Lecciones de amistad

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SECCIÓN DE LIBROS CLÁSICA

LECCIONES

DE AMISTAD

Estas historias nos recuerdan que

las relaciones que forjamos con

otros pueden transformar nuestras

vidas para siempre.


La reina de los animales

Bob Noonan

ILUSTRACIONES: TALLULAH FONTAINE

es una cascabel!”,

aventuré. Mi padre y yo

“¡Quizá

nos asomamos al enorme

recipiente metálico de leche para ver

a aquella serpiente de piel moteada

de casi 1 metro de largo. Yo tenía

ocho años y hacía muy poco tiempo

nos habíamos mudado a la zona rural

de Scarborough, Maine. Descubrí

al reptil en una cantera cercana, lo

sujeté por detrás de la cabeza como

hacían los profesionales expertos en

manipular este tipo de animales de

los que había leído y lo llevé a casa.

Se lo mostramos a un vecino. “No

sabría decirles qué especie es”, comentó,

“pero Helen Perley lo sabrá. Es

la reina de los animales, dueña de la

granja White Animal Farm. Vive aproximadamente

a 1.5 kilómetros de aquí”.

Subimos al auto de papá con nuestra

presa; él condujo colina abajo por

la calle Seavey Landing, luego detuvo

el vehículo junto a un arbusto de magnolias

y lilas. Había una puerta escondida

entre la vegetación. Más allá se

veía un jardín, limitado por una casa

y otras dos construcciones, de unos 9

metros de ancho, repleto de jaulas de

madera hechas a mano.

Una vez que atravesamos la cerca

de entrada, ingresamos a otro mundo

que era una explosión de vida.

Los conejos corrían por el césped

moviéndose en frenéticos zigzags.

Las palomas salían volando desde los

techos formando un estallido de alas

multicolor. Un mapache aplastaba su

nariz contra el alambrado de su jaula y

asomaba los dedos con curiosidad por

la malla de metal. Dos patos blancos

daban un paseo y un formidable pavorreal

corría al centro del jardín a la vez

que nos observaba. Mi padre y yo nos

quedamos ahí de pie, boquiabiertos.

La puerta mosquitero de la construcción

principal se abrió de repente;

tras ella apareció una mujer baja y

delgada. “Soy Helen”, se presentó,

mientras estrechaba nuestras manos.

Vestía un suéter de color azul con

cuello alto, jeans y botas de trabajo

marrones. De su cinturón colgaba

un martillo. Su corto cabello castaño

y rizado estaba peinado de manera

abombada y esponjosa.

Luego de que mi papá explicara el

motivo de nuestra visita, ella se acercó

a la lata lechera y sacó a la serpiente.

Esta se envolvió en su brazo, rotando

y girando hasta cubrirlo por completo.

Ella acarició a la criatura suavemente

hasta que dede moverse.

“Es inofensiva”, afirmó. “Se trata de

una coral ratonera. Es un ejemplar

hermoso. ¿Tú la capturaste?”. Sus claros

ojos azules se posaron sobre mí y

yo asentí con orgullo.


“¿Te gustaría cazar serpientes para

mí? Yo te enseñaré cómo hacerlo”,

propuso. ¡Que si quería! Era 1952 y

mis héroes eran los exploradores del

Ártico, los domadores de animales

salvajes y la tripulación del Kon-Tiki.

A partir de ese momento, Helen se

adueñó de mi corazón.

Mi padre y yo recibimos un recorrido

guiado. Encontramos faisanes

dorados y plateados, vimos al mapache

y a un coatí, un animal de forma

extraña que tenía el tamaño de un

perro pequeño. Observamos tortugas

que nadaban en una antigua bañera

victoriana. Nuestra anfitriona señaló

una enorme mole de hueso blanco de

casi 2 metros de largo con cavidades

oculares lo suficientemente grandes

como para sentarse dentro, y dijo con

sobriedad: “Es el cráneo de un monstruo

marino”. Mis ojos se abrieron.

Más tarde confesó que, en realidad,

era de una ballena.

Nos condujo al edificio principal.

Los pasillos estaban delimitados por

jaulas repletas de ratones, ratas, jerbos

y hámsters. También había mascotas

exóticas, reptiles y muchos otros

organismos silvestres. El inmueble entero

piaba, silbaba, chillaba, chirriaba

y susurraba, lo cual daba la impresión

de que tenía vida propia.

Por todos los cuidados que exigían

los animales y las constantes visitas,

tanto Helen como su esposo, Paul, un

hombre fornido y silencioso que vestía

overol y gorra, siempre estaban trabajando.

