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SECCIÓN DE LIBROS CLÁSICA

Los

recuerdos

favoritos

de un

veterinario

rural

ILUSTRACIONES: VICTOR AMBRUS

Conmovedoras anécdotas

de los días en que James Herriot

atendió animales en Yorkshire Dales.

TOMADO DEL LIBRO

ALL CREATURES GREAT AND SMALL


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HACÍA CALOR dentro

del pequeño y desvencijado

autobús.

Me había sentado

del lado equivocado:

el Sol de julio daba

de lleno. Me retorcí con incomodidad:

vestía mi mejor traje. Era ridículo

usarlo en este clima, pero no muy lejos

me esperaba mi posible patrón. Tenía

que causar una buena impresión.

Había mucho en juego en esta entrevista:

ser un cirujano veterinario

recién graduado en 1937 era equivalente

a sacar turno en la fila del subsidio

por desempleo. No podía creer

que hubiera recibido la carta desde

el pequeño pueblo de Darrowby, en

Yorkshire Dales. El señor Siegfried

Farnon, miembro de la Universidad

Real de Cirujanos Veterinarios

(MRCVS, por sus siglas en inglés)

quería verme. Me citó a tomar el té;

si llegábamos a un acuerdo, podría

contratarme como asistente. Era la

oportunidad de mi vida: muchos de

los amigos que se habían recibido

conmigo aún no hallaban empleo.

Jamás había estado en Yorkshire y el

nombre siempre me había evocado la

imagen de un condado tan aburrido

y poco romántico como su budín. Sin

embargo, conforme el vehículo subía

una pendiente empecé a sorprenderme.

Las elevaciones irregulares

resultaron ser altas montañas con

vegetación y amplios valles. Los ríos

corrían entre los árboles y las granjas

de piedra gris presentes a su paso.

Siegfried Farnon. Un nombre extraño

para un veterinario de Yorkshire

Dales. Comenzaba a imaginármelo:

un hombre bajo, algo robusto, con

ojos alegres y risa burbujeante.

Si bien a Darrowby no se le dedicaba

mucho espacio en las guías de

viaje, cuando se mencionaba se describía

como un pequeño pueblo insulso

a orillas del río Darrow con un

mercado empedrado y, salvo sus dos

puentes antiguos, pocas atracciones.

No obstante, el paisaje del pedregoso

cauce y las casas agrupadas una tras

otra era hermoso. Desde cualquier lugar,

desde las calles o por las ventanas

de las viviendas, se podía ver cómo el

páramo bañaba todo con su verde

calma a más de 600 metros sobre los

tejados apiñados.

Trengate era una calle tranquila

que desembocaba en la plaza; desde

ahí vi el consultorio veterinario Skeldale

House. Supe que era el edificio

que buscaba antes de estar lo suficientemente

cerca como para leer “S.

Farnon, MRCVS” en la antigua placa

metálica que colgaba un poco chueca

de las rejas de hierro. Era tal como se

describía en la carta: la única casa cubierta

por la hiedra. Ahora que al fin

estaba allí, de pie frente a la entrada,

sentía que me faltaba el aire. Si conseguía

la vacante, aquí sería dónde

podría conocerme a mí mismo.

Toqué el timbre y, de inmediato, los

sonoros aullidos de una jauría hicieron

añicos la paz. La mitad superior

de la puerta era de vidrio y, al echar


un vistazo, noté a un grupo de perros

reunidos en un pasillo largo, agolpados

contra la puerta. Una mujer de

gran tamaño apareció en el pasillo.

Le bastó pronunciar una palabra para

que reinara la calma.

—Buenas tardes —dije con mi mejor

sonrisa—. Soy Herriot—.

Evidentemente, el nombre

no significó nada

para ella—. El señor Farnon

está esperándome.

¿Dónde diablos

estaba Farnon?

Había gastado

mis últimas libras

para llegar aquí,

y si había algún

error estaría

en apuros.

Vengo a la entrevista por

el puesto de asistente.

El rostro de la mujer

se relajó ligeramente.

—Soy la señora Hall.

Trabajo aquí para el

señor Farnon, cuido

la casa: ya sabe, es un

hombre soltero. No me

dijo que vendría, pero

no se preocupe. Pase,

por favor, y tome una

taza de té. No creo que se demore mucho.

Ha ido a visitar a su madre.

La seguí hasta una sala con iluminación

natural, de techos altos, muy

espaciosa y con una enorme chimenea.

En uno de los extremos había

una larga ventana que daba a un extenso

jardín de paredes altas. Desde

ahí pude ver el césped descuidado,

una rocalla y árboles frutales. Más allá

se alzaban los montes verdes.

Aunque los canes se acomodaron

en distintos puntos de la sala, yo no

lograba relajarme. ¿Por qué alguien

escribiría solicitando un auxiliar, concertaría

una cita y, luego, iría a visitar

a su madre?

Mis reflexiones se vieron interrumpidas

por el timbre y los ladridos. No

había señal alguna de la señora Hall,

así que decidí acercarme a la puerta

principal, frente a la cual los perros

estaban desgañitándose.

—¡Cállense! —grité, y

el escándalo cesó. Abrí

la puerta.

—¿Se encuentra el señor

Farnon?

—No, salió. ¿Puedo

ayudarlo en algo?

—Ah, sí, dele este

mensaje cuando vuelva.

Dígale que soy Bert

Sharpe, de Barrow Hills,

que tengo una vaca que

necesita taladro. Está

funcionando solo con

tres cilindros y si no la

atendemos le estallará

la botella. No queremos a ese delincuente

entre nosotros, ¿verdad?

