La Sirena Varada: Año III, Número 15
El decimoquinto número de La sirena varada: Revista literaria
El decimoquinto número de La sirena varada: Revista literaria
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· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·<br />
<strong>La</strong> sirena varada<br />
R E V I S T A L I T E R A R I A<br />
es una publicación de<br />
EDITORIAL DREAMERS<br />
libros digitales, gratuitos y legales<br />
LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL<br />
<strong>Año</strong> 3, N° <strong>15</strong>, enero 2019 es una publicación mensual<br />
editada por Digital Robotic Entity Assembled for Masterful<br />
Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:<br />
Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.<br />
www.editorialdreamers.com<br />
Director y editor responsable: José Luis Vázquez<br />
Ilustración de portada: warmtail<br />
Ilustraciones: The British Library’s collections<br />
<strong>La</strong>s opiniones expresadas por los autores no necesariamente<br />
reflejan la postura del editor, sin embargo, la<br />
editorial respalda todas las opiniones al aceptar su aparición<br />
en esta revista.<br />
Queda estrictamente prohibida la reproducción total o<br />
parcial de los contenidos e imágenes de la publicación<br />
sin previa autorización de Digital Robotic Entity<br />
Assembled for Masterful Editing and Rational Sabotage<br />
S.A.S. de C. V. o los respectivos autores.<br />
© 2019<br />
DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED<br />
FOR MASTERFUL EDITING AND<br />
RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.<br />
todos los derechos reservados<br />
SOBRE<br />
ESTE<br />
NÚMERO<br />
Iniciamos el tercer año en <strong>La</strong> <strong>Sirena</strong><br />
<strong>Varada</strong> con el decimoquinto número.<br />
Es un logro muy importante para<br />
todos los que estamos involucrados en<br />
esta revista porque, poco a poco, nos<br />
hemos posicionado entre el gusto de<br />
muchos lectores, principalmente en<br />
México y países de Sudamérica.<br />
Esto nos llena de alegría porque, de<br />
una forma u otra, estamos brindando<br />
un espacio sólido a todos aquellos autores<br />
que tienen algo que decir.<br />
Sin embargo, y esto me gustaría platicarlo<br />
más como una anécdota que<br />
como una queja o reclamo, por alguna<br />
extraña razón son más los autores que<br />
no se toman el tiempo para cumplir correctamente<br />
con la convocatoria.<br />
Es muy curioso que esto suceda, porque<br />
considero que un autor es una persona<br />
que tiene la capacidad de leer y analizar<br />
correctamente los textos que se les<br />
pongan en frente; pero me he dado cuenta<br />
que, muchas veces, estoy en un error.<br />
De entre todos los errores que muchos<br />
autores cometen al enviar su participación,<br />
el más extraño y más preocupante<br />
es aquel en el cual confunden<br />
el concepto de palabra con caracter; y<br />
es que, muchas veces, en lugar de enviarnos<br />
un texto con un máximo de seis<br />
mil caracteres (que, en promedio, suelen<br />
ser de novecientas a mil palabras),<br />
nos envían textos de entre cuatro mil a<br />
seis mil palabras.
Esta situación me tiene muy preocupado<br />
por un motivo en específico: los<br />
autores, que supuestamente se dedican<br />
a escribir, no son capaces de leer<br />
un texto a conciencia.<br />
Por supuesto que al decir esto no<br />
pretendo decir que eso los hace malos<br />
autores o que los hace peores personas;<br />
realmente, lo que me interesa<br />
decir con esto, es que la epidemia de<br />
la falta de lectura y de la mala comprensión<br />
lectora está llegando incluso<br />
a aquellos que se supone deberían ser<br />
los primeros en saber leer.<br />
Como autores —finalmente yo también<br />
me considero un autor— no podemos<br />
esperar que las personas lean<br />
y comprendan lo que nosotros queremos<br />
comunicar a través de nuestros<br />
trabajos si nosotros no nos tomamos el<br />
tiempo de hacer lo mismo con aquello<br />
que nos interesa.<br />
Para mí es horrible no poder publicar<br />
la obra de un autor que vale la pena,<br />
simplemente porque no leyó correctamente<br />
las instrucciones —o tal vez<br />
porque le valió y mandó lo que quiso,<br />
también ha pasado.<br />
De verdad, lean y comprendan, no<br />
solo por cortesía, sino por su propio<br />
beneficio y por no buscarse un problema<br />
a futuro
4
RELATOS<br />
5
GAZUZA<br />
Por Manuel Rodríguez<br />
6
—Vi que la gente caminaba por los pasillos<br />
murmurando y cubriéndose la<br />
boca, así que fui a ver qué sucedía. Al<br />
llegar, sorprendí a un niño tomando<br />
carne de los refrigeradores, comiéndola;<br />
gruñía y babeaba. El chico me percibió<br />
y al girarse pude ver su boca cubierta<br />
de grasa y unicel, estaba masticando<br />
hasta los platos. Muchos niños roban<br />
enlatados y ropa interior de la tienda,<br />
pero no carne cruda, y mucho menos<br />
se la comen.<br />
—Siga, por favor.<br />
—Sí, disculpe; me acerqué y le pedí<br />
que me acompañara, le dije que no<br />
podía estar haciendo eso y lo tomé del<br />
brazo, su olor era muy desagradable;<br />
las personas que estaban ahí me miraron<br />
como si estuviera matando a una<br />
foca, así que me lo llevé a rastras por el<br />
pasillo para sacarlo de la tienda y terminar<br />
pronto con el asunto, pero antes de<br />
cruzar las cajas el niño me mordió los<br />
dedos y se soltó; me gruñó y corrió hacia<br />
la salida, pedí apoyo por radio a lo<br />
que tres de mis compañeros de piso respondieron.<br />
Salimos al estacionamiento<br />
a buscarlo pero no vimos nada, así que<br />
nos separamos. Germán López, uno de<br />
los elementos, nos avisó por radio que<br />
lo tenía ubicado cerca de las bodegas de<br />
la tienda, a un par de minutos de donde<br />
yo estaba, por lo que fui el primero en<br />
llegar; ahí encontré el cuerpo del compañero<br />
Germán debajo de un monta<br />
cargas, estaba decapitado; saqué mi<br />
arma, estaba por reportar el homicidio<br />
cuando el niño brincó desde la caja de<br />
un tráiler que estaba a mis espaldas y<br />
me aventó al suelo; lo vi masticando un<br />
pedazo del rostro de Germán, le colgaba<br />
de la boca mientras lo engullía. Mis<br />
otros dos compañeros llegaron detrás<br />
de mí para dar apoyo, le gritaban que se<br />
estuviera quieto, pero el niño no obedeció,<br />
saltó por encima de nosotros y comenzó<br />
a correr por los techos de los autos,<br />
brincaba en cuatro patas, como un<br />
animal; mis compañeros abrieron fuego,<br />
me levanté y les dije que no dispararan,<br />
que era un niño y que estaba desarmado,<br />
pero al ver el cuerpo de Germán enfurecieron;<br />
siguieron disparando hasta<br />
herirlo en una pierna; me puse frente<br />
a ellos para que no lo mataran pero me<br />
empujaron y fueron por él, yo corrí para<br />
detenerlos o detener al chico y entregarlo;<br />
no sé, evitar algo peor. El niño salió<br />
del estacionamiento, lo perseguimos,<br />
pero en la calle lo perdimos de vista;<br />
caminé rápido por la Alameda Central<br />
mientras mis compañeros tomaban dos<br />
avenidas paralelas para flanquearlo, al<br />
llegar al Hemiciclo pude verlo dentro<br />
del parque, me miraba desde una jacaranda,<br />
le ordené que se quedara quieto<br />
pero se perdió otra vez entre los árboles,<br />
corrí y encontré un rastro de sangre en<br />
la tierra. Seguí el rastro por varias cuadras<br />
hasta este edificio abandonado<br />
pero no entré, mis otros dos compañeros<br />
aparecieron corriendo del fondo de<br />
la cuadra y se metieron, les dije que pidiéramos<br />
apoyo pero me ignoraron, yo<br />
me quedé afuera, segundos después<br />
escuché gritos y balazos, luego aventaron<br />
sus cabezas por la puerta y llegaron<br />
rodando hasta mis pies, estaban despedazadas,<br />
como roídas; fue entonces que<br />
pedí apoyo completo a mis superiores,<br />
clave doce; a los cinco minutos llegaron<br />
todas las patrullas que hacen la barrera<br />
que usted ve detrás de nosotros, el comandante<br />
llegó después; le conté todo,<br />
pero me dijo que eran puras pendejadas,<br />
que esto era culpa de los cárteles, que el<br />
niño ese de seguro se peló por otro lado<br />
y que yo tenía que pagar la carne y todo<br />
7
lo que se había tragado por incompetente.<br />
Me ordenó que por protocolo le<br />
rindiera declaración a usted para abrir<br />
carpeta, eso fue todo.<br />
—Oficial Cavallares, esta declaración<br />
queda sujeta al uso de la Procuraduría, le<br />
pido que firme aquí y aquí por favo;, y aquí,<br />
aquí, y aquí también, y al calce en la última<br />
hoja con su nombre y número de placa.<br />
—No me cree.<br />
—Sí, sí, repórtese a su unidad y manténgase<br />
detrás de la línea, van a entrar.<br />
—Hay un niño ahí adentro, ¿qué no<br />
me está oyendo?<br />
El hombre vio con sorna a Cavallares,<br />
se dirigió a su patrulla y guardó la declaración<br />
en la guantera mientras una<br />
redada de policías se preparaba para<br />
entrar al edificio; un grito dio la orden<br />
para ingresar; tubos de gas volaron al<br />
interior del lugar, doce hombres bien<br />
armados ingresaron bajo las órdenes<br />
del comandante de Cavallares mientras<br />
los que quedaron afuera estaban<br />
atentos; un disparo rompió el silencio,<br />
hubo gritos, luego una tormenta de balas<br />
ensordeció el lugar; todo quedó en<br />
silencio y oliendo a pólvora; comenzó a<br />
llover. Un oficial de alto rango intentó<br />
sin éxito contactar desde su radio al escuadrón<br />
que había ingresado; el gas se<br />
disipó en la oscuridad y un perro apareció<br />
cojeando en la entrada jadeando;<br />
alguien gritó «Saquen a ese perro de<br />
8
ahí, carajo». El oficial Cavallares corrió<br />
para quitarlo usando su chamarra para<br />
cubrirlo, todos aguardaban apuntando<br />
nerviosos; el perro miró al oficial y cayó<br />
fatigado, Cavallares lo apretó contra su<br />
pecho para llevarlo fuera del perímetro,<br />
una vez a salvo lo colocó en una de las<br />
jardineras del parque; el animal se lamía<br />
compulsivamente una pata; tenía<br />
una herida de bala y no dejaba de llorar,<br />
el oficial lo revisó, tanteando con sus<br />
dedos apenas rozando el pelo mojado.<br />
—Vas a estar bien amigo, la bala salió,<br />
necesitamos entablillarla nada más.<br />
Una voz agónica sonó desde el interior<br />
del edificio.<br />
—¡Auxilio, tenemos heridos!<br />
—Ahora vengo.<br />
Cavallares regresó para dar apoyo, se<br />
colocó detrás de la puerta abierta de<br />
una patrulla, apuntando su arma hacia<br />
la entrada mientras otro escuadrón entraba<br />
al lugar; exhaló, estiró su brazo y<br />
acomodó el retrovisor en dirección a la<br />
jardinera donde había dejado al perro;<br />
alternaba su atención; edificio, perro,<br />
edificio, perro, edificio… Cavallares se<br />
paralizó al ver al niño perseguido sentado<br />
en la jardinera cubierto con su chamarra<br />
de policía, se giró para poder ver<br />
con claridad cómo el chico se levantaba<br />
para caminar hacia la Alameda Central,<br />
mientras la lluvia limpiaba el rastro de<br />
sangre que dejaba la herida en su pierna.<br />
9
LOS<br />
HUÉSPEDES<br />
Por Adriano Gonzalez<br />
10
Corría el mes de julio en el pequeño<br />
poblado de Villa Hidalgo. El cuartel<br />
de policía, que solo tenía al servicio<br />
a diez hombres y siete mujeres, gozaba<br />
de uno de esos días en los que la gente se<br />
porta como gente civilizada y no causaban<br />
problemas. El teniente Obregón era<br />
quien estaba a cargo. Los oficiales se reunían<br />
en el comedor para hablar y jugar<br />
cartas y así matar el tiempo.<br />
Los hombres reían y expresaban su<br />
alegría mientras uno ganaba tres carmines<br />
al cadete Jiménez. Era algo normal<br />
que los mayores le hicieran esas<br />
novatadas a los novatos.<br />
—Ya estoy aburrido de ganarle el dinero<br />
a Jiménez —dijo uno de los oficiales, estirándose<br />
y bostezando del aburrimiento.<br />
—¿Qué tal si nos cuentas por qué te<br />
transfirieron a Villa Hidalgo?<br />
José Amira Jiménez había sido trasladado<br />
de Cadereyta a Villa Hidalgo<br />
dos semanas atrás. En Cadereyta era<br />
detective, pero al ser transferido lo<br />
habían destituido a oficial de tránsito,<br />
un descenso considerable teniendo en<br />
cuenta que era un oficial ejemplar.<br />
Jiménez asintió, preferiría no hablar<br />
de eso. Los demás oficiales bramaron<br />
con menosprecio.<br />
—Andale, novato. Cuéntanos. No debe<br />
ser nada del otro mundo —el oficial Ramírez<br />
se acercó para susurrarle en medio<br />
de la mesa, cuidando no ser escuchado<br />
por el teniente Obregón—. ¿Fue<br />
por drogas?<br />
Jiménez se exaltó.<br />
—¡No! Estoy limpio —los oficiales<br />
hostigaron a Jiménez para que contará<br />
hasta que el teniente intervino.<br />
—Jiménez fue trasladado ya que fue<br />
el detective del caso de Ángeles Atalo.<br />
Si el desea no hablar de eso, les pido<br />
que lo dejen en paz.<br />
Los oficiales que lo habían estado<br />
acosando palidecieron al escuchar al<br />
teniente hablar.<br />
El caso de Ángeles Atalo era conocido<br />
por todo el país. Había sido retratado<br />
en la historia como «<strong>La</strong> mujer de las<br />
pieles». Ángeles había sido una mujer<br />
que de la noche a la mañana comenzó<br />
a coleccionar pieles humanas como si<br />
de conejos se tratara. Durante el interrogatorio<br />
confesó que había comenzado<br />
con la piel de su vecina. Aquella<br />
mujer siempre alardeaba de la suavidad<br />
de su piel y de cómo las células<br />
madre habían restablecido sus arrugas.<br />
Vecinos cercanos decían que, durante<br />
la madrugada, cuando la familia dormía,<br />
se veía la figura de dos personas<br />
mirando por la ventana hacia la calle.<br />
Pensaban que la pareja solo había sido<br />
despertada por sus hijos y no le dieron<br />
importancia. Sus hijos tenían diez años<br />
y eran gemelos. Solían tener muchas<br />
pesadillas. Para un policía con experiencia<br />
de Cadereyta o de Villa Hidalgo<br />
esta historia no era gran cosa; el esposo<br />
engañaba a la mujer y en su histeria<br />
asesino a los niños. Pero todos los oficiales<br />
que acudían a la casa de Ángeles<br />
no regresaban, al menos no con vida.<br />
Mientras las desapariciones crecían<br />
más oficiales eran enviados.<br />
Cuando la hija de la familia Torres<br />
desapareció. Los niños habían comenzado<br />
a faltar a la escuela.<br />
En aquel entonces el detective Jiménez<br />
fue el encargado de la investigación.<br />
Pues aquella chica desaparecida<br />
era su sobrina.<br />
Al llegar a la casa de la señora Atelo<br />
no había nadie, pero un fuerte olor<br />
a sangre recorría los pasillos y las paredes<br />
estaban llenas de rasguños. Se<br />
escuchaban sonidos desde el sótano<br />
11
así que avanzó con cautela. Al bajar<br />
un fuerte dolor de cabeza lo invadió.<br />
Lo Habían golpeado tan fuerte que se<br />
había desmayado. Al despertar se encontraba<br />
atado de manos en una tina<br />
con agua. Su piel estaba arrugada y su<br />
nuca sangraba. Una mujer alta, como<br />
de unos treinta y cinco años, se acercó<br />
a él con la ropa llena de sangre y un cuchillo<br />
en la mano.<br />
—Otro oficial irrumpiendo en mi casa.<br />
<strong>La</strong> mujer se acercaba, arrastrando el<br />
cuchillo por la tina, deslizándolo lentamente<br />
por el cuello del detective.<br />
<strong>La</strong> mirada del detective se volvió turbia<br />
cuando un par de manos comenzaron<br />
a masajear sus hombros suavemente.<br />
—Ay, Ángela, lo vas a poner tenso, no<br />
me gusta la carne tensa. <strong>La</strong> prefiero<br />
tierna... Y jugosa —aquel hombre pasó<br />
su lengua sobre la oreja del detective y<br />
este hizo que arremetiera un golpe con<br />
su cabeza lacerada.<br />
No pudo ver el rostro del hombre,<br />
pero entonces otro bajo por las escaleras<br />
y odió verlo. Su piel totalmente negra<br />
como el hollín, sus ojos sin pupilas<br />
lo miraban fijamente y no gesticulaba<br />
ninguna palabra, la ropa que usaba era<br />
de cuero pero de un cuero lleno de suturas;<br />
eran los tajos de las pieles que la<br />
mujer había cortado.<br />
El detective Jiménez no recordaba<br />
cuánto tiempo había estado allí, pues<br />
la mujer tenía un ritual que llevaba<br />
días; en ese tiempo pudo ver que los<br />
12
hombres no tenían párpados ni reflejo<br />
con la luz. Los hombres aparecían y<br />
desaparecían en las sombras y siempre<br />
susurrando al oído de Ángela sobre<br />
como necesitaba matar más para poder<br />
ver a Dios. Cuando el momento del detective<br />
llegó para ser desolado, la puerta<br />
fue azotada y los refuerzos estaban<br />
llegando. Había dejado la instrucción<br />
de mandar refuerzos si se perdía el contacto.<br />
Aquellos hombres se esfumaron<br />
con la luz del día y la mujer fue arrestada<br />
y enviada al sanatorio Redfield.<br />
Un mes después, Jiménez solicitó<br />
su traslado a Villa Hidalgo. Después de<br />
aquellos días comenzó a ver a los hombres<br />
en su propia casa, mirándolo por<br />
los espejos y las ventanas. Uno de ellos<br />
se acercaba en las noches para susurrarle<br />
cosas al oído.<br />
—Vamos a Villa Hidalgo. Seguro ahí encontraremos<br />
a Dios —Jiménez intentó ignorarlo,<br />
pero comenzaron a volverse persistentes.<br />
Debido a eso solicitó su traslado.<br />
Al terminar la historia, los oficiales<br />
quedaron helados y con las bocas<br />
abiertas. Ni la prensa ni los archivos<br />
habían mencionado esas partes. Todos<br />
en la estación saltaron de miedo<br />
cuando el teléfono sonó; había un robo<br />
a una tienda. Jiménez y Rodríguez fueron<br />
enviados y mientras iban en camino<br />
Jiménez los vio, ambos hombres<br />
sentados en la parte trasera, mirándolo,<br />
con aquellas miradas blancas y vacías<br />
que tenían.<br />
13
REFLEJO DE<br />
NOCHE FRÍA<br />
Por Jesús Alberto Galván Rosales<br />
14
Dejé mi departamento, empaqué<br />
mi ropa, mis papeles y mi cuadro<br />
favorito; en él se puede ver a un<br />
sujeto con una daga clavada en el abdomen,<br />
mientras sostiene en su mano<br />
una pistola. No me importa realmente<br />
su significado, fue un regalo de Javier,<br />
el otro hijo de mi madre.<br />
Siempre he sido un solitario, el único<br />
amigo que tenía era mi hermano, era<br />
mayor por cuatro minutos y todos solían<br />
decir que yo era un reflejo de él, cuando<br />
murió tuve que mudarme a su casa para<br />
hacerme cargo de la niña; a esta solo se le<br />
podía ver a través del reflejo en el espejo,<br />
así que, con nuestra amistad en común<br />
dentro de un ataúd y bajo tierra, la niña<br />
y yo nos volvimos buenos amigos. Javier<br />
no hablaba mucho de ella y el cuidarla al<br />
momento de su muerte fue mi decisión,<br />
creo que así lo habría querido.<br />
Para poder verla todo el tiempo llené<br />
las paredes de la casa con espejos de<br />
todas formas y tamaños, en la puerta<br />
principal coloqué uno enorme que la<br />
cubría casi por completo, dejando al<br />
mirador como la única parte de la puerta<br />
sin espejo, al final, pocos eran los<br />
rincones de la casa donde la niña podía<br />
estar sin que yo la percibiera. Dejé<br />
el cuarto de mi hermano tal y como lo<br />
dejó, sin espejos, la niña se refugiaba<br />
ahí las pocas veces que llegamos a enojarnos<br />
el uno con el otro.<br />
Nos divertíamos juntos, cuando llegaba<br />
del trabajo le platicaba mi día<br />
y jugábamos. Nuestro juego favorito<br />
era el de las escondidas, los espejos le<br />
daban a la clásica diversión más dinamismo<br />
y dificultad. Una noche fría nos<br />
encontrábamos jugando, la encontré<br />
después de buscarla por más de trece<br />
minutos, la pequeña había batido esa<br />
noche su propio record personal.<br />
—¡Te tengo! —grité, al ver su larga cabellera<br />
en el reflejo del espejo en forma de<br />
rombo colgado a un lado del refrigerador.<br />
Era mi turno de esconderme y escogí<br />
un lugar que jamás había usado antes,<br />
el cuarto de mi hermano. Era gracioso<br />
porque, si llegaba a encontrarme yo no<br />
lo sabría, pues no hay espejos donde<br />
mi amiga pueda reflejarse. Esperaba<br />
en esos momentos a que la pequeña<br />
me encontrara cuando me encontré<br />
una foto de Javier, todos tenían razón;<br />
el ver su rostro era igual que verme al<br />
espejo… De repente, un fuerte sonido<br />
invadió toda la casa, un sonido fantasmal,<br />
me hizo temblar y podría jurar que<br />
muchos espejos estuvieron a punto de<br />
caerse… Alguien golpeaba la puerta<br />
con desesperación.<br />
Salí de mi escondite y corrí hacia la<br />
puerta principal, la curiosidad era más<br />
grande que cualquier manifestación de<br />
miedo, me asomé por el mirador, a solo<br />
unos centímetros de mí, al otro lado de<br />
la puerta, se encontraba un hombre<br />
azotando la puerta, tenía un cuchillo<br />
empuñado en su mano derecha, un<br />
objeto extraño en su mano izquierda<br />
y le escurría sangre en ambas manos<br />
y brazos, sangre fresca. Con horror y<br />
sintiendo como el pánico se apoderaba<br />
de mí, volteé y busqué a la niña; Ella se<br />
encontraba justo enfrente de mí. Pero<br />
yo tenía que verla buscando su reflejo.<br />
—Te encontré, eres muy malo escondiéndote<br />
—me dijo, ignorando la situación.<br />
—Hay un hombre afuera que… —empecé<br />
a contarle.<br />
—No le abras —me advirtió, interrumpiéndome—,<br />
así murió tu hermano.<br />
Me encontraba procesando sus palabras.<br />
¿Javier había muerto apuñalado<br />
por un hombre que tocó a su puerta?<br />
¿<strong>La</strong> sangre que llevaba por todos los<br />
<strong>15</strong>
azos era la de mi hermano? ¿Me regaló<br />
la pintura del hombre profesando su<br />
destino? ¿Era todo esto real?<br />