Para esta mujer, el negocio

de la crianza se había puesto en marcha

unos 20 años atrás cuando llevó a

su casa un par de ratas blancas para

sus pequeños hijos, Jack y June. Los

roedores empezaron a multiplicarse,

Helen construyó más jaulas y así fue

como nació la idea de White Animal

Farm. Si bien su educación académica

había terminado en la secundaria, en

ese instante comenzó su formación

en la cría de animales, un aprendizaje

que se habría de extender a lo largo

de su vida.

Helen inició mi capacitación sobre

reptiles frente a la jaula de una boa

constrictor. Tras mostrarme cómo

sostenerla sin lastimarla, me dio

ejemplares vivos de otras especies

locales que había conseguido capturar.

Regresé a casa con un gran entusiasmo.

Quería ser como Helen Perley

cuando fuera grande.

Fabriqué una bolsa para serpientes

con la funda de una almohada,

tal como Helen me había indicado.

Busqué donde ella me había dicho

que buscara: debajo de las rocas y

HELEN CORRIÓ AL LUGAR Y ENCONTRÓ UNA

BOA CONSTRICTOR ENROSCADA EN EL MARCO.

“¡AY, ES BEAUREGARD!”, EXCLAMÓ.


tablas, cerca del asfalto, a lo largo de

senderos y en los campos. Anduve tal

como me dijo, caminando lenta y suavemente

a fin de evitar crear la vibración

que podía alarmar a los animales

pequeños. Y descubrí muchísimo más

que serpientes. Encontré telarañas,

nidos de aves, flores silvestres, hormigueros,

piedras peculiares, cascarones

de huevos y muchos insectos extraños.

Cada nuevo hallazgo alimentaba

mi curiosidad.

De vez en vez pedaleaba colina

abajo en mi bicicleta hasta la casa de

mi mentora, con la cubierta de almohada

atada al manubrio, repleta de

todo lo que había hallado. Ella interrumpía

su trabajo, compraba las serpientes,

identificaba todo lo demás y

respondía a todas mis inquietudes.

Durante seis veranos pedaleé hasta

el hogar de Helen al menos una ocasión

por semana. El segundo año, le

compartí mis dibujos de animales con

mucha timidez. A ella le gustaron mis

obras y eso me dio una inmensa confianza

en mí mismo.

Cuando cumplí 10 años, conocí la

taxidermia. Helen me ofreció una paloma

muerta para que realizara mi

primer intento. Mientras le mostraba

la pieza terminada, una caricatura

bien abultada del pájaro original, ella

me mostró su aprobación asintiendo.

Supe que había sido un éxito.

En otra oportunidad, levantó la

cabeza al notar una conmoción de

aleteos afuera y gesticuló para que la

acompañara. Vimos una bandada de

sus palomas huyendo por encima de

una ciénaga; un halcón las perseguía.

Este dispersó a los pájaros y luego

hizo una línea vertical y ascendente.

Las aves se reagruparon y batieron

sus alas enérgicamente hacia donde

estábamos nosotros. Una paloma

blanca venía rezagada. De súbito, el

halcón voló en picada, rotando tan

rápidamente que apenas pude advertir

sus movimientos. Arremetió contra

la paloma atrasada, propiciando una

explosión de plumas blancas que casi

acababa en el pantano. Luego, sosteniendo

con sus garras el débil bulto

blanco, el depredador desplegó sus

alas y se dirigió a unos pinos altos.

Esa fue la escena más traumática

de mi joven vida. Comprendí de golpe


que la vida y la muerte trabajan juntas.

Tal como me lo había dicho Helen:

“Algunos deben morir para que

otros puedan vivir”.

Helen era la persona más auténtica

que había conocido en mi vida.

Amaba tanto lo que hacía que no

tenía necesidad de fingir ser alguien

más. Un niño absorbe esas lecciones

pronto: dedícate a lo que amas; respeta

la vida.

En Scarborough todos la conocían

y existía un sinfín de historias sobre

ella. Una noche se oyó un grito histérico

de una vecina. “¡Helen! ¡Hay una

serpiente en la ventana de la cocina!”.

Ella corrió al lugar y se topó con una

boa constrictor de 1.3 metros enroscada

en el marco. “¡Ay, es Beauregard!”,

exclamó. “Llevaba dos semanas

fuera de casa”.

Otra mujer, que encontró una serpiente

en su árbol de Navidad, promovió

una petición para exigirle a

Helen que se deshiciera de sus reptiles.

Nadie quiso firmarla; a todos les

caía bien la criadora. Además, a los

habitantes de Maine siempre les encantó

tener buenas anécdotas, y de

ninguna manera censurarían el estilo

de alguien que era una fuente inagotable

de excelentes acontecimientos.

