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Revista Hegemonía. Año II Nº. 18

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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. 18 AÑO II | AGOSTO DE 2019

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HEGEMONIA

la revolución

de la alegría

y del gatopardo


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HEGEMONIA

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EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Romina Rocha

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN

La Batalla Cultural

3 DE FEBRERO 2975 | Mar del Plata

Tel./Fax (0223) 495.5552 - 495.9888

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2 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


HEGEMONIA

10

CONTENIDO EXCLUSIVO

La “revolución”

de plástico de

los bien comidos

24

SUPLEMENTO ESPECIAL

Sociología del

estaño para la

construcción del

nacionalismo

popular (II)

18

ANÁLISIS

Análisis pragmático

del voto que no

podemos ganar

6

OPINIÓN

Ensayo

general

3 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


EDITORIAL

Pindonga y cuchuflito

Entre los principales aspectos

de esta posmodernidad

mediática está la avalancha

de información, la que

a diario retroalimenta la

“sociedad de la opinión” en la

que estamos inmersos desde

que los medios de difusión se

encontraron con los medios

técnicos para inundar el mundo

de mensajes. El problema que

tenemos hoy los pueblos es

que todos hablan, pero nadie

escucha a nadie. La sociedad

posmoderna es un rejunte de individuos

que luchan entre sí por

la primicia, por ver quién dice

algo relevante para que otros

se pongan a prestar atención.

El advenimiento de las redes

sociales es el corolario de esa

situación y allí estamos todos

intentando hacernos oír en un

mundo de sordos locuaces.

Así es cómo la política se torna

una actividad inviable, puesto

que depende fundamentalmente

de un tipo de diálogo en

el que los que tienen ideas las

expresan y los que no las tienen

acompañan esas expresiones

sin buscar el protagonismo

individual. En la política que

funciona, las fuerzas políticas

expresan sus proyectos, su

visión de cómo es el mundo y de

cómo debería ser, los medios

difunden eso y el público elige.

Quizá el modelo propuesto sea

una utopía y no haya existido jamás

en una forma tan pura. Puede

que nunca haya habido una

sociedad en la que la política

funcionara con semejante nivel

de armonía y lo más probable es

4 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


que eso sea cierto, que se trate

de una utopía. Pero todavía más

cierto es que nunca en la historia

de la humanidad estuvimos

más lejos de realizar esa utopía.

Hoy, para mover el amperímetro

en la política, no alcanza

con tener ideas y expresarlas.

Hace falta algo más, hace falta

hacer más ruido que todos los

demás para hacerse escuchar,

para “instalarse” en la llamada

“opinión pública”. Y eso se logra

a los gritos: es necesario ser una

figura con mucha exposición

mediática y, además de eso,

“mechar” la expresión de las

ideas que se quieren transmitir

con factoides. En una palabra,

para hablar en serio es necesario

vender un poco de humo.

Sin el humo, la sociedad

adiestrada para ver la realidad

como una inmensa farándula no

presta atención. Tres décadas

de contenidos tilingos en televisión

y luego amplificados por

la difusión de las redes sociales

han formado una generación

que consume títulos, puterío y

humo, una generación que quiere

aplaudir a los “tirabombas”

cuando hacen eso, tiran bombas

de humo para hacerse notar. Es

en ese contexto que analizamos

dos hechos ocurridos en las

últimas semanas: la “polémica”

presentación de Cristina Fernández

en Mar del Plata y eso que

los medios clasificaron como

“revolución” y fue la destitución

del gobernador de Puerto Rico

por la filtración de unos chats

privados.

En el primer caso, tenemos a

la máxima referente de nuestra

política agregándole expresiones

bomba como “pindonga” y

“cuchuflito” a su discurso necesario.

Y la tenemos haciendo eso

a modo de generación de factoide,

como una manera de que

los medios de difusión difundan

efectivamente su mensaje y las

mayorías escuchen y presten

atención. Las “pindongas” y los

“cuchuflitos” en el discurso de

CFK no son inocentes ni mucho

menos errores, son una técnica

para explicarle al argentino que

el actual proyecto político hizo

descender su nivel de vida prohibiéndole

el consumo o restringiéndolo

a productos de mala

calidad, las famosas segundas y

terceras marcas.

En el segundo caso, tenemos

el que para que un pueblo inerme

como el puertorriqueño se

organice y se mueva para algo

hace falta que unas estrellas

del pop vengan, pongan como

premisa cualquier humo y logren

con eso convocar. Si el Partido

Nacional convocara hoy a una

movilización popular por la

independencia de Puerto Rico,

no juntaría más que los cuatro

militantes de siempre. Entonces

tienen que venir Ricky Martin,

René de Calle 13 y un tal Bad

Bunny a decir que la homofobia,

el WhatsApp y la mar en coche

para llenar las calles de gente. Y

eso, como veremos en esta edición

de la Revista Hegemonía,

se pretende hacer pasar por los

medios como una “revolución”.

Curiosamente, una revolución

de “pindonga” y “cuchuflito”,

una revolución de plástico, porque

todo tiene que ver con todo.

Uno de los enemigos a vencer

es el ruido, la sobreinformación

que resulta en la sobreideologización.

Todo eso invisibiliza

la realidad —que es la única

verdad, como diría el General

Perón— y enajena a los pueblos.

Tenemos que volver a dialogar,

a escuchar, reflexionar y debatir

en serio. Tenemos que liberarnos

de la obligación de producir

factoides para hacernos oír

por nuestros interlocutores.

Tenemos que derrotar, en una

palabra, la posmodernidad

mediática.