Todas mis ideas creaban un remolino<br />
de sentimientos y sin darme cuenta,<br />
ya estaba en mi cuarto sosteniendo la<br />
pistola que hace unos ayeres perteneció<br />
a mi padre. Salí de la habitación y<br />
nuevamente decidí echar un vistazo<br />
al mirador, tal vez el sueño me había<br />
jugado una muy pesada broma… Del<br />
otro lado seguía el sujeto ahí, daba patadas<br />
hacia atrás y cuando levantó la<br />
cabeza era él. ¡Era Javier! Traté de abrir<br />
la puerta… Estaba cerrada.<br />
<strong>La</strong> niña me llamó, giré hacía ella y<br />
sentí como clavó un cuchillo en mi abdomen,<br />
sentí el frío de la hoja de metal<br />
recorriendo mis intestinos, lo retiré con<br />
dolor insoportable, traté de tapar la hemorragia<br />
con ambos brazos y manos,<br />
pero era inútil. Traté de abrir la puerta<br />
con el cuchillo aún en mi mano derecha,<br />
pero era inútil. Traté de gritar pero no<br />
pude, solo quería huir de la niña. Con<br />
cuchillo en mano, pistola en la otra y<br />
brazos débiles manchados de sangre<br />
golpeé la puerta. <strong>La</strong> azoté con la poca<br />
fuerza que me quedaba. Tenía mucho<br />
miedo… la niña… yo solo daba patadas<br />
hacia atrás esperando que una le diera.<br />
—Te encontré, eres muy malo escondiéndote<br />
—escuché del otro lado de la<br />
puerta, aún cerrada. Dejé de golpear y<br />
aceptando mi muerte levanté la cabeza<br />
hacia el mirador.<br />
No estoy seguro de si fue mi rostro,<br />
el de mi hermano o el de la niña, pero<br />
estoy seguro de que lo último que vi fue<br />
un reflejo.<br />
16
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17
EL<br />
NAHUAL<br />
Por Tomas Alejandro Apan<br />
18
Corría a toda velocidad, con todas<br />
sus fuerzas, más como volar; Citlali<br />
intentaba escapar. <strong>La</strong>rgos y<br />
gruesos cabellos le cubrían la cara; un<br />
mar de lágrimas salía de sus ojos y en<br />
cuanto al vestido, ese vestido blanco<br />
que tanto cuidaba y amaba, ya no le<br />
importaba que se manchara.<br />
Un joven hombre la observaba a la<br />
distancia. Recargado en el muro, con<br />
los brazos cruzados, él la odiaba. En<br />
otro tiempo, en otras circunstancias,<br />
no la hubiera dejado escapar. Habría<br />
corrido por ella, le habría gritado y la<br />
habría alcanzado. Habría puesto su<br />
mano sobre su cara y la habría castigado.<br />
Ahora, pensaba, la iba a dejar. Dejaría<br />
que el hambre y el desierto hicieran<br />
su trabajo y solos ellos la pusieran en<br />
su lugar.<br />
Todos sabían las historias. Todo el<br />
pueblo conocía las leyendas y cada<br />
poblador decía saber de alguien que<br />
lo había presenciado, alguien de quién<br />
nunca más volvieron a escuchar.<br />
Adentrándote al desierto, cruzando<br />
el primer cerro y dirigiéndote al noroeste,<br />
se hablaba de un rio, un rio salado<br />
tan muerto como la tierra que lo rodeaba.<br />
No era, sin embargo, el río la causa<br />
de que ningún ser vivo se acercara.<br />
Se hablaba de un hombre o una mujer<br />
nacida de la maldad. Alguna clase<br />
de brujo o hechicero compartiendo<br />
cuerpo con el diablo. <strong>La</strong>s más viejas le<br />
decían Nahual: un ser terrible, completamente<br />
maligno, cuya forma cambiaba<br />
siempre por voluntad. Un ente casi<br />
sagrado que había perdido por completo<br />
su humanidad. Existía un cuento<br />
que hablaba de una persona, sin nombre<br />
ni familia, que dio todo por ser inmortal;<br />
desafió a sus dioses y ellos le<br />
condenaron quitándole su identidad.<br />
Él vivía en el río. Se alimentaba de<br />
seres pequeños y tomaba el agua producto<br />
de la mortalidad. Atraía vidas<br />
inocentes y las ofrecía en sacrificio en<br />
el fondo del raudal. Sin compasión ni<br />
misericordia, a sangre fría y mano rápida,<br />
nadie había visto al nahual sin haber<br />
sido ofrecido al mar.<br />
—¡Vaya pendejada! —se dijo Citlali,<br />
enojada—. Vieja pendeja.<br />
Seguía corriendo pero ya no lloraba.<br />
El pueblo había quedado atrás y ahora<br />
solo para ver el desierto volteaba. Ya<br />
había cruzado el cerro y los muchos<br />
metros que quedaban. Alcanzaba a ver<br />
el río y su color, oscuro y brillante, se<br />
apreciaba. Sin embargo, mas allá de<br />
dudar de su intención, sus pies dolían<br />
y sus piernas pesaban.<br />
Se detuvo un momento a tomar aire<br />
y colocó sus manos en la cintura.<br />
—Mi abuela era una pendeja —mencionó<br />
mientras respiraba—. Nahual…<br />
Que pendejada decía.<br />
Citlali tomó otro fuerte respiro, levantando<br />
su pecho, y se puso a caminar.<br />
Cada vez estaba más cerca del río y<br />
hasta ahora no había visto siquiera algún<br />
animal. El sol pegaba fuerte y la luz<br />
rebotaba. Con su frente de sudor y su<br />
vestido de tierra, pensaba: ¿Era capaz<br />
ella de hacer eso? Bueno, no tenía otra<br />
opción. Estaba decidida. Más decidida<br />
que jamás. Decidida y decidida.<br />
Alcanzo la rivera y se quitó la ropa.<br />
Colocó su blanco vestido en el suelo<br />
con mucho cuidado y se puso a llorar.<br />
Intentando no gritar, completamente<br />
desnuda, metió ambo pies al cauce y<br />
gritó; solo su cabeza sobresalía. Abrió<br />
la boca y empezó a tragar el agua, a tragar<br />
como si nunca la hubiera tomado.<br />
Uno, dos y tres grandes sorbos antes<br />
de que se empezara a ahogar. Tosió y<br />
19
tosió hasta que finalmente se calmó. Al<br />
levantar su vista, completamente débil,<br />
no pudo creer lo que había escupido.<br />
Una vieja y fea flor salió de su boca<br />
hasta alcanzar la espalda de una mujer.<br />
Desnuda, ella también tosía. Su largo<br />
y grueso cabello negro la cubría por<br />
completo. Citlali empezó a grita.<br />
—¡Niña! —dijo una voz a lo lejos, una<br />
gruesa y fuerte voz de una anciana.<br />
—¿A…bue...la? —chilló Citlali, pero su<br />
llanto le impedía hablar. Movía sus manos<br />
y pies a todas direcciones; parecía<br />
que algo la jalaba. No un cuerpo u otro<br />
ser, sino el río, que no la dejaba.<br />
Gritaba y gritaba y solo con su llanto<br />
se ahogaba. No sabía si era Dios, el diablo<br />
o quién el que la estaba castigando.<br />
<strong>La</strong> voz de su abuela parecía cada vez<br />
más lejos.<br />
—¿En serio te querías deshacer de él<br />
así? —le preguntó la vieja, burlándose<br />
al hablar. Citlali apenas podía reaccionar.<br />
Todavía batallando contra el agua<br />
e intentando escapar, puso un último<br />
esfuerzo en gritar.<br />
—¡Sácame!<br />
<strong>La</strong>s lágrimas se convirtieron en cauce<br />
y la luz se convirtió en oscuridad. Citlali<br />
se percató de que ya está dentro del<br />
raudal. Aquella lejana voz de su abuela,<br />
que tanto reía, había estado siempre ahí<br />
en la orilla; contemplaba mientras la joven<br />
mientras caía. Un gran pez tomó por<br />
sorpresa las dos vidas y se sumergió;<br />
aquel río salado ya las había tragado.<br />
20
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21
EL<br />
TAMBOR<br />
Por Cristian Méndez Paternina<br />
22
Los Valdivia escucharon el tambor a<br />
mediados de septiembre. Al principio<br />
pensaron que se trataría de ratas<br />
que emergían de las cloacas con la<br />
puesta de sol, pero cuando Fernando<br />
Valdivia puso mayor atención a las percusiones<br />
encontró que estas tenían un<br />
ritmo: algo difícil de adjudicarle a las<br />
azarosas rutas de un animal nocturno<br />
y que lo inquietó mucho.<br />
Eran nuevos en el sector y poco sabían<br />
de la vida silvestre que merodeaba<br />
por allí, así que le restaron importancia<br />
al asunto. «Si los pájaros cantan<br />
bonito, ¿por qué una rata no puede<br />
tener tacones y caminar con elegancia?<br />
Este es un barrio exclusivo, Fernando.<br />
Hasta las ratas son glamurosas por<br />
aquí», dijo Eleonora de Valdivia en un<br />
tono mordaz, salpicando de indiferencia<br />
el peculiar hallazgo de su esposo.<br />
Él, como era su costumbre en esos casos,<br />
se encogió de hombros para evitar<br />
una discusión que con toda seguridad<br />
concluiría con él durmiendo en el sofá<br />
de la sala, y fue esa la razón por la que<br />
dejó de espantarle el sueño a su esposa<br />
y se entregó solitario al batir de los cueros,<br />
que trataba de arrancarle en cada<br />
golpe el recuerdo de una historia que<br />
palpitaba en algún recóndito lugar de<br />
su corazón.<br />
Fernando empezó vendiendo cocos<br />
fríos en las playas. Era apenas un niño<br />
pero ya disfrutaba colándose entre los<br />
turistas millonarios que encontraban<br />
un paraíso donde él no veía más que<br />
palmeras erigidas como barrotes y callejuelas<br />
tramposas que no llevaban a<br />
ninguna parte, porque allí todo era fantasía:<br />
la arena se le antojaba como vidrio<br />
molido y el mar le parecía un abismo<br />
egoísta e insondable que nunca lo<br />
dejaría salir, a menos que fuese con<br />
un tiquete de avión o como empleado<br />
en un crucero. Con la juventud en flor<br />
abandonó la escuela y consiguió un<br />
empleo de temporada como mesero<br />
en los hoteles de la zona turística. Allí<br />
aprendió a preparar bebidas exóticas,<br />
que no eran más que los jugos tradicionales<br />
de su isla mezclados con alcohol.<br />
De cualquier manera el talento fue<br />
advertido por los administradores del<br />
hotel, que de inmediato lo enviaron a<br />
profesionalizarse en la capital.<br />
El día de su partida Fernando vio la<br />
isla reducida a una mancha insignificante<br />
y peligrosa, como esas plantas<br />
carnívoras que seducen antes de matar.<br />
De pronto lo asistió el deseo de despedirse<br />
de ella, pero en vez de eso la maldijo<br />
y le dio la espalda.<br />
Una carrera exitosa y un vertiginoso<br />
ascenso lo pusieron en cruceros que lo<br />
llevaron por todo el mundo. Llegaba a<br />
islas plagadas de turistas alegres y de<br />
nativos sudorosos y atareados que regateaban<br />
el precio de una cazuela de mariscos<br />
o de un masaje con aceites y se<br />
reconocía él mismo en cada miseria, y la<br />
miseria misma lo reconocía a él en cada<br />
viaje. Tan pronto como desembarcaban,<br />
Fernando cerraba los ojos y se internaba<br />
en los recuerdos tristes de la infancia,<br />
se armaba de valor y en un solo escupitajo<br />
exorcizaba los remordimientos que<br />
le roían el alma: la familia, los amigos,<br />
pero sobre todo algo más profundo<br />
que siempre se estremecía dentro de<br />
él y que no podía descifrar con claridad.<br />
Con el tiempo aprendió a vivir con esa<br />
aflicción y los años le fueron venturosos.<br />
De sus incontables viajes le quedó<br />
una considerable fortuna, una esposa<br />
déspota y un recuerdo borroso que no<br />
lograba adoptar una forma reconocible<br />
pero que ahora, cuarenta y nueve años<br />
23
después de su partida de la isla, aleteaba<br />
en agonía cada noche respondiendo<br />
al llamado del tambor.<br />
En la suntuosa habitación sumida<br />
en los mantos de una noche oscura, a<br />
cientos de kilómetros de la playa más<br />
próxima, Fernando Valdivia escuchaba<br />
el tambor y olía la sal del mar. Casi podía<br />
sentir el viento cargado de minúsculos<br />
granos de arena que le pellizcándole<br />
los tobillos. Junto a él Eleonora de<br />
Valdivia emitía una tortuosa procesión<br />
de ronquidos que le robaban el mar.<br />
Se trataba del clásico ronquido carraspeo-chiflido<br />
tan perturbador que se<br />
confundía con su sueño llenándole de<br />
serpientes el paisaje litoral y juntándole<br />
cielo y mar en una sola convulsión<br />
de tormentas.<br />
<strong>La</strong> noche del trece de octubre de 1993<br />
Fernando quería hacer las paces con su<br />
isla. <strong>La</strong>s ejecuciones del tambor habían<br />
pasado de simples golpes a una línea rítmica<br />
que aumentaba a intervalos frenéticos<br />
que le hicieron crispar los ojos en medio<br />
de la oscuridad. Fernando olía el mar,<br />
pero esta vez veía algo: una cabaña, y en<br />
ella una niña de trece años con hoyuelos<br />
en las mejillas y los pezones en tímida<br />
erupción que se adivinaban detrás de una<br />
bata traslúcida. ¡Claro que la recordaba!<br />
Era Nubia, la niña de los collares de almejas<br />
que hacía trenzas de a peso a los turistas<br />
y que un día le dio un beso anhelado<br />
24
desde siempre a cambio de un coco frío<br />
que él podía conseguir en cualquier parte.<br />
«¿Dónde estabas el día que me fui?<br />
En la playa seguramente, ofreciendo<br />
collares almejas que conseguías en<br />
cualquier parte a cambio de monedas<br />
extranjeras, que sí eran un verdadero<br />
tesoro para nosotros, ¿verdad, Nubia?»<br />
Nubia corría descalza sobre la arena<br />
vidriosa. Iba con los pies ensangrentados<br />
y los brazos abiertos al encuentro<br />
con Fernando. Sus collares de almejas<br />
cascabeleaban prendidos del candor<br />
de su cintura y eran una sola canción<br />
con el ritmo extasiado del tambor.<br />
En la playa dos amigos de la infancia<br />
consumaban el amor truncado en nombre<br />
de la libertad; en la habitación, un<br />
viejo triste y domesticado, otrora el niño<br />
flaco de los cocos fríos, lloraba de emoción<br />
mientras clavaba con pasión sus<br />
uñas bravías en la almohada. Eleonora,<br />
alarmada, lo despertó. Él se apresuró en<br />
mandarla a dormir y volvió al mar, pero<br />
ya no encontró a Nubia. Se le había perdido<br />
entre la bruma de los recuerdos,<br />
quizá para siempre, porque ya no tendría<br />
otros setenta años para esperarla y tampoco<br />
sabía si el tambor estaría allí para<br />
traerla de vuelta; entonces regresó al<br />
cuarto y le puso la almohada en la cara a<br />
su esposa mientras el tambor y los collares<br />
de almejas seguían sonando fuertes e<br />
intensos en la soledad de su habitación.<br />
25
MACUA<br />
Por J.B. Fernandini<br />
26
I<br />
Extracto del diario de Felipe Rodrigo<br />
de Mendoza, jesuita de la misión de<br />
Macua.<br />
Me veo obligado a dejar el pueblo por un<br />
tiempo. Han venido a buscarme los hermanos,<br />
requieren ayuda en otra misión<br />
donde los nativos corren peligro de violarse<br />
sus derechos. Aprovecharé el viaje<br />
para traer suministros muy necesitados<br />
a Macua, en mi retorno.<br />
Jesuita Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />
Virreinato del Perú.<br />
4 de enero de <strong>15</strong>92.<br />
II<br />
En el medio de las abundantes selvas<br />
del amazonas, Macua, una pequeña<br />
aldea proveniente de una tribu regional,<br />
hacía su breve aparición. Rodeada<br />
de arboleda, habría varias docenas de<br />
chozas de barro, y en el mismo centro<br />
del pueblo, se erguía una capilla de<br />
madera, la estructura más alta, si bien<br />
apenas superaba a las viviendas alrededor.<br />
En la cima de la misma se encontraba<br />
la cruz cristiana.<br />
Hacía ya unas décadas que el cristianismo<br />
había sido impuesto en esta región,<br />
algunas tribus habían sido enseñadas<br />
las practicas coloquiales traídas<br />
del Viejo Mundo y los jesuitas colaboraban<br />
para proteger a las tribus indígenas<br />
de ser traficadas como esclavos y<br />
mineros, razón por la cual estaban en<br />
constante enfrentamiento con los colonizadores<br />
y traficantes; sus intenciones<br />
de salvación hacia las tribus generaron<br />
todo tipo de fricción.<br />
<strong>III</strong><br />
El hombre parecía tener mil años encima.<br />
Nunca antes en el pueblo se había<br />
visto a un hombre tan viejo y deteriorado<br />
como este extraño. Tenía la piel tan<br />
maciza que parecía que nada pudiera<br />
atravesarla. No parecía tener ningún<br />
rastro de cabellera; si tuvo, fue hace<br />
mucho tiempo. Sus túnicas no eran de<br />
esta región, ni de ninguna cercana. Observaba<br />
todo con crueldad, como si tuviera<br />
el odio de centenares de hombres<br />
adentro suyo. <strong>La</strong>s gentes estaban incómodas<br />
con su presencia. El visitante no<br />
se instaló en el pueblo. Llegó hasta el<br />
centro, observó a su alrededor, observó<br />
la capilla, y procedió hacia la selva.<br />
Antes de que baje el sol, los pueblerinos<br />
vieron una columna de humo que<br />
provenía del interior de la selva, en la<br />
misma dirección por donde había desaparecido<br />
el perverso viajero.<br />
Esa noche, la selva no siguió las reglas.<br />
IV<br />
Con la luna llena en lo más alto, un observador<br />
aldeano, salando sus carnes,<br />
se detuvo a tomar un respiro, a escuchar<br />
el grillar y los cánticos noctámbulos<br />
que proveía el entorno. Su mirada<br />
se perdió en las incontables constelaciones<br />
que se mostraban en el cielo. No<br />
las entendía, no sabía bien que eran,<br />
pero sin duda las estrellas lo enamoraron<br />
desde su niñez.<br />
Sin embargo, todas las noches trataba<br />
de encontrar nuevas formas con estas<br />
divinidades, pero le costaba, ya le<br />
costaba encontrar las que se le enseñaron<br />
a temprana edad. Eventualmente,<br />
se aburrió del esfuerzo mental, entró<br />
devuelta y volvió a salar.<br />
27
Pero, después de unos momentos,<br />
algo no se sentía bien. Salió de su choza<br />
lentamente, porque algo no está<br />
bien ahí afuera. No podía descifrar su<br />
incomodidad, hasta se quedó mirando<br />
hacia la selva, escuchando de nuevo.<br />
Nada. Absolutamente nada. Los insectos<br />
cesaron su chirriar, los vertebrados<br />
dejaron de hablar. Un silencio atroz en<br />
el medio de la selva amazónica.<br />
<strong>La</strong>s hojas de los árboles empezaron<br />
a bailar, pero no había ni una pizca de<br />
viento. El pueblo parecía haber entrado<br />
en el ojo de una tormenta, pero otro<br />
tipo de tormenta. <strong>La</strong>s copas de los árboles<br />
empezaron a bailar una danza lenta,<br />
que los hacía chocar unos con otros.<br />
En el medio de este espectáculo, el<br />
pueblerino escuchó un grito aturdidor.<br />
Un grito demoníaco, maligno, monstruoso,<br />
que no podía ser producido por<br />
un mortal. Y a éste se le sumaron más,<br />
rodeando la aldea. Los árboles estaban<br />
ya agitándose, como si un ser estuviera<br />
sacudiéndolos desde el tronco con una<br />
violencia infatigable. Demás pueblerinos<br />
salieron de sus chozas, asustados,<br />
con sus lanzas y cuchillos en mano. De<br />
lo profundo de la selva se escucharon<br />
chillidos, rugidos, gruñidos que nunca<br />
antes se habían escuchado en la región.<br />
Sonidos de fieras irreconocibles, fieras<br />
que nunca estuvieron ni en el continente,<br />
fieras que probablemente no eran<br />
de esta era. Los pueblerinos, atónitos,<br />
algunos se encerraron en sus chozas,<br />
acostados en sus camas de paja, tapándose<br />
los oídos. Otros, se reunieron<br />
en el centro del pueblo, alrededor de la<br />
capilla, observando, escuchando. Hasta<br />
el más valiente de ellos estaba profundamente<br />
aterrorizado.<br />
De la oscuridad hipnotizante de los<br />
árboles agitados, se percibió una luz<br />
blanca. Los pobladores de Macua lograron<br />
descifrar que, a medida que se acercaba<br />
la luz, se partía en dos iguales. Eran<br />
dos luceros como ojos que los miraban.<br />
Los habitantes más longevos tuvieron<br />
presentes las historias de sus<br />
abuelos, esas historias que solo pasan<br />
de boca en boca, y se vuelven en mitos,<br />
leyendas, creencias. Empezaron a<br />
derribar la capilla. Con sus lanzas y cu-<br />
28
chillas, les indicaron a los demás que<br />
la destrocen, antes de que fuera tarde.<br />
<strong>La</strong>s luces ahora estaban saliendo del<br />
bosque y se acercaban con una figura<br />
oscura imponente que las llevaba. Desaforadamente<br />
estaban rompiendo la<br />
estructura de madera, hasta que ésta<br />
cedió, colapsó. <strong>La</strong> cruz cayó a la tierra,<br />
y la rompieron hasta dejarla en astillas,<br />
pero eso no bastó.<br />
<strong>La</strong> violencia cedió. Los árboles dejaron<br />
de agitarse. Cesaron los gritos y rugidos.<br />
<strong>La</strong>s lanzas cayeron. <strong>La</strong>s cuchillas cayeron.<br />
<strong>La</strong>s camas de paja se alivianaron.<br />
V<br />
Del diario de Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />
al regresar luego de seis meses<br />
de ausencia.<br />
No hemos encontrado a nadie. <strong>La</strong>s gentes<br />
han desaparecido sin dejar rastro<br />
alguno, pero todo sigue aquí. No se han<br />
llevado ningún objeto. Sus ropas están<br />
en el suelo, sobre sus camas, como si se<br />
hubieran desnudado y se hubieran ido<br />
sin nada. Creemos que han sido comerciantes<br />
de esclavos. Nos han dejado un<br />
mensaje claro, nuestra capilla ha sido<br />
destrozada hasta los cimientos.<br />
Jesuita Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />
Virreinato del Perú.<br />
12 de agosto de <strong>15</strong>92.<br />
VI<br />
No muchas personas saben lo ocurrido<br />
en Macua, y no a mucha gente le<br />
importaba. Después de todo, no era<br />
tan inusual que una tribu desapareciera.<br />
Se cree que los dioses del mundo<br />
antiguo aún no han perdonado<br />
que los pueblos originarios los hayan<br />
abandonado. Se dice que cuanto uno<br />
menos cree en ellos y les rinde tributo,<br />
menor es el poder divino que ellos poseen.<br />
Algunos tomaron medidas drásticas<br />
y decidieron cesar su existencia,<br />
pero otros decidieron reducirse a la<br />
altura de sus olvidadores, para imponer<br />
sobre ellos, con odio insaciable, su<br />
enojo mítico.<br />
29
TU<br />
CORAZÓN<br />
Por Adolfo Quesada Chanto<br />
30
Fuimos novios cinco años, desde<br />
que salimos del colegio. Nos llevábamos<br />
muy bien. Su cabellera,<br />
sus ojos, su corazón, su blanca tez, así<br />
como las noches de pasión; todo en<br />
ella me pertenecía.<br />
Pero llegó aquella maldita tarde en<br />
la que ella fue a cita médica con el<br />
apuesto doctor que recién había llegado<br />