Había escuchado mi primer caso

sin haber entendido absolutamente

una palabra de lo expuesto.

Comenzó a dolerme la cabeza

mientras atravesaba la larga ventana

y avanzaba al jardín. Me desplomé en

el césped y recosté mi espalda sobre

una alta acacia. ¿Dónde diablos estaba

Farnon? Había gastado mis últimas

libras para llegar aquí, y si había

algún error estaría en apuros.

Incliné la cabeza, me apoyé contra

la corteza del árbol y cerré los ojos. Al


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poco tiempo oí una voz grave decir:

“Hola, hola”. Abrí los ojos. Un hombre

alto y delgado estaba apoyado contra

la pared con las manos en los bolsillos.

“Lamento haberte hecho esperar.

Soy Siegfried Farnon”.

Era el hombre más inglés que había

visto en mi vida. Estilizado y con el

rostro enmarcado por una mandíbula

cuadrada. Bigote pequeño y recortado,

cabello rubio y desprolijo. Vestía

un antiguo saco de tweed y unos pantalones

de franela sin gracia. El cuello

de su camisa a cuadros estaba algo

deshilachado y, la corbata, anudada

sin esmero.

—Discúlpame por no haber estado

aquí cuando llegaste. Tengo una

pésima memoria y simplemente lo

olvidé—. También era la voz más inglesa

que había escuchado—. Entremos.

Quiero mostrarte el lugar.

Farnon me pone a prueba

—Esto —dijo Siegfried con cierto brillo

en sus ojos— es el dispensario.

Era un lugar importante antes de

que existieran la penicilina y las sulfonamidas.

Filas de frascos brillantes

cubrían las paredes blancas de techo

a suelo. Disfruté la sensación de detectar

nombres conocidos y familiares.

—Mira todo esto, Herriot —dijo—.

¡Adrevan!, ese es el medicamento

para combatir los parásitos rojos en

los caballos. Y mira estos dispositivos

intrauterinos violetas. Al colocar

uno de ellos en el útero de una vaca

tras una limpieza, las secreciones adquieren

un color bastante agradable.

Realmente parece como si estuviera

haciendo algo. ¿Conoces este truco?

Colocó algunos cristales de yodo resublimado

sobre una placa de vidrio

y agregó una gota de trementina. Una

nube de humo violeta subió en espiral

y con fuerza. Soltó una carcajada al

ver mi cara de sorpresa.

—Parece brujería, ¿no es así? Lo uso

para las heridas en las patas de los caballos.

La reacción química permite

que el yodo penetre mejor en los tejidos.

Al menos esa es la teoría. Impacta

hasta a los clientes más exigentes.

Ambos nos quedamos de pie observando

las filas de frascos sin tener

idea de que, prácticamente, todo

aquello era inútil y que los días de

esos remedios estaban contados.

Le mencioné la visita de Sharpe:

—Dijo algo sobre taladrar a una

vaca que estaba funcionando con tres

cilindros. Habló de botellas y delincuentes,

realmente no entendí.

Farnon rio.

—Creo que puedo traducir eso. Lo

que quiere es que opere a una de sus

vacas por un pezón tapado. La botella

es la ubre y “delincuente” es el

término local para la mastitis. Bueno,

será mejor que vaya con Sharpe. ¿Qué

te parece si vienes conmigo y te muestro

el pueblo?

Fuera de la casa, Farnon me señaló

un auto Hillman bastante maltrecho.

Perplejo, di un vistazo a los neumáticos

gastados, a la pintura oxidada, al

parabrisas prácticamente opaco. El


asiento del copiloto no estaba sujeto

al piso. Entré y, al sentarme, me fui

hasta atrás; quedé con la cabeza sobre

las plazas traseras y los pies contra el

techo. Farnon me ayudó a levantarme

mientras se disculpaba con mucha

elegancia. Luego partimos.

Siegfried era un conductor muy

poco ortodoxo. Aparentemente cautivado

por el paisaje, manejaba muy

lento al descender de la montaña con

los codos apoyados sobre el volante y

el mentón sobre las manos. Ya en la

parte inferior, salió de su embelesamiento

y aceleró a 110 kilómetros por

hora. Mi sillón movedizo se balanceaba

de un lado a otro mientras me

aferraba con los pies al piso del carro.

Nos detuvimos en una granja.

—¿Dónde está el caballo rengo?

—inquirió Farnon.

Trajeron a un corpulento Clydesdale

castrado; observamos con atención

mientras el granjero lo hacía

trotar por el lugar.

—¿En qué pata te parece que está

el problema? —preguntó mi colega—.

¿La izquierda? Sí, yo también lo creo.

¿Te gustaría examinarlo?

Pedí un martillo y di unos golpes a

la pared del casco de una de sus patas.

—Parece tener pus —noté.

—Correcto. Ahora evaluaré tu técnica

—agregó después de darme un

cuchillo para pezuñas.

Con el embargo de estar bajo escrutinio,

levanté el casco del equino

y lo sujeté entre mis rodillas. Sabía


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lo que tenía que hacer: encontrar

la marca oscura sobre la planta por

donde había ingresado la infección

y seguirla hasta llegar al absceso.

Raspé la suciedad; no hallé una, sino

varias máculas. Di unos golpes más,

opté por una de ellas e hice la incisión.

El casco estaba duro como el mármol

y la navaja apenas desprendía

partículas diminutas. Además, el paciente

parecía agradecer que su pata

herida estuviera en el aire y se apoyó

sobre mi espalda.

