Apunta a la luna

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SECCIÓN DE LIBROS

APUNTA A LA

LUN


A

Hace 50 años, un piloto de pruebas valiente y de hablar

pausado hizo historia cuando dio “un pequeño paso

para un hombre, un gran salto para la humanidad”.

James Donovan

TOMADO DEL LIBRO

shoot for the moon

Buzz Aldrin instala un

experimento sísmico. Al

fondo, el módulo lunar.


Al despuntar el 16 de julio

de 1969, 3 hombres en trajes

espaciales llegaron a la

plataforma 39A, en Cabo

Kennedy, Florida. Subieron

en ascensor a la cima

de la torre de lanzamiento.

Los técnicos iniciaron el complicado

proceso de asegurar a los tripulantes

en el módulo de mando, que reposaba

sobre un cohete Saturn V, y conectarlos

al sistema de soporte vital.

El equipo también revisó la posición

de los interruptores y cotejó una

extensa lista de verificación. Después,

cerraron la escotilla y bajaron. Los 3

astronautas quedaron solos en el

transporte de 36 pisos provisto de casi

3.6 millones de litros de combustible.

Casi 1 millón de personas habían

venido a ver el lanzamiento, entre

ellas 4,000 periodistas de más de 50

países. El acontecimiento se transmitía

en vivo por televisión. Además,

miles de botes flotaban en la costa

para presenciar el suceso; incluso había

una flotilla de la Unión Soviética

a unos 280 kilómetros del litoral que

quería observar al Apolo 11 desde su

despegue hasta su entrada en órbita.

Sorprendentemente, en la cabina se

escuchaba poco ruido; el del motor era

un rugido distante, similar al de las turbinas

de un avión comercial. La nave se

sacudió conforme se elevaba; los propulsores

externos rotaban de un lado a

otro haciendo ajustes para mantener el

equilibrio y la posición vertical.

LA CABINA SE SACUDIÓ Y EL IMPULSO APLASTÓ

A LOS ASTRONAUTAS CONTRA SUS ASIENTOS.

En ese momento, el piloto, Michael

Collins, notó que la manija para abortar,

activada y lista, estaba peligrosamente

cerca del bolsillo izquierdo

del comandante Neil Armstrong. Un

simple giro encendería tres propulsores

en la torre de evacuación que

dispararían el módulo de mando hacia

arriba, alejándolo de la estructura.

Un ligero movimiento de la pierna del

comandante podría enganchar la palanca

y frustrar la empresa. Collins se

lo señaló a Armstrong, quien pronto,

pero con calma, corrió su bolsillo a la

derecha tanto como pudo.

La potencia se incrementó de manera

uniforme y el cohete aceleró.

Tras 2 minutos y 40 segundos de

vuelo, al final de la primera etapa de

combustión, los cosmonautas se sentían

4 veces más pesados.

Cuando alcanzaron 72 kilómetros,

los tripulantes sintieron un aventón

al consumirse el primer componente

y caer al mar. Los cinco motores más

pequeños de la segunda fase lo relevaron

y el viaje se estabilizó. A los 177

kilómetros se desprendió la segunda

parte y arrancó el tercer ciclo. Llegaron

a la órbita en 12 minutos.

fotos: banco de imágenes de la nasa


Neil Armstrong, Edwin "Buzz" Aldrin y Michael Collins (sentados, de izquierda

a derecha) camino a la plataforma de lanzamiento durante una prueba.

Durante el vuelo se presentarían,

por lo menos, 14 puntos de peligro,

momentos determinantes; es decir, fases

críticas que requerían la ejecución

impecable de mecanismos complejos

con objeto de garantizar el éxito de la

misión. El primero fue el despegue; el

siguiente, la impulsión translunar durante

la segunda vuelta orbital. Volver

a encender el impulsor de la tercera

etapa por 5 minutos y 47 segundos

aumentaría la velocidad a 39,039 kilómetros

por hora, lo suficiente como

para escapar de la órbita de la Tierra

e impulsarse hacia el satélite natural.

No hubo problema durante la ignición.