al pueblo.<br />
Una ráfaga de fuego demoníaco llamado<br />
pasión llenó esa tarde el consultorio.<br />
Se miraron, se tocaron y se<br />
amaron.<br />
Ella me llamó, me dijo que no quería<br />
ya nada conmigo y colgó. Fui a su casa<br />
y no me abrieron el portón. Llegué a la<br />
hora de la salida del trabajo, pero ya la<br />
esperaba el doctorcito en su carro último<br />
modelo.<br />
Acepté la pérdida, no tomaría ninguna<br />
decisión atolondrado. Sigo enamorado<br />
pero no estoy loco.<br />
Todos los domingos, a la hora de la<br />
misa, a la cual antes yo la acompañaba<br />
y ahora lo hacía él, yo me profería una<br />
herida en el pecho.<br />
Todos los domingos íbamos a misa<br />
de cuatro de la tarde, en este momento<br />
la acompaña él. Instante en el que yo<br />
ahora practicaba un nuevo ritual. En el<br />
baño tomaba un cuchillo y hacía una<br />
herida larga en el pecho que sangraba<br />
lentamente, bajando el líquido tibio<br />
por el abdomen, para luego pasar por<br />
mi pubis rasurado y caer en formas<br />
de gotas por la punta del pene. Aquel<br />
miembro que tantas noches había penetrado<br />
la intimidad húmeda de Raquel<br />
ahora goteaba sangre en lugar de<br />
semen. Extrañamente por lo general<br />
tenía una erección y al final terminaba<br />
masturbándome, en una gloriosa mezcla<br />
de sangre y semen.<br />
Un día de otoño el pueblo se enteró<br />
que el médico se había ido de la ciudad<br />
sin previo aviso, había abandonado a<br />
Raquel. Ella se encerró en su casa y no<br />
salía. <strong>La</strong> llamé muchas veces, la busqué<br />
en su casa, pero no había manera.<br />
Un día me encontré a su madre que me<br />
explicó que Raquel estaba muy deprimida<br />
y que pronto la enviarían a la ciudad<br />
a corroborar si estaba embarazada.<br />
Además, la señora de manera muy cortés<br />
y después de darme un fuerte abrazo<br />
me pidió que la dejara en paz, que<br />
ella necesitaba tiempo.<br />
A inicios del verano Raquel se suicidó.<br />
Dejó una nota donde decía que no<br />
podía vivir pues un hombre se había<br />
llevado su corazón.<br />
Fui al cementerio y participé de su entierro.<br />
Ubiqué bien el sitio de su tumba<br />
pues volvería. Después me dirigí a mi<br />
casa, no había espacio ya en el pecho<br />
pues estaba lleno de cicatrices, por lo<br />
que la herida me la hice en el abdomen,<br />
de igual manera al final de la tarde realicé<br />
el mismo rito de sangre y semen.<br />
Un año después fui a la capital en<br />
busca del doctorcito, pasaron los días<br />
y no lo encontraba. Todas las noches<br />
apagaba la falta que me hacía Raquel<br />
con alguna prostituta. Ellas se asustaban<br />
al ver aquel pecho y abdomen con<br />
una cicatriz sobre otra, pero mis billetes<br />
las calmaba tal como lo hacía la<br />
eyaculación con mi corazón.<br />
Lo encontré. Tenía un consultorio en<br />
los suburbios de la ciudad. Pedí una cita<br />
para el martes en la tarde. Haciéndome<br />
pasar como paciente sería más fácil llevar<br />
a cabo mi plan. Conseguí una peluca<br />
y un bigote postizo. Mo me reconocería.<br />
Le dije al médico que sentía palpitaciones,<br />
él dio la vuelta al escritorio y totalmente<br />
desprevenido se acercó con<br />
31
su estetoscopio. Fue muy rápida la manera<br />
que lo hice. <strong>La</strong> cuchilla le atravesó<br />
la garganta cortando cuanta arteria y<br />
vena que por ahí circulan y cayó inmediatamente.<br />
El pobre no podía gritar y<br />
era consciente de la eminente muerte<br />
que le esperaba. Le puse un pie sobre<br />
su cuerpo y esperé que muriera. Mientras<br />
tanto, silbé la tonada de la canción<br />
favorita de Raquel, con esa melodía de<br />
fondo expiró el doctorcito.<br />
Tomé el cuchillo y le abrí el pecho. Si<br />
se había robado el corazón de Raquel<br />
de seguro tendría dos. No me fue fácil<br />
penetrar aquella cantidad de costillas<br />
que protegen el corazón como una<br />
coraza. Pedazos de carne, huesos y<br />
sangre cubrían el suelo. Había despedazado<br />
todo su cuerpo y solo tenía<br />
un corazón. Debía ser el de Raquel. Lo<br />
tomé en mis manos, lo besé y lo coloque<br />
en frasco con formalina que traía<br />
en mi maleta.<br />
De vuelta en mi apartamento me dirigí<br />
a mi dormitorio. Saqué corazón del<br />
frasco y lo coloqué entre las costillas<br />
del esqueleto junto a mi cama.<br />
—Mi amor, aquí tenés de vuelta tu<br />
corazón.<br />
Me acosté a su lado a dormir en su<br />
compañía, tal como lo seguiría haciendo<br />
todo el resto de mi vida.<br />
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33
HERMANOS<br />
Por Dulia I. Fernández<br />
34
<strong>La</strong> hora del almuerzo era el segundo<br />
momento del día en que los hermanos<br />
se reunían en casa. Era costumbre<br />
comer los cuatro juntos, sin embargo,<br />
desde que su padre había sido llamado<br />
al Centro de Investigación, tenían que<br />
conformarse con compartir la mesa en<br />
silencio. Los tres hermanos no eran los<br />
mejores amigos ni tenían una relación<br />
fuerte. <strong>La</strong> diferencia de edad suponía la<br />
creación de conflictos, en especial con<br />
Eliot, quien se encontraba en su etapa<br />
de adolescente y mantenía problemas<br />
constantes con su hermano menor, Elián,<br />
a quien le escondía sus juguetes y libros<br />
en sitios desagradables, mientras a su<br />
hermano mayor, Elías, le gritaba querer<br />
tener mayor privacidad y libertad.<br />
—Si no quieres comer, ve a tu habitación<br />
—Eliot se levantó con brusquedad<br />
y desapareció tras la puerta de la<br />
cocina. Había golpeado la mesa, generando<br />
tensión en el lugar. Elías se sobó<br />
las sienes y procedió a recoger el plato<br />
con comida de su hermano. No entendía<br />
qué había hecho o estaba haciendo<br />
mal con la educación del joven, seguía<br />
al pie de la letra los libros de crianza<br />
que su padre tenía en la pequeña biblioteca,<br />
aun así sentía que él no era<br />
una figura de autoridad que sus hermanos<br />
respetaran y se dedicaran a seguir.<br />
—Ya son noventa y tres días —el pequeño<br />
Elián susurró. Elías no podía<br />
continuar ignorando la situación, sus<br />
hermanos sufrían por aquel acontecimiento<br />
y él necesitaba respuestas.<br />
—Iré al supermercado. ¿Quieres algo? —el<br />
niño asintió y le enseñó un bote de helado.<br />
Elías se dirigió al cuarto del chico<br />
rebelde, debía preguntarle qué quería<br />
como postre, no era justo llenar a su<br />
hermanito de dulces mientras restringía<br />
al otro por haberse comportado mal, en<br />
realidad, lo único que él quería era cruzar<br />
un par de palabras con él y atreverse<br />
a confrontarlo como el adulto que era.<br />
Se detuvo frente a la habitación, el<br />
sonido de la música apenas le permitía<br />
escuchar los latidos acelerados de su<br />
corazón. Era increíble que él, el hermano<br />
mayor, el chico modelo, le tuviese<br />
miedo a un adolescente. Suspiró, reprodujo<br />
una sinfonía en su mente para<br />
tranquilizarse y se recordó que él era<br />
un adulto y que contaba con la autoridad<br />
de su padre para reprender a ese<br />
niño. Llamó a la puerta e inmediatamente<br />
el volumen de la música aumentó,<br />
haciendo nacer un dolor de cabeza.<br />
—Voy a comprar. Quisiera saber si quieres<br />
algo de la tienda —no se rendiría hasta<br />
ver esa puerta abierta. <strong>La</strong> curiosidad por<br />
conocer ese cuarto corroía sus nervios.<br />
Elías esperó varios minutos de pie,<br />
no entendía por qué continuaba ahí si<br />
era consciente de que no recibiría una<br />
respuesta. Quizá, en el fondo, la esperanza<br />
de reencontrarse con su hermano<br />
era lo que lo mantenía en ese lugar.<br />
<strong>La</strong> puerta se abrió dejando escapar<br />
un olor peculiar, uno que Elías había<br />
conocido en su etapa universitaria. Extrañamente,<br />
ese hecho no lo alarmó.<br />
—Quiero papas y refresco —Eliot apenas<br />
se asomaba por la puerta. Por su parte,<br />
Elías permanecía inmóvil, su mente<br />
repasaba el Manual de Padres que había<br />
leído hace unos días. Necesitaba saber<br />
cómo enfrentarse a esa situación.<br />
El sonido de la puerta cerrándose lo<br />
regresó al pasillo de la casa. Se sentía<br />
agotado y deseaba dormir, pero antes<br />
tenía que atender cierto asunto en la<br />
jefatura de policía.<br />
Eliel apenas podía mantener los ojos<br />
abiertos, la fatiga y desnutrición lo estaban<br />
consumiendo. Había perdido la<br />
35
cuenta de los días que llevaba encerrado<br />
en el subsuelo, sus colegas —así los<br />
consideraba— se dedicaban a realizar<br />
experimentos innovadores con sus conocimientos.<br />
Muchos habían recogido<br />
investigaciones viejas, y se habían dedicado<br />
a continuar con el desarrollo de<br />
las mismas. Eran investigaciones que<br />
había decidido abandonar en el pasado<br />
por falta a la ética y respeto a la creación<br />
de Dios, a pesar de eso, al Gobierno le<br />
había importado poco y se había adueñado<br />
de aquellos documentos.<br />
—El futuro merece ser desarrollado —solía<br />
repetir su compañera investigadora. A<br />
Eliel le causaba temor cruzar palabras con<br />
aquella mujer, quien había entregado su<br />
vida entera a la ciencia e investigación.<br />
<strong>La</strong> odiaba.<br />
—¿Cuánto tiempo crees soportar? —lo<br />
angelical de la voz se perdió cuando<br />
Eliel cruzó la vista con la mirada brillante<br />
de la dama—. Te hemos dado suficiente<br />
tiempo para que compartas la información<br />
que necesitamos. No olvides<br />
que tenemos un as bajo la manga, no<br />
me gustaría tener que usarlo. Depende<br />
de ti escoger sus destinos.<br />
—He dicho que no hablaré, ustedes<br />
piensan utilizar mi descubrimiento para<br />
controlar a las masas. ¡No les daré la llave<br />
para hacerlo! —Eliel bajó la mirada,<br />
prefería ver el blanco azulejo a los ojos<br />
cafés de la mujer. Esperaba recibir una<br />
respuesta inmediata, no el silencio de la<br />
sala. Su curiosidad le gritaba ver a su co-<br />
36
lega. Su piel sintió recorrer un escalofrío<br />
al contemplar la seriedad que emanaba<br />
del rostro de su acompañante.<br />
—Te he dado la oportunidad de cooperar,<br />
veo que te muestras reacio. No<br />
me dejas otra opción… —ella sacó una<br />
cajita de un portafolio—. Hace veintiséis<br />
años lograste un cometido que<br />
ninguna otra persona ha conseguido,<br />
diez años después repetiste la hazaña<br />
y, tras pensarlo durante siete años, te<br />
animaste a probar de nuevo tus habilidades.<br />
Hiciste un trabajo increíble a<br />
partir de ti, es una lástima que todos<br />
hayan sido elementos fallidos. ¿Qué<br />
es lo que buscabas con eso? —Eliel comenzaba<br />
a perder el control de su respiración—.<br />
Hiciste tres versiones, tres<br />
personas y en vez de utilizarlas para<br />
el beneficio de la sociedad, decidiste<br />
verter en cada uno de ellos una parte<br />
de ti. Fuiste selectivo, cuidadoso, desafortunadamente…<br />
nada salió como<br />
lo habías planeado. El primero es un<br />
sentimental, le diste lo peor de ti. El<br />
segundo es un drogadicto, desconocía<br />
esa faceta de ti. Y el tercero… es adorable<br />
y un prodigio, pero está solo y no<br />
podrá lograr algo a menos que lo entregues<br />
a nosotros.<br />
—No… no lo hagas…<br />
—Lo siento mucho, Eliel. Tendré que<br />
acabar con sus sueños, con tus sueños.<br />
Por más que lo intentes, jamás podrás<br />
ser feliz, ni siquiera tus copias. Di<br />
«adiós» a tus hijos.<br />
37
TÚ QUE<br />
ME CONOCES<br />
Por N.C. Ayensa<br />
38
El timbre del móvil lo pilló en medio<br />
de un atasco, con la vista puesta<br />
en su foto de boda. Su mujer lo<br />
miraba desde el papel, y lo hacía de<br />
forma extraña. Lo había mirado así muchas<br />
veces en los últimos meses, años<br />
incluso, pero nunca al principio, o eso<br />
creía hasta que volvía a fijarse en aquella<br />
foto que guardaba en el salpicadero.<br />
Apartó la vista. <strong>La</strong>s gotas de lluvia se<br />
estrellaban contra la luna y eran sacudidas<br />
por los limpiaparabrisas. Esperó<br />
unos segundos mientras los altavoces<br />
emitían esa maldita melodía que también<br />
usaba como despertador. Empezaba<br />
a invadirle un mal presentimiento.<br />
<strong>La</strong>s gotas volvían a estrellarse y se<br />
esfumaban de nuevo, barridas por los<br />
látigos de goma. Activó el manos-libres.<br />
Escuchó una sibilancia. Preguntó.<br />
¿Quién era? Sonó la voz de su mujer, lejana<br />
y entrecortada. Al principio no la<br />
entendió. Apagó el motor. <strong>La</strong> voz cobró<br />
sentido poco a poco: «Que me mata.<br />
Que me mata», repetía.<br />
Echó el freno de mano y abandonó<br />
el coche en medio de la calzada. Seguro<br />
que le gritaron, que chillaron las<br />
bocinas. Tuvieron que hacerlo. Pero<br />
solo recuerda el cielo encapotado y sus<br />
cuchillas heladas, sus piernas de fango<br />
que apenas lo sostenían y un corazón<br />
que iba a estallar. <strong>La</strong> llamó al móvil, y<br />
después al teléfono fijo de casa. Muchas<br />
veces. Todas sin respuesta. Corrió<br />
bajo la tormenta.<br />
Cuando llegó al portal, nada parecía<br />
anunciar una desgracia. Al contrario,<br />
todo estaba en calma y la lluvia amainaba.<br />
Subió las escaleras de cuatro en<br />
cuatro. <strong>La</strong> puerta del apartamento estaba<br />
intacta y todavía cerrada con llave:<br />
su mujer siempre lo hacía, pero él<br />
solía olvidarlo y se excusaba llamándola<br />
miedosa. El graznido de las bisagras<br />
al abrir resonó en un hall vacío. Lo atravesó<br />
deprisa y se adentró en el pasillo,<br />
a mano derecha.<br />
Se paró en seco al ver algo en el suelo.<br />
Era la rejilla del conducto del aire<br />
acondicionado. Alzó la vista y miró el<br />
hueco en la pared, negro como una noche<br />
sin luna y sin estrellas, y un extraño<br />
peso nació en sus tripas y bajó por sus<br />
piernas hasta volverlas torpes y lentas.<br />
Pero siguió adelante, surcando el pasillo<br />
apenas bañado por la luz que entraba<br />
desde el salón, al final del todo. Ya<br />
en el umbral vio dos sillas revolcadas.<br />
Se adentró. Más lejos, el teléfono descolgado<br />
oscilaba entre las patas del escritorio.<br />
Aquel péndulo le hizo recordar<br />
la noche que pasó solo en casa, de niño,<br />
cuando sonó el teléfono y él se levantó<br />
de la cama, corrió hasta el despacho<br />
de su padre y descolgó en medio de la<br />
oscuridad. Había línea pero nadie dijo<br />
nada al otro lado, solo una respiración,<br />
un jadeo, y él dejó el auricular y se fue<br />
a su cuarto deprisa, se tapó hasta los<br />
ojos y ya no pudo dormir hasta que llegó<br />
su madre.<br />
Volvió en sí. Solo faltaban dos estancias<br />
por recorrer: una galería blanca de ventanales<br />
que daban al patio interior, y la cocina.<br />
Desde el salón accedió a la galería.<br />
<strong>La</strong> ropa colgaba, afuera, empapada,<br />
en los tendederos. <strong>La</strong>s prendas parecían<br />
figuras deprimidas bajo una luz<br />
gris que se filtraba a través de todos los<br />
cristales; todos salvo el último, frente a<br />
la puerta de la cocina. Aquel lo bañaba<br />
una salpicadura oscura y espesa como<br />
el telón de una vieja sala de teatro.<br />
<strong>La</strong>s sienes le latían. No podía ver el<br />
interior de la cocina, solo el marco de<br />
la puerta en escorzo. Tiritaba. Se paró<br />
en seco y llamó bajito. Silencio. Repitió<br />
39
su nombre. <strong>La</strong> respuesta fue un ronquido<br />
viscoso. Entonces se lanzó estremecido<br />
hacia la última habitación.<br />
Y lo vio todo rojo. Todo, como si una<br />
brocha gigantesca bañada en pintura<br />
se hubiera agitado entre las cinco paredes.<br />
En frente, por un hueco negro de la<br />
pared, un conducto de ventilación desnudo<br />
de su rejilla, escapaba una masa<br />
hinchada, deforme, de largas y delgadas<br />
patas negras.<br />
Y en medio de todo aquel espanto yacía<br />
el cadáver. Sabía que era ella por la<br />
blusa que llevaba puesta, la misma que<br />
la cubría unos cuarenta minutos antes,<br />
cuando le dio un beso y le dijo adiós. Por<br />
lo demás, podría haber sido cualquier<br />
otra persona. Cualquier otra cosa.<br />
⁂<br />
Fue así, exactamente así, insiste, y se<br />
calla. No puede seguir hablando: se<br />
le quiebra la voz, ya no le sale. Nuestras<br />
miradas escépticas le aplastan. Yo<br />
también le estoy escrutando cuando<br />
se vuelve hacia mí. Me veo desencajado<br />
en sus ojos. Qué ojos: dos cristales<br />
rotos en mil pedazos y vacíos de<br />
esperanza.<br />
Me grita:<br />
—Ellos no me creen y no me van a<br />
creer. Pero tú sí me crees, ¿verdad? Por<br />
Dios. Tú me conoces. Sabes que la quería.<br />
Sabes que no sería capaz de hacerle<br />
algo así.<br />
Llora.<br />
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41
EL<br />
VIAJERO<br />
Por Johnny José Manuel Parra Carrera<br />
42
«Un día, una persona» esa es la única<br />
regla que existe del viaje entre cuerpos.<br />
No se trata de una regla estricta que no<br />
debe romperse, pero elijo no hacerlo.<br />
Cada día al abrir los ojos soy alguien diferente<br />
de la persona que era la mañana<br />
anterior. Niños, ancianos, mujeres,<br />
hombres… cada día recorro un poco<br />
de la vida de algún ser de este planeta.<br />
Ese es el tipo de existencia que llevo<br />
aquí. Abro los ojos y soy una mujer de<br />
la alta sociedad, los cierro y al abrirlos<br />
de nuevo; soy un escritor frustrado en<br />
una solitaria habitación.<br />
Hoy soy un anciano postrado en<br />
una cama de hospital. No puedo articular<br />
palabra o siquiera moverme por<br />
cuenta propia. No sé su nombre, ni oí<br />
a nadie decirlo tampoco. Ni a las enfermeras,<br />
ni a los familiares que decidieron<br />
acompañarlo durante la hora de la<br />
visita. Todos se portaron muy amables<br />
conmigo (él). Conocí a sus hijos y a sus<br />
nietos... Todos llevaban miradas tristes<br />
que intentaban esconder detrás de<br />
una sonrisa. «Creo que tuvo una buena<br />
vida… No parece quedarle mucho<br />
tiempo» pensé. Y tras llegar la noche, al<br />
cerrar mis ojos, me disculpé con el anciano<br />
por robarle un día de su vida.<br />
Abro mis ojos nuevamente y despierto<br />
en un departamento pequeño. Me<br />
siento sobre la cama, miro las palmas<br />
de mis manos, los dedos, los nudillos<br />
«Qué bonitas» pienso. Toco mi cara,<br />
noto cabellos caer a lo largo de mi mejilla.<br />
Está largo. Toco mi pecho, es plano.<br />
Soy un chico. Dejo la cama, corro la<br />
persiana y permito a los rayos del sol<br />
atravesar la habitación. Al iluminarse el<br />
cuarto veo lienzos y materiales de arte<br />
dispersos por todo el lugar. Al parecer<br />
soy un pintor. Me dirijo al baño, examino<br />
mi cara y registro el botiquín que se<br />
halla sobre el lavabo. Veo algunos productos<br />
de higiene personal. Enjuago mi<br />
rostro, rasuro el vello alrededor de mis<br />
labios y tomo una ducha.<br />
Al regresar a la habitación, con nada<br />
más que la toalla de baño envolviendo<br />
mi cintura, voy y examino uno a uno<br />
los cuadros. Todos parecen ser de una<br />
misma mujer interpretada de diversas<br />
maneras. En algunos cuadros se le<br />
ve semidesnuda, con un aire sereno<br />
envolviéndola y en otros, pintada en<br />
escenarios diversos: un teatro, un bosque,<br />
la playa. Hay también varios bosquejos<br />
de su sonrisa, de su silueta, de<br />
su mirada.<br />
Reviso los cajones y el armario, registro<br />
todo cuanto veo. Toda la ropa tiene<br />
aspecto parecido entre sí. Visto lo primero<br />
que veo a mi alcance y reviso mi<br />
cartera. Me encuentro con su licencia<br />
de conducir: «Andrew Parker, 28 años».<br />
Al parecer estoy soltero y por las proporciones<br />
de la habitación, también<br />
vivo solo. Cojo los instrumentos de<br />
arte: pinceles, acuarelas, lápices, papel.<br />
Tomo todo como puedo y dejo el departamento<br />
atrás. No tengo pensado a<br />
dónde iré, sólo me dejo guiar por eso<br />
que las personas llaman intuición.<br />
De camino hacia ninguna parte, mi<br />
nariz repara en un aroma que parece<br />
seducirla y mi cuerpo responde ante<br />
esa persuasión de los sentidos. Es café.<br />
Mi cuerpo se conduce solo hacia la<br />
cafetería de la que proviene el aroma.<br />
Café recién hecho. Tomo asiento a las<br />
afueras del local y un mesero me atiende.<br />
Parece reconocerme de inmediato,<br />
así que he venido antes aquí. Va, me<br />
sonríe amigablemente y me pregunta<br />
si quiero lo de siempre. Le digo que sí.<br />
Él vuelve al poco tiempo con una taza<br />
de café negro cargado y un vaso de<br />
43
agua. «Así que esto es lo de siempre»<br />
pienso. Llevo la taza hasta mis labios,<br />
inhalo profundamente el delicioso perfume<br />
del café recién hecho y doy un<br />
sorbo. Mi cuerpo parece recibirlo plácidamente,<br />
está acostumbrado ya.<br />
Me siento inspirado. Saco lápiz y papel<br />
de entre los materiales que traje<br />
conmigo y comienzo a dibujar el paisaje<br />
ante mí: la taza de café negro cargado;<br />
el vapor que emana de él; la mesa;<br />
la silla. Todo se da tan natural que mi<br />
mano simplemente se mueve por sí<br />
sola y todo se traza casi por cuenta propia<br />
en el papel. Cojo un pincel y pinto<br />
sobre el lienzo con el mismo café usando<br />
agua para diluir todo cuanto me interesa<br />
y conseguir diferentes tonos.<br />
Mientras trazo en el papel, de pronto,<br />
escucho la melodía de un instrumento<br />
musical, un saxofón. Antes de<br />
darme cuenta mi muñeca se mueve y<br />
da pinceladas al ritmo de la música. Mi<br />
cabeza se mueve y mis pies también.<br />
Comienzo a buscar con la mirada el<br />
origen del sonido. Frente a mí se encuentra<br />