La marca se iba difuminando y, tras

insertar el cuchillo por última vez,

desapareció por completo. Maldije en

silencio y comencé a seguir otra. Con

la espalda a punto de reventarme y el

sudor entrando en mis ojos, sabía que,

si en este intento no lo lograba, tendría

que descansar. Y eso era lo último que

deseaba con la mirada de Farnon sobre

mí. Seguí golpeando y, a medida

que el orificio se hacía más profundo,

mis rodillas comenzaron a temblar

sin control. El caballo descansaba

feliz, sostenido por este compasivo

humano. Finalmente, bajo la hoja del

cuchillo, salió un delgado hilo de pus.

—Bien hecho, Herriot —dijo Farnon,

quien administró una inyección

de tétanos; después le pidió al granjero—:

¿Podría sostener la pata un segundo

mientras desinfecto la cavidad?

El hombre bajo y fornido sujetó la

cuartilla entre sus piernas mientras

Farnon rellenaba el orificio con cristales

de yodo y agregaba un poco de

trementina. Luego desapareció en una

cortina de humo violáceo. Cuando se

aclaró el ambiente, se asomaron un

par de ojos redondos y sorprendidos.

—Increíble, señor Farnon, por un

momento me pregunté qué diablos

estaba pasando. Es maravilloso lo que

la ciencia puede hacer hoy en día.

Hicimos dos visitas más, la última

a la vaca de la ubre tapada. Sharpe

estaba esperando. Nos acompañó al

establo y Farnon me señaló a la paciente.

Me senté en cuclillas y palpé

la ubre; pude sentir la masa de tejido

endurecido en la parte central. Habría

que fragmentarlo con ayuda de un extractor

e introducir la delgada espiral

metálica en la ubre. Un segundo después

estaba tendido, sin poder respirar,

en el conducto de excrementos

con una huella impresa en el frente

de mi camisa.

—Lo siento, joven, debí haberle advertido

que esta es una vaca muy amigable.

Siempre le gusta dar un buen

apretón de manos —dijo Sharpe cubriéndose

la boca con la mano.

Me levanté con dignidad. Con

Sharpe sosteniéndole el hocico y Farnon

levantando la cola del animal,

atravesé la masa fibrosa y eliminé

el obstáculo. Al concluir el procedimiento,

el granjero presionó la ubre y

salió un chorro largo, blanco y espumoso

que se estrelló en el suelo.

—¡Excelente! ¡Ahora podrá andar

con cuatro cilindros!

LLEGAMOS A UN SILENCIOSO pueblo

y Farnon frenó con violencia.


—Aquí hay un pequeño bar. Entremos

por un trago.

El bar era simplemente una gran cocina

cuadrada y revestida con piedras.

Una chimenea enorme y un antiguo

horno negro ocupaban uno de los

extremos. Había una docena de hombres

sentados en sillas

de respaldo alto que cubrían

las paredes. Frente

a ellos, varios tarros

descansaban sobre mesas

de roble agrietadas

y pandeadas por su antigüedad.

Farnon tomó

asiento, pidió dos cervezas

y se dio la vuelta:

—Bueno, el trabajo es

tuyo si lo quieres. Cuatro

libras por semana, más

hospedaje y alimentos.

¿Qué te parece?

—Gracias —dije, esforzándome

por no

mostrar un aire triunfante; ese salario

equivalía a la opulencia—. Acepto.

Una joven de mi edad

La granja estaba ubicada sobre terreno

plano en una curva del río. Caminé

alrededor de las construcciones,

gritando como era costumbre, porque

algunas personas consideraban que

entrar a la casa y preguntar si estaba el

granjero era un sutil insulto. Los buenos

campesinos solo estaban adentro

durante la comida. Pero nadie respondió

a mis gritos, por lo que decidí

llamar a la puerta.

Había pasado

mucho tiempo

desde mi última

conversación con

una chica de mi

edad. Me había

olvidado de cómo

era eso.

—¡Adelante! —gritó alguien.

Abrí la puerta y me encontré con

una inmensa cocina repleta de jamones

y tocinos colgando del techo

con ganchos. Una joven con camisa

a cuadros y pantalones verdes de lino

estaba amasando. Levantó la mirada

y sonrió:

—Lamento no poder

acercarme, tengo las

manos muy ocupadas.

Levantó los brazos,

los tenía blancos por la

harina hasta el codo.

—No hay problema.

Mi nombre es Herriot.

He venido a ver a un

ternero con un problema

en una pata, según

entendí.

—Sí, creemos que

se ha fracturado. Si no

le importa esperar un

minuto, yo misma lo

acompañaré. Mi padre y los muchachos

están en el campo. Me llamo Helen

Alderson, por cierto—. Ya afuera,

me miró y rio—: Es una caminata algo

larga. El animal está en uno de los edificios

más apartados.

—Bien. No hay problema —le aseguré

tras mirarla unos segundos.

Al seguirla, me invadió un pensamiento:

esta nueva moda de mujeres

que usan pantalones, además de tener

ventajas, podía ser revolucionaria.

Abrí una de las hojas de la puerta;

apenas podía ver al paciente en medio

de la oscuridad.


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—¿Podrías sostenerle la cabeza

mientras lo reviso? —le pedí.

La joven sujetó al ternero con manos

expertas, una justo debajo del

mentón y la otra en una oreja. La pequeña

criatura temblaba.

—Bueno, el diagnóstico era correcto.

Una fractura limpia de cúbito

y radio, pero se ve muy poco desplazamiento,

por lo que un yeso bastará.

Empapé una de las vendas en un

balde y la coloqué en la pata del rumiante;

repetí la operación dos veces

más hasta que la extremidad quedó

cubierta por una funda blanca que se

endurecía rápidamente.