La cabina se estremeció y el

impulso aplastó a los pasajeros contra

sus asientos. El motor se apagó en automático.

Estaban rumbo a la Luna.

Al poco tiempo, Michael Collins separó

el módulo de mando de la tercera

etapa, y una aeronave de aspecto extraño

—formada por el segmento en el

que iban, afianzado al módulo lunar

(ML)— continuó el trayecto.

Ahora tocaba lograr un control térmico

pasivo. En el vacío del espacio la

temperatura superaba los 130 grados

Celsius en donde daba el Sol y –170

del lado opuesto. Collins graduó los

impulsores de forma que la nave rotara

despacio —una revolución cada

20 minutos—, con el propósito de distribuir

el calor. El Apolo 11 giraba en

“modo asador” (como lo llamaron los

astronautas), dirigiéndose a su destino.

Una vez fijado el curso, los tripulantes

se quitaron los trajes y adoptaron

una rutina. A pesar de que no había día


Un cohete Saturn V, portando al Apolo

11 y su tripulación, despega del Centro

Espacial Kennedy, ubicado en Florida.

o noche, sus ritmos circadianos mantuvieron

su horario de sueño y vigilia

normal. Disfrutaban de la ingravidez,

y ninguno dio muestras de malestar

espacial o alguna otra dolencia.

La atracción gravitacional terrestre

duró más de la mitad del trayecto y la

velocidad de escape (40,000 kilómetros

por hora) disminuyó de a poco.

Entonces, a 55,000 kilómetros de su

destino, la nave entró al campo gravitatorio

lunar y volvió a acelerar.

Luego de tres días, estaban listos

para otro punto de peligro: incursionar

en la órbita del satélite. Necesitaban

frenar, dejar que la gravedad los absorbiera

y entrar a la elipse. Si la combustión

era muy corta, el Apolo 11 le

daría la vuelta a la Luna y se dirigiría

de regreso a la Tierra o sería llevado

al otro lado, al Sol. En caso de prolongarse,

su escasa celeridad los estrellaría

en la superficie.

Cuando la aeronave quedó tras el astro,

la tripulación perdió contacto por

radio con el Control de la Misión, en

Houston. Collins dio la instrucción de

prender el motor en la computadora.

Aquel arrancó y anduvo por 5 minutos

y 57 segundos, lo suficiente para desacelerar

e instalarse en una órbita que

fluctuaba entre 111 y 315 kilómetros

sobre el satélite: una ignición e inserción

elíptica casi perfectas.

La Luna se veía por las ventanas del

módulo de mando; los astronautas

quedaron cautivados. El accidentado

terreno, en diversos tonos de gris, estaba

cubierto de cráteres de todos los

tamaños. Y ahora, a tres días de haber

zarpado del planeta, experimentaron

de nuevo la sensación de movimiento.

Al salir de la parte posterior del

cuerpo celeste, el cosmonauta Buzz

Aldrin exclamó:

—¡Está saliendo!

—¿Qué cosa? —preguntó Collins.

—La Tierra. ¿La ves?

—Sí. ¡Es hermosa!

—Apolo 11, Apolo 11, ¿me escuchan?

Cambio —irrumpió un sonido.

—Vaya que sí —contestó Aldrin;

habían restablecido la comunicación.


Tranquilizó a los del centro operativo

diciendo que la combustión había

sido perfecta—. Todo luce muy bien.

Collins, desde el Columbia, pudiera

verificar que no hubiera desperfectos

y cerciorarse de que todo estaba

en orden. El ML, de 7 metros de alto,

estaba compuesto de 2 partes: la de

descenso —que consistía, en esencia,

de un motor cohete y 4 tanques de

combustible con 4 patas— y la de ascenso,

una mezcla de depósitos, cajas

y antenas alrededor de la cabina presurizada

con dos diminutas plazas y,

debajo, otro motor cohete.

EL EAGLE SURGIÓ DE ATRÁS DE LA LUNA,

DESPLAZÁNDOSE A UNOS 6,400 KM POR HORA.