una fuente de agua y junto a<br />
ella, está una mujer tocando jazz con<br />
mucha pasión. <strong>La</strong> gente la aplaude, la<br />
alaba, la animan a seguir tocando y le<br />
dan dinero. Es la misma chica de los<br />
cuadros. Al finalizar su interpretación<br />
intenta recuperar el aliento, sonríe al<br />
público y hace una reverencia. Ahora<br />
me mira y sonríe, me saluda con un<br />
ademán. Trato de saludarla de vuelta,<br />
44
pero mi corazón late rápido. Bajo la<br />
mirada y la escondo en el lienzo. No logro<br />
evitarlo, es un reflejo natural de mi<br />
cuerpo. Al parecer Andrew está enamorado<br />
de ella.<br />
Vuelvo a casa temprano. Son apenas<br />
las seis de la tarde y sólo vendí dos de<br />
mis dibujos. Traje conmigo algo de comida,<br />
así que ceno, me cepillo, me desnudo<br />
enteramente y me meto bajo las sábanas.<br />
Miro el techo, miro las manos de Andrew<br />
una última vez y cierro los ojos.<br />
Al abrir de nuevo los ojos ya es de<br />
mañana, estoy en otro cuerpo. Miro<br />
hacia abajo y veo mis pechos «hoy soy<br />
una mujer». Corro las cortinas y la habitación<br />
se ilumina. Es el cuarto de un<br />
hotel. Miro mi reflejo en el tocador y detallo<br />
mi rostro, sus rasgos. Soy la saxofonista.<br />
Desde la ventana veo la fuente<br />
en la que ayer me encontraba tocando<br />
jazz. Me visto y bajo para dirigirme hasta<br />
allí. Toco algunas canciones que por<br />
algún motivo sé de memoria, y la gente<br />
me aplaude. Andrew me mira entre la<br />
multitud, me está dibujando. Acabo mi<br />
interpretación y la gente pide una canción<br />
más o tal vez dos. Me niego, ya es<br />
tarde. Hago una reverencia y me despido<br />
con un ademán. Guardo mi instrumento<br />
y dejo en la orilla de la fuente, la<br />
boquilla de mi saxofón. Andrew lo nota,<br />
intenta hacérmelo saber, quiere llamar<br />
mi atención; me grita, pero finjo no oírlo<br />
mientras me pierdo en la multitud…<br />
Buena suerte, Andrew.<br />
45
PREMONICIÓN<br />
Por Hernando Orozco Losada<br />
46
El aroma del café recién colado se<br />
mezcla con el recuerdo de la abuela<br />
aquella mañana. Ese día tomó<br />
su tinto, reposado y sin azúcar, cerró<br />
sus ojos verdes un instante para aspirar<br />
su fragancia. Una sonrisa dibujó sus<br />
labios al sentir el sabor amargo. Abrió<br />
la ventana y el sol le reveló su destino.<br />
«Extrañaré todo esto», le escuché y<br />
contempló los rayos que arañaban las<br />
nieblas en las montañas. Un arco iris se<br />
reflejaba en los rieles que cruzaban el<br />
caserío y sus destellos la encandilaron.<br />
No había otro camino de entrada y de<br />
salida del pueblo más que esa carrilera<br />
y el río. Ellos se encontraban más adelante<br />
en un puente que llevó la prosperidad,<br />
pero que luego trajo crecientes y<br />
despojos, de lluvias o de chusmas que<br />
arrasaban las veredas, por ellos la vida<br />
y la muerte tenían su vía.<br />
«Hoy será mi último baile», dijo. Pensé<br />
que la abuela había amanecido con las<br />
ideas despeinadas, que la razón nunca<br />
logró organizar. Casi no veía según decían,<br />
confundía todo y actuaba en conformidad;<br />
no era así, ella veía más que<br />
cualquiera, como me pasa a mí desde<br />
ese día. Sonrió con ternura y comenzó a<br />
bailar abrazada a sí misma, con los ojos<br />
cerrados. Daba vueltas y revueltas al<br />
ritmo de sus pasillos. Me gustaba verla<br />
desde la puerta sin que lo notara, mientras<br />
flotaba entre guisos y ollas, mientras<br />
sazonaba con alegría y ají.<br />
Mi abuela no era bien vista por sus<br />
vecinos, ella de tradición conservadora,<br />
religiosa y sumisa, se fue a vivir la aventura<br />
con el liberal del pueblo, un rebelde<br />
de palabras, un poeta del espíritu.<br />
Se decía que desde allí comenzaron<br />
sus locuras, pero ya antes vestía pantalón<br />
y camisa todo el día y no aceptaba<br />
usar sostén. <strong>Año</strong>raba su juventud,<br />
cuando aprendió a leer y a escribir a<br />
escondidas en la escuela, porque no la<br />
dejaban entrar y luego escribió versos<br />
que le leyó a mi abuelo. En esa época<br />
salía sola en tren o caminando por los<br />
rieles para ir a fiestas y reuniones en<br />
otras veredas y decía: «no necesito que<br />
ningún hombre me proteja, me se defender».<br />
Fueron los momentos más felices<br />
de su vida, los recordaba mejor que<br />
a sus dos hermanos, a los que prefería<br />
no tener presentes, olvidaba sus nombres<br />
o nos los reconocía al verlos. Uno<br />
fue un sacerdote que la excomulgó por<br />
libertina y el otro un policía que cuando<br />
supo de sus amores con mi abuelo,<br />
le dijo: «a esta casa no vuelve y menos<br />
con el Ángel ese, el masón». Sus hijos<br />
fueron liberales perseguidos por la sotana<br />
y el fusil, hasta que regresaron con<br />
la amnistía del Frente Nacional, sin embargo,<br />
en el pueblo nunca perdonaron<br />
que pariera tanto liberal.<br />
—¡Abuela!, vamos a la galería —corrí<br />
a abrazarla, sabía que mi mayor ilusión<br />
era salir al mercado todas las mañanas,<br />
allí me encontraba con mis amigas y<br />
jugábamos a las escondidas, mientras<br />
ella pasaba tiempo escogiendo frutas y<br />
hortalizas. Alistó su canasto de mimbre,<br />
tomó la ruana y me cogió de la mano.<br />
Caminamos descalzas a través de una<br />
trocha que iba a la plaza. Yo adoraba<br />
sentir el rocío de la mañana en mis<br />
pies, los suyos aborrecían los zapatos y<br />
se tropezaba mucho con ellos, los únicos<br />
que tenía eran unos negros brillantes<br />
de charol, para funerales o para ir a<br />
bailar a las otras veredas, entonces no<br />
tropezaba y los usaba con un vestido<br />
de seda y encajes solo para la ocasión,<br />
muy ceñido al cuerpo.<br />
Al llegar a la plaza, vi a dos policías<br />
parados en una esquina que la mira-<br />
47
an fijo y comentaban algo. Su mano<br />
siempre suave, esa vez me apretó fuerte,<br />
se puso fría y sudorosa produciendo<br />
en mí un escalofrío, que a veces siento<br />
en extrañas circunstancias.<br />
—¿Qué pasa, abuela?<br />
—Analía, esos dos hombres, esos pájaros,<br />
son vampiros; ellos me sacaran<br />
los ojos.<br />
Los miré de reojo y se reían de la que<br />
consideraban, la vieja loca del pueblo.<br />
Mi abuela se les quedó mirando<br />
retadora, empuño una cabeza de ajo<br />
en cada mano y extendió los índices y<br />
meñiques hacía ellos, luego siguió muy<br />
consternada y ellos se fueron apresurados.<br />
Me asusté al principio pero luego<br />
me reí. Sus locuras le llevaban a ver<br />
más de lo que yo comprendía, desde<br />
entonces como ella, veo escenas de mi<br />
futuro que he ido aprendiendo a entender<br />
con los años.<br />
En la noche una pesadilla me despertó:<br />
la abuela bailaba con personas que<br />
sentí familiares pero que no pude reconocer,<br />
de pronto comenzó a forcejear<br />
y a gritar, trató de escapar hasta que<br />
se cayó y yo caí de la cama. Corrí a su<br />
cuarto y no la encontré. El corazón me<br />
palpitaba. Mi papá la buscó por todo<br />
el pueblo sin encontrar rastro. Le pedí<br />
que fuéramos por la carrilera, presentí<br />
que había ido por ahí. Él tomó su escopeta,<br />
su lámpara y me siguió. El viento<br />
aullaba y la luna iluminaba el camino,<br />
sin embargo percibía sombras extra-<br />
48
ñas y brillos fugaces de ojos inquietos<br />
que me observaban. Me agité mucho al<br />
llegar a la ribera del río, una presencia<br />
nos asustó, con la lámpara vimos que<br />
era un pescador, mi papá le preguntó<br />
por ella: «solo vi unos pájaros extraños<br />
en el río debajo del puente». Nos apresuramos<br />
a correr hasta que divisamos<br />
la parvada que revoloteaba en la orilla,<br />
sus graznidos eran aterradores, mi<br />
padre disparó al aire, se nos abalanzaron,<br />
pero un segundo tiro los ahuyentó.<br />
Sentí olor a sangre y me repugnó, era<br />
demasiado tarde.<br />
Estaba en el fango debajo del puente,<br />
despeinada, llevaba puesto su vestido<br />
de seda y sus zapatos de charol muy<br />
bien amarrados, uno de ellos con un<br />
tacón partido y en el cuello dos gotitas<br />
de sangre destacaban en la blancura<br />
de su piel. Al voltearla mi papá para<br />
ver su rostro, un escalofrío de espanto<br />
me recorrió, no podría contemplar por<br />
última vez sus ojos y lucía una palidez<br />
que jamás le vi. Volteé la cara para no<br />
mirar en medio de mis lágrimas, escuché<br />
el eco de carcajadas entre los guaduales<br />
y vi a lo lejos a los dos policías<br />
de la mañana que se alejaban. Le dije<br />
a mi padre, él corrió hacia los guaduales<br />
pero no pudo ver nada y yo divisé<br />
sus sombras hasta desaparecer. Ese<br />
día perdí la inocencia devorada por<br />
los giros del horror, una niebla se aposentó<br />
en mí y me pregunté: ¿con quién<br />
bailaba mi abuela?<br />
49
CÓMO SE<br />
MATA UN<br />
CHIVO<br />
Por Camilo Fernández Otálora<br />
50
Cómo se mata un chivo. Es algo que<br />
debí preguntarme mucho antes de<br />
convertir mi sala en un matadero.<br />
Había descubierto la metodología perfecta<br />
para mantener mi apartamento<br />
en condiciones impecables. Lo limpiaba<br />
lunes y jueves, aspiraba la alfombra,<br />
trapeaba los pisos, lavaba el baño, la<br />
cocina. Perfecto. No era que tuviera muchos<br />
invitados, es más, casi no los tenía,<br />
pero necesitaba tener la tranquilidad de<br />
saber que todo estaba limpio, de que<br />
si se me caía algo del plato de comida<br />
podía recogerlo sin asco, no me lo iba a<br />
meter a la boca, se iría directito a la basura,<br />
pero si quisiera podría hacerlo sin<br />
riesgos a mi salud. Tranquilidad, esa es<br />
la palabra que hubiera usado para definir<br />
mi hermoso apartamento.<br />
Cómo se mata un chivo. Qué voy a<br />
saber. Nací y crecí en la Ciudad de México,<br />
nunca he estado en una granja y,<br />
al igual que todo el mundo, sólo había<br />
visto a los chivos en los zoológicos. Todos<br />
tenemos una foto en algún álbum<br />
familiar, de cuando aún se imprimían<br />
las fotos, en la que tenemos tres o cuatro<br />
años y nuestra cara no sabe si ser de<br />
sorpresa o de miedo porque un chivo<br />
está comiendo croquetas de veinte pesos<br />
directamente de nuestras manos.<br />
Cómo se mata un chivo. Cómo diablos<br />
se mata un chivo. No tenía ni idea<br />
y, al caminar desde el mercado Sonora<br />
hasta la casa, jamás se me ocurrió preguntármelo,<br />
estaba más preocupado<br />
por las dos horas que me tomaría caminar<br />
con el animal, los tres policías que<br />
se nos quedaron viendo sin saber qué<br />
decir y las miles de miradas prejuiciosas<br />
de la gente. No fue sino hasta que<br />
llegué al apartamento que me di cuenta<br />
de que no había pensado bien esto.<br />
Dejé al chivo amarrado en el jardín de<br />
atrás del edificio. Buenas tardes, vecina,<br />
es para una película que estoy haciendo.<br />
No supe qué más inventar cuando<br />
se asomó la señora del doscientos cuatro.<br />
Subí a mi apartamento, corrí todos<br />
los muebles de la sala hacia los muros,<br />
para hacer espacio. Pero lo pensé de<br />
nuevo y mejor los guardé en mi habitación.<br />
Necesito periódicos. Buenas<br />
tardes, vecino, tendrá periódicos viejos<br />
que me pueda regalar. Cuatro apartamentos<br />
después, conseguí suficiente<br />
papel para cubrir el piso de la sala. Es<br />
increíble la cantidad de basura que<br />
guarda la gente —qué asco—. Puse en<br />
el centro la cubeta roja que usaba para<br />
trapear —obviamente sería la última<br />
vez que la usaría— y subí al chivo jalándolo<br />
de la cuerda por las escaleras.<br />
Cómo se mata un chivo. Ahí estaba<br />
yo, desnudo —no quería ensuciar mi<br />
ropa— en medio de mi sala vacía tapizada<br />
con papel periódico, una cubeta<br />
y un chivo. Necesito un cuchillo, claro.<br />
Fui a la cocina y traje el más grande<br />
sin meditar en si era o no el más filoso.<br />
Supongo que debo buscar la yugular,<br />
pensé, el cuello. El chivo y yo estábamos<br />
muy nerviosos. Apenas el metal<br />
atravesó su piel me pateó en los huevos<br />
y salió corriendo salpicando con<br />
sangre las paredes, el techo, moviendo<br />
los periódicos y manchando el piso.<br />
¡No! ¡Para! Agarré la cuerda, que el animal<br />
aún llevaba amarrada al cuello, y<br />
jalé con fuerza, pero eso sólo hizo más<br />
grande la herida y, por lo tanto, el chorro<br />
de sangre.<br />
Cómo se mata un chivo. Esperas a<br />
que se desangre y deje de moverse en<br />
la mitad de tu sala destruida y te preguntas<br />
qué hacer ahora. El aire, antes<br />
puro y limpio, del apartamento ahora<br />
era una nube viscosa y repugnante con<br />
51
olor a metal y pelos. Me metí a la ducha<br />
para quitarme de encima la sangre, que<br />
ya se empezaba a endurecer sobre mi<br />
piel. Tallé, tallé y tallé y vi cómo el agua<br />
se pintaba de rojo y café —el cabrón se<br />
hizo popó del susto—, mientras mi piel<br />
volvía a su color natural. Tenía el olor<br />
impregnado dentro de mis narices, todo<br />
lo que tocaba olía mal, la ropa, las manos,<br />
el pelo, todo. Por más que me lavé,<br />
incluso con el jabón arrancagrasa de la<br />
cocina, no me pude quitar la sensación<br />
de la sangre tapándome los poros. Me<br />
vestí y salí a la calle echándole una última<br />
mirada al chivo muerto en mi sala<br />
llena de sangre y heces. Caminé hasta la<br />
esquina y llamé a Juan, le dije que íbamos<br />
a tener que hacer la misa en su casa,<br />
yo no pensaba volver a la mía, y necesitábamos<br />
otro chivo. Jamás volví a casa.<br />
<strong>La</strong> policía llegó al edificio por el olor a<br />
animal muerto que reportaron los vecinos.<br />
Buscaron en todo el apartamento,<br />
tratando de entender lo que había pasado,<br />
entonces encontraron mi diario, fue<br />
así como dieron con todos nosotros. Pasamos<br />
un par de meses en el bote, por<br />
satánicos, dijeron los oficiales.<br />
Cómo se mata a un chivo. Sigo sin saber,<br />
pero sí sé que les tomó un mes entero<br />
limpiar y ventilar el apartamento. Dicen<br />
que ahora la renta es una ganga, se<br />
corrió el rumor de que allí hubo un sacrificio<br />
satánico y nadie quiere vivir ahí.<br />
52
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53
ALMENDRAS<br />
AMARGAS<br />
Por Omar Soto<br />
54
Estaba dentro de la casa. Era imposible<br />
no sentirlo. Todo lo indicaba.<br />
Y les puedo asegurar que no eran<br />
mis nervios. Él me lo había advertido<br />
en distintas ocasiones. «Si abandonas<br />
todo lo que hemos hecho no volverás<br />
a estar segura en ningún lugar por el<br />
resto de tu vida». Yo era chef y él era mi<br />
jefe, dueño de un restaurante de muy<br />
buena reputación aquí en París. Para<br />
comer ahí debías hacer una reservación<br />
con mínimo seis meses de anticipación.<br />
Está de más decir que el trabajo<br />
era muy exigente, pero eso no me<br />
molestaba. Yo hacía lo que amaba y en<br />
el momento de mi contratación yo estaba<br />
muy necesitada. Tanto que acepté<br />
una propuesta por parte de mi jefe, que<br />
podría decir, sin estar equivocada, que<br />
era como hacer un trato con el diablo.<br />
Y es que necesitaba a alguien que cocinara<br />
para un grupo más exclusivo de<br />
personas, en un restaurante con cupo<br />
mucho más limitado, ubicado en la<br />
parte subterránea de su exitoso restaurante.<br />
Lo llamaba Almendras Amargas;<br />
después entendí el significado. Y es<br />
que para que una persona muera envenenada<br />
solo necesita ingerir cierta<br />
cantidad de almendras amargas. Así es<br />
como lo hacían. Así conseguían el ingrediente<br />
principal de su cocina. Mi trabajo<br />
no era cometer el homicidio. Sólo<br />
era cocinar la carne, servir la sangre en<br />
copas de vidrio y mantener la boca cerrada.<br />
Cosa que hice por años. No podría<br />
comenzar a describir cómo fue la<br />
primera vez, pero uno se acostumbra a<br />
todo. Lo primero que hacía era extraer<br />
la sangre. A ellos les encantaba beberla,<br />
y honestamente al verla dentro de una<br />
copa de vino puedo decirles que no se<br />
veía como nada fuera de lo común. Era<br />
lo primero que ponía sobre la mesa, la<br />
cual tenía una capacidad de doce sillas,<br />
y esas sillas tenían un precio altísimo.<br />
<strong>La</strong> mayor parte del tiempo las mismas<br />
personas ocupaban las mismas seis<br />
sillas, pero las demás llegaron a variar<br />
mucho día con día. Se notaba una especie<br />
de desesperación por parte de<br />
estas personas al tratar de conseguir<br />
un lugar en esa mesa. Después entendí<br />
que lo necesitaban para vivir. Yo lo ignoré<br />
lo más que pude hasta el momento<br />
en que mi jefe comenzó a darme más<br />
responsabilidades.<br />
Al tener una baja de clientes que pudieran<br />
caer envenenados, mi trabajo se<br />
extendió hasta el punto de convertirme<br />
en asesina. Mi jefe me convenció de que<br />
era una hermosa chica y además buena<br />
cocinera. Para mí sería fácil atraer hombres<br />
a mi departamento y cocinarles,<br />
siempre utilizando las almendras… y<br />
me apena decir que así lo hice.<br />
Yo ya tenía una pequeña fortuna y<br />
me había hecho inmune a los nervios<br />
de destazar a otro ser humano. Pero los<br />
cambios que no quieres que sucedan<br />
llegan cuando menos te lo esperas, y<br />
cuando estaba consiguiendo a mi siguiente<br />
víctima, me enamoré. Cuando<br />
cocinaba para él me corté un dedo al estar<br />
distraída pensando en qué era lo que<br />
me llamaba la atención de este hombre.<br />
Él acudió a mi ayuda y al tomar una servilleta<br />
de tela tiró todas las almendras al<br />
suelo por accidente. Para mí era señal<br />
suficiente. Era momento de transformar<br />
mi vida por completo, y eso intenté<br />
hacer, juro que lo hice… pero no se me<br />
permitió. Ahora ellos querían tenerme a<br />
mí de platillo principal y era cuestión de<br />
tiempo para que lo lograran.<br />
Él ya estaba dentro de mi casa, y mi<br />
amado estaba dormido a mi lado. Yo<br />
era la única que lo sentía. Sabía que<br />
55
debimos haber huido cuando tuvimos la<br />
oportunidad, pero ya era muy tarde, ya<br />
venía por mí y de seguro no se tomaría<br />
la molestia de envenenarme con almendras<br />
amargas. Mi destino sería un poco<br />
más atroz. Eso pensé hasta que le pedí<br />
al hombre que amaba que saliera por la<br />
ventana y bajara por la escalera de emergencia.<br />
Le tomaría bastante tiempo accionarla,<br />
ya que este edificio parisino era<br />
muy viejo. Él me obedeció preocupado y<br />
yo salí a dar la cara. El diablo estaba parado<br />
quieto frente a mí en la sala de estar.<br />
Le repetí lo que ya le había dicho antes:<br />
que no tenía por qué preocuparse por mí,<br />
que nadie se iba a enterar que ni él ni los<br />
de su tipo existían, que no tenía por qué<br />
temer dejarme vivir mi vida, a lo que él<br />
no respondió nada y comenzó a acercarse<br />
a mí. Tomé uno de los filosos cuchillos<br />
de un cajón de la cocina y si este ser me<br />
iba a matar, tan siquiera no me iría sola.<br />
56
Luché con todas mis fuerzas y logré hacer<br />
algunos graves cortes sobre su piel, pero<br />
nada parecía detenerlo. En el momento<br />
que vi sus colmillos ya me había dado<br />
por vencida, tan siquiera había logrado<br />
que un hombre inocente se salvara y eso<br />
era suficiente. Ese era el pensamiento<br />
que me tranquilizó mientras sentía su<br />
fuerte mordida sobre mi cuello. De repente<br />
me desvanecí cayendo sobre el<br />
piso de la cocina.<br />
Cuando recobré el conocimiento, el<br />
hombre que amaba me tenía recostada<br />
sobre el sillón. Él me preguntó si estaba<br />
bien y yo le respondí que sí, sólo que<br />
tenía mucha hambre, por lo que decidí<br />
ponerme a cocinar y podía notar que<br />
él seguía preocupado, y yo también lo<br />
estaba, pero por él, ya que mi hambre<br />
esta vez no podía ser saciada por alguno<br />
de mis platillos. Esta vez no iba a dudar<br />
en utilizar las almendras amargas.<br />
57
EL<br />
VIEJO<br />
Por Barbarella D´Acevedo<br />
58
Eran las once de la mañana de otro<br />
día de calor. El bar estaba vacío<br />
quizá debido a la hora. Sentados a<br />
la barra, en una esquina, dos hombres<br />
blancos, todavía jóvenes, permanecían<br />
en silencio. El que aparentaba ser un<br />
poco mayor fumaba.<br />
—¿Tiene cerveza? —preguntó, dirigiéndose<br />
a la camarera.<br />
—No. <strong>La</strong> deben traer más tarde; el camión<br />
se demora —respondió esta.<br />
—¿Quieres un refresco, Serguéi?<br />
—Tampoco tenemos —se adelantó la<br />
mujer. El hombre, descontento, la miró<br />
por un instante.<br />
—Agua de la pila. Para dos. Por favor.<br />
—Enseguida la traigo, mi chino.<br />
<strong>La</strong> mujer colocó los vasos sudados<br />
frente a ellos. En uno, no tardó en posarse<br />
una mosca.<br />
—Es la hora de las moscas, Alexis<br />
¿qué tú crees? —forzó Serguéi un chiste.<br />
Luego se limpió el sudor de la cara con<br />
su pañuelo.<br />
—Le puse hielo —aclaró la camarera y<br />
sonrió, mirando fijamente a Alexis.<br />
—Gracias —apuró Serguéi, se sacó<br />
la billetera del bolsillo del pantalón y<br />
colocó dos monedas sobre la barra. <strong>La</strong><br />
camarera por fin se alejó.<br />
—No pude localizarte. Tienes que solucionar<br />
lo de tu teléfono. Ya te lo he<br />
dicho varias veces. Tienes que hacerlo.<br />
—¿Qué fue lo que pasó Ale?<br />
—Fue ayer. Yo estaba de guardia. Le dije<br />
al Jefe que hoy temprano te iba a buscar.<br />
Serguéi esperó un momento en silencio.<br />
Su compañero terminó de apagar el cigarro<br />
contra la palma de la mano abierta y<br />
sonrió en una mueca de dolor.<br />
—Un día te vas a hacer daño —apuntó<br />
Serguéi, con cierta sorna.<br />
—Es un hábito como cualquier otro.<br />
