Odisea_Europa

selecciones

SECCIÓN DE LIBROS

Odisea

a

Europa

Escapar de Siria y encontrar

refugio en Europa es muy difícil

para una chica de 16 años. Pero…

¿y si además está en silla de ruedas?

Nujeen Mustafa y Christina Lamb

Tomado del libro the Girl From Aleppo


desde la costa podíamos ver la isla de Lesbos… y Europa. El mar estaba

tranquilo, salpicado únicamente por diminutas crestas espumosas

que parecían bailar sobre las olas. No daba la impresión de

estar tan lejos. Pero nuestras balsas grises eran pequeñas y se sumían

de más en el agua, sobrecargadas con tantas vidas como las

que pudieran colmar las embarcaciones.

Habíamos escuchado que, en un

día veraniego y despejado como este,

con un motor funcional, a un bote le

tomaba poco más de una hora atravesar

el estrecho de 12.87 kilómetros. A

menudo, sin embargo, la maquinaria

es antigua y pierde potencia debido a

la carga que tiene que remolcar.

Si bien la playa no era de arena,

como la había imaginado, sino pedregosa,

sabíamos que estábamos en

el sitio correcto por las pertenencias

ahí desperdigadas. Había ropa, zapatos

y mochilas desechadas porque no

cabían a bordo y la gente tenía que

viajar con pocas cosas.

Era la primera vez que veía el mar;

la primera vez que subía a un camión,

que volaba en avión o que dejaba mi

país. La primera vez para todo. En

Alepo, Siria, a duras penas salía de

nuestro apartamento en un quinto

piso. Nací con un tipo de parálisis cerebral

y estoy confinada a una silla de

ruedas. Así pues, le tocó a mi hermana,

Nasrine, guiarnos a un lugar seguro.

Pasamos la noche entre los olivares

luego de que un microbús del traficante

nos dejara en la carretera que

daba al acantilado. Desde ahí caminamos

1.5 kilómetros cuesta abajo

hasta la playa. Aunque parece no ser

mucho, se hace eterno en una silla de

ruedas empujada solo por tu hermana

bajo el abrasador Sol turco y el sudor

que se te mete en los ojos.

Los contrabandistas prometieron

que zarparíamos al despuntar el alba.

Cuando amaneció ya estábamos en

la playa con los chalecos salvavidas.

Nuestros celulares estaban resguardados

del agua en globos, un truco que

nos enseñaron en Esmirna.

Había varios grupos más esperando.

Nosotros pagamos 1,500 dólares

por cabeza, en vez de la tarifa

normal de 1,000, con tal de tener una

lancha solo para nuestra familia, pero

parecía que seríamos más de todas

formas. Viajarían 38 personas en total.

No había nada que pudiéramos hacer.

No podíamos regresar y, según los

ALGUNOS LE LLAMAN A ESTE CRUCE

LA RUTA DE LA MUERTE: O NOS LLEVARÍA

HASTA EUROPA O EL MAR NOS TRAGARÍA.

foto de la portadilla: STR/AFP/Getty Images


mapa: shutterstock

rumores, los traficantes arremetían

con cuchillos y picanas

para ganado contra aquellos

que cambiaban de opinión.

En la playa se hallaban ciudadanos

de Siria, como nosotros;

también de Afganistán, Irak y

Marruecos. Algunos intercambiaban

anécdotas; la mayoría

decía poco. Pese a que muchos

hablaban un idioma que ignorábamos,

si se habían visto obligados

a dejar atrás todo lo que

conocían en sus países y a hacer

esta peligrosa travesía, sabías

que la habían pasado mal.

Cuando ya clareaba, vimos

partir la primera nave. Las embarcaciones

no tenían tripulación. En vez

de ello, los traficantes dejaban que

un refugiado viajara a mitad de precio

o incluso gratis si pilotaba. Mi tío

Ahmed sería nuestro capitán. Él tenía

una tienda de teléfonos celulares,

pero nos aseguró que sabía navegar.

