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La Sirena Varada: Año III, Número 15

El decimoquinto número de La sirena varada: Revista literaria

El decimoquinto número de La sirena varada: Revista literaria

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· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·<br />

<strong>La</strong> sirena varada<br />

R E V I S T A L I T E R A R I A<br />

es una publicación de<br />

EDITORIAL DREAMERS<br />

libros digitales, gratuitos y legales<br />

LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL<br />

<strong>Año</strong> 3, N° <strong>15</strong>, enero 2019 es una publicación mensual<br />

editada por Digital Robotic Entity Assembled for Masterful<br />

Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:<br />

Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.<br />

www.editorialdreamers.com<br />

Director y editor responsable: José Luis Vázquez<br />

Ilustración de portada: warmtail<br />

Ilustraciones: The British Library’s collections<br />

<strong>La</strong>s opiniones expresadas por los autores no necesariamente<br />

reflejan la postura del editor, sin embargo, la<br />

editorial respalda todas las opiniones al aceptar su aparición<br />

en esta revista.<br />

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o<br />

parcial de los contenidos e imágenes de la publicación<br />

sin previa autorización de Digital Robotic Entity<br />

Assembled for Masterful Editing and Rational Sabotage<br />

S.A.S. de C. V. o los respectivos autores.<br />

© 2019<br />

DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED<br />

FOR MASTERFUL EDITING AND<br />

RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.<br />

todos los derechos reservados<br />

SOBRE<br />

ESTE<br />

NÚMERO<br />

Iniciamos el tercer año en <strong>La</strong> <strong>Sirena</strong><br />

<strong>Varada</strong> con el decimoquinto número.<br />

Es un logro muy importante para<br />

todos los que estamos involucrados en<br />

esta revista porque, poco a poco, nos<br />

hemos posicionado entre el gusto de<br />

muchos lectores, principalmente en<br />

México y países de Sudamérica.<br />

Esto nos llena de alegría porque, de<br />

una forma u otra, estamos brindando<br />

un espacio sólido a todos aquellos autores<br />

que tienen algo que decir.<br />

Sin embargo, y esto me gustaría platicarlo<br />

más como una anécdota que<br />

como una queja o reclamo, por alguna<br />

extraña razón son más los autores que<br />

no se toman el tiempo para cumplir correctamente<br />

con la convocatoria.<br />

Es muy curioso que esto suceda, porque<br />

considero que un autor es una persona<br />

que tiene la capacidad de leer y analizar<br />

correctamente los textos que se les<br />

pongan en frente; pero me he dado cuenta<br />

que, muchas veces, estoy en un error.<br />

De entre todos los errores que muchos<br />

autores cometen al enviar su participación,<br />

el más extraño y más preocupante<br />

es aquel en el cual confunden<br />

el concepto de palabra con caracter; y<br />

es que, muchas veces, en lugar de enviarnos<br />

un texto con un máximo de seis<br />

mil caracteres (que, en promedio, suelen<br />

ser de novecientas a mil palabras),<br />

nos envían textos de entre cuatro mil a<br />

seis mil palabras.