¿Se puede saber dónde estabas ayer?<br />
—Aproveché para arreglar la moto.<br />
Tratar de arreglarla. Sabes que…<br />
—Fue el Viejo.<br />
—¿Qué, esta vez?<br />
El otro no respondió y Serguéi volvió<br />
a aguardar en silencio. Extendió una<br />
mano para jugar con el vaso frente a él.<br />
Y al final dijo:<br />
—¿Y ahora? ¿Qué se hace? ¿Qué debo<br />
hacer, Ale? ¿Qué me sugieres?<br />
—Llama después al Jefe. Y discúlpate.<br />
Él te dirá los detalles. Lo qué hay que<br />
atender luego. Por ahora, solo esperar.<br />
Estabas de guardia y no apareciste<br />
—Alexis miró a Serguéi y después añadió—:<br />
Tú estuviste a cargo de… Eso, la<br />
maniobra. Debo saber si la última vez<br />
el Viejo te llegó a decir algo.<br />
—Ya a esta edad todo da un poco lo<br />
mismo —el Viejo dejó de mirarlo y dirigió<br />
su vista a la exánime fuente de luz<br />
del cuarto de interrogatorios, era una<br />
lámpara con forma de campana, dónde<br />
las moscas no cesaban de posarse.<br />
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué<br />
quieres decir? Habla —dijo Serguéi, entre<br />
dientes, y se pasó el pañuelo por la<br />
frente para secar el sudor. Hacía calor,<br />
el pequeño cubículo no tenía ventanas<br />
y la consola de aire acondicionado apenas<br />
parecía funcionar.<br />
—¿Qué? ¿Qué fue lo que me preguntó?<br />
—insistió el Viejo y se rascó un oído<br />
con el meñique—. Estoy un poco sordo.<br />
—Qué hables. Habla de una vez —alzó<br />
Serguéi la voz, ya algo alterado.<br />
—El pasado ya no tiene marcha atrás.<br />
Si pudiera cambiar algo lo haría, pero<br />
se fue y no vuelve —dijo el Viejo, muy<br />
despacio, como si hubiera estado pensando<br />
cada frase con dificultad.<br />
—¿Qué es lo que no vuelve? —interrogó<br />
Serguéi, y luego repitió más alto—. ¿Qué<br />
es lo que no vuelve?<br />
59
—El pasado.<br />
—Entonces, ¿te arrepientes?<br />
—¿Y tú? —preguntó el Viejo en un susurro.<br />
—¿Qué le respondiste? —indagó Ale,<br />
sus ojos se cruzaron por un instante<br />
con los de la camarera—. ¿Te arrepientes<br />
de algo?<br />
—No me arrepiento de nada —dijo<br />
Serguéi, después de una pausa. Dejó<br />
entonces de jugar con el vaso y bebió<br />
un sorbo de agua.<br />
—Tenía la edad de tu padre, ¿sabes?<br />
—agregó su compañero y encendió otro<br />
cigarro—. Tres años menos que el mío.<br />
Un auténtico viejo.<br />
—Tienes la misma edad que mi padre<br />
pero no eres ni un poco parecido a él.<br />
Mi padre nunca hubiera hecho lo que<br />
tú —dijo Serguéi.<br />
—Cualquiera podría haber sido.<br />
—Nunca habría traicionado al país, a<br />
sus líderes. Hubiera muerto, si era preciso,<br />
todo menos rebelarse, como tú hiciste.<br />
—En esos tiempos todo era confuso.<br />
Todo estaba empezando y no se sabía<br />
cuál era el lado correcto.<br />
—Algunos siempre lo supieron.<br />
—Fue un error. Un segundo de valentía<br />
apenas —añadió el Viejo y comenzó<br />
a sollozar muy bajito—. Creí que podría<br />
ser un héroe, salvar el mundo, qué sé yo.<br />
—¿Y ahora con quién estás?<br />
—Ahora pido que me dejen tranquilo.<br />
No he hecho nada. Solo esa vez y ya he<br />
60
pagado lo mío. Fue hace mucho tiempo.<br />
Déjenme en paz.<br />
—No me conmueves. En este trabajo no<br />
se puede ser sentimental —dijo Serguéi.<br />
—Usted sabrá—ironizó el Viejo, y después<br />
dijo como para sí—: Tengo frío.<br />
Creo que me tiembla el cuerpo.<br />
—¡Calla! Habla solo cuando te pregunte—gritó<br />
Serguéi y golpeó con fuerza<br />
la lámpara con forma de campana,<br />
que zumbó un segundo en el aire enrarecido<br />
y luego dejó de dar luz.<br />
—Entonces, ¿eso fue lo que pasó? ¿El<br />
Jefe lo sabe? —dijo el hombre y se distrajo<br />
en mirar a dos moscas ocupadas<br />
en aparearse. Serguéi negó con la cabeza<br />
y preguntó:<br />
—¿Crees que me busque algún problema?<br />
Ale miró a Serguéi con desgano y tardó<br />
un momento en contestar:<br />
—No en realidad.<br />
—¿Y el ascenso? ¿Crees que esto afecte?<br />
—Tienes que solucionar lo del teléfono.<br />
Eso primero. Y luego esperar, a qué las<br />
cosas cojan su nivel. Todos tenemos que<br />
esperar —expresó y golpeó con la mano<br />
abierta a las moscas sobre la barra. <strong>La</strong> camarera<br />
lo miró y el hombre le dirigió un<br />
pequeño saludo con la mano. Ella guiñó<br />
un ojo seductora. Serguéi mantuvo la vista<br />
perdida y dijo casi para sí:<br />
—Sí. Supongo que sería complicado<br />
si se supiera, si la prensa divulgara que<br />
el Viejo se mató.<br />
61
KAMAKSHI<br />
Por PabloBrion<br />
62
Tomaba café sola, en la mesa de un<br />
bar. El detective la observaba: la despreocupada<br />
concentración con que<br />
abría los sobres de azúcar, el lento movimiento<br />
circular de la cucharita, el sinuoso<br />
cruzar de sus largas piernas en medias negras,<br />
el pelo firmemente trenzado con un<br />
cordón encerado, un collar con un elefante<br />
sobre sus turgentes pechos, la revista<br />
que hacía minutos que miraba sin girar las<br />
páginas. El detective supo que había sido<br />
descubierto y fue hacia su mesa.<br />
—Hola —lo recibió ella, levantando la vista<br />
apenas se aproximó—. ¿Tuviste valor?<br />
—Me llamo Milton —dijo él—. Soy detective<br />
privado, estoy investigando un caso.<br />
—Interesante, ¿qué investiga? —contestó<br />
ella, con un tono divertido.<br />
—Pensé que investigaba una infidelidad,<br />
luego se transformó en una desaparición<br />
y ahora creo que estoy investigando<br />
un asesinato.<br />
—Si es un invento para captar mi<br />
atención es de los mejores que escuché,<br />
señor Milton.<br />
—No lo es. Estuve siguiendo a un<br />
hombre que se encontró con usted dos<br />
veces, su esposa me contrató para investigar<br />
una posible infidelidad. Vi que<br />
ayer se marchaban juntos pero el hombre<br />
no regresó a su casa.<br />
—Si está acusándome o soy sospechosa,<br />
¿por qué no va a la policía? Para<br />
ser un investigador de revistas rosas,<br />
esto puede ser demasiado para usted —<br />
dijo ella, con sarcasmo, mientras lo miraba<br />
a los ojos. Milton no llegó a ofenderse.<br />
Contestó sonriendo tranquilo.<br />
—Es posible que vaya. Pero por mi experiencia<br />
si un hombre engaña a la esposa<br />
también engaña a la amante apenas<br />
tiene oportunidad, así que decidí seguirla<br />
para ver si usted sabía algo, o el verla<br />
me revelaba algo acerca de su paradero.<br />
—¿Y el verme le reveló algo? —preguntó<br />
ella, mientras se reclinaba en la silla<br />
en una pose más seductora.<br />
Milton la miró a pesar suyo, la sonrisa<br />
pícara, los ojos chispeando entre burlona<br />
y sensual. Unos labios rojos entreabiertos<br />
muy atractivos, y las piernas<br />
que se movían sinuosamente en forma<br />
casi hipnótica.Lo seducía adrede y él lo<br />
sabía. Ella también sabía que él lo sabía.<br />
—No me reveló nada, de hecho, ni siquiera<br />
sé su nombre.<br />
—Me llamo Uma, ¿en qué lo puedo<br />
ayudar? —contestó ella, sonriendo y<br />
ofreciéndole su mano. Milton sintió el<br />
deseo de besarla apenas la extendió,<br />
en lugar de estrechársela. Se contuvo,<br />
con esfuerzo.<br />
—Roberto Rodriguez. Lo encontró<br />
dos veces en este bar, a esta misma<br />
hora. ¿Qué puede decirme?<br />
—No sé si me conviene decirle algo.<br />
¿Cómo saber si tiene micrófonos? Puede<br />
que no me interese contestar en estas<br />
circunstancias si insiste en considerarme<br />
una sospechosa.<br />
—No. No uso micrófonos, y para ser<br />
sincero usted no aparece claramente<br />
en ninguna de las fotos que tomé, aun<br />
cuando los seguí.<br />
—Entonces sabe dónde vivo.<br />
—En el edificio que está dos cuadras<br />
subiendo la calle, el que tiene un león<br />
de mármol en la puerta.<br />
—Sabe de mí mucho más que yo de<br />
usted. Milton, le propongo algo: no<br />
hable con la policía y muéstreme una<br />
credencial, o una identificación, y le<br />
permito que me acompañe a mi departamento<br />
si quiere investigar. Cómo no<br />
puedo saber si me está grabando, aquí<br />
no le voy a decir nada.<br />
Ella se inclinó hacia adelante y sus ojos<br />
y su cuerpo eran una invitación a acom-<br />
63
pañarla. Milton se preguntó no por primera<br />
vez qué hacía esta mujer tan sexy<br />
y en apariencia inalcanzable, con Rodriguez,<br />
que era un oficinista cualquiera.<br />
Porque a él lo estaba seduciendo para<br />
evitarse un problema que aún no alcanzaba<br />
a determinar, ¿pero al otro?<br />
—Le agradezco la confianza, le acompaño<br />
—dijo, mientras sacaba su identificación<br />
y una tarjeta de su agencia en<br />
la que era el dueño y único empleado.<br />
Ella la tomó.<br />
—A ver… ¡Qué letra más chica! Milton<br />
Investigaciones. Seguimientos, infidelidad,<br />
recupero de registros telefónicos,<br />
monitoreo celular, investigación de antecedentes,<br />
adicciones, sectas, control<br />
parental, fraudes. Bien. Le permito que<br />
me acompañe pero voy a avisar al encargado<br />
que usted sube, sólo para sentirme<br />
segura. ¿Vamos?<br />
Dejando pagado el abandonado café,<br />
se levantó con un movimiento felino y<br />
con una mirada deslumbrante de costado<br />
lo conminó a seguirla.<br />
Llegaron. No había encargado. El ascensor<br />
era estrecho, sentía el calor de<br />
su cuerpo a través de la delgada tela y<br />
ella no intentaba alejarse. Lo miró profundamente<br />
con sus ojos negros al entrar<br />
en el departamento. Cerró detrás<br />
de él, con una vuelta de llave.<br />
—Bueno, Milton —la forma en que decía<br />
su nombre ahora era insinuante mientras<br />
lo tuteaba—, ¿qué es lo que buscas realmente?<br />
No esperarás que tenga un cadáver<br />
en el armario, ¿no? —Milton se sentó en<br />
una silla, poniendo la mesa entre ella y él.<br />
64
—Necesito saber todo lo que pasó<br />
con Rodriguez.<br />
—Y yo necesito saber cómo puedo<br />
confiar en ti. Necesito conocerte mejor.<br />
—Le propongo algo...<br />
—...escucho propuestas. Pero antes<br />
permíteme que me ponga cómoda. ¿Te<br />
sirvo algo? ¿Una bebida?<br />
Ella se sacó los zapatos de tacón,<br />
moviendo una silla y sentándose junto<br />
a él, reduciendo a nada la distancia artificial<br />
que él había creado.<br />
Su ropa no permitía esconder ningún<br />
arma, pero no era tan tonto cómo<br />
para confiarse.<br />
—No, gracias.<br />
—¿De verdad no deseas nada? —la<br />
mirada pícara era a la vez una invitación,<br />
una broma y un desafío.<br />
—Por ahora unas respuestas.<br />
—¿Por ahora? Y sí contesto, ¿luego<br />
qué? —su tono de su voz era más profundo<br />
y grave, lleno de promesas y<br />
deseo. Recorrió con un dedo su pecho,<br />
lentamente. Se recostó voluptuosamente<br />
contra él. Milton sintió los ojos<br />
de ella capturando su mirada. Una<br />
mano lo acercó a su boca: dulce, sensual,<br />
incitante, irresistible.<br />
Tardó en notar que le faltaba el aire,<br />
en sentir el cordón encerado en torno a<br />
su cuello, no alcanzó a gritar.<br />
Ella apretó usando el respaldo de la<br />
silla como un torniquete, asfixiándolo<br />
hasta la muerte.<br />
Abrió el refrigerador: quedaba poco<br />
espacio y este era más gordo que Rodriguez.<br />
<strong>La</strong> cena sería abundante.<br />
65
LA CHICA<br />
DEL VESTIDO<br />
VERDE<br />
Por Juan Manuel <strong>La</strong>barthe<br />
66
Por su trabajo como abogado especializado<br />
en derechos de autor. Alfonso<br />
<strong>La</strong>ra <strong>La</strong>nda estaba acostumbrado<br />
a convivir cotidianamente con<br />
gente atractiva y joven que irradiaba<br />
salud, vitalidad y carisma. Mujeres altas<br />
de rostro perfecto y cabellos sedosos<br />
que gustaban dejar semidescubiertos<br />
hermosos senos, y piernas largas y delgadas.<br />
Hombres con musculatura de<br />
gimnasio y sonrisa cautivadora. Pero<br />
nada de eso lo preparó para ella. Aquella<br />
chica que se encontró en la fiesta de<br />
presentación del nuevo proyecto de<br />
Rafa Ugarte para Canal Media era una<br />
categoría en sí misma. Desde que la atisbó<br />
sentada en un rincón, sola, con una<br />
copa de vino espumoso en la mano e indiferente<br />
al barrullo de la fiesta no pudo<br />
apartar la vista. Tenía algo, un je’ne sais<br />
quoi que la hacía diferente, excepcional.<br />
Si las facciones del rostro se tomaban<br />
por separado estaban lejos de ser perfectas,<br />
los ojos eran un poco separados,<br />
un poco demasiado grandes, la mandíbula<br />
triangular ligeramente puntiaguda,<br />
pero el conjunto de una forma misteriosa<br />
y cautivante funcionaba. Vestía un<br />
vestido largo de fiesta cruzado de color<br />
verde jade que lucía a la perfección porque<br />
era en extremo delgada, sin embargo<br />
su figura de efigie no le daba un carácter<br />
frío, estatuario, sino que la hacía<br />
emanar sensualidad por cada poro.<br />
—No puedes dejar de verla, ¿no es<br />
verdad? —le dijo Rafa, el anfitrión, después<br />
de sorprender a Alfonso observándola<br />
sin parpadear.<br />
—¿Cómo? Ah eres tú... —dijo Alfonso—.<br />
Es bellísima. ¿No?<br />
—Tiene algo… Difícil de describir.<br />
—Sí, justamente estaba pensando eso.<br />
—¿Quién la representa?<br />
—Nadie. No es del medio.<br />
—¿Cómo? ¿Con esa apariencia?<br />
—Pues sí, pero no tiene experiencia<br />
profesional.<br />
—¿Y tú como sabes?<br />
—Ya hice mi investigación. Viene con<br />
una chica de maquillaje pero aparentemente<br />
ella apenas la conoce. Es amiga<br />
de otra amiga. Es extranjera, al parecer<br />
de Escandinavia, no entiende el español.<br />
—Bueno, pues entonces no has hecho<br />
bien tu trabajo. No sabes nada.<br />
—Ya intenté abordarla, pero se muestra<br />
esquiva, como que no entiende lo<br />
que le dices aun cuando uses el inglés. A<br />
mí se me hace que entiende todo, pero a<br />
lo mejor está haciéndose la que no sabe.<br />
—Bueno, voy a hablar con ella —dijo<br />
Alfonso, con resolución.<br />
—¿Y a poco contigo sí va a hablar?<br />
—Espérate y verás.<br />
Alfonso dejó a Rafa y fue directamente<br />
al rincón donde se encontraba la<br />
chica. Se presentó, ella lo miró de arriba<br />
abajo, con sus grandes ojos azules<br />
como sin entender. Su mirada tenía una<br />
tonalidad gris, acerada, Alfonso pensó<br />
en los escarpados fiordos de las costas<br />
noruegas que bordean ríos y mares de<br />
azul intenso. Extendió la mano para saludar,<br />
rogando que no lo dejara con el<br />
saludo en el aire. Después de titubear la<br />
chica extendió su mano izquierda, fina<br />
y huesuda, de suave piel y de apretón<br />
extrañamente firme. El siguiente movimiento<br />
era esencial. Alfonso atrajo hacía<br />
sí el rostro de la chica para besarlo.<br />
Ella no se opuso. Supo que había hecho<br />
lo correcto cuando ella parpadeó con<br />
coquetería y curvó ligeramente los labios<br />
como sonriendo. Rafa, desde lejos,<br />
vio aquella escena perplejo, con una<br />
mezcla de envidia y asombro.<br />
<strong>La</strong> fiesta continuó. Rafa estuvo ocupado<br />
atendiendo a los invitados, pero<br />
67
de cuando en cuando echaba un ojo<br />
al rincón donde Alfonso y la chica estaban<br />
enfrascados en lo que parecía una<br />
conversación muy interesante, en algún<br />
momento fue claro que ella ponía su<br />
mano sobre la pierna de él. Diez minutos<br />
después volvió a voltear pero ya no<br />
estaban ahí. Barrió el lugar con la mirada,<br />
los descubrió justo a tiempo: salían<br />
de la sala y se dirigían por la escalera hacia<br />
la parte superior de la casa. Rafa los<br />
siguió con cautela. Riendo como niños<br />
caminaron los dos por el pasillo del segundo<br />
piso, y entraron en una recámara.<br />
Tras ellos cerraron la puerta. Rafa se<br />
quedó en el pasillo. Preso de ansiedad y<br />
de deseo pegó la oreja a la puerta para<br />
escuchar lo que sucedía al interior. Estuvo<br />
ahí cerca de media hora, bien atento<br />
a los murmullos, murmuraciones, y luego<br />
jadeos intermitentes que llegado el<br />
momento se escuchaban sin necesidad<br />
de acercar el oído. Finalmente cansado<br />
de estar de pie y con el temor de que<br />
alguien lo descubriera decidió retirarse.<br />
En eso estaba cuando escuchó un grito<br />
fortísimo proveniente de la recámara,<br />
luego otro y otro más fuerte. Parecían<br />
no de placer sino de dolor, de desesperación.<br />
Lo dudó un poco pero finalmente<br />
entró al cuarto.<br />
Lo que presenció Rafa aquel día<br />
lo acosaría el resto de su vida. Sobre<br />
la cama en desorden se realizaba un<br />
acto antinatural. Alfonso se encontraba<br />
montado a horcajadas sobre un<br />
enorme insecto. <strong>La</strong>s extremidades delanteras<br />
de la criatura eran tan duras<br />
como el acero, de coloración traslúcida<br />
y estaban flexionadas para mantener<br />
sujeto firmemente el torso de Alfonso.<br />
Sobre el suelo, desperdigada, la ropa<br />
de Alfonso, el vestido verde de la chica<br />
extendido en pliegues como un charco<br />
y algo que parecía un muñeco inflable<br />
que se había quedado sin aire, y que no<br />
era más que la piel arrugada de la que<br />
había sido bellísima mujer.<br />
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69
EN EL<br />
PASILLO<br />
Por Gabriel Bevilaqua<br />
70
<strong>La</strong> mano de Alex abandonó la tibieza<br />
de las frazadas para apagar el<br />
despertador. «Un día de estos, se<br />
decía, voy a apagar el reloj, me voy a<br />
hundir nuevamente entre las frazadas<br />
y voy a seguir durmiendo; pero, agregó<br />
en un suspiro, no hoy.» Alex ganaba<br />
una miseria en su trabajo y no podía<br />
darse el lujo de perder el premio por<br />
presentismo. Sin esa plata, tendría<br />
que elegir entre dejar de pagar la luz o<br />
el gas, o quedarse cuatro o cinco días<br />
sin comer. Así que Alex se levantó como<br />
todas las madrugadas y combatió los<br />
restos del sueño, que aún después de<br />
lavarse la cara le persistía, con un café<br />
bien cargado. Eran las cuatro y ya estaba<br />
listo para patear las cinco cuadras<br />
hasta la parada del colectivo. Constató<br />
que el gas estuviera cerrado y abrió la<br />
puerta que daba al largo pasillo común<br />
que llevaba a la calle. Entonces<br />
lo vio. Había un león acostado en el<br />
pasillo. Cerró la puerta con un golpe<br />
y el animal levantó la cabeza. Alex se<br />
preguntaba si aquello sería un sueño,<br />
si inconscientemente había cedido a<br />
su deseo de faltar al trabajo. «¡Imposible!»,<br />
exclamó. Necesitaba la plata y<br />
la única manera que tienen los pobres<br />
de conseguirla es partiéndose el lomo.<br />
Morosamente, Alex volvió a abrir la<br />
puerta. Sólo una luz del grosor de un libro<br />
flaco. El león estaba mirando hacia<br />
la puerta y lo vio. Ambos se vieron, se<br />
miraron a los ojos y se quedaron perplejos<br />
por un instante. Alex volvió a cerrar<br />
la puerta. «¿Se habrá escapado de<br />
algún circo?», se preguntó, al tiempo<br />
que sacaba el celular del bolsillo de la<br />
campera. No tenía señal. Miró la hora,<br />
las 4:07. Ocho minutos para patear cinco<br />
cuadras. Nada mal si saliese ahora,<br />
sorteara al león y ganara la calle. «¡<strong>La</strong><br />
plata, la maldita plata!», resopló. Alex<br />
no quería perder el premio y quedarse<br />
sin gas o sin luz, y menos aún quedarse<br />
sin comer durante una semana. No<br />
eran opciones admisibles. ¡No! Así que<br />
volvió a abrir la puerta y observó con<br />
detenimiento. <strong>La</strong> fiera en realidad más<br />
que un león parecía una parodia de<br />
león: descarnado, roñoso, macilento. Y<br />
aunque sintió algo parecido a la pena,<br />
fue por la pala que le habían prestado<br />
hacía meses, junto a otras herramientas,<br />
para elaborar la mezcla y revocar<br />
la pieza. Esta vez abrió la puerta de par<br />
en par. Sin ambages. Llevaba el bolso<br />
de trabajo al hombro y la pala en una<br />
mano. Había pensado llevar la pala en<br />
alto pero enseguida se dio cuenta de<br />
que eso habría sido poner en guardia<br />
al animal. Entretanto, el león lo miraba<br />
de reojo. Alex comprobó que había<br />
suficiente espacio para pasar, bien pegadito<br />
a la pared, por el flanco derecho<br />
del felino. «Parece inofensivo», se dijo,<br />
como para darse valor. Y en efecto el<br />
león era inofensivo pero el hambre y<br />
los malos tratos lo empujaban. Lo habían<br />
empujado primero a escaparse<br />
del circo, luego a correr en vano tras un<br />
perro, y ahora a este pasillo donde desfallecía<br />
con la panza soldada al lomo<br />
y la boca seca como un desierto. Alex<br />
dio un paso y luego otro. Se afirmó de<br />
espaldas a la pared. Dio otro paso y de<br />
repente, junto a las patas del león, se<br />
detuvo. Un escalofrío le transitó la piel<br />
como una corriente eléctrica. Entonces<br />
se imaginó el recibo de sueldo sin<br />
el importe por presentismo. Y volvió a<br />
dar un paso y luego otro. Ya casi había<br />
sorteado el flanco del león cuando oyó<br />
lo que parecía la sombra de un rugido.<br />
Como pudo, la bestia se puso de<br />
pie; y Alex apretó el paso sin ofrecerle<br />
71
72<br />
la espalda. El león en verdad estaba a<br />
punto de dejarse caer de nuevo al piso,<br />
sin ánimo ya de matar por primera vez,<br />
cuando Alex instintivamente levantó la<br />
pala, y algo recóndito, como el eco de<br />
la sabana, se despertó de pronto en el<br />
león. Y dio un paso y luego otro, y sacando<br />
fuerza de donde no la había, saltó<br />
sobre Alex. <strong>La</strong> pala, entonces, descendió<br />
certera y mortalmente sobre la<br />
cabeza del animal. Tan certera como la<br />
garra del león que a la par le cortó la<br />
garganta. Mientras Alex se desangraba,<br />
miró al animal, le acarició la desvaída<br />
melena, y aún alcanzó a pensar que<br />
ambos habían sido víctimas, no el uno<br />
del otro, sino de otra cosa.