“ESTAMOS LEVANTANDO POLVO”

Para entonces la nave estaba dando

una vuelta a la Luna cada 2 horas. Esa

noche, desde la cápsula, el equipo

transmitió en vivo durante 35 minutos.

Luego, hubo otra combustión

para descender a una órbita más baja

y estable de entre 100 y 122 kilómetros.

Neil Armstrong y Edwin “Buzz”

Aldrin, quienes alunizarían, revisaron

el ML. Después, todos intentaron conciliar

el sueño. Al día siguiente, tras

haber viajado tan lejos, intentarían

conquistar su objetivo.

En la mañana, Armstrong y Aldrin,

ataviados con trajes para actividades

extravehiculares, batallaron para entrar

al ML. Collins, quien permanecería

en el módulo de mando, accionó

un interruptor que abrió los retenedores

de enganche y soltó al ML para

que se alejara lentamente. Armstrong

detonó unos pernos explosivos que

desengancharon el tren de aterrizaje

del ML, al que llamaron Eagle [Águila].

Sintieron un tirón. Mientras se desplegaban

las patas sonó un clic.

El Eagle y el módulo de mando,

apodado Columbia, volaban juntos.

Armstrong rotó su nave a fin de que

No había asientos en el ML, así que

los pasajeros iban de pie, hombro con

hombro, anclados a la cabina; tenían

una variedad de controles, medidores

e interruptores ante ellos.

En el Control de la Misión apareció

un punto en el radar, al lado derecho

del mapa de la Luna, 15 minutos después

de la maniobra. Era el Columbia,

que emergía del lado más alejado del

astro en una órbita superior a la del

Eagle. Minutos más tarde surgió este,

a unos 6,400 kilómetros por hora. Se

restableció el contacto.

—¿Cómo va todo? —preguntaron

desde Tierra.

—El Eagle tiene alas —respondió el

comandante Armstrong.

Este pilotó el ML de forma que su

motor cohete apuntara hacia el frente.

Encendió el impulsor de descenso durante

28.5 segundos, lo que desaceleró


lo suficiente como para permitir que

la gravedad lunar lo bajara a 15,000

metros, altura propicia para sobrevolar

el terreno, que tenía picos de alrededor

de 6,000 metros, con margen de

error. Michael Collins los veía desde el

Columbia, a 100 kilómetros.

El radar indicaba que el Eagle estaba

alejándose de su objetivo, el

relativamente plano mar de la Tranquilidad.

Volaban sobre el suelo lunar,

de color entre café y grisáceo; Aldrin

mantenía los ojos fijos en la pantalla

y Armstrong observaba la geografía:

cráteres, colinas, cerros y grietas.

“Nuestros cálculos de posición indican

que nos pasamos un poco”, comentó

Armstrong a Tierra. Sabía que

el extremo más alejado era agreste. El

alunizaje del frágil ML se complicaría.

Oyeron un pitido en sus auriculares.

Tanto Armstrong como Aldrin voltearon

hacia el monitor y vieron una luz

amarilla de advertencia. “Alarma del

programa”, dijo Armstrong con cierto

apremio. “Es un doce cero dos”.

Ambos se miraron. Nunca habían

escuchado ese código y no tenían

tiempo de buscarlo en el manual.

En el Control de la Misión varios

corazones se sobresaltaron. El aviso

significaba que la computadora se estaba

sobrecargando. Pasaría por alto

las tareas secundarias en automático

y atendería las más importantes, así

que aún encendía los reactores y navegaba.

El centro operativo analizó

la tesitura y tomó una decisión: “Déjenlo.

Nosotros nos encargamos”.

En el ML, el rebato cesó. En apariencia,

no había inconveniente alguno.

Cuando el mar de la Tranquilidad se

encontraba a 420 kilómetros, 8.5 minutos

de impulso redujeron la velocidad

a 640 kilómetros por hora y esto

los situó a 2,000 metros de altitud.

A los 900 metros recibieron el visto

bueno del centro operativo para alunizar.