La joven le soltó la cabeza y el pequeño

se alejó trotando.

—¡Increíble! —exclamó—. ¡Ya está

apoyándose sobre la pierna! ¿No se

ve mucho más feliz?

Sonreí. El ternero no sentía dolor

con los huesos lesionados inmovilizados;

el temor que siempre desmoraliza

a un animal herido se había

desvanecido como por arte de magia.

—Tendrá que usar la férula un mes,

así que esperaré el llamado y regresaré

a quitárselo —le aseguré.

Salimos del granero. El resplandor

del Sol y el aire cálido nos recibieron

como una ola. Contemplé el valle.

—Es muy hermoso aquí arriba

—afirmé—. No puedo evitar sentir

pena por los miles de veterinarios que

no trabajan en Yorkshire Dales.

Comencé a hablar de mi trabajo;

luego, casi sin darme cuenta, estaba

narrando mis días como estudiante,

contándole sobre los buenos tiempos,

los amigos que había hecho, nuestras

esperanzas y metas. Yo no solía ser

muy parlanchín. Pero ella se sentó mirando

el horizonte, con los brazos alrededor

de sus rodillas, y sonrió en los

momentos adecuados. Había pasado

mucho tiempo desde mi última conversación

con una chica de mi edad.

Me había olvidado de cómo era eso.

Pese a que no tenía prisa, parecía que

el tiempo se había evaporado y ya caminábamos

de nuevo a la granja. Con

la mano en la puerta del auto, la miré.

—Bueno, nos vemos en un mes.

Sonaba a una eternidad.

—Gracias por lo que hiciste —dijo

ella sonriente y, cuando encendí el

motor, se despidió y entró a la casa.

—¿Helen Alderson? —dijo Siegfried

más tarde mientras almorzábamos—.

Una chica encantadora. Su madre murió

hace unos años y ella se encarga

de todo: cocina y cuida a su padre, a

un hermano y a una hermana más pequeños—.

Se sirvió un poco de puré

de papas—. La mitad de los jóvenes

la corteja, pero a ella no parece interesarle

nadie. Supongo que debe ser

un poco quisquillosa.

¿Los animales tienen alma?

La tarjeta colgaba al lado de la cama

de la anciana. Era una tira de cartón

de unos 20 centímetros de largo en la

que se veía una caligrafía simple; estaba

puesta sin cuidado en una antigua

llave de gas. Desde donde estaba

recostada, la señora Stubbs podía


verla y leer la frase: “Dios está cerca”,

escrita con letras mayúsculas.

Había estado confinada a una cama

desde hacía ya mucho tiempo. Pero

nunca mencionaba su enfermedad

ni su dolor; su preocupación eran sus

tres perros y sus dos gatos.

Yo había ido a verla a menudo durante

más de un año y la rutina nunca

cambiaba: los canes ladraban con enjundia

y la señora Broadwith, mujer

que cuidaba a la señora Stubbs, los

llevaba a todos, excepto al paciente, a

la parte trasera de la cocina.

Ese día era el turno del viejo Prince.

Por el estado de su corazón debería

haber muerto hace mucho. Escuché

con mi estetoscopio. Parecía que la

misma cantidad de sangre que salía

de su corazón era bombeada al sistema

circulatorio.

Me puse de pie, le di una palmada

en la cabeza y le inyecté digitoxina.

—Espero que esto le regule el corazón

y la respiración, señora Stubbs.

También voy a dejarle algunos medicamentos

para la bronquitis.

Ahora comenzaba el siguiente paso

de la visita: la señora Broadwith traía

una taza de té y soltaba al resto de los

animales. En ese momento Ben, un

Sealyham, y Sally, una cocker spaniel,

comenzaban un concurso de ladridos

ensordecedores con Prince. Los gatos

maullaban para no quedarse atrás.

Ese era el escenario habitual de las

muchas tazas de té que tomé con la

señora Stubbs bajo la pequeña tarjeta

que colgaba al lado de su lecho. Allí

sentado, me sentía algo intimidado

por la responsabilidad que tenía. Lo

único que traía algo de luz a la vida de

esta valiente anciana era su devoción

por su peluda pandilla. Y todos los

miembros eran ya muy viejos.

Mi siguiente visita fue en respuesta

a un llamado urgente de la señora

Broadwith. Ben había colapsado. “Fallecido

al llegar” es lo que escribimos

los veterinarios en los registros. La señora

Stubbs miró por la ventana durante

un momento y luego anunció:

—Sabe, señor Herriot, sigo yo.

—¡Ay, por favor! Hoy se siente un

poco triste, eso es todo —le aseguré,

pero me sentía perturbado: nunca

había siquiera sugerido algo así antes.

—No tengo miedo —dijo—. Sé que

me espera algo mejor. Nunca lo he

dudado—. Hubo un silencio mientras

ella, recostada en calma, miraba la

tarjeta. El terror invadió su mirada y

me sujetó la mano con fuerza—: Son

mis perros y mis gatos, señor Herriot;

temo no volver a verlos cuando ya no

esté aquí y eso me agobia—. Movió la

cabeza sobre la almohada y vi lágrimas

rodar por sus mejillas—. Dicen

que los animales no tienen alma.

—Yo no creo eso—. Le di unas palmaditas

en la mano que sostenía la

mía—. Si tener alma significa poder

sentir amor, lealtad y gratitud, los animales

tienen más que muchos humanos.

No tiene de qué afligirse.

La congoja se esfumó de su rostro.

—Lamento aburrirlo con esto. Sé

que usted es joven. Pero, dígame, por


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favor, ¿usted qué cree? ¿Mis animales

se irán conmigo?