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73
LUNA Y<br />
CHOCOLATE<br />
CON SAL<br />
Por David Jáuregui Beovide<br />
74
Venimos poco a la Luna, sobre<br />
todo desde el último incremento<br />
de tarifas derivado de la crisis<br />
energética. Hace un año, <strong>La</strong>ura y yo<br />
viajábamos dos veces al mes. Tomábamos<br />
la última salida de la tarde del<br />
viernes y nos quedábamos el fin de semana<br />
completo. Lo único bueno que<br />
ha traído esta recesión es que ahora<br />
los viajes son más exclusivos. El ambiente<br />
se respira más íntimo, lo cual<br />
se agradece cuando se va en pareja y<br />
sobre todo con <strong>La</strong>ura, que siempre se<br />
ha sido muy reservada cuando estamos<br />
en público.<br />
Uf, pienso en nuestro primer viaje y<br />
todavía se me pone la piel de gallina. Levábamos<br />
apenas unos días viéndonos<br />
después del horario de oficina. <strong>La</strong>ura no<br />
se había realizado su transfusión anual<br />
de sangre y yo le presumí las ventajas de<br />
mi plan de nutrimentos agregados.<br />
Mira, si es un poco más caro… no sé,<br />
un 20%, pero la principal ventaja<br />
del plan es que con una sola dosis<br />
prolongas la necesidad de la trasfusión<br />
hasta por cuatro años, para mi<br />
eso no tiene precio.<br />
<strong>La</strong>ura contrató el mismo plan, la aplicación<br />
de la dosis solo se daba aquí en<br />
la Luna y esa fue la mejor excusa para<br />
venir el fin semana. En el transbordador<br />
nos sentamos frente a una pareja<br />
de ancianos, parecían locos y se reían<br />
como niños, los dos nos sonrieron,<br />
pero fue la mujer la que habló:<br />
—Nosotros también vamos a la Luna<br />
para hacer el amor.<br />
<strong>La</strong>ura y yo nos miramos, sentí su<br />
incomodidad, la tomé de la mano y la<br />
besé. <strong>La</strong>ura se sonrojó y me susurró:<br />
—Aquí no.<br />
Al llegar a la Luna fuimos directo al<br />
centro de nutrición para que <strong>La</strong>ura recibiera<br />
la aplicación de la dosis y después<br />
de ahí no salimos en dos días del<br />
cuarto del hotel, la amé como nunca<br />
pensé y ella se entregó sin ninguna reserva,<br />
todavía la siento derretirse en<br />
mis manos y en mi lengua, y ese sabor<br />
que tiene tan rico, a chocolate con sal.<br />
No hay duda de que ha sido nuestro<br />
momento culmen, no he tenido una<br />
experiencia más erótica en mi vida que<br />
aquella vez.<br />
En la oficina nadie me la presentó.<br />
<strong>La</strong>ura llegó hace año y medio junto con<br />
otras dos en un paquete procedente<br />
del distrito IV, el director de marcas me<br />
pidió a mi que las desempacara y les<br />
corriera el programa para que empezaran<br />
de inmediato en el área comercial,<br />
las ventas del primer trimestre habían<br />
sido pésimas y necesitábamos apoyo<br />
si no queríamos correr con la misma<br />
suerte de las otras filiales. Nadie imaginaba<br />
todavía la crisis energética, pensábamos<br />
que era un tema normal del<br />
mercado y que un refuerzo en el equipo<br />
de ventas terminaría con el problema.<br />
<strong>La</strong>ura fue la primera a la que le instalé<br />
el programa, desempaque a las tres,<br />
pero solo a ella la encendí, venia con una<br />
precarga básica; nombre, origen, personalidad<br />
y gustos varios. En cuanto se<br />
activó y se presentó me enamoré de ella.<br />
Creo que el que yo haya sido su primera<br />
imagen también ayudo a que nuestra relación<br />
se diera sin tantos tropiezos.<br />
Para mi mayor suerte el director de<br />
marcas la asignó a mi equipo, hicimos<br />
una mancuerna perfecta, y yo aproveche<br />
cada minuto del mes de entrenamiento<br />
para tratar de seducirla, nos<br />
reíamos visitando clientes, íbamos a<br />
comer, y lo mejor de todo es que ven-<br />
75
díamos muy bien. Un día después de<br />
comer, caminando de regreso a la oficina,<br />
sin preguntarle la besé.<br />
—No por favor —me dijo.<br />
Pero la volví a besar, y la tomé de la<br />
mano.<br />
Se soltó de mi y volteando hacia los<br />
lados revisando que nadie se hubiese<br />
dado cuenta apresuro su paso y se alejó.<br />
Pasaron dos días hasta que la volví<br />
a besar, esta vez accedió con gusto,<br />
pero me suplicó que no lo hiciéramos<br />
público y nunca en la oficina. Por eso<br />
aquella primera vez aquí en la Luna fue<br />
lo que fue.<br />
Después regresábamos cada fin de<br />
semana que podíamos, dos o tres veces<br />
al mes, hasta que empezó esto de<br />
la crisis energética y subieron tanto las<br />
tarifas. Siempre cuidando de no llamar<br />
la atención y teniendo el menor contacto<br />
posible frente a la gente.<br />
Antes, en todos nuestros viajes era<br />
igual, pero con la recesión <strong>La</strong>ura cambió,<br />
ahora caminamos en la Luna tomadas<br />
de la mano y en algunos lugares<br />
públicos poco concurridos se deja<br />
besar. En la habitación es otra cosa,<br />
nunca ha existido el pudor, somo dos<br />
mujeres que se aman y se entregan<br />
entre sudor y el sabor a chocolate con<br />
sal. Creo pronto terminara el recato de<br />
<strong>La</strong>ura con la gente, y ese miedo por el<br />
qué dirán.<br />
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77
LOLA<br />
Por José Severo<br />
78
Después de beber con mis compañeras<br />
y compañeros me fui a<br />
beber a un bar. Estaba necesitado<br />
de alcohol y me habían prometido<br />
unas colegas que seguiríamos bebiendo.<br />
Claro que eso fue antes de caer en<br />
una fuente y mojarnos los zapatos, en<br />
el mejor de los casos, una de mis colegas<br />
se mojó toda su ropa, inexplicablemente<br />
se calló dentro de la fuente y se<br />
mojó. Fue un poco gracioso.<br />
Cuando pasó lo de la fuente creí que<br />
seguía en pie lo de seguir bebiendo,<br />
pero no fue así. Me dijeron que ya no<br />
se sentían tan enérgicas para seguir bebiendo<br />
y que además estaban mojadas,<br />
en esencia eso era lo que les quitó las<br />
energías de beber.<br />
Le pedí a quien conducía que me dejara<br />
cerca del centro de la ciudad, lugar<br />
donde se encontraban la mayoría de<br />
los bares. Una gran cantidad y de muy<br />
variado gusto en realidad.<br />
Ya tenía pensado a donde ir, un bar<br />
del que me estuvieron contando mis<br />
colegas y que al final me dejaron con<br />
las ansias de conocer. Se llama «Lola»,<br />
el bar. Antes de llegar al «Lola», me detenía<br />
con las personas que transitaban<br />
las calles y les preguntaba si veían algo<br />
peculiar en mí, además del hecho de<br />
que me detenía a preguntar a las personas.<br />
No veían nada. Lo que me daba<br />
curiosidad si veían o no era que estaba<br />
mojado de los zapatos y del pantalón,<br />
pero no levanté sospechas.<br />
En fin, decidí que no importaba si las<br />
demás personas notaban que estaba<br />
mojado y me metí en el «Lola». Estaba<br />
bastante oscuro y al entrar, los guardias<br />
me revisaron que no llevara armas o<br />
algún objeto peligroso, quizá drogas.<br />
Cosa curiosa ya que un amigo me había<br />
dicho que eran justamente los guardias<br />
los que te vendían las drogas en los bares<br />
de la zona una vez que comenzaban<br />
a llegar más personas y que todo se descontrolaba.<br />
Al parecer la clave era hacerle<br />
una seña y el sujeto iba al baño, allí<br />
es donde se hacia la transacción. Fue un<br />
pensamiento fugaz pero no le di demasiada<br />
importancia, de cualquier forma<br />
ya había pasado mi época de drogas, a<br />
excepción del alcohol claro está.<br />
Una vez dentro del bar me acerqué a<br />
la barra y pedí una cerveza, estaba realmente<br />
sediento. Había escuchado y ya<br />
había sentido antes el efecto de dejar<br />
de beber durante un rato y después seguir<br />
bebiendo, ya estaba muy ebrio en<br />
realidad pero quería seguir de juerga.<br />
Le di un gran trago a mi cerveza y me<br />
dirigí a sentarme. El lugar estaba casi<br />
vacío, solamente estaban un par de tipos<br />
en una mesa y yo. Me senté en un<br />
rincón, y le di otro trago a mi cerveza.<br />
<strong>La</strong> terminé rápidamente y fui a por otra.<br />
Volví al mismo asiento. Estando allí<br />
sentado me preguntaba que estarían<br />
haciendo mis colegas, seguramente ya<br />
habría llegado a sus casas y se habrían<br />
quitado la ropa y secado la humedad,<br />
mientras yo liquidaba la mitad de la<br />
cerveza de un trago. Me pareció irrelevante<br />
pensar en mis compañeras, después<br />
de todo me habían abandonado<br />
en coche de distracción.<br />
Seguí en el lugar durante un rato, después<br />
de no sé cuántas cervezas comencé<br />
a explorar el terreno. Iba de un lado<br />
para otro observando lo que había en el<br />
lugar. En los últimos momentos había<br />
llegado más gente y se instalaban alrededor<br />
de las mesas, la mayoría iba en<br />
grupos de al menos tres personas. Al parecer<br />
era la única persona que iba sola.<br />
Volví a pensar en lo que había dicho mi<br />
amigo, las drogas y los guardias.<br />
79
Volví a pensar en lo que me había dicho<br />
mi amigo respecto a las drogas en<br />
estos tipos de bares, no le creí mucho<br />
en realidad. Así que fui con uno de ellos<br />
y le pregunte acerca de los rumores<br />
que había escuchado.<br />
—He escuchado que por estos sitios se<br />
puede conseguir buen material —le dije.<br />
—¿A qué te refieres? —me respondió<br />
el guardia. Era un tipo bastante grande,<br />
en realidad todos lo eran.<br />
—Me contó un amigo que puedo<br />
conseguir drogas con ustedes. Así que,<br />
¿qué puedes ofrecerme?<br />
El tipo se quedó viéndome fijamente<br />
y sin pensarlo dos veces y sin responder<br />
nada a la pregunta me sujeto del brazo y<br />
lo puso en mi espalda de una manera brutal.<br />
Sin que pareciera que fuera una persona<br />
me saco del bar y me arrojó al piso en<br />
la calle. Al parecer a los otros guardias no<br />
les sorprendió nada lo ocurrido y se quedaron<br />
inmóviles, como si yo no hubiera<br />
salido disparado y aterrizado en el suelo.<br />
—Mejor lárgate de aquí o te va peor —me<br />
dijo al fin.<br />
Yo me incorporé con dificultad, en<br />
parte por el golpe y en parte porque ya<br />
estaba muy ebrio. Le dije que no tenía<br />
derecho de hacer eso, que estaba abusando<br />
de su autoridad. Se acercó a mí<br />
y me empujo con una fuerza descomu-<br />
80
nal. Caí de espaldas y por la fuerza que<br />
usó mi cabeza revotó en el piso. Puse<br />
mis manos en mi cara y me quedé así<br />
por un rato, estaba procesando la situación.<br />
Volví a incorporarme y le volví<br />
a decir cosas, pero esta vez regresó a su<br />
puesto en la entrada del bar.<br />
Me quedó un rato parado afuera del<br />
bar. Estaba en parte ebrio, enojado,<br />
frustrado, y adolorido. Pero me fui de<br />
la escena. Había sido derrotado y me<br />
sentí impotente.<br />
Tiempo después volví a encontrarme<br />
al amigo que me dijo lo de las drogas<br />
en el bar. Me contó que habían hecho<br />
una redada y habían atrapado a los<br />
guardias vendiendo droga. Los habían<br />
arrestado y cerraron el bar.<br />
—¿Cuándo fue eso? —le pregunté.<br />
—El jueves pasado —me dijo.<br />
El mismo día que pasó lo de la fuente.<br />
Le preguntó dónde lo había escuchado<br />
y me mostró su celular. Estaba en una<br />
página de noticias. Tomó el celular y<br />
comencé a leer. Allí aparecía la foto del<br />
guardia que me empujó y me tiró al suelo.<br />
Por un largo rato me sentí satisfecho<br />
de que lo hayan arrestado.<br />
En la noche fui a otro bar y pedí cerveza.<br />
Me acerqué a un guardia y le pregunté<br />
si podía venderme un poco de<br />
droga. Por diversión.<br />
81
EL CÍRCULO<br />
SAGRADO<br />
Por Daniel Canals Flores<br />
82
Cuenta una antigua leyenda nórdica,<br />
que hacia el año 700 d. C., en<br />
una remota aldea escandinava<br />
apareció, al retirarse la nieve en el corto<br />
período estival, una extraña construcción<br />
de forma circular adosada a uno<br />
de los acantilados de una montaña. El<br />
objeto, era tan grande, que podía verse<br />
desde toda la zona circundante del valle.<br />
Los habitantes del lugar no se explicaban<br />
cuando había llegado aquello<br />
allí. Con los medios de entonces, nadie<br />
era capaz de acceder tan arriba, porque<br />
la pared era completamente vertical<br />
así que al final los aldeanos terminaron<br />
acostumbrándose a la extraña<br />
presencia. Lo bautizaron con el nombre<br />
de Hogr debido a su forma, muy parecida<br />
a los círculos sagrados de piedra<br />
que usaban en el bosque para ofrecer<br />
sacrificios a los dioses. Tenía que ser de<br />
origen divino, sin duda.<br />
Nunca se vio salir nada ni a nadie<br />
del Hogr. Solo permanecía allí inmóvil<br />
e impasible. Daba la sensación que<br />
los dioses lo hubieran colocado para<br />
observar y vigilarlos a su vez. Los de la<br />
aldea, también se preguntaban cómo<br />
era posible que se sostuviera una forma<br />
geométrica tan colosal en aquella<br />
posición tan lisa y escarpada. Al final,<br />
fueron disminuyendo las discusiones<br />
sobre el asunto y el Hogr pasó a ser<br />
como de la familia.<br />
Transcurrido un tiempo, empezaron<br />
a suceder cosas extrañas. Un pastor,<br />
cuyas ovejas pastaban cerca de la montaña,<br />
denunció que habían desaparecido<br />
varios ejemplares. Como ya le había<br />
pasado anteriormente, unas veces debido<br />
a los lobos y otras perdiéndolas<br />
con su torpeza alcohólica, nadie le<br />
prestó mucha atención, siendo juzgado<br />
y castigado por ello.<br />
Tras ese suceso y sin ninguna causa<br />
justificable, empezó a disminuir la caza<br />
dentro del bosque. De forma habitual se<br />
cazaban renos, zorros, glotones y hasta<br />
algún oso polar. En invierno, también<br />
abundaban los lobos. Daba la sensación<br />
de que los animales se habían evaporado<br />
o al menos era más difícil encontrarlos<br />
que antaño. <strong>La</strong>s trampas aparecían<br />
vacías y las batidas eran infructuosas.<br />
Con los pájaros empezó a suceder<br />
algo parecido. <strong>La</strong>gópodos, búhos, urogallos,<br />
aves que antes eran presa fácil,<br />
empezaron a escasear de manera alarmante.<br />
Aunque nadie lo atribuyó al<br />
Hogr. En aquellos tiempos era normal<br />
pasar épocas de hambruna y de escasez.<br />
Parecía que se avecinaba otra más,<br />
pensaron los aldeanos resignados.<br />
Era extraño pasear por el bosque y no escuchar<br />
nada, únicamente el silencio, roto<br />
de vez en cuando solo por el frío viento<br />
chocando contra las ramas de los árboles.<br />
Después empezaron las marcas en los<br />
campos de cereales. Inmensos círculos<br />
de forma perfecta aparecían trazados en<br />
la superficie, arrasando todo el cereal situado<br />
dentro de las circunferencias. Pudieron<br />
observar, extrañados y confusos,<br />
que el diámetro coincidía, exactamente,<br />
con el del círculo sagrado. Parecía como<br />
si se hubiera desprendido de la pared<br />
posándose sobre los sembrados, arrancándolos<br />
de raíz y luego ascendido de<br />
nuevo a su posición original.<br />
Aquí la gente empezó a sospechar aunque<br />
no sabían muy bien que podían hacer.<br />
Parecía una especie de maldición de<br />
los dioses que debían acatar sin remedio.<br />
Se reunió el máximo órgano consultivo,<br />
el consejo de sabios del clan. Éstos,<br />
eran los encargados de velar por la seguridad,<br />
el orden, impartir la justicia según<br />
las normas grupales y gestionar los<br />
83
temas religiosos. Decidieron consultar<br />
las runas mágicas, en uno de los círculos<br />
sagrados del bosque, y a su vez honrar<br />
a los dioses sacrificando animales<br />
y cereales, en la ladera de la montaña,<br />
justo debajo del círculo. Si aquello no<br />
funcionaba, harían algún sacrificio humano.<br />
Uno o dos esclavos mejor, para<br />
afianzar la generosidad recíproca divina.<br />
Aquellas medidas surtieron poco<br />
efecto. Los escasos animales que quedaban<br />
seguían desapareciendo, las<br />
cosechas se malograron y un inmenso<br />
malestar empezó a aflorar entre la población.<br />
Pero la gota que acabaría por<br />
colmar el vaso estaba aún por llegar.<br />
Al cabo de unos meses, todas las mujeres<br />
en el valle consideradas vírgenes y<br />
posibles casaderas, aparecieron embarazadas.<br />
Ese fue el detonante para que<br />
los hombres del pueblo se enojaran y<br />
enfurecieran con el Hogr. Podían pasar<br />
sin comer pero la honra no tenía precio<br />
a pagar, ni siquiera a los dioses. Por decisión<br />
propia, empezaron a acumular<br />
todo tipo de madera, proveniente de<br />
los bosques cercanos, en la ladera de la<br />
pared donde estaba afianzado el Círculo,<br />
ya no tan sagrado. Cuando consideraron<br />
que había suficiente, prendieron<br />
fuego a la inmensa pira en cien puntos<br />
distintos alrededor de la montaña y de<br />
repente, se escuchó un intenso crujido…<br />
El Hogr se desprendió de la pared.<br />
Parecía que se había incendiado por<br />
abajo, porque salían potentes chorros<br />
84
de fuego, y empezó a ascender a la<br />
vista de todos. Fue subiendo despacio<br />
hasta convertirse en un pequeño punto<br />
y luego desapareció en el cielo.<br />
Tras la desaparición, los aldeanos<br />
respiraron aliviados. Paulatinamente<br />
empezaron a regresar los animales a<br />
los bosques, las cosechas a recuperarse<br />
y no desapareció ninguna oveja más.<br />
Habían regresado a la normalidad y<br />
nunca volvieron a ver al Hogr.<br />
Finalizada la gestación, las mujeres<br />
empezaron a alumbrar niños con unas<br />
características, que jamás, nadie había<br />
visto hasta entonces. Todos los recién<br />
nacidos tenían el color de los ojos, azules<br />
o verdes. Además, al nacer, pesaban<br />
el doble de lo normal.<br />
Los hombres de la aldea en edad<br />
casadera, decidieron adoptarlos bajo<br />
sus propios nombres, creándose así<br />
nuevas clanes familiares en el valle.<br />
Desde ese día, a los individuos de esa<br />
generación empezaron a llamarlos<br />
vikingos, por su inusitada fuerza, el<br />
coraje y la ferocidad que demostraban<br />
en las batallas y sobre todo por el<br />
particular color de sus ojos. También<br />
comían el doble que los demás debido<br />
a su gran tamaño…<br />
El resto de su historia es bien conocido,<br />
no solo llegaron a dominar toda<br />
la península si no que fueron capaces,<br />
tras construir inmensas flotas de barcos,<br />
de llegar a los países y costas hasta<br />
ese momento inaccesibles.<br />
85
86
ENSAYOS<br />
87
88
VIDAS<br />
FRAGMENTADAS:<br />
UN VISTAZO A LAS NOVELAS<br />
DE HARUKI MURAKAMI<br />
Por Juan David Almeyda Sarmiento<br />
Narrar las grietas de la vida es una<br />
tarea que todo escritor acepta e<br />
intenta en algún momento de su<br />
trayectoria como creador de lenguajes.<br />
Mirar hacia el abismo de los demonios<br />
con los que se vive y poner en narrativa<br />
dichos espectros que subsisten dentro<br />
de cada uno de nosotros es una misión<br />
de buceo donde el artista se encuentra<br />
mirando dentro de sí mismo aquello<br />
que los demás, en su propia existencia,<br />
dejan a un lado por lo mundano y poco<br />
importante que representa para un sujeto<br />
las pequeñeces de su vida fuera de<br />
la cotidianidad.<br />
Es bajo esta tarea narrativa donde<br />
se asoma Haruki Murakami. Su trabajo<br />
novelístico es un proceso de discurrimiento<br />
en el cual personajes rotos divagan<br />
por el mundo de forma común.<br />
Son seres que existen de manera ininterrumpida<br />
su vida hasta el momento<br />
en que la realidad aparece ante ellos<br />
como una fuerza avasallante de dolor,<br />
tristeza, angustia, soledad, confusión<br />
y caos.<br />
Murakami, aparece como un escritor<br />
con la capacidad de componer el caos<br />
cotidiano; aquella sombra del caminante,<br />
que existe y subsiste de forma<br />
inmanente en los actos más comunes<br />
con los que nos relacionamos en nuestra<br />
rutina. Presentar al lector una bestia<br />
como esta es un terremoto al pensamiento.<br />
No solo por lo contingente<br />
de las confluencias de caos que se presentan<br />
en los escritos novelísticos del<br />
japonés, sino por la forma de presentar<br />
vidas fragmentadas; es decir, humanos<br />
rotos, seres perdidos que han existido<br />
como entes fantasmagóricos entre los<br />
edificios de la realidad.<br />
<strong>La</strong>s vidas rotas no son una mimesis<br />
de la realidad, al contrario, presentan<br />
un nuevo mundo al lector en el cual<br />
los personajes habitan en sus propios<br />
89
problemas y en sus propias maquinas<br />
sociales; en su contexto propio. Murakami,<br />
con su narrativa, produce choques de<br />
pensamiento que fragmentan la arquitectura<br />
mental del lector, siendo este último<br />
un protagonista pasivo que se fuerza<br />
a sí mismo dentro de un nuevo mundo<br />
donde se ve cara a cara con una subsistencia<br />
que habita dentro de sí y de la cual<br />
no había tomado percepción alguna.<br />
Tokio blues, Los años de peregrinación<br />
del niño sin color, Sputnik, mi amor,<br />
entre otras; irrumpen en la sala pacificada<br />
por la rutina para desgarrar y desangrar;<br />
para hacer sentir. Entrar en la<br />
desarticulación de las emociones que<br />
produce Murakami es medirse a un encuentro<br />
con los rincones desconocidos<br />
del propio pensamiento; es mirar la<br />
sombra que me acompaña.<br />
<strong>La</strong>s grietas están siempre presentes<br />
pero solamente hasta que el ser humano<br />
se derrumba sobre sí mismo es<br />
cuando nos preguntamos sobre estas<br />
fisuras, sin embargo, con Murakami<br />
este proceso se adelanta, se experimenta<br />
de primera mano. Una escritura<br />
experimental que trae y lleva al lector<br />
a una punzada hacia sí mismo para encontrar<br />
el paso del sentimiento hacia<br />
sí y hacia los otros. <strong>La</strong> narración del japonés<br />
es un encuentro con uno mismo,<br />
pero no con aquella sección recorrida a<br />
diario sino por aquella que los sende-<br />
90
os de la rutina han abandonado y que<br />
ahora se encuentran llenos de matorrales<br />
tras los cuales se extiende todo un<br />
paisaje en el cual el lector debe perderse,<br />
divagar, derramarse, desarmarse<br />
para volver a figurarse.<br />
Una vida fragmentada es una vida dispuesta<br />
al cambio y a la trasformación, a<br />
esa (in)constante eterna sentenciada por<br />
Heráclito: «uno no se baña dos veces en<br />
el mismo río». <strong>La</strong> fragmentación es una<br />
apertura al devenir, a la deslocación, a la<br />
mirada nueva fuera de la brújula cortarte<br />
de la mismidad, abrirse hacia lo otro es<br />
una experiencia que, para este caso, se<br />
encuentra en el trabajo novelístico de<br />
Murakami. No es un sentimentalismo romántico<br />
o una mera tristeza pasajera, es<br />
adentrarse en el Foso de Sarón y recorrer<br />
las frías y ausentes cámaras que únicamente<br />
están llenas de silbidos de viento<br />
helado proveniente de la tundra sobre la<br />
que están levantadas.<br />
Murakami y sus personajes son ejemplo<br />
de una autoflagelación que permite<br />
al lector volver a sentirse humano, a<br />
volver a encontrar lo perdido igual y<br />
distinto a como lo había dejado. Es un<br />
salto de fe hacia el abismo pero un esfuerzo<br />
que trae detrás una experiencia<br />
que derrumba las criptas de lo rutinario<br />
y lo obvio a la vista para encontrar en la<br />
superficie de lo cotidiano aquello que la<br />
nariz no permite; las grietas propias.<br />
91
92
EL GEMELO<br />
OSCURO.<br />
DESDOBLÁRSE<br />
Y TEMBLAR<br />
Por María Baón<br />
Encontramos en William Faulkner la<br />
traducción de la inquietud del desdoblamiento<br />
de un escritor definida<br />
como la existencia de un «oscuro<br />
hermano gemelo» habitante de la vida<br />
secreta, paralela, vivida por un autor<br />
en sus relatos. <strong>La</strong> fórmula del otro yo<br />
nos remite a la figura mítica del doble<br />
abordada por autores como Poe, Kafka,<br />
Maupassant, Dostoievski, Stevenson,<br />
Wilde, Borges, Virginia Wolf, Cortázar,<br />
etc. que veremos repetirse en la ficción<br />
bajo muy diferentes formas.<br />
<strong>La</strong> filosofía y la psicología también<br />
hablan de este hermano oscuro, el<br />
doppelgänger, y en él encontraremos<br />
una de las situaciones que definan lo<br />
siniestro freudiano: la del caminante<br />
fantasmal que va a nuestro lado como<br />
una sombra. Es, a la vez, una especie de<br />
clon errante capaz de devolvernos la mirada<br />
desde la perspectiva de su posición<br />
privilegiada y también un hermano que<br />
puede apropiarse de nuestra voz para<br />
abocarnos al desvarío. Pero, como una<br />
paradoja de la condición de plenitud<br />
de todo gemelo, en tanto que integración<br />
y complemento, este doble oscuro<br />
es capaz de percibir una calidad de luz<br />
que solo está al alcance de muy pocos.<br />
Quién no habría de desear una capacidad<br />
tan extraordinaria de percepción.<br />
No es raro escuchar a un escritor<br />
hablar de «oír voces». Lo cual suena,<br />
ciertamente, a un estado próximo a la<br />
demencia, a las alucinaciones auditivas<br />
de los enfermos de esquizofrenia.<br />
Y tampoco es raro que esos mismos<br />
autores se muestren agradecidos a las<br />
musas por un coro sin el cual se sentirían<br />
perdidos.<br />
Extravío de la cordura y, sin embargo,<br />
gratitud por la posibilidad de asomarse<br />
al precipicio. Temor y fascinación ante<br />
el desdoblamiento. Esa parece ser la<br />
constante en la relación con el otro.<br />
93
Cuando las voces se deciden a hablar,<br />
uno camina mascullando como<br />
si anduviera enfrascado en el rezo o<br />
renegando. Quizá ese farfullar tenga<br />
un poco de ambas cosas. Y el hermano<br />
gemelo te pincha, como el amigo que<br />
te pone delante otra copa al final de la<br />
noche. Juguetón, bullicioso. <strong>La</strong> penúltima,<br />
