

se consolidó como la opción

opositora con mayor volumen

de representación y ahí radica

—todavía— su propia disyuntiva,

que es la misma que atraviesa

a toda la oposición de cara a

estas elecciones 2019: construir

alianzas que trasciendan el

propio espacio (como pareciera

estar sucediendo) o “achicarse

la cancha” en la construcción

endogámica.

El sector intersindical y de movimientos

y organizaciones que

constituye el 21F es la prueba

territorial de que el modelo de

oposición no puede definirse

por fuera de la oposición al

macrismo, siempre y cuando la

oposición no pretenda degradarse

en un ritualismo morisquetero

vacío, y condenarse a

ser una confederación de partidos

locales que sólo compartan

su tradicional liturgia, lo que en

términos prácticos se cristaliza

en reducir el movimiento nacional

sólo a una identidad cultural

adaptada al esquema de representaciones

fragmentarias que

necesita el neoliberalismo, pero

sin traducción electoral.

Si hasta la izquierda trotskista

autóctona, presa ideológica de

la vocación de minorías, puede

conformar un frente, la revalorización

de la pluralidad dentro

del peronismo opositor debiera

partir de una absorción inteligente

de las distintas (y exitosas)

formas de construcción a

nivel federal.

Es por esto que este escriba

machaca con la idea de que, de

manera urgente para el campo

opositor, sería sensato asumir la

necesidad de abandonar la cosmovisión

del progresismo culposo

a la hora de vincularse con

valores como el orden, la seguridad,

la movilidad social ascendente

con dinámica de méritos

deseables para la realización de

la comunidad (trabajo, esfuerzo,

dedicación) y demás cuestiones

que hacen a la representación

de mayorías sociales. Es

igualmente necesario tener un

discurso propositivo en este

sentido que tenga en cuenta

la agenda de buena parte de

la sociedad (la suficiente para

construir una mayoría electoral

exitosa). Porque claro, no sería

una gran estrategia esta de

oponer, por ejemplo, inclusión a

seguridad, cuando una propuesta

política consistente y con

vocación de gobernar debe tener

en cuenta ambas agendas. No

debemos comprar falsas dicotomías

pensadas para vencernos.

Para abandonar ese perpetuo

vagabundeo por el extenso,

pero inconducente campo que

enmarcan las ideologías teledirigidas,

debemos sumarnos y

sumar para consolidar una alternativa

al esquema empañuelado

de las representaciones fragmentarias,

poniendo lo humano

en el centro y trascendiendo la

lógica divisionista y facciosa de

los opuestos.

Está claro que, así como se

llega a la presidencia de un país

sumando más votantes que

dirigentes, la unidad dirigencial

no garantiza la del electorado.

Por eso mismo, también depende

de los intentos de las bases

acercar posiciones y no radicalizar

diferencias. Porque el dilema

de las fuerzas políticas radica

en, o bien reforzar las posturas

facciosas, o bien brindar los

vectores necesarios para evitar

la balcanización del heterogéneo

campo nacional. Esto es,

en términos de acción política,

expulsar para debilitar, o incorporar

para fortalecer.

*Marcos Domínguez

Las zonceras abiertas

de América Latina

31 HEGEMONIA - febrero DE 2019


HISTORIA + GEOGRAFÍA = GEOPOLÍTICA

Venezuela:

ahora o

nunca

Venezuela sacudió esta semana

la modorra y agitó

el panorama geopolítico

al responder de manera

un tanto inesperada a la

más nueva intentona golpista

que los Estados Unidos y las corporaciones

intentan imponer en

su territorio. El presidente Nicolás

Maduro sorprendió a todos

emulando a Hugo Chávez, pero

recargado: cortó de cuajo las

relaciones diplomáticas entre

Venezuela y los Estados Unidos,

fletando de yapa al embajador

de este país en Caracas al grito

de “tiene 72 horas para retirarse

de Venezuela”. Los Estados

Unidos habían reconocido un

gobierno rebelde y golpista en

Venezuela, y esa fue la gota que

rebalsó el vaso. Maduro entra

a la historia grande da América

Latina con ese gesto, del que

algunos creían era incapaz.

Y al instante llovieron las especulaciones:

¿Maduro se habrá

vuelto loco? ¿Habrá guerra?

¿Qué harán los yanquis? Pero

no, Nicolás Maduro no está loco

ni mucho menos, como tampoco

lo estaba Chávez.