A ese fin publicamos esta

edición de la Revista Hegemonía,

para restar ruido y sumar

argumentación, para quitarle

la careta al factoide, mostrarlo

desnudo. Para hablar de lo que

andamos necesitando como

sociedad para resistir a los

intentos de fragmentación de

los que nos quieren enviar al

descarte por desfasaje. Por eso

se concatenan entre sí todos los

artículos de esta edición y esperamos

que el atento lector sepa

encontrarles la conexión para

comprender la realidad como

un todo, que sepa ver la relación

entre ausencia de nacionalismo

popular y humo posmoderno

para fraccionar y eliminar a las

mayorías. Estamos dependiendo

de eso.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


OPINIÓN

Ensayo general

ROMINA

ROCHA

Luego de que se definiera el

escenario electoral de cara

a las PASO de agosto, el estado

de ánimo general pasó

de una euforia signada por

el enojo y el desconcierto por

parte de todo el arco opositor al

gobierno de Macri (incluyendo

población y militancia) a una

suerte de tensa calma en la que,

de tanto en tanto, algún sobresalto

invadía el clima. Y esto

puede ser entendido como el

resultado de una suma inmensa

de presiones simultáneas que,

luego de descomprimirse al despojar

de dudas y especulaciones,

dejó un cansancio que se

respira y se puede traducir, en

muchos casos, en resignación.

Porque la cosa está clara:

no estamos ante un momento

feliz ni por asomo en nuestra

historia reciente, sino más bien

todo lo contrario. Y eso se hace

evidente en todas las áreas en

las que se da la convivencia con

6 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


el otro; es inevitable transitar,

aunque sea por momentos, la

pesadez de estar sumergidos en

este momento crítico y no tener

prácticamente opciones para

salir de él.

Las heridas por lo que quedó

afuera de la oferta electoral aún

están abiertas, pero a su vez y

con el paso de los días, empezó

a transformarse todo ese fervor

por lo que se creía que se

debía hacer en algo así como

un acuerdo tácito en el que se

permite algún descargo ocasional,

pero ya no se acompaña,

ni se celebra ni se dilata hasta

el infinito. Y es que el desgaste

también pasa por ahí, por la

acumulación de malestares que

ocurren en los espacios en los

que, se supone, aún se puede

canalizar lo que fuere que se

sienta.

Las peleas improductivas

entre convencidos, marcadas

por el enojo y la tristeza, ya no

se dan con la asiduidad que se

daban hasta poco antes y poco

después de la confirmación

de las candidaturas, porque la

realidad es que no se encuentra

a nuestro alcance el poder

modificar ninguna decisión que

se haya tomado ahí donde no

tenemos llegada. Por más razones

que se tuvieran, lo cierto

es que no se construye sobre

imposibles y hay que poder

comprender que ganar o perder

las elecciones no es sólo una

cuestión político partidaria, sino

la definición del destino de todo

un pueblo que hoy está padeciendo

el entreguismo revestido

de gobierno democrático.

Entonces, más allá de las

razones y los argumentos que se

puedan sostener y que incluso

puedan resultar absolutamente

válidos y verdaderos, lo cierto

es que en esta instancia lo que

impera es que este ciclo de saqueo

finalice para poder pasar

a una instancia intermedia en la

que el desastre sea aplacado. Y

para poder comprender eso, a

quienes tenemos la posibilidad

de informarnos y leer para seguir

formándonos en opinión y discernimiento,

lo que se necesita

es asumir que en este punto de

la historia los protagonistas no

somos nosotros.

No es a nosotros a quienes

se apela desde lo discursivo ni

desde la comunicación porque,

básicamente, no nos tienen

que convencer de nada: ni de

un lado ni del otro están buscando

hablarle a quien ya ha

elegido un modelo de país, sino

a los que quedaron en el medio,

mirando de un lado al otro,

buscando alguna respuesta a

un diario vivir que para muchos

es insoportable. Y no basta con

analizar las propuestas ni con

hablar del bolsillo “de la gente”:

estamos en una etapa en la que

lo emocional es la clave y es ahí

donde todos están queriendo

trabajar.

Desde el oficialismo, la presión

sobre el odio y el miedo

“a volver al pasado” es el eje

central, ya que no pueden volver

a proponer una “revolución de

la alegría” después de haber

dejado a muchos de los que

creyeron en eso sin siquiera el

pan sobre la mesa. No pueden,

y lo saben bien, repetir la estrategia

de 2015 ya que, aunque

muchas veces nos parezca que

es al contrario, ellos no están

subestimando a la gente. Jaime

Durán Barba, que es quien

articula los mensajes en las

áreas determinantes del gobierno

vendepatria, tiene muy en

claro lo que decía Perón sobre

El consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba, todavía muy vigente y aplicando estrategias

emocionales de persuasión para obtener la reelección de un gobierno cuya

gestión ha sido desastrosa. No solo lo puede lograr, sino que corre con ventaja.

7 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


la generación de consensos: “Al

hombre siempre es mejor persuadirle

que obligarle”. Entonces

no es que estén indicando

directamente qué debe suceder,

sino que mediante la inducción

que vienen llevando a cabo

desde hace años gracias a la

complicidad de los medios masivos

de difusión, el trabajo de

convencimiento sobre una parte

de la población ocurre casi

como respuesta a un estímulo

infligido de manera sistemática

e ininterrumpida.

Y esto es importante indicarlo

porque muchas veces se cae

en el error de creer que esto es

un fenómeno reciente y que,

como por arte de magia, de un

día para el otro una parte de la

sociedad argentina decidió que

unos eran buenos y los otros

malos y que lo vivido durante

una parte de nuestra historia

fue una ficción. Lo cual es no

sólo incorrecto, sino sumamente

contraproducente en la articulación

de las estrategias para

contrarrestarlo, ya que en verdad

es producto de un trabajo

simbólico de mucho tiempo que

hoy se evidencia porque ha sido

efectivo.

Comprender esto, en esta instancia

que atravesamos, no sólo

tiene un beneficio en cuanto a la

estrategia política sino también

en la recomposición del tejido

social, ya que parte del esquema

consiste en que nos peleemos

entre conciudadanos y que

terminemos, de esa manera,

cada vez más distanciados los

unos de los otros, más aislados

del conjunto, más alienados de

nuestra propia identidad comunitaria.