A eso de las 9 a. m., el tío Ahmed

llamó al contrabandista. ¿Por qué nos

demorábamos? Le dijeron que teníamos

que esperar a que la guardia costera

turca se moviera.

Empezó a hacer más calor y, conforme

la tarde avanzaba lentamente,

el oleaje crecía. Por fin, cerca de las 5

p. m., nos avisaron que la guardia se

iba, así que debíamos embarcar. La

bruma descendía y el graznido de las

gaviotas ya no sonaba tan romántico.

Algunos le llaman rihlat almoot o la

ruta de la muerte a este cruce por una

Wesseling, Alemania

La ruta que pensaban seguir las hermanas para

llegar a un lugar seguro.

Alepo,

Siria

sencilla razón: o nos llevaría hasta Europa

o el mar nos tragaría.

Sin más amigos

que las montañas

Detesto la palabra “refugiado”. Su

significado real es: “ciudadano de segunda

con un número garabateado

en la mano que todos desean que, de

alguna manera, desaparezca”. Pero no

somos números: somos seres humanos,

igual que todos los demás, salvo

que hemos perdido nuestros hogares.

Algunos de los que huían eran abogados,

médicos o personas importantes

en sus comunidades; no obstante, al

verlos estancados y exhaustos, con sus

escasos efectos en mochilas o sacos,

todos lucían sombríos y derrotados.

Mi nombre es Nujeen, que significa

“vida nueva”, y supongo que podría

decirse que fui un accidente. Cuando


nací, en el Año Nuevo de 1999, Shiar,

mi hermano mayor, tenía 26 años y

Nasrine, mi hermana menor, 9. Mi familia

vivía en un pueblo polvoriento y

olvidado del desierto llamado Manbij,

en el norte de Siria, no muy lejos de la

frontera con Turquía.

Éramos una de las cinco familias

kurdas en una calle de un pueblo, en

su mayoría, árabe. Teníamos que hablar

su lengua en la escuela y en las

tiendas, y solo podíamos hablar kurmanji,

dialecto kurdo, en casa.

Los kurdos somos un pueblo orgulloso,

con alfabeto, comida y cultura

taba compuesta por dos habitaciones

principales y una pequeña cocina.

Mi hermano Shiar dejó Siria antes de

que yo naciera con tal de evitar que lo

mandaran a la guerra en Irak. Llegó a

Alemania, donde se hizo director de

cine. Siempre nos enviaba dinero.

Quizá porque mi madre ya era mayor

cuando me tuvo (44 años), nací 40

días antes de lo normal. Mi cerebro no

recibió suficiente oxígeno y le pasó

algo que le impide enviar las señales

apropiadas a mis piernas. Tengo los

tobillos torcidos hacia dentro, los dedos

de los pies apuntan hacia abajo, y

LOS MANIFESTANTES INCENDIARON LA SEDE DEL

PARTIDO BAAZ. EL PRESIDENTE ASSAD ENVIÓ

TANQUES PARA REPRIMIR A LOS REBELDES.

propios, así como una larga historia

que se remonta a dos milenios. Pese

a ser casi 30 millones, nunca hemos

contado con una patria. Tenemos un

dicho: “Los kurdos no tienen más

amigos que las montañas”.

Hoy en día, alrededor de la mitad

de nuestra etnia vive en Turquía. Hay

unos 2 millones en Siria, donde somos

la minoría más grande. Algunos están

en Irak, otros en Irán. Y, ahora, unos

cuantos en Europa.

Mi padre, Yaba, era comerciante

de ovejas y cabras. Tenía 24 hectáreas

de tierra y en algún momento su

rebaño sumó 200 ovejas, pero jamás

ganó mucho dinero. Nuestra casa es-

las piernas parecen tener vida propia

y saltan sin control.

Cuando tenía cuatro años, nos mudamos

a Alepo, donde yo recibiría

una mejor atención médica. Nuestro

nuevo hogar era un apartamento en el

quinto piso, con cuatro dormitorios y

dos balcones en los que me sentaba a

ver la vida pasar.