Helen tenía un increíble sentido del

humor. Si los visitantes eran novatos,

les mostraba las rígidas colas de las

palomas abanico y comentaba: “Yo

misma se las almidono”. Si se lo tragaban,

los llevaba a ver los faisanes dorados

para asegurar: “Yo misma pinté

a estas aves”. A veces, algunas personas

preguntaban cómo lo hacía y ella,

entonces, dictaba una descripción

detallada sobre el arte de pintar aves.

Deslizaba huevos de pato debajo de

los conejos y decía que eran de liebre.

A veces, disponía conejos a amamantar

a gatitos huérfanos, o los felinos a

los conejos desamparados. “Es la primera

cruza exitosa entre gatos y conejos”,

anunciaba con solemnidad. “Los

ganejos”. Pero siempre se delataba con

una sonrisa y se veía obligada a admitir

la verdad.

En Scarborough, probablemente

era más conocida por su habilidad

para curar animales. A lo largo de los

años, desfilaron por su puerta pájaros

y animales heridos que la gente confiaba

a sus manos. En una ocasión le

llevé una ardilla rayada con una herida

en el abdomen. Helen acercó sus

manos a la trampa y sujetó al pequeño

animal con delicadeza. Sabía por experiencia

que las ardillas mordían;

sin embargo, aquella estaba recostada,

muy tranquila, y expresaba que

la mujer le inspiraba seguridad; ella

la sostenía panza arriba y le limpiaba

la lesión. Al día siguiente la criatura

estaba alerta y activa de nuevo, con la

cola alegremente levantada.

Profesionales de tiendas de mascotas

de todo el país llamaban a Helen

en busca de asesoramiento sobre planes

de alimentación, enfermedades,

recomendaciones sobre reproducción

de especies y entrenamiento. Ella vendía

ardillas rayadas a la Dawn Animal


ANTES QUE NADA, HELEN ERA UNA MAESTRA. SI UN

JOVEN MOSTRABA PASIÓN POR LOS ANIMALES, LO

NOTABA AL INSTANTE: LO LLAMABA “LA CHISPA”.

Agency, compañía dedicada a proporcionar

talento cinematográfico; además

les surtía ejemplares, con fines de

investigación, a muchos laboratorios.

En su apogeo, White Animal Farm

albergó a más de 33,000 residentes;

los roedores de laboratorio eran los

más representados. Existía una gran

demanda de estas criaturas por parte

de instituciones de educación superior,

hospitales y laboratorios gubernamentales

debido a sus excelentes

condiciones de salud y a la pureza de

sus razas, muchas de ellas desarrolladas

por la propia Helen.

Antes que cualquier otra cosa, Helen

era una maestra. Ofreció una infinidad

de paseos por la granja y guio

caminatas por los bosques. Llevaba

animales a las escuelas y asilos de ancianos.

Si un joven mostraba pasión

por estos seres vivos, ella lo detectaba

al instante: lo llamaba “la chispa”. Le

prestaba especial atención a ese individuo

y lo alentaba a volver.

Cuando cumplí 14, mis padres

compraron una granja ubicada a 80

kilómetros de Scarborough. Triste

por tener que mudarme, fui en mi

bicicleta colina abajo hasta la granja

de Helen. “Te encantará Windham”,

aseguró ella. “Es una hermosa

zona de campo en la que habrá una

abundancia de criaturas silvestres

nuevas para que las descubras”. Con

esas palabras positivas, me liberó.

Pasaron los años. Me fui de Maine

y regresé. Más tarde, a mis cuarenta

y tantos, mi matrimonio y mi carrera

como constructor habían terminado.

Me encontraba a la deriva. Hacía ya

varios años que vendía algunos dibujos

y artículos relacionados con la

vida silvestre; la idea de hacerlo para

ganarme la vida me entusiasmaba. Sin

embargo, el miedo y la indecisión me

agobiaban. Pensé en Helen. Ella sabía

qué hacer con su vida. Enseñar a las

personas sobre animales. Haz lo que

amas. Así que decidí concentrarme en

escribir sobre la fauna. Y eso es a lo

que me dedico desde entonces.

Kyle, mi sobrino, es un fanático del

mundo natural, igual que yo. En 1991,

cuando tenía 8 años, lo llevé a conocer

a mi mentora.

Las construcciones lucían más deterioradas

de lo que recordaba. Había

jaulas vacías. No obstante, la puerta

mosquitero del edificio principal

se abrió de golpe; tras ella apareció

una diminuta mujer que vestía jeans

y un suéter de cuello alto color azul.

Un martillo colgaba de su cinturón.

Un par de amigables ojos azules nos

miraban desde aquel rostro arrugado


mientras yo hacía las presentaciones.