Por eso es que no estamos

sólo ante una definición

económica y política, sino que

El General Perón, recordándonos desde el fondo de la historia la necesidad de

persuadir allí donde el impulso nos invita a obligar. El enemigo de los pueblos tiene

incorporadas muchas de las máximas de Perón y las incorpora en sus estrategias

de manera muy pragmática.

estamos dirimiendo el porvenir

de la sociedad a la que pertenecemos

y por la que somos,

también, responsables.

De eso se trata este momento

histórico: de cómo asumimos

esa responsabilidad de estar

conscientes de lo que sucede

y qué hacemos al respecto.

Cómo hablamos con el de al

lado, cuán tolerantes y comprensivos

somos, hasta dónde

llegan nuestras limitaciones en

el vínculo con el otro y cuánta

voluntad tenemos de contribuir

activamente en la transformación

de la realidad que nos

atraviesa.

Porque la estrategia de la

contraparte de todo esto, que

los tiene a Alberto Fernández

y a Cristina al frente de dos

ejes electorales distintos, está

queriendo simbolizar algo que

ya significó Néstor en algún momento,

pero que hoy tiene un valor

agregado por causa de todos

los contrapuntos que podemos

hacer y que antes no teníamos a

mano: están queriendo invitar a

una parte de la población a volver

a confiar, a tener esperanza

en un país que todos sabemos

que es posible pero que no todos

podemos ver de qué manera

construirlo. Y es ahí, en ese punto,

donde nuestra capacidad de

contención y comprensión son

determinantes: la esperanza no

es algo que se aprenda, es algo

que se contagia. Y si somos capaces

de dejar de lado nuestras

diferencias en pos de un futuro

que pueda devolverle los sueños

a los miles y millones que hoy no

pueden pensar en un mañana

mejor, entonces ese porvenir

que nos quieren prometer lo

estaremos haciendo nosotros.

La diferencia, hoy más que

nunca, la hace dar el salto de

fe. Esa que nos quieren arrebatar,

esa que es la última que se

pierde.

8 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


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9 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

La “revolución”

de plástico

de los bien

comidos

ERICO

VALADARES

El sentido común y la sabiduría

popular en América

Latina tienen en su léxico

una infinidad de formas de

expresión para referirse a

las cosas cuando las consideran

de mala calidad. Los argentinos

solemos decir, por ejemplo, que

algo es “berreta”, tal vez a modo

de dudoso homenaje a Tomás

Berreta, presidente de Uruguay

durante un brevísimo periodo

en el año 1947. Al parecer, el

bueno de Berreta propuso la

industrialización del país y,

en efecto, el Estado uruguayo

habría intentado llevar a cabo el

ambicioso proyecto. El asunto

es que como en todo proceso de

industrialización con escaso recorrido

histórico, los productos

de la incipiente industria uruguaya

tenían muy baja calidad

y se exportaban a la Argentina,

quizá el único país dispuesto a

“darles una mano” a los uruguayos

en su patriada. Así, frente

a la calidad de lo que llegaba

importado desde Uruguay en la

época de ese intento de industrialización,

el argentino no

dudaba en calificar el producto

como “berreta” al percatarse

10 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


de que aquello era, realmente,

malísimo. También decimos que

algo es “trucho”, “pedorro” y,

más recientemente, volvimos a

calificar, con Cristina Fernández,

como “pindonga” y “cuchuflito”

todo lo que se nos antoja de

calidad inferior. Tenemos mil

maneras de decirlo, sí, pero la

más adecuada para definir un

proceso político reciente —que

además es el último grito de la

moda en materia de “revolución”—

es el plástico.

“Es de plástico, es todo de

plástico”, dicen el argentino y

los demás latinoamericanos

frente a algo de mala calidad.

Se supone que las cosas buenas,

duraderas, con sustancia

y resistencia están hechas de

metal, quizá de vidrio u otro

material más sólido. El plástico,

por el contrario, está asociado

a lo “berreta”, a lo “trucho” y

a lo “pedorro”. De plástico es

“pindonga” y también es “cuchuflito”.

Y de plástico es lo

que los medios no dudaron en

definir en las últimas semanas

como una “revolución”: las

jornadas de protesta callejera

en Puerto Rico que resultaron

en el anuncio de la dimisión del

gobernador Ricardo Rosselló. Al

momento de cerrar esta edición,

la renuncia de Rosselló aun

no se había concretado, pero

la “revolución” liderada por el

11 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


comandante Ricky Martin y los

subcomandantes René Pérez y

Bad Bunny había sido un éxito

total de taquilla.

La isla de Puerto Rico fue

“visitada” por Cristóbal Colón

en la segunda expedición

de este navegante genovés al

servicio de la corona española,

de acuerdo con la crónica, en el

año de 1493. Pocos años después

el también aventurero Juan

Ponce de León habría de colonizar

el territorio, afirmando la

dominación de España sobre la

isla, que para esa época todavía

Pieza de propaganda yanqui sobre la Guerra hispano-estadounidense, en la que se

representa al noble héroe (los Estados Unidos), defendiendo a la doncella (Cuba)

de la maldad del villano (España). Esta es una evidencia de que en los Estados

Unidos ya existía la comprensión del valor de la propaganda para el fin de legitimar

acciones bélicas por el mundo. En esta guerra, los Estados Unidos le arrebataron a

España el control de Puerto Rico, Guam y Filipinas. Enorme botín.

se llamaba San Juan Bautista.