Mis cuatro hermanos y cuatro hermanas

iban a la escuela; después, ellas

se casaron. Entre tanto, yo asistí a un

centro de terapia física y me operaron

varias veces los pies y las piernas,

pero no podía ir a clases. La televisión

tomó su lugar. Veía de todo: de dibujos

animados a series dramáticas, sin


foto: cortesía de nujeen mustafa

despreciar los deportes, documentales

y concursos. Mis

programas favoritos eran la

versión árabe de ¿Quién quiere

ser millonario? y la telenovela

estadounidense Days of Our

Lives. Luego compramos una

computadora y descubrí Google,

donde buscaba acontecimientos

y recopilaba cualquier

tipo de información.

Mis hermanas contribuyeron

con mi educación. Traían

sus libros de texto y yo los leía

por mi cuenta en un par de

semanas. Mi familia intentó

sacarme a la calle, pero era muy complicado

porque no teníamos ascensor

y alguien debía cargarme cinco pisos

para subir y bajar. No me sumergí en

mis penas. Mi dicho favorito es: “Ríe

mientras puedas respirar; ama mientras

tengas vida”.

En enero de 2011, justo después de

cumplir 12 años, estaba viendo Days of

Our Lives cuando mi hermano Bland

entró corriendo y sintonizó el canal Al

Jazeera. “¡Algo sucede!”, exclamó.

En la pantalla veíamos a la gente

concentrándose en la plaza principal

de El Cairo ondeando banderas y exigiendo

la salida del presidente Hosni

Mubarak. De pronto lanzaron gases

lacrimógenos y dispararon proyectiles

de goma para dispersar a los manifestantes.

Poco después, hubo tanques y

barricadas en las calles, hasta que el

presidente Mubarak dimitió. Era la

Primavera Árabe.

Nujeen a los

10 años, en

Siria, antes

de la guerra.

Pronto la televisión transmitió reportajes

sobre revueltas en otros sitios:

Yemen, Libia, Argelia, Marruecos.

¿Cuándo llegaría el turno de Siria?

El país entero estaba en vilo.

La chispa se encendió en Daraa,

cerca de la frontera con Jordania,

donde arrestaron a un grupo de muchachos

adolescentes por pintar grafitis

contra el régimen en las paredes

del colegio. Más jóvenes fueron encarcelados.

Según algunos informes,

sufrían tortura. El 18 de marzo, tras la

oración de los viernes, los familiares

de los desaparecidos y líderes comunitarios

marcharon hasta la casa del

gobernador. La policía antimotines los

dispersó con cañones de agua y, luego,

agentes armados abrieron fuego. Tres

personas murieron.

A los dos días, los inconformes incendiaron

la sede local del partido

Baaz y otros edificios del gobierno. El


presidente Assad envió tanques para

reprimir a los inconformes. Había empezado

la revolución.

Los grupos rebeldes se aglutinaron

en lo que llamaron el Ejército Libre Sirio

y empezaron a prepararse para la

guerra. Assad intensificó la operación

militar, hasta que el conflicto llegó a

Alepo en la primavera de 2012.

Mi hermana Nasrine estaba protestando

en la universidad cuando, de

pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Se escapó y corrió a la casa;

las fuerzas de seguridad tomaban el

campus y disparaban gases lacrimógenos

y balas.

Como había sucedido en otros lugares

del país, la violencia pronto

aumentó. Los rebeldes consiguieron

armamento más eficaz, en parte confiscándolo

de las bases militares sirias,

en parte metiéndolo de contrabando

desde Turquía, Jordania y el Líbano.

El combate entró en un callejón sin

salida en los frentes de batalla.

En julio, los rebeldes abarrotaron

Alepo. Tomaron el este, mientras que

las fuerzas del régimen mantuvieron el

control del oeste. La milicia kurda YPG

quedó al mando en nuestro barrio.