Entonces volvió el silbido; esta

vez era un 1201 en vez de 1202.

“Nosotros nos haremos cargo”, los

tranquilizaron desde Tierra.

La computadora de abordo podía

alunizar el ML y se estaba alistando

para posar la nave en la pendiente de

un cráter. Armstrong consideró que la

inclinación era demasiado pronunciada,

por lo que asumió el mando

manual y ralentizó el descenso casi a

cero. Fue al frente, guio la nave sobre

el borde del boquete y eludió una roca

grande con un giro a la izquierda. A

150 metros, bajaba hacia lo que parecía

el lecho inerte de un lago antiguo.

Sobrevolaban la iluminada superficie

lunar cuando se disparó de nuevo

la alarma 1202.

Control ordenó: “Continúen”.

—¿Cuánto combustible nos queda?

—preguntó Armstrong.

—Ocho por ciento —informó Aldrin.

Un minuto después se encendió

una luz roja, indicando las bajas reservas.

Aldrin voceaba las cifras (altitud,

ritmo de descenso y velocidad

de avance en pies por segundo)—. Sesenta

pies [18 metros]; descenso, 2.5;

2 al frente. Vamos bien.


Habían entrado a la etapa sin retorno;

es decir, si intentaban abortar

la maniobra en ese instante, su velocidad

de descenso los estrellaría contra

la superficie antes de que pudieran

encender el impulsor de ascenso. Aldrin

continuó:

—Cuarenta pies [12 metros]; descenso,

2.5. Estamos alzando polvo.

Treinta pies [9 metros].

Una capa de polvo levantada por

el escape se arremolinaba en el terreno

y era casi imposible establecer

dónde estaba el suelo. Armstrong vislumbraba

unas rocas más adelante. Y

entonces el centro operativo les avisó:

“Quedan 30 segundos de combustible”.

Pero Armstrong ya estaba bajando

y eso no le preocupaba. Si se quedaban

sin potencia, se precipitarían sin

más. Estimaba que el tren de aterrizaje

retráctil bien podría amortiguar

una caída de 12 metros.

—Hay que deslizarnos un poco hacia

delante… Perfecto —dijo Aldrin.

De pronto, una luz azul irradió en

el panel de control: “Contacto lunar”.

Habían tocado la superficie.

—Luz de contacto —reportó Aldrin.

—Apagando —repuso Armstrong e

interrumpió la marcha del motor.

Ninguno de los dos sintió el alunizaje,

pero sí se percataron de que

ya no se movían. Armstrong y Aldrin

sonrieron y se estrecharon la mano.

—Houston, este… —Armstrong esperó

unos segundos y, con renovados

bríos, agregó—: Aquí Base Tranquilidad.

El Eagle ha alunizado.

Los módulos de mando y de servicio

del Apolo 11, fotografiados desde

el Módulo Lunar.

UNA SUPERFICIE DE POLVO FINO

Desde su ubicación en la órbita,

100 kilómetros más arriba, Michael

Collins escuchaba con atención las

transmisiones del Eagle. En la primera

alarma 1202 tomó su lista de verificación

y la revisó, pero antes de encontrar

de qué se trataba el desperfecto

escuchó la orden del centro operativo.

Unos momentos después no cabía en

sí tras el anuncio de a Armstrong: “El

Eagle ha alunizado”.

Como la mayoría de los astronautas,

estos tres hombres estaban casados

y tenían familias. Todos vivían en

Houston. Jan Armstrong se retiró a su

dormitorio durante el descenso; dejó

a su familia y vecinos en la sala viendo

la cobertura televisiva. Enseguida, su

hijo Rick entró y se sentó en el piso.

El astronauta Bill Anders, su vecino,

también entró y le ayudó a Jan a estudiar

un mapa lunar. Cuando su esposo


guiaba el ML los últimos 100 metros,

Jan se desmoronó y abrazó a su hijo,

susurrando: “Bien, bien, bien”.