Me acomodé en la silla y tragué saliva

una o dos veces.

—Señora Stubbs, me temo que mis

conocimientos sobre el tema son precarios,

pero estoy convencido de algo:

ellos irán a donde sea

que usted vaya.

Ella aún me miraba

fijamente, pero su rostro

se veía calmo otra vez:

—Gracias, señor Herriot.

Sé que está siendo

honesto. Eso es lo que

cree, ¿verdad?

—Lo creo —dije—.

Con todo mi corazón.

AL CABO DE CASI un

mes, de forma completamente

accidental, me

di cuenta de que esa

había sido la última vez

que vería a la señora

Stubbs. Yo estaba haciendo mis rondas

cuando un granjero mencionó

que su casa estaba en venta.

—¿Y la señora Stubbs? —pregunté.

—Partió hace unas tres semanas.

Dicen que la casa está en bastante

mal estado.

—¿La señora Broadwith no vive ahí?

—No, escuché que está viviendo en

el otro extremo del pueblo.

Conduje mi pequeño y desvencijado

vehículo a toda velocidad hacia

el barrio. La señora Broadwith me

abrió la puerta.

Fue una espera

agradable. La

señora Chapman

preparó té y untó

mantequilla en

bollos caseros.

Susie parió un

cachorro cada

15 minutos.

—Bueno, fue muy triste lo de la señora

—dijo—. De todas maneras, tuvo

un final en paz. Se quedó dormida.

No pude contenerme más:

—¿Qué pasó con los animales?

—Están en el jardín —dijo con

calma—. Tendrán un buen hogar conmigo

mientras vivan.

Observé el típico rostro

rural de Yorkshire:

mejillas pesadas con

arrugas que enmarcaban

unos ojos afables.

—Eso es maravilloso

—dije—. ¿Pero no le resultará

un poco… eh…

costoso alimentarlos?

—No, no se preocupe.

Tengo mis ahorros.

—Bueno, yo seguiré

cuidando su salud.

Me levanté y me dirigí

hacia la puerta.

La señora Broadwith

me retuvo con la mano.

—Solo me gustaría pedirle algo antes

de que empiecen a vender las cosas

de la casa. ¿Podría entrar y recoger

lo que haya quedado de los medicamentos

que usted les recetaba? Están

en la habitación principal.

Tomé la llave y entré a la casa vacía.

Nadie había movido nada. Caminé

por ahí, guardé botellas a medio consumir,

un frasco de pomada, la caja

con los comprimidos del viejo Ben.

Ya no iría más a ese lugar y, al llegar

a la puerta, me detuve y leí por última

vez la tarjeta al lado de la cama vacía.


Como llegar a casa

Había llegado el día del Baile de los

Narcisos en el bar Drovers’ Arms.

Era un baile formal en el que se presentaba

una conocida banda local,

Lenny Butterfield and His Hot Shots,

así como un evento anual para festejar

la entrada de la primavera. No era

forzoso ir en pareja a la fiesta, así que

bailé con todas las chicas. En la mejor

parte de la velada, estaba en la pista

con Daphne, una gran bailarina. Todos

cantaban mientras bailaban; yo

sentía que mis preocupaciones no

existían. Entonces vi a Helen.

Tenía que seguir cumpliendo mi

deber con las chicas de nuestro grupo,

y cada vez que me dirigía a Helen alguien

la sacaba a bailar. Aunque a

veces creía que me miraba, no podía

asegurarlo. Luego se me acercó el gerente

del lugar y me dijo que tenía una

llamada. Una perra estaba teniendo

problemas en el parto y tenía que ir

a verla. Helen estaba a unos metros:

—¿Ya te vas, Jim?

—Sí, me hablaron porque hay una

emergencia, voy a tener que irme.

—Qué pena. Ojalá no sea nada serio.

Abrí la boca para hablar, pero su

castaña belleza y la extrema cercanía

de su presencia me abrumaron.

La tomé de la mano y sentí cómo sus

dedos se entrelazaban con los míos y

sujetaban también mi mano.

Por un instante, no hubo banda ni

ruido ni personas: solo nosotros dos.

—Acompáñame —le dije.

Helen sonrió y murmuró:

—Voy por mi abrigo.

Tuve que volver al consultorio por

el instrumental y una vez que estuvimos

en el pasillo, lo más natural del

mundo fue tomarla en mis brazos y

besarla suave y lentamente.

Nunca antes había conducido tan

despacio camino a un caso, iba a unos

10 kilómetros por hora. Con la cabeza

de Helen apoyada en mi hombro, percibía

los aromas de la primavera que

se colaban por la ventana abierta. Era

como haber estado navegando en mares

bravos y llegar a un puerto seguro,

como llegar a casa.

Había visto a Bert Chapman un par

de días antes, sentado en un banco.

Levantó la mano para saludarme con

una enorme sonrisa que atravesaba su

rostro enrojecido por el Sol. Pero esa

noche su semblante no era el mismo.

—Lamento molestarlo tan tarde, señor

Herriot —dijo, mientras nos hacía

pasar—. Estoy un poco preocupado

por Susie. Sus cachorros ya están en

camino y ella estuvo dando vueltas

todo el día, pero algo pasó.

Examiné el abdomen de Susie. Estaba

tan redondo como una pelota,

lleno de cachorros listos para salir.

Luego introduje mi mano y la inspeccioné

con cuidado.

—Parece que hay un cachorro

grande atorado. Si logro sacarlo, los

otros saldrán pronto. Quizá sean más

pequeños—. Hice una pausa—. Pondré

los fórceps en su cabeza y veré si se

mueve. Si no funciona, tendré que llevarla

al consultorio para una cesárea.