Yo me tapaba los oídos y subía el

volumen de la tele, aunque nada podía

aislar el zumbido de las metralletas

en los helicópteros y el tac tac tac

de los tiroteos. Cuando empezaron los

bombardeos, todos corrían a los refugios

subterráneos, pero, claro, yo no

podía. Mi familia no quería dejarme,

así que nos quedábamos sentados

mientras el edificio se sacudía y las

ventanas temblaban. Todos intentábamos

ocultar nuestro terror.

Huir del caos

Algunas personas comenzaron a

abandonar la ciudad. Aquellas con

dinero y pasaporte pudieron volar al

extranjero. Otras se resguardaron en

el campo o huyeron al Líbano, donde

tal vez tenían parientes.

Eventualmente, mis padres decidieron

que debíamos marcharnos. Primero

regresamos a Manbij, dominada

por los rebeldes, aunque en realidad

nadie estaba al mando. Milicianos

armados conducían por el pueblo peleando

entre sí y robándole a la gente.

Con los rebeldes llegaron extranjeros

que golpeaban a las mujeres si no se

cubrían la cara; encarcelaban a aquellos

con tatuajes o que usaban jeans.

Entre tanto, Assad intensificó su

ofensiva. Trajo combatientes afganos

en calidad de mercenarios y consiguió

ayuda militar de los iraníes. El régimen

empezó a bombardear Manbij

con cazas MiG y helicópteros. El lugar

estaba hecho un desastre.

Mi hermano Shiar vino a visitarnos

y se espantó de ver las condiciones en

las que vivíamos: entre bombas y yihadistas.

Nos financió la travesía.

Al principio, mis padres no querían

irse. Ellos se quedaron; mi hermano

Mustafá se adelantó a la ciudad turca

de Gaziantep. Mi tío Ahmed nos llevaba

en su auto pues él tenía pasaporte

y podía cruzar la frontera. Mi


En 2015, bombardeos como este, en Alepo, obligaron a los sirios a huir del caos.

foto: Karam Almasri/Nurphoto/REX/Shutterstock

hermano Bland iba adelante de copiloto.

Nasrine, yo y la esposa de Mustafá

íbamos apretujadas atrás.

Hicimos menos de una hora desde

Manbij hasta la frontera turca, donde

cientos de sirios —la mayoría iban a

pie— abarrotaban el cruce fronterizo.

El tío Ahmed le dio un fajo de billetes

al agente fronterizo, pero solo nos

dejó pasar a Ahmed y a mí. Bland y

los demás buscaron un traficante. Se

escabulleron por una valla y nos reunimos

al otro lado.

Llegamos a Gaziantep en tres horas.

En el camino, vimos grandes

campamentos de carpas blancas, así

como gente que dormía al lado de la

carretera cubiertas con ramas y sábanas.

Entramos a la urbe al anochecer

y nos instalamos en un apartamento,

ubicado en un primer piso, que Mustafá

había alquilado. Bland me cargó.

Prendí la tele y empecé a buscar los

programas que conocía, como Days

of Our Lives.

Sabía que Gaziantep no era el final

del viaje. Shiar había mencionado Alemania.

No se lo dije a nadie; sin embargo,

una noche, cuando todos dormían,

tomé prestada la computadora

portátil de Shiar y busqué “cura para la

parálisis cerebral en Alemania”.

Mis padres nos alcanzaron en Gaziantep

y, en total, pasamos un año

ahí. A mí no me iba tan mal porque

me la pasaba viendo la tele, que era

como estaba aprendiendo inglés, y

usaba el Internet para averiguar todo


lo que me había perdido por no ir a

clases. No obstante, si bien los turcos

nos habían dejado entrar a su nación,

no nos querían. Bland no encontraba

trabajo y Nasrine no podía estudiar.

Ideamos un plan para reunirnos

con nuestro hermano Shiar. Bland se

fue primero, solo. Atravesó Bulgaria

y obtuvo asilo en Alemania. Pero su

ruta tomó más de un mes, con bastantes

tramos a pie que Nasrine y yo

no podríamos andar. Además, ante la

que daba la impresión de ser una

agencia de viajes al aire libre. Todo el

mundo estaba al teléfono regateando

con traficantes y sus agentes, negociando

pasajes a Grecia y más allá.