Lo primero que debe saber el

atento lector es que Venezuela

no está en condiciones de

resistir a una hipotética ofensiva

militar por parte de los Estados

Unidos y mucho menos de la

OTAN en su conjunto. Pocos países

en el mundo podrían resistir

a un ataque de esas potencias y

ninguno de esos países está en

América Latina, por supuesto.

Maduro, no obstante, no es

ningún suicida ni está loco. Para

32 HEGEMONIA - febrero DE 2019


cortar las relaciones diplomáticas

con los Estados Unidos y

echar al embajador yanqui en

Caracas, ha debido de tener el

respaldo necesario para hacerlo.

La locura y las inclinaciones

individuales al suicidio aquí no

son una variable del análisis.

Maduro y Venezuela tienen

respaldo. La cuestión es comprender

de dónde viene ese

respaldo y por qué.

La situación en Venezuela, en

términos de estrategia geopolítica,

es muy parecida a la de

Siria. Ahí tenemos a los Estados

Unidos intentando instalar un

gobierno títere “rebelde” para

provocar una supuesta guerra

civil, derrocar el gobierno nacional-popular

y hacerse del

control del territorio. Eso pasó

y está fracasando en Siria, eso

puede estar pasando ahora

mismo en Venezuela.

Ahora bien, ¿por qué los Estados

Unidos quieren hacerse con

el control del territorio venezolano?

Por las mismas razones que

quisieron hacerse del control de

Siria: por una cuestión de pesos

y centavos. Siempre es así.

El control del territorio es una

cosa fundamental. En el caso

de Siria, por ejemplo, el control

del territorio en manos de una

fuerza política nacional-popular

está estorbando el camino de la

realización del proyecto occidental

de tender un gasoducto

desde el Golfo Pérsico hasta

Europa. Dicho gasoducto tendría

que pasar necesariamente

por Siria y serviría para liberar

Europa de la dependencia del

33 HEGEMONIA - febrero DE 2019


El golpista de turno Juan Guaidó, reconocido por los Estados Unidos y las potencias

occidentales que lo promueven como otro intento de destruir la Revolución Bolivariana

mediante la manipulación del odio en una parte de la sociedad venezolana.

gas de Rusia.

Entonces, desde el punto de

vista de Occidente en general,

Bashar Al-Assad estorba y debe

ser derrocado, porque es un

factor determinante para la defensa

de los intereses de Rusia

en la región, cosa que las corporaciones

no quieren.

Lo mismo ocurre, por razones

no muy distintas, con Maduro.

Al igual que Chávez, Maduro es

un estorbo para los planes de

las corporaciones occidentales

porque defiende los recursos

naturales del país y debe ser

destruido, trabajo sucio que

se les encarga a los militares

y los espías de los países que

representan los intereses de

esas corporaciones: los Estados

Unidos y las demás potencias

occidentales.

El atento lector recordará que

ya van ocho años de ofensiva

contra Bashar Al-Assad en Siria

y que, sin embargo, Bashar

Al-Assad sigue allí, vivito, coleando

e impidiendo que pase

por su territorio el gasoducto

que transportaría el gas saudí

a Europa. Al-Assad sigue ahí y

Europa sigue dependiente del

gas ruso.

Por otra parte, al igual que Venezuela,

Siria tampoco estaría

en condiciones de defenderse

sola de un ataque de Estados

Unidos y ni siquiera de desactivar

una “guerra civil” instalada

por la CIA en su territorio. Solo y

sin amigos, Al-Assad tendría el

destino de un Saddam Hussein

o de un Muamar Gadafi. Pero

eso no pasa y, por el contrario,

Al-Assad ya retomó el control

de gran parte de Siria, reconstruyendo

y normalizando el país

después de ocho años bajo

fuego.

Pero Siria, como veíamos, está

beneficiando a Rusia al impedir

que pase el gasoducto por su

territorio. Entonces Vladimir

Putin es el respaldo de Bashar

Al-Assad. Los sirios están liberando

la patria con la ayuda de

los rusos, porque de otro modo

ya serían puré. Y lo mismo pasa

con Nicolás Maduro y Venezuela.

Los precios internacionales del

petróleo se establecen por una

simple ley de oferta y demanda:

si hay abundancia del producto,

el precio baja; si hay escasez,

el precio sube. Y la abundancia

o la escasez se definen por la voluntad

de los países que producen

petróleo.

