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LA

HABANA

54 | 03•2019


Visita la capital cubana y déjate transportar por

su embriagadora mezcla de paisajes y sonidos.

REIF LARSEN TOMADO DE THE NEW YORK TIMES

Vista panorámica

de La Habana, Cuba.


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JUSTO ANTES DE FIN DE AÑO, mi esposa

y yo dejamos a nuestros dos hijos

en casa bajo el cuidado de mis padres,

en Nueva York, y nos escapamos a La

Habana con el propósito de disfrutar

de unas breves vacaciones. En más de

una oportunidad tuve la impresión de

que habíamos abierto un portal a un

universo paralelo.

Cuba, isla que se extiende por el

Caribe como una bandera enredada,

está a tan solo 160 kilómetros al sur

de Cayo Hueso, Florida. En algunos

aspectos, bien podría estar a 16,000

kilómetros. El país languidece ante la

incertidumbre de la era post-Fidel y

post-Obama. Muchos cubanos con los

que hablamos refirieron la visita del

presidente Obama en 2016 como un

primer paso crucial para normalizar

las relaciones entre ambas naciones.

Sin embargo, tal optimismo ha

dado paso a una especie de limbo

del que surgen más preguntas que

respuestas: ¿el auge repentino de las

empresas privadas (como Airbnb [que

ofrece hospedaje de terceros]) en la

isla es una señal de lo que vendrá o

es una mera fachada de lo que seguirá

siendo un régimen totalitario? ¿Qué

pasará ahora que no hay un Castro al

frente? Y si me dirijo a Cuba, ¿se hará

añicos mi mente capitalista?

Igual que muchas otras personas,

me había mantenido al tanto, con

un interés especial, del caso de los

miembros de la misión diplomática

estadounidense en Cuba que habían

sufrido una serie de síntomas miste-

riosos (náuseas, pérdida de audición,

mareos, lagunas de memoria e incluso

daño cerebral). Los medios de comunicación

y el Departamento de Estado

de Estados Unidos apuntaron a un ataque

con armas sónicas o de microondas

como la posible causa del cuadro.

Entonces, ¿por qué ir a Cuba y ponerse

en la mira de la inestabilidad,

tanto diplomática como acústica?

Porque esa es la finalidad de viajar.

Como escribió José Martí, el emblemático

poeta y filósofo: “En tiempos

de crisis, los pueblos del mundo deben

apresurarse a conocerse”. Nadie

puede predecir lo que ocurrirá con

Cuba en los próximos años; por ese

motivo tenemos que darnos prisa y

llegar a la capital en este momento.

Visitarla es ser testigo del instante en

que un ave exótica está a punto de salir

volando de su jaula.

CUANDO UNO VIAJA A CUBA, sobreviene

una cierta reacción consumista.

Allí no hay excesos capitalistas. Las

cosas se utilizan, luego se usan un

poco más hasta que por fin se deshacen.

Y entonces se reconstruyen.

Nuestro chofer en La Habana había

heredado su convertible Buick Invicta

1959 rojo cereza de su padre, quien, a

su vez, lo heredó del suyo. El motor

era original. Le pregunté cuántos kilómetros

había recorrido el automóvil.

“Eso no puede medirse”, sentenció.

Aquí, muchas cosas se resisten a

ser medidas. El tiempo se vuelve un

enigma. Al llegar a la capital, luego

FOTOS: (PORTADILLA) SEAN PAVONE/SHUTTERSTOCK. (ESTA PÁGINA) ANDRÉS GARCÍA MARTÍN/SHUTTERSTOCK


Antiguo auto estadounidense

estacionado en una pintoresca

calle de La Vieja Habana.


El Malecón (arriba) es una avenida costera y la vialidad más famosa de Cuba.

Bailarinas en traje típico en el Callejón de Hamel (abajo); se trata de un pasaje

de dos calles cubiertas de arte callejero afrocubano.


FOTOS: (SUPERIOR) KONSTANTIN AKSENOV/SHUTTERSTOCK. (INFERIOR) ALVARFUENTE/SHUTTERSTOCK

de aterrizar en el Aeropuerto Internacional

José Martí, nos sumergimos de

golpe en un fantasmagórico torbellino

de historia: Plymouths estadounidenses

de los 50, Ladas rusos de los 70,

Fiats Polski polacos de los 80, carretas

tiradas por burros y uno que otro Peugeot.