Mientras el tío Ahmed conseguía

el bote, nosotras fuimos a comprar

chalecos salvavidas y globos para los

celulares. Por fin, en nuestro décimo

día en Esmirna, mi tío consiguió una

embarcación que nos llevaría a Lesbos.

Era hora de partir.

ME SENTÍA COMO POSEIDÓN, DIOS DE LOS MARES,

EN SU CARRUAJE. “¡MIREN LO HERMOSO QUE ES!”,

EXCLAMÉ MIENTRAS EL MAR NOS SACUDÍA.

oleada de refugiados que atestaba Europa,

Bulgaria levantó una valla para

impedir el paso: la única forma que

tendríamos de llegar sería atravesar el

mar y pisar una isla griega. En el mapa

no parecía tan difícil.

Mis padres dijeron que estaban

muy viejos para hacer el viaje, por

lo que se quedaron en Gaziantep. Mi

hermano Mustafá también se quedó

a fin de ganar dinero con el que pagar

nuestra excursión. Así pues, de nuestra

familia solo iríamos Nasrine y yo,

junto con mi tío y algunos primos.

En agosto de 2015, Mustafá consiguió

que Nasrine y yo abordáramos

un vuelo de dos horas a Esmirna, en la

costa del Egeo. Nos hospedamos, con

unos primos, en un hotel a la vuelta

de la esquina de la plaza Basmane,

Mar picada

Ese día había cuatro botes en la pedregosa

playa. Los motores estaban

acoplados; empujaron las naves al

mar. Entonces, todos vadearon por

las aguas someras para encaramarse a

bordo. De pronto, me di cuenta de que

era la única que quedaba en tierra. En

su desesperación por irse, hasta Nasrine

se había subido. “¿Y yo qué?”, grité.

Unos marroquíes que esperaban

su balsa me cargaron, ayudándome a

abordar. El tío Ahmed arrancó.

Desde el mar, Lesbos se veía mucho

más lejana. Nuestra embarcación gris

era muy pequeña. Los otros transportes

llevaban a unas 50 personas apretujadas.

Nosotros habíamos pagado

más para ir solo los 38 que éramos.

Aun así, parecía faltar espacio, sobre


todo por mi silla de ruedas… y porque

la etiqueta del bote indicaba: “Cupo

máximo: 15 pasajeros”.

Todos estábamos cansados y algo

aturdidos: no habíamos dormido

bien en dos días y, además, habíamos

estado a pleno sol sin comer o beber

nada. Mis parientes estaban tristes y

callados; muchos iban con los ojos

cerrados y rezando.

El tío Ahmed tenía el ceño fruncido

conforme intentaba pilotar. Había pasado

el último par de días en Esmirna

estudiando cómo hacerlo en videos

de YouTube. Al zarpar, aceleró de

más y saltamos con violencia. La mar

estaba más picada que durante el día

y cuando nos embestía una ola, entraba

agua por los lados. Al principio,

se sentía bien mojarse después de haber

estado todo el día bajo el sol. Sin

embargo, cuando la marea hacía cabecear

a la embarcación, algunos de

mis primos sufrieron arcadas. Otros

lloraban y gritaban: “¡Santo Dios!”.

Parecíamos estar hundidos. Mis

primos empleaban sus zapatos para

desaguar. Escuché a alguien que se

quejaba: “No debimos haber traído la

silla de ruedas”.

Sí, tenía que estar preocupada. La

silla podía desgarrar la nave o una

gran ola podía volcarnos; nunca había

estado en el agua y, naturalmente, no

sabía nadar. Y, sin embargo, al estar

sentada en lo alto, me sentía Poseidón,

dios de los mares, en su carruaje.

“¡Miren lo hermoso que es!”, exclamé

mientras la marea nos sacudía.