Como las riquezas que se extraían

de allí eran abundantes y

se despachaban hacia Europa

desde el recién fundado puerto,

los españoles no tuvieron idea

más prosaica que rebautizar

la nueva colonia como Puerto

Rico y allí, a poco de iniciarse

el asentamiento del europeo,

empezaba una historia de cuatro

siglos de lucha entre España

e Inglaterra por el control de

aquella tierra que los pueblos

originarios o precolombinos

llamaban “Borinquén”. A propósito,

la crónica también informa

que esos originarios gustaban

de llamarse a sí mismos “taínos”,

pero lo de “Borinquén”

iba a derivar en “boricua” y los

taínos, pobres, además de ser

exterminados por la codicia del

invasor occidental, iban a terminar

siendo recordados por un

nombre que no tenían. El caso

es que, hayan sido boricuas o

taínos los habitantes originarios

de allí, en la práctica fue España

la que cortó el bacalao al imponerse

frente a los ingleses y

al sostener el dominio sobre su

Puerto Rico, afirmación sola que

en sí alcanza como apretadísima

síntesis de los primeros 400

años de historia de un país que

nunca fue tal porque no pudo

arrancarles a sus dominantes su

soberanía política. La historia

de los primeros cuatro siglos, es

cierto, ya que en 1898 el mango

de la sartén iba a cambiar de

manos al entrar en escena una

nueva potencia global.

No, no todas las historias

tienen su final feliz y Puerto

Rico no iba a ser independiente.

Cuando los cubanos empezaron

a agitar políticamente

para lograr su propia y tardía

independencia a fines del siglo

XIX, no podían imaginarse que

el proceso iba a resultar en la

recolonización de un tercero.

La llamada “Guerra de Cuba”

les dio a los Estados Unidos la

excusa para empezar con sus

intervenciones sobre la América

hispana y el resultado fue que

España perdió frente a unos

yanquis en ascenso lo que había

logrado defender con éxito de

los ingleses durante cuatro

siglos. Los Estados Unidos

aprovecharon la inestabilidad

política en el Caribe, se metieron

en la discusión, derrotaron

y echaron a los españoles para

arrebatarles no solo el control

de Puerto Rico, sino además

12 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


El actual gobernador de Puerto Rico (o virrey colonial, según el cristal con el que se lo mire) Ricardo Rosselló: de anunciar la

catástrofe económica a la destitución por expresar bestialidades homofóbicas en un chat privado. Si Rosselló efectivamente renuncia,

pasará a la historia como la dimisión por motivo más fútil jamás vista. Y mientras tanto, Puerto Rico se sigue hundiendo.

de las Filipinas y de Guam, que

están literalmente al otro lado

del mundo y cayeron “de yapa”

en la volteada de aquello que

en España aún se suele denominar

el “desastre”. En pocas

palabras, en la historia reciente

de Puerto Rico no hay liberación

nacional, pero vemos en ella el

punto final de la decadencia de

dos viejas potencias colonias —

España e Inglaterra— y el ascenso

de los que iban a dominar

el mundo a partir de allí y, con

serias dificultades, hasta el

presente. Puerto Rico pasó a ser

una dependencia de los Estados

Unidos, estatus colonial que se

mantiene en la actualidad.

El viejo Borinquén de los

taínos es hoy oficialmente el

“Estado Libre Asociado de

Puerto Rico”, el eufemismo que

el imperialismo yanqui produjo

para suavizar el hecho concreto

de que Puerto Rico sigue siendo

una colonia en pleno siglo

XXI. Desde el punto de vista

de los yanquis en su organización

política, Puerto Rico es un

“territorio no incorporado”, esto

es, no constituye una unidad de

la federación como pueden ser

California, Texas o Kentucky, por

ejemplo, pero está igualmente

bajo la bota estadounidense.

Es una colonia a todas luces y

el atento lector concluirá con

facilidad que este asunto es una

auténtica inmundicia, una infamia

del imperialismo yanqui en

América Latina. Es verdad que

se los considera ciudadanos de

los Estados Unidos a los puertorriqueños

desde 1917 y que eso

vale mucho para el interés individual

del que tiene la posibilidad

de migrar a la metrópolis en

busca de trabajo y oportunidades

de realización personal. El

problema es que, en la perspectiva

de los que se quedan, de los

que eligen no ir a freír hamburguesas

en Manhattan o a cortar

el pasto en Long Beach, la

soberanía de los Estados Unidos

significa para Puerto Rico toda

una serie de inconvenientes de

política económica que afectan

directamente el nivel de vida de

los boricuas.

En un curioso artículo publicado

el 30 de enero de 2018, el

diario estadounidense The New

York Times titulaba que Puerto

Rico estaba en crisis y no sería

capaz de pagar su deuda hasta

el año 2022. “Un momento”,

dirá el atento lector. “¿De qué

deuda hablan, si Puerto Rico

es un Estado Libre Asociado,

tiene por moneda el dólar y todo

eso? ¿La deuda de Puerto Rico

no es parte de la deuda de los

Estados Unidos?”. Pues no, no

13 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Impactante imagen de los cabecillas de la protesta bajo la lluvia, enarbolando la bandera de la comunidad homosexual. Si

cada destitución tuviera que caratularse por su motivo principal, la de Ricardo Rosselló no sería por “corrupción”, “fracaso

económico” ni “ausencia de acuerdo político”. Rosselló sería destituido por “homofobia”, lo que nos dice muchísimo sobre este

siglo XXI, problemático y febril, como diría nuestro Enrique Santos Discépolo de haber vivido para verlo.

lo es. Si bien los yanquis toman

las decisiones más trascendentales

respecto a cómo se

utilizan los recursos y las demás

riquezas de la isla, la deuda de

Puerto Rico la tienen que pagar

solitos los puertorriqueños con

su trabajo. Dicho de otro modo,

en la práctica Washington es

un socio de San Juan en todo lo

que sea ganar dinero y redituar,

siempre se queda con la parte

del león. Pero esa “sociedad” no

incluye la solidaridad frente a la

deuda y apenas algo de ayuda

en caso de desgracia. El artículo

del Times antes citado también

relata las nefastas consecuencias

del paso de los huracanes

Irma y María, agregando que

el panorama dejado por esos

fenómenos naturales era devastador.