Kyle le hizo una pregunta a Helen sobre

la alimentación de su hámster y, al

poco tiempo, ya estaban sumergidos

en una profunda conversación. Helen

notó la chispa.

Hicimos el recorrido. Kyle la interrogaba;

Helen respondía a detalle.

“Ese es el cráneo de un monstruo marino”,

nos dijo. Mientras ella le mostraba

el lugar a mi sobrino, yo entré a

la casa principal. Un niño de unos 12

años estaba limpiando jaulas.

“¿Trabajas para Helen?”, le pregunté.

Él asintió. “¿Te gusta?”. Me

volteó a ver; su mirada parecía querer

decir: ¿Que si me gusta? ¡Qué pregunta!

¡Me encanta!

Me sentí reconfortado al pensar

que tantos niños como yo, a lo largo

de todos esos años, habían gozado

esa experiencia. Quise decir algo,

pero no pude encontrar las palabras.

Luego, Kyle gritó: “¡Tío Bob! ¡Una boa

constrictor!”. Entonces volví a incorporarme

a la visita guiada. Durante el

viaje de regreso a casa, Kyle habló sobre

la granja sin parar. Entonces sentenció:

“Quiero ser como Helen Perley

cuando sea grande”.

El corazón de Helen dede latir en

octubre de 1994. Había vivido 90 años.

Pienso en ella a menudo. Y nunca se

me olvida que, gracias a ella, me dedico

a lo que amo.

tomado de Reader’s Digest, febrero de 1997

El galardón olímpico que más atesoro

Jesse Owens

Era el verano de 1936. Los Juegos

Olímpicos se celebraban en

Berlín. Dado que Adolf Hitler

insistía en que los atletas de su país

eran parte de una “raza superior”, el

sentimiento de nacionalismo parecía

estar en su máxima expresión.

A mí no me preocupaba tanto ese

asunto. Había entrenado y sudado

durante seis años con los Juegos en

mente. Mientras viajaba en aquel

barco, solo podía pensar en llevar de

regreso a casa una o dos de esas medallas

de oro. Particularmente, tenía

el ojo puesto en el salto de longitud.

Doce meses antes, cuando cursaba el

segundo año en la Universidad Estatal

de Ohio, había establecido el récord

mundial: 8.13 metros. De un modo u

otro, todos esperaban que ganara esa

disciplina con los ojos cerrados.

Sin embargo, me esperaba una

sorpresa. Cuando llegó el momento

de las pruebas de clasificación de la

disciplina, me quedé pasmado observando

cómo un chico alto alcanzaba

los 7.9 metros durante sus prácticas.

Se trataba de un alemán llamado Luz


Long. Allí me enteré de que Hitler lo

había mantenido oculto, evidentemente

esperando ganar esta competencia

de su mano.

Supuse que, si Long triunfaba, contribuiría

a reforzar la teoría nazi que

afirmaba la superioridad de la raza

aria. Después de todo, yo soy negro.

Bastante furioso por los métodos de

Hitler, estaba decidido a salir a escena

y mostrarle a der Führer y a su raza

elegida quién era superior y quién no.

Cualquier entrenador sabe que un

atleta enojado es un atleta que cometerá

errores. Y yo no fui la excepción.

En el primero de los tres saltos clasificatorios,

brinqué varios centímetros

por delante de la plancha de despegue

y el salto fue anulado. En el segundo,

cometí una falta aún peor. ¿Viajé

6,000 kilómetros para esto?, pensé con

amargura, ¿para cometer errores en la

clasificación y hacer el ridículo?

Me alejé unos metros del foso de

arena y pateé la tierra disgustado. De

pronto, sentí una mano posarse sobre

mi hombro. Giré y me encontré con

los amigables ojos azules de aquel

espigado competidor germano. Él había

pasado a las finales con facilidad

en su primer intento. Me ofreció un

fuerte apretón de manos.

—Jesse Owens, soy Luz Long. Creo

que aún no nos han presentado.

Hablaba muy bien inglés, aunque

con acento alemán.

—Encantado —dije. Luego, mientras

intentaba esconder mi nerviosismo,

agregué—: ¿Cómo estás?

—Yo estoy bien. La cuestión aquí es:

cómo estás tú.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Parece que hay algo que te está

carcomiendo —apuntó—. Tendrías

que clasificar con los ojos cerrados.

—Créeme, lo sé —repuse, y se sintió

bien poder decirle eso a alguien.