Pese a estar empapados, me reía cada

vez que una ola nos golpeaba.

“Estás loca”, comentó alguien.

En realidad, yo también rezaba,

aunque en voz baja.

Estábamos tan concentrados en

nuestro rumbo que no vimos lo que

pasó con los otros tres botes que partieron

con nosotros. Luego nos enteramos

de que el primero se volcó casi

enseguida, dejando a los pasajeros en

el litoral turco. El otro ya casi había

llegado cuando zozobró cerca de Lesbos:

los náufragos nadaron a tierra.

La guardia costera turca interceptó al

último y lo regresó a Esmirna.

Las lecciones que el tío Ahmed tomó

en YouTube resultaron provechosas.

Íbamos contra las olas en vez de ir con

ellas, y nos dijo que nos sentáramos

del lado que acometían con objeto de

evitar alzarnos. Tras un rato, descendió

la bruma y ya no podíamos divisar Lesbos.

Yo rogaba que estuviéramos en el

rumbo correcto. Las personas seguían

mirando mi silla de ruedas. Acordamos

que si se convertía en un peligro la tiraríamos

por la borda.

Llevábamos tres horas y media en

el mar. El Sol se ocultaba y empezábamos

a tiritar, cuando de pronto surgió

la isla frente a nosotros. Al poco

tiempo, pudimos distinguir gente que

nos esperaba en la orilla.

La balsa entró a tumbos a la costa

llena de rocas; nos recibieron rostros

amigables y manos extendidas con

toallas, galletas y botellas de agua.

—¿Alguien habla inglés? —escuché.


Voluntarios en Lesbos

llevan a Nujeen a la playa.

—¡Yo! —contesté.

Todos voltearon a verme. Entonces

cambiaron las cosas. Me convertí en

la traductora del grupo y, por primera

vez en mi vida, alguien me necesitaba.

¡Todo gracias a Days of Our Lives!

Algunos de mis parientes estaban

demasiado agobiados como para

desembarcar por su cuenta, así que

los voluntarios entraron al agua y nos

ayudaron. Se sorprendieron al ver mi

silla de ruedas, la levantaron y la llevaron

a tierra.

Un periodista estaba ahí con una

cámara. Me preguntó:

—¿Es tu primera vez en el mar?

—Sí, y me parece hermoso.

—¿Qué esperas de Europa?

Pensé un momento y repuse:

—Como toda persona normal, espero

que me dé libertad.

“¡Huimos de la guerra!”

Habíamos atracado en un pueblo pesquero

y estábamos abrumados por la

amabilidad de la gente. Nos enteramos

de que los padres de muchos en

Lesbos habían venido como refugiados

desde Esmirna, entonces una ciudad

griega. Los turcos la atacaron en

1922 durante la guerra del Asia Menor

y miles huyeron por el mar Egeo.

Pasamos la noche ahí. Al día siguiente,

nos dieron prioridad a Nasrine

y a mí. Un voluntario nos llevó

al centro principal de refugiados y,

luego, a un campamento especial

que una beneficencia había habilitado

foto: ivor prickett/Alto comisionado de las

naciones unidas para los refugiados


para los enfermos y más necesitados.

Una de las colaboradoras me contó

que me había visto en la tele: ¡me hice

famosa gracias a la entrevista!

Compramos tarjetas y un chip telefónico,

además de botellas de agua.

Había un sitio en el campamento para

recargar los celulares y fue necesario

hacer fila. ¡Todos querían usarlo!

Nasrine y yo pasamos una semana

en Lesbos; luego, nos autorizaron

abordar el transbordador rumbo al

continente. Nos reunimos con familiares

en un hotel de Atenas, y Shiar

llegó de Alemania para intentar conseguirnos

pasaje. Al principio creyó

que podíamos volar a Alemania, pero

resultó ser muy difícil y costoso. Tendríamos

que ir por tierra.