va. ¿No te atreves? Y tú, con bravuconería.<br />
Pues, claro. Y te cuenta que<br />
el personaje con quien vienes compartiendo<br />
la vida secreta de la narración<br />
necesita que su cara descanse en un<br />
lugar suave para dormir. Como tu axila<br />
porque, aunque angulosa, el olor de<br />
la cavidad de tu sobaco le resulta el<br />
único lugar acogedor donde descansar.<br />
Ese personaje te obsesiona desde<br />
hace días porque sabes que arrastra<br />
a sus espaldas una terrible historia que<br />
aún no te has atrevido a contar. Porque<br />
no deseas entrar en su intimidad y porque<br />
se merece una historia mejor de la<br />
que tu imaginación le reserva.<br />
—No sé —dudas. Pero sientes que te<br />
está convenciendo porque detectas en<br />
tu titubeo un tono casi coqueto y sabes<br />
que terminarás pidiendo otra ronda.<br />
Esta sí es la penúltima, prometido.<br />
Y te sorprendes pensando en la palabra<br />
«oquedad» asociada al silencio oscuro<br />
de una axila. Y murmuras para ti<br />
mismo si la palabra precisa será «acogedora»<br />
o «reconfortante», «hospitalaria»<br />
o «protectora».<br />
—Vale, pruebo —ya no intentas librarte del<br />
compromiso con tu personaje y su dormir.<br />
El gemelo acepta la rendición con la<br />
sonrisa guasona de quien va a tomarse<br />
la copa contigo y, muy probablemente,<br />
ver amanecer entre confidencias y<br />
humo. Luego volvemos en taxi, venga,<br />
pago yo. Y tú sabes que ahora ese personaje<br />
frágil, desabrigado del olor que<br />
94
lo sostiene en las noches, va a llorar<br />
mirándote a la cara. Sin taparse el rostro<br />
con las manos ni hundir la barbilla<br />
en el esternón. Va a llorar abiertamente<br />
con la cabeza alta y tú habrás de mirarlo<br />
sin apartar tus ojos de los suyos. Como<br />
en un duelo de miradas, sin escapatoria.<br />
Entonces, es posible que sorprendas a<br />
tu hermano muy callado, haciendo un<br />
movimiento extraño con la boca: la lengua<br />
doblada, aprisionada entre los dientes.<br />
Como un matón antes de empezar<br />
una pelea. Y que, desde ese mordisco<br />
imposible, te mire llorando también.<br />
El desdoblamiento y la sorpresa. Con<br />
la belleza de su lenguaje sencillo y alegórico<br />
dijo Alejandra Pizarnik: «Pero el silencio<br />
es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y<br />
escribo. No, no estoy sola. Hay alguien<br />
aquí que tiembla». Es tal el halo de misterio<br />
que expresa la poeta que casi puede<br />
uno sentir la respiración de un fantasma<br />
en la nuca. Ese alguien que tiembla a su<br />
lado y no estaba con ella cuando se sentó<br />
a escribir es la escisión, el gemelo agazapado<br />
en el silencio. Se trata ahora de<br />
un ser sobrecogido. Y se esconde en las<br />
sombras, sí, pero no como el caminante<br />
descarnado que viene a enseñarnos<br />
nuestra propia muerte ni como el crítico<br />
mordaz divertido por nuestros desbarros<br />
literarios. Quizá está un poco chiflado, de<br />
acuerdo, pero él es el primer y más honesto<br />
destinatario del trabajo.<br />
Creo que en el presentimiento de esa<br />
otredad, en la extrañeza de su mirada,<br />
reside el instante en el que el trabajo<br />
creativo devuelve algo mayor de lo<br />
que fue depositado en él. Y constituye<br />
la máxima recompensa para un escritor:<br />
el alter ego leyendo por encima de<br />
nuestro hombro a punto de descubrir<br />
un pequeñísimo milagro, el relámpago<br />
de belleza que lo hará estremecer.<br />
95
96
EL CUERPO<br />
SIN ÓRGANOS<br />
UN MONSTRUO FÉRTIL POR EL<br />
LIENZO EN LA LÓGICA DE LA<br />
SENSACIÓN POR GILLES DELEUZE<br />
Por Juan Rey Lucas<br />
El arte es lo que resiste: resiste a la<br />
muerte, a la servidumbre, a la infamia,<br />
a la vergüenza…<br />
G. Deleuze / Filósofo<br />
Editado en 1981 el filósofo francés<br />
Gilles Deleuze deconstruye un libro<br />
que se adhiere al arte para poder<br />
desenvolver su pensamiento con respecto<br />
a él. Exactamente en el apartado<br />
VII de su libro Lógica de la Sensación editado<br />
en 1981, campearemos éste pues<br />
es dónde escudriña su pensamiento sobre<br />
el soma en específico: es el cuerpo<br />
sin órganos (concepto que se agencia<br />
del pensamiento poético de Antonin<br />
Artaud) el que se emana de la pintura.<br />
Más en peculiaridad en la máquina-pictórica<br />
de Francis Bacon. Es solamente<br />
el cuerpo como tal insuficiente para<br />
desembocar las potencias e intensidades<br />
que la vida logra proveer. Aquellas<br />
que se ocultan en el caos insoldable. El<br />
cuerpo sin órganos es quién libera a la<br />
existencia con descomunal violencia<br />
ya sea serena o intempestivamente. <strong>La</strong><br />
sensación (en antagónico a lo chocante)<br />
ya no es percibida como brutalidad,<br />
sino la interacción de energías que atraviesan<br />
al corpus para su maravilla auto<br />
creadora: anatomía suigeneris. Deleuze<br />
en una de sus tantas referencias alude<br />
a la línea Clásica que es sometida a una<br />
Deidad o Esencia; en contra de la línea<br />
Barroca la cual se sumerge para volcarse<br />
en la complejidad o enrevesado pero<br />
para efecto de riqueza y multiplicidad.<br />
Una vírgula que no deja de cambiar de<br />
patrones. Topografía que en su trayecto<br />
se suelta de su composición lineal, renegando<br />
de su organización para irse<br />
a zonas indiscernibles. Pero también<br />
contará con una virtud cargada de espiritualidad<br />
in-orgánica para poder lograr<br />
la exploración hacia otros elementos.<br />
97
Gilles Deleuze destaca que existen<br />
muchas manifestaciones por el que se<br />
percibe el cuerpo sin órganos: el alcohólico,<br />
el drogadicto, el esquizofrénico,<br />
el sadomasoquista, etc. <strong>La</strong> sinuosidad<br />
de la variabilidad son cruzadas por el<br />
cuerpo sin órganos que crean coordenadas<br />
según variantes de amplitud. El<br />
órgano es anulado tanto de su posición<br />
como de su cometido; por ende el organismo<br />
mutará de pigmentación y urdimbre.<br />
Pero la prioridad no es la desaparición<br />
o aniquilación de ellos; sino la<br />
revocación temporal de sus funciones.<br />
<strong>La</strong> transformación de los tintes y<br />
contextura sobre los cuerpos o en algunas<br />
de las zonas de los cuerpos de<br />
los cuadros de Bacon es como se da la<br />
emanación del tiempo: donde cronos<br />
es pintado. <strong>La</strong> duración es plasmada<br />
en la Figura (concepto que trabaja en el<br />
apartado dos del libro); la corpulencia<br />
de los torsos por sus circunvalaciones.<br />
<strong>La</strong>s percepciones se ponen a trabajar<br />
en sus distintos campos de nivelación,<br />
y en el paso de una a otra demarcación:<br />
así la extensión de la espalda funge<br />
como alterable; de igual las bocas<br />
como anos y viceversa. Cualquier acto<br />
sea desencadenado en su quietismo<br />
o presteza dará la procreación de la<br />
magnificencia del cuerpo sin órganos:<br />
contracciones, parálisis, hiperestesias,<br />
anestesias sean ligadas o roladas, en<br />
estática o relegadas; a según sea también<br />
el ramal de la onda vital en su<br />
carga o evacuación. De igual los eventos<br />
aberrantes de arrebato, dilación,<br />
outsiders, etc. El zigoto tántrico (como<br />
también lo denomina Gilles Deleuze al<br />
cuerpo sin órganos) habita desde lo subrepticio<br />
con el cuerpo orgánico para<br />
ser expulsado o manifestado desde lo<br />
provisional y soterrado para resquebrajar<br />
las fijaciones de estructura tanto<br />
de lo externo como lo intrínseco. Aquellas<br />
imbricaciones serán discernidas en<br />
los procesos autoscópicos.<br />
<strong>La</strong> estrategia de ofensiva del cuerpo<br />
sin órganos es desertar, el eludimiento<br />
98
del ente montepío que acomete su poder<br />
de subyugación en todo proceder. <strong>La</strong><br />
exhalación gráfica de la temporalidad<br />
no-lineal, así la presentación de su estado<br />
en todas sus posibles dimanaciones.<br />
Dos cualidades son reiteradas: la Presencia<br />
pero siendo encarnado (más no<br />
representado) en estado pantagruélico;<br />
de igual la condición de Histeria (los<br />
síntomas del padecimiento devenidos<br />
coordenadas pictóricas-artísticas), por<br />
las que surcan los seres, la materia, los<br />
territorios. Un cosmos perturbado.<br />
Una Presencia no presente, sino en<br />
constante aparición, y diferida para<br />
actualizarse en todo instante. Esa apariencia<br />
que permea en la emociones e<br />
incómoda tanto el lugar como la encomienda.<br />
Ello es que la pintura, el soma,<br />
la histeria discurren o son filtrados por<br />
el cuerpo sin órganos para advertirse —y<br />
advenirse— exponenciales en sus creaciones<br />
particulares para singlar el lino<br />
con proyecciones infinitas de distancia<br />
y cambios. <strong>La</strong>s gradaciones se sobre<br />
excitan en carácter acrisolado desde la<br />
furtividad de un incorpóreo. El suceder<br />
elevado. Lo degradado acontece con<br />
fulgor. Lo que el entendimiento canaliza<br />
a manera de pesimismo por el arte es<br />
capturado, y emancipado por la pintura<br />
como aquello in-soportable para jamás<br />
dejar de colmar al cuerpo no-orgánico;<br />
pues la máxima es no claudicar, no para<br />
vencer o ser vencido sino para jamás dejar<br />
de contender en el universo mismo.<br />
<strong>La</strong> Presencia de toda la materia<br />
pictórica sobreviene exacerbada para<br />
el ojo, por lo que su funcionalidad requiere<br />
ser trasmutada: al ser saturado<br />
de color, textura, líneas, puntos, se desprende<br />
la anatomía de la observación y<br />
la arquitectura del óleo, por lo tanto de<br />
ambas materialidades. Trocándose en<br />
el miembro versátil incrustando atalayas<br />
en toda circunscripción. El balance<br />
de la in-consistencia entre los choques,<br />
demoliciones, combates, y envestidas<br />
de todo componente para su composición<br />
artística-pletórica.<br />
99
100
POESÍA Y<br />
MITO EN<br />
J.R.R. TOLKIEN<br />
Por Héctor Fabio García Libreros<br />
<strong>La</strong> pretensión en el presente ensayo<br />
es ambiciosa al abordar poesía y<br />
mito en Tolkien apenas en tres páginas.<br />
Por empezar hagamos una referencia<br />
al Silmarillión de donde surgen todas<br />
las fuerzas creativas; ¿Por qué se quiere<br />
hablar de esto en especial? Hay un trasfondo<br />
poético desde que Eru Ilúvatar<br />
concibió en pensamiento a los Ainur o<br />
los poderes para la composición de la<br />
«Gran Música», en el génesis de la tierra<br />
media. Entonces es apasionante atraparse<br />
en este origen, de la instauración<br />
de un universo. Esto es poesía, instauración,<br />
nombrar algo y hacerlo existir. Así<br />
dice Martin Heidegger sobre la esencia<br />
de la poesía: el poeta nombra a los dioses<br />
y a todas las cosas que son (Heidegger,<br />
2008, pág. 1<strong>15</strong>). En la nada absoluta<br />
es el poeta quien nombra las cosas y los<br />
seres, asunto del puro pensamiento en<br />
operación con el sentimiento. Pero esto<br />
es más complejo de explicar, necesita<br />
más desarrollo. ¿Por qué Ilúvatar es un<br />
poeta? ¿Es el mismo Tolkien creador<br />
de un universo? Es lo que pretendo en<br />
ensayo, indagar lo que es el propósito<br />
de poeta: Hacer un universo, un mito. <strong>La</strong><br />
existencia del poeta es un mito. Y es la<br />
instauración del ser: la poesía es la instauración<br />
del ser con la palabra (Heidegger,<br />
2008, pág. 1<strong>15</strong>).<br />
Hacer poesía es lo siguiente: Entonces<br />
las voces de los Ainur, como de arpas<br />
y laúdes, pífanos y trompetas, violas y<br />
órganos, y como de coros incontables<br />
que cantan con palabras, empezaron<br />
a convenir el tema de Ilúvatar en una<br />
gran música; y un sonido se elevó de<br />
innumerables melodías alternadas, corte<br />
tejidas en una armonía que iba más<br />
allá del oído hasta las profundidades y<br />
las alturas, rebosando los espacios de<br />
la morada de Ilúvatar; y al fin la música<br />
y el eco de la música desbordaron volcándose<br />
en el vacío, y ya no hubo vacío<br />
101
(TOLKIEN, 2013, pág. 12). Cuando se escribe<br />
poesía es negar el vacío, decir que<br />
algo existe y es trascendental. Ahora<br />
bien porque se hace una referencia de<br />
poesía y mito. Al hacer poesía se gesta<br />
un mito que es el atrevimiento del poeta<br />
por explicar fenómenos desde épocas<br />
inmemoriales. Borges decía: <strong>La</strong> raíz<br />
del lenguaje es irracional y de carácter<br />
mágico. El danés que articulaba el nombre<br />
de Thor o el sajón que articulaba el<br />
nombre de Thunor no sabía si esas palabras<br />
significaban el dios del trueno o<br />
el estrépito que sucede el relámpago<br />
(BORGES, 2013, pág. 164). Es la germinación<br />
de un mito y el fundamento de<br />
un pueblo.<br />
A propósito de poesía en Tolkien. En<br />
el libro Cuentos desde el reino peligroso,<br />
hay poemas del autor que os invito<br />
a leer y además tiene un buen ensayo<br />
sobre los cuentos de hadas que dice:<br />
Ancho, alto y profundo es el reino de los<br />
cuentos de hadas, y lleno todo él de cosas<br />
diversas: hay allí toda suerte de bestias y<br />
pájaros; mares sin riberas e incontables<br />
estrellas, belleza que embelesa y un peligro<br />
siempre presente; la alegría, lo mismo<br />
que la tristeza son afiladas como una<br />
espada (TOLKIEN, 2017, pág. 279). ¿Qué<br />
es lo peligroso? El hallazgo, el descubrimiento<br />
y el asombro. Tal vez la dicha<br />
que nos da una gloria; o la decepción<br />
una tristeza como espada atravesada<br />
102
en el corazón que asesina una ilusión.<br />
<strong>La</strong> poesía es para expresar todo ese peligro<br />
que extrae al hombre de su confort<br />
primitivo, nos referimos a lo que significa<br />
el suceso o la aventura. Los cuentos<br />
de hadas también se complementan en<br />
el objetivo de la poesía. Causar impresión,<br />
embelesamiento, hacer parte de<br />
corpus del mito de la vida.<br />
Lo que es significativo en la existencia<br />
es el poder creativo. Y esto es poesía.<br />
Un ejemplo es ya mencionado cuando<br />
cae el rayo y el vikingo expresaba que<br />
era el poderoso Thor. Decía Heidegger:<br />
Así la esencia de la poesía esta encajada<br />
en el esfuerzo convergente y divergente<br />
de la ley de los signos de los dioses y la<br />
voz del pueblo. El poeta mismo está entre<br />
aquellos, los dioses, y éste el pueblo<br />
(Heidegger, 2008, pág. 122). Tolkien si<br />
sabía para que era la poesía y supo de<br />
lo que era lo esencial. Porque así vivió<br />
el mundo, poéticamente.<br />
BORGES, J. L. (2013). Poesía completa. Bogotá:<br />
Penguin Random House Grupo Editorial.<br />
Heidegger, M. (2008). ARTE Y POESÍA. México<br />
D.F.: FONDO DE CULTURA ECONÓMICA.<br />
TOLKIEN, J. (2013). EL SILMARILLIÓN. Barcelona:<br />
Grupo Editorial Planeta.<br />
TOLKIEN, J. (2017). CUENTOS DESDE EL REI-<br />
NO PELIGROSO. Bogotá: Minotauro.<br />
103
104
EL ALEGRE<br />
RETORNO A<br />
ALEJANDRÍA<br />
Por Alonso Tolsá<br />
En los estrechos círculos de tertulias<br />
de Coyoacán, muy pocos conocen<br />
y menos leen a <strong>La</strong>wrence<br />
Durrell. Únicamente un amigo chileno<br />
fue capaz de reconocer la obra El cuarteto<br />
de Alejandría tildándola de cursi<br />
literatura para señoras, una descalificación<br />
penosa. Hasta hace unos años<br />
yo mismo desconocía a Durrell y su<br />
obra, fue mi suegra la que me indicó<br />
las coordenadas de ese nombre extrañamente<br />
literario en uno de los libreros<br />
de su casa: era la edición del Cuarteto<br />
en cuatro volúmenes publicados por<br />
Sudamericana en el año sesenta y pico.<br />
Durrell escribió mucho y escribió<br />
muy bien. Deduzco que tuvo un tremendo<br />
éxito entre los lectores baby<br />
boomer dado el gran entusiasmo que<br />
produce su recuerdo en ellos, empezando<br />
por supuesto por mi suegra. Y,<br />
sin embargo, también tengo la impresión<br />
que muy escasos lectores vuelven<br />
a él o si quiera barajean su nombre para<br />
recomendarlo. Unos pocos días después<br />
de la muerte del autor, en «Durrell,<br />
duda póstuma», escribió Domínguez<br />
Michael: «Se nos murió <strong>La</strong>wrence Durrell.<br />
El uso del plural se justifica pues<br />
es propio de un autor que perteneció a<br />
muchos. <strong>La</strong> suya fue una obra, una leyenda<br />
amada y olvidada».<br />
<strong>La</strong> larga tarde que pasé leyendo Justine,<br />
la primera novela del conjunto, sentado<br />
en un amplio sofá reclinable, supe<br />
por qué fascinó a una generación completa<br />
y al mismo tiempo intuí por qué<br />
su presente es el olvido. <strong>La</strong>s primeras<br />
páginas exhiben la homogénea tesitura<br />
narrativa del proyecto: asalta un estilo<br />
visualmente sugestivo, transparente y<br />
perfecto poblado de detalles íntimos<br />
que orillan a acantilados psicologistas.<br />
Diría que algo de esa fascinación inmediata<br />
permanece y simultáneamente<br />
cambia a lo largo de la novela: los per-<br />
105
sonajes y la complejidad técnica envuelven<br />
al lector tensando sus expectativas,<br />
pero al final resultan fastidiosos y agotadores<br />
los ornamentos.<br />
El ocho de noviembre de 1990 murió<br />
Durrell al sur de Francia, cerca de la<br />
ciudad de Montpellier. «¿Hacía cuanto<br />
tiempo que nadie se preguntaba si estaba<br />
vivo o muerto?», expresó Domínguez<br />
Michael desde México. En efecto, el escritor<br />
anteriormente célebre había pasado<br />
de moda en el momento de su muerte.<br />
Luego de publicar El cuarteto de Alejandría<br />
(1960) no consiguió crear nada tan<br />
memorable, sus intentos más bien fueron<br />
ingratos; El quinteto de Avignon pasó<br />
desapercibido como suelen pasar hoy la<br />
mayoría de las segundas partes. El viejo<br />
amigo de Henry Miller y Anaïs Nin, con<br />
quienes compartió proyectos y tertulias<br />
en París, inmortalizó con el carácter de<br />
su estilo la ciudad de Alejandría, una<br />
ciudad envuelta en la luz de poderosas<br />
descripciones que la hacen mítica, bellísima<br />
e inalcanzable como ciertamente<br />
sólo la invención literaria puede representar<br />
hasta las cosas más abyectas. El<br />
mejor Durrell es el cosmopolita, el esteta,<br />
el escritor mediterráneo enviado a Egipto,<br />
Grecia o Chipre en misión diplomática,<br />
del que se dijo (Edmund Wilson) que<br />
sólo sería leído en las playas y por los<br />
vacacionistas.<br />
Por el tercer libro, Mountolive, es imposible<br />
escapar de la complicidad, ternura<br />
o desencuentro que despierta cada uno<br />
de los exóticos personajes. <strong>La</strong>s redes<br />
que unen a Justine, Nessim, Darley, Clea,<br />
Balthazar y demás, están tendidas en la<br />
imaginación diurna y nocturna del lector<br />
106
que sin querer comienza a vivir como un<br />
reflejo en el espejo de cada uno de ellos.<br />
El universo del Cuarteto pone la sensibilidad<br />
al servicio de la contemplación<br />
estética: caminando con la novela bajo<br />
el brazo uno termina buscando la esquina<br />
de un café de fuertes fragancias, algo<br />
que motive una intimidad viajera o por lo<br />
menos la visión fugaz de algún destello<br />
artístico. Clea, el desenlace de la historia<br />
es igualmente ambivalente, inaprensible:<br />
por un lado, irrita descubrir que<br />
la proliferación de voces se ciñe a la de<br />
un personaje subrepticiamente presente<br />
—¿Durrell cincelando la dura roca del<br />
alter ego?—, hecho que genera un efecto<br />
hermético en la obra. Por otra parte,<br />
fascina acompañar el viaje interior de la<br />
pintora Clea y el escritor Darley en su exhaustiva<br />
búsqueda del arte.<br />
En «<strong>La</strong>wrence Durrell y la novela barroca»,<br />
George Steiner escribió que «A causa<br />
de su encajonamiento y cerrazón, El cuarteto<br />
de Alejandría es más convincente en sus<br />
detalles que en su conjunto. […] Estamos<br />
demasiado cerca para decir el lugar que<br />
ocupará en la evaluación futura de la literatura<br />
inglesa del siglo XX. Pero que ocupará<br />
un lugar es casi seguro». Coincido con el<br />
primer señalamiento, pues el Cuarteto acaba<br />
por parecerse a una colección de pasajes<br />
inolvidables (la terrible descripción de<br />
la vida de Leila o el ingrato reencuentro de<br />
Mountolive con ésta luego de algunos años<br />
de separación o, finalmente, el accidente<br />
de Clea); ¿seguimos demasiado cerca para<br />
situar la obra de Durrell en perspectiva histórica?,<br />
¿en cincuenta años alguien leerá<br />
esta portentosa obra como si descubriera<br />
un tesoro enterrado?<br />
107
108
EL MIEDO<br />
Y LA AUTO<br />
CENSURA<br />
Por Krishna Avendaño<br />
Preguntarse si la escritura es mero<br />
oficio o acción transformadora<br />
que afecta los destinos morales<br />
del mundo nos devuelve al dilema<br />
primigenio: ¿por qué escribimos? Para<br />
contar historias, desde luego, pero decirlo<br />
así, con tal contundencia y simplicidad,<br />
puede suscitar en muchos la<br />
idea de que la literatura es solo entretenimiento.<br />
¿No deberían los escritores<br />
perseguir fines más nobles? ¿Qué hay<br />
de los grandes proyectos, de la búsqueda<br />
de los temas que por siempre<br />
han afligido al ser humano?<br />
No pretendo zanjar el debate con<br />
mis ideas particulares. Esto, en realidad,<br />
es una provocación. Desentenderse<br />
del mundo es tarea vana. Tomar la<br />
pluma es un acto moral en tanto que<br />
la literatura, por fuerza, comenta al<br />
mundo. A pesar de esto, sería erróneo<br />
suponer que todo cuento, novela o<br />
personaje constituye una declaración<br />
de principios. Y, sin embargo, esto que<br />
parece tan evidente no lo es siempre a<br />
los ojos de muchos críticos y lectores.<br />
Peor todavía es cuando el miedo a dar<br />
una imagen equivocada de uno mismo<br />
impone cotos sobre la creación y levanta<br />
el cerco de la autocensura.<br />
A la luz de los tiempos modernos, pareciera<br />
absurdo pensar en la sola idea<br />
de que haya autores en quienes rezume<br />
el terror a abordar ciertos temas. No en<br />
vano, se nos dice, en las sociedades democráticas<br />
se flamea la bandera de la<br />
libertad de expresión. Según esta visión<br />
idealista e ingenua, el miedo al lenguaje<br />
es cosa del pasado y de los totalitarismos.<br />
No escribo estas palabras desde<br />
la Rumanía asolada por el régimen de<br />
Ceasescu que llevó a Herta Müller afirmar,<br />
en su novela <strong>La</strong> bestia del corazón,<br />
que «cuando callamos nos volvemos<br />
desagradables». Transcurre el 2018. <strong>La</strong><br />
habitación en la que escribo está situada<br />
109
en el corazón de una ciudad occidental y<br />
libre donde los discursos ya no son censurados,<br />
a menos que sean incorrectos.<br />
El discurso incorrecto. <strong>La</strong> piedra de<br />
toque de nuestras sociedades modernas.<br />
He aquí una píldora: habremos<br />
conquistado en las constituciones el<br />
derecho a pensar y decir lo que se nos<br />
plazca, y sin embargo esto no anula el<br />
hecho de que a cada época le corresponde<br />
una narrativa social, un relato<br />
preponderante. Para enmendar a Marx,<br />
no es la superestructura económica<br />
sino el discurso lo que determina el espíritu<br />
de una época. Hay quienes dedican<br />
su vida a combatirlo (o a creer que<br />
lo hacen) y otros a ser complacientes,<br />
ya sea por genuino convencimiento o<br />
por la comodidad de vivir dentro de<br />
márgenes bien delimitados. También<br />
están los que aceptan y replican este<br />
discurso por miedo a ser parias en un<br />
mundo que exige actuar de cierta manera.<br />
No faltan quienes lo aceptan por<br />
el deseo de entrar a un círculo cultural<br />
cuya cuota de inscripción es tener y difundir<br />
determinadas ideas.<br />
Principios de siglo XXI. Un autor se<br />
presenta a los tribunales para defender<br />
su novela de un grupo de bienintencionados.<br />
Los cargos: incitar al discurso de<br />
odio. Parece una motivación noble. No<br />
son estos tiempos de intolerancia sino<br />
de aceptación. El intelectual no debería<br />
hacer eco de las voces que ponen en<br />
duda el sueño multicultural. Plataforma<br />
es una novela de Michel Houellebecq<br />
en la que los protagonistas viajan al<br />
sudeste asiático para fundar un resort<br />
donde los occidentales van a desfogar<br />
sus bajos instintos. El choque cultural<br />
lleva a un grupo de musulmanes a co-<br />
110
meter un atentado que más tarde será<br />
justificado por la prensa de Europa.<br />
Houellebecq se mantuvo firme y produjo<br />
obras tanto o más cáusticas que<br />
la que lo llevó a juicio. ¿Sospechaba<br />
Houellebecq que, un decenio más tarde,<br />
la publicación de Sumisión estaría<br />
acompañada de un acto similar al que<br />
describía en la novela que en 2001 lo<br />
llevaría a los tribunales: la masacre de<br />
Charlie Hebdo? ¿Debió censurarse?<br />
¿Cuántas veces dejamos de escribir<br />
por el miedo a que nuestra literatura<br />
se entienda no solo en clave de ficción,<br />
sino como una declaración de principios,<br />
una confesión de lo que en realidad<br />
somos? Al margen de que no escaseen<br />
los escritores comprometidos con<br />
una causa, que revelan deseos y fobias<br />
personales a través de sus libros, la<br />
cuestión de fondo es si vale más la tranquilidad<br />
a la posibilidad de la infamia<br />
que resulta de acatar la voz interna que<br />
lo impele a uno escribir sobre lo escandaloso.<br />
Muchas veces el crítico biempensante<br />
sobreestima el rol personal de<br />
las creaciones. Es descabellado asumir<br />
que aquellos que se meten en la piel del<br />
asesino y racionalizan sus acciones son<br />
en el fondo asesinos; lo hacen porque<br />
necesitan darle verosimilitud a un personaje,<br />
dotarlo de entrañas en vez de<br />