Era como si cada momento del

pasado aún estuviera presente.

Los cubanos tienen una relación

complicada con el tiempo. El sistema

socialista exige que este no sea propiedad

privada; como casi todo lo demás,

es un bien común. Por lo tanto,

la gente está acostumbrada a hacer

filas a fin de obtener servicios. Está

tan habituada a ellas que estas ya no

existen, simplemente hay grupos de

personas que conviven, charlan, y,

por pura casualidad, esperan afuera

de un banco o en la parada del autobús.

Cuando llega alguien más, pregunta:

“¿Quién es el último?”. Un dedo

se levanta. El nuevo se incorpora y las

horas siguen su marcha.

Uno de los jóvenes con los que hablamos

mientras esperábamos le restó

importancia a este inconveniente.

“Sí, hay escasez de bienes. No, no es

lo ideal”, admitió. “La empresa privada

es importante, pero no queremos limitarnos

a copiar el modelo estadounidense,

en el que, sin ofender, todo

gira en torno al dinero”.

Uno de los grandes regalos de nuestra

corta estancia en La Habana fue el

tiempo mismo. En concreto, no contar

con Internet de manera ininterrumpida.

La Habana acaba de permitir la

conexión pública vía wifi, aunque solo

en algunos parques y esquinas. Hay

que comprar una tarjeta para navegar

por la Red. Así, nos unimos con culpa

a las masas nocturnas en el parque

John Lennon (que no debe confundirse

con el parque Lenin, ubicado a

las afueras de la urbe), encaramados

frente al brillo de los teléfonos inteligentes.

¿Será este el sitio en donde se

gesta una nueva revolución? ¿Tendrá

su propio emoji?

Deambulábamos por parques oscuros

de noche porque, en su mayor

parte, Cuba es completamente segura.

Hay poca delincuencia, o eso afirman

las autoridades. Como suele suceder,

cuando investigas un poco, no todo

es lo que parece: la isla tiene la sexta

tasa de encarcelamiento más alta del

mundo. Si no hay criminalidad, ¿por

qué hay tantos convictos? ¿O no existe

porque todos los criminales están tras

las rejas? Cuando le planteé esta cuestión

a nuestro chofer, se limitó a encogerse

de hombros.

“Hay un viejo chiste”, repuso al fin.

“De los 11 millones de cubanos, 5 millones

son policías”.

NO SOY EL PRIMERO

en decirlo: las calles

de La Habana

son embriagadoras.

La ciudad es

bastante fotogénica

tal como está, no necesita filtros.

Nuestro hospedaje se ubicaba en El

Vedado, barrio residencial, tranquilo


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en apariencia, de mansiones que envejecen;

ahí también se encuentran

algunos de los centros nocturnos más

animados de la capital y la Fábrica

de Arte Cubano, una antigua fábrica

de aceite de cocina convertida en un

enorme recinto artístico. La noche

que lo visitamos celebraron un desfile

de modas, un concierto y la inauguración

de una galería, todo en uno. Los

cubanos se las ingenian para convertir

lo que tienen en algo mejor que la

suma de sus partes.

Caminamos desde El Vedado. Anduvimos

a pie por el Malecón, la

avenida y paseo marítimo conocido

como el “sofá de la ciudad”, donde los

TIPS PARA VIAJAR

CÓMO LLEGAR. Hay vuelos directos

a La Habana que parten desde la

mayoría de las principales ciudades.

CUÁNDO IR. Gracias al clima tropical

de la isla, La Habana es un destino

atractivo durante todo el año. Las

temperaturas son algo más frescas

desde noviembre hasta finales de la

primavera, pero también es la temporada

seca, por lo que pueden esperarse

muchos días soleados. Aunque

hay más lluvias tropicales en verano y

otoño, sigue habiendo bastantes días

despejados. Puede haber huracanes

en esos meses; sin embargo, es imposible

predecir cuándo se formarán

o si afectarán a Cuba.

Encuentra más información en:

www.cubatravel.cu

jóvenes salen a ver y ser vistos mientras

el océano golpea la escollera. Paseamos

por el Centro Habana —o “la

verdadera Habana”, como muchos la

llaman—, que se cae a pedazos. Todos

estaban en casa por las vacaciones;

el ambiente era festivo. Esquivamos

agua arrojada desde los balcones.