Viajamos seis horas en tren hasta

Tesalónica; después, un taxi nos condujo

a un poblado cerca del linde con

Macedonia. Nasrine me empujó casi

1 kilómetro por la carretera. No había

nada que señalara el límite, salvo una

línea negra en el GPS del teléfono.

Un letrero nos dirigió a una zona de

carpas blancas, financiada por el Alto

Comisionado de las Naciones Unidas

para los Refugiados. El parlamento de

Macedonia había aprobado expedir

visas de tres días a fin de que los desplazados

pudieran cruzar legalmente

y tomar un tren hasta Serbia.

La pequeña estación policiaca en la

que teníamos que conseguir el documento

no se daba abasto con la demanda.

De haber arribado unos días

más tarde, habríamos quedado vara-

das. Al final, los macedonios optaron

por cerrar las puertas y lanzar gases

lacrimógenos a los inmigrantes con

objeto de vedar el tránsito. Llegamos

justo a tiempo.

Los trenes iban a reventar y parecía

imposible subir con la silla de ruedas.

La policía nos dijo que no nos preocupáramos.

Tras registrarnos, llamaron

a un taxi que nos llevó a la frontera.

El viaje tomó dos horas.

En Serbia abordamos un autobús

hacia Belgrado; planeábamos ir por

Hungría, pero nos advirtieron que

los húngaros habían levantado una

cerca e impedirían la circulación. Era

una carrera contra el tiempo. Nasrine

usó dinero de nuestro preciado fondo

para que un taxi nos dejara allá.

Eran las 10 p. m. cuando el chofer

nos dejó en Horgos, un pequeño pueblo

agrícola. Aunque yo estaba feliz

de haber cruzado dos naciones europeas

ese día, resultó que ya era tarde:

la frontera estaba cerrada.

No había nada que hacer, así que

buscamos dónde dormir. Muchos

estaban acurrucados, sin más, en el

campo; nosotras dimos con una gran

carpa de las Naciones Unidas.

Al despertar escuchamos a unas

mujeres decir que la policía había

dejado pasar a varias personas. Pensamos

que si ya estábamos ahí, no

perdíamos nada con intentarlo.

Nos transportamos en camión al

puesto fronterizo de Röszke. Vimos

una valla alta coronada con alambre

de púas. Cuando llegamos, la entrada


Nujeen recibió asilo en

Alemania en 2016. Ahora, a

los 20 años, vive cerca de

Colonia, donde va a la escuela.

No quise agregar nada

más. Detesté que usaran

mi silla de ruedas para que

los soldados húngaros me

tuvieran lástima. “Quiero

largarme”, le dije a Nasrine.

estaba cerrada. La multitud se agolpaba

contra la cerca, los antimotines

esperaban al otro lado.

“¡Huimos de la guerra!”, gritaron.

Hasta ese momento, había visto el

viaje como una gran aventura. Ahora

parecía una tragedia.

Unos 180,000 refugiados habían

cruzado Hungría, tal como nosotros

pensamos hacer, con dirección a Budapest,

para luego ir en auto o tren

hasta Austria.

Nasrine le dijo a alguien que yo hablaba

inglés y me empujaron al frente

de la muchedumbre; quedé ante la

policía, que usaba cascos y escudos.

La gente gritaba “¡Alemania, Alemania!”

y exigía que permitieran el paso.

Alguien de la televisión húngara me

puso una cámara en la cara:

—Si Angela Merkel estuviera aquí,

¿qué le dirías?

—Ayúdenos —respondí.

Sé que tengo suerte

Nasrine me llevó por la carretera

principal, atestada

de refugiados. Vimos a

una columna de vehículos blindados

apostarse del lado húngaro; cientos de

antimotines aparecieron y apuntaron

cañones de agua a los desplazados.

Creo que los lugareños se compadecían

de nosotros. Había voluntarios

repartiendo alimentos. También pululaban

los periodistas. “Hay una chica

siria en silla de ruedas que habla inglés”,

oí. De pronto, me vi rodeada.