Joan Aldrin estaba en la sala de su

hogar, con lágrimas en los ojos; no

podía ver el televisor. Cuando el Eagle

alunizó, se desplomó mientras los

demás aplaudían. Una calle más allá,

en la casa de los Collins, Pat Collins

se encontraba muy nerviosa y sentada

en el sofá de la sala rodeada de

parientes y amigos. Al concluir el descenso,

Pat sonrió por primera vez en

mucho tiempo. Veía en la pantalla al

emblemático Walter Cronkite, el elocuente

presentador de noticias, quitarse

las gafas y balbucear “¡Hombre

en la luna! Vaya… qué cosa” y emitir

un silbido.

El horario indicaba que debían

comer y descansar cuatro horas; sin

embargo, ninguno sentía cansancio:

estaban exultantes. Comieron con

avidez y se prepararon para su actividad

extravehicular. Tuvieron especial

cuidado en asegurar los trajes, cascos,

guantes y diversas conexiones. Un

empalme mal acoplado significaría

una muerte instantánea.

Cada traje tenía 25 capas de grosor

y estaba presurizado a 24.13 kilopascales,

por lo que era voluminoso y

poco flexible. El casco, transparente

y esférico, estaba equipado con un visor

que tenía una película de oro para

mitigar el brillo enceguecedor del

Sol que la atmósfera no filtraba. Una

mochila suministraba oxígeno, agua

CASI 530 MILLONES VIERON LA TRANSMISIÓN;

FUE LA MAYOR AUDIENCIA DE LA HISTORIA.

Tras el alunizaje, cada una de las

esposas concedió una entrevista en la

entrada de su casa, aportando variaciones

de las declaraciones de “orgullo,

emoción, alegría” que toda cónyuge de

astronauta estaba acostumbrada a dar.

Pero todas sabían que había más momentos

decisivos por delante.

En la Luna, antes de cualquier otra

cosa, Armstrong y Aldrin hicieron un

simulacro de la cuenta regresiva para

el despegue del día siguiente. Querían

estar seguros de que el procedimiento

de preparación para el ascenso funcionaba

en la realidad.

y energía eléctrica para mantenerlos

con vida durante cuatro horas. En la

Luna, los trajes de 81.6 kilos pesaban

apenas 13.6, aunque la estrechez del

ML complicaba sus movimientos.

A las 9:39 p. m., hora de Houston,

por fin abrieron la escotilla a sus pies.

Armstrong se inclinó todo lo que

pudo y, con la ayuda de Aldrin, salió

de espaldas y con lentitud por la apertura

de 206 centímetros cuadrados; se

sujetó de las barandas laterales y bajó

los 9 peldaños de la escalera, sujeta a

la pata delantera izquierda del ML. A

mitad de camino, activó una cámara


de televisión envuelta con plástico.

Aldrin la encendió y empezó a transmitir

imágenes fantasmagóricas en

blanco y negro a cerca de 530 millones

de personas en la Tierra, la audiencia

más grande de la historia.

A las 9:56 p. m., Armstrong estiró la

pierna izquierda y pisó la Luna. “Un

pequeño paso para un hombre”, dijo,

“un gran salto para la humanidad”.

Cuando estaba firmemente de pie,

reportó: “La superficie es de un polvo

muy fino que se levanta si lo pisoteo.

Se adhiere a las botas en capas muy

finas, como carbón en polvo”.

Saltó algunas veces y empezó a caminar.

No había problema en adaptarse

a la baja gravedad; la visibilidad

era buena: el sol enceguecedor daba

al este, mientras la resplandeciente

Tierra estaba encima. Comparó la

iluminación con la de “un campo de

atletismo con reflectores”.

Buzz Aldrin bajó por la escalera 20

minutos después y se reunió con él.

“¡Hermosa vista!”, exclamó al saltar del

último peldaño.

Ambos tenían cosas que hacer. Inspeccionaron

el ML en busca de fugas

de combustible u otros daños, pero

no detectaron ninguno. Tomaron fotos

y recogieron algunas rocas y tierra.

Instalaron una cámara de video en un

trípode y colocaron una bandera estadounidense

con una barra retráctil a

fin de mantenerla estirada.