Esta situación me tiene muy preocupado<br />

por un motivo en específico: los<br />

autores, que supuestamente se dedican<br />

a escribir, no son capaces de leer<br />

un texto a conciencia.<br />

Por supuesto que al decir esto no<br />

pretendo decir que eso los hace malos<br />

autores o que los hace peores personas;<br />

realmente, lo que me interesa<br />

decir con esto, es que la epidemia de<br />

la falta de lectura y de la mala comprensión<br />

lectora está llegando incluso<br />

a aquellos que se supone deberían ser<br />

los primeros en saber leer.<br />

Como autores —finalmente yo también<br />

me considero un autor— no podemos<br />

esperar que las personas lean<br />

y comprendan lo que nosotros queremos<br />

comunicar a través de nuestros<br />

trabajos si nosotros no nos tomamos el<br />

tiempo de hacer lo mismo con aquello<br />

que nos interesa.<br />

Para mí es horrible no poder publicar<br />

la obra de un autor que vale la pena,<br />

simplemente porque no leyó correctamente<br />

las instrucciones —o tal vez<br />

porque le valió y mandó lo que quiso,<br />

también ha pasado.<br />

De verdad, lean y comprendan, no<br />

solo por cortesía, sino por su propio<br />

beneficio y por no buscarse un problema<br />

a futuro


4


RELATOS<br />

5


GAZUZA<br />

Por Manuel Rodríguez<br />

6


—Vi que la gente caminaba por los pasillos<br />

murmurando y cubriéndose la<br />

boca, así que fui a ver qué sucedía. Al<br />

llegar, sorprendí a un niño tomando<br />

carne de los refrigeradores, comiéndola;<br />

gruñía y babeaba. El chico me percibió<br />

y al girarse pude ver su boca cubierta<br />

de grasa y unicel, estaba masticando<br />

hasta los platos. Muchos niños roban<br />

enlatados y ropa interior de la tienda,<br />

pero no carne cruda, y mucho menos<br />

se la comen.<br />

—Siga, por favor.<br />

—Sí, disculpe; me acerqué y le pedí<br />

que me acompañara, le dije que no<br />

podía estar haciendo eso y lo tomé del<br />

brazo, su olor era muy desagradable;<br />

las personas que estaban ahí me miraron<br />

como si estuviera matando a una<br />

foca, así que me lo llevé a rastras por el<br />

pasillo para sacarlo de la tienda y terminar<br />

pronto con el asunto, pero antes de<br />

cruzar las cajas el niño me mordió los<br />

dedos y se soltó; me gruñó y corrió hacia<br />

la salida, pedí apoyo por radio a lo<br />

que tres de mis compañeros de piso respondieron.<br />

Salimos al estacionamiento<br />

a buscarlo pero no vimos nada, así que<br />

nos separamos. Germán López, uno de<br />

los elementos, nos avisó por radio que<br />

lo tenía ubicado cerca de las bodegas de<br />

la tienda, a un par de minutos de donde<br />

yo estaba, por lo que fui el primero en<br />

llegar; ahí encontré el cuerpo del compañero<br />

Germán debajo de un monta<br />

cargas, estaba decapitado; saqué mi<br />

arma, estaba por reportar el homicidio<br />

cuando el niño brincó desde la caja de<br />

un tráiler que estaba a mis espaldas y<br />

me aventó al suelo; lo vi masticando un<br />

pedazo del rostro de Germán, le colgaba<br />

de la boca mientras lo engullía. Mis<br />

otros dos compañeros llegaron detrás<br />

de mí para dar apoyo, le gritaban que se<br />

estuviera quieto, pero el niño no obedeció,<br />

saltó por encima de nosotros y comenzó<br />

a correr por los techos de los autos,<br />

brincaba en cuatro patas, como un<br />

animal; mis compañeros abrieron fuego,<br />

me levanté y les dije que no dispararan,<br />

que era un niño y que estaba desarmado,<br />

pero al ver el cuerpo de Germán enfurecieron;<br />

siguieron disparando hasta<br />

herirlo en una pierna; me puse frente<br />

a ellos para que no lo mataran pero me<br />

empujaron y fueron por él, yo corrí para<br />

detenerlos o detener al chico y entregarlo;<br />

no sé, evitar algo peor. El niño salió<br />

del estacionamiento, lo perseguimos,<br />

pero en la calle lo perdimos de vista;<br />

caminé rápido por la Alameda Central<br />

mientras mis compañeros tomaban dos<br />

avenidas paralelas para flanquearlo, al<br />

llegar al Hemiciclo pude verlo dentro<br />

del parque, me miraba desde una jacaranda,<br />

le ordené que se quedara quieto<br />

pero se perdió otra vez entre los árboles,<br />

corrí y encontré un rastro de sangre en<br />

la tierra. Seguí el rastro por varias cuadras<br />

hasta este edificio abandonado<br />

pero no entré, mis otros dos compañeros<br />

aparecieron corriendo del fondo de<br />

la cuadra y se metieron, les dije que pidiéramos<br />

apoyo pero me ignoraron, yo<br />

me quedé afuera, segundos después<br />

escuché gritos y balazos, luego aventaron<br />

sus cabezas por la puerta y llegaron<br />

rodando hasta mis pies, estaban despedazadas,<br />

como roídas; fue entonces que<br />

pedí apoyo completo a mis superiores,<br />

clave doce; a los cinco minutos llegaron<br />

todas las patrullas que hacen la barrera<br />

que usted ve detrás de nosotros, el comandante<br />

llegó después; le conté todo,<br />

pero me dijo que eran puras pendejadas,<br />

que esto era culpa de los cárteles, que el<br />

niño ese de seguro se peló por otro lado<br />

y que yo tenía que pagar la carne y todo<br />

7


lo que se había tragado por incompetente.<br />

Me ordenó que por protocolo le<br />

rindiera declaración a usted para abrir<br />

carpeta, eso fue todo.<br />

—Oficial Cavallares, esta declaración<br />

queda sujeta al uso de la Procuraduría, le<br />

pido que firme aquí y aquí por favo;, y aquí,<br />

aquí, y aquí también, y al calce en la última<br />

hoja con su nombre y número de placa.<br />

—No me cree.<br />

—Sí, sí, repórtese a su unidad y manténgase<br />

detrás de la línea, van a entrar.<br />

—Hay un niño ahí adentro, ¿qué no<br />

me está oyendo?<br />

El hombre vio con sorna a Cavallares,<br />

se dirigió a su patrulla y guardó la declaración<br />

en la guantera mientras una<br />

redada de policías se preparaba para<br />

entrar al edificio; un grito dio la orden<br />

para ingresar; tubos de gas volaron al<br />

interior del lugar, doce hombres bien<br />

armados ingresaron bajo las órdenes<br />

del comandante de Cavallares mientras<br />

los que quedaron afuera estaban<br />

atentos; un disparo rompió el silencio,<br />

hubo gritos, luego una tormenta de balas<br />

ensordeció el lugar; todo quedó en<br />

silencio y oliendo a pólvora; comenzó a<br />

llover. Un oficial de alto rango intentó<br />

sin éxito contactar desde su radio al escuadrón<br />

que había ingresado; el gas se<br />

disipó en la oscuridad y un perro apareció<br />

cojeando en la entrada jadeando;<br />

alguien gritó «Saquen a ese perro de<br />

8


ahí, carajo». El oficial Cavallares corrió<br />

para quitarlo usando su chamarra para<br />

cubrirlo, todos aguardaban apuntando<br />

nerviosos; el perro miró al oficial y cayó<br />

fatigado, Cavallares lo apretó contra su<br />

pecho para llevarlo fuera del perímetro,<br />

una vez a salvo lo colocó en una de las<br />

jardineras del parque; el animal se lamía<br />

compulsivamente una pata; tenía<br />

una herida de bala y no dejaba de llorar,<br />

el oficial lo revisó, tanteando con sus<br />

dedos apenas rozando el pelo mojado.<br />

—Vas a estar bien amigo, la bala salió,<br />

necesitamos entablillarla nada más.<br />

Una voz agónica sonó desde el interior<br />

del edificio.<br />

—¡Auxilio, tenemos heridos!<br />

—Ahora vengo.<br />

Cavallares regresó para dar apoyo, se<br />

colocó detrás de la puerta abierta de<br />

una patrulla, apuntando su arma hacia<br />

la entrada mientras otro escuadrón entraba<br />

al lugar; exhaló, estiró su brazo y<br />

acomodó el retrovisor en dirección a la<br />

jardinera donde había dejado al perro;<br />

alternaba su atención; edificio, perro,<br />

edificio, perro, edificio… Cavallares se<br />

paralizó al ver al niño perseguido sentado<br />

en la jardinera cubierto con su chamarra<br />

de policía, se giró para poder ver<br />

con claridad cómo el chico se levantaba<br />

para caminar hacia la Alameda Central,<br />

mientras la lluvia limpiaba el rastro de<br />

sangre que dejaba la herida en su pierna.<br />

9


LOS<br />

HUÉSPEDES<br />

Por Adriano Gonzalez<br />

10


Corría el mes de julio en el pequeño<br />

poblado de Villa Hidalgo. El cuartel<br />

de policía, que solo tenía al servicio<br />

a diez hombres y siete mujeres, gozaba<br />

de uno de esos días en los que la gente se<br />

porta como gente civilizada y no causaban<br />

problemas. El teniente Obregón era<br />

quien estaba a cargo. Los oficiales se reunían<br />

en el comedor para hablar y jugar<br />

cartas y así matar el tiempo.<br />

Los hombres reían y expresaban su<br />

alegría mientras uno ganaba tres carmines<br />

al cadete Jiménez. Era algo normal<br />

que los mayores le hicieran esas<br />

novatadas a los novatos.<br />

—Ya estoy aburrido de ganarle el dinero<br />

a Jiménez —dijo uno de los oficiales, estirándose<br />

y bostezando del aburrimiento.<br />

—¿Qué tal si nos cuentas por qué te<br />

transfirieron a Villa Hidalgo?<br />

José Amira Jiménez había sido trasladado<br />

de Cadereyta a Villa Hidalgo<br />

dos semanas atrás. En Cadereyta era<br />

detective, pero al ser transferido lo<br />

habían destituido a oficial de tránsito,<br />

un descenso considerable teniendo en<br />

cuenta que era un oficial ejemplar.<br />

Jiménez asintió, preferiría no hablar<br />

de eso. Los demás oficiales bramaron<br />

con menosprecio.<br />

—Andale, novato. Cuéntanos. No debe<br />

ser nada del otro mundo —el oficial Ramírez<br />

se acercó para susurrarle en medio<br />

de la mesa, cuidando no ser escuchado<br />

por el teniente Obregón—. ¿Fue<br />

por drogas?<br />

Jiménez se exaltó.<br />

—¡No! Estoy limpio —los oficiales<br />

hostigaron a Jiménez para que contará<br />

hasta que el teniente intervino.<br />

—Jiménez fue trasladado ya que fue<br />

el detective del caso de Ángeles Atalo.<br />

Si el desea no hablar de eso, les pido<br />

que lo dejen en paz.<br />

Los oficiales que lo habían estado<br />

acosando palidecieron al escuchar al<br />

teniente hablar.<br />

El caso de Ángeles Atalo era conocido<br />

por todo el país. Había sido retratado<br />

en la historia como «<strong>La</strong> mujer de las<br />

pieles». Ángeles había sido una mujer<br />

que de la noche a la mañana comenzó<br />

a coleccionar pieles humanas como si<br />

de conejos se tratara. Durante el interrogatorio<br />

confesó que había comenzado<br />

con la piel de su vecina. Aquella<br />

mujer siempre alardeaba de la suavidad<br />

de su piel y de cómo las células<br />

madre habían restablecido sus arrugas.<br />

Vecinos cercanos decían que, durante<br />

la madrugada, cuando la familia dormía,<br />

se veía la figura de dos personas<br />

mirando por la ventana hacia la calle.<br />

Pensaban que la pareja solo había sido<br />

despertada por sus hijos y no le dieron<br />

importancia. Sus hijos tenían diez años<br />

y eran gemelos. Solían tener muchas<br />

pesadillas. Para un policía con experiencia<br />

de Cadereyta o de Villa Hidalgo<br />

esta historia no era gran cosa; el esposo<br />

engañaba a la mujer y en su histeria<br />

asesino a los niños. Pero todos los oficiales<br />

que acudían a la casa de Ángeles<br />

no regresaban, al menos no con vida.<br />

Mientras las desapariciones crecían<br />

más oficiales eran enviados.<br />

Cuando la hija de la familia Torres<br />

desapareció. Los niños habían comenzado<br />

a faltar a la escuela.<br />

En aquel entonces el detective Jiménez<br />

fue el encargado de la investigación.<br />

Pues aquella chica desaparecida<br />

era su sobrina.<br />

Al llegar a la casa de la señora Atelo<br />

no había nadie, pero un fuerte olor<br />

a sangre recorría los pasillos y las paredes<br />

estaban llenas de rasguños. Se<br />

escuchaban sonidos desde el sótano<br />

11


así que avanzó con cautela. Al bajar<br />

un fuerte dolor de cabeza lo invadió.<br />

Lo Habían golpeado tan fuerte que se<br />

había desmayado. Al despertar se encontraba<br />

atado de manos en una tina<br />

con agua. Su piel estaba arrugada y su<br />

nuca sangraba. Una mujer alta, como<br />

de unos treinta y cinco años, se acercó<br />

a él con la ropa llena de sangre y un cuchillo<br />

en la mano.<br />

—Otro oficial irrumpiendo en mi casa.<br />

<strong>La</strong> mujer se acercaba, arrastrando el<br />

cuchillo por la tina, deslizándolo lentamente<br />

por el cuello del detective.<br />

<strong>La</strong> mirada del detective se volvió turbia<br />

cuando un par de manos comenzaron<br />

a masajear sus hombros suavemente.<br />

—Ay, Ángela, lo vas a poner tenso, no<br />

me gusta la carne tensa. <strong>La</strong> prefiero<br />

tierna... Y jugosa —aquel hombre pasó<br />

su lengua sobre la oreja del detective y<br />

este hizo que arremetiera un golpe con<br />

su cabeza lacerada.<br />

No pudo ver el rostro del hombre,<br />

pero entonces otro bajo por las escaleras<br />

y odió verlo. Su piel totalmente negra<br />

como el hollín, sus ojos sin pupilas<br />

lo miraban fijamente y no gesticulaba<br />

ninguna palabra, la ropa que usaba era<br />

de cuero pero de un cuero lleno de suturas;<br />

eran los tajos de las pieles que la<br />

mujer había cortado.<br />

El detective Jiménez no recordaba<br />

cuánto tiempo había estado allí, pues<br />

la mujer tenía un ritual que llevaba<br />

días; en ese tiempo pudo ver que los<br />

12


hombres no tenían párpados ni reflejo<br />

con la luz. Los hombres aparecían y<br />

desaparecían en las sombras y siempre<br />

susurrando al oído de Ángela sobre<br />

como necesitaba matar más para poder<br />

ver a Dios. Cuando el momento del detective<br />

llegó para ser desolado, la puerta<br />

fue azotada y los refuerzos estaban<br />

llegando. Había dejado la instrucción<br />

de mandar refuerzos si se perdía el contacto.<br />

Aquellos hombres se esfumaron<br />

con la luz del día y la mujer fue arrestada<br />

y enviada al sanatorio Redfield.<br />

Un mes después, Jiménez solicitó<br />

su traslado a Villa Hidalgo. Después de<br />

aquellos días comenzó a ver a los hombres<br />

en su propia casa, mirándolo por<br />

los espejos y las ventanas. Uno de ellos<br />

se acercaba en las noches para susurrarle<br />

cosas al oído.<br />

—Vamos a Villa Hidalgo. Seguro ahí encontraremos<br />

a Dios —Jiménez intentó ignorarlo,<br />

pero comenzaron a volverse persistentes.<br />

Debido a eso solicitó su traslado.<br />

Al terminar la historia, los oficiales<br />

quedaron helados y con las bocas<br />

abiertas. Ni la prensa ni los archivos<br />

habían mencionado esas partes. Todos<br />

en la estación saltaron de miedo<br />

cuando el teléfono sonó; había un robo<br />

a una tienda. Jiménez y Rodríguez fueron<br />

enviados y mientras iban en camino<br />

Jiménez los vio, ambos hombres<br />

sentados en la parte trasera, mirándolo,<br />

con aquellas miradas blancas y vacías<br />

que tenían.<br />

13


REFLEJO DE<br />

NOCHE FRÍA<br />

Por Jesús Alberto Galván Rosales<br />

14


Dejé mi departamento, empaqué<br />

mi ropa, mis papeles y mi cuadro<br />

favorito; en él se puede ver a un<br />

sujeto con una daga clavada en el abdomen,<br />

mientras sostiene en su mano<br />

una pistola. No me importa realmente<br />

su significado, fue un regalo de Javier,<br />

el otro hijo de mi madre.<br />

Siempre he sido un solitario, el único<br />

amigo que tenía era mi hermano, era<br />

mayor por cuatro minutos y todos solían<br />

decir que yo era un reflejo de él, cuando<br />

murió tuve que mudarme a su casa para<br />

hacerme cargo de la niña; a esta solo se le<br />

podía ver a través del reflejo en el espejo,<br />

así que, con nuestra amistad en común<br />

dentro de un ataúd y bajo tierra, la niña<br />

y yo nos volvimos buenos amigos. Javier<br />

no hablaba mucho de ella y el cuidarla al<br />

momento de su muerte fue mi decisión,<br />

creo que así lo habría querido.<br />

Para poder verla todo el tiempo llené<br />

las paredes de la casa con espejos de<br />

todas formas y tamaños, en la puerta<br />

principal coloqué uno enorme que la<br />

cubría casi por completo, dejando al<br />

mirador como la única parte de la puerta<br />

sin espejo, al final, pocos eran los<br />

rincones de la casa donde la niña podía<br />

estar sin que yo la percibiera. Dejé<br />

el cuarto de mi hermano tal y como lo<br />

dejó, sin espejos, la niña se refugiaba<br />

ahí las pocas veces que llegamos a enojarnos<br />

el uno con el otro.<br />

Nos divertíamos juntos, cuando llegaba<br />

del trabajo le platicaba mi día<br />

y jugábamos. Nuestro juego favorito<br />

era el de las escondidas, los espejos le<br />

daban a la clásica diversión más dinamismo<br />

y dificultad. Una noche fría nos<br />

encontrábamos jugando, la encontré<br />

después de buscarla por más de trece<br />

minutos, la pequeña había batido esa<br />

noche su propio record personal.<br />

—¡Te tengo! —grité, al ver su larga cabellera<br />

en el reflejo del espejo en forma de<br />

rombo colgado a un lado del refrigerador.<br />

Era mi turno de esconderme y escogí<br />

un lugar que jamás había usado antes,<br />

el cuarto de mi hermano. Era gracioso<br />

porque, si llegaba a encontrarme yo no<br />

lo sabría, pues no hay espejos donde<br />

mi amiga pueda reflejarse. Esperaba<br />

en esos momentos a que la pequeña<br />

me encontrara cuando me encontré<br />

una foto de Javier, todos tenían razón;<br />

el ver su rostro era igual que verme al<br />

espejo… De repente, un fuerte sonido<br />

invadió toda la casa, un sonido fantasmal,<br />

me hizo temblar y podría jurar que<br />

muchos espejos estuvieron a punto de<br />

caerse… Alguien golpeaba la puerta<br />

con desesperación.<br />

Salí de mi escondite y corrí hacia la<br />

puerta principal, la curiosidad era más<br />

grande que cualquier manifestación de<br />

miedo, me asomé por el mirador, a solo<br />

unos centímetros de mí, al otro lado de<br />

la puerta, se encontraba un hombre<br />

azotando la puerta, tenía un cuchillo<br />

empuñado en su mano derecha, un<br />

objeto extraño en su mano izquierda<br />

y le escurría sangre en ambas manos<br />

y brazos, sangre fresca. Con horror y<br />

sintiendo como el pánico se apoderaba<br />

de mí, volteé y busqué a la niña; Ella se<br />

encontraba justo enfrente de mí. Pero<br />

yo tenía que verla buscando su reflejo.<br />

—Te encontré, eres muy malo escondiéndote<br />

—me dijo, ignorando la situación.<br />

—Hay un hombre afuera que… —empecé<br />

a contarle.<br />

—No le abras —me advirtió, interrumpiéndome—,<br />

así murió tu hermano.<br />

Me encontraba procesando sus palabras.<br />

¿Javier había muerto apuñalado<br />

por un hombre que tocó a su puerta?<br />

¿<strong>La</strong> sangre que llevaba por todos los<br />

<strong>15</strong>


azos era la de mi hermano? ¿Me regaló<br />

la pintura del hombre profesando su<br />

destino? ¿Era todo esto real?<br />

Todas mis ideas creaban un remolino<br />

de sentimientos y sin darme cuenta,<br />

ya estaba en mi cuarto sosteniendo la<br />

pistola que hace unos ayeres perteneció<br />

a mi padre. Salí de la habitación y<br />

nuevamente decidí echar un vistazo<br />

al mirador, tal vez el sueño me había<br />

jugado una muy pesada broma… Del<br />

otro lado seguía el sujeto ahí, daba patadas<br />

hacia atrás y cuando levantó la<br />

cabeza era él. ¡Era Javier! Traté de abrir<br />

la puerta… Estaba cerrada.<br />

<strong>La</strong> niña me llamó, giré hacía ella y<br />

sentí como clavó un cuchillo en mi abdomen,<br />

sentí el frío de la hoja de metal<br />

recorriendo mis intestinos, lo retiré con<br />

dolor insoportable, traté de tapar la hemorragia<br />

con ambos brazos y manos,<br />

pero era inútil. Traté de abrir la puerta<br />

con el cuchillo aún en mi mano derecha,<br />

pero era inútil. Traté de gritar pero no<br />

pude, solo quería huir de la niña. Con<br />

cuchillo en mano, pistola en la otra y<br />

brazos débiles manchados de sangre<br />

golpeé la puerta. <strong>La</strong> azoté con la poca<br />

fuerza que me quedaba. Tenía mucho<br />

miedo… la niña… yo solo daba patadas<br />

hacia atrás esperando que una le diera.<br />

—Te encontré, eres muy malo escondiéndote<br />

—escuché del otro lado de la<br />

puerta, aún cerrada. Dejé de golpear y<br />

aceptando mi muerte levanté la cabeza<br />

hacia el mirador.<br />

No estoy seguro de si fue mi rostro,<br />

el de mi hermano o el de la niña, pero<br />

estoy seguro de que lo último que vi fue<br />

un reflejo.<br />

16


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17


EL<br />

NAHUAL<br />

Por Tomas Alejandro Apan<br />

18


Corría a toda velocidad, con todas<br />

sus fuerzas, más como volar; Citlali<br />

intentaba escapar. <strong>La</strong>rgos y<br />

gruesos cabellos le cubrían la cara; un<br />

mar de lágrimas salía de sus ojos y en<br />

cuanto al vestido, ese vestido blanco<br />

que tanto cuidaba y amaba, ya no le<br />

importaba que se manchara.<br />

Un joven hombre la observaba a la<br />

distancia. Recargado en el muro, con<br />

los brazos cruzados, él la odiaba. En<br />

otro tiempo, en otras circunstancias,<br />

no la hubiera dejado escapar. Habría<br />

corrido por ella, le habría gritado y la<br />

habría alcanzado. Habría puesto su<br />

mano sobre su cara y la habría castigado.<br />

Ahora, pensaba, la iba a dejar. Dejaría<br />

que el hambre y el desierto hicieran<br />

su trabajo y solos ellos la pusieran en<br />

su lugar.<br />

Todos sabían las historias. Todo el<br />

pueblo conocía las leyendas y cada<br />

poblador decía saber de alguien que<br />

lo había presenciado, alguien de quién<br />

nunca más volvieron a escuchar.<br />

Adentrándote al desierto, cruzando<br />

el primer cerro y dirigiéndote al noroeste,<br />

se hablaba de un rio, un rio salado<br />

tan muerto como la tierra que lo rodeaba.<br />

No era, sin embargo, el río la causa<br />

de que ningún ser vivo se acercara.<br />

Se hablaba de un hombre o una mujer<br />

nacida de la maldad. Alguna clase<br />

de brujo o hechicero compartiendo<br />

cuerpo con el diablo. <strong>La</strong>s más viejas le<br />

decían Nahual: un ser terrible, completamente<br />

maligno, cuya forma cambiaba<br />

siempre por voluntad. Un ente casi<br />

sagrado que había perdido por completo<br />

su humanidad. Existía un cuento<br />

que hablaba de una persona, sin nombre<br />

ni familia, que dio todo por ser inmortal;<br />

desafió a sus dioses y ellos le<br />

condenaron quitándole su identidad.<br />

Él vivía en el río. Se alimentaba de<br />

seres pequeños y tomaba el agua producto<br />

de la mortalidad. Atraía vidas<br />

inocentes y las ofrecía en sacrificio en<br />

el fondo del raudal. Sin compasión ni<br />

misericordia, a sangre fría y mano rápida,<br />

nadie había visto al nahual sin haber<br />

sido ofrecido al mar.<br />

—¡Vaya pendejada! —se dijo Citlali,<br />

enojada—. Vieja pendeja.<br />

Seguía corriendo pero ya no lloraba.<br />

El pueblo había quedado atrás y ahora<br />

solo para ver el desierto volteaba. Ya<br />

había cruzado el cerro y los muchos<br />

metros que quedaban. Alcanzaba a ver<br />

el río y su color, oscuro y brillante, se<br />

apreciaba. Sin embargo, mas allá de<br />

dudar de su intención, sus pies dolían<br />

y sus piernas pesaban.<br />

Se detuvo un momento a tomar aire<br />

y colocó sus manos en la cintura.<br />

—Mi abuela era una pendeja —mencionó<br />

mientras respiraba—. Nahual…<br />

Que pendejada decía.<br />

Citlali tomó otro fuerte respiro, levantando<br />

su pecho, y se puso a caminar.<br />

Cada vez estaba más cerca del río y<br />

hasta ahora no había visto siquiera algún<br />

animal. El sol pegaba fuerte y la luz<br />

rebotaba. Con su frente de sudor y su<br />

vestido de tierra, pensaba: ¿Era capaz<br />

ella de hacer eso? Bueno, no tenía otra<br />

opción. Estaba decidida. Más decidida<br />

que jamás. Decidida y decidida.<br />

Alcanzo la rivera y se quitó la ropa.<br />

Colocó su blanco vestido en el suelo<br />

con mucho cuidado y se puso a llorar.<br />

Intentando no gritar, completamente<br />

desnuda, metió ambo pies al cauce y<br />

gritó; solo su cabeza sobresalía. Abrió<br />

la boca y empezó a tragar el agua, a tragar<br />

como si nunca la hubiera tomado.<br />

Uno, dos y tres grandes sorbos antes<br />

de que se empezara a ahogar. Tosió y<br />

19


tosió hasta que finalmente se calmó. Al<br />

levantar su vista, completamente débil,<br />

no pudo creer lo que había escupido.<br />

Una vieja y fea flor salió de su boca<br />

hasta alcanzar la espalda de una mujer.<br />

Desnuda, ella también tosía. Su largo<br />

y grueso cabello negro la cubría por<br />

completo. Citlali empezó a grita.<br />

—¡Niña! —dijo una voz a lo lejos, una<br />

gruesa y fuerte voz de una anciana.<br />

—¿A…bue...la? —chilló Citlali, pero su<br />

llanto le impedía hablar. Movía sus manos<br />

y pies a todas direcciones; parecía<br />

que algo la jalaba. No un cuerpo u otro<br />

ser, sino el río, que no la dejaba.<br />

Gritaba y gritaba y solo con su llanto<br />

se ahogaba. No sabía si era Dios, el diablo<br />

o quién el que la estaba castigando.<br />

<strong>La</strong> voz de su abuela parecía cada vez<br />

más lejos.<br />

—¿En serio te querías deshacer de él<br />

así? —le preguntó la vieja, burlándose<br />

al hablar. Citlali apenas podía reaccionar.<br />

Todavía batallando contra el agua<br />

e intentando escapar, puso un último<br />

esfuerzo en gritar.<br />

—¡Sácame!<br />

<strong>La</strong>s lágrimas se convirtieron en cauce<br />

y la luz se convirtió en oscuridad. Citlali<br />

se percató de que ya está dentro del<br />

raudal. Aquella lejana voz de su abuela,<br />

que tanto reía, había estado siempre ahí<br />

en la orilla; contemplaba mientras la joven<br />

mientras caía. Un gran pez tomó por<br />

sorpresa las dos vidas y se sumergió;<br />

aquel río salado ya las había tragado.<br />

20


LIBROS<br />

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21


EL<br />

TAMBOR<br />

Por Cristian Méndez Paternina<br />

22


Los Valdivia escucharon el tambor a<br />

mediados de septiembre. Al principio<br />

pensaron que se trataría de ratas<br />

que emergían de las cloacas con la<br />

puesta de sol, pero cuando Fernando<br />

Valdivia puso mayor atención a las percusiones<br />

encontró que estas tenían un<br />

ritmo: algo difícil de adjudicarle a las<br />

azarosas rutas de un animal nocturno<br />

y que lo inquietó mucho.<br />

Eran nuevos en el sector y poco sabían<br />

de la vida silvestre que merodeaba<br />

por allí, así que le restaron importancia<br />

al asunto. «Si los pájaros cantan<br />

bonito, ¿por qué una rata no puede<br />

tener tacones y caminar con elegancia?<br />

Este es un barrio exclusivo, Fernando.<br />

Hasta las ratas son glamurosas por<br />

aquí», dijo Eleonora de Valdivia en un<br />

tono mordaz, salpicando de indiferencia<br />

el peculiar hallazgo de su esposo.<br />

Él, como era su costumbre en esos casos,<br />

se encogió de hombros para evitar<br />

una discusión que con toda seguridad<br />

concluiría con él durmiendo en el sofá<br />

de la sala, y fue esa la razón por la que<br />

dejó de espantarle el sueño a su esposa<br />

y se entregó solitario al batir de los cueros,<br />

que trataba de arrancarle en cada<br />

golpe el recuerdo de una historia que<br />

palpitaba en algún recóndito lugar de<br />

su corazón.<br />

Fernando empezó vendiendo cocos<br />

fríos en las playas. Era apenas un niño<br />

pero ya disfrutaba colándose entre los<br />

turistas millonarios que encontraban<br />

un paraíso donde él no veía más que<br />

palmeras erigidas como barrotes y callejuelas<br />

tramposas que no llevaban a<br />

ninguna parte, porque allí todo era fantasía:<br />

la arena se le antojaba como vidrio<br />

molido y el mar le parecía un abismo<br />

egoísta e insondable que nunca lo<br />

dejaría salir, a menos que fuese con<br />

un tiquete de avión o como empleado<br />

en un crucero. Con la juventud en flor<br />

abandonó la escuela y consiguió un<br />

empleo de temporada como mesero<br />

en los hoteles de la zona turística. Allí<br />

aprendió a preparar bebidas exóticas,<br />

que no eran más que los jugos tradicionales<br />

de su isla mezclados con alcohol.<br />

De cualquier manera el talento fue<br />

advertido por los administradores del<br />

hotel, que de inmediato lo enviaron a<br />

profesionalizarse en la capital.<br />

El día de su partida Fernando vio la<br />

isla reducida a una mancha insignificante<br />

y peligrosa, como esas plantas<br />

carnívoras que seducen antes de matar.<br />

De pronto lo asistió el deseo de despedirse<br />

de ella, pero en vez de eso la maldijo<br />

y le dio la espalda.<br />

Una carrera exitosa y un vertiginoso<br />

ascenso lo pusieron en cruceros que lo<br />

llevaron por todo el mundo. Llegaba a<br />

islas plagadas de turistas alegres y de<br />

nativos sudorosos y atareados que regateaban<br />

el precio de una cazuela de mariscos<br />

o de un masaje con aceites y se<br />

reconocía él mismo en cada miseria, y la<br />

miseria misma lo reconocía a él en cada<br />

viaje. Tan pronto como desembarcaban,<br />

Fernando cerraba los ojos y se internaba<br />

en los recuerdos tristes de la infancia,<br />

se armaba de valor y en un solo escupitajo<br />

exorcizaba los remordimientos que<br />

le roían el alma: la familia, los amigos,<br />

pero sobre todo algo más profundo<br />

que siempre se estremecía dentro de<br />

él y que no podía descifrar con claridad.<br />

Con el tiempo aprendió a vivir con esa<br />

aflicción y los años le fueron venturosos.<br />

De sus incontables viajes le quedó<br />

una considerable fortuna, una esposa<br />

déspota y un recuerdo borroso que no<br />

lograba adoptar una forma reconocible<br />

pero que ahora, cuarenta y nueve años<br />

23


después de su partida de la isla, aleteaba<br />

en agonía cada noche respondiendo<br />

al llamado del tambor.<br />

En la suntuosa habitación sumida<br />

en los mantos de una noche oscura, a<br />

cientos de kilómetros de la playa más<br />

próxima, Fernando Valdivia escuchaba<br />

el tambor y olía la sal del mar. Casi podía<br />

sentir el viento cargado de minúsculos<br />

granos de arena que le pellizcándole<br />

los tobillos. Junto a él Eleonora de<br />

Valdivia emitía una tortuosa procesión<br />

de ronquidos que le robaban el mar.<br />

Se trataba del clásico ronquido carraspeo-chiflido<br />

tan perturbador que se<br />

confundía con su sueño llenándole de<br />

serpientes el paisaje litoral y juntándole<br />

cielo y mar en una sola convulsión<br />

de tormentas.<br />

<strong>La</strong> noche del trece de octubre de 1993<br />

Fernando quería hacer las paces con su<br />

isla. <strong>La</strong>s ejecuciones del tambor habían<br />

pasado de simples golpes a una línea rítmica<br />

que aumentaba a intervalos frenéticos<br />

que le hicieron crispar los ojos en medio<br />

de la oscuridad. Fernando olía el mar,<br />

pero esta vez veía algo: una cabaña, y en<br />

ella una niña de trece años con hoyuelos<br />

en las mejillas y los pezones en tímida<br />

erupción que se adivinaban detrás de una<br />

bata traslúcida. ¡Claro que la recordaba!<br />

Era Nubia, la niña de los collares de almejas<br />

que hacía trenzas de a peso a los turistas<br />

y que un día le dio un beso anhelado<br />

24


desde siempre a cambio de un coco frío<br />

que él podía conseguir en cualquier parte.<br />

«¿Dónde estabas el día que me fui?<br />

En la playa seguramente, ofreciendo<br />

collares almejas que conseguías en<br />

cualquier parte a cambio de monedas<br />

extranjeras, que sí eran un verdadero<br />

tesoro para nosotros, ¿verdad, Nubia?»<br />

Nubia corría descalza sobre la arena<br />

vidriosa. Iba con los pies ensangrentados<br />

y los brazos abiertos al encuentro<br />

con Fernando. Sus collares de almejas<br />

cascabeleaban prendidos del candor<br />

de su cintura y eran una sola canción<br />

con el ritmo extasiado del tambor.<br />

En la playa dos amigos de la infancia<br />

consumaban el amor truncado en nombre<br />

de la libertad; en la habitación, un<br />

viejo triste y domesticado, otrora el niño<br />

flaco de los cocos fríos, lloraba de emoción<br />

mientras clavaba con pasión sus<br />

uñas bravías en la almohada. Eleonora,<br />

alarmada, lo despertó. Él se apresuró en<br />

mandarla a dormir y volvió al mar, pero<br />

ya no encontró a Nubia. Se le había perdido<br />

entre la bruma de los recuerdos,<br />

quizá para siempre, porque ya no tendría<br />

otros setenta años para esperarla y tampoco<br />

sabía si el tambor estaría allí para<br />

traerla de vuelta; entonces regresó al<br />

cuarto y le puso la almohada en la cara a<br />

su esposa mientras el tambor y los collares<br />

de almejas seguían sonando fuertes e<br />

intensos en la soledad de su habitación.<br />

25


MACUA<br />

Por J.B. Fernandini<br />

26


I<br />

Extracto del diario de Felipe Rodrigo<br />

de Mendoza, jesuita de la misión de<br />

Macua.<br />

Me veo obligado a dejar el pueblo por un<br />

tiempo. Han venido a buscarme los hermanos,<br />

requieren ayuda en otra misión<br />

donde los nativos corren peligro de violarse<br />

sus derechos. Aprovecharé el viaje<br />

para traer suministros muy necesitados<br />

a Macua, en mi retorno.<br />

Jesuita Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />

Virreinato del Perú.<br />

4 de enero de <strong>15</strong>92.<br />

II<br />

En el medio de las abundantes selvas<br />

del amazonas, Macua, una pequeña<br />

aldea proveniente de una tribu regional,<br />

hacía su breve aparición. Rodeada<br />

de arboleda, habría varias docenas de<br />

chozas de barro, y en el mismo centro<br />

del pueblo, se erguía una capilla de<br />

madera, la estructura más alta, si bien<br />

apenas superaba a las viviendas alrededor.<br />

En la cima de la misma se encontraba<br />

la cruz cristiana.<br />

Hacía ya unas décadas que el cristianismo<br />

había sido impuesto en esta región,<br />

algunas tribus habían sido enseñadas<br />

las practicas coloquiales traídas<br />

del Viejo Mundo y los jesuitas colaboraban<br />

para proteger a las tribus indígenas<br />

de ser traficadas como esclavos y<br />

mineros, razón por la cual estaban en<br />

constante enfrentamiento con los colonizadores<br />

y traficantes; sus intenciones<br />

de salvación hacia las tribus generaron<br />

todo tipo de fricción.<br />

<strong>III</strong><br />

El hombre parecía tener mil años encima.<br />

Nunca antes en el pueblo se había<br />

visto a un hombre tan viejo y deteriorado<br />

como este extraño. Tenía la piel tan<br />

maciza que parecía que nada pudiera<br />

atravesarla. No parecía tener ningún<br />

rastro de cabellera; si tuvo, fue hace<br />

mucho tiempo. Sus túnicas no eran de<br />

esta región, ni de ninguna cercana. Observaba<br />

todo con crueldad, como si tuviera<br />

el odio de centenares de hombres<br />

adentro suyo. <strong>La</strong>s gentes estaban incómodas<br />

con su presencia. El visitante no<br />

se instaló en el pueblo. Llegó hasta el<br />

centro, observó a su alrededor, observó<br />

la capilla, y procedió hacia la selva.<br />

Antes de que baje el sol, los pueblerinos<br />

vieron una columna de humo que<br />

provenía del interior de la selva, en la<br />

misma dirección por donde había desaparecido<br />

el perverso viajero.<br />

Esa noche, la selva no siguió las reglas.<br />

IV<br />

Con la luna llena en lo más alto, un observador<br />

aldeano, salando sus carnes,<br />

se detuvo a tomar un respiro, a escuchar<br />

el grillar y los cánticos noctámbulos<br />

que proveía el entorno. Su mirada<br />

se perdió en las incontables constelaciones<br />

que se mostraban en el cielo. No<br />

las entendía, no sabía bien que eran,<br />

pero sin duda las estrellas lo enamoraron<br />

desde su niñez.<br />

Sin embargo, todas las noches trataba<br />

de encontrar nuevas formas con estas<br />

divinidades, pero le costaba, ya le<br />

costaba encontrar las que se le enseñaron<br />

a temprana edad. Eventualmente,<br />

se aburrió del esfuerzo mental, entró<br />

devuelta y volvió a salar.<br />

27


Pero, después de unos momentos,<br />

algo no se sentía bien. Salió de su choza<br />

lentamente, porque algo no está<br />

bien ahí afuera. No podía descifrar su<br />

incomodidad, hasta se quedó mirando<br />

hacia la selva, escuchando de nuevo.<br />

Nada. Absolutamente nada. Los insectos<br />

cesaron su chirriar, los vertebrados<br />

dejaron de hablar. Un silencio atroz en<br />

el medio de la selva amazónica.<br />

<strong>La</strong>s hojas de los árboles empezaron<br />

a bailar, pero no había ni una pizca de<br />

viento. El pueblo parecía haber entrado<br />

en el ojo de una tormenta, pero otro<br />

tipo de tormenta. <strong>La</strong>s copas de los árboles<br />

empezaron a bailar una danza lenta,<br />

que los hacía chocar unos con otros.<br />

En el medio de este espectáculo, el<br />

pueblerino escuchó un grito aturdidor.<br />

Un grito demoníaco, maligno, monstruoso,<br />

que no podía ser producido por<br />

un mortal. Y a éste se le sumaron más,<br />

rodeando la aldea. Los árboles estaban<br />

ya agitándose, como si un ser estuviera<br />

sacudiéndolos desde el tronco con una<br />

violencia infatigable. Demás pueblerinos<br />

salieron de sus chozas, asustados,<br />

con sus lanzas y cuchillos en mano. De<br />

lo profundo de la selva se escucharon<br />

chillidos, rugidos, gruñidos que nunca<br />

antes se habían escuchado en la región.<br />

Sonidos de fieras irreconocibles, fieras<br />

que nunca estuvieron ni en el continente,<br />

fieras que probablemente no eran<br />

de esta era. Los pueblerinos, atónitos,<br />

algunos se encerraron en sus chozas,<br />

acostados en sus camas de paja, tapándose<br />

los oídos. Otros, se reunieron<br />

en el centro del pueblo, alrededor de la<br />

capilla, observando, escuchando. Hasta<br />

el más valiente de ellos estaba profundamente<br />

aterrorizado.<br />

De la oscuridad hipnotizante de los<br />

árboles agitados, se percibió una luz<br />

blanca. Los pobladores de Macua lograron<br />

descifrar que, a medida que se acercaba<br />

la luz, se partía en dos iguales. Eran<br />

dos luceros como ojos que los miraban.<br />

Los habitantes más longevos tuvieron<br />

presentes las historias de sus<br />

abuelos, esas historias que solo pasan<br />

de boca en boca, y se vuelven en mitos,<br />

leyendas, creencias. Empezaron a<br />

derribar la capilla. Con sus lanzas y cu-<br />

28


chillas, les indicaron a los demás que<br />

la destrocen, antes de que fuera tarde.<br />

<strong>La</strong>s luces ahora estaban saliendo del<br />

bosque y se acercaban con una figura<br />

oscura imponente que las llevaba. Desaforadamente<br />

estaban rompiendo la<br />

estructura de madera, hasta que ésta<br />

cedió, colapsó. <strong>La</strong> cruz cayó a la tierra,<br />

y la rompieron hasta dejarla en astillas,<br />

pero eso no bastó.<br />

<strong>La</strong> violencia cedió. Los árboles dejaron<br />

de agitarse. Cesaron los gritos y rugidos.<br />

<strong>La</strong>s lanzas cayeron. <strong>La</strong>s cuchillas cayeron.<br />