Conversamos durante los siguientes

minutos. No le dije a Luz qué era

lo que estaba “carcomiéndome”, pero

él parecía comprender mi enojo y

se esforzó mucho por calmarme. Si

bien había sido adoctrinado según

los principios del movimiento juvenil

nazi, él, al igual que yo, tampoco creía

en la superioridad de la raza aria. Aun

así, nos reímos mientras comentábamos

que en realidad él parecía encajar


en ese molde. Su contextura muscular

era delgada; sus ojos, azules; su cabello,

rubio, y, además, era apuesto. Finalmente,

al ver que en cierto modo

me había relajado, me señaló la plataforma

de despegue.

—¿Por qué no dibujas una línea

unos centímetros detrás del indicador

y saltas desde ahí? —sugirió—.

Así te asegurarás de que no se anule

el salto y podrás brincar lo suficiente

como para clasificar. ¿Qué importa si

no sales primero en las pruebas? El resultado

de mañana es el que importa.

La tensión parecía desvanecerse a

medida que advertía cuánta verdad

había en sus palabras. Con confianza,

tracé una línea unos 30 centímetros

detrás del punto acordado y lo intenté

desde ahí. Clasifiqué.

Esa noche me acerqué a la habitación

de Luz en la villa olímpica a fin de

agradecerle. Si no hubiera sido por él,

tal vez no habría podido disputar las

finales al día siguiente. Nos sentamos

en su dormitorio y conversamos durante

un par de horas sobre atletismo,

sobre nosotros mismos, sobre la situación

del mundo y respecto a muchas

otras cosas.

Cuando me puse de pie para irme,

ambos supimos que allí había nacido

una verdadera amistad. Luz iría al

campo de juego al día siguiente e intentaría

superarme. No obstante, yo

sabía que, a la vez, quería que diera lo

mejor de mí, aun cuando eso pudiera

significar derrotarlo.

Resultó que Luz superó su propia

marca. Al hacerlo, me inspiró a alcanzar

el nivel más alto de mi rendimiento.

Recuerdo que en el instante

en que toqué el piso después de mi

salto final, aquel que fijó el récord

olímpico en 8.06 metros, él estaba a

mi lado, felicitándome. Pese a que

Hitler nos observaba desde la tribuna,

apenas a unos metros de distancia,

Luz estrechó mi mano con firmeza, y

aquella no fue una sonrisa falsa ni un

apretón desde el desconcierto.

Podrían fundir todas las medallas y

copas de oro con las que me he hecho

y eso no llegaría ni siquiera a opacar

aquella amistad de 24 quilates que

sentí por Luz en ese momento. Él encarnó

lo que Pierre de Coubertin, el

fundador de los Juegos Olímpicos de

la era moderna, debió haber tenido en

mente cuando hizo la siguiente declaración:

“Lo importante en los Juegos

Olímpicos no es ganar, sino participar.

Lo esencial en la vida no es vencer,

sino luchar bien”.

tomado de Reader’s Digest, octubre de 1960

SI BIEN LUZ LONG HABÍA SIDO ADOCTRINADO SEGÚN

LOS PRINCIPIOS DEL MOVIMIENTO JUVENIL NAZI, ÉL

NO CREÍA EN LA SUPREMACÍA DE LA RAZA ARIA.


Los niños que nadie quiere

Bill Westbrook

Una mañana de julio de 1963, mi

esposa me dijo: “Weegee Lovell

dice que Tom Butterfield necesita

ayuda. ¿Por qué no te das una

vuelta por allá con tu martillo a ver

qué puedes hacer?”.

Tom, de 23 años, era soltero, acababa

de graduarse de la universidad y

había abierto una residencia sin fines

de lucro para niños sin hogar. Weegee

Lovell, nuestro vecino, era miembro

de la junta de asesores. Yo tenía debilidad

por los trabajos de carpintería

y, como docente, jefe de exploradores

y padre de tres niños, me encantaba

ver crecer a los pequeños y ayudarlos

cuando se presentaba la oportunidad.

Mientras conducía en el humeante

calor de Marshall, Missouri, me convencía

de que Tom no podría con

todo esto, era demasiado. Él mismo

era apenas algo más que un niño; y

su tal “residencia” —un club campestre

abandonado a las afueras de la

ciudad— se hallaba en peor estado de

lo que imaginaba. Las puertas estaban

fuera de las bisagras; las ventanas, rotas;

el techo, agujereado.

Un joven extremadamente flaco,

pelirrojo, de más de 1.80 de altura,

apareció por la esquina.

—Hola —dijo con una sonrisa pecosa

y un firme apretón de manos—.

Soy Tom Butterfield.

Me presentó también a los dos niños

que estaban con él; ambos tenían

menos de 10 años: Andy y Dan*.

—Bill Westbrook —repuse—. Y esto

no va a funcionar.

—Bueno, ¿por qué no nos sentamos?

—propuso Tom, sonriendo

aún—. Conversemos un rato.