Aldrin montó dos experimentos:

un sismógrafo pasivo que detectaría

y transmitiría cualquier temblor y un

Buzz Aldrin en la Luna. El finísimo polvo

de la superficie se adhería a las botas.

par de paneles que reflejarían rayos

láser apuntados desde la Tierra con

objeto de medir la distancia exacta

que mediaba. Armstrong fue a un cráter

a 60 metros y recogió algunas piedras

que le parecieron interesantes.

Al regresar al ML quedaba una cosa

por hacer. Aldrin sacó una pequeña

funda blanca de su manga. Dentro había

una insignia del Apolo 1, una misión

anterior programada para probar

el ML que nunca despegó. Durante un

ensayo de lanzamiento en Cabo Kennedy,

el 27 de enero de 1967, los astronautas

Gus Grissom, Ed White y Roger

Chaffee murieron en un incendio en


la cabina. El saco también contenía

un disco de silicio con mensajes de

buena voluntad de 73 países, medallas

en memoria de los cosmonautas

soviéticos Vladimir Komarov y Yuri

Gagarin, así como una pequeña rama

de olivo de oro: un mensaje de paz.

RETENEDORES BIEN CERRADOS

Dejaron la bolsa en el astro y abordaron

el ML. Llevaban 22 kilos de rocas y

una capa de polvo que parecía carbón

y olía a ceniza húmeda. Aseguraron la

escotilla, presurizaron la cabina y, al

fin, trataron de descansar un poco.

Al prepararse para ir a dormir, Aldrin

notó un pequeño pedazo de plástico

tirado. Miró la hilera de pastillas

eléctricas que alimentaban al motor

“ENTENDIDO”, DIJO ALDRIN.

“SOMOS LOS PRIMEROS EN LA PISTA”.

antes de encenderlo. Si una no estaba

sumida (y en ese momento esa no lo

estaba), aquel no andaría.

Aldrin lo informó al Control de la

Misión y le dijeron que encontrarían

alguna alternativa. Él les avisó que

tenía un rotulador con el cual podría

activar el componente. Le pidieron esperar

hasta la mañana siguiente.

Los astronautas se sumieron en un

sueño intranquilo: les preocupaba

despegar de la Luna. Los 15,563.15

newtons de empuje tenían que bastar

o quedarían varados y morirían

cuando se les agotara el oxígeno.

En tanto, el Control de la Misión

intentaba dilucidar la causa de las

alarmas 1201 y 1202; temía que se

encendieran de nuevo durante el ascenso.

Al fin, creyeron haber hallado

la respuesta: el radar de encuentro en

órbita. Si la tripulación lo ponía en

modo manual, no en automático, se

evitaría el inconveniente.

Los cosmonautas se despertaron y

pasaron la mañana alistándose para

su partida: cotejaron las listas de verificación

y se cercioraron de que las

múltiples pastillas e interruptores estuvieran

en la posición correcta. Les

instruyeron apagar el radar de encuentro

en órbita. Enseguida, Aldrin

utilizó el rotulador a fin de oprimir la

pastilla del motor de elevación. Momentos

después, el Control confirmó

que todo en el sistema de circuitos

estaba en orden.

A las 12:37 p. m. el Control de la Misión

le confirmó al Eagle:

—Tiene autorización para despegar.

—Entendido —respondió Aldrin—.

Somos los primeros en la pista.

Tanto Armstrong como Aldrin empezaron

a oprimir botones y levantar

interruptores. Unos dispositivos

explosivos separaron la etapa de ascenso

(la parte superior del ML) de

la de descenso y se encendió el impulsor,

levantando la nave a medida


que volaba polvo por doquier. Aldrin

alcanzó a ver por la ventana que la

bandera se caía.

La elevación fue rápida y sin sobresaltos.

Unos segundos más tarde,

el ML se inclinó 45 grados y comenzó

a moverse horizontalmente. Siete minutos

después del arranque, el motor

se apagó. Su función estaba hecha: levantar

al Eagle lo suficiente, alcanzar

la velocidad necesaria para superar la

débil atracción gravitatoria de la Luna

y entrar en órbita.