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Esterilicé el instrumental con el

fuego y, al calentar el acero, un tinte

grisáceo inundó el rostro rosado de

Bert; su esposa se alejó y se acurrucó

en la silla: no serían de gran utilidad

como asistentes. Entonces Helen sostuvo

la cabeza de Susie mientras yo

trataba de localizar al cachorro. Logré

introducir el fórceps y colocarlo en la

cabeza del animalito.

Una situación como esta no permite

jalar ni aplicar fuerza. Solo se

puede intentar facilitar el paso del

cuerpo. Me pareció sentir al menos

algún desplazamiento; Susie también

parecía sentir que las cosas mejoraban.

Abandonó su estado de apatía

y comenzó a pujar, por lo que logré

extraer al perrito casi sin resistencia.

Aunque la diminuta criatura estaba

recostada sobre la palma de mi mano,

no había señales de respiración. Sin

embargo, luego de presionar el pecho

del animal con el pulgar y el dedo mayor,

pude sentir que su corazón latía

de manera regular. Sin perder tiempo,

le abrí la boca e inflé suavemente sus

pulmones. La pequeña cavidad de las

costillas se hinchó de pronto, luego

otra vez y otra.

—¡Está vivo! —exclamó Bert con

felicidad—. ¡Eso es, campeón! Queremos

que estos perritos vivan.

—Sí —agregó su mujer—. Ya los dimos

a todos en adopción.

Le apliqué a Susie medio centímetro

cúbico de pituitrina.

—Creo que lo necesitará después

de haber pujado durante horas para

sacar a este chico de allí. Esperaremos

a ver qué sucede ahora.

Fue una espera muy agradable.

La señora Chapman preparó té y comenzó

a untar mantequilla en unos

bollos caseros. Susie, en parte con

ayuda de los fármacos, pujó y dio a

luz a un cachorro cada 15 minutos sin

asistencia. Bert se relajó.

—Es muy amable de su parte que se

queden con nosotros, chicos —dijo la

señora Chapman algo preocupada—.

Deben querer regresar al baile.

Sujeté con fuerza la mano de Helen,

que había estado sosteniendo debajo

de la mesa.

—Descuide, señora Chapman —dije—.

No nos perdemos de nada.

Y nunca había sido más sincero.

—Bueno, señor Herriot —repuso

ella—, no sé cómo agradecerles por

haber venido. No sé qué habría hecho

con este hombre si algo le hubiera sucedido

a la perrita.

Bert sonrió tímidamente.

—No es cierto —murmuró—. No

estaba tan asustado.

Su esposa sonrió y abrió la puerta;

mientras salíamos de la casa y nos

sumergíamos en la noche, sujetó mi

brazo y me miró con ojos pícaros:

—Asumo que es su novia —dijo.

Coloqué mi brazo sobre los hombros

de Helen.

—Sí, es mi novia.

El toro por los cuernos

Tras esa noche, simplemente me dejé

llevar y adopté el hábito de visitar a


Helen. Claro que luchaba por contener

el impulso de ir a diario; estaba el

trabajo, el peso de las buenas costumbres…

y el señor Alderson.

El padre de Helen era un hombre

pequeño y silencioso que se había

vuelto muy introvertido desde que

falleció su esposa, unos años atrás.

Si las cosas no marchaban bien mantenía

extensos diálogos

entre dientes consigo

mismo; sin embargo,

cuando se sentía satisfecho

por algo tendía a

entonar un fuerte y desentonado

tarareo.

Cuando el señor Alderson

estaba cerca, mis

visitas eran incómodas,

y era una pena porque

él me caía muy bien.

Pero no había forma de

eludir el hecho de que

él estaba molesto conmigo.

Se hizo a la idea

de que su hija se casaría

con un hombre rico y disfrutaría una

vida de opulencia y sin preocupaciones;

tenía una faceta muy testaruda

que se rebelaba ferozmente ante cualquier

indicio de cambio de planes.

Por eso era un alivio cuando lograba

salir de la casa con Helen. Eran

momentos tranquilos: íbamos a los

bailes en el pueblo, caminábamos

kilómetros entre las montañas o, a

veces, me acompañaba en mis visitas

nocturnas. Las cosas podrían haber

continuado de esta manera por

¡Ve a pedirle

matrimonio a esa

chica y lleguen al

altar antes de fin

de mes! Tienes que

aprender a tomar

el toro por los

cuernos, James.

siempre de no haber sido por una

conversación que tuve con Siegfried.

Mientras nos contábamos los sucesos

del día, él sonrió y se golpeó la rodilla

con la mano:

—Anoche vino el viejo Harry Forster

a pagar sus cuentas. Fue realmente

gracioso, se sentó y mientras miraba

hacia la sala dijo: “El nido que formó

aquí es muy lindo, señor

Farnon. Es tiempo

de que haya un pajarito

aquí, ¿sabe?”.

—Usted es el mejor

prospecto en Darrowby

—dije tras reírme—.

La gente no estará feliz

hasta no verlo casado.

—Un momento—respondió

Farnon—. No

creo que Harry se refiriera

a mí; creo que

hablaba de ti. Y es verdad.

Ya es hora de que

te cases.

—¡Por favor, Siegfried!

Mi carrera apenas empieza. No tengo

dinero, no tengo nada. Ni siquiera he

contemplado el matrimonio.

Farnon se rio y me miró con cariño.

—¿Conque no tienes dinero? Mira,

uno de estos días te convertirás en mi

socio, así que nunca te faltará el pan.