Veinte minutos después, cuando

me fui del lugar en busca de un camión

cargado de tejas, me había convertido,

junto con Lovell, en uno de

los más firmes partidarios de Tom.

Mientras avanzaba en sus estudios

universitarios en Marshall, Tom trabajaba

como auxiliar en el hospital

psiquiátrico estatal. Fue allí donde conoció

al pequeño Andy, de seis años,

el primero de “sus muchachos”. “Ahí

estaba ese niñito asustado y desorientado

con un trastorno en el habla”, recuerda

Tom. “Había terminado en el

hospital psiquiátrico solo porque sus

padres fallecieron en un accidente automovilístico

y el Estado no encontró

otro lugar a donde enviarlo. Eso me

dejó anonadado”.

Tom, un joven divertido y de buen

carácter, cargaba sobre sus hombros

*Los nombres de todos los muchachos

Butterfield, excepto el de Johnny Kates,

han sido modificados.


un profundo y doloroso vacío desde

la muerte de su madre a manos del

cáncer cuando él tenía 12 años. Ahora

se había encontrado con alguien que

compartía su necesidad, alguien a

quien podía ayudar y, al hacerlo, de

algún modo llenar juntos el vacío que

tenían en común. Aunque él no lo

contó así. “Vi a Andy”, dijo mientras

estábamos sentados en aquel porche

destruido, “y me vi reflejado”.

Tom solicitó llevar a Andy a su casa.

El administrador del hospital lo miró

perplejo un largo e incómodo rato, y

luego su rostro se relajó.

—Tom —dijo—, ¿qué te hace pensar

que podrías cuidar a este niño?

—Señor —respondió Tom con voz

suave—, en un lugar como este, ¿qué

le hace pensar que usted podrá?

Andy fue informalmente entregado

en custodia a Tom.

Sin embargo, un empleado del sanatorio

pronto se comunicó con él. Un

inspector del Estado había ordenado

el regreso de Andy. Tom se rehusó; lo

amenazaron con levantar cargos en su

contra por secuestro.

Tom regresó al niño, envuelto en lágrimas,

y luego se dirigió a la capital

del estado, donde un supervisor de

asistencia a menores decidiría si un

joven de 19 años podía cuidar a Andy.

Tras esperar allí toda la mañana,

Tom por fin entró a la oficina del burócrata.

Cuando el hombre amenazó

con llamar a la policía, Tom respondió:

“Adelante, envíenme a prisión.

Me aseguraré de que la corte esté

llena de periodistas. Entonces veremos

qué dicen cuando se enteren de

lo que les sucede a estos niños dejados

a su suerte”.

Le entregaron a Andy un dictamen

que lo convertía en el primer soltero

en la historia de Missouri en recibir a

un chico en custodia. Un año después

le otorgaron la tutela de Dan, cuyo

padre alcohólico había asesinado a la

madre del pequeño. Para llegar a fin

de mes en lo que Tom concluía sus

estudios, los tres lavaban la ropa de

otros estudiantes y vendían pizzas de

puerta en puerta.

Luego de su graduación, Tom visitó

a George Meuschke, un profesional

del ámbito de los seguros en Marshall

que estaba muy conmovido por la

historia de este “joven con una gran

idea, pero sin recursos”. Meuschke

reclutó amigos y, pronto, Tom contó

con una junta de asesores y un anticipo

para llevar a cabo su sueño: un

lugar en el campo para que los niños

crecieran como una gran familia. El siguiente

paso era conseguir a alguien

EL ADMINISTRADOR LO MIRÓ PERPLEJO DURANTE UN

LARGO E INCÓMODO RATO. “TOM, ¿QUÉ TE HACE

PENSAR QUE PODRÍAS CUIDAR A ESTE NIÑO?”.


que martillara y montara todos los

elementos necesarios para materializar

los planes. Y allí es donde yo entro

en escena con aquel camión cargado

de tejas.

Durante los siguientes seis veranos,

y con la ayuda de los chicos, la

creciente legión de voluntarios reunida

por Tom trabajó sin descanso.

Se encargaron de tender el cableado

y la plomería, colocaron yeso y papel

tapiz, y pintaron el lugar. Gracias a

ministros y oficiales de policía, a escuelas

y hospitales, los muchachos

de Tom llegaron a sumar 16. Allí había

niños que estaban solos en el

mundo sin haber hecho

nada para merecerlo, pero

también había otros que,

debido a repetidos arrestos

por robo, vandalismo,

consumo de drogas, agresiones

corporales o por

haber desatado incendios

intencionales, habían sido

separados de sus padres.

Otros más habían sufrido

toda clase de maltrato,

desde violencia física despiadada

hasta abuso sexual

y abandono.