Luego del paso de

esos huracanes, el gobernador

Ricardo Rosselló estuvo varios

meses mendigando ayuda por

parte del gobierno federal de los

Estados Unidos y al momento de

publicarse el informe del Times

no había tenido éxito.

“Ya estábamos en recesión

antes de los huracanes”, decía

Ricky Rosselló al diario neoyorkino.

El gobernador proyectaba

un éxodo monumental, que

reduciría población de Puerto

Rico en impresionantes —léase

bien— 19,4% hasta el año

2023. Nada menos que un quinto

de la población total menos

en tan solo cinco años, o unos

600.000 individuos. Puerto Rico

se está muriendo bajo la bota

del imperialismo occidental.

Datos del Banco Mundial

indican que el Producto Bruto

Interno (PBI) de Puerto Rico se

ha desplomado el 18,5% en los

últimos 14 años. La economía

del país viene achicándose año

tras año desde 2005. La caída

del año 2017 fue del 2,6% y

de espantosos 4,9% en el año

2018, todo repotenciado por el

paso de los huracanes. La deuda

ascendía en el 2018, según

el informe del Times, a más de

70 mil millones de dólares, casi

el 80% del escuálido y menguante

PBI nacional. A todo eso,

Puerto Rico no puede disponer

de los clásicos instrumentos

contracíclicos de política macroeconómica

para reactivar su

economía. Como es colonia y no

tiene moneda propia, no puede

activar una política cambiaria

y devaluar. Por la misma razón,

no puede aplicar una política

monetaria para emitir dinero.

Y tampoco puede modificar su

política fiscal sin el permiso de

la metrópolis. La parte de estar

atados de pies y manos frente a

los desbarajustes cíclicos de la

economía en el sistema capitalista

es lo que, al parecer, les

está costando comprender a los

14 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


puertorriqueños de su estatus

colonial: en el último plebiscito

sobre la situación frente al

imperialismo yanqui, solo el

1,5% de los electores votó por

la opción de declarar la independencia

y abrirse. La enorme

mayoría optó por profundizar

la dependencia y convertirse

directamente en una unidad

de la federación, estatus que

los Estados Unidos no quieren

otorgar, por supuesto.

Sin horizonte

Entonces la situación en Puerto

Rico es muy complicada y lo es

mucho más porque los propios

puertorriqueños parecen no

comprender qué es lo que los

está golpeando. Si el atento

lector tiene la oportunidad de

hacer sociología del estaño

hablando con un boricua y le

pregunta por qué demonios no

quieren ser independientes,

se va a encontrar con que la

respuesta tiene que ver con

una perspectiva individual

mucho más que nacional. La

posibilidad de tener un pasaporte

estadounidense, moverse

libremente y trabajar legalmente

en ese país es la perdición de

nueve de cada diez puertorriqueños.

No quieren que su país

sea independiente porque no

quieren perder la ciudadanía

de la potencia imperial que los

domina y los condena como país

a una muerte lenta, pero segura.

En ese marco de locura colectiva

se da la coyuntura de las

jornadas de protesta callejera

por la dimisión del gobernador

Ricardo Rosselló. Liderados por

artistas (la caracterización de lo

que es “arte” es genérica y queda

a criterio del atento lector)

multimillonarios de la música

pop y del reggaetón como Ricky

Martin, René “Residente” Pérez

y el llamado Bad Bunny. A partir

de la filtración de chats en los

que el gobernador hace comentarios

desagradables sobre la

moral sexual de terceros, la farándula

activó al sentido común

y las calles fueron tomadas por

la indignación. ¿Las masas exigían

soberanía política e independencia

económica para hacer

justicia social en un Puerto

Rico que está desapareciendo

del mapa? Para nada. Todas las

demandas se resumían a exigir

la renuncia de Rosselló, porque

lógicamente el problema de

Puerto Rico es que el virrey del

imperio hace comentarios considerados

homofóbicos en un

chat privado que se filtra. Dos

semanas tomando las calles con

furia por eso, pero ni una palabra

sobre el estatus colonial que

está literalmente destruyendo el

país que no es país.

Los medios de difusión por

todo el mundo fueron unánimes

en celebrar los sucesos

de Puerto Rico y no se privaron

de asignarles la categoría de

“revolución”. En su óptica, allí

estaba el pueblo puertorriqueño

ejerciendo su ciudadanía —la

que tampoco tiene, dicho sea

de paso, ya que son ciudadanos

de otro país— y haciendo valer

sus derechos democráticos. En

ciertos países de América Latina

donde la noción de la política

como instrumento de transformación

de la realidad ha muerto

hace mucho, como Perú, hubo

una verdadera histeria colectiva

alrededor de la imagen de un

Ricky Martin enarbolando una

enorme bandera de la comunidad

homosexual. “¡Democra-

Las futuras generaciones verán en los libros de Historia que un personaje cuyo

nombre de guerra es “Bad Bunny” lideró un movimiento destituyente y destituyó, en

efecto, a un gobernador de Puerto Rico.

15 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


La ensalada de conceptos que mezcla “corruptos” y “homofóbicos” en la misma

imputación da cuenta del nivel de confusión que existe hoy en la sociedad puertorriqueña.

Y la afirmación de que “somos un pueblo luchador” es evidencia del

grado de pasividad de esa misma sociedad frente al desastre generado por el

sostenimiento del estatus colonial: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

cia!”, estamparon los medios de

comunicación peruanos, como

si lo logrado hubiera sido nada

menos que la independencia

de Puerto Rico. “¡Revolución!”,

gritaban otros, como si hablaran

de la toma de la Bastilla de

París o del Palacio de Invierno.

Y así, instalando que las jornadas

en Puerto Rico fueron lo

que hay de más revolucionario,

democrático y popular que puede

haber, el relato dominante

convenció a millones por todo el

mundo de que cambiaba todo

en Puerto Rico.