<strong>La</strong>s camas de paja se alivianaron.<br />

V<br />

Del diario de Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />

al regresar luego de seis meses<br />

de ausencia.<br />

No hemos encontrado a nadie. <strong>La</strong>s gentes<br />

han desaparecido sin dejar rastro<br />

alguno, pero todo sigue aquí. No se han<br />

llevado ningún objeto. Sus ropas están<br />

en el suelo, sobre sus camas, como si se<br />

hubieran desnudado y se hubieran ido<br />

sin nada. Creemos que han sido comerciantes<br />

de esclavos. Nos han dejado un<br />

mensaje claro, nuestra capilla ha sido<br />

destrozada hasta los cimientos.<br />

Jesuita Felipe Rodrigo de Mendoza,<br />

Virreinato del Perú.<br />

12 de agosto de <strong>15</strong>92.<br />

VI<br />

No muchas personas saben lo ocurrido<br />

en Macua, y no a mucha gente le<br />

importaba. Después de todo, no era<br />

tan inusual que una tribu desapareciera.<br />

Se cree que los dioses del mundo<br />

antiguo aún no han perdonado<br />

que los pueblos originarios los hayan<br />

abandonado. Se dice que cuanto uno<br />

menos cree en ellos y les rinde tributo,<br />

menor es el poder divino que ellos poseen.<br />

Algunos tomaron medidas drásticas<br />

y decidieron cesar su existencia,<br />

pero otros decidieron reducirse a la<br />

altura de sus olvidadores, para imponer<br />

sobre ellos, con odio insaciable, su<br />

enojo mítico.<br />

29


TU<br />

CORAZÓN<br />

Por Adolfo Quesada Chanto<br />

30


Fuimos novios cinco años, desde<br />

que salimos del colegio. Nos llevábamos<br />

muy bien. Su cabellera,<br />

sus ojos, su corazón, su blanca tez, así<br />

como las noches de pasión; todo en<br />

ella me pertenecía.<br />

Pero llegó aquella maldita tarde en<br />

la que ella fue a cita médica con el<br />

apuesto doctor que recién había llegado<br />

al pueblo.<br />

Una ráfaga de fuego demoníaco llamado<br />

pasión llenó esa tarde el consultorio.<br />

Se miraron, se tocaron y se<br />

amaron.<br />

Ella me llamó, me dijo que no quería<br />

ya nada conmigo y colgó. Fui a su casa<br />

y no me abrieron el portón. Llegué a la<br />

hora de la salida del trabajo, pero ya la<br />

esperaba el doctorcito en su carro último<br />

modelo.<br />

Acepté la pérdida, no tomaría ninguna<br />

decisión atolondrado. Sigo enamorado<br />

pero no estoy loco.<br />

Todos los domingos, a la hora de la<br />

misa, a la cual antes yo la acompañaba<br />

y ahora lo hacía él, yo me profería una<br />

herida en el pecho.<br />

Todos los domingos íbamos a misa<br />

de cuatro de la tarde, en este momento<br />

la acompaña él. Instante en el que yo<br />

ahora practicaba un nuevo ritual. En el<br />

baño tomaba un cuchillo y hacía una<br />

herida larga en el pecho que sangraba<br />

lentamente, bajando el líquido tibio<br />

por el abdomen, para luego pasar por<br />

mi pubis rasurado y caer en formas<br />

de gotas por la punta del pene. Aquel<br />

miembro que tantas noches había penetrado<br />

la intimidad húmeda de Raquel<br />

ahora goteaba sangre en lugar de<br />

semen. Extrañamente por lo general<br />

tenía una erección y al final terminaba<br />

masturbándome, en una gloriosa mezcla<br />

de sangre y semen.<br />

Un día de otoño el pueblo se enteró<br />

que el médico se había ido de la ciudad<br />

sin previo aviso, había abandonado a<br />

Raquel. Ella se encerró en su casa y no<br />

salía. <strong>La</strong> llamé muchas veces, la busqué<br />

en su casa, pero no había manera.<br />

Un día me encontré a su madre que me<br />

explicó que Raquel estaba muy deprimida<br />

y que pronto la enviarían a la ciudad<br />

a corroborar si estaba embarazada.<br />

Además, la señora de manera muy cortés<br />

y después de darme un fuerte abrazo<br />

me pidió que la dejara en paz, que<br />

ella necesitaba tiempo.<br />

A inicios del verano Raquel se suicidó.<br />

Dejó una nota donde decía que no<br />

podía vivir pues un hombre se había<br />

llevado su corazón.<br />

Fui al cementerio y participé de su entierro.<br />

Ubiqué bien el sitio de su tumba<br />

pues volvería. Después me dirigí a mi<br />

casa, no había espacio ya en el pecho<br />

pues estaba lleno de cicatrices, por lo<br />

que la herida me la hice en el abdomen,<br />

de igual manera al final de la tarde realicé<br />

el mismo rito de sangre y semen.<br />

Un año después fui a la capital en<br />

busca del doctorcito, pasaron los días<br />

y no lo encontraba. Todas las noches<br />

apagaba la falta que me hacía Raquel<br />

con alguna prostituta. Ellas se asustaban<br />

al ver aquel pecho y abdomen con<br />

una cicatriz sobre otra, pero mis billetes<br />

las calmaba tal como lo hacía la<br />

eyaculación con mi corazón.<br />

Lo encontré. Tenía un consultorio en<br />

los suburbios de la ciudad. Pedí una cita<br />

para el martes en la tarde. Haciéndome<br />

pasar como paciente sería más fácil llevar<br />

a cabo mi plan. Conseguí una peluca<br />

y un bigote postizo. Mo me reconocería.<br />

Le dije al médico que sentía palpitaciones,<br />

él dio la vuelta al escritorio y totalmente<br />

desprevenido se acercó con<br />

31


su estetoscopio. Fue muy rápida la manera<br />

que lo hice. <strong>La</strong> cuchilla le atravesó<br />

la garganta cortando cuanta arteria y<br />

vena que por ahí circulan y cayó inmediatamente.<br />

El pobre no podía gritar y<br />

era consciente de la eminente muerte<br />

que le esperaba. Le puse un pie sobre<br />

su cuerpo y esperé que muriera. Mientras<br />

tanto, silbé la tonada de la canción<br />

favorita de Raquel, con esa melodía de<br />

fondo expiró el doctorcito.<br />

Tomé el cuchillo y le abrí el pecho. Si<br />

se había robado el corazón de Raquel<br />

de seguro tendría dos. No me fue fácil<br />

penetrar aquella cantidad de costillas<br />

que protegen el corazón como una<br />

coraza. Pedazos de carne, huesos y<br />

sangre cubrían el suelo. Había despedazado<br />

todo su cuerpo y solo tenía<br />

un corazón. Debía ser el de Raquel. Lo<br />

tomé en mis manos, lo besé y lo coloque<br />

en frasco con formalina que traía<br />

en mi maleta.<br />

De vuelta en mi apartamento me dirigí<br />

a mi dormitorio. Saqué corazón del<br />

frasco y lo coloqué entre las costillas<br />

del esqueleto junto a mi cama.<br />

—Mi amor, aquí tenés de vuelta tu<br />

corazón.<br />

Me acosté a su lado a dormir en su<br />

compañía, tal como lo seguiría haciendo<br />

todo el resto de mi vida.<br />

32


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33


HERMANOS<br />

Por Dulia I. Fernández<br />

34


<strong>La</strong> hora del almuerzo era el segundo<br />

momento del día en que los hermanos<br />

se reunían en casa. Era costumbre<br />

comer los cuatro juntos, sin embargo,<br />

desde que su padre había sido llamado<br />

al Centro de Investigación, tenían que<br />

conformarse con compartir la mesa en<br />

silencio. Los tres hermanos no eran los<br />

mejores amigos ni tenían una relación<br />

fuerte. <strong>La</strong> diferencia de edad suponía la<br />

creación de conflictos, en especial con<br />

Eliot, quien se encontraba en su etapa<br />

de adolescente y mantenía problemas<br />

constantes con su hermano menor, Elián,<br />

a quien le escondía sus juguetes y libros<br />

en sitios desagradables, mientras a su<br />

hermano mayor, Elías, le gritaba querer<br />

tener mayor privacidad y libertad.<br />

—Si no quieres comer, ve a tu habitación<br />

—Eliot se levantó con brusquedad<br />

y desapareció tras la puerta de la<br />

cocina. Había golpeado la mesa, generando<br />

tensión en el lugar. Elías se sobó<br />

las sienes y procedió a recoger el plato<br />

con comida de su hermano. No entendía<br />

qué había hecho o estaba haciendo<br />

mal con la educación del joven, seguía<br />

al pie de la letra los libros de crianza<br />

que su padre tenía en la pequeña biblioteca,<br />

aun así sentía que él no era<br />

una figura de autoridad que sus hermanos<br />

respetaran y se dedicaran a seguir.<br />

—Ya son noventa y tres días —el pequeño<br />

Elián susurró. Elías no podía<br />

continuar ignorando la situación, sus<br />

hermanos sufrían por aquel acontecimiento<br />

y él necesitaba respuestas.<br />

—Iré al supermercado. ¿Quieres algo? —el<br />

niño asintió y le enseñó un bote de helado.<br />

Elías se dirigió al cuarto del chico<br />

rebelde, debía preguntarle qué quería<br />

como postre, no era justo llenar a su<br />

hermanito de dulces mientras restringía<br />

al otro por haberse comportado mal, en<br />

realidad, lo único que él quería era cruzar<br />

un par de palabras con él y atreverse<br />

a confrontarlo como el adulto que era.<br />

Se detuvo frente a la habitación, el<br />

sonido de la música apenas le permitía<br />

escuchar los latidos acelerados de su<br />

corazón. Era increíble que él, el hermano<br />

mayor, el chico modelo, le tuviese<br />

miedo a un adolescente. Suspiró, reprodujo<br />

una sinfonía en su mente para<br />

tranquilizarse y se recordó que él era<br />

un adulto y que contaba con la autoridad<br />

de su padre para reprender a ese<br />

niño. Llamó a la puerta e inmediatamente<br />

el volumen de la música aumentó,<br />

haciendo nacer un dolor de cabeza.<br />

—Voy a comprar. Quisiera saber si quieres<br />

algo de la tienda —no se rendiría hasta<br />

ver esa puerta abierta. <strong>La</strong> curiosidad por<br />

conocer ese cuarto corroía sus nervios.<br />

Elías esperó varios minutos de pie,<br />

no entendía por qué continuaba ahí si<br />

era consciente de que no recibiría una<br />

respuesta. Quizá, en el fondo, la esperanza<br />

de reencontrarse con su hermano<br />

era lo que lo mantenía en ese lugar.<br />

<strong>La</strong> puerta se abrió dejando escapar<br />

un olor peculiar, uno que Elías había<br />

conocido en su etapa universitaria. Extrañamente,<br />

ese hecho no lo alarmó.<br />

—Quiero papas y refresco —Eliot apenas<br />

se asomaba por la puerta. Por su parte,<br />

Elías permanecía inmóvil, su mente<br />

repasaba el Manual de Padres que había<br />

leído hace unos días. Necesitaba saber<br />

cómo enfrentarse a esa situación.<br />

El sonido de la puerta cerrándose lo<br />

regresó al pasillo de la casa. Se sentía<br />

agotado y deseaba dormir, pero antes<br />

tenía que atender cierto asunto en la<br />

jefatura de policía.<br />

Eliel apenas podía mantener los ojos<br />

abiertos, la fatiga y desnutrición lo estaban<br />

consumiendo. Había perdido la<br />

35


cuenta de los días que llevaba encerrado<br />

en el subsuelo, sus colegas —así los<br />

consideraba— se dedicaban a realizar<br />

experimentos innovadores con sus conocimientos.<br />

Muchos habían recogido<br />

investigaciones viejas, y se habían dedicado<br />

a continuar con el desarrollo de<br />

las mismas. Eran investigaciones que<br />

había decidido abandonar en el pasado<br />

por falta a la ética y respeto a la creación<br />

de Dios, a pesar de eso, al Gobierno le<br />

había importado poco y se había adueñado<br />

de aquellos documentos.<br />

—El futuro merece ser desarrollado —solía<br />

repetir su compañera investigadora. A<br />

Eliel le causaba temor cruzar palabras con<br />

aquella mujer, quien había entregado su<br />

vida entera a la ciencia e investigación.<br />

<strong>La</strong> odiaba.<br />

—¿Cuánto tiempo crees soportar? —lo<br />

angelical de la voz se perdió cuando<br />

Eliel cruzó la vista con la mirada brillante<br />

de la dama—. Te hemos dado suficiente<br />

tiempo para que compartas la información<br />

que necesitamos. No olvides<br />

que tenemos un as bajo la manga, no<br />

me gustaría tener que usarlo. Depende<br />

de ti escoger sus destinos.<br />

—He dicho que no hablaré, ustedes<br />

piensan utilizar mi descubrimiento para<br />

controlar a las masas. ¡No les daré la llave<br />

para hacerlo! —Eliel bajó la mirada,<br />

prefería ver el blanco azulejo a los ojos<br />

cafés de la mujer. Esperaba recibir una<br />

respuesta inmediata, no el silencio de la<br />

sala. Su curiosidad le gritaba ver a su co-<br />

36


lega. Su piel sintió recorrer un escalofrío<br />

al contemplar la seriedad que emanaba<br />

del rostro de su acompañante.<br />

—Te he dado la oportunidad de cooperar,<br />

veo que te muestras reacio. No<br />

me dejas otra opción… —ella sacó una<br />

cajita de un portafolio—. Hace veintiséis<br />

años lograste un cometido que<br />

ninguna otra persona ha conseguido,<br />

diez años después repetiste la hazaña<br />

y, tras pensarlo durante siete años, te<br />

animaste a probar de nuevo tus habilidades.<br />

Hiciste un trabajo increíble a<br />

partir de ti, es una lástima que todos<br />

hayan sido elementos fallidos. ¿Qué<br />

es lo que buscabas con eso? —Eliel comenzaba<br />

a perder el control de su respiración—.<br />

Hiciste tres versiones, tres<br />

personas y en vez de utilizarlas para<br />

el beneficio de la sociedad, decidiste<br />

verter en cada uno de ellos una parte<br />

de ti. Fuiste selectivo, cuidadoso, desafortunadamente…<br />

nada salió como<br />

lo habías planeado. El primero es un<br />

sentimental, le diste lo peor de ti. El<br />

segundo es un drogadicto, desconocía<br />

esa faceta de ti. Y el tercero… es adorable<br />

y un prodigio, pero está solo y no<br />

podrá lograr algo a menos que lo entregues<br />

a nosotros.<br />

—No… no lo hagas…<br />

—Lo siento mucho, Eliel. Tendré que<br />

acabar con sus sueños, con tus sueños.<br />

Por más que lo intentes, jamás podrás<br />

ser feliz, ni siquiera tus copias. Di<br />

«adiós» a tus hijos.<br />

37


TÚ QUE<br />

ME CONOCES<br />

Por N.C. Ayensa<br />

38


El timbre del móvil lo pilló en medio<br />

de un atasco, con la vista puesta<br />

en su foto de boda. Su mujer lo<br />

miraba desde el papel, y lo hacía de<br />

forma extraña. Lo había mirado así muchas<br />

veces en los últimos meses, años<br />

incluso, pero nunca al principio, o eso<br />

creía hasta que volvía a fijarse en aquella<br />

foto que guardaba en el salpicadero.<br />

Apartó la vista. <strong>La</strong>s gotas de lluvia se<br />

estrellaban contra la luna y eran sacudidas<br />

por los limpiaparabrisas. Esperó<br />

unos segundos mientras los altavoces<br />

emitían esa maldita melodía que también<br />

usaba como despertador. Empezaba<br />

a invadirle un mal presentimiento.<br />

<strong>La</strong>s gotas volvían a estrellarse y se<br />

esfumaban de nuevo, barridas por los<br />

látigos de goma. Activó el manos-libres.<br />

Escuchó una sibilancia. Preguntó.<br />

¿Quién era? Sonó la voz de su mujer, lejana<br />

y entrecortada. Al principio no la<br />

entendió. Apagó el motor. <strong>La</strong> voz cobró<br />

sentido poco a poco: «Que me mata.<br />

Que me mata», repetía.<br />

Echó el freno de mano y abandonó<br />

el coche en medio de la calzada. Seguro<br />

que le gritaron, que chillaron las<br />

bocinas. Tuvieron que hacerlo. Pero<br />

solo recuerda el cielo encapotado y sus<br />

cuchillas heladas, sus piernas de fango<br />

que apenas lo sostenían y un corazón<br />

que iba a estallar. <strong>La</strong> llamó al móvil, y<br />

después al teléfono fijo de casa. Muchas<br />

veces. Todas sin respuesta. Corrió<br />

bajo la tormenta.<br />

Cuando llegó al portal, nada parecía<br />

anunciar una desgracia. Al contrario,<br />

todo estaba en calma y la lluvia amainaba.<br />

Subió las escaleras de cuatro en<br />

cuatro. <strong>La</strong> puerta del apartamento estaba<br />

intacta y todavía cerrada con llave:<br />

su mujer siempre lo hacía, pero él<br />

solía olvidarlo y se excusaba llamándola<br />

miedosa. El graznido de las bisagras<br />

al abrir resonó en un hall vacío. Lo atravesó<br />

deprisa y se adentró en el pasillo,<br />

a mano derecha.<br />

Se paró en seco al ver algo en el suelo.<br />

Era la rejilla del conducto del aire<br />

acondicionado. Alzó la vista y miró el<br />

hueco en la pared, negro como una noche<br />

sin luna y sin estrellas, y un extraño<br />

peso nació en sus tripas y bajó por sus<br />

piernas hasta volverlas torpes y lentas.<br />

Pero siguió adelante, surcando el pasillo<br />

apenas bañado por la luz que entraba<br />

desde el salón, al final del todo. Ya<br />

en el umbral vio dos sillas revolcadas.<br />

Se adentró. Más lejos, el teléfono descolgado<br />

oscilaba entre las patas del escritorio.<br />

Aquel péndulo le hizo recordar<br />

la noche que pasó solo en casa, de niño,<br />

cuando sonó el teléfono y él se levantó<br />

de la cama, corrió hasta el despacho<br />

de su padre y descolgó en medio de la<br />

oscuridad. Había línea pero nadie dijo<br />

nada al otro lado, solo una respiración,<br />

un jadeo, y él dejó el auricular y se fue<br />

a su cuarto deprisa, se tapó hasta los<br />

ojos y ya no pudo dormir hasta que llegó<br />

su madre.<br />

Volvió en sí. Solo faltaban dos estancias<br />

por recorrer: una galería blanca de ventanales<br />

que daban al patio interior, y la cocina.<br />

Desde el salón accedió a la galería.<br />

<strong>La</strong> ropa colgaba, afuera, empapada,<br />

en los tendederos. <strong>La</strong>s prendas parecían<br />

figuras deprimidas bajo una luz<br />

gris que se filtraba a través de todos los<br />

cristales; todos salvo el último, frente a<br />

la puerta de la cocina. Aquel lo bañaba<br />

una salpicadura oscura y espesa como<br />

el telón de una vieja sala de teatro.<br />

<strong>La</strong>s sienes le latían. No podía ver el<br />

interior de la cocina, solo el marco de<br />

la puerta en escorzo. Tiritaba. Se paró<br />

en seco y llamó bajito. Silencio. Repitió<br />

39


su nombre. <strong>La</strong> respuesta fue un ronquido<br />

viscoso. Entonces se lanzó estremecido<br />

hacia la última habitación.<br />

Y lo vio todo rojo. Todo, como si una<br />

brocha gigantesca bañada en pintura<br />

se hubiera agitado entre las cinco paredes.<br />

En frente, por un hueco negro de la<br />

pared, un conducto de ventilación desnudo<br />

de su rejilla, escapaba una masa<br />

hinchada, deforme, de largas y delgadas<br />

patas negras.<br />

Y en medio de todo aquel espanto yacía<br />

el cadáver. Sabía que era ella por la<br />

blusa que llevaba puesta, la misma que<br />

la cubría unos cuarenta minutos antes,<br />

cuando le dio un beso y le dijo adiós. Por<br />

lo demás, podría haber sido cualquier<br />

otra persona. Cualquier otra cosa.<br />

⁂<br />

Fue así, exactamente así, insiste, y se<br />

calla. No puede seguir hablando: se<br />

le quiebra la voz, ya no le sale. Nuestras<br />

miradas escépticas le aplastan. Yo<br />

también le estoy escrutando cuando<br />

se vuelve hacia mí. Me veo desencajado<br />

en sus ojos. Qué ojos: dos cristales<br />

rotos en mil pedazos y vacíos de<br />

esperanza.<br />

Me grita:<br />

—Ellos no me creen y no me van a<br />

creer. Pero tú sí me crees, ¿verdad? Por<br />

Dios. Tú me conoces. Sabes que la quería.<br />

Sabes que no sería capaz de hacerle<br />

algo así.<br />

Llora.<br />

40


LIBROS<br />

GRATIS<br />

www.editorialdreamers.com<br />

41


EL<br />

VIAJERO<br />

Por Johnny José Manuel Parra Carrera<br />

42


«Un día, una persona» esa es la única<br />

regla que existe del viaje entre cuerpos.<br />

No se trata de una regla estricta que no<br />

debe romperse, pero elijo no hacerlo.<br />

Cada día al abrir los ojos soy alguien diferente<br />

de la persona que era la mañana<br />

anterior. Niños, ancianos, mujeres,<br />

hombres… cada día recorro un poco<br />

de la vida de algún ser de este planeta.<br />

Ese es el tipo de existencia que llevo<br />

aquí. Abro los ojos y soy una mujer de<br />

la alta sociedad, los cierro y al abrirlos<br />

de nuevo; soy un escritor frustrado en<br />

una solitaria habitación.<br />

Hoy soy un anciano postrado en<br />

una cama de hospital. No puedo articular<br />

palabra o siquiera moverme por<br />

cuenta propia. No sé su nombre, ni oí<br />

a nadie decirlo tampoco. Ni a las enfermeras,<br />

ni a los familiares que decidieron<br />

acompañarlo durante la hora de la<br />

visita. Todos se portaron muy amables<br />

conmigo (él). Conocí a sus hijos y a sus<br />

nietos... Todos llevaban miradas tristes<br />

que intentaban esconder detrás de<br />

una sonrisa. «Creo que tuvo una buena<br />

vida… No parece quedarle mucho<br />

tiempo» pensé. Y tras llegar la noche, al<br />

cerrar mis ojos, me disculpé con el anciano<br />

por robarle un día de su vida.<br />

Abro mis ojos nuevamente y despierto<br />

en un departamento pequeño. Me<br />

siento sobre la cama, miro las palmas<br />

de mis manos, los dedos, los nudillos<br />

«Qué bonitas» pienso. Toco mi cara,<br />

noto cabellos caer a lo largo de mi mejilla.<br />

Está largo. Toco mi pecho, es plano.<br />

Soy un chico. Dejo la cama, corro la<br />

persiana y permito a los rayos del sol<br />

atravesar la habitación. Al iluminarse el<br />

cuarto veo lienzos y materiales de arte<br />

dispersos por todo el lugar. Al parecer<br />

soy un pintor. Me dirijo al baño, examino<br />

mi cara y registro el botiquín que se<br />

halla sobre el lavabo. Veo algunos productos<br />

de higiene personal. Enjuago mi<br />

rostro, rasuro el vello alrededor de mis<br />

labios y tomo una ducha.<br />

Al regresar a la habitación, con nada<br />

más que la toalla de baño envolviendo<br />

mi cintura, voy y examino uno a uno<br />

los cuadros. Todos parecen ser de una<br />

misma mujer interpretada de diversas<br />

maneras. En algunos cuadros se le<br />

ve semidesnuda, con un aire sereno<br />

envolviéndola y en otros, pintada en<br />

escenarios diversos: un teatro, un bosque,<br />

la playa. Hay también varios bosquejos<br />

de su sonrisa, de su silueta, de<br />

su mirada.<br />

Reviso los cajones y el armario, registro<br />

todo cuanto veo. Toda la ropa tiene<br />

aspecto parecido entre sí. Visto lo primero<br />

que veo a mi alcance y reviso mi<br />

cartera. Me encuentro con su licencia<br />

de conducir: «Andrew Parker, 28 años».<br />

Al parecer estoy soltero y por las proporciones<br />

de la habitación, también<br />

vivo solo. Cojo los instrumentos de<br />

arte: pinceles, acuarelas, lápices, papel.<br />

Tomo todo como puedo y dejo el departamento<br />

atrás. No tengo pensado a<br />

dónde iré, sólo me dejo guiar por eso<br />

que las personas llaman intuición.<br />

De camino hacia ninguna parte, mi<br />

nariz repara en un aroma que parece<br />

seducirla y mi cuerpo responde ante<br />

esa persuasión de los sentidos. Es café.<br />

Mi cuerpo se conduce solo hacia la<br />

cafetería de la que proviene el aroma.<br />

Café recién hecho. Tomo asiento a las<br />

afueras del local y un mesero me atiende.<br />

Parece reconocerme de inmediato,<br />

así que he venido antes aquí. Va, me<br />

sonríe amigablemente y me pregunta<br />