Y en lo que toca a un hogar, aquí sobran

las habitaciones vacías. Podrías

hacerte un apartamento privado en

el piso de arriba sin problema alguno.

Pasé la mano por mi cabello, en un

gesto que pretendía ocultar mi azoro.


SELECCIONES

—Hace que todo suene muy fácil.

—¡Es que es así de fácil! —Siegfried

se levantó de un salto de su silla—: ¡Ve

a proponerle matrimonio a esa chica y

lleguen al altar antes de que termine

el mes! —Me señaló con el dedo—.

Tienes que aprender a tomar al toro

por los cuernos, James, y a dejar a un

lado esa indecisión.

—Está bien —dije mientras me levantaba

desganado de la silla—. Entendí

el mensaje.

En ese momento me pareció que

su opinión era ridícula; sin embargo,

no hay duda de que gracias a él me

convertí en el padre de una gran familia

que, aún siendo yo muy joven,

ya estaba entrada en años. Cuando

hablé del tema con Helen, ella aceptó

de inmediato y fijamos una fecha muy

próxima para hacerlo. Fue una época

muy feliz con solo una nube empañando

el horizonte.

—Jim —me dijo Helen—, vas a tener

que hablar con mi padre. Ya es hora

de que lo sepa.

Mi encuentro

con el señor Alderson

Parpadeaba amodorrado buscando el

reloj: 1:15 de la madrugada. Levanté

el auricular del teléfono y murmuré.

Me sobresalté al reconocer la voz del

señor Alderson. Candy estaba en labor

de parto y algo no andaba bien.

Era la vaca de la casa, una preciosa y

pequeña Jersey, así como la mascota

del señor Alderson. Yo esperaba que

no fuera nada grave.

Cuando llegué en el auto, vi a Stan y

Bert, dos asistentes que llevaban años

trabajando allí, parados al costado de

su patrón. Colgué mi abrigo en un

clavo y comencé a desabotonarme

la camisa. Me arrodillé detrás de la

vaca. Torsión de útero. Esta no sería

una victoria sencilla para mí.

—El útero se ha desviado. Hay un

ternero con vida, pero no tiene forma

de salir. Para corregir la torsión, tendremos

que intentar que la vaca ruede

hacia el lado contrario mientras yo

sostengo a la cría. Qué bueno que

seamos muchos los presentes.

—¿Y eso solucionará todo, cierto?

—preguntó el señor Alderson.

Tragué saliva. A veces el procedimiento

funcionaba; otras no, y en

aquellos tiempos aún no era común

practicar cesáreas en el ganado. Si no

tenía éxito, me esperaba la difícil tarea

de tener que decirle al señor Alderson

que enviara a Candy al carnicero.

—Todo saldrá bien —aseguré.

Puse a Bert en las patas delanteras,

a Stan en las traseras, y el granjero

sostuvo la cabeza del rumiante, recostado

en el suelo. Luego me estiré tanto

como pude sobre el piso de cemento

y metí la mano hasta que logré asir la

pata del ternero.

—Ahora gírenla —dije; los hombres

empujaron las extremidades e hicieron

rotar a la vaca en el sentido de las

manecillas del reloj. La maniobra no

parecía estar surtiendo efecto—: Empujen

hasta que esté sobre su pecho

—ordené jadeando.


Con pericia, Stan y Bert le sujetaron

las patas y la hicieron rodar. Mientras

ella se acomodaba en esa posición, yo

dejé salir un grito de dolor.

—¡Vuelvan a ponerla en la posición

original, rápido! ¡Estamos girando hacia

el lado equivocado!

La suave franja de

tejido se había tensado

sobre mi muñeca infligiéndome

un apretón

El señor Alderson

sirvió dos tragos

de whisky y me

ofreció uno. Aclaró

su garganta; sentí

cierta tensión

crecer en

el ambiente.

adormecedor con una

potencia aterrorizante.

Pero los hombres trabajaban

como rayos. En

unos segundos, Candy

quedó como al principio

y volvimos a empezar.

Apreté los dientes con

fuerza y volví a sujetar la

pata del ternero.

—De acuerdo, ahora

lo intentaremos hacia el

lado contrario.

Esta vez el giro fue contra las manecillas

del reloj y logramos rotarla 180

grados sin que nada sucediera. Yo solo

mantenía sujetada la pata; la resistencia

fue tremenda.

—Muy bien. ¡Hagámoslo de nuevo!

—grité y los hombres empujaron al

animal un poco más.

Fue hermoso sentir cómo todo se

desenmarañaba como por arte de

magia, que mi brazo podía moverse

libremente en el amplio útero, y que

el ternero ya comenzaba a deslizarse

hacia mí. Saboreando la victoria justo

a la vuelta de la esquina, Candy continuó

con el proceso de alumbramiento

y, con un prolongado esfuerzo, sacó

al pequeño empapado que descendió

hasta quedar en mis brazos.

El señor Alderson se balanceaba

sobre los tacos de sus botas. Lo hará

en cualquier momento,

pensé. Y así ocurrió:

de repente brotó el desentonado

tarareo, aún

más fuerte que lo habitual,

como un himno a

la alegría.

Me pareció que no

habría nunca un mejor

momento que ese. Tras

toser de nervios, hablé

con decisión:

—Oiga, señor Alderson

—dije—, quiero casarme

con su hija.

Su melodía se vio

abruptamente interrumpida

y él se dio

vuelta, con mucha lentitud, hasta quedar

frente a mí. Luego se inclinó con

rigidez, levantó uno a uno los baldes,

vació el agua y se dirigió a la puerta.

—Será mejor que entremos a la casa

—repuso con parquedad.