presentarlo como una caricatura.<br />
Si un principio rector debiera tener la<br />
literatura, sería la obligación de los autores<br />
a hacer caso a sus pulsiones por<br />
narrar las historias que llevan dentro<br />
antes que sucumbir a un miedo pusilánime.<br />
Como sociedad, solo podemos<br />
exigirles que, una vez tomada la decisión<br />
de afrontar un tema sensible, lo<br />
haga con la seriedad que se merece.<br />
111
112
MICRO<br />
CUENTOS<br />
113
Allí estaban, inconscientes siguiendo a<br />
la muchedumbre que se aglomeraba a<br />
las orillas del pozo, por dentro había un<br />
tubo del cual escurrían chorros de combustible.<br />
Varias personas entre ellas Tomás<br />
se bañaban sin importar los riesgos,<br />
disfrutaban el momento mientras el resto<br />
de gente no paraba de llenar recipientes<br />
con gasolina para venderlos al mejor<br />
postor. Un helicóptero monitoreaba la<br />
zona, los militares daban gritos para<br />
que se alejaran de allí para evitar alguna<br />
desgracia. Alguien no entendió, Tomás<br />
lleno de euforia, sacó un cigarro y un encendedor<br />
de su bolsa, una chispa bastó<br />
para la explosión.<br />
Mario Ruddyart Bermúdez Pérez<br />
114<br />
—Compadre, me cuenta una leyenda…<br />
para mitigar la noche.<br />
Un brillo azul de luna, casi imperceptible,<br />
refulgó en la oscurana, el instante,<br />
que pareció una eternidad, alumbró<br />
sus ojos gastados; hasta que, acercándose<br />
a la fogata, intentó calentar sus<br />
manos, y soltó a Pedro, la peor historia<br />
de terror:<br />
—<strong>La</strong> muerte está señalándote.<br />
Santiago Risso
Desde el desván del viejo teatro C’est la<br />
vie, un títere abandonado mira por la ventana<br />
perderse el ultimo rayo de sol por entre<br />
las humeantes chimeneas fabriles.<br />
Día a día sus únicas visitas son polillas<br />
y arañas, que devoran su cara y manos<br />
antes finamente talladas.<br />
Mientras una gota de humedad recorre<br />
su nariz, ¡grita! Grita inerme sin que se<br />
mueva su boca, grita en silencio al vació.<br />
Pero en las noches no desfallece,<br />
sino que sueña.<br />
Piensa en venganza y espera que algún<br />
día alguien mueva sus hilos de nuevo.<br />
Giovanni Vázquez<br />
Entonces ahí estaba yo, sentado en la<br />
banqueta, viendo su mirada penetrante<br />
mientras riega su jardín, si es que<br />
así se le puede llamar a ese pedazo de<br />
tierra seca. Como sea, desde que me<br />
mude a este barrio, he visto que mi vecino<br />
tiene costumbres bastante extrañas,<br />
como ponerse a cocinar a media<br />
noche comida con olor desagradable,<br />
hablar con fotografías de su casa, pero<br />
lo más extraño sucede cuando alguien<br />
se acerca a su porche, es como si el notara<br />
inmediatamente la presencia de<br />
alguien y lo mirara a través de la ventana.<br />
¿Qué por qué es raro?...<br />
Pris Fig<br />
1<strong>15</strong>
Llueve. Pero al revés. Otra vez. Es muy<br />
difícil taparse con un paraguas cuando<br />
llueve desde el suelo. Tiene su sentido<br />
entonces, que decidieran cambiarme<br />
de sitio las manos y los pies. Parece<br />
práctico. Duele. Ya me acostumbraré.<br />
Me alegra que se preocupen por estas<br />
cosas, pero esperaba más. Desde luego,<br />
tenía otra idea de lo que sería mi primera<br />
abducción alienígena. Y es que no<br />
para de llover.<br />
Edu Arechaga<br />
116<br />
Mi hijo había estado un poco triste los<br />
últimos días. Cuando le preguntamos<br />
por qué, él nos respondió que se debía<br />
a que Bonzo, su amigo imaginario, se<br />
había marchado.<br />
Un par de días después su madre, al<br />
limpiar su habitación, halló algo que<br />
la aterró y me llamó inmediatamente<br />
por teléfono. Había encontrado una<br />
fotografía y no pude creer lo que veía<br />
cuando me envió la imagen. En ella<br />
aparecía nuestro pequeño en su cama<br />
y junto a él, un hombre adulto vestido<br />
como payaso tomando una selfie de<br />
ambos. Con marcador estaba escrito:<br />
Recuérdame.<br />
Daniel Noohwi
El Señor M. le aseguró que no habría<br />
ningún problema. Lo único que tenía<br />
que hacer era arrojar el cadáver a los<br />
lobos. Cuando terminaran con él, nadie<br />
reconocería a la chica y nadie podría<br />
culparlo. El joven T. siguió su consejo:<br />
los lobos llegaron a primera hora<br />
de la mañana, con sus cámaras y sus<br />
bolígrafos. Una vez que su trabajo estuvo<br />
hecho nadie pudo decir quién era<br />
ella, pero todos sabían lo que llevaba<br />
puesto, y la única responsable estaba<br />
muerta. El joven T. siguió su camino<br />
con la tarjeta del Señor M. bien guardada<br />
en el bolsillo.<br />
Irene González<br />
Los noticieros padecían no tener otra<br />
cosa que informar, en todos se hablaba<br />
de que una explosión dejó un poco<br />
extraño el comportamiento de perros y<br />
gatos y se previa algo anormal en otros<br />
animales en las próximas horas.<br />
Para Irene aquello no era importante,<br />
tuvo que llevar a su hijo al dentista, esperar<br />
a que le quitaran su diente, y luego<br />
cambiar este por una moneda.<br />
Sin embargo, al amanecer, miró un<br />
ratón pasar con un diente. Corrió a ver<br />
a su hijo. Este había sido devorado por<br />
ratones, que le quitaron sus dientes<br />
para entrar por su boca.<br />
Alfredo Olmos Hernández<br />
117
Yo no quería, pero ellos me obligaron,<br />
tras siete años de ruidos con sangre<br />
han terminado.<br />
Yo no quería, sólo pedí silencio, si<br />
mis súplicas erraron no lo hizo mi cuchillo,<br />
que en vuestras entrañas templo.<br />
Yo no quería, ellos eran indefensos, sé<br />
que los amabais pero arrancasteis lo que<br />
amaba yo, la paz que nunca tuve dentro.<br />
Yo no quería, pero ellos me obligaron,<br />
tras siete años de ruidos a mis vecinos<br />
he matado.<br />
Calero J.<br />
Ay, vida triste la mía, llega la noche y<br />
entro en mi cama como último refugio<br />
de mi triste existencia, cierro mis ojos y<br />
dejo que la noche me envuelva con su<br />
cálido manto. De repente, me siento paralizado,<br />
mi cuerpo no responde, lucho<br />
desesperado pero la agonía consume<br />
mis fuerzas. Sombras de ultratumba entran<br />
en mi habitación, la guadaña de la<br />
muerte corta el aire y su negro manto se<br />
extiende sobre mi lecho. El gélido aliento<br />
de la parca me susurra al oído palabras<br />
funestas: Regocíjate, hijo mío, pues<br />
aun en tu muerte, tu tristeza continuará.<br />
Albert Blaz<br />
118
Según recuerdo era una noche cálida,<br />
estrellada y silenciosa.<br />
Estaba sentado en la vieja silla que<br />
en vida perteneció a padre, me sentía<br />
cansado, así que bebí el último sorbo<br />
de café sin mucho entusiasmo, dejé el<br />
periódico sobre la mesa del comedor y<br />
me fui a la cama.<br />
Comenzaba a conciliar el sueño cuando<br />
una voz dulce, tierna, cariñosa, amable<br />
y sutil me dijo al oído: No te preocupes…<br />
Y es desde entonces que no he<br />
podido dormir bien una sola noche.<br />
Cyrano de Hipo<br />
—Que era muy malo se sabía con sólo<br />
observarlo un momento. Sus ojos transmitían<br />
odio en estado puro. Además,<br />
como ella era tan delgadita y él tan corpulento,<br />
aún daba más impresión. ¡Mira<br />
que se veía venir! <strong>La</strong> ha matado, seguro,<br />
y durante toda la semana se ha regocijado<br />
con sus vísceras y su sangre.<br />
—Pues daremos cuenta al juez y procederemos<br />
a entrar —explicó el policía, solícito.<br />
En ese preciso instante se abrió la<br />
puerta del ascensor, dejando paso a<br />
una bella mujer con un sombrero playero<br />
en la mano. <strong>La</strong> seguía un fornido<br />
bulldog francés de aspecto bonachón.<br />
Albert Xurigué<br />
119
Lo de ponerlo en una bolsa cerrada de<br />
papel madera, se aplica para los melones.<br />
Y eso de envolverlo en papel de<br />
aluminio y calentarlo diez minutos en<br />
el horno a noventa grados se aconseja<br />
para las paltas. Ninguno de estos trucos<br />
sirve para madurar a un humano. Y, sinceramente,<br />
no creo que exista alguno.<br />
Por lo tanto hija, te recomiendo que<br />
cuando vuelvas a la Tierra te cerciores<br />
de elegir un humano ya maduro. Si es<br />
necesario sacúdelo un poco con tus rosados<br />
tentáculos.<br />
Silvia Vásárhelyi<br />
120<br />
Cuando Mono llegó al lugar de los hechos<br />
y se topó con el cuerpo, descubrió<br />
que una rata había teñido de rojo un<br />
camino en su huida. Los de la Científica<br />
habían encontrado una ficha de dominó<br />
en la boca del muerto, y pensó que<br />
los chicos de la prensa no se devanarían<br />
los sesos para bautizar al asesino. Preguntó<br />
por curiosidad qué ficha era y le<br />
contestaron que el seis doble. Al teniente<br />
le quedaban dos meses para jubilarse.<br />
Era un alivio, si el psicópata había<br />
comenzado por el principio quedaban<br />
veintisiete cadáveres por descubrir.<br />
Maximiliano Jarque Blasco
Es la una de la madrugada. Sólo queda<br />
un costillar milenario y un menguado<br />
reloj capilla de roble en el congelador.<br />
El sol se asoma en el horizonte.<br />
Daniel Cerini<br />
Si sigo comiendo voy a explotar...<br />
...dijo, y así fue. Pero no por la cantidad<br />
excesiva de comida que ingería<br />
diariamente, sino porque, al preparar<br />
sus huevos, olvidó cerrar el gas.<br />
Carolina Alpuche<br />
En una de las tantas pensiones de los<br />
suburbios de Viena, el joven Adolf Hitler<br />
recibió la carta más esperada de su vida,<br />
hasta entonces. <strong>La</strong>s manos le temblaban<br />
al abrir la misiva y sintió un vuelco<br />
del corazón al leer el dictamen de la Academia<br />
de Bellas Artes: había sido aceptado<br />
por la institución para ingresar<br />
como estudiante de Pintura. Se sintió<br />
más dichoso que nunca y ahora le parecía<br />
una locura el haber siquiera pensado,<br />
alguna vez, dedicarse a la política…<br />
Jorge Sánchez Quintero<br />
121
<strong>La</strong> última vez que visite al doctor me<br />
dio algunas respuestas a mi problema,<br />
creo por fin haber encontrado la solución<br />
definitiva: mutilación<br />
Admito que la sola palabra me provoca<br />
horror.<br />
No sé en qué momento comencé a<br />
sentirme limitado e irritado, mi infancia<br />
fue feliz y plena como la de mis camaradas<br />
y mi adolescencia llena de grandes<br />
experiencias, de sentimiento de vida<br />
No me siento cómodo, me siento<br />
diferente<br />
Sé que tengo a quien más amo conmigo,<br />
mi amada Lydia, en mis sueños<br />
acaricia mi rostro con desbordante ternura<br />
y me mira de una manera que no<br />
podría describir.<br />
Sé que Lydia siempre estará conmigo<br />
He investigado y el procedimiento es<br />
simple, solo es mutilar los dos brazos y<br />
un pequeño ajuste en el rostro, quitando<br />
un par de ojos. Al parecer el resultado<br />
final sería exactamente igual, pero<br />
con solo dos brazos y dos ojos, a lo que<br />
parecen llamar Humano.<br />
Merlina Santillán<br />
122<br />
Que pare el que tenga freno... Dijo el maquinista<br />
y aceleró el tren.<br />
Maria Victoria del Valle Martinez
El bullicio de las sirenas era ensordecedor.<br />
El tránsito se acumulaba. Eran las<br />
nueve de la noche y John Cossack, estaba<br />
a cargo del caso. El periodista Jack<br />
Pérez había sido asesinado. Su asociado<br />
Víctor Sinclair fue aprehendido por<br />
amenazas. En el retén fue puesto en libertad<br />
por falta de pruebas concrtetas.<br />
Hacía dos semanas la limpiadora de la<br />
agencia de Pérez entró en su oficina. El<br />
guardián que llevaba una carta certificada<br />
vio que ellos se besaban. Se regresó<br />
para entregarla en otro momento.<br />
Cuando Cossack descubrió que Matilde<br />
era la esposa del conserje, el asesinato<br />
quedó resuelto.<br />
Luis Antonio Aguilar Monsalve<br />
Vida bohemia, trabajo en negro, cotizaciones<br />
sociales aleatorias, empleo<br />
discontinuo, administración manirrota,<br />
tres divorcios, varias adicciones… Al<br />
llegar a la jubilación, el artista de circo<br />
ya no aspiraba a vivir en un chalecito<br />
en la costa. Aspiraba a que no fuera<br />
muy doloroso el momento en que entrara<br />
a formar parte de la cadena trófica<br />
de los leones.<br />
Héctor Daniel Olivera Campos<br />
123
MIENTRAS<br />
TANTO,<br />
EN GOOGLE<br />
BOOKS...<br />
Por Aurora Ceres<br />
124<br />
El asesino del candado, de Fran Vives,<br />
estuve a punto de ponerlo como el libro<br />
feo del mes desde que vi su portada y leí<br />
su sinópsis; pero, al leerlo, me di cuenta<br />
que es un libro que vale la pena leer.<br />
A pesar de que deja muchos huecos<br />
en la trama, en algunos momentos cae<br />
en lugares comunes y, citando a George<br />
Harrison, podríamos decir que eso<br />
ya se ha visto si consideramos el punto<br />
medular de la historia, es un libro que<br />
vale la pena leer de principio a fin, pues<br />
capítulo tras capítulo te tiene una buena<br />
sorpresa que te mantiene aferrado<br />
a sus páginas. Claro que, si eres un lector<br />
consumado, va a ser sencillo que te<br />
adelantes a los hechos y adivines que<br />
va a pasar después.<br />
Recomendado para los amantes del<br />
misterio y la lectura policíaca, yo digo<br />
que este es nuestro libro bueno del mes.
<strong>La</strong> sombra de la araña, de Amaya Felices,<br />
es un libro al que me metí sin saber (pero<br />
imaginándome) lo que me iba a encontrar...<br />
Y puesto que mis espectativas eran<br />
bajas realmente no perdí mucho.<br />
Pese a que en lo personal odio los<br />
libros que están narrados en presente<br />
y en primera persona, principalmente<br />
dentro del género de las novelas juveniles<br />
(con sus muy contadas excepciones,<br />
por supuesto), debo aceptar que<br />
esta novela está muy bien narrada y<br />
la autora sabe lo que hace al tratar de<br />
enredarte en su mundo de fantasía. El<br />
problema es que la historia es tan trivial<br />
y los personajes tan comunes que<br />
es como ver una película el sábado en<br />
la mañana mientras hace el quéhacer.<br />
Con un buen desarrollo y una trama<br />
que deja mucho que desear, este es nuestro<br />
libro feo del mes.<br />
<strong>La</strong>sh: parte uno (El ángel roto I), de L.<br />
G. Castillo, se puede resumir en una<br />
sola frase: otro más...<br />
<strong>La</strong> historia es la más común que nos<br />
puede dar una novela juvenil en estos<br />
tiempos: una chica con problemas sociales,<br />
familiares y psicológicos (como<br />
si hicieran falta más personajes con ese<br />
perfil), un chico misterioso que resulta<br />
tener relación con algo paranormal, y<br />
qué bueno que esta vez no son vampiros,<br />
pero están transformando a los ángeles<br />
en lo mismo; un amor prohibido<br />
y muchas situaciones que le causarían<br />
grima hasta a los más aferrados lectores<br />
le este género. En cuestiones técnicas<br />
la traducción es buena.<br />
En conclusion, este es el libro malo<br />
del mes. Recomendable solo para las<br />
fans de estas novelas o para quien gusta<br />
torturarse a sí mismo.<br />
125
126<br />
CO<br />
LOS A<br />
QUE COM<br />
ESTE N
Dulia I. Fernández<br />
Nacida en Coatzacoalcos, Ver. En marzo<br />
del año 1997. Actualmente es estudiante<br />
de la Licenciatura de Lingüística<br />
y Literatura Hispánica en la BUAP. Egresada<br />
de la Lic. En Gestión y Dirección<br />
de Negocios de la Universidad Veracruzana,<br />
ha sido miembro del Grupo Regional<br />
de Teatro Quetzales de la zona<br />
Coatzacoalcos-Minatitlán y participado<br />
en el Festival de Teatro Universitario,<br />
realizado anualmente en la Ciudad<br />
de Xalapa.<br />
NOCE A<br />
UTORES<br />
PONEN<br />
ÚMERO<br />
Krishna Avendaño<br />
Ciudad de México. Es autor del libro de<br />
poemas Una ciudad transgénica (2009).<br />
Ha recibido en tres ocasiones el primer<br />
lugar en la categoría de ensayo del certamen<br />
Caminos de la libertad. Textos<br />
suyos, que van de la literatura a la filosofía<br />
política, pueden encontrarse en el<br />
blog Bitácora transparente.<br />
127
Manuel Rodríguez<br />
Nacido en 1983 en CDMX, estudió Artes<br />
Escénicas en la facultad de Bellas<br />
Artes, Querétaro. Es egresado de VFS<br />
con una especialidad en fotografía y<br />
composición Digital, cuenta con más<br />
de veinte puestas en escenas a nivel<br />
profesional. Ha escrito y dirigido tres<br />
proyectos cinematográficos en formato<br />
corto, cuenta con cinco exposiciones<br />
fotográficas individuales. Fue becario<br />
de FONCA y PECDA.<br />
Adriano Gonzalez<br />
Nació en Nuevo León, México, el 29 de<br />
marzo de 1998. Siempre tuvo una aficion<br />
por la escritura pero odiaba leer.<br />
En la preparatoria comenzó leyendo<br />
cómics y después empezó a leer libros.<br />
Comenzó a escribir cuando no pasó a<br />
la escuela de ingeniería y quería usar<br />
ese tiempo para hacer algo de provecho.<br />
Después se dio cuenta que le gustaba<br />
y quería dedicarse a escribir.<br />
Cristian Méndez Paternina<br />
Barranquilla, Colombia. 1987. Licenciado<br />
en educación artística, docente en<br />
ejercicio de su profesión y colaborador<br />
permanente de revistas literarias de<br />
circulación local, ha publicado un puñado<br />
de relatos bajo el título Ejercicios<br />
de inmensidad: una aproximación a lo<br />
exótico desde la exaltación de lo trivial.<br />
En sus escritos lo simple y lo frívolo se<br />
decodifican para adoptar una suerte<br />
nefasta, paradójica, que tiene como escenario<br />
la cotidianidad.<br />
128<br />
J.B. Fernandini<br />
Juan Bautista Fernandini. 21 años. Es<br />
argentino y actualmente vive en Buenos<br />
Aires. Estudió cine en la Universidad<br />
de Buenos Aires y ahora estudia<br />
actuación en la Universidad del Salvador.<br />
Como pasatiempos le gusta escribir<br />
relatos cortos y sacar fotografias. Su<br />
autor favorito es Stephen King.
Jesús Alberto Galván Rosales<br />
Nació en la ciudad de Irapuato, Guanajuato,<br />
México y estudia la preparatoria<br />
en la ciudad de Celaya. Desde que tiene<br />
memoria, el crear historias es lo más<br />
hermoso de su vida.<br />
Tomas Alejandro Apan<br />
Nació el 2 de abril de 1997 en la ciudad<br />
Puebla. Actualmente radica en la Ciudad<br />
de México y estudia economía. Le gusta<br />
escribir historias de ficción a las que se<br />
les pueda encontrar un significado más<br />
allá de lo que las palabras puedan decir.<br />
Le apasiona también el cine, la historia y<br />
querer comprender el presente.<br />
Adolfo Quesada Chanto<br />
Nació el 10 de noviembre de 1966 en Pérez<br />
Zeledón, San José, Costa Rica. Estudió<br />
en la Universidad de Costa Rica donde se<br />
graduó como Licenciado en Microbiología<br />
y Química Clínica, 1988. Posteriormente,<br />
en 1993 sacó un doctorado académico en<br />
Bioquímica y Biotecnología, Universidad<br />
de Braunschweig, Alemania Federal. Es<br />
docente universitario desde 1998 y profesor<br />
catedrático en la Universidad de Costa Rica.<br />
Alonso Tolsá<br />
Idealista, lector de novelas. Estuvo becado<br />
por el FONCA (2017) y la FLM (2019).<br />
129
N.C. Ayensa<br />
Nació en Zaragoza (España) en 1991. Ha<br />
sido economista y profesor, y le fascina<br />
lo oculto, el misterio y el terror desde<br />
que tiene memoria. Escribe por afición<br />
y apenas difunde lo que escribe, aunque<br />
es ésta una manía que pretende<br />
corregir. Sus logros, hasta la fecha, son<br />
terroríficos (para él) por poco impresionantes:<br />
dos victorias en concursos de<br />
relatos escolares y un microrrelato publicado<br />
en Microterrores II (20<strong>15</strong>).<br />
Johnny José Manuel Parra Carrera<br />
(Caracas, Venezuela 1998). Escritor por<br />
afición, idiota a conveniencia y educado,<br />
porque así se tiene que ser. Heredero de<br />
los rasgos de su madre, y según ella, del<br />
carácter de su padre. Heredero también<br />
de los valores de ambos. En busca de un<br />
lugar en el mundo, si es que el mundo<br />
tiene un lugar para él.<br />
Omar Soto<br />
Nacido en Cd. Obregón, Sonora en el<br />
año de 1994, Omar Soto comenzó a<br />
rebotar en diferentes áreas artísticas a<br />
muy temprana edad. Mostrando interés<br />
por la música y formando parte de<br />
bandas locales en su adolescencia, así<br />
como participando en la realización<br />
de cortometrajes, y ahora, como joven<br />
adulto, con el fuerte interés de convertirse<br />
en un escritor de tiempo completo.<br />
Barbarella D´Acevedo<br />
Escritora, profesora e investigadora. Licenciada<br />
en Arte teatral, perfil Teatrología,<br />
Máster en Educación por el Arte.<br />
Graduada del Centro de Formación Literaria<br />
Onelio Jorge Cardoso.<br />
130
Hernando Orozco Losada<br />
Médico y Magíster en Sociología de<br />
la Universidad del Valle, estudios de<br />
Especialización en filosofía política<br />
contemporánea y de Maestría en Literaturas<br />
Colombiana y <strong>La</strong>tinoamericana.<br />
Docente varios años de sociología<br />
y publicó artículos de investigación y<br />
ponencias nacionales e internacionales.<br />
Tiene algunos cuentos publicados<br />
en Colombia, México y España.<br />
Camilo Fernández Otálora<br />
Nació en noviembre del año 1986 en medio<br />
del D.F., la que en aquel entonces era<br />
la ciudad más grande del mundo. Ahora<br />
ya no es D.F. ni es tan grande. Es mexicano<br />
y, por sus padres, colombiano, pero al<br />
igual que la ciudad, ya no soy ni lo uno ni<br />
lo otro. Actualmente dirije un taller literario<br />
y trabaja en su primera novela y un<br />
libro de relatos.<br />
PabloBrion<br />
45 años, ingeniero en sistemas, papá<br />
de una hija hermosa, e incondicional<br />
bibliófago de fantasía y ciencia ficción.<br />
Abandonéóel café y sucumbió en el intento.<br />
Adicto al chocolate y a los puntos<br />
suspensivos. Publicó dos relatos en<br />
antologías, un libro de cuentos en formato<br />
digital y cuatro años de historias<br />
en un blog.<br />
Juan Manuel <strong>La</strong>barthe<br />
Nació en la ciudad de México en 1974.<br />
Escribe cuento, teatro y poesía. Su obra<br />
de teatro Hotel Alkar ha sido montada<br />
en Barcelona, Ciudad de México, Veracruz<br />
y Lima. En poesía obtuvo el primer<br />
lugar en el 4to Concurso de cuento<br />
y poesía de ciencia ficción José María<br />
Mendiola en 2017 y el primer lugar en el<br />
1er premio internacional de poesía de<br />
la Editorial Rostros en 2018.<br />
131
Gabriel Bevilaqua<br />
Escritor argentino afincado a orillas del<br />
río Paraná. Se dedica especialmente al<br />
cultivo de la minificción y el cuento. Sus<br />
textos han aparecido en una veintena<br />
de antologías de Argentina, México y<br />
España. Entre otras: Cienfictimínimos<br />
(México, 2012); De antología. <strong>La</strong> logia del<br />
microrrelato (España, 2013); Brevedades<br />
(Argentina, 2013); 40 plumas y pico<br />
(España, 2014); <strong>La</strong>s palabras contadas<br />
(España, 20<strong>15</strong>). Mantiene la bitácora El<br />
elefante funambulista.<br />
David Jáuregui Beovide<br />
Mexicano, nacido en Torreón Coahuila<br />
en agosto de 1978. SOGEM Guadalajara.<br />
Caleidoscopio X Antología de cuentos.<br />
Editorial <strong>La</strong> Zonambula, 2013<br />
José Severo<br />
Originario de León, Guanajuato. Tiene<br />
23 años, es estudiante de psicología<br />
y su área de enfoque es la social. Comenzó<br />
a leer al inicio en la universidad,<br />
hace aproximadamente cuatro años,<br />
es gran admirador de la generación<br />
perdida y de novelas del boom latinoamericano.<br />
Comenzó a escribir hace un<br />
par de años.<br />
Daniel Canals Flores<br />
Escritor aficionado, a sus cuarenta y<br />
cinco años inició su carrera sin ninguna<br />
experiencia previa. Le gusta escribir<br />
poemas, relatos cortos y microcuentos<br />
inspirado por lecturas de Charles<br />
Bukowski o Kerouac. Acaba de autopublicar<br />
su primera novela corta titulada<br />
Divorcio Diferido. En preparación, estoy<br />
escribiendo la siguiente cuyo título<br />
será Asesinato comprimido.<br />
132
Juan Rey Lucas<br />
Filósofo, ensayista, cuentista, poeta. Estudió<br />
en la Facultad de Filosofía y Letras<br />
de la Universidad Nacional Autónoma<br />
de México (U.N.A.M) campus Ciudad<br />
Universitaria. Habiendo tomado cursos<br />
de redacción autobiográfica en la Casa<br />
Universitaria del Libro, siendo alumno<br />
de la escritora Rosa Nissan. Así mismo<br />
ha incursionado en semanarios de la<br />
red: Concepto Arte, Edición Veinte, Revista<br />
Monolito, Revista Areté, Pravia Magazine,<br />
Diversidad Literaria.<br />
Héctor Fabio García Libreros<br />
Héctor Fabio García Libreros (7 de septiembre<br />
de 1992, Guadalajara de Buga,<br />
Colombia). Estudiante en licenciatura<br />
de filosofía de la universidad nacional<br />
a distancia. Amante y aficionado de<br />
la literatura, prácticamente amateur<br />
del atletismo y gran admirador de las<br />
puestas de sol. Desde 2012 ha participado<br />
en concurso literarios y ha tenido<br />
distinciones como menciones especiales<br />
y publicaciones.<br />
Juan David Almeyda Sarmiento<br />
Nacido en Bucaramanga, Colombia;<br />
ciudad en la cual reside. Con estudios<br />
en pedagogía de la Escuela Normal Superior<br />
de Bucaramanga y en filosofía de<br />
la Universidad Industrial de Santander.<br />
María Baón<br />
Madrid, 1969. Licenciada en Ciencias de<br />
la Información por la Universidad Complutense.<br />
He trabajado y estudiado en Alemania<br />
y Chile. Trabajo como crítica, lectora<br />
y traductora editorial y en mi pequeña<br />
empresa de enseñanza de Español como<br />
Lengua Extrajera. He publicado y presentado<br />
trabajos de poesía (finalista premios<br />
Espronceda y Jovellanos), fotografía (Círculo<br />
de Bellas Artes), performance (Teatro<br />
Pradillo), narrativa (ganadora del premio<br />
Ana María Matute) y ensayo (revista Visor).<br />
133
en nuestro<br />
siguiente número:<br />
Más artículos,<br />
cuentos, microcuentos,<br />
y mucho más...