si quiero lo de siempre. Le digo que sí.<br />

Él vuelve al poco tiempo con una taza<br />

de café negro cargado y un vaso de<br />

43


agua. «Así que esto es lo de siempre»<br />

pienso. Llevo la taza hasta mis labios,<br />

inhalo profundamente el delicioso perfume<br />

del café recién hecho y doy un<br />

sorbo. Mi cuerpo parece recibirlo plácidamente,<br />

está acostumbrado ya.<br />

Me siento inspirado. Saco lápiz y papel<br />

de entre los materiales que traje<br />

conmigo y comienzo a dibujar el paisaje<br />

ante mí: la taza de café negro cargado;<br />

el vapor que emana de él; la mesa;<br />

la silla. Todo se da tan natural que mi<br />

mano simplemente se mueve por sí<br />

sola y todo se traza casi por cuenta propia<br />

en el papel. Cojo un pincel y pinto<br />

sobre el lienzo con el mismo café usando<br />

agua para diluir todo cuanto me interesa<br />

y conseguir diferentes tonos.<br />

Mientras trazo en el papel, de pronto,<br />

escucho la melodía de un instrumento<br />

musical, un saxofón. Antes de<br />

darme cuenta mi muñeca se mueve y<br />

da pinceladas al ritmo de la música. Mi<br />

cabeza se mueve y mis pies también.<br />

Comienzo a buscar con la mirada el<br />

origen del sonido. Frente a mí se encuentra<br />

una fuente de agua y junto a<br />

ella, está una mujer tocando jazz con<br />

mucha pasión. <strong>La</strong> gente la aplaude, la<br />

alaba, la animan a seguir tocando y le<br />

dan dinero. Es la misma chica de los<br />

cuadros. Al finalizar su interpretación<br />

intenta recuperar el aliento, sonríe al<br />

público y hace una reverencia. Ahora<br />

me mira y sonríe, me saluda con un<br />

ademán. Trato de saludarla de vuelta,<br />

44


pero mi corazón late rápido. Bajo la<br />

mirada y la escondo en el lienzo. No logro<br />

evitarlo, es un reflejo natural de mi<br />

cuerpo. Al parecer Andrew está enamorado<br />

de ella.<br />

Vuelvo a casa temprano. Son apenas<br />

las seis de la tarde y sólo vendí dos de<br />

mis dibujos. Traje conmigo algo de comida,<br />

así que ceno, me cepillo, me desnudo<br />

enteramente y me meto bajo las sábanas.<br />

Miro el techo, miro las manos de Andrew<br />

una última vez y cierro los ojos.<br />

Al abrir de nuevo los ojos ya es de<br />

mañana, estoy en otro cuerpo. Miro<br />

hacia abajo y veo mis pechos «hoy soy<br />

una mujer». Corro las cortinas y la habitación<br />

se ilumina. Es el cuarto de un<br />

hotel. Miro mi reflejo en el tocador y detallo<br />

mi rostro, sus rasgos. Soy la saxofonista.<br />

Desde la ventana veo la fuente<br />

en la que ayer me encontraba tocando<br />

jazz. Me visto y bajo para dirigirme hasta<br />

allí. Toco algunas canciones que por<br />

algún motivo sé de memoria, y la gente<br />

me aplaude. Andrew me mira entre la<br />

multitud, me está dibujando. Acabo mi<br />

interpretación y la gente pide una canción<br />

más o tal vez dos. Me niego, ya es<br />

tarde. Hago una reverencia y me despido<br />

con un ademán. Guardo mi instrumento<br />

y dejo en la orilla de la fuente, la<br />

boquilla de mi saxofón. Andrew lo nota,<br />

intenta hacérmelo saber, quiere llamar<br />

mi atención; me grita, pero finjo no oírlo<br />

mientras me pierdo en la multitud…<br />

Buena suerte, Andrew.<br />

45


PREMONICIÓN<br />

Por Hernando Orozco Losada<br />

46


El aroma del café recién colado se<br />

mezcla con el recuerdo de la abuela<br />

aquella mañana. Ese día tomó<br />

su tinto, reposado y sin azúcar, cerró<br />

sus ojos verdes un instante para aspirar<br />

su fragancia. Una sonrisa dibujó sus<br />

labios al sentir el sabor amargo. Abrió<br />

la ventana y el sol le reveló su destino.<br />

«Extrañaré todo esto», le escuché y<br />

contempló los rayos que arañaban las<br />

nieblas en las montañas. Un arco iris se<br />

reflejaba en los rieles que cruzaban el<br />

caserío y sus destellos la encandilaron.<br />

No había otro camino de entrada y de<br />

salida del pueblo más que esa carrilera<br />

y el río. Ellos se encontraban más adelante<br />

en un puente que llevó la prosperidad,<br />

pero que luego trajo crecientes y<br />

despojos, de lluvias o de chusmas que<br />

arrasaban las veredas, por ellos la vida<br />

y la muerte tenían su vía.<br />

«Hoy será mi último baile», dijo. Pensé<br />

que la abuela había amanecido con las<br />

ideas despeinadas, que la razón nunca<br />

logró organizar. Casi no veía según decían,<br />

confundía todo y actuaba en conformidad;<br />

no era así, ella veía más que<br />

cualquiera, como me pasa a mí desde<br />

ese día. Sonrió con ternura y comenzó a<br />

bailar abrazada a sí misma, con los ojos<br />

cerrados. Daba vueltas y revueltas al<br />

ritmo de sus pasillos. Me gustaba verla<br />

desde la puerta sin que lo notara, mientras<br />

flotaba entre guisos y ollas, mientras<br />

sazonaba con alegría y ají.<br />

Mi abuela no era bien vista por sus<br />

vecinos, ella de tradición conservadora,<br />

religiosa y sumisa, se fue a vivir la aventura<br />

con el liberal del pueblo, un rebelde<br />

de palabras, un poeta del espíritu.<br />

Se decía que desde allí comenzaron<br />

sus locuras, pero ya antes vestía pantalón<br />

y camisa todo el día y no aceptaba<br />

usar sostén. <strong>Año</strong>raba su juventud,<br />

cuando aprendió a leer y a escribir a<br />

escondidas en la escuela, porque no la<br />

dejaban entrar y luego escribió versos<br />

que le leyó a mi abuelo. En esa época<br />

salía sola en tren o caminando por los<br />

rieles para ir a fiestas y reuniones en<br />

otras veredas y decía: «no necesito que<br />

ningún hombre me proteja, me se defender».<br />

Fueron los momentos más felices<br />

de su vida, los recordaba mejor que<br />

a sus dos hermanos, a los que prefería<br />

no tener presentes, olvidaba sus nombres<br />

o nos los reconocía al verlos. Uno<br />

fue un sacerdote que la excomulgó por<br />

libertina y el otro un policía que cuando<br />

supo de sus amores con mi abuelo,<br />

le dijo: «a esta casa no vuelve y menos<br />

con el Ángel ese, el masón». Sus hijos<br />

fueron liberales perseguidos por la sotana<br />

y el fusil, hasta que regresaron con<br />

la amnistía del Frente Nacional, sin embargo,<br />

en el pueblo nunca perdonaron<br />

que pariera tanto liberal.<br />

—¡Abuela!, vamos a la galería —corrí<br />

a abrazarla, sabía que mi mayor ilusión<br />

era salir al mercado todas las mañanas,<br />

allí me encontraba con mis amigas y<br />

jugábamos a las escondidas, mientras<br />

ella pasaba tiempo escogiendo frutas y<br />

hortalizas. Alistó su canasto de mimbre,<br />

tomó la ruana y me cogió de la mano.<br />

Caminamos descalzas a través de una<br />

trocha que iba a la plaza. Yo adoraba<br />

sentir el rocío de la mañana en mis<br />

pies, los suyos aborrecían los zapatos y<br />

se tropezaba mucho con ellos, los únicos<br />

que tenía eran unos negros brillantes<br />

de charol, para funerales o para ir a<br />

bailar a las otras veredas, entonces no<br />

tropezaba y los usaba con un vestido<br />

de seda y encajes solo para la ocasión,<br />

muy ceñido al cuerpo.<br />

Al llegar a la plaza, vi a dos policías<br />

parados en una esquina que la mira-<br />

47


an fijo y comentaban algo. Su mano<br />

siempre suave, esa vez me apretó fuerte,<br />

se puso fría y sudorosa produciendo<br />

en mí un escalofrío, que a veces siento<br />

en extrañas circunstancias.<br />

—¿Qué pasa, abuela?<br />

—Analía, esos dos hombres, esos pájaros,<br />

son vampiros; ellos me sacaran<br />

los ojos.<br />

Los miré de reojo y se reían de la que<br />

consideraban, la vieja loca del pueblo.<br />

Mi abuela se les quedó mirando<br />

retadora, empuño una cabeza de ajo<br />

en cada mano y extendió los índices y<br />

meñiques hacía ellos, luego siguió muy<br />

consternada y ellos se fueron apresurados.<br />

Me asusté al principio pero luego<br />

me reí. Sus locuras le llevaban a ver<br />

más de lo que yo comprendía, desde<br />

entonces como ella, veo escenas de mi<br />

futuro que he ido aprendiendo a entender<br />

con los años.<br />

En la noche una pesadilla me despertó:<br />

la abuela bailaba con personas que<br />

sentí familiares pero que no pude reconocer,<br />

de pronto comenzó a forcejear<br />

y a gritar, trató de escapar hasta que<br />

se cayó y yo caí de la cama. Corrí a su<br />

cuarto y no la encontré. El corazón me<br />

palpitaba. Mi papá la buscó por todo<br />

el pueblo sin encontrar rastro. Le pedí<br />

que fuéramos por la carrilera, presentí<br />

que había ido por ahí. Él tomó su escopeta,<br />

su lámpara y me siguió. El viento<br />

aullaba y la luna iluminaba el camino,<br />

sin embargo percibía sombras extra-<br />

48


ñas y brillos fugaces de ojos inquietos<br />

que me observaban. Me agité mucho al<br />

llegar a la ribera del río, una presencia<br />

nos asustó, con la lámpara vimos que<br />

era un pescador, mi papá le preguntó<br />

por ella: «solo vi unos pájaros extraños<br />

en el río debajo del puente». Nos apresuramos<br />

a correr hasta que divisamos<br />

la parvada que revoloteaba en la orilla,<br />

sus graznidos eran aterradores, mi<br />

padre disparó al aire, se nos abalanzaron,<br />

pero un segundo tiro los ahuyentó.<br />

Sentí olor a sangre y me repugnó, era<br />

demasiado tarde.<br />

Estaba en el fango debajo del puente,<br />

despeinada, llevaba puesto su vestido<br />

de seda y sus zapatos de charol muy<br />

bien amarrados, uno de ellos con un<br />

tacón partido y en el cuello dos gotitas<br />

de sangre destacaban en la blancura<br />

de su piel. Al voltearla mi papá para<br />

ver su rostro, un escalofrío de espanto<br />

me recorrió, no podría contemplar por<br />

última vez sus ojos y lucía una palidez<br />

que jamás le vi. Volteé la cara para no<br />

mirar en medio de mis lágrimas, escuché<br />

el eco de carcajadas entre los guaduales<br />

y vi a lo lejos a los dos policías<br />

de la mañana que se alejaban. Le dije<br />

a mi padre, él corrió hacia los guaduales<br />

pero no pudo ver nada y yo divisé<br />

sus sombras hasta desaparecer. Ese<br />

día perdí la inocencia devorada por<br />

los giros del horror, una niebla se aposentó<br />

en mí y me pregunté: ¿con quién<br />

bailaba mi abuela?<br />

49


CÓMO SE<br />

MATA UN<br />

CHIVO<br />

Por Camilo Fernández Otálora<br />

50


Cómo se mata un chivo. Es algo que<br />

debí preguntarme mucho antes de<br />

convertir mi sala en un matadero.<br />

Había descubierto la metodología perfecta<br />

para mantener mi apartamento<br />

en condiciones impecables. Lo limpiaba<br />

lunes y jueves, aspiraba la alfombra,<br />

trapeaba los pisos, lavaba el baño, la<br />

cocina. Perfecto. No era que tuviera muchos<br />

invitados, es más, casi no los tenía,<br />

pero necesitaba tener la tranquilidad de<br />

saber que todo estaba limpio, de que<br />

si se me caía algo del plato de comida<br />

podía recogerlo sin asco, no me lo iba a<br />

meter a la boca, se iría directito a la basura,<br />

pero si quisiera podría hacerlo sin<br />

riesgos a mi salud. Tranquilidad, esa es<br />

la palabra que hubiera usado para definir<br />

mi hermoso apartamento.<br />

Cómo se mata un chivo. Qué voy a<br />

saber. Nací y crecí en la Ciudad de México,<br />

nunca he estado en una granja y,<br />

al igual que todo el mundo, sólo había<br />

visto a los chivos en los zoológicos. Todos<br />

tenemos una foto en algún álbum<br />

familiar, de cuando aún se imprimían<br />

las fotos, en la que tenemos tres o cuatro<br />

años y nuestra cara no sabe si ser de<br />

sorpresa o de miedo porque un chivo<br />

está comiendo croquetas de veinte pesos<br />

directamente de nuestras manos.<br />

Cómo se mata un chivo. Cómo diablos<br />

se mata un chivo. No tenía ni idea<br />

y, al caminar desde el mercado Sonora<br />

hasta la casa, jamás se me ocurrió preguntármelo,<br />

estaba más preocupado<br />

por las dos horas que me tomaría caminar<br />

con el animal, los tres policías que<br />

se nos quedaron viendo sin saber qué<br />

decir y las miles de miradas prejuiciosas<br />

de la gente. No fue sino hasta que<br />

llegué al apartamento que me di cuenta<br />

de que no había pensado bien esto.<br />

Dejé al chivo amarrado en el jardín de<br />

atrás del edificio. Buenas tardes, vecina,<br />

es para una película que estoy haciendo.<br />

No supe qué más inventar cuando<br />

se asomó la señora del doscientos cuatro.<br />

Subí a mi apartamento, corrí todos<br />

los muebles de la sala hacia los muros,<br />

para hacer espacio. Pero lo pensé de<br />

nuevo y mejor los guardé en mi habitación.<br />

Necesito periódicos. Buenas<br />

tardes, vecino, tendrá periódicos viejos<br />

que me pueda regalar. Cuatro apartamentos<br />

después, conseguí suficiente<br />

papel para cubrir el piso de la sala. Es<br />

increíble la cantidad de basura que<br />

guarda la gente —qué asco—. Puse en<br />

el centro la cubeta roja que usaba para<br />

trapear —obviamente sería la última<br />

vez que la usaría— y subí al chivo jalándolo<br />

de la cuerda por las escaleras.<br />

Cómo se mata un chivo. Ahí estaba<br />

yo, desnudo —no quería ensuciar mi<br />

ropa— en medio de mi sala vacía tapizada<br />

con papel periódico, una cubeta<br />

y un chivo. Necesito un cuchillo, claro.<br />

Fui a la cocina y traje el más grande<br />

sin meditar en si era o no el más filoso.<br />

Supongo que debo buscar la yugular,<br />

pensé, el cuello. El chivo y yo estábamos<br />

muy nerviosos. Apenas el metal<br />

atravesó su piel me pateó en los huevos<br />

y salió corriendo salpicando con<br />

sangre las paredes, el techo, moviendo<br />

los periódicos y manchando el piso.<br />

¡No! ¡Para! Agarré la cuerda, que el animal<br />

aún llevaba amarrada al cuello, y<br />

jalé con fuerza, pero eso sólo hizo más<br />

grande la herida y, por lo tanto, el chorro<br />

de sangre.<br />

Cómo se mata un chivo. Esperas a<br />

que se desangre y deje de moverse en<br />

la mitad de tu sala destruida y te preguntas<br />

qué hacer ahora. El aire, antes<br />

puro y limpio, del apartamento ahora<br />

era una nube viscosa y repugnante con<br />

51


olor a metal y pelos. Me metí a la ducha<br />

para quitarme de encima la sangre, que<br />

ya se empezaba a endurecer sobre mi<br />

piel. Tallé, tallé y tallé y vi cómo el agua<br />

se pintaba de rojo y café —el cabrón se<br />

hizo popó del susto—, mientras mi piel<br />

volvía a su color natural. Tenía el olor<br />

impregnado dentro de mis narices, todo<br />

lo que tocaba olía mal, la ropa, las manos,<br />

el pelo, todo. Por más que me lavé,<br />

incluso con el jabón arrancagrasa de la<br />

cocina, no me pude quitar la sensación<br />

de la sangre tapándome los poros. Me<br />

vestí y salí a la calle echándole una última<br />

mirada al chivo muerto en mi sala<br />

llena de sangre y heces. Caminé hasta la<br />

esquina y llamé a Juan, le dije que íbamos<br />

a tener que hacer la misa en su casa,<br />

yo no pensaba volver a la mía, y necesitábamos<br />

otro chivo. Jamás volví a casa.<br />

<strong>La</strong> policía llegó al edificio por el olor a<br />

animal muerto que reportaron los vecinos.<br />

Buscaron en todo el apartamento,<br />

tratando de entender lo que había pasado,<br />

entonces encontraron mi diario, fue<br />

así como dieron con todos nosotros. Pasamos<br />

un par de meses en el bote, por<br />

satánicos, dijeron los oficiales.<br />

Cómo se mata a un chivo. Sigo sin saber,<br />

pero sí sé que les tomó un mes entero<br />

limpiar y ventilar el apartamento. Dicen<br />

que ahora la renta es una ganga, se<br />

corrió el rumor de que allí hubo un sacrificio<br />

satánico y nadie quiere vivir ahí.<br />

52


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53


ALMENDRAS<br />

AMARGAS<br />

Por Omar Soto<br />

54


Estaba dentro de la casa. Era imposible<br />

no sentirlo. Todo lo indicaba.<br />

Y les puedo asegurar que no eran<br />

mis nervios. Él me lo había advertido<br />

en distintas ocasiones. «Si abandonas<br />

todo lo que hemos hecho no volverás<br />

a estar segura en ningún lugar por el<br />

resto de tu vida». Yo era chef y él era mi<br />

jefe, dueño de un restaurante de muy<br />

buena reputación aquí en París. Para<br />

comer ahí debías hacer una reservación<br />

con mínimo seis meses de anticipación.<br />

Está de más decir que el trabajo<br />

era muy exigente, pero eso no me<br />

molestaba. Yo hacía lo que amaba y en<br />

el momento de mi contratación yo estaba<br />

muy necesitada. Tanto que acepté<br />

una propuesta por parte de mi jefe, que<br />

podría decir, sin estar equivocada, que<br />

era como hacer un trato con el diablo.<br />

Y es que necesitaba a alguien que cocinara<br />

para un grupo más exclusivo de<br />

personas, en un restaurante con cupo<br />

mucho más limitado, ubicado en la<br />

parte subterránea de su exitoso restaurante.<br />

Lo llamaba Almendras Amargas;<br />

después entendí el significado. Y es<br />

que para que una persona muera envenenada<br />

solo necesita ingerir cierta<br />

cantidad de almendras amargas. Así es<br />

como lo hacían. Así conseguían el ingrediente<br />

principal de su cocina. Mi trabajo<br />

no era cometer el homicidio. Sólo<br />

era cocinar la carne, servir la sangre en<br />

copas de vidrio y mantener la boca cerrada.<br />

Cosa que hice por años. No podría<br />

comenzar a describir cómo fue la<br />

primera vez, pero uno se acostumbra a<br />

todo. Lo primero que hacía era extraer<br />

la sangre. A ellos les encantaba beberla,<br />

y honestamente al verla dentro de una<br />

copa de vino puedo decirles que no se<br />

veía como nada fuera de lo común. Era<br />

lo primero que ponía sobre la mesa, la<br />

cual tenía una capacidad de doce sillas,<br />

y esas sillas tenían un precio altísimo.<br />

<strong>La</strong> mayor parte del tiempo las mismas<br />

personas ocupaban las mismas seis<br />

sillas, pero las demás llegaron a variar<br />

mucho día con día. Se notaba una especie<br />

de desesperación por parte de<br />

estas personas al tratar de conseguir<br />

un lugar en esa mesa. Después entendí<br />

que lo necesitaban para vivir. Yo lo ignoré<br />

lo más que pude hasta el momento<br />

en que mi jefe comenzó a darme más<br />

responsabilidades.<br />

Al tener una baja de clientes que pudieran<br />

caer envenenados, mi trabajo se<br />

extendió hasta el punto de convertirme<br />

en asesina. Mi jefe me convenció de que<br />

era una hermosa chica y además buena<br />

cocinera. Para mí sería fácil atraer hombres<br />

a mi departamento y cocinarles,<br />

siempre utilizando las almendras… y<br />

me apena decir que así lo hice.<br />

Yo ya tenía una pequeña fortuna y<br />

me había hecho inmune a los nervios<br />

de destazar a otro ser humano. Pero los<br />

cambios que no quieres que sucedan<br />

llegan cuando menos te lo esperas, y<br />

cuando estaba consiguiendo a mi siguiente<br />

víctima, me enamoré. Cuando<br />

cocinaba para él me corté un dedo al estar<br />

distraída pensando en qué era lo que<br />

me llamaba la atención de este hombre.<br />

Él acudió a mi ayuda y al tomar una servilleta<br />

de tela tiró todas las almendras al<br />

suelo por accidente. Para mí era señal<br />

suficiente. Era momento de transformar<br />

mi vida por completo, y eso intenté<br />

hacer, juro que lo hice… pero no se me<br />

permitió. Ahora ellos querían tenerme a<br />

mí de platillo principal y era cuestión de<br />

tiempo para que lo lograran.<br />

Él ya estaba dentro de mi casa, y mi<br />

amado estaba dormido a mi lado. Yo<br />

era la única que lo sentía. Sabía que<br />

55


debimos haber huido cuando tuvimos la<br />

oportunidad, pero ya era muy tarde, ya<br />

venía por mí y de seguro no se tomaría<br />

la molestia de envenenarme con almendras<br />

amargas. Mi destino sería un poco<br />

más atroz. Eso pensé hasta que le pedí<br />

al hombre que amaba que saliera por la<br />

ventana y bajara por la escalera de emergencia.<br />

Le tomaría bastante tiempo accionarla,<br />

ya que este edificio parisino era<br />

muy viejo. Él me obedeció preocupado y<br />

yo salí a dar la cara. El diablo estaba parado<br />

quieto frente a mí en la sala de estar.<br />

Le repetí lo que ya le había dicho antes:<br />

que no tenía por qué preocuparse por mí,<br />

que nadie se iba a enterar que ni él ni los<br />

de su tipo existían, que no tenía por qué<br />

temer dejarme vivir mi vida, a lo que él<br />

no respondió nada y comenzó a acercarse<br />

a mí. Tomé uno de los filosos cuchillos<br />

de un cajón de la cocina y si este ser me<br />

iba a matar, tan siquiera no me iría sola.<br />

56


Luché con todas mis fuerzas y logré hacer<br />

algunos graves cortes sobre su piel, pero<br />

nada parecía detenerlo. En el momento<br />

que vi sus colmillos ya me había dado<br />

por vencida, tan siquiera había logrado<br />

que un hombre inocente se salvara y eso<br />

era suficiente. Ese era el pensamiento<br />

que me tranquilizó mientras sentía su<br />

fuerte mordida sobre mi cuello. De repente<br />

me desvanecí cayendo sobre el<br />

piso de la cocina.<br />

Cuando recobré el conocimiento, el<br />

hombre que amaba me tenía recostada<br />

sobre el sillón. Él me preguntó si estaba<br />

bien y yo le respondí que sí, sólo que<br />

tenía mucha hambre, por lo que decidí<br />

ponerme a cocinar y podía notar que<br />

él seguía preocupado, y yo también lo<br />

estaba, pero por él, ya que mi hambre<br />

esta vez no podía ser saciada por alguno<br />

de mis platillos. Esta vez no iba a dudar<br />

en utilizar las almendras amargas.<br />

57


EL<br />

VIEJO<br />

Por Barbarella D´Acevedo<br />

58


Eran las once de la mañana de otro<br />

día de calor. El bar estaba vacío<br />

quizá debido a la hora. Sentados a<br />

la barra, en una esquina, dos hombres<br />

blancos, todavía jóvenes, permanecían<br />

en silencio. El que aparentaba ser un<br />

poco mayor fumaba.<br />

—¿Tiene cerveza? —preguntó, dirigiéndose<br />

a la camarera.<br />

—No. <strong>La</strong> deben traer más tarde; el camión<br />

se demora —respondió esta.<br />

—¿Quieres un refresco, Serguéi?<br />

—Tampoco tenemos —se adelantó la<br />

mujer. El hombre, descontento, la miró<br />

por un instante.<br />

—Agua de la pila. Para dos. Por favor.<br />

—Enseguida la traigo, mi chino.<br />

<strong>La</strong> mujer colocó los vasos sudados<br />

frente a ellos. En uno, no tardó en posarse<br />

una mosca.<br />

—Es la hora de las moscas, Alexis<br />

¿qué tú crees? —forzó Serguéi un chiste.<br />

Luego se limpió el sudor de la cara con<br />

su pañuelo.<br />

—Le puse hielo —aclaró la camarera y<br />

sonrió, mirando fijamente a Alexis.<br />

—Gracias —apuró Serguéi, se sacó<br />

la billetera del bolsillo del pantalón y<br />