Atravesamos el Callejón de Hamel,

recubierto con el arte callejero afrocubano

de Salvador González: bañeras

con inscripciones incrustadas en las

paredes, así como coloridos murales

de cuerpos danzantes enredados. Pasamos

junto al alegre hervidero de un

festival callejero de rumba.

¿Acaso se festejan a diario? No me

sorprendería. De hecho, los habaneros

son de las personas más animadas

que he conocido. Los ciudadanos

de muchos de los países socialistas y

postsocialistas que he visitado suelen

irradiar un cinismo cuidadosamente

afinado. Los cubanos son el polo

opuesto. Si bien no ignoran los problemas

que enfrenta su patria, les falta

tiempo para deprimirse porque... ¡hay

un festival callejero de rumba! (y un

coche que arreglar, un apartamento

que alquilar, comida que comprar).

Hasta Jesús estaba enterado. El

Cristo de La Habana es una estatua

de mármol de Carrara de 20 metros de

altura, que contempla la ciudad desde

una colina al otro lado de la bahía.

“El Cristo de Río es así”, dijo nuestro

guía, extendiendo los brazos. “El

nuestro lleva un mojito y un puro”. La

bendición cubana.


Los desconocidos nos hacían plática

a menudo: “¿De dónde vienen?”.

Sonreían cuando les contestábamos.

“Nos encanta Estados Unidos. Tengo

un primo que vive allá, en Queens.

Hace frío ahí, ¿verdad? Yo me moriría

congelado. Por favor, cuéntenle a

todo el mundo que Cuba es hermosa.

No hay mafia ni guerra. Solo mojitos

y salsa para bailar”. Con la mano en

el abdomen y la punta del pie girando

con pericia sobre el polvo, nos mostraban

los pasos.

PARA EL CUBANO promedio,

por supuesto,

no todo es tomar

mojitos y entregarse

al ritmo de la salsa.

Cada día es un acto

de supervivencia improvisada. No

obstante, como visitantes de esta isla

milagrosa, seguimos el ejemplo del

Cristo de La Habana y bebimos bastantes

mojitos. Se fueron como agua.

En general, la comida fue poco memorable,

pero no se viene a Cuba por eso.

Uno viene a ser transportado, a bailar,

a absorber la asombrosa mezcolanza

de arquitectura colonial y art déco, a

reflexionar sobre los murales callejeros

de Yulier Rodríguez Pérez tan

tristes y ajenos, a escuchar historias

de un mundo paralelo que comienza

a fundirse lentamente con el propio.

También se viene por el sonido.

Nunca había estado en un lugar cuya

identidad estuviera tan arraigada con

su huella auditiva. El pum pum gutu-

ral de los Cadillacs de ocho cilindros

construidos antes de que naciera mi

padre; el mar que se alza y se estrella

en el malecón; los timbales que percutían

en un bar; el arrastre de una

escoba en algún umbral, el estruendo

de los cañones ceremoniales disparados

cada tarde desde la Fortaleza de

San Carlos de la Cabaña.

En nuestra última noche en La Habana

fuimos a ver a Roberto Fonseca y

su banda Temperamento en el famoso

club de jazz La Zorra y el Cuervo. Para

entrar, hay que formarse antes de bajar,

a través de una réplica de cabina

telefónica roja estilo británico, hasta

un pequeño salón subterráneo.

Fonseca y sus compañeros llegaron

uno por uno, se saludaron y probaron

sus instrumentos. No había prisa. La

música comenzó hasta mucho después

de las 11:00 p. m. Sin embargo,

al sonar la primera nota, todo pareció

desvanecerse: la ciudad, la isla, el mar,

el mundo entero. El baterista era humilde,

incorruptible, generoso. Fonseca

recorría el teclado como gacela.

El percusionista, cuando por fin llegó

su turno, soltó tal avalancha de ritmo

que los átomos de la sala comenzaron

a estremecerse y dividirse. Díganme,

¿existe un instrumento más extático

que la conga?

Al terminar la canción, el mundo

regresó de golpe, cambiado e inmutable

a la vez. Sí, estábamos en Cuba.

Todavía.

Recuperamos el aliento y empezamos

a aplaudir.

TOMADO DE THE NEW YORK TIMES (12-III-2018). © 2018 POR THE NEW YORK TIMES CO., DE NUEVA YORK. NYTIMES.COM

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