Pero hagamos caso omiso de

los medios y observemos con un

poco más de atención los resultados

de la “lucha” que llevaron

a cabo los “revolucionarios”

Ricky Martin, René Pérez y Bad

Bunny. ¿Qué cambió en Puerto

Rico? Pues que el virrey que hacía

comentarios desagradables

en privado prometió renunciar y,

aunque lo haga efectivamente,

cosa que todavía no ocurrió,

será debidamente reemplazado

por otro virrey. Y que a partir de

ahora los virreyes en general se

van a cuidar muchísimo de usar

el WhatsApp o el Telegram para

chatear pavadas con sus acólitos

y demás secuaces. De aquí

en más, los funcionarios del

Virreinato de Puerto Rico van a

reservar sus comentarios idiotas

para las conversaciones cara a

cara. Y nada más. Los diarios de

San Juan hablan de cientos de

miles que se movilizaron en las

jornadas de protesta. Cientos de

miles. ¿Y para qué? Para eso.

Está más que claro y nadie

va a discutir que es incompatible

con la función pública la

expresión de animaladas para

discriminar a cualquier minoría,

sea la que fuere. En ese sentido,

que es el sentido de la obviedad

ululante, la demanda de la sociedad

es adecuada y no habría

otra solución para el problema

que la renuncia inmediata del virrey

homofóbico de demostrarse

que las conversaciones filtradas

corresponden a su teléfono

celular, lo que finalmente pasó.

Alguien podrá aducir que se

trataba de chats privados y que

el gobernador Rosselló jamás se

expresaría así en público, pero

el argumento es débil. Quizá

debamos replantear el tratamiento

que le estamos dando a

la cuestión de la privacidad de

las comunicaciones personales,

es cierto. En Argentina y en

América Latina hay una profusión

de servicios de inteligencia

“pinchando” teléfonos y eso no

está bien. Pero la filtración de

los chats torna público lo que

era privado, las expresiones

despectivas y discriminatorias

de Ricardo Rosselló se dieron

a conocer y ese es un punto

de no retorno. El asunto no se

resuelve sin renuncia e hicieron

bien Ricky Martin, René Pérez y

el camarada revolucionario con

seudónimo en inglés. Hicieron

bien en convocar a movilizar, en

exigir y en obtener la renuncia

del virrey de Puerto Rico.

La crítica, como se ve, no es a

los que lideran ni mucho menos

a los que participan de esas

movidas destituyentes cuando

la destitución se justifica, por lo

menos, moralmente. La crítica

es a los que ponen esa movida

intrascendental por sus resultados

prácticos en la categoría de

“revolución”, porque al hacerlo

lo que realmente hacen es

decirle no solo al pueblo-nación

de Puerto Rico, sino a todos los

demás pueblos-nación del mundo

que eso es la revolución, que

una puesta en escena de cantantes

de pop y reggaetón por la

destitución de un funcionario y

16 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


sin cualquier intención de modificar

la realidad es revolución.

No lo es, no hay revolución que

no cambie bruscamente el paradigma

en un lugar y momento

determinados. Y en Puerto Rico

tiraron a un gobernador para

poner otro —siempre y cuando,

claro, Rosselló haga efectiva

la renuncia que prometió para

detener las protestas—, pero no

cambió ningún paradigma, no

cambió nada en absoluto.

De cierto modo las corporaciones

con sus medios de difusión

concentrados están ganando

la guerra comunicacional mediante

el ejercicio de la doble

hermenéutica. Una por una, van

tomando las categorías de la

realidad, las van vaciando paulatinamente

de sentido y las van

llenando otra vez con un sentido

diferente y hasta contradictorio

al que solían tener. Ya instalaron

que la democracia, el gobierno

del pueblo, por el pueblo y para

el pueblo se reduce simplemente

a votar. También instalaron

que la libertad es la libertad de

consumo, la de optar por una

orientación sexual o la de disponer

del propio cuerpo como

mejor le parezca a uno, esto es,

que la libertad es una cuestión

estrictamente individual e individualista.

Ahora están instalando

que la revolución es tomar las

calles, hacer quilombo durante

varios días seguidos y protestar,

aunque no se sepa muy bien por

qué se está protestando ni cuál

es la finalidad del quilombo.

Cuando eso pasa, lo que baja de

precio es el verdadero concepto

de revolución. Baja de precio

hasta no valer nada, hasta ser

un producto “berreta” en la

góndola. La revolución baja de

precio hasta ser “pindonga” y

“cuchuflito”, y termina siendo

una revolución de plástico.

El problema del pueblo-nación

de Puerto Rico es muy grave, ya

que necesita desesperadamente

una revolución para lograr la

independencia nacional y salvar

la patria de la destrucción a la

que el imperialismo yanqui la

está conduciendo. El pueblo de

Puerto Rico necesita eso o va a

dejar de existir en pocas décadas.

Pero está cada vez más lejos

de conseguir lo que necesita

si se convence de que ya hizo la

revolución, si se conforma con la

segunda marca. Si la revolución

va a ser un carnaval o un desfile

del orgullo de alguna minoría

bien comida, claramente no va

a ser el cambio brusco de paradigma

que las mayorías necesitan

para no morir como grupo.

Lo decíamos en otra parte y lo

reiteramos: enhorabuena por el

comandante Ricky Martin y los

subcomandantes René de Calle

13 y Bad Bunny. Al fin y al cabo,

lograron movilizar por un fin y

eso es notable, más teniendo

en cuenta que ya tienen toda

la vaca atada y no tendrían

ninguna necesidad de hacerlo.