colocó dos monedas sobre la barra. <strong>La</strong><br />

camarera por fin se alejó.<br />

—No pude localizarte. Tienes que solucionar<br />

lo de tu teléfono. Ya te lo he<br />

dicho varias veces. Tienes que hacerlo.<br />

—¿Qué fue lo que pasó Ale?<br />

—Fue ayer. Yo estaba de guardia. Le dije<br />

al Jefe que hoy temprano te iba a buscar.<br />

Serguéi esperó un momento en silencio.<br />

Su compañero terminó de apagar el cigarro<br />

contra la palma de la mano abierta y<br />

sonrió en una mueca de dolor.<br />

—Un día te vas a hacer daño —apuntó<br />

Serguéi, con cierta sorna.<br />

—Es un hábito como cualquier otro.<br />

¿Se puede saber dónde estabas ayer?<br />

—Aproveché para arreglar la moto.<br />

Tratar de arreglarla. Sabes que…<br />

—Fue el Viejo.<br />

—¿Qué, esta vez?<br />

El otro no respondió y Serguéi volvió<br />

a aguardar en silencio. Extendió una<br />

mano para jugar con el vaso frente a él.<br />

Y al final dijo:<br />

—¿Y ahora? ¿Qué se hace? ¿Qué debo<br />

hacer, Ale? ¿Qué me sugieres?<br />

—Llama después al Jefe. Y discúlpate.<br />

Él te dirá los detalles. Lo qué hay que<br />

atender luego. Por ahora, solo esperar.<br />

Estabas de guardia y no apareciste<br />

—Alexis miró a Serguéi y después añadió—:<br />

Tú estuviste a cargo de… Eso, la<br />

maniobra. Debo saber si la última vez<br />

el Viejo te llegó a decir algo.<br />

—Ya a esta edad todo da un poco lo<br />

mismo —el Viejo dejó de mirarlo y dirigió<br />

su vista a la exánime fuente de luz<br />

del cuarto de interrogatorios, era una<br />

lámpara con forma de campana, dónde<br />

las moscas no cesaban de posarse.<br />

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué<br />

quieres decir? Habla —dijo Serguéi, entre<br />

dientes, y se pasó el pañuelo por la<br />

frente para secar el sudor. Hacía calor,<br />

el pequeño cubículo no tenía ventanas<br />

y la consola de aire acondicionado apenas<br />

parecía funcionar.<br />

—¿Qué? ¿Qué fue lo que me preguntó?<br />

—insistió el Viejo y se rascó un oído<br />

con el meñique—. Estoy un poco sordo.<br />

—Qué hables. Habla de una vez —alzó<br />

Serguéi la voz, ya algo alterado.<br />

—El pasado ya no tiene marcha atrás.<br />

Si pudiera cambiar algo lo haría, pero<br />

se fue y no vuelve —dijo el Viejo, muy<br />

despacio, como si hubiera estado pensando<br />

cada frase con dificultad.<br />

—¿Qué es lo que no vuelve? —interrogó<br />

Serguéi, y luego repitió más alto—. ¿Qué<br />

es lo que no vuelve?<br />

59


—El pasado.<br />

—Entonces, ¿te arrepientes?<br />

—¿Y tú? —preguntó el Viejo en un susurro.<br />

—¿Qué le respondiste? —indagó Ale,<br />

sus ojos se cruzaron por un instante<br />

con los de la camarera—. ¿Te arrepientes<br />

de algo?<br />

—No me arrepiento de nada —dijo<br />

Serguéi, después de una pausa. Dejó<br />

entonces de jugar con el vaso y bebió<br />

un sorbo de agua.<br />

—Tenía la edad de tu padre, ¿sabes?<br />

—agregó su compañero y encendió otro<br />

cigarro—. Tres años menos que el mío.<br />

Un auténtico viejo.<br />

—Tienes la misma edad que mi padre<br />

pero no eres ni un poco parecido a él.<br />

Mi padre nunca hubiera hecho lo que<br />

tú —dijo Serguéi.<br />

—Cualquiera podría haber sido.<br />

—Nunca habría traicionado al país, a<br />

sus líderes. Hubiera muerto, si era preciso,<br />

todo menos rebelarse, como tú hiciste.<br />

—En esos tiempos todo era confuso.<br />

Todo estaba empezando y no se sabía<br />

cuál era el lado correcto.<br />

—Algunos siempre lo supieron.<br />

—Fue un error. Un segundo de valentía<br />

apenas —añadió el Viejo y comenzó<br />

a sollozar muy bajito—. Creí que podría<br />

ser un héroe, salvar el mundo, qué sé yo.<br />

—¿Y ahora con quién estás?<br />

—Ahora pido que me dejen tranquilo.<br />

No he hecho nada. Solo esa vez y ya he<br />

60


pagado lo mío. Fue hace mucho tiempo.<br />

Déjenme en paz.<br />

—No me conmueves. En este trabajo no<br />

se puede ser sentimental —dijo Serguéi.<br />

—Usted sabrá—ironizó el Viejo, y después<br />

dijo como para sí—: Tengo frío.<br />

Creo que me tiembla el cuerpo.<br />

—¡Calla! Habla solo cuando te pregunte—gritó<br />

Serguéi y golpeó con fuerza<br />

la lámpara con forma de campana,<br />

que zumbó un segundo en el aire enrarecido<br />

y luego dejó de dar luz.<br />

—Entonces, ¿eso fue lo que pasó? ¿El<br />

Jefe lo sabe? —dijo el hombre y se distrajo<br />

en mirar a dos moscas ocupadas<br />

en aparearse. Serguéi negó con la cabeza<br />

y preguntó:<br />

—¿Crees que me busque algún problema?<br />

Ale miró a Serguéi con desgano y tardó<br />

un momento en contestar:<br />

—No en realidad.<br />

—¿Y el ascenso? ¿Crees que esto afecte?<br />

—Tienes que solucionar lo del teléfono.<br />

Eso primero. Y luego esperar, a qué las<br />

cosas cojan su nivel. Todos tenemos que<br />

esperar —expresó y golpeó con la mano<br />

abierta a las moscas sobre la barra. <strong>La</strong> camarera<br />

lo miró y el hombre le dirigió un<br />

pequeño saludo con la mano. Ella guiñó<br />

un ojo seductora. Serguéi mantuvo la vista<br />

perdida y dijo casi para sí:<br />

—Sí. Supongo que sería complicado<br />

si se supiera, si la prensa divulgara que<br />

el Viejo se mató.<br />

61


KAMAKSHI<br />

Por PabloBrion<br />

62


Tomaba café sola, en la mesa de un<br />

bar. El detective la observaba: la despreocupada<br />

concentración con que<br />

abría los sobres de azúcar, el lento movimiento<br />

circular de la cucharita, el sinuoso<br />

cruzar de sus largas piernas en medias negras,<br />

el pelo firmemente trenzado con un<br />

cordón encerado, un collar con un elefante<br />

sobre sus turgentes pechos, la revista<br />

que hacía minutos que miraba sin girar las<br />

páginas. El detective supo que había sido<br />

descubierto y fue hacia su mesa.<br />

—Hola —lo recibió ella, levantando la vista<br />

apenas se aproximó—. ¿Tuviste valor?<br />

—Me llamo Milton —dijo él—. Soy detective<br />

privado, estoy investigando un caso.<br />

—Interesante, ¿qué investiga? —contestó<br />

ella, con un tono divertido.<br />

—Pensé que investigaba una infidelidad,<br />

luego se transformó en una desaparición<br />

y ahora creo que estoy investigando<br />

un asesinato.<br />

—Si es un invento para captar mi<br />

atención es de los mejores que escuché,<br />

señor Milton.<br />

—No lo es. Estuve siguiendo a un<br />

hombre que se encontró con usted dos<br />

veces, su esposa me contrató para investigar<br />

una posible infidelidad. Vi que<br />

ayer se marchaban juntos pero el hombre<br />

no regresó a su casa.<br />

—Si está acusándome o soy sospechosa,<br />

¿por qué no va a la policía? Para<br />

ser un investigador de revistas rosas,<br />

esto puede ser demasiado para usted —<br />

dijo ella, con sarcasmo, mientras lo miraba<br />

a los ojos. Milton no llegó a ofenderse.<br />

Contestó sonriendo tranquilo.<br />

—Es posible que vaya. Pero por mi experiencia<br />

si un hombre engaña a la esposa<br />

también engaña a la amante apenas<br />

tiene oportunidad, así que decidí seguirla<br />

para ver si usted sabía algo, o el verla<br />

me revelaba algo acerca de su paradero.<br />

—¿Y el verme le reveló algo? —preguntó<br />

ella, mientras se reclinaba en la silla<br />

en una pose más seductora.<br />

Milton la miró a pesar suyo, la sonrisa<br />

pícara, los ojos chispeando entre burlona<br />

y sensual. Unos labios rojos entreabiertos<br />

muy atractivos, y las piernas<br />

que se movían sinuosamente en forma<br />

casi hipnótica.Lo seducía adrede y él lo<br />

sabía. Ella también sabía que él lo sabía.<br />

—No me reveló nada, de hecho, ni siquiera<br />

sé su nombre.<br />

—Me llamo Uma, ¿en qué lo puedo<br />

ayudar? —contestó ella, sonriendo y<br />

ofreciéndole su mano. Milton sintió el<br />

deseo de besarla apenas la extendió,<br />

en lugar de estrechársela. Se contuvo,<br />

con esfuerzo.<br />

—Roberto Rodriguez. Lo encontró<br />

dos veces en este bar, a esta misma<br />

hora. ¿Qué puede decirme?<br />

—No sé si me conviene decirle algo.<br />

¿Cómo saber si tiene micrófonos? Puede<br />

que no me interese contestar en estas<br />

circunstancias si insiste en considerarme<br />

una sospechosa.<br />

—No. No uso micrófonos, y para ser<br />

sincero usted no aparece claramente<br />

en ninguna de las fotos que tomé, aun<br />

cuando los seguí.<br />

—Entonces sabe dónde vivo.<br />

—En el edificio que está dos cuadras<br />

subiendo la calle, el que tiene un león<br />

de mármol en la puerta.<br />

—Sabe de mí mucho más que yo de<br />

usted. Milton, le propongo algo: no<br />

hable con la policía y muéstreme una<br />

credencial, o una identificación, y le<br />

permito que me acompañe a mi departamento<br />

si quiere investigar. Cómo no<br />

puedo saber si me está grabando, aquí<br />

no le voy a decir nada.<br />

Ella se inclinó hacia adelante y sus ojos<br />

y su cuerpo eran una invitación a acom-<br />

63


pañarla. Milton se preguntó no por primera<br />

vez qué hacía esta mujer tan sexy<br />

y en apariencia inalcanzable, con Rodriguez,<br />

que era un oficinista cualquiera.<br />

Porque a él lo estaba seduciendo para<br />

evitarse un problema que aún no alcanzaba<br />

a determinar, ¿pero al otro?<br />

—Le agradezco la confianza, le acompaño<br />

—dijo, mientras sacaba su identificación<br />

y una tarjeta de su agencia en<br />

la que era el dueño y único empleado.<br />

Ella la tomó.<br />

—A ver… ¡Qué letra más chica! Milton<br />

Investigaciones. Seguimientos, infidelidad,<br />

recupero de registros telefónicos,<br />

monitoreo celular, investigación de antecedentes,<br />

adicciones, sectas, control<br />

parental, fraudes. Bien. Le permito que<br />

me acompañe pero voy a avisar al encargado<br />

que usted sube, sólo para sentirme<br />

segura. ¿Vamos?<br />

Dejando pagado el abandonado café,<br />

se levantó con un movimiento felino y<br />

con una mirada deslumbrante de costado<br />

lo conminó a seguirla.<br />

Llegaron. No había encargado. El ascensor<br />

era estrecho, sentía el calor de<br />

su cuerpo a través de la delgada tela y<br />

ella no intentaba alejarse. Lo miró profundamente<br />

con sus ojos negros al entrar<br />

en el departamento. Cerró detrás<br />

de él, con una vuelta de llave.<br />

—Bueno, Milton —la forma en que decía<br />

su nombre ahora era insinuante mientras<br />

lo tuteaba—, ¿qué es lo que buscas realmente?<br />

No esperarás que tenga un cadáver<br />

en el armario, ¿no? —Milton se sentó en<br />

una silla, poniendo la mesa entre ella y él.<br />

64


—Necesito saber todo lo que pasó<br />

con Rodriguez.<br />

—Y yo necesito saber cómo puedo<br />

confiar en ti. Necesito conocerte mejor.<br />

—Le propongo algo...<br />

—...escucho propuestas. Pero antes<br />

permíteme que me ponga cómoda. ¿Te<br />

sirvo algo? ¿Una bebida?<br />

Ella se sacó los zapatos de tacón,<br />

moviendo una silla y sentándose junto<br />

a él, reduciendo a nada la distancia artificial<br />

que él había creado.<br />

Su ropa no permitía esconder ningún<br />

arma, pero no era tan tonto cómo<br />

para confiarse.<br />

—No, gracias.<br />

—¿De verdad no deseas nada? —la<br />

mirada pícara era a la vez una invitación,<br />

una broma y un desafío.<br />

—Por ahora unas respuestas.<br />

—¿Por ahora? Y sí contesto, ¿luego<br />

qué? —su tono de su voz era más profundo<br />

y grave, lleno de promesas y<br />

deseo. Recorrió con un dedo su pecho,<br />

lentamente. Se recostó voluptuosamente<br />

contra él. Milton sintió los ojos<br />

de ella capturando su mirada. Una<br />

mano lo acercó a su boca: dulce, sensual,<br />

incitante, irresistible.<br />

Tardó en notar que le faltaba el aire,<br />

en sentir el cordón encerado en torno a<br />

su cuello, no alcanzó a gritar.<br />

Ella apretó usando el respaldo de la<br />

silla como un torniquete, asfixiándolo<br />

hasta la muerte.<br />

Abrió el refrigerador: quedaba poco<br />

espacio y este era más gordo que Rodriguez.<br />

<strong>La</strong> cena sería abundante.<br />

65


LA CHICA<br />

DEL VESTIDO<br />

VERDE<br />

Por Juan Manuel <strong>La</strong>barthe<br />

66


Por su trabajo como abogado especializado<br />

en derechos de autor. Alfonso<br />

<strong>La</strong>ra <strong>La</strong>nda estaba acostumbrado<br />

a convivir cotidianamente con<br />

gente atractiva y joven que irradiaba<br />

salud, vitalidad y carisma. Mujeres altas<br />

de rostro perfecto y cabellos sedosos<br />

que gustaban dejar semidescubiertos<br />

hermosos senos, y piernas largas y delgadas.<br />

Hombres con musculatura de<br />

gimnasio y sonrisa cautivadora. Pero<br />

nada de eso lo preparó para ella. Aquella<br />

chica que se encontró en la fiesta de<br />

presentación del nuevo proyecto de<br />

Rafa Ugarte para Canal Media era una<br />

categoría en sí misma. Desde que la atisbó<br />

sentada en un rincón, sola, con una<br />

copa de vino espumoso en la mano e indiferente<br />

al barrullo de la fiesta no pudo<br />

apartar la vista. Tenía algo, un je’ne sais<br />

quoi que la hacía diferente, excepcional.<br />

Si las facciones del rostro se tomaban<br />

por separado estaban lejos de ser perfectas,<br />

los ojos eran un poco separados,<br />

un poco demasiado grandes, la mandíbula<br />

triangular ligeramente puntiaguda,<br />

pero el conjunto de una forma misteriosa<br />

y cautivante funcionaba. Vestía un<br />

vestido largo de fiesta cruzado de color<br />

verde jade que lucía a la perfección porque<br />

era en extremo delgada, sin embargo<br />

su figura de efigie no le daba un carácter<br />

frío, estatuario, sino que la hacía<br />

emanar sensualidad por cada poro.<br />

—No puedes dejar de verla, ¿no es<br />

verdad? —le dijo Rafa, el anfitrión, después<br />

de sorprender a Alfonso observándola<br />

sin parpadear.<br />

—¿Cómo? Ah eres tú... —dijo Alfonso—.<br />

Es bellísima. ¿No?<br />

—Tiene algo… Difícil de describir.<br />

—Sí, justamente estaba pensando eso.<br />

—¿Quién la representa?<br />

—Nadie. No es del medio.<br />

—¿Cómo? ¿Con esa apariencia?<br />

—Pues sí, pero no tiene experiencia<br />

profesional.<br />

—¿Y tú como sabes?<br />

—Ya hice mi investigación. Viene con<br />

una chica de maquillaje pero aparentemente<br />

ella apenas la conoce. Es amiga<br />

de otra amiga. Es extranjera, al parecer<br />

de Escandinavia, no entiende el español.<br />

—Bueno, pues entonces no has hecho<br />

bien tu trabajo. No sabes nada.<br />

—Ya intenté abordarla, pero se muestra<br />

esquiva, como que no entiende lo<br />

que le dices aun cuando uses el inglés. A<br />

mí se me hace que entiende todo, pero a<br />

lo mejor está haciéndose la que no sabe.<br />

—Bueno, voy a hablar con ella —dijo<br />

Alfonso, con resolución.<br />

—¿Y a poco contigo sí va a hablar?<br />

—Espérate y verás.<br />

Alfonso dejó a Rafa y fue directamente<br />

al rincón donde se encontraba la<br />

chica. Se presentó, ella lo miró de arriba<br />

abajo, con sus grandes ojos azules<br />

como sin entender. Su mirada tenía una<br />

tonalidad gris, acerada, Alfonso pensó<br />

en los escarpados fiordos de las costas<br />

noruegas que bordean ríos y mares de<br />

azul intenso. Extendió la mano para saludar,<br />

rogando que no lo dejara con el<br />

saludo en el aire. Después de titubear la<br />

chica extendió su mano izquierda, fina<br />

y huesuda, de suave piel y de apretón<br />

extrañamente firme. El siguiente movimiento<br />

era esencial. Alfonso atrajo hacía<br />

sí el rostro de la chica para besarlo.<br />

Ella no se opuso. Supo que había hecho<br />

lo correcto cuando ella parpadeó con<br />

coquetería y curvó ligeramente los labios<br />

como sonriendo. Rafa, desde lejos,<br />

vio aquella escena perplejo, con una<br />

mezcla de envidia y asombro.<br />

<strong>La</strong> fiesta continuó. Rafa estuvo ocupado<br />

atendiendo a los invitados, pero<br />

67


de cuando en cuando echaba un ojo<br />

al rincón donde Alfonso y la chica estaban<br />

enfrascados en lo que parecía una<br />

conversación muy interesante, en algún<br />

momento fue claro que ella ponía su<br />

mano sobre la pierna de él. Diez minutos<br />

después volvió a voltear pero ya no<br />

estaban ahí. Barrió el lugar con la mirada,<br />

los descubrió justo a tiempo: salían<br />

de la sala y se dirigían por la escalera hacia<br />

la parte superior de la casa. Rafa los<br />

siguió con cautela. Riendo como niños<br />

caminaron los dos por el pasillo del segundo<br />

piso, y entraron en una recámara.<br />

Tras ellos cerraron la puerta. Rafa se<br />

quedó en el pasillo. Preso de ansiedad y<br />

de deseo pegó la oreja a la puerta para<br />

escuchar lo que sucedía al interior. Estuvo<br />

ahí cerca de media hora, bien atento<br />

a los murmullos, murmuraciones, y luego<br />

jadeos intermitentes que llegado el<br />

momento se escuchaban sin necesidad<br />

de acercar el oído. Finalmente cansado<br />

de estar de pie y con el temor de que<br />

alguien lo descubriera decidió retirarse.<br />

En eso estaba cuando escuchó un grito<br />

fortísimo proveniente de la recámara,<br />

luego otro y otro más fuerte. Parecían<br />

no de placer sino de dolor, de desesperación.<br />

Lo dudó un poco pero finalmente<br />

entró al cuarto.<br />

Lo que presenció Rafa aquel día<br />

lo acosaría el resto de su vida. Sobre<br />

la cama en desorden se realizaba un<br />

acto antinatural. Alfonso se encontraba<br />

montado a horcajadas sobre un<br />

enorme insecto. <strong>La</strong>s extremidades delanteras<br />

de la criatura eran tan duras<br />

como el acero, de coloración traslúcida<br />

y estaban flexionadas para mantener<br />

sujeto firmemente el torso de Alfonso.<br />

Sobre el suelo, desperdigada, la ropa<br />

de Alfonso, el vestido verde de la chica<br />

extendido en pliegues como un charco<br />

y algo que parecía un muñeco inflable<br />

que se había quedado sin aire, y que no<br />

era más que la piel arrugada de la que<br />

había sido bellísima mujer.<br />

68


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69


EN EL<br />

PASILLO<br />

Por Gabriel Bevilaqua<br />

70


<strong>La</strong> mano de Alex abandonó la tibieza<br />

de las frazadas para apagar el<br />

despertador. «Un día de estos, se<br />

decía, voy a apagar el reloj, me voy a<br />

hundir nuevamente entre las frazadas<br />

y voy a seguir durmiendo; pero, agregó<br />

en un suspiro, no hoy.» Alex ganaba<br />

una miseria en su trabajo y no podía<br />

darse el lujo de perder el premio por<br />

presentismo. Sin esa plata, tendría<br />

que elegir entre dejar de pagar la luz o<br />

el gas, o quedarse cuatro o cinco días<br />

sin comer. Así que Alex se levantó como<br />

todas las madrugadas y combatió los<br />

restos del sueño, que aún después de<br />

lavarse la cara le persistía, con un café<br />

bien cargado. Eran las cuatro y ya estaba<br />

listo para patear las cinco cuadras<br />

hasta la parada del colectivo. Constató<br />

que el gas estuviera cerrado y abrió la<br />

puerta que daba al largo pasillo común<br />

que llevaba a la calle. Entonces<br />

lo vio. Había un león acostado en el<br />

pasillo. Cerró la puerta con un golpe<br />

y el animal levantó la cabeza. Alex se<br />

preguntaba si aquello sería un sueño,<br />

si inconscientemente había cedido a<br />

su deseo de faltar al trabajo. «¡Imposible!»,<br />

exclamó. Necesitaba la plata y<br />

la única manera que tienen los pobres<br />

de conseguirla es partiéndose el lomo.<br />

Morosamente, Alex volvió a abrir la<br />

puerta. Sólo una luz del grosor de un libro<br />

flaco. El león estaba mirando hacia<br />

la puerta y lo vio. Ambos se vieron, se<br />

miraron a los ojos y se quedaron perplejos<br />

por un instante. Alex volvió a cerrar<br />

la puerta. «¿Se habrá escapado de<br />

algún circo?», se preguntó, al tiempo<br />

que sacaba el celular del bolsillo de la<br />

campera. No tenía señal. Miró la hora,<br />

las 4:07. Ocho minutos para patear cinco<br />

cuadras. Nada mal si saliese ahora,<br />

sorteara al león y ganara la calle. «¡<strong>La</strong><br />

plata, la maldita plata!», resopló. Alex<br />

no quería perder el premio y quedarse<br />

sin gas o sin luz, y menos aún quedarse<br />

sin comer durante una semana. No<br />

eran opciones admisibles. ¡No! Así que<br />

volvió a abrir la puerta y observó con<br />

detenimiento. <strong>La</strong> fiera en realidad más<br />

que un león parecía una parodia de<br />

león: descarnado, roñoso, macilento. Y<br />

aunque sintió algo parecido a la pena,<br />

fue por la pala que le habían prestado<br />

hacía meses, junto a otras herramientas,<br />

para elaborar la mezcla y revocar<br />

la pieza. Esta vez abrió la puerta de par<br />

en par. Sin ambages. Llevaba el bolso<br />

de trabajo al hombro y la pala en una<br />

mano. Había pensado llevar la pala en<br />

alto pero enseguida se dio cuenta de<br />

que eso habría sido poner en guardia<br />

al animal. Entretanto, el león lo miraba<br />

de reojo. Alex comprobó que había<br />

suficiente espacio para pasar, bien pegadito<br />

a la pared, por el flanco derecho<br />

del felino. «Parece inofensivo», se dijo,<br />

como para darse valor. Y en efecto el<br />

león era inofensivo pero el hambre y<br />

los malos tratos lo empujaban. Lo habían<br />

empujado primero a escaparse<br />

del circo, luego a correr en vano tras un<br />

perro, y ahora a este pasillo donde desfallecía<br />

con la panza soldada al lomo<br />

y la boca seca como un desierto. Alex<br />

dio un paso y luego otro. Se afirmó de<br />

espaldas a la pared. Dio otro paso y de<br />

repente, junto a las patas del león, se<br />

detuvo. Un escalofrío le transitó la piel<br />

como una corriente eléctrica. Entonces<br />

se imaginó el recibo de sueldo sin<br />

el importe por presentismo. Y volvió a<br />

dar un paso y luego otro. Ya casi había<br />

sorteado el flanco del león cuando oyó<br />

lo que parecía la sombra de un rugido.<br />

Como pudo, la bestia se puso de<br />

pie; y Alex apretó el paso sin ofrecerle<br />

71


72<br />

la espalda. El león en verdad estaba a<br />

punto de dejarse caer de nuevo al piso,<br />

sin ánimo ya de matar por primera vez,<br />

cuando Alex instintivamente levantó la<br />

pala, y algo recóndito, como el eco de<br />

la sabana, se despertó de pronto en el<br />

león. Y dio un paso y luego otro, y sacando<br />

fuerza de donde no la había, saltó<br />

sobre Alex. <strong>La</strong> pala, entonces, descendió<br />

certera y mortalmente sobre la<br />

cabeza del animal. Tan certera como la<br />

garra del león que a la par le cortó la<br />

garganta. Mientras Alex se desangraba,<br />

miró al animal, le acarició la desvaída<br />

melena, y aún alcanzó a pensar que<br />

ambos habían sido víctimas, no el uno<br />

del otro, sino de otra cosa.