Una estadounidense de la ABC quería

saber cómo lo había aprendido. Le

expliqué que lo hice viendo Days of

Our Lives. Un hombre de la BBC se rio

cuando le conté que quería ser astronauta,

viajar al espacio, ir a Londres y

conocer a la reina.

Para ese entonces ya habíamos

perdido la esperanza de que Hungría

abriera sus puertas. Alguien comentó

que los croatas permitían el paso a

los refugiados. Podíamos intentarlo

por ahí y luego dirigirnos a Eslovenia.

foto: Gordon Welters/Alto comisionado de las

naciones unidas para los refugiados


Nasrine me empujó de regreso por

campos de girasoles muertos. Tomamos

un taxi y volvimos por donde habíamos

venido; luego cruzaríamos al

oeste, a Croacia. Me sentía como en

uno de esos videojuegos en los que te

cierran el camino a cada rato y tienes

que hallar otra ruta.

Viajamos hora y media con objeto

de llegar a Apatin, Serbia, y caminamos

por un maizal hasta Croacia. Nos

alegró ver el letrero azul con el anillo

de estrellas amarillas: estábamos en

la Unión Europea. Ya no habría más

fronteras. Íbamos por buen camino.

La policía nos recogió y nos envió a

la capital, Zagreb, hermosa ciudad con

grandes edificios de la época del Imperio

de los Habsburgo. Días después

pudimos ir en taxi a Eslovenia. El paisaje

era precioso. No podíamos creer

lo verde que era Europa.

Desde ahí fuimos a Austria y llegamos

a Alemania el 21 de septiembre

de 2015, después de recorrer unos

5,633 kilómetros y 9 países en un mes:

Siria, Turquía, Grecia, Macedonia,

Serbia, Croacia, Eslovenia, Austria y

Alemania. Nos reunimos con Bland y

Shiar; para noviembre, ya estábamos

instaladas en la pequeña ciudad de

Wesseling, a unos 16 kilómetros de

Colonia, donde vive Shiar.

Faltaba un mes para que cumpliera

17 años la primera vez que fui a la escuela,

en noviembre de 2015. Estaba

nerviosa y feliz a la vez porque al fin

podía decir que había hecho algo normal

en mi vida.

Me practicaron exámenes en un

hospital de Bonn. En el futuro me someteré

a cirugías en las piernas; ahora

tomo medicamentos que controlan

mis nervios. También voy con un fisioterapeuta

para estirarme y usar una

especie de bicicleta que fortalece mis

músculos. Ya siento la diferencia.

Si bien extraño a mi país y a mis padres,

Nasrine y yo hacemos videollamadas

con ellos casi a diario. Me gustan

las cuatro estaciones en Alemania,

los distintos colores de las hojas y las

diferentes nubes en el cielo. Pero, sobre

todo, me alegra estar a salvo.

Obtuve asilo en diciembre de 2016

y ya estoy alemanizada: me despierto

a las 6 a. m. y hago cosas de teutones,

como agendar citas y ser puntal.

Sé que tengo suerte. Todo ha empeorado

en Siria. Unos 5 millones de

mis compatriotas han huido desde que

estalló la guerra; 1 millón ha llegado a

Europa, como yo. De los que se quedaron

en Siria, han muerto 500,000.

Sí, sé que los migrantes le han costado

mucho dinero a Alemania. Pero

dennos una oportunidad y podremos

aportar. Somos persistentes e ingeniosos,

de lo contrario no habríamos

completado la travesía hasta acá; además,

hay trabajadores especializados

y personas con estudios. Bueno, yo

no había ido a la escuela, pero ya voy.

Hablo kurdo y árabe, y estoy aprendiendo

alemán. Ah, también hablo

fluidamente inglés de telenovela.

TOMADO DE THE GIRL FROM ALEPPO. © 2016 POR CHRIS-

TINA LAMB Y NUJEEN MUSTAFÁ, PUBLICADO EN 2016 POR

HARPERCOLLINS PUBLISHERS, HARPERCOLLINS.COM

More magazines by this user