Ahora le toca al pueblo-nación

de Puerto Rico comprender que

ha participado en un desfile

de carrozas y que la revolución

está todavía pendiente. Lo está

más o menos desde fines del

siglo XVIII, hasta respecto a los

mucho más humildes República

Dominicana y Haití los puertorriqueños

están atrasados en por

lo menos 200 años. A ver si los

boricuas se acuerdan y hacen la

revolución en serio, a lo Martí,

a lo Fidel: gritando “yanquis, go

home” y liberando la patria que

agoniza.

Eso esperamos.

17 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


ANÁLISIS

Análisis pragmático

del voto que no

podemos ganar

En los últimos días se ha

instalado fuertemente

desde los medios de difusión

hegemónicos la idea

de que la polarización de

la llamada “grieta” está más

vigente que nunca. Según las

encuestas de opinión sobre las

que se basan para opinar los

deformadores de conciencias en

medios como Radio Mitre, TN y

otros del mismo grupo empresario,

alrededor del 80% de los

votos válidos en las próximas

PASO de agosto irían a tan solo

dos de las muchas fórmulas

en pugna. Y esas dos fórmulas

serían la del actual gobierno,

encabezada por Mauricio Macri,

y la del peronismo unido, cuyo

titular es Alberto Fernández. A

estas dos propuestas irían 8 de

cada 10 votos en agosto y se

proyecta que otro tanto pase en

octubre.

Si eso ocurre y las encuestas

finalmente se confirman, la

primera conclusión necesaria es

que estas elecciones no se van

a definir en octubre, sino en un

ballotage a realizarse en mes

de noviembre. Si la polarización

mentada por el “periodismo”

operador de la voz dominante

es tal y se refleja en las urnas,

lo esperable es que cada una

de las dos fórmulas favoritas se

ubique en torno a un 40% de

los votos, situación que deberá

dirimirse, como se ve, en una

segunda vuelta electoral. Este

es el problema: pese a todo el

desastre económico que fue el

gobierno de Macri en los últimos

tres años y medio, el nivel

de rechazo a lo que desde los

medios llaman “kirchnerismo”

está todavía muy alto. Ni el

18 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


descalabro del actual gobierno

ha sido suficiente para ablandar

la opinión de los que, detrás de

un blindaje mediático infernal,

siguen odiando a Cristina Fernández

como al mismo diablo.

Y eso significa que hay peligro

inminente de derrota para lo nacional-popular

en un ballotage

en esas circunstancias.

Dicho de otra manera, aunque

algunos no lo crean, la fórmula

de Macri y Pichetto puede ganar

las elecciones si logra forzar un

ballotage en las generales de

octubre. ¿Por qué? Porque el

voto en la segunda vuelta suele

ser un voto más bien negativo,

un voto contra la opción con

más nivel de rechazo entre las

dos en oferta. Esa es la teoría

implícita en el llamado “efecto

Le Pen”, por el que Carlos Menem

decidió bajarse del ballotage

en el año 2003 a sabiendas

de que el 75% del electorado

lo rechazaba y probablemente

votaría por Néstor Kirchner simplemente

para decirle que no al

Turco.

Entonces apostar a un ballotage

es un juego peligroso para lo

nacional-popular en estas elecciones.

Con todos los medios de

difusión a su favor, Macri podría

lograr que esa segunda vuelta

se transforme en un plebiscito,

pero no de su propia gestión.

Lo que puede pasar es que un

eventual ballotage sea para

plebiscitar a Cristina, que las

mayorías acudan a las urnas

a decidir si Cristina sí o Cristina

no. Y ahí podemos perder,

aunque el candidato titular sea

Alberto Fernández.

Un sistema

muy particular

La conclusión es que deberíamos

tratar de ganar ya en primera

vuelta, ya en octubre. Esto, dicho

así, da la impresión de que

se trata de una tarea de fácil

resolución. No lo es, desde luego,

aunque tampoco es ninguna

misión imposible. En el actual

sistema electoral de nuestro

país, es suficiente el 40% de los

votos válidos para ganar en primera

vuelta, siempre y cuando

ese 40% venga acompañado por

10 puntos de ventaja sobre el

segundo mejor votado. También

es posible resolver la cuestión

sin la necesidad de un ballotage

si una de las fórmulas llega al

45% de los votos válidos, sin

cuidado de cuánto obtengan los

demás candidatos.

El sistema argentino es bastante

particular y tiende a

facilitar la resolución de las

elecciones en una sola vuelta.

Lo mismo no ocurre en otros

países, entre ellos Brasil. Aquí

nomás al lado, para llegar a presidir

la Nación sin la necesidad

de someterse a un ballotage, un

candidato debe obtener el 50%

de los votos más uno, es decir,

una mayoría absoluta. Eso no es

algo que ocurra con frecuencia:

la última vez que un candidato

obtuvo en Brasil la mayoría

absoluta y ganó ya en primera

vuelta fue en el 1998 —hace ya

más de dos décadas—, cuando

el presidente Fernando Henrique

Cardoso logró su reelección

con cómodos 53% de los votos

válidos contra los 32% de su

rival, Lula da Silva, el que habría

de alcanzar el objetivo cuatro

años más tarde, pero ballotage

mediante y ya sin Cardoso del

otro lado.

En todo caso, para lo que nos

atañe en este momento y lugar,

el objetivo se puede alcanzar

con el 40% y 10 de puntos de

ventaja sobre el segundo más

votado. Y eso ahora mismo se

Roberto Lavagna, aquí junto a Sergio Massa. Hasta el cierre de las listas se especuló

con una sociedad entre estos personajes para romper la unidad del peronismo.

Pero con la definición de la fórmula Fernández-Fernández y la “adquisición” a

último momento del “pase” de Massa, Lavagna quedó desinflado y ya no le resta

prácticamente ningún voto al peronismo, sino que sirve de refugio para macristas

arrepentidos que no votarían a una fórmula con un mínimo olor a kirchnerismo.