Venezuela tiene las reservas

de petróleo más grandes del

mundo y Arabia Saudita ocupa

el segundo lugar en ese ranking.

Otro gran productor y exportador

es Rusia y aquí todo empieza a

cerrar.

Los Estados Unidos ya controlan

el territorio de Arabia Saudita

mediante el sostenimiento

político de una monarquía

títere. Y dicha monarquía paga

el favor de los yanquis quemando

sus reservas de petróleo a un

ritmo alucinado, esto es, produciendo

por encima de su capaci-

34 HEGEMONIA - febrero DE 2019


dad para que haya más petróleo

en el mundo y, en consecuencia,

el precio internacional baje. El

gobierno de Arabia Saudí está

reventando las riquezas de su

pueblo para seguir gobernando

con el apoyo de los yanquis.

Venezuela no está bajo el

control de los Estados Unidos

y hace justamente lo opuesto,

cuida los recursos naturales y

produce por debajo de su propia

capacidad para forzar el alza del

precio internacional, dado que

su economía depende de esa

cotización al no estar diversificada.

Venezuela básicamente

vende petróleo, vive de lo que

vende y, si el precio del petróleo

baja, Venezuela se va al tacho,

como dicen los muchachos en el

barrio.

Pero no solo Venezuela está

en esa situación. Rusia tiene un

PBI muy pequeño en relación a

lo que es el país en términos de

extensión, influencia política y

poderío militar y tecnológico.

El PBI de Rusia es inferior al

de países como Italia, Brasil y

Canadá, y está en los mismos

niveles de otros como España,

Australia y México. Y buena

parte de ese PBI depende las

exportaciones de petróleo y gas,

de los que Rusia tiene —como

veíamos— la tercera reserva

más grande del planeta.

Si el gasoducto de Arabia Saudita

a Europa haría desplomarse

las exportaciones de gas natural

de Rusia, en Venezuela pasa

algo parecido. De caer Venezuela

en manos de Estados Unidos

con un gobierno títere, los yanquis

pasarían a controlar las dos

mayores reservas de petróleo

del mundo, las harían producir

a ambas muy por encima de sus

capacidades y el precio del barril

de petróleo bajaría al orden

de los centavos de dólar.

Si eso pasara, la que quebraría

sería Rusia, puesto que

los rusos también dependen

muchísimo de las exportaciones

de sus hidrocarburos. Habría

inestabilidad económica en el

país, la oposición —hoy aislada

y bajo control— envalentonada

haría crujir el gobierno de Putin

hasta derrocarlo.

Claro que el juego se complica

más todavía cuando pensamos

en China. Si bien es cierto que

los chinos son los principales

consumidores de hidrocarburos

y podrían beneficiarse momentáneamente

con una baja en

el precio de los combustibles,

por otra parte no pueden permitir

que los Estados Unidos se

hagan con el control mundial de

la producción de petróleo y gas,

por razones lógicas.

Entonces los respaldos de Nicolás

Maduro son nada menos

que Rusia y China, dos socios

orientales que por su parte

están ya en guerra contra los

Estados Unidos por la hegemonía

mundial.

El asunto no está en Venezuela,

sino mucho más arriba.

Bashar Al-Assad junto a Hugo Chávez, bajo la atenta mirada del Libertador. El escenario de simulacro de guerra civil que Occidente

armó en Siria es un prototipo muy útil para proyectar lo que puede venir en Venezuela de aquí en más.

35 HEGEMONIA - febrero DE 2019


Vladimir Putin y Xi Jinping, en la alianza antimperialista entre Rusia y China que los Estados Unidos, todo Occidente y las corporaciones

temen. Recientemente, estos dos países acordaron prescindir del dólar estadounidense para sus transacciones de

comercio exterior bilateral, asestando un durísimo golpe a la hegemonía de los yanquis en el mundo. Venezuela tiene su apoyo.

Lo que sí es cierto es que los

venezolanos pueden aprovechar

esta oportunidad para aportar

a la destrucción de la hegemonía

de los Estados Unidos en el

mundo, ayudar a construir un

orden multipolar y lograr al fin la

liberación nacional en el proceso.

El plano local

y la batalla cultural

Lo que Occidente lleva a cabo

contra Venezuela es una guerra

sostenida en varios campos. El

objetivo es derrocar a Maduro,

porque Maduro defiende los

recursos naturales del pueblo

venezolano y eso las corporaciones

no quieren.

Pero la guerra contra Venezuela

no es inicialmente militar, es

una guerra de tipo económico.