Ninguno fue rechazado,

ni siquiera Mark, un niño

regordete de 11 años que

Tom había encontrado

perdido y tambaleándose

por haber estado inhalando

pegamento. Tampoco

se expulsó a nadie

de allí jamás. Ni siquiera al orejón

Johnny Kates, de 13 años, quien se

escapó dos veces de la residencia a

bordo de autos robados.

Cuando no estaba recibiendo a más

muchachos, Tom se encargaba de recaudar

dinero para mantenerlos, de

convencer a donadores potenciales o

de contactar a clubes, iglesias y escuelas.

“Estos niños, o no son de nadie o

son de todos”, solía argumentar. “¿Qué

sucedería si tu esposa y tú murieran

en un accidente, como sucedió con

los padres de Andy? ¿Qué pasaría si

no quedara nadie que pudiera cuidar

a tus hijos?”.


Una vez que los dejaba pensando,

soltaba el argumento convincente:

“Ven a visitarnos a la residencia y ve

con tus propios ojos lo que tu dinero,

tus paquetes de comida y tu ropa vieja

pueden lograr”. Si eso sucedía, se los

echaba a la bolsa para siempre.

Mantenía un bombardeo incesante

de cartas con pedidos de colaboración

que iniciaban con la frase “Estimado

desconocido”. Al principio nos sentíamos

afortunados si los gastos de envío

no rebasaban los donativos que lográbamos

recaudar. Por suerte, Tom tenía

mucha facilidad para generar apoyo y,

en 1970, la mayoría de esos desconocidos

ya tenían nombre; además, el

dinero había comenzado a fluir. Ese

fue el año en que dejé la docencia con

el propósito de dedicarme al refugio

de tiempo completo.

A medida que crecía el grupo de chicos,

surgían interminables discusiones

con trabajadores sociales que nos

obligaban a cumplir las normas sobre

la cantidad mínima de metros cuadrados

requerida per cápita, el número

de ocupantes y la nutrición; lo que suponía

una especie de contrapeso que

equilibraba los constantes intentos

idealistas de Tom, cuyo fin era ofrecer

a los muchachos un hogar: cuando se

trataba de ocultar niños adicionales

o de reducir raciones, Tom no necesitaba

mucha persuasión para estirar

el presupuesto. “Señor Butterfield”, le

dijo finalmente un trabajador social

furioso, “esta iniciativa es un elefante

blanco, un problema. O se ajusta a lo

que exigen las regulaciones o tendremos

que clausurarlo”.

Nunca había visto a Tom tan sombrío.

Por fortuna, Larry Arrowood,

un compañero universitario de Tom,

consiguió un cheque de los miembros

de su fraternidad. Luego, Arrowood se

convirtió en nuestro gerente comercial,

un tributo al contagioso talento

de Tom para involucrar a otros. De hecho,

año tras año fue sumándose un

flujo constante de estudiantes y vecinos

con la intención de colaborar en

labores de cocina, costura y limpieza,

así como para ayudar a los muchachos

con sus tareas.

El credo básico de Tom era muy

sencillo: todo lo que un niño necesita

es alguien a quien amar y que

lo ame. Sin embargo, también se dio

cuenta de que podían necesitar más

de lo que él sabía cómo darles. En

1970 completó su maestría en trabajo

social. Aun así, Tom aprendió más de

sus muchachos —y yo más de él—

que lo que cualquiera podría obtener

de un libro.

Pensemos en Mike, por ejemplo.

Su mal carácter era una cuestión crónica

en él, un adolescente con una

inteligencia muy superior a la de sus

17 años. En una oportunidad, Tom

lo corrigió y Mike le respondió con

insolencia. Tom arremetió contra el

robusto joven y el episodio degeneró

en una violenta lucha cuerpo a cuerpo

que los dejó a ambos muy alterados y

a la sala hecha un desastre. Esa noche,


NADIE FUE EXPULSADO DE ALLÍ, NI SIQUIERA JOHNNY

KATES, DE 13 AÑOS, QUIEN SE ESCAPÓ EN DOS

OPORTUNIDADES A BORDO DE AUTOS ROBADOS.

después de la escuela, Mike fue a conversar

con Tom.

—Mike —le dijo Tom—, te han

echado de cada casa en la que has estado

porque no puedes resistir la tentación

de pelear. Tienes que aprender

a controlarte.

Mike lo miró y dijo:

—¿Por qué esperas que yo lo haga si

ni tú mismo puedes hacerlo?

Desde ese momento, Tom se transformó

en un ejemplo de autocontrol,

algo que no pasó desapercibido para

Mike. Tom comprendió que tal vez la

lección más importante que sus muchachos

debían aprender era cómo

dominar sus emociones y no estallar

abruptamente ante las decepciones

de la vida.