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73


LUNA Y<br />

CHOCOLATE<br />

CON SAL<br />

Por David Jáuregui Beovide<br />

74


Venimos poco a la Luna, sobre<br />

todo desde el último incremento<br />

de tarifas derivado de la crisis<br />

energética. Hace un año, <strong>La</strong>ura y yo<br />

viajábamos dos veces al mes. Tomábamos<br />

la última salida de la tarde del<br />

viernes y nos quedábamos el fin de semana<br />

completo. Lo único bueno que<br />

ha traído esta recesión es que ahora<br />

los viajes son más exclusivos. El ambiente<br />

se respira más íntimo, lo cual<br />

se agradece cuando se va en pareja y<br />

sobre todo con <strong>La</strong>ura, que siempre se<br />

ha sido muy reservada cuando estamos<br />

en público.<br />

Uf, pienso en nuestro primer viaje y<br />

todavía se me pone la piel de gallina. Levábamos<br />

apenas unos días viéndonos<br />

después del horario de oficina. <strong>La</strong>ura no<br />

se había realizado su transfusión anual<br />

de sangre y yo le presumí las ventajas de<br />

mi plan de nutrimentos agregados.<br />

Mira, si es un poco más caro… no sé,<br />

un 20%, pero la principal ventaja<br />

del plan es que con una sola dosis<br />

prolongas la necesidad de la trasfusión<br />

hasta por cuatro años, para mi<br />

eso no tiene precio.<br />

<strong>La</strong>ura contrató el mismo plan, la aplicación<br />

de la dosis solo se daba aquí en<br />

la Luna y esa fue la mejor excusa para<br />

venir el fin semana. En el transbordador<br />

nos sentamos frente a una pareja<br />

de ancianos, parecían locos y se reían<br />

como niños, los dos nos sonrieron,<br />

pero fue la mujer la que habló:<br />

—Nosotros también vamos a la Luna<br />

para hacer el amor.<br />

<strong>La</strong>ura y yo nos miramos, sentí su<br />

incomodidad, la tomé de la mano y la<br />

besé. <strong>La</strong>ura se sonrojó y me susurró:<br />

—Aquí no.<br />

Al llegar a la Luna fuimos directo al<br />

centro de nutrición para que <strong>La</strong>ura recibiera<br />

la aplicación de la dosis y después<br />

de ahí no salimos en dos días del<br />

cuarto del hotel, la amé como nunca<br />

pensé y ella se entregó sin ninguna reserva,<br />

todavía la siento derretirse en<br />

mis manos y en mi lengua, y ese sabor<br />

que tiene tan rico, a chocolate con sal.<br />

No hay duda de que ha sido nuestro<br />

momento culmen, no he tenido una<br />

experiencia más erótica en mi vida que<br />

aquella vez.<br />

En la oficina nadie me la presentó.<br />

<strong>La</strong>ura llegó hace año y medio junto con<br />

otras dos en un paquete procedente<br />

del distrito IV, el director de marcas me<br />

pidió a mi que las desempacara y les<br />

corriera el programa para que empezaran<br />

de inmediato en el área comercial,<br />

las ventas del primer trimestre habían<br />

sido pésimas y necesitábamos apoyo<br />

si no queríamos correr con la misma<br />

suerte de las otras filiales. Nadie imaginaba<br />

todavía la crisis energética, pensábamos<br />

que era un tema normal del<br />

mercado y que un refuerzo en el equipo<br />

de ventas terminaría con el problema.<br />

<strong>La</strong>ura fue la primera a la que le instalé<br />

el programa, desempaque a las tres,<br />

pero solo a ella la encendí, venia con una<br />

precarga básica; nombre, origen, personalidad<br />

y gustos varios. En cuanto se<br />

activó y se presentó me enamoré de ella.<br />

Creo que el que yo haya sido su primera<br />

imagen también ayudo a que nuestra relación<br />

se diera sin tantos tropiezos.<br />

Para mi mayor suerte el director de<br />

marcas la asignó a mi equipo, hicimos<br />

una mancuerna perfecta, y yo aproveche<br />

cada minuto del mes de entrenamiento<br />

para tratar de seducirla, nos<br />

reíamos visitando clientes, íbamos a<br />

comer, y lo mejor de todo es que ven-<br />

75


díamos muy bien. Un día después de<br />

comer, caminando de regreso a la oficina,<br />

sin preguntarle la besé.<br />

—No por favor —me dijo.<br />

Pero la volví a besar, y la tomé de la<br />

mano.<br />

Se soltó de mi y volteando hacia los<br />

lados revisando que nadie se hubiese<br />

dado cuenta apresuro su paso y se alejó.<br />

Pasaron dos días hasta que la volví<br />

a besar, esta vez accedió con gusto,<br />

pero me suplicó que no lo hiciéramos<br />

público y nunca en la oficina. Por eso<br />

aquella primera vez aquí en la Luna fue<br />

lo que fue.<br />

Después regresábamos cada fin de<br />

semana que podíamos, dos o tres veces<br />

al mes, hasta que empezó esto de<br />

la crisis energética y subieron tanto las<br />

tarifas. Siempre cuidando de no llamar<br />

la atención y teniendo el menor contacto<br />

posible frente a la gente.<br />

Antes, en todos nuestros viajes era<br />

igual, pero con la recesión <strong>La</strong>ura cambió,<br />

ahora caminamos en la Luna tomadas<br />

de la mano y en algunos lugares<br />

públicos poco concurridos se deja<br />

besar. En la habitación es otra cosa,<br />

nunca ha existido el pudor, somo dos<br />

mujeres que se aman y se entregan<br />

entre sudor y el sabor a chocolate con<br />

sal. Creo pronto terminara el recato de<br />

<strong>La</strong>ura con la gente, y ese miedo por el<br />

qué dirán.<br />

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77


LOLA<br />

Por José Severo<br />

78


Después de beber con mis compañeras<br />

y compañeros me fui a<br />

beber a un bar. Estaba necesitado<br />

de alcohol y me habían prometido<br />

unas colegas que seguiríamos bebiendo.<br />

Claro que eso fue antes de caer en<br />

una fuente y mojarnos los zapatos, en<br />

el mejor de los casos, una de mis colegas<br />

se mojó toda su ropa, inexplicablemente<br />

se calló dentro de la fuente y se<br />

mojó. Fue un poco gracioso.<br />

Cuando pasó lo de la fuente creí que<br />

seguía en pie lo de seguir bebiendo,<br />

pero no fue así. Me dijeron que ya no<br />

se sentían tan enérgicas para seguir bebiendo<br />

y que además estaban mojadas,<br />

en esencia eso era lo que les quitó las<br />

energías de beber.<br />

Le pedí a quien conducía que me dejara<br />

cerca del centro de la ciudad, lugar<br />

donde se encontraban la mayoría de<br />

los bares. Una gran cantidad y de muy<br />

variado gusto en realidad.<br />

Ya tenía pensado a donde ir, un bar<br />

del que me estuvieron contando mis<br />

colegas y que al final me dejaron con<br />

las ansias de conocer. Se llama «Lola»,<br />

el bar. Antes de llegar al «Lola», me detenía<br />

con las personas que transitaban<br />

las calles y les preguntaba si veían algo<br />

peculiar en mí, además del hecho de<br />

que me detenía a preguntar a las personas.<br />

No veían nada. Lo que me daba<br />

curiosidad si veían o no era que estaba<br />

mojado de los zapatos y del pantalón,<br />

pero no levanté sospechas.<br />

En fin, decidí que no importaba si las<br />

demás personas notaban que estaba<br />

mojado y me metí en el «Lola». Estaba<br />

bastante oscuro y al entrar, los guardias<br />

me revisaron que no llevara armas o<br />

algún objeto peligroso, quizá drogas.<br />

Cosa curiosa ya que un amigo me había<br />

dicho que eran justamente los guardias<br />

los que te vendían las drogas en los bares<br />

de la zona una vez que comenzaban<br />

a llegar más personas y que todo se descontrolaba.<br />

Al parecer la clave era hacerle<br />

una seña y el sujeto iba al baño, allí<br />

es donde se hacia la transacción. Fue un<br />

pensamiento fugaz pero no le di demasiada<br />

importancia, de cualquier forma<br />

ya había pasado mi época de drogas, a<br />

excepción del alcohol claro está.<br />

Una vez dentro del bar me acerqué a<br />

la barra y pedí una cerveza, estaba realmente<br />

sediento. Había escuchado y ya<br />

había sentido antes el efecto de dejar<br />

de beber durante un rato y después seguir<br />

bebiendo, ya estaba muy ebrio en<br />

realidad pero quería seguir de juerga.<br />

Le di un gran trago a mi cerveza y me<br />

dirigí a sentarme. El lugar estaba casi<br />

vacío, solamente estaban un par de tipos<br />

en una mesa y yo. Me senté en un<br />

rincón, y le di otro trago a mi cerveza.<br />

<strong>La</strong> terminé rápidamente y fui a por otra.<br />

Volví al mismo asiento. Estando allí<br />

sentado me preguntaba que estarían<br />

haciendo mis colegas, seguramente ya<br />

habría llegado a sus casas y se habrían<br />

quitado la ropa y secado la humedad,<br />

mientras yo liquidaba la mitad de la<br />

cerveza de un trago. Me pareció irrelevante<br />

pensar en mis compañeras, después<br />

de todo me habían abandonado<br />

en coche de distracción.<br />

Seguí en el lugar durante un rato, después<br />

de no sé cuántas cervezas comencé<br />

a explorar el terreno. Iba de un lado<br />

para otro observando lo que había en el<br />

lugar. En los últimos momentos había<br />

llegado más gente y se instalaban alrededor<br />

de las mesas, la mayoría iba en<br />

grupos de al menos tres personas. Al parecer<br />

era la única persona que iba sola.<br />

Volví a pensar en lo que había dicho mi<br />

amigo, las drogas y los guardias.<br />

79


Volví a pensar en lo que me había dicho<br />

mi amigo respecto a las drogas en<br />

estos tipos de bares, no le creí mucho<br />

en realidad. Así que fui con uno de ellos<br />

y le pregunte acerca de los rumores<br />

que había escuchado.<br />

—He escuchado que por estos sitios se<br />

puede conseguir buen material —le dije.<br />

—¿A qué te refieres? —me respondió<br />

el guardia. Era un tipo bastante grande,<br />

en realidad todos lo eran.<br />

—Me contó un amigo que puedo<br />

conseguir drogas con ustedes. Así que,<br />

¿qué puedes ofrecerme?<br />

El tipo se quedó viéndome fijamente<br />

y sin pensarlo dos veces y sin responder<br />

nada a la pregunta me sujeto del brazo y<br />

lo puso en mi espalda de una manera brutal.<br />

Sin que pareciera que fuera una persona<br />

me saco del bar y me arrojó al piso en<br />

la calle. Al parecer a los otros guardias no<br />

les sorprendió nada lo ocurrido y se quedaron<br />

inmóviles, como si yo no hubiera<br />

salido disparado y aterrizado en el suelo.<br />

—Mejor lárgate de aquí o te va peor —me<br />

dijo al fin.<br />

Yo me incorporé con dificultad, en<br />

parte por el golpe y en parte porque ya<br />

estaba muy ebrio. Le dije que no tenía<br />

derecho de hacer eso, que estaba abusando<br />

de su autoridad. Se acercó a mí<br />

y me empujo con una fuerza descomu-<br />

80


nal. Caí de espaldas y por la fuerza que<br />

usó mi cabeza revotó en el piso. Puse<br />

mis manos en mi cara y me quedé así<br />

por un rato, estaba procesando la situación.<br />

Volví a incorporarme y le volví<br />

a decir cosas, pero esta vez regresó a su<br />

puesto en la entrada del bar.<br />

Me quedó un rato parado afuera del<br />

bar. Estaba en parte ebrio, enojado,<br />

frustrado, y adolorido. Pero me fui de<br />

la escena. Había sido derrotado y me<br />

sentí impotente.<br />

Tiempo después volví a encontrarme<br />

al amigo que me dijo lo de las drogas<br />

en el bar. Me contó que habían hecho<br />

una redada y habían atrapado a los<br />

guardias vendiendo droga. Los habían<br />

arrestado y cerraron el bar.<br />

—¿Cuándo fue eso? —le pregunté.<br />

—El jueves pasado —me dijo.<br />

El mismo día que pasó lo de la fuente.<br />

Le preguntó dónde lo había escuchado<br />

y me mostró su celular. Estaba en una<br />

página de noticias. Tomó el celular y<br />

comencé a leer. Allí aparecía la foto del<br />

guardia que me empujó y me tiró al suelo.<br />

Por un largo rato me sentí satisfecho<br />

de que lo hayan arrestado.<br />

En la noche fui a otro bar y pedí cerveza.<br />

Me acerqué a un guardia y le pregunté<br />

si podía venderme un poco de<br />

droga. Por diversión.<br />

81


EL CÍRCULO<br />

SAGRADO<br />

Por Daniel Canals Flores<br />

82


Cuenta una antigua leyenda nórdica,<br />

que hacia el año 700 d. C., en<br />

una remota aldea escandinava<br />

apareció, al retirarse la nieve en el corto<br />

período estival, una extraña construcción<br />

de forma circular adosada a uno<br />

de los acantilados de una montaña. El<br />

objeto, era tan grande, que podía verse<br />

desde toda la zona circundante del valle.<br />

Los habitantes del lugar no se explicaban<br />

cuando había llegado aquello<br />

allí. Con los medios de entonces, nadie<br />

era capaz de acceder tan arriba, porque<br />

la pared era completamente vertical<br />

así que al final los aldeanos terminaron<br />

acostumbrándose a la extraña<br />

presencia. Lo bautizaron con el nombre<br />

de Hogr debido a su forma, muy parecida<br />

a los círculos sagrados de piedra<br />

que usaban en el bosque para ofrecer<br />

sacrificios a los dioses. Tenía que ser de<br />

origen divino, sin duda.<br />

Nunca se vio salir nada ni a nadie<br />

del Hogr. Solo permanecía allí inmóvil<br />

e impasible. Daba la sensación que<br />

los dioses lo hubieran colocado para<br />

observar y vigilarlos a su vez. Los de la<br />

aldea, también se preguntaban cómo<br />

era posible que se sostuviera una forma<br />

geométrica tan colosal en aquella<br />

posición tan lisa y escarpada. Al final,<br />

fueron disminuyendo las discusiones<br />

sobre el asunto y el Hogr pasó a ser<br />

como de la familia.<br />

Transcurrido un tiempo, empezaron<br />

a suceder cosas extrañas. Un pastor,<br />

cuyas ovejas pastaban cerca de la montaña,<br />

denunció que habían desaparecido<br />

varios ejemplares. Como ya le había<br />

pasado anteriormente, unas veces debido<br />

a los lobos y otras perdiéndolas<br />

con su torpeza alcohólica, nadie le<br />

prestó mucha atención, siendo juzgado<br />

y castigado por ello.<br />

Tras ese suceso y sin ninguna causa<br />

justificable, empezó a disminuir la caza<br />

dentro del bosque. De forma habitual se<br />

cazaban renos, zorros, glotones y hasta<br />

algún oso polar. En invierno, también<br />

abundaban los lobos. Daba la sensación<br />

de que los animales se habían evaporado<br />

o al menos era más difícil encontrarlos<br />

que antaño. <strong>La</strong>s trampas aparecían<br />

vacías y las batidas eran infructuosas.<br />

Con los pájaros empezó a suceder<br />

algo parecido. <strong>La</strong>gópodos, búhos, urogallos,<br />

aves que antes eran presa fácil,<br />

empezaron a escasear de manera alarmante.<br />

Aunque nadie lo atribuyó al<br />

Hogr. En aquellos tiempos era normal<br />

pasar épocas de hambruna y de escasez.<br />

Parecía que se avecinaba otra más,<br />

pensaron los aldeanos resignados.<br />

Era extraño pasear por el bosque y no escuchar<br />

nada, únicamente el silencio, roto<br />

de vez en cuando solo por el frío viento<br />

chocando contra las ramas de los árboles.<br />

Después empezaron las marcas en los<br />

campos de cereales. Inmensos círculos<br />

de forma perfecta aparecían trazados en<br />

la superficie, arrasando todo el cereal situado<br />

dentro de las circunferencias. Pudieron<br />

observar, extrañados y confusos,<br />

que el diámetro coincidía, exactamente,<br />

con el del círculo sagrado. Parecía como<br />

si se hubiera desprendido de la pared<br />

posándose sobre los sembrados, arrancándolos<br />

de raíz y luego ascendido de<br />

nuevo a su posición original.<br />

Aquí la gente empezó a sospechar aunque<br />

no sabían muy bien que podían hacer.<br />

Parecía una especie de maldición de<br />

los dioses que debían acatar sin remedio.<br />

Se reunió el máximo órgano consultivo,<br />

el consejo de sabios del clan. Éstos,<br />

eran los encargados de velar por la seguridad,<br />

el orden, impartir la justicia según<br />

las normas grupales y gestionar los<br />

83


temas religiosos. Decidieron consultar<br />

las runas mágicas, en uno de los círculos<br />

sagrados del bosque, y a su vez honrar<br />

a los dioses sacrificando animales<br />

y cereales, en la ladera de la montaña,<br />

justo debajo del círculo. Si aquello no<br />

funcionaba, harían algún sacrificio humano.<br />

Uno o dos esclavos mejor, para<br />

afianzar la generosidad recíproca divina.<br />

Aquellas medidas surtieron poco<br />

efecto. Los escasos animales que quedaban<br />

seguían desapareciendo, las<br />

cosechas se malograron y un inmenso<br />

malestar empezó a aflorar entre la población.<br />

Pero la gota que acabaría por<br />

colmar el vaso estaba aún por llegar.<br />

Al cabo de unos meses, todas las mujeres<br />

en el valle consideradas vírgenes y<br />

posibles casaderas, aparecieron embarazadas.<br />

Ese fue el detonante para que<br />

los hombres del pueblo se enojaran y<br />

enfurecieran con el Hogr. Podían pasar<br />

sin comer pero la honra no tenía precio<br />

a pagar, ni siquiera a los dioses. Por decisión<br />

propia, empezaron a acumular<br />

todo tipo de madera, proveniente de<br />

los bosques cercanos, en la ladera de la<br />

pared donde estaba afianzado el Círculo,<br />

ya no tan sagrado. Cuando consideraron<br />

que había suficiente, prendieron<br />

fuego a la inmensa pira en cien puntos<br />

distintos alrededor de la montaña y de<br />

repente, se escuchó un intenso crujido…<br />

El Hogr se desprendió de la pared.<br />

Parecía que se había incendiado por<br />

abajo, porque salían potentes chorros<br />

84


de fuego, y empezó a ascender a la<br />

vista de todos. Fue subiendo despacio<br />

hasta convertirse en un pequeño punto<br />

y luego desapareció en el cielo.<br />

Tras la desaparición, los aldeanos<br />

respiraron aliviados. Paulatinamente<br />

empezaron a regresar los animales a<br />

los bosques, las cosechas a recuperarse<br />

y no desapareció ninguna oveja más.<br />

Habían regresado a la normalidad y<br />

nunca volvieron a ver al Hogr.<br />

Finalizada la gestación, las mujeres<br />

empezaron a alumbrar niños con unas<br />

características, que jamás, nadie había<br />

visto hasta entonces. Todos los recién<br />

nacidos tenían el color de los ojos, azules<br />

o verdes. Además, al nacer, pesaban<br />

el doble de lo normal.<br />

Los hombres de la aldea en edad<br />

casadera, decidieron adoptarlos bajo<br />

sus propios nombres, creándose así<br />

nuevas clanes familiares en el valle.<br />

Desde ese día, a los individuos de esa<br />

generación empezaron a llamarlos<br />

vikingos, por su inusitada fuerza, el<br />

coraje y la ferocidad que demostraban<br />

en las batallas y sobre todo por el<br />

particular color de sus ojos. También<br />

comían el doble que los demás debido<br />

a su gran tamaño…<br />

El resto de su historia es bien conocido,<br />

no solo llegaron a dominar toda<br />

la península si no que fueron capaces,<br />

tras construir inmensas flotas de barcos,<br />

de llegar a los países y costas hasta<br />

ese momento inaccesibles.<br />

85


86


ENSAYOS<br />

87


88


VIDAS<br />

FRAGMENTADAS:<br />

UN VISTAZO A LAS NOVELAS<br />

DE HARUKI MURAKAMI<br />

Por Juan David Almeyda Sarmiento<br />

Narrar las grietas de la vida es una<br />

tarea que todo escritor acepta e<br />

intenta en algún momento de su<br />

trayectoria como creador de lenguajes.<br />

Mirar hacia el abismo de los demonios<br />

con los que se vive y poner en narrativa<br />

dichos espectros que subsisten dentro<br />

de cada uno de nosotros es una misión<br />

de buceo donde el artista se encuentra<br />

mirando dentro de sí mismo aquello<br />

que los demás, en su propia existencia,<br />

dejan a un lado por lo mundano y poco<br />

importante que representa para un sujeto<br />

las pequeñeces de su vida fuera de<br />

la cotidianidad.<br />

Es bajo esta tarea narrativa donde<br />

se asoma Haruki Murakami. Su trabajo<br />

novelístico es un proceso de discurrimiento<br />

en el cual personajes rotos divagan<br />

por el mundo de forma común.<br />

Son seres que existen de manera ininterrumpida<br />

su vida hasta el momento<br />

en que la realidad aparece ante ellos<br />

como una fuerza avasallante de dolor,<br />

tristeza, angustia, soledad, confusión<br />

y caos.<br />

Murakami, aparece como un escritor<br />

con la capacidad de componer el caos<br />

cotidiano; aquella sombra del caminante,<br />

que existe y subsiste de forma<br />

inmanente en los actos más comunes<br />

con los que nos relacionamos en nuestra<br />

rutina. Presentar al lector una bestia<br />

como esta es un terremoto al pensamiento.<br />

No solo por lo contingente<br />

de las confluencias de caos que se presentan<br />

en los escritos novelísticos del<br />

japonés, sino por la forma de presentar<br />

vidas fragmentadas; es decir, humanos<br />

rotos, seres perdidos que han existido<br />

como entes fantasmagóricos entre los<br />

edificios de la realidad.<br />

<strong>La</strong>s vidas rotas no son una mimesis<br />

de la realidad, al contrario, presentan<br />

un nuevo mundo al lector en el cual<br />

los personajes habitan en sus propios<br />

89


problemas y en sus propias maquinas<br />

sociales; en su contexto propio. Murakami,<br />

con su narrativa, produce choques de<br />

pensamiento que fragmentan la arquitectura<br />

mental del lector, siendo este último<br />

un protagonista pasivo que se fuerza<br />

a sí mismo dentro de un nuevo mundo<br />

donde se ve cara a cara con una subsistencia<br />

que habita dentro de sí y de la cual<br />

no había tomado percepción alguna.<br />

Tokio blues, Los años de peregrinación<br />

del niño sin color, Sputnik, mi amor,<br />

entre otras; irrumpen en la sala pacificada<br />

por la rutina para desgarrar y desangrar;<br />

para hacer sentir. Entrar en la<br />

desarticulación de las emociones que<br />

produce Murakami es medirse a un encuentro<br />

con los rincones desconocidos<br />

del propio pensamiento; es mirar la<br />

sombra que me acompaña.<br />

<strong>La</strong>s grietas están siempre presentes<br />

pero solamente hasta que el ser humano<br />

se derrumba sobre sí mismo es<br />

cuando nos preguntamos sobre estas<br />

fisuras, sin embargo, con Murakami<br />

este proceso se adelanta, se experimenta<br />

de primera mano. Una escritura<br />

experimental que trae y lleva al lector<br />

a una punzada hacia sí mismo para encontrar<br />

el paso del sentimiento hacia<br />

sí y hacia los otros. <strong>La</strong> narración del japonés<br />

es un encuentro con uno mismo,<br />

pero no con aquella sección recorrida a<br />

diario sino por aquella que los sende-<br />

90


os de la rutina han abandonado y que<br />

ahora se encuentran llenos de matorrales<br />

tras los cuales se extiende todo un<br />

paisaje en el cual el lector debe perderse,<br />

divagar, derramarse, desarmarse<br />

para volver a figurarse.<br />

Una vida fragmentada es una vida dispuesta<br />

al cambio y a la trasformación, a<br />

esa (in)constante eterna sentenciada por<br />

Heráclito: «uno no se baña dos veces en<br />

el mismo río». <strong>La</strong> fragmentación es una<br />

apertura al devenir, a la deslocación, a la<br />

mirada nueva fuera de la brújula cortarte<br />

de la mismidad, abrirse hacia lo otro es<br />

una experiencia que, para este caso, se<br />

encuentra en el trabajo novelístico de<br />

Murakami. No es un sentimentalismo romántico<br />

o una mera tristeza pasajera, es<br />

adentrarse en el Foso de Sarón y recorrer<br />

las frías y ausentes cámaras que únicamente<br />

están llenas de silbidos de viento<br />

helado proveniente de la tundra sobre la<br />

que están levantadas.<br />

Murakami y sus personajes son ejemplo<br />

de una autoflagelación que permite<br />

al lector volver a sentirse humano, a<br />

volver a encontrar lo perdido igual y<br />

distinto a como lo había dejado. Es un<br />

salto de fe hacia el abismo pero un esfuerzo<br />

que trae detrás una experiencia<br />

que derrumba las criptas de lo rutinario<br />

y lo obvio a la vista para encontrar en la<br />

superficie de lo cotidiano aquello que la<br />

nariz no permite; las grietas propias.<br />

91


92


EL GEMELO<br />

OSCURO.<br />

DESDOBLÁRSE<br />

Y TEMBLAR<br />

Por María Baón<br />

Encontramos en William Faulkner la<br />

traducción de la inquietud del desdoblamiento<br />

de un escritor definida<br />

como la existencia de un «oscuro<br />

hermano gemelo» habitante de la vida<br />

secreta, paralela, vivida por un autor<br />

en sus relatos. <strong>La</strong> fórmula del otro yo<br />

nos remite a la figura mítica del doble<br />

abordada por autores como Poe, Kafka,<br />

Maupassant, Dostoievski, Stevenson,<br />

Wilde, Borges, Virginia Wolf, Cortázar,<br />

etc. que veremos repetirse en la ficción<br />

bajo muy diferentes formas.<br />

<strong>La</strong> filosofía y la psicología también<br />

hablan de este hermano oscuro, el<br />

doppelgänger, y en él encontraremos<br />

una de las situaciones que definan lo<br />

siniestro freudiano: la del caminante<br />

fantasmal que va a nuestro lado como<br />

una sombra. Es, a la vez, una especie de<br />

clon errante capaz de devolvernos la mirada<br />

desde la perspectiva de su posición<br />

privilegiada y también un hermano que<br />

puede apropiarse de nuestra voz para<br />

abocarnos al desvarío. Pero, como una<br />

paradoja de la condición de plenitud<br />

de todo gemelo, en tanto que integración<br />

y complemento, este doble oscuro<br />

es capaz de percibir una calidad de luz<br />

que solo está al alcance de muy pocos.<br />

Quién no habría de desear una capacidad<br />

tan extraordinaria de percepción.<br />

No es raro escuchar a un escritor<br />

hablar de «oír voces». Lo cual suena,<br />

ciertamente, a un estado próximo a la<br />

demencia, a las alucinaciones auditivas<br />

de los enfermos de esquizofrenia.<br />

Y tampoco es raro que esos mismos<br />

autores se muestren agradecidos a las<br />

musas por un coro sin el cual se sentirían<br />

perdidos.<br />

Extravío de la cordura y, sin embargo,<br />

gratitud por la posibilidad de asomarse<br />

al precipicio. Temor y fascinación ante<br />

el desdoblamiento. Esa parece ser la<br />

constante en la relación con el otro.<br />

93


Cuando las voces se deciden a hablar,<br />

uno camina mascullando como<br />

si anduviera enfrascado en el rezo o<br />

renegando. Quizá ese farfullar tenga<br />

un poco de ambas cosas. Y el hermano<br />

gemelo te pincha, como el amigo que<br />

te pone delante otra copa al final de la<br />

noche. Juguetón, bullicioso. <strong>La</strong> penúltima,<br />