Arriba de ellos, Collins vio una diminuta

luz titilando en la oscuridad

del cosmos. Había estado esperando

su regreso casi un día entero, intentando

no pensar en las mil y una cosas

que podían fallar. Tenía un cuaderno

lleno de sus opciones por si algo salía

mal. Oraba por no necesitarlo.

El encuentro se había efectuado

con éxito varias veces en vuelos espaciales

anteriores. Sin embargo,

igual requería una serie de maniobras

complicadas y combustiones de aceleración

y frenado sincronizadas a la

perfección. Neil Armstrong realizó el

primer acoplamiento en el espacio

en su viaje previo, en 1966; además,

había practicado la aproximación y el

acoplamiento innumerables veces en

el simulador. Durante las siguientes

tres horas, él y Collins maniobraron

con cuidado para permitir que el Eagle

alcanzara al Columbia.

Conforme se acercaban, la operación

parecía marchar sobre ruedas:

Armstrong abrió los tres pequeños

retenedores de enganche y levantó

un interruptor que acercaría a ambos

vehículos. Pero, en realidad, se habían

desviado unos 15 grados. Collins logró

darle la vuelta al Columbia hasta hacerlo

coincidir. Entonces escuchó un

golpe y los retenedores se cerraron

firmemente. Estaban acoplados.

Casi dos horas después de desactivar

el ML y de preparar su descarte,

Armstrong y Aldrin se quitaron los

cascos y guantes y se arrastraron por

el túnel presurizado a la cabina del

módulo de mando. Los tripulantes

tenían amplias sonrisas en el rostro.

Se estrecharon la mano.

Pasaron las cajas con rocas y cartuchos

de películas al Columbia y, con

una pequeña aspiradora, limpiaron

el polvo lunar que llevaban. Luego,

Collins activó unos cuantos interruptores

y se desprendieron del Eagle. El

ML daría vueltas alrededor del satélite

hasta que su órbita se deteriorara y se

precipitara a la superficie.

El Columbia desapareció tras la

Luna por última vez en la trigésima

primera revolución; entonces, encendieron

el impulsor y aceleraron a

3,600 kilómetros por hora, suficiente

para liberarlos de la gravedad del satélite

natural y encauzarlos de vuelta

a la Tierra.

UN ESPÍRITU RENOVADO

Igual que en el viaje de ida, se colocó

la nave en “modo asador” con el propósito

de distribuir el calor del sol.

Después de eso, la vuelta a casa no


Unos buzos ayudan a la tripulación del Apolo 11

a subir a una balsa, luego de que el módulo de

mando acuatizara en el Pacífico.

presentó contratiempos y resultó casi

un vuelo de rutina.

El 24 de julio, el noveno día de su

travesía, la cabina de mando —todo lo

que quedaba del Apolo 11, antes una

gigantesca torre de 2.9 millones de kilos,

con 3 etapas propulsoras y 3 módulos—

atravesaba vertiginosamente

la atmósfera, de reversa, mientras su

escudo térmico se desintegraba en

rescoldos anaranjados y amarillos. A

continuación se desplegaron los paracaídas

y la nave descendió al Pacífico,

a unos 21 kilómetros del barco de rescate,

el portaviones USS Hornet.

Un helicóptero arrojó un bote inflable

y tres buzos al agua, mientras

otro pasaba prendas de aislamiento

biológico por la escotilla abierta a

fin de iniciar los protocolos anticontaminantes.

La tripulación se puso

el traje y entró a la balsa, donde fue

lavada con desinfectante. Luego, los

subieron a la aeronave uno

por uno y los llevaron al navío,

donde los escoltaron a un

remolque convertido en instalación

de cuarentena. Los

recibió el presidente Richard

Nixon en persona y concluyó

con un mensaje de esperanza:

“Gracias a lo que han logrado

ustedes, el mundo jamás ha

estado tan unido”.