Otro de los chicos, Billy, de 16 años,

era un genio de la electrónica y tenía

el molesto hábito de electrificar la

puerta de todos aquellos que se cruzaban

en su camino. Tom decidió que

valía la pena incentivar su talento. Entonces,

se le asignó a Billy un rincón

del sótano a fin de que organizara su

taller, y ese hábito tan “chocante” fue

desapareciendo poco a poco.

En 1971 Tom había reunido suficiente

dinero para hacerse de una

vivienda de tres habitaciones. Cinco

años más tarde, compró y restauró

una morada antigua en la que instaló

una residencia para niñas sin hogar.

En 1977 renovamos nuestra última estancia

para varones, una vieja casa de

campo. Gracias a 3 distinciones presidenciales

por “prestar un servicio

excepcional a los demás” y a una lista

de contactos de 30,000 donadores, el

proyecto Butterfield Youth Services

ahora no solo podía darse el lujo de

contar con 4 propiedades que albergaban

a 26 jóvenes, sino también un

complejo de aulas ubicado en el centro

de la ciudad donde se llevaban a

cabo capacitaciones especiales y que

incluía, además, un gimnasio y un taller

de artes.

A Tom se le ocurrió otra idea. ¿Por

qué no hacer una película sobre los

muchachos Butterfield? Durante los

siguientes dos años, asedió a la gente

de Hollywood con la misma persistencia

con la que un par de décadas

antes había derribado las puertas de

la burocracia. El resultado fue una

conmovedora cinta televisiva que se

estrenó en la cadena CBS en diciembre

de 1981 bajo el título Los niños que

nadie quiere.

Para entonces, Tom era un hombre

de 42 años; su tupida barba ya

mostraba manchas grisáceas. Como

siempre, trabajaba día y noche. La


“SIEMPRE ESTARÉ AGRADECIDO POR EL HOGAR

QUE TOM ME BRINDÓ”, DIJO KATES. “SIEMPRE

PUEDO IR ALLÍ Y SENTIRME CÓMODO”.

siguiente vez que lo vi, en el estreno

del filme en Marshall, lo encontré más

delgado y cansado. Había cubierto

cada labor que él mismo desempeñaba

en Butterfield con personas dedicadas

y competentes. Ya no había

nada más que él pudiera hacer allí.

Regresó entonces a la costa oeste

para intentar entusiasmar a las cadenas

de medios y convertir el largometraje

en una serie de televisión. En

el otoño de 1982, Tom fue hospitalizado

a causa de una neumonía aguda

complicada por una infección viral.

Muchos de sus chicos, ahora ya crecidos,

fueron a visitarlo. Tom estaba

conectado a un respirador; no podía

hablar. Mark, aquel niño que años

antes inhalaba pegamento y hoy era

un terapeuta respiratorio de 26 años,

llegó a saludarlo y sus ojos de especialista

se llenaron de lágrimas.

DOCE DÍAS antes de la Navidad, Tom

Butterfield falleció. Una multitud compuesta

por la mayor parte de esos 150

hombres y mujeres que habían pasado

por nuestras puertas asistió al funeral

realizado en Marshall. En la primera

fila estaban Andy, que se había casado

y trabajaba en una granja, y Dan, que

era cocinero en un restaurante y realizaba

trabajo voluntario con personas

mayores. Billy, quien ya era dueño de

su propia casa —se había casado y era

un técnico con muy buen sueldo—,

también estaba presente. Mike no se

encontraba allí. Había perdido la vida

en Vietnam.

Tras las intervenciones previstas,

el pastor preguntó si alguien más

deseaba compartir algunas palabras.

Johnny Kates, quien en ese entonces

ya tenía 31 años y era ministro, se

levantó y empezó: “Poco después de

haber llegado a la residencia, yo, junto

con algunos de los muchachos, robamos

un auto y salimos a dar un paseo

no una, sino dos veces. En una ocasión,

chocamos. Cuando la policía nos

trajo de regreso, Tom dijo que íbamos

a recibir la paliza de nuestras vidas. Y,

en efecto, así fue, pero mientras nos

daba nuestro merecido, las lágrimas

corrían por su rostro.

”Siempre estaré agradecido por el

hogar que Tom me brindó. Aún me

siento parte de ese lugar. Siempre

puedo ir allí de visita y sentirme cómodo,

porque es mi casa”. Johnny dio

un paso atrás.

Luego sucedió algo que nunca había

visto ni oído que ocurriera en un

funeral: la concurrencia se puso de

pie y una ovación colmó la sala.

tomado de Reader’s Digest, noviembre de 1983

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