Cuando uno abre el diario y ve

que en Venezuela hay una inflación

del orden de los millones

por ciento, eso no es porque a

Maduro le guste la hiperinflación.

Es porque el “mercado”

está operando contra la economía

y contra la moneda de Venezuela

para que los venezolanos

la pasen mal y quieran destituir

a Maduro.

En dicha guerra comercial,

provocan también lo que llamamos

desabastecimiento, cortando

la cadena de distribución de

alimentos y dejando las góndolas

vacías con el mismo objetivo,

a saberlo, generar inestabilidad

entre la población de Venezuela

para que esa población piense

que la culpa la tiene Maduro y lo

quiera derrocar.

Lo hicieron contra Allende en

Chile, previo al golpe de Estado

que lo derrocó y lo mató en

1973. Vaciaron las góndolas a

punto de provocar el faltante de

artículos como las tetinas de las

mamaderas, sin las que muchas

mamás quedaron sin tener con

qué alimentar a sus bebés.

Terrible, sí. Y muchos chilenos se

lo atribuyeron a Allende, creando

la antesala o el consenso

social para el golpe genocida de

Pinochet.

Por lo tanto, el reconocimiento

de un presidente trucho por

36 HEGEMONIA - febrero DE 2019


parte de los Estados Unidos

y sus lacayos en el mundo no

es más que otra etapa en una

guerra que Venezuela viene

luchando hace mucho. Y pasan

a otra etapa en la guerra porque

con inestabilidad económica y

todo el pueblo venezolano sigue

resistiendo.

Venezuela está luchando por

su soberanía y el pueblo-nación

venezolano está pagando un

altísimo precio por ese atrevimiento.

Las potencias occidentales

y sus corporaciones no

quieren que ninguno de nosotros

sea soberano, independiente

y justo. Quieren que seamos

sumisos, para que un gobierno

como el del actual presidente

Mauricio Macri realice el saqueo

monumental que está realizando

mientras nosotros estamos

atados de pies y manos. Pasó

en Chile y Chile cayó; pasó en

Cuba, pero Cuba no cayó. Venezuela

no puede caer, porque

si cae van a venir por nosotros,

que estamos sentados sobre el

Acuífero Guaraní, las reservas

de agua dulce más grande de

todo el planeta.

Ahora bien, todavía subsiste

la pregunta: ¿Por qué el gobierno

de Nicolás Maduro sigue de

pie, si recibe embates de todos

lados y son bien duros más allá

del apoyo de una parte significativa

de la comunidad internacional?

La respuesta es que el chavismo

ya ganó la batalla cultural

en Venezuela, lo que también

sirve para entender por qué en

Argentina fuimos derrotados y

nos dimos un gobierno como el

de Macri, y por qué en Brasil fuimos

derrotados y nos quedamos

clavados con un gobierno como

el de Bolsonaro. Al igual que

en el caso de Evo Morales en

Bolivia, Nicolás Maduro ya ganó

la batalla cultural en Venezuela

y por eso no cae ni va a caer. Nosotros

la hemos perdido y aquí

pasa todo lo contrario.

Entonces la clave para entender

por qué ellos triunfaron y

nosotros no solo puede pasar

precisamente por la comprensión

de qué cosa es la batalla

cultural.

Se puso de moda entre nuestra

progresía deconstruida y

mediática el llenarse la boca

para hablar de “batalla cultural”.

Según dichos opinólogos,

el proyecto nacional-popular habría

perdido la batalla cultural

en Brasil y en Argentina y, por lo

tanto, en estos países tenemos

a los Macri y a los Bolsonaro.

El diagnóstico de esos intelectuales

livianos es correcto,

pero no profundiza en la cosa.

Ellos dicen “batalla cultural”

sin explicar de qué se trata. Y es

porque efectivamente no saben

de qué se trata.

Contrario a lo que fue instalado

por esos intelectuales en

el sentido común de nuestra

militancia sin doctrina, la batalla

cultural no es una lucha

entre individuos a ver quién

tiene la razón. No es colgarse

un pañuelo para “dar el ejemplo”

y esperar que los demás se

pongan de acuerdo con uno, no

es ser un “kuka” e ir a pelearse

con el vecino “globo”. Eso es

simplemente generar fracturas

innecesarias entre las clases

populares. La batalla cultural es

otra cosa.