En Houston, unas 200 personas

se apiñaron en el Control

de la Misión; saltaron y

vitorearon al ver a los cosmonautas

llegar al buque. En la

pantalla se leía el mensaje inspirador

que el presidente John F. Kennedy

dio en 1961: “Antes de que concluya

la década, esta nación debe comprometerse

a lograr la meta de llevar un

hombre a la Luna y traerlo de vuelta

sano y salvo”.

Los astronautas volaron a Hawái y

luego a Houston, donde pasaron más

de dos semanas en cuarentena. Durante

su estadía, se les inyectó polvo

lunar a varios ratones con el objeto de

detectar cualquier reacción negativa.

Como ningún roedor o integrante de

la cuadrilla murió, ni alguna de las pocas

personas que estuvieron en contacto

con ellos enfermó, se determinó

que no existía riesgo de contaminación.

El 10 de agosto el aislamiento se

dio por concluido y pudieron abrazar

a sus familias.

El equipo participó de los festejos

por su hazaña: un desfile en Nueva


York, un discurso en el Congreso de

Estados Unidos, una gira de buena voluntad

por 24 países con sus esposas.

En Houston, en cambio, los ingenieros

y técnicos preparaban discretamente

la próxima misión, Apolo 12,

que alunizaría en noviembre de 1969.

En los siguientes tres años y medio,

la NASA envió seis cohetes tripulados

más a la Luna. Todos regresaron, aunque

la tripulación del Apolo 13 nunca

alunizó. Los pasajeros estuvieron a

punto de perder la vida al explotar un

tanque de oxígeno que dañó seriamente

el módulo de servicio.

Por desgracia, tras el Apolo 11, a

medida que los viajes espaciales se

hicieron habituales y perdieron apoyo

público, el financiamiento para la

agencia que los operaba decayó. No

obstante, la NASA siguió mandando

hombres y mujeres al espacio, igual

que los soviéticos, quienes establecieron

la primera estación espacial,

Salyut, en 1971, seguida de la estadounidense,

Skylab, en 1973. Sin embargo,

las tragedias del Challenger y

el Columbia, en 1986 y 2003, fueron

tristes recordatorios de los peligros

que entrañan estas correrías.

Ambas naciones, con otras tres

agencias espaciales, se unieron para

lanzar la Estación Espacial Internacional

en 1998. En 2011, China estableció

su propia estación, Tiangong, y desde

2012 envía seres humanos al cosmos

en sus cohetes Shenzhou.

Debido a que es más seguro y menos

costoso, el vuelo espacial no

tripulado se ha hecho la norma para

explorar más allá de los confines de

la Tierra. El Voyager 1 y el Voyager 2,

lanzados en 1977, recorrieron los cuatro

planetas más grandes, con vuelos

de reconocimiento a Júpiter, Saturno,

Neptuno y Urano. El Voyager 1 ingresó

al espacio interestelar en 2012, mientras

que el Voyager 2 entró en noviembre

de 2018.

Seguramente en sociedad con otros

países, la NASA planea poner una estación

espacial en órbita lunar, desde la

cual se enviaría una misión tripulada

a Marte en la década de 2030. Además,

hay varias empresas privadas,

entre las cuales destaca SpaceX, que

han anunciado su propia expedición

a dicho planeta. El futuro de la industria

parece prometedor, con turismo,

extracción de minerales raros y otros

negocios potencialmente rentables en

su horizonte.

Durante décadas después del programa

Apolo, las ilusiones cósmicas

parecieron desvanecerse. En todos

estos años, nadie se ha aventurado

más allá de recorrer una órbita baja

sobre la Tierra. Pero ahora se siente

en el aire un espíritu renovado por

esta actividad. “El hombre siempre

ha ido hasta donde ha podido llegar”,

afirmó el astronauta Michael Collins,

del Apolo 11, al Congreso de Estados

Unidos en 1969. Mientras una parte de

nosotros siga siendo humana, así será.

tomado del libro Shoot for the Moon, de James

Donovan. © 2019 por James Donovan. publicado con

autorización de Little, Brown and Company, de

Nueva York. todos los derechos reservados.

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