va. ¿No te atreves? Y tú, con bravuconería.<br />

Pues, claro. Y te cuenta que<br />

el personaje con quien vienes compartiendo<br />

la vida secreta de la narración<br />

necesita que su cara descanse en un<br />

lugar suave para dormir. Como tu axila<br />

porque, aunque angulosa, el olor de<br />

la cavidad de tu sobaco le resulta el<br />

único lugar acogedor donde descansar.<br />

Ese personaje te obsesiona desde<br />

hace días porque sabes que arrastra<br />

a sus espaldas una terrible historia que<br />

aún no te has atrevido a contar. Porque<br />

no deseas entrar en su intimidad y porque<br />

se merece una historia mejor de la<br />

que tu imaginación le reserva.<br />

—No sé —dudas. Pero sientes que te<br />

está convenciendo porque detectas en<br />

tu titubeo un tono casi coqueto y sabes<br />

que terminarás pidiendo otra ronda.<br />

Esta sí es la penúltima, prometido.<br />

Y te sorprendes pensando en la palabra<br />

«oquedad» asociada al silencio oscuro<br />

de una axila. Y murmuras para ti<br />

mismo si la palabra precisa será «acogedora»<br />

o «reconfortante», «hospitalaria»<br />

o «protectora».<br />

—Vale, pruebo —ya no intentas librarte del<br />

compromiso con tu personaje y su dormir.<br />

El gemelo acepta la rendición con la<br />

sonrisa guasona de quien va a tomarse<br />

la copa contigo y, muy probablemente,<br />

ver amanecer entre confidencias y<br />

humo. Luego volvemos en taxi, venga,<br />

pago yo. Y tú sabes que ahora ese personaje<br />

frágil, desabrigado del olor que<br />

94


lo sostiene en las noches, va a llorar<br />

mirándote a la cara. Sin taparse el rostro<br />

con las manos ni hundir la barbilla<br />

en el esternón. Va a llorar abiertamente<br />

con la cabeza alta y tú habrás de mirarlo<br />

sin apartar tus ojos de los suyos. Como<br />

en un duelo de miradas, sin escapatoria.<br />

Entonces, es posible que sorprendas a<br />

tu hermano muy callado, haciendo un<br />

movimiento extraño con la boca: la lengua<br />

doblada, aprisionada entre los dientes.<br />

Como un matón antes de empezar<br />

una pelea. Y que, desde ese mordisco<br />

imposible, te mire llorando también.<br />

El desdoblamiento y la sorpresa. Con<br />

la belleza de su lenguaje sencillo y alegórico<br />

dijo Alejandra Pizarnik: «Pero el silencio<br />

es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y<br />

escribo. No, no estoy sola. Hay alguien<br />

aquí que tiembla». Es tal el halo de misterio<br />

que expresa la poeta que casi puede<br />

uno sentir la respiración de un fantasma<br />

en la nuca. Ese alguien que tiembla a su<br />

lado y no estaba con ella cuando se sentó<br />

a escribir es la escisión, el gemelo agazapado<br />

en el silencio. Se trata ahora de<br />

un ser sobrecogido. Y se esconde en las<br />

sombras, sí, pero no como el caminante<br />

descarnado que viene a enseñarnos<br />

nuestra propia muerte ni como el crítico<br />

mordaz divertido por nuestros desbarros<br />

literarios. Quizá está un poco chiflado, de<br />

acuerdo, pero él es el primer y más honesto<br />

destinatario del trabajo.<br />

Creo que en el presentimiento de esa<br />

otredad, en la extrañeza de su mirada,<br />

reside el instante en el que el trabajo<br />

creativo devuelve algo mayor de lo<br />

que fue depositado en él. Y constituye<br />

la máxima recompensa para un escritor:<br />

el alter ego leyendo por encima de<br />

nuestro hombro a punto de descubrir<br />

un pequeñísimo milagro, el relámpago<br />

de belleza que lo hará estremecer.<br />

95


96


EL CUERPO<br />

SIN ÓRGANOS<br />

UN MONSTRUO FÉRTIL POR EL<br />

LIENZO EN LA LÓGICA DE LA<br />

SENSACIÓN POR GILLES DELEUZE<br />

Por Juan Rey Lucas<br />

El arte es lo que resiste: resiste a la<br />

muerte, a la servidumbre, a la infamia,<br />

a la vergüenza…<br />

G. Deleuze / Filósofo<br />

Editado en 1981 el filósofo francés<br />

Gilles Deleuze deconstruye un libro<br />

que se adhiere al arte para poder<br />

desenvolver su pensamiento con respecto<br />

a él. Exactamente en el apartado<br />

VII de su libro Lógica de la Sensación editado<br />

en 1981, campearemos éste pues<br />

es dónde escudriña su pensamiento sobre<br />

el soma en específico: es el cuerpo<br />

sin órganos (concepto que se agencia<br />

del pensamiento poético de Antonin<br />

Artaud) el que se emana de la pintura.<br />

Más en peculiaridad en la máquina-pictórica<br />

de Francis Bacon. Es solamente<br />

el cuerpo como tal insuficiente para<br />

desembocar las potencias e intensidades<br />

que la vida logra proveer. Aquellas<br />

que se ocultan en el caos insoldable. El<br />

cuerpo sin órganos es quién libera a la<br />

existencia con descomunal violencia<br />

ya sea serena o intempestivamente. <strong>La</strong><br />

sensación (en antagónico a lo chocante)<br />

ya no es percibida como brutalidad,<br />

sino la interacción de energías que atraviesan<br />

al corpus para su maravilla auto<br />

creadora: anatomía suigeneris. Deleuze<br />

en una de sus tantas referencias alude<br />

a la línea Clásica que es sometida a una<br />

Deidad o Esencia; en contra de la línea<br />

Barroca la cual se sumerge para volcarse<br />

en la complejidad o enrevesado pero<br />

para efecto de riqueza y multiplicidad.<br />

Una vírgula que no deja de cambiar de<br />

patrones. Topografía que en su trayecto<br />

se suelta de su composición lineal, renegando<br />

de su organización para irse<br />

a zonas indiscernibles. Pero también<br />

contará con una virtud cargada de espiritualidad<br />

in-orgánica para poder lograr<br />

la exploración hacia otros elementos.<br />

97


Gilles Deleuze destaca que existen<br />

muchas manifestaciones por el que se<br />

percibe el cuerpo sin órganos: el alcohólico,<br />

el drogadicto, el esquizofrénico,<br />

el sadomasoquista, etc. <strong>La</strong> sinuosidad<br />

de la variabilidad son cruzadas por el<br />

cuerpo sin órganos que crean coordenadas<br />

según variantes de amplitud. El<br />

órgano es anulado tanto de su posición<br />

como de su cometido; por ende el organismo<br />

mutará de pigmentación y urdimbre.<br />

Pero la prioridad no es la desaparición<br />

o aniquilación de ellos; sino la<br />

revocación temporal de sus funciones.<br />

<strong>La</strong> transformación de los tintes y<br />

contextura sobre los cuerpos o en algunas<br />

de las zonas de los cuerpos de<br />

los cuadros de Bacon es como se da la<br />

emanación del tiempo: donde cronos<br />

es pintado. <strong>La</strong> duración es plasmada<br />

en la Figura (concepto que trabaja en el<br />

apartado dos del libro); la corpulencia<br />

de los torsos por sus circunvalaciones.<br />

<strong>La</strong>s percepciones se ponen a trabajar<br />

en sus distintos campos de nivelación,<br />

y en el paso de una a otra demarcación:<br />

así la extensión de la espalda funge<br />

como alterable; de igual las bocas<br />

como anos y viceversa. Cualquier acto<br />

sea desencadenado en su quietismo<br />

o presteza dará la procreación de la<br />

magnificencia del cuerpo sin órganos:<br />

contracciones, parálisis, hiperestesias,<br />

anestesias sean ligadas o roladas, en<br />

estática o relegadas; a según sea también<br />

el ramal de la onda vital en su<br />

carga o evacuación. De igual los eventos<br />

aberrantes de arrebato, dilación,<br />

outsiders, etc. El zigoto tántrico (como<br />

también lo denomina Gilles Deleuze al<br />

cuerpo sin órganos) habita desde lo subrepticio<br />

con el cuerpo orgánico para<br />

ser expulsado o manifestado desde lo<br />

provisional y soterrado para resquebrajar<br />

las fijaciones de estructura tanto<br />

de lo externo como lo intrínseco. Aquellas<br />

imbricaciones serán discernidas en<br />

los procesos autoscópicos.<br />

<strong>La</strong> estrategia de ofensiva del cuerpo<br />

sin órganos es desertar, el eludimiento<br />

98


del ente montepío que acomete su poder<br />

de subyugación en todo proceder. <strong>La</strong><br />

exhalación gráfica de la temporalidad<br />

no-lineal, así la presentación de su estado<br />

en todas sus posibles dimanaciones.<br />

Dos cualidades son reiteradas: la Presencia<br />

pero siendo encarnado (más no<br />

representado) en estado pantagruélico;<br />

de igual la condición de Histeria (los<br />

síntomas del padecimiento devenidos<br />

coordenadas pictóricas-artísticas), por<br />

las que surcan los seres, la materia, los<br />

territorios. Un cosmos perturbado.<br />

Una Presencia no presente, sino en<br />

constante aparición, y diferida para<br />

actualizarse en todo instante. Esa apariencia<br />

que permea en la emociones e<br />

incómoda tanto el lugar como la encomienda.<br />

Ello es que la pintura, el soma,<br />

la histeria discurren o son filtrados por<br />

el cuerpo sin órganos para advertirse —y<br />

advenirse— exponenciales en sus creaciones<br />

particulares para singlar el lino<br />

con proyecciones infinitas de distancia<br />

y cambios. <strong>La</strong>s gradaciones se sobre<br />

excitan en carácter acrisolado desde la<br />

furtividad de un incorpóreo. El suceder<br />

elevado. Lo degradado acontece con<br />

fulgor. Lo que el entendimiento canaliza<br />

a manera de pesimismo por el arte es<br />

capturado, y emancipado por la pintura<br />

como aquello in-soportable para jamás<br />

dejar de colmar al cuerpo no-orgánico;<br />

pues la máxima es no claudicar, no para<br />

vencer o ser vencido sino para jamás dejar<br />

de contender en el universo mismo.<br />

<strong>La</strong> Presencia de toda la materia<br />

pictórica sobreviene exacerbada para<br />

el ojo, por lo que su funcionalidad requiere<br />

ser trasmutada: al ser saturado<br />

de color, textura, líneas, puntos, se desprende<br />

la anatomía de la observación y<br />

la arquitectura del óleo, por lo tanto de<br />

ambas materialidades. Trocándose en<br />

el miembro versátil incrustando atalayas<br />

en toda circunscripción. El balance<br />

de la in-consistencia entre los choques,<br />

demoliciones, combates, y envestidas<br />

de todo componente para su composición<br />

artística-pletórica.<br />

99


100


POESÍA Y<br />

MITO EN<br />

J.R.R. TOLKIEN<br />

Por Héctor Fabio García Libreros<br />

<strong>La</strong> pretensión en el presente ensayo<br />

es ambiciosa al abordar poesía y<br />

mito en Tolkien apenas en tres páginas.<br />

Por empezar hagamos una referencia<br />

al Silmarillión de donde surgen todas<br />

las fuerzas creativas; ¿Por qué se quiere<br />

hablar de esto en especial? Hay un trasfondo<br />

poético desde que Eru Ilúvatar<br />

concibió en pensamiento a los Ainur o<br />

los poderes para la composición de la<br />

«Gran Música», en el génesis de la tierra<br />

media. Entonces es apasionante atraparse<br />

en este origen, de la instauración<br />

de un universo. Esto es poesía, instauración,<br />

nombrar algo y hacerlo existir. Así<br />

dice Martin Heidegger sobre la esencia<br />

de la poesía: el poeta nombra a los dioses<br />

y a todas las cosas que son (Heidegger,<br />

2008, pág. 1<strong>15</strong>). En la nada absoluta<br />

es el poeta quien nombra las cosas y los<br />

seres, asunto del puro pensamiento en<br />

operación con el sentimiento. Pero esto<br />

es más complejo de explicar, necesita<br />

más desarrollo. ¿Por qué Ilúvatar es un<br />

poeta? ¿Es el mismo Tolkien creador<br />

de un universo? Es lo que pretendo en<br />

ensayo, indagar lo que es el propósito<br />

de poeta: Hacer un universo, un mito. <strong>La</strong><br />

existencia del poeta es un mito. Y es la<br />

instauración del ser: la poesía es la instauración<br />

del ser con la palabra (Heidegger,<br />

2008, pág. 1<strong>15</strong>).<br />

Hacer poesía es lo siguiente: Entonces<br />

las voces de los Ainur, como de arpas<br />

y laúdes, pífanos y trompetas, violas y<br />

órganos, y como de coros incontables<br />

que cantan con palabras, empezaron<br />

a convenir el tema de Ilúvatar en una<br />

gran música; y un sonido se elevó de<br />

innumerables melodías alternadas, corte<br />

tejidas en una armonía que iba más<br />

allá del oído hasta las profundidades y<br />

las alturas, rebosando los espacios de<br />

la morada de Ilúvatar; y al fin la música<br />

y el eco de la música desbordaron volcándose<br />

en el vacío, y ya no hubo vacío<br />

101


(TOLKIEN, 2013, pág. 12). Cuando se escribe<br />

poesía es negar el vacío, decir que<br />

algo existe y es trascendental. Ahora<br />

bien porque se hace una referencia de<br />

poesía y mito. Al hacer poesía se gesta<br />

un mito que es el atrevimiento del poeta<br />

por explicar fenómenos desde épocas<br />

inmemoriales. Borges decía: <strong>La</strong> raíz<br />

del lenguaje es irracional y de carácter<br />

mágico. El danés que articulaba el nombre<br />

de Thor o el sajón que articulaba el<br />

nombre de Thunor no sabía si esas palabras<br />

significaban el dios del trueno o<br />

el estrépito que sucede el relámpago<br />

(BORGES, 2013, pág. 164). Es la germinación<br />

de un mito y el fundamento de<br />

un pueblo.<br />

A propósito de poesía en Tolkien. En<br />

el libro Cuentos desde el reino peligroso,<br />

hay poemas del autor que os invito<br />

a leer y además tiene un buen ensayo<br />

sobre los cuentos de hadas que dice:<br />

Ancho, alto y profundo es el reino de los<br />

cuentos de hadas, y lleno todo él de cosas<br />

diversas: hay allí toda suerte de bestias y<br />

pájaros; mares sin riberas e incontables<br />

estrellas, belleza que embelesa y un peligro<br />

siempre presente; la alegría, lo mismo<br />

que la tristeza son afiladas como una<br />

espada (TOLKIEN, 2017, pág. 279). ¿Qué<br />

es lo peligroso? El hallazgo, el descubrimiento<br />

y el asombro. Tal vez la dicha<br />

que nos da una gloria; o la decepción<br />

una tristeza como espada atravesada<br />

102


en el corazón que asesina una ilusión.<br />

<strong>La</strong> poesía es para expresar todo ese peligro<br />

que extrae al hombre de su confort<br />

primitivo, nos referimos a lo que significa<br />

el suceso o la aventura. Los cuentos<br />

de hadas también se complementan en<br />

el objetivo de la poesía. Causar impresión,<br />

embelesamiento, hacer parte de<br />

corpus del mito de la vida.<br />

Lo que es significativo en la existencia<br />

es el poder creativo. Y esto es poesía.<br />

Un ejemplo es ya mencionado cuando<br />

cae el rayo y el vikingo expresaba que<br />

era el poderoso Thor. Decía Heidegger:<br />

Así la esencia de la poesía esta encajada<br />

en el esfuerzo convergente y divergente<br />

de la ley de los signos de los dioses y la<br />

voz del pueblo. El poeta mismo está entre<br />

aquellos, los dioses, y éste el pueblo<br />

(Heidegger, 2008, pág. 122). Tolkien si<br />

sabía para que era la poesía y supo de<br />

lo que era lo esencial. Porque así vivió<br />

el mundo, poéticamente.<br />

BORGES, J. L. (2013). Poesía completa. Bogotá:<br />

Penguin Random House Grupo Editorial.<br />

Heidegger, M. (2008). ARTE Y POESÍA. México<br />

D.F.: FONDO DE CULTURA ECONÓMICA.<br />

TOLKIEN, J. (2013). EL SILMARILLIÓN. Barcelona:<br />

Grupo Editorial Planeta.<br />

TOLKIEN, J. (2017). CUENTOS DESDE EL REI-<br />

NO PELIGROSO. Bogotá: Minotauro.<br />

103


104


EL ALEGRE<br />

RETORNO A<br />

ALEJANDRÍA<br />

Por Alonso Tolsá<br />

En los estrechos círculos de tertulias<br />

de Coyoacán, muy pocos conocen<br />

y menos leen a <strong>La</strong>wrence<br />

Durrell. Únicamente un amigo chileno<br />

fue capaz de reconocer la obra El cuarteto<br />

de Alejandría tildándola de cursi<br />

literatura para señoras, una descalificación<br />

penosa. Hasta hace unos años<br />

yo mismo desconocía a Durrell y su<br />

obra, fue mi suegra la que me indicó<br />

las coordenadas de ese nombre extrañamente<br />

literario en uno de los libreros<br />

de su casa: era la edición del Cuarteto<br />

en cuatro volúmenes publicados por<br />

Sudamericana en el año sesenta y pico.<br />

Durrell escribió mucho y escribió<br />

muy bien. Deduzco que tuvo un tremendo<br />

éxito entre los lectores baby<br />

boomer dado el gran entusiasmo que<br />

produce su recuerdo en ellos, empezando<br />

por supuesto por mi suegra. Y,<br />

sin embargo, también tengo la impresión<br />

que muy escasos lectores vuelven<br />

a él o si quiera barajean su nombre para<br />

recomendarlo. Unos pocos días después<br />

de la muerte del autor, en «Durrell,<br />

duda póstuma», escribió Domínguez<br />

Michael: «Se nos murió <strong>La</strong>wrence Durrell.<br />

El uso del plural se justifica pues<br />

es propio de un autor que perteneció a<br />

muchos. <strong>La</strong> suya fue una obra, una leyenda<br />

amada y olvidada».<br />

<strong>La</strong> larga tarde que pasé leyendo Justine,<br />

la primera novela del conjunto, sentado<br />

en un amplio sofá reclinable, supe<br />

por qué fascinó a una generación completa<br />

y al mismo tiempo intuí por qué<br />

su presente es el olvido. <strong>La</strong>s primeras<br />

páginas exhiben la homogénea tesitura<br />

narrativa del proyecto: asalta un estilo<br />

visualmente sugestivo, transparente y<br />

perfecto poblado de detalles íntimos<br />

que orillan a acantilados psicologistas.<br />

Diría que algo de esa fascinación inmediata<br />

permanece y simultáneamente<br />

cambia a lo largo de la novela: los per-<br />

105


sonajes y la complejidad técnica envuelven<br />

al lector tensando sus expectativas,<br />

pero al final resultan fastidiosos y agotadores<br />

los ornamentos.<br />

El ocho de noviembre de 1990 murió<br />

Durrell al sur de Francia, cerca de la<br />

ciudad de Montpellier. «¿Hacía cuanto<br />

tiempo que nadie se preguntaba si estaba<br />

vivo o muerto?», expresó Domínguez<br />

Michael desde México. En efecto, el escritor<br />

anteriormente célebre había pasado<br />

de moda en el momento de su muerte.<br />

Luego de publicar El cuarteto de Alejandría<br />

(1960) no consiguió crear nada tan<br />

memorable, sus intentos más bien fueron<br />

ingratos; El quinteto de Avignon pasó<br />

desapercibido como suelen pasar hoy la<br />

mayoría de las segundas partes. El viejo<br />

amigo de Henry Miller y Anaïs Nin, con<br />

quienes compartió proyectos y tertulias<br />

en París, inmortalizó con el carácter de<br />

su estilo la ciudad de Alejandría, una<br />

ciudad envuelta en la luz de poderosas<br />

descripciones que la hacen mítica, bellísima<br />

e inalcanzable como ciertamente<br />

sólo la invención literaria puede representar<br />

hasta las cosas más abyectas. El<br />

mejor Durrell es el cosmopolita, el esteta,<br />

el escritor mediterráneo enviado a Egipto,<br />

Grecia o Chipre en misión diplomática,<br />

del que se dijo (Edmund Wilson) que<br />

sólo sería leído en las playas y por los<br />

vacacionistas.<br />

Por el tercer libro, Mountolive, es imposible<br />

escapar de la complicidad, ternura<br />

o desencuentro que despierta cada uno<br />

de los exóticos personajes. <strong>La</strong>s redes<br />

que unen a Justine, Nessim, Darley, Clea,<br />

Balthazar y demás, están tendidas en la<br />

imaginación diurna y nocturna del lector<br />

106


que sin querer comienza a vivir como un<br />

reflejo en el espejo de cada uno de ellos.<br />

El universo del Cuarteto pone la sensibilidad<br />

al servicio de la contemplación<br />

estética: caminando con la novela bajo<br />

el brazo uno termina buscando la esquina<br />

de un café de fuertes fragancias, algo<br />

que motive una intimidad viajera o por lo<br />

menos la visión fugaz de algún destello<br />

artístico. Clea, el desenlace de la historia<br />

es igualmente ambivalente, inaprensible:<br />

por un lado, irrita descubrir que<br />

la proliferación de voces se ciñe a la de<br />

un personaje subrepticiamente presente<br />

—¿Durrell cincelando la dura roca del<br />

alter ego?—, hecho que genera un efecto<br />

hermético en la obra. Por otra parte,<br />

fascina acompañar el viaje interior de la<br />

pintora Clea y el escritor Darley en su exhaustiva<br />

búsqueda del arte.<br />

En «<strong>La</strong>wrence Durrell y la novela barroca»,<br />

George Steiner escribió que «A causa<br />

de su encajonamiento y cerrazón, El cuarteto<br />

de Alejandría es más convincente en sus<br />

detalles que en su conjunto. […] Estamos<br />

demasiado cerca para decir el lugar que<br />

ocupará en la evaluación futura de la literatura<br />

inglesa del siglo XX. Pero que ocupará<br />

un lugar es casi seguro». Coincido con el<br />

primer señalamiento, pues el Cuarteto acaba<br />

por parecerse a una colección de pasajes<br />

inolvidables (la terrible descripción de<br />

la vida de Leila o el ingrato reencuentro de<br />

Mountolive con ésta luego de algunos años<br />

de separación o, finalmente, el accidente<br />

de Clea); ¿seguimos demasiado cerca para<br />

situar la obra de Durrell en perspectiva histórica?,<br />

¿en cincuenta años alguien leerá<br />

esta portentosa obra como si descubriera<br />

un tesoro enterrado?<br />

107


108


EL MIEDO<br />

Y LA AUTO<br />

CENSURA<br />

Por Krishna Avendaño<br />

Preguntarse si la escritura es mero<br />

oficio o acción transformadora<br />

que afecta los destinos morales<br />

del mundo nos devuelve al dilema<br />

primigenio: ¿por qué escribimos? Para<br />

contar historias, desde luego, pero decirlo<br />

así, con tal contundencia y simplicidad,<br />

puede suscitar en muchos la<br />

idea de que la literatura es solo entretenimiento.<br />

¿No deberían los escritores<br />

perseguir fines más nobles? ¿Qué hay<br />

de los grandes proyectos, de la búsqueda<br />

de los temas que por siempre<br />

han afligido al ser humano?<br />

No pretendo zanjar el debate con<br />

mis ideas particulares. Esto, en realidad,<br />

es una provocación. Desentenderse<br />

del mundo es tarea vana. Tomar la<br />

pluma es un acto moral en tanto que<br />

la literatura, por fuerza, comenta al<br />

mundo. A pesar de esto, sería erróneo<br />

suponer que todo cuento, novela o<br />

personaje constituye una declaración<br />

de principios. Y, sin embargo, esto que<br />

parece tan evidente no lo es siempre a<br />

los ojos de muchos críticos y lectores.<br />

Peor todavía es cuando el miedo a dar<br />

una imagen equivocada de uno mismo<br />

impone cotos sobre la creación y levanta<br />

el cerco de la autocensura.<br />

A la luz de los tiempos modernos, pareciera<br />

absurdo pensar en la sola idea<br />

de que haya autores en quienes rezume<br />

el terror a abordar ciertos temas. No en<br />

vano, se nos dice, en las sociedades democráticas<br />

se flamea la bandera de la<br />

libertad de expresión. Según esta visión<br />

idealista e ingenua, el miedo al lenguaje<br />

es cosa del pasado y de los totalitarismos.<br />

No escribo estas palabras desde<br />

la Rumanía asolada por el régimen de<br />

Ceasescu que llevó a Herta Müller afirmar,<br />

en su novela <strong>La</strong> bestia del corazón,<br />

que «cuando callamos nos volvemos<br />

desagradables». Transcurre el 2018. <strong>La</strong><br />

habitación en la que escribo está situada<br />

109


en el corazón de una ciudad occidental y<br />

libre donde los discursos ya no son censurados,<br />

a menos que sean incorrectos.<br />

El discurso incorrecto. <strong>La</strong> piedra de<br />

toque de nuestras sociedades modernas.<br />

He aquí una píldora: habremos<br />

conquistado en las constituciones el<br />

derecho a pensar y decir lo que se nos<br />

plazca, y sin embargo esto no anula el<br />

hecho de que a cada época le corresponde<br />

una narrativa social, un relato<br />

preponderante. Para enmendar a Marx,<br />

no es la superestructura económica<br />

sino el discurso lo que determina el espíritu<br />

de una época. Hay quienes dedican<br />

su vida a combatirlo (o a creer que<br />

lo hacen) y otros a ser complacientes,<br />

ya sea por genuino convencimiento o<br />

por la comodidad de vivir dentro de<br />

márgenes bien delimitados. También<br />

están los que aceptan y replican este<br />

discurso por miedo a ser parias en un<br />

mundo que exige actuar de cierta manera.<br />

No faltan quienes lo aceptan por<br />

el deseo de entrar a un círculo cultural<br />

cuya cuota de inscripción es tener y difundir<br />

determinadas ideas.<br />

Principios de siglo XXI. Un autor se<br />

presenta a los tribunales para defender<br />

su novela de un grupo de bienintencionados.<br />

Los cargos: incitar al discurso de<br />

odio. Parece una motivación noble. No<br />

son estos tiempos de intolerancia sino<br />

de aceptación. El intelectual no debería<br />

hacer eco de las voces que ponen en<br />

duda el sueño multicultural. Plataforma<br />

es una novela de Michel Houellebecq<br />

en la que los protagonistas viajan al<br />

sudeste asiático para fundar un resort<br />

donde los occidentales van a desfogar<br />

sus bajos instintos. El choque cultural<br />

lleva a un grupo de musulmanes a co-<br />

110


meter un atentado que más tarde será<br />

justificado por la prensa de Europa.<br />

Houellebecq se mantuvo firme y produjo<br />

obras tanto o más cáusticas que<br />

la que lo llevó a juicio. ¿Sospechaba<br />

Houellebecq que, un decenio más tarde,<br />

la publicación de Sumisión estaría<br />

acompañada de un acto similar al que<br />

describía en la novela que en 2001 lo<br />

llevaría a los tribunales: la masacre de<br />

Charlie Hebdo? ¿Debió censurarse?<br />

¿Cuántas veces dejamos de escribir<br />

por el miedo a que nuestra literatura<br />

se entienda no solo en clave de ficción,<br />

sino como una declaración de principios,<br />

una confesión de lo que en realidad<br />

somos? Al margen de que no escaseen<br />

los escritores comprometidos con<br />

una causa, que revelan deseos y fobias<br />

personales a través de sus libros, la<br />

cuestión de fondo es si vale más la tranquilidad<br />

a la posibilidad de la infamia<br />

que resulta de acatar la voz interna que<br />

lo impele a uno escribir sobre lo escandaloso.<br />

Muchas veces el crítico biempensante<br />

sobreestima el rol personal de<br />

las creaciones. Es descabellado asumir<br />

que aquellos que se meten en la piel del<br />

asesino y racionalizan sus acciones son<br />

en el fondo asesinos; lo hacen porque<br />

necesitan darle verosimilitud a un personaje,<br />

dotarlo de entrañas en vez de<br />

presentarlo como una caricatura.<br />

Si un principio rector debiera tener la<br />