De acuerdo con el autor de

la categoría, el revolucionario

italiano Antonio Gramsci, la

batalla cultural es una lucha al

interior de las instituciones de

la sociedad civil, con el objetivo

de copar, de hegemonizar

esas instituciones y controlar el

contenido del mensaje que ellas

emiten.

En una palabra, no se trata de

salir a convencer de a uno. Eso

sirve para ganar unas elecciones

y con los dientes muy apretados.

Para ganar realmente la batalla

cultural y abandonar el famoso

péndulo que va de ciclos de gobierno

de los pueblos a ciclos de

gobierno de los ricos es necesario

controlar las instituciones y

convencer de a muchos, convencer

de un solo saque a todos los

que creen en esas instituciones.

Eso es lo que pasa en Venezue-

Vladimir Padrino López, jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y ministro

del Poder Popular para la Defensa de Venezuela: el as de espadas que Maduro

tiene en la manga y resultado del triunfo del chavismo en la batalla cultural.

37 HEGEMONIA - febrero DE 2019


la, donde el chavismo ya ganó la

batalla cultural y por eso no va a

caer. A cada intentona golpista,

la institución fuerzas armadas

sale a respaldar al gobierno socialista,

reafirmando su lealtad

y subordinación al conductor.

A cada embestida de oposición

cipaya, sale la institución poder

judicial a confirmar que el gobierno

chavista es legítimo y que

no puede ser derrocado, que eso

sería ilegal.

Y ahí tenemos dos ejemplos

de institución —fuerzas armadas

y poder judicial— que tanto

en Argentina como en Brasil

los pueblos estamos muy lejos

de controlar. Las controlan las

minorías oligárquicas desde

siempre y las usan para golpear

una y otra vez a los gobiernos

de tipo nacional-popular hasta

destruirlos y reemplazarlos por

un gobierno de ricos. Ellos están

ganando la batalla cultural aquí

y por eso logran hacer eso, cosa

que es imposible en Venezuela y

en Bolivia, por ejemplo.

En Argentina no controlamos

el poder judicial y nos inventaron

un Nisman, nos tienen

a la conductora atosigada por

denuncias y procesos inventados.

En Brasil no controlamos

el poder judicial y por eso Lula

está preso, por eso la Corte

Suprema avaló el golpe institucional

contra Dilma Rousseff.

Tampoco controlamos las

fuerzas armadas, ni aquí ni en

Brasil, y entonces no podemos

contar con ellas para defender

la soberanía nacional. Más bien

todo lo contrario: las fuerzas armadas

en estos países siempre

han sido cómplices del saqueo

y brazo ejecutor de la represión

necesaria para que el saqueo

tenga lugar.

Cuando Maduro dice que “la

unión cívico-militar garantiza la

paz en Venezuela”, está diciendo

eso, está diciendo que controla

las principales instituciones

de la sociedad civil y que ni

lo intenten, porque el gobierno

socialista no va a caer. Por un

lado, los golpistas se van a encontrar

con las armas; por otro,

van a chocar contra la ley.

No hay forma de derrocar a

Maduro sin una intervención

militar directa por parte de las

potencias occidentales, puntualmente

los Estados Unidos.

No hay forma de hacerlo como

no pudo hacerse con Al-Assad

en Siria, porque Al-Assad

también tiene el control de las

instituciones en ese país, quizá

incluso más que Maduro y que

Morales en Bolivia y Venezuela.

Maduro tiene hoy el apoyo de

los países emergentes que le

están disputando la hegemonía

a los Estados Unidos, tiene la

lealtad de las fuerzas armadas,

tiene un poder judicial que no

es golpista y tiene un pueblo

armado y dispuesto a defender

la soberanía nacional en cada

pueblo, en cada esquina y en

cada recoveco del territorio.

Maduro solo tiene que jugar

bien y aguantar, solo tiene que

seguir el ejemplo de Bashar

Al-Assad. No hay ofensiva que

dure cien años y normalmente

en menos de diez los atacantes

caen derrotados cuando existe

la resistencia.

*Erico Valadares

Además de sus fuerzas armadas regulares, que están preparadas y dispuestas a todo, Venezuela cuenta con alrededor de 1,6

millones de hombres y mujeres de la Milicia Bolivariana. El escenario para una invasión militar de Estados Unidos se asemejaría

muchísimo al de Vietnam: guerra prolongada, pesadilla y derrota humillante. Y el Pentágono lo sabe perfectamente.

38 HEGEMONIA - febrero DE 2019


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