El señor Alderson sirvió dos tragos

de whisky y me ofreció uno. Aclaró su

garganta; sentí cierta tensión crecer

en el ambiente.

—Vaya, vaya —empezó—, el clima

está seco como pocas veces—. Le dio

un gran sorbo a su vaso, hizo gestos

y sacudió violentamente la cabeza—.

Nada nos caería tan bien —afirmó—


SELECCIONES

como una tormenta nocturna. ¿No lo

crees así?

Luego dirigió su mirada hacia la alfombra

y habló con voz suave:

James —dijo—, mi esposa fue muy

especial: una en un millón. Era la mujer

más grandiosa del mundo entero.

Y la más linda—. Levantó la mirada

y, con el fantasma de una sonrisa,

agregó—: Nadie pensó jamás que tendría

a un tipo como yo a su lado, pero

así fue —hizo una pausa y su mirada

se perdió a lo lejos.

Comenzó a contarme sobre su cónyuge

fallecida. En ningún momento se

refirió a ella como una “buena trabajadora”.

Se limitaba a decir que había

sido hermosa y amable, y que él la había

amado mucho.

También habló sobre Helen; me

contó las cosas que ella decía y hacía

cuando era pequeña, y sobre el gran

parecido que guardaba con su madre.

Él nunca mencionó nada sobre

mí, pero el hecho de que estuviera

hablando con tanta libertad parecía

una buena señal de que las barreras

comenzaban a desvanecerse.

En realidad, tal vez había estado

hablando sin ninguna clase de restricción.

Iba a la mitad de su tercer

whisky, y, en mi experiencia, los

hombres de Yorkshire simplemente

no podían con tanto. Estaba a punto

de tomar la botella de nuevo, cuando

se percató del reloj en la pared.

—¡Diablos! Parece que son las 4:00

de la madrugada. Prácticamente ya no

vale la pena irse a la cama, pero su-

pongo que es mejor descansar, aunque

sea una o dos horas.

Tomó su último trago, se levantó

con rapidez y luego se fue de cabeza

hacia los utensilios de hierro de la chimenea,

acompañado por un desagradable

estruendo.

Horrorizado por la escena, me apresuré

con el propósito de ayudarlo; sin

embargo, él logró incorporarse al

instante y me miró a los ojos como si

nada hubiera sucedido.

—Bueno, creo que será mejor que

me retire —me disculpé—. Muchas

gracias por el trago.

No tenía sentido alguno que me

quedara más tiempo, pues advertí que

las probabilidades de escuchar “Tienes

mi bendición, hijo” o algo similar

eran muy remotas. No obstante, algo

me hizo dudar; entonces di media

vuelta y dije:

—Solo lo acompañaré a subir las

escaleras, señor Alderson.

Mi voz fue contundente y no opuso

resistencia cuando le sujeté el brazo.

Se detuvo, indeciso, frente a la

puerta de su habitación, como si estuviera

a punto de decir algo. Después

de todo, se limitó a asentir con la cabeza

varias veces antes de entrar a su

recámara. Me relajé al escuchar un

fuerte y desentonado tarareo que escapaba

por las paredes. Lo más seguro

es que todo saliera bien.

El momento cumbre

La verdad es que no puedo recordar

mucho de la boda. Se trató de una


ceremonia muy tranquila. Sentí un

enorme alivio cuando Helen y yo

estuvimos listos para partir. Al dejar

atrás Skeldale House, Helen me tomó

de la mano.

—¡Mira! —gritó entusiasmada—.

¡Mira hacia allá!

Debajo de la vieja placa de metal

de Siegfried, que siempre colgaba ligeramente

chueca sobre los soportes

de hierro, se veía una nueva. Era mucho

más moderna y decía: “J. Herriot

MRCVS. Cirujano veterinario”.

Esta, en cambio, estaba atornillada

a la pared y se había usado un nivel

para que estuviera derecha.

Siegfried había dicho algo así como:

“Vas a ver mi regalo de bodas al salir”.

Si bien no muchas personas reciben

el privilegio de convertirse en socios

de un negocio como presente de nupcias,

eso fue lo que yo obtuve, y ese

fue el punto cumbre de esos tres años

compartiendo la inagotable generosidad

de este veterinario.

De pronto, mientras le sonreía

a Helen, me di cuenta de lo sublime

del escenario que nos rodeaba y de

que el aroma que despedían los tréboles

y el césped tibio resultaba más

embriagador que cualquier vino. Parecía

que mis primeros tres años en Darrowby

me habían llevado hasta este

momento; que estaba dando el primer

gran paso de mi vida aquí mismo con

Helen y con el recuerdo, muy fresco, de

mi nueva placa colgando frente al consultorio

veterinario Skeldale House.

Juegos mentales: Soluciones

A JUGAR

21 dólares, con 7 fichas de 3

dólares, y con 2 fichas de 8 dólares

más 5 fichas de 1 dólar.

CERO CUARTETOS

O X O O X O X X

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HACIA ATRÁS

1 Si escribes la secuencia al revés

(como lo sugiere el título), verás

potencias de 2: (1)6, 32, 64, 128,

256, 512.

LETRAS CRUZADAS

D A D C A

A C A B C

D A B D A

B C D B C

C B C D B

BAJA PROBABILIDAD

1 en 1,000,000,000 (un millardo).

TOMADO DEL LIBRO ALL CREATURES GREAT AND SMALL. © 1970, 1972, 1973 POR JAMES HERRIOT,

REPRODUCIDO CON LA AUTORIZACIÓN DE LOS HEREDEROS DE JAMES HERRIOT.

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