literatura, sería la obligación de los autores<br />

a hacer caso a sus pulsiones por<br />

narrar las historias que llevan dentro<br />

antes que sucumbir a un miedo pusilánime.<br />

Como sociedad, solo podemos<br />

exigirles que, una vez tomada la decisión<br />

de afrontar un tema sensible, lo<br />

haga con la seriedad que se merece.<br />

111


112


MICRO<br />

CUENTOS<br />

113


Allí estaban, inconscientes siguiendo a<br />

la muchedumbre que se aglomeraba a<br />

las orillas del pozo, por dentro había un<br />

tubo del cual escurrían chorros de combustible.<br />

Varias personas entre ellas Tomás<br />

se bañaban sin importar los riesgos,<br />

disfrutaban el momento mientras el resto<br />

de gente no paraba de llenar recipientes<br />

con gasolina para venderlos al mejor<br />

postor. Un helicóptero monitoreaba la<br />

zona, los militares daban gritos para<br />

que se alejaran de allí para evitar alguna<br />

desgracia. Alguien no entendió, Tomás<br />

lleno de euforia, sacó un cigarro y un encendedor<br />

de su bolsa, una chispa bastó<br />

para la explosión.<br />

Mario Ruddyart Bermúdez Pérez<br />

114<br />

—Compadre, me cuenta una leyenda…<br />

para mitigar la noche.<br />

Un brillo azul de luna, casi imperceptible,<br />

refulgó en la oscurana, el instante,<br />

que pareció una eternidad, alumbró<br />

sus ojos gastados; hasta que, acercándose<br />

a la fogata, intentó calentar sus<br />

manos, y soltó a Pedro, la peor historia<br />

de terror:<br />

—<strong>La</strong> muerte está señalándote.<br />

Santiago Risso


Desde el desván del viejo teatro C’est la<br />

vie, un títere abandonado mira por la ventana<br />

perderse el ultimo rayo de sol por entre<br />

las humeantes chimeneas fabriles.<br />

Día a día sus únicas visitas son polillas<br />

y arañas, que devoran su cara y manos<br />

antes finamente talladas.<br />

Mientras una gota de humedad recorre<br />

su nariz, ¡grita! Grita inerme sin que se<br />

mueva su boca, grita en silencio al vació.<br />

Pero en las noches no desfallece,<br />

sino que sueña.<br />

Piensa en venganza y espera que algún<br />

día alguien mueva sus hilos de nuevo.<br />

Giovanni Vázquez<br />

Entonces ahí estaba yo, sentado en la<br />

banqueta, viendo su mirada penetrante<br />

mientras riega su jardín, si es que<br />

así se le puede llamar a ese pedazo de<br />

tierra seca. Como sea, desde que me<br />

mude a este barrio, he visto que mi vecino<br />

tiene costumbres bastante extrañas,<br />

como ponerse a cocinar a media<br />

noche comida con olor desagradable,<br />

hablar con fotografías de su casa, pero<br />

lo más extraño sucede cuando alguien<br />

se acerca a su porche, es como si el notara<br />

inmediatamente la presencia de<br />

alguien y lo mirara a través de la ventana.<br />

¿Qué por qué es raro?...<br />

Pris Fig<br />

1<strong>15</strong>


Llueve. Pero al revés. Otra vez. Es muy<br />

difícil taparse con un paraguas cuando<br />

llueve desde el suelo. Tiene su sentido<br />

entonces, que decidieran cambiarme<br />

de sitio las manos y los pies. Parece<br />

práctico. Duele. Ya me acostumbraré.<br />

Me alegra que se preocupen por estas<br />

cosas, pero esperaba más. Desde luego,<br />

tenía otra idea de lo que sería mi primera<br />

abducción alienígena. Y es que no<br />

para de llover.<br />

Edu Arechaga<br />

116<br />

Mi hijo había estado un poco triste los<br />

últimos días. Cuando le preguntamos<br />

por qué, él nos respondió que se debía<br />

a que Bonzo, su amigo imaginario, se<br />

había marchado.<br />

Un par de días después su madre, al<br />

limpiar su habitación, halló algo que<br />

la aterró y me llamó inmediatamente<br />

por teléfono. Había encontrado una<br />

fotografía y no pude creer lo que veía<br />

cuando me envió la imagen. En ella<br />

aparecía nuestro pequeño en su cama<br />

y junto a él, un hombre adulto vestido<br />

como payaso tomando una selfie de<br />

ambos. Con marcador estaba escrito:<br />

Recuérdame.<br />

Daniel Noohwi


El Señor M. le aseguró que no habría<br />

ningún problema. Lo único que tenía<br />

que hacer era arrojar el cadáver a los<br />

lobos. Cuando terminaran con él, nadie<br />

reconocería a la chica y nadie podría<br />

culparlo. El joven T. siguió su consejo:<br />

los lobos llegaron a primera hora<br />

de la mañana, con sus cámaras y sus<br />

bolígrafos. Una vez que su trabajo estuvo<br />

hecho nadie pudo decir quién era<br />

ella, pero todos sabían lo que llevaba<br />

puesto, y la única responsable estaba<br />

muerta. El joven T. siguió su camino<br />

con la tarjeta del Señor M. bien guardada<br />

en el bolsillo.<br />

Irene González<br />

Los noticieros padecían no tener otra<br />

cosa que informar, en todos se hablaba<br />

de que una explosión dejó un poco<br />

extraño el comportamiento de perros y<br />

gatos y se previa algo anormal en otros<br />

animales en las próximas horas.<br />

Para Irene aquello no era importante,<br />

tuvo que llevar a su hijo al dentista, esperar<br />

a que le quitaran su diente, y luego<br />

cambiar este por una moneda.<br />

Sin embargo, al amanecer, miró un<br />

ratón pasar con un diente. Corrió a ver<br />

a su hijo. Este había sido devorado por<br />

ratones, que le quitaron sus dientes<br />

para entrar por su boca.<br />

Alfredo Olmos Hernández<br />

117


Yo no quería, pero ellos me obligaron,<br />

tras siete años de ruidos con sangre<br />

han terminado.<br />

Yo no quería, sólo pedí silencio, si<br />

mis súplicas erraron no lo hizo mi cuchillo,<br />

que en vuestras entrañas templo.<br />

Yo no quería, ellos eran indefensos, sé<br />

que los amabais pero arrancasteis lo que<br />

amaba yo, la paz que nunca tuve dentro.<br />

Yo no quería, pero ellos me obligaron,<br />

tras siete años de ruidos a mis vecinos<br />

he matado.<br />

Calero J.<br />

Ay, vida triste la mía, llega la noche y<br />

entro en mi cama como último refugio<br />

de mi triste existencia, cierro mis ojos y<br />

dejo que la noche me envuelva con su<br />

cálido manto. De repente, me siento paralizado,<br />

mi cuerpo no responde, lucho<br />

desesperado pero la agonía consume<br />

mis fuerzas. Sombras de ultratumba entran<br />

en mi habitación, la guadaña de la<br />

muerte corta el aire y su negro manto se<br />

extiende sobre mi lecho. El gélido aliento<br />

de la parca me susurra al oído palabras<br />

funestas: Regocíjate, hijo mío, pues<br />

aun en tu muerte, tu tristeza continuará.<br />

Albert Blaz<br />

118


Según recuerdo era una noche cálida,<br />

estrellada y silenciosa.<br />

Estaba sentado en la vieja silla que<br />

en vida perteneció a padre, me sentía<br />

cansado, así que bebí el último sorbo<br />

de café sin mucho entusiasmo, dejé el<br />

periódico sobre la mesa del comedor y<br />

me fui a la cama.<br />

Comenzaba a conciliar el sueño cuando<br />

una voz dulce, tierna, cariñosa, amable<br />

y sutil me dijo al oído: No te preocupes…<br />

Y es desde entonces que no he<br />

podido dormir bien una sola noche.<br />

Cyrano de Hipo<br />

—Que era muy malo se sabía con sólo<br />

observarlo un momento. Sus ojos transmitían<br />

odio en estado puro. Además,<br />

como ella era tan delgadita y él tan corpulento,<br />

aún daba más impresión. ¡Mira<br />

que se veía venir! <strong>La</strong> ha matado, seguro,<br />

y durante toda la semana se ha regocijado<br />

con sus vísceras y su sangre.<br />

—Pues daremos cuenta al juez y procederemos<br />

a entrar —explicó el policía, solícito.<br />

En ese preciso instante se abrió la<br />

puerta del ascensor, dejando paso a<br />

una bella mujer con un sombrero playero<br />

en la mano. <strong>La</strong> seguía un fornido<br />

bulldog francés de aspecto bonachón.<br />

Albert Xurigué<br />

119


Lo de ponerlo en una bolsa cerrada de<br />

papel madera, se aplica para los melones.<br />

Y eso de envolverlo en papel de<br />

aluminio y calentarlo diez minutos en<br />

el horno a noventa grados se aconseja<br />

para las paltas. Ninguno de estos trucos<br />

sirve para madurar a un humano. Y, sinceramente,<br />

no creo que exista alguno.<br />

Por lo tanto hija, te recomiendo que<br />

cuando vuelvas a la Tierra te cerciores<br />

de elegir un humano ya maduro. Si es<br />

necesario sacúdelo un poco con tus rosados<br />

tentáculos.<br />

Silvia Vásárhelyi<br />

120<br />

Cuando Mono llegó al lugar de los hechos<br />

y se topó con el cuerpo, descubrió<br />

que una rata había teñido de rojo un<br />

camino en su huida. Los de la Científica<br />

habían encontrado una ficha de dominó<br />

en la boca del muerto, y pensó que<br />

los chicos de la prensa no se devanarían<br />

los sesos para bautizar al asesino. Preguntó<br />

por curiosidad qué ficha era y le<br />

contestaron que el seis doble. Al teniente<br />

le quedaban dos meses para jubilarse.<br />

Era un alivio, si el psicópata había<br />

comenzado por el principio quedaban<br />

veintisiete cadáveres por descubrir.<br />

Maximiliano Jarque Blasco


Es la una de la madrugada. Sólo queda<br />

un costillar milenario y un menguado<br />

reloj capilla de roble en el congelador.<br />

El sol se asoma en el horizonte.<br />

Daniel Cerini<br />

Si sigo comiendo voy a explotar...<br />

...dijo, y así fue. Pero no por la cantidad<br />

excesiva de comida que ingería<br />

diariamente, sino porque, al preparar<br />

sus huevos, olvidó cerrar el gas.<br />

Carolina Alpuche<br />

En una de las tantas pensiones de los<br />

suburbios de Viena, el joven Adolf Hitler<br />

recibió la carta más esperada de su vida,<br />

hasta entonces. <strong>La</strong>s manos le temblaban<br />

al abrir la misiva y sintió un vuelco<br />

del corazón al leer el dictamen de la Academia<br />

de Bellas Artes: había sido aceptado<br />

por la institución para ingresar<br />

como estudiante de Pintura. Se sintió<br />

más dichoso que nunca y ahora le parecía<br />

una locura el haber siquiera pensado,<br />

alguna vez, dedicarse a la política…<br />

Jorge Sánchez Quintero<br />

121


<strong>La</strong> última vez que visite al doctor me<br />

dio algunas respuestas a mi problema,<br />

creo por fin haber encontrado la solución<br />

definitiva: mutilación<br />

Admito que la sola palabra me provoca<br />

horror.<br />

No sé en qué momento comencé a<br />

sentirme limitado e irritado, mi infancia<br />

fue feliz y plena como la de mis camaradas<br />

y mi adolescencia llena de grandes<br />

experiencias, de sentimiento de vida<br />

No me siento cómodo, me siento<br />

diferente<br />

Sé que tengo a quien más amo conmigo,<br />

mi amada Lydia, en mis sueños<br />

acaricia mi rostro con desbordante ternura<br />

y me mira de una manera que no<br />

podría describir.<br />

Sé que Lydia siempre estará conmigo<br />

He investigado y el procedimiento es<br />

simple, solo es mutilar los dos brazos y<br />

un pequeño ajuste en el rostro, quitando<br />

un par de ojos. Al parecer el resultado<br />

final sería exactamente igual, pero<br />

con solo dos brazos y dos ojos, a lo que<br />

parecen llamar Humano.<br />

Merlina Santillán<br />

122<br />

Que pare el que tenga freno... Dijo el maquinista<br />

y aceleró el tren.<br />

Maria Victoria del Valle Martinez


El bullicio de las sirenas era ensordecedor.<br />

El tránsito se acumulaba. Eran las<br />

nueve de la noche y John Cossack, estaba<br />

a cargo del caso. El periodista Jack<br />

Pérez había sido asesinado. Su asociado<br />

Víctor Sinclair fue aprehendido por<br />

amenazas. En el retén fue puesto en libertad<br />

por falta de pruebas concrtetas.<br />

Hacía dos semanas la limpiadora de la<br />

agencia de Pérez entró en su oficina. El<br />

guardián que llevaba una carta certificada<br />

vio que ellos se besaban. Se regresó<br />

para entregarla en otro momento.<br />

Cuando Cossack descubrió que Matilde<br />

era la esposa del conserje, el asesinato<br />

quedó resuelto.<br />

Luis Antonio Aguilar Monsalve<br />

Vida bohemia, trabajo en negro, cotizaciones<br />

sociales aleatorias, empleo<br />

discontinuo, administración manirrota,<br />

tres divorcios, varias adicciones… Al<br />

llegar a la jubilación, el artista de circo<br />

ya no aspiraba a vivir en un chalecito<br />

en la costa. Aspiraba a que no fuera<br />

muy doloroso el momento en que entrara<br />

a formar parte de la cadena trófica<br />

de los leones.<br />

Héctor Daniel Olivera Campos<br />

123


MIENTRAS<br />

TANTO,<br />

EN GOOGLE<br />

BOOKS...<br />

Por Aurora Ceres<br />

124<br />

El asesino del candado, de Fran Vives,<br />

estuve a punto de ponerlo como el libro<br />

feo del mes desde que vi su portada y leí<br />

su sinópsis; pero, al leerlo, me di cuenta<br />

que es un libro que vale la pena leer.<br />

A pesar de que deja muchos huecos<br />

en la trama, en algunos momentos cae<br />

en lugares comunes y, citando a George<br />

Harrison, podríamos decir que eso<br />

ya se ha visto si consideramos el punto<br />

medular de la historia, es un libro que<br />

vale la pena leer de principio a fin, pues<br />

capítulo tras capítulo te tiene una buena<br />

sorpresa que te mantiene aferrado<br />

a sus páginas. Claro que, si eres un lector<br />

consumado, va a ser sencillo que te<br />

adelantes a los hechos y adivines que<br />

va a pasar después.<br />

Recomendado para los amantes del<br />

misterio y la lectura policíaca, yo digo<br />

que este es nuestro libro bueno del mes.


<strong>La</strong> sombra de la araña, de Amaya Felices,<br />

es un libro al que me metí sin saber (pero<br />

imaginándome) lo que me iba a encontrar...<br />

Y puesto que mis espectativas eran<br />

bajas realmente no perdí mucho.<br />

Pese a que en lo personal odio los<br />

libros que están narrados en presente<br />

y en primera persona, principalmente<br />

dentro del género de las novelas juveniles<br />

(con sus muy contadas excepciones,<br />

por supuesto), debo aceptar que<br />

esta novela está muy bien narrada y<br />

la autora sabe lo que hace al tratar de<br />

enredarte en su mundo de fantasía. El<br />

problema es que la historia es tan trivial<br />

y los personajes tan comunes que<br />

es como ver una película el sábado en<br />

la mañana mientras hace el quéhacer.<br />

Con un buen desarrollo y una trama<br />

que deja mucho que desear, este es nuestro<br />

libro feo del mes.<br />

<strong>La</strong>sh: parte uno (El ángel roto I), de L.<br />

G. Castillo, se puede resumir en una<br />

sola frase: otro más...<br />

<strong>La</strong> historia es la más común que nos<br />

puede dar una novela juvenil en estos<br />

tiempos: una chica con problemas sociales,<br />

familiares y psicológicos (como<br />

si hicieran falta más personajes con ese<br />

perfil), un chico misterioso que resulta<br />

tener relación con algo paranormal, y<br />

qué bueno que esta vez no son vampiros,<br />

pero están transformando a los ángeles<br />

en lo mismo; un amor prohibido<br />

y muchas situaciones que le causarían<br />

grima hasta a los más aferrados lectores<br />

le este género. En cuestiones técnicas<br />

la traducción es buena.<br />

En conclusion, este es el libro malo<br />

del mes. Recomendable solo para las<br />

fans de estas novelas o para quien gusta<br />

torturarse a sí mismo.<br />

125


126<br />

CO<br />

LOS A<br />

QUE COM<br />

ESTE N


Dulia I. Fernández<br />

Nacida en Coatzacoalcos, Ver. En marzo<br />

del año 1997. Actualmente es estudiante<br />

de la Licenciatura de Lingüística<br />

y Literatura Hispánica en la BUAP. Egresada<br />

de la Lic. En Gestión y Dirección<br />

de Negocios de la Universidad Veracruzana,<br />

ha sido miembro del Grupo Regional<br />

de Teatro Quetzales de la zona<br />

Coatzacoalcos-Minatitlán y participado<br />

en el Festival de Teatro Universitario,<br />

realizado anualmente en la Ciudad<br />

de Xalapa.<br />

NOCE A<br />

UTORES<br />

PONEN<br />

ÚMERO<br />

Krishna Avendaño<br />

Ciudad de México. Es autor del libro de<br />

poemas Una ciudad transgénica (2009).<br />

Ha recibido en tres ocasiones el primer<br />

lugar en la categoría de ensayo del certamen<br />

Caminos de la libertad. Textos<br />

suyos, que van de la literatura a la filosofía<br />

política, pueden encontrarse en el<br />

blog Bitácora transparente.<br />

127


Manuel Rodríguez<br />

Nacido en 1983 en CDMX, estudió Artes<br />

Escénicas en la facultad de Bellas<br />

Artes, Querétaro. Es egresado de VFS<br />

con una especialidad en fotografía y<br />

composición Digital, cuenta con más<br />

de veinte puestas en escenas a nivel<br />

profesional. Ha escrito y dirigido tres<br />

proyectos cinematográficos en formato<br />

corto, cuenta con cinco exposiciones<br />

fotográficas individuales. Fue becario<br />

de FONCA y PECDA.<br />

Adriano Gonzalez<br />

Nació en Nuevo León, México, el 29 de<br />

marzo de 1998. Siempre tuvo una aficion<br />

por la escritura pero odiaba leer.<br />

En la preparatoria comenzó leyendo<br />

cómics y después empezó a leer libros.<br />

Comenzó a escribir cuando no pasó a<br />

la escuela de ingeniería y quería usar<br />

ese tiempo para hacer algo de provecho.<br />

Después se dio cuenta que le gustaba<br />

y quería dedicarse a escribir.<br />

Cristian Méndez Paternina<br />

Barranquilla, Colombia. 1987. Licenciado<br />

en educación artística, docente en<br />

ejercicio de su profesión y colaborador<br />

permanente de revistas literarias de<br />

circulación local, ha publicado un puñado<br />

de relatos bajo el título Ejercicios<br />

de inmensidad: una aproximación a lo<br />

exótico desde la exaltación de lo trivial.<br />

En sus escritos lo simple y lo frívolo se<br />

decodifican para adoptar una suerte<br />

nefasta, paradójica, que tiene como escenario<br />

la cotidianidad.<br />

128<br />

J.B. Fernandini<br />

Juan Bautista Fernandini. 21 años. Es<br />

argentino y actualmente vive en Buenos<br />

Aires. Estudió cine en la Universidad<br />

de Buenos Aires y ahora estudia<br />

actuación en la Universidad del Salvador.<br />

Como pasatiempos le gusta escribir<br />

relatos cortos y sacar fotografias. Su<br />

autor favorito es Stephen King.


Jesús Alberto Galván Rosales<br />

Nació en la ciudad de Irapuato, Guanajuato,<br />

México y estudia la preparatoria<br />

en la ciudad de Celaya. Desde que tiene<br />

memoria, el crear historias es lo más<br />

hermoso de su vida.<br />

Tomas Alejandro Apan<br />

Nació el 2 de abril de 1997 en la ciudad<br />

Puebla. Actualmente radica en la Ciudad<br />

de México y estudia economía. Le gusta<br />

escribir historias de ficción a las que se<br />

les pueda encontrar un significado más<br />

allá de lo que las palabras puedan decir.<br />

Le apasiona también el cine, la historia y<br />

querer comprender el presente.<br />

Adolfo Quesada Chanto<br />

Nació el 10 de noviembre de 1966 en Pérez<br />

Zeledón, San José, Costa Rica. Estudió<br />

en la Universidad de Costa Rica donde se<br />

graduó como Licenciado en Microbiología<br />

y Química Clínica, 1988. Posteriormente,<br />

en 1993 sacó un doctorado académico en<br />

Bioquímica y Biotecnología, Universidad<br />

de Braunschweig, Alemania Federal. Es<br />

docente universitario desde 1998 y profesor<br />

catedrático en la Universidad de Costa Rica.<br />

Alonso Tolsá<br />

Idealista, lector de novelas. Estuvo becado<br />

por el FONCA (2017) y la FLM (2019).<br />

129


N.C. Ayensa<br />

Nació en Zaragoza (España) en 1991. Ha<br />

sido economista y profesor, y le fascina<br />

lo oculto, el misterio y el terror desde<br />

que tiene memoria. Escribe por afición<br />

y apenas difunde lo que escribe, aunque<br />

es ésta una manía que pretende<br />

corregir. Sus logros, hasta la fecha, son<br />

terroríficos (para él) por poco impresionantes:<br />

dos victorias en concursos de<br />

relatos escolares y un microrrelato publicado<br />

en Microterrores II (20<strong>15</strong>).<br />

Johnny José Manuel Parra Carrera<br />

(Caracas, Venezuela 1998). Escritor por<br />

afición, idiota a conveniencia y educado,<br />

porque así se tiene que ser. Heredero de<br />

los rasgos de su madre, y según ella, del<br />

carácter de su padre. Heredero también<br />

de los valores de ambos. En busca de un<br />

lugar en el mundo, si es que el mundo<br />

tiene un lugar para él.<br />

Omar Soto<br />

Nacido en Cd. Obregón, Sonora en el<br />

año de 1994, Omar Soto comenzó a<br />

rebotar en diferentes áreas artísticas a<br />

muy temprana edad. Mostrando interés<br />

por la música y formando parte de<br />

bandas locales en su adolescencia, así<br />

como participando en la realización<br />

de cortometrajes, y ahora, como joven<br />

adulto, con el fuerte interés de convertirse<br />

en un escritor de tiempo completo.<br />

Barbarella D´Acevedo<br />

Escritora, profesora e investigadora. Licenciada<br />

en Arte teatral, perfil Teatrología,<br />

Máster en Educación por el Arte.<br />

Graduada del Centro de Formación Literaria<br />

Onelio Jorge Cardoso.<br />

130


Hernando Orozco Losada<br />

Médico y Magíster en Sociología de<br />

la Universidad del Valle, estudios de<br />

Especialización en filosofía política<br />

contemporánea y de Maestría en Literaturas<br />

Colombiana y <strong>La</strong>tinoamericana.<br />

Docente varios años de sociología<br />

y publicó artículos de investigación y<br />

ponencias nacionales e internacionales.<br />

Tiene algunos cuentos publicados<br />

en Colombia, México y España.<br />

Camilo Fernández Otálora<br />

Nació en noviembre del año 1986 en medio<br />

del D.F., la que en aquel entonces era<br />

la ciudad más grande del mundo. Ahora<br />

ya no es D.F. ni es tan grande. Es mexicano<br />

y, por sus padres, colombiano, pero al<br />

igual que la ciudad, ya no soy ni lo uno ni<br />

lo otro. Actualmente dirije un taller literario<br />

y trabaja en su primera novela y un<br />

libro de relatos.<br />

PabloBrion<br />

45 años, ingeniero en sistemas, papá<br />

de una hija hermosa, e incondicional<br />

bibliófago de fantasía y ciencia ficción.<br />

Abandonéóel café y sucumbió en el intento.<br />

Adicto al chocolate y a los puntos<br />

suspensivos. Publicó dos relatos en<br />

antologías, un libro de cuentos en formato<br />

digital y cuatro años de historias<br />

en un blog.<br />

Juan Manuel <strong>La</strong>barthe<br />

Nació en la ciudad de México en 1974.<br />

Escribe cuento, teatro y poesía. Su obra<br />

de teatro Hotel Alkar ha sido montada<br />

en Barcelona, Ciudad de México, Veracruz<br />

y Lima. En poesía obtuvo el primer<br />

lugar en el 4to Concurso de cuento<br />

y poesía de ciencia ficción José María<br />

Mendiola en 2017 y el primer lugar en el<br />

1er premio internacional de poesía de<br />

la Editorial Rostros en 2018.<br />

131


Gabriel Bevilaqua<br />

Escritor argentino afincado a orillas del<br />

río Paraná. Se dedica especialmente al<br />

cultivo de la minificción y el cuento. Sus<br />

textos han aparecido en una veintena<br />

de antologías de Argentina, México y<br />

España. Entre otras: Cienfictimínimos<br />

(México, 2012); De antología. <strong>La</strong> logia del<br />

microrrelato (España, 2013); Brevedades<br />

(Argentina, 2013); 40 plumas y pico<br />

(España, 2014); <strong>La</strong>s palabras contadas<br />

(España, 20<strong>15</strong>). Mantiene la bitácora El<br />

elefante funambulista.<br />

David Jáuregui Beovide<br />

Mexicano, nacido en Torreón Coahuila<br />

en agosto de 1978. SOGEM Guadalajara.<br />

Caleidoscopio X Antología de cuentos.<br />

Editorial <strong>La</strong> Zonambula, 2013<br />

José Severo<br />

Originario de León, Guanajuato. Tiene<br />

23 años, es estudiante de psicología<br />

y su área de enfoque es la social. Comenzó<br />

a leer al inicio en la universidad,<br />

hace aproximadamente cuatro años,<br />

es gran admirador de la generación<br />

perdida y de novelas del boom latinoamericano.<br />

Comenzó a escribir hace un<br />

par de años.<br />

Daniel Canals Flores<br />

Escritor aficionado, a sus cuarenta y<br />

cinco años inició su carrera sin ninguna<br />

experiencia previa. Le gusta escribir<br />

poemas, relatos cortos y microcuentos<br />

inspirado por lecturas de Charles<br />

Bukowski o Kerouac. Acaba de autopublicar<br />

su primera novela corta titulada<br />

Divorcio Diferido. En preparación, estoy<br />

escribiendo la siguiente cuyo título<br />

será Asesinato comprimido.<br />

132


Juan Rey Lucas<br />

Filósofo, ensayista, cuentista, poeta. Estudió<br />

en la Facultad de Filosofía y Letras<br />

de la Universidad Nacional Autónoma<br />

de México (U.N.A.M) campus Ciudad<br />

Universitaria. Habiendo tomado cursos<br />

de redacción autobiográfica en la Casa<br />

Universitaria del Libro, siendo alumno<br />

de la escritora Rosa Nissan. Así mismo<br />

ha incursionado en semanarios de la<br />

red: Concepto Arte, Edición Veinte, Revista<br />

Monolito, Revista Areté, Pravia Magazine,<br />

Diversidad Literaria.<br />

Héctor Fabio García Libreros<br />

Héctor Fabio García Libreros (7 de septiembre<br />

de 1992, Guadalajara de Buga,<br />

Colombia). Estudiante en licenciatura<br />

de filosofía de la universidad nacional<br />

a distancia. Amante y aficionado de<br />

la literatura, prácticamente amateur<br />

del atletismo y gran admirador de las<br />

puestas de sol. Desde 2012 ha participado<br />

en concurso literarios y ha tenido<br />

distinciones como menciones especiales<br />

y publicaciones.<br />

Juan David Almeyda Sarmiento<br />

Nacido en Bucaramanga, Colombia;<br />

ciudad en la cual reside. Con estudios<br />

en pedagogía de la Escuela Normal Superior<br />

de Bucaramanga y en filosofía de<br />

la Universidad Industrial de Santander.<br />

María Baón<br />

Madrid, 1969. Licenciada en Ciencias de<br />

la Información por la Universidad Complutense.<br />

He trabajado y estudiado en Alemania<br />

y Chile. Trabajo como crítica, lectora<br />

y traductora editorial y en mi pequeña<br />

empresa de enseñanza de Español como<br />

Lengua Extrajera. He publicado y presentado<br />

trabajos de poesía (finalista premios<br />

Espronceda y Jovellanos), fotografía (Círculo<br />

de Bellas Artes), performance (Teatro<br />

Pradillo), narrativa (ganadora del premio<br />

Ana María Matute) y ensayo (revista Visor).<br />

133


en nuestro<br />

siguiente número:<br />

Más artículos,<br />

cuentos, microcuentos,<br />

y mucho más...

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