19 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Massa, Schiaretti, Urtubey y Pichetto, discutiendo cosas que quedaron en la nada ni nadie recuerda ya de qué se trataba.

logra no tanto aumentando los

votos que ya tenemos, sino más

bien disminuyendo el caudal del

bando enemigo. En un sistema

cuyo resultado de las elecciones

puede contemplar los votos de

los dos candidatos más votados

es importante jugar en el campo

propio y también en el campo

ajeno.

Hacer campaña por

gente que no gusta

He ahí que surge la posibilidad

de que innovemos un poco en

nuestra micromilitancia de cada

día y hagamos en ocasiones

algo distinto a persuadir al otro

para que vote al candidato que

nosotros queremos que gane.

Porque si podemos triunfar ya

en primera vuelta si el enemigo

no llega al 30% de los votos

y hay peligro de que seamos

derrotados en un ballotage,

no es ninguna herejía usar la

creatividad ya no para sumarle

votos a la fórmula de Fernández-Fernández,

sino para restárselos

directamente a la fórmula

Macri-Pichetto.

Alguien argumentará que eso

no se hace, que hay falsedad en

ello y que no corresponde hacer

campaña por otros candidatos

que no sean los nuestros, pero

la situación es desesperada.

Los fines justifican los medios,

diría la vulgata maquiavélica, y

en el actual escenario los justifican

mucho más. Ya lo decía el

General San Martín: “Cuando la

patria está en peligro todo está

permitido, excepto no defenderla”.

Y este es el caso.

El caso es que la patria está en

peligro de ser sometida a cuatro

años más de un saqueo que

quizá no pueda soportar y dicho

saqueo vendría con un nuevo

triunfo y reelección de Mauricio

Macri. Por lo tanto, todo está

permitido y concretamente está

permitido hacer campaña por

Roberto Lavagna y hasta por

José Luis Espert. Está permitido

persuadir abiertamente al otro

a votar por uno de esos candidatos

sin que se nos caigan los

anillos, ni mucho menos, por

ello.

Es tan solo una cuestión de

usar la inteligencia frente al que

se nos presenta como irreductible.

No son pocas las ocasiones

en las que nos encontramos con

familiares, amigos, compañeros

de trabajo y conocidos que votaron

a Macri en el 2015 y que,

por distintas razones, no están

del todo seguros de hacerlo otra

vez este año. Se trata de gente

muy golpeada por la aplicación

del programa de gobierno de los

ricos, gente que estaba mejor

con la gestión anterior y que

además sabe y admite que eso

es así. Gente cuya calidad de

vida se ha desplomado desde

diciembre del 2015 y está

“caliente” con Macri, pero que

sigue dudando acerca de volver

a votarlo simplemente porque

del otro lado está el objeto

de un odio irracional, un odio

ajeno que le ha sido inyectado

por los medios. En una palabra,

hay mucha gente que detesta a

Macri luego de haberlo votado

con pasión en el año 2015, pero

que sigue odiando mucho más

a Cristina Fernández, la “soberbia”,

la “yegua”, la que “se robó

todo” y lo que ya sabemos.

No es inusual encontrarse con

esos personajes, hay muchísimos

de ellos dando vueltas por

ahí y está claro que terminarán

votando a Macri otra vez porque

la alternativa que ellos ven es la

no alternativa, es el kirchnerismo

que tanto odian. Eso es lo

que se traduce en la expresión

“prefieren morirse de hambre

antes de que vuelva”, lo que en

sí es una suerte de sobreideologización

que Slavoj Žižek no

20 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


dudaría en calificar como esas

gafas de la película They Live.

Estamos frente a una infinidad

de casos que falsan la teoría de

que “heladera mata televisor”,

estamos ante gente que prioriza

la idea sobre lo concreto. Individuos

que tienen vacía la heladera

y cada vez más, pero prefieren

arruinarse del todo antes de ver

triunfar el objeto del odio que

los domina y es de prestado.

Frente a esos personajes, está

claro, es inútil cualquier intento

de razonamiento lógico respecto

a lo que para nosotros es lo

obvio ululante: con un gobierno

nacional-popular todos —incluso

ellos— progresamos; con

un gobierno de los ricos como

el de Macri vamos derecho a la

muerte. Es inútil esa lógica tan

sencilla, simplemente porque

están sobreideologizados y las

posibilidades de que pongan un

voto por algo que tenga un olor

mínimo a kirchnerismo son las

mismas de que cualquiera de

nosotros vote a Macri en agosto,

esto es, ninguna. Entonces, si

es una imposibilidad que voten

a Alberto Fernández, ¿qué otra

cosa puede hacerse con ellos

sino intentar que, por lo menos,

no vuelvan a votar a Macri?

Una vez admitido que eso

es así y no va a cambiar, será

mucho más fácil hacer aquello

que en un principio nos parece

inaudito. Cuando asumimos que

el voto de nuestro interlocutor

ya está perdido, solo nos queda

hacer un análisis del discurso

del sujeto para determinar qué

otra cosa podemos venderle. Y

en dicho análisis nos vamos a

encontrar con dos resultados

típicos:

ordenador de la sociedad y

despotrica naturalmente contra

los “planes”, los “vagos

mantenidos”, las jubilaciones

sin aportes, las computadoras

para los chicos, las políticas

sociales en general. Este

individuo cree sinceramente

que financia el Estado con

su impuesto a las ganancias.

Es el que vocifera “no quiero

mantener vagos con la plata

de mis impuestos” y no entiende

que la justicia social se

hace con las retenciones a la

oligarquía terrateniente, los

impuestos al capital financiero

y a las grandes corporaciones,

que son los que pagan

impuesto en serio cuando el

Estado se dispone a cobrárselos.

Y no hay forma de hacerle

entender eso al individuo que

ha sido sobreideologizado por

el liberalismo;

• El individuo odia a Cristina por

“tirana”. Aquí estamos ante

uno que se morfó enterito el

verso “republicano” y de las

“instituciones”. Está claro que

nadie atropelló más el esquema

republicano de la Argentina

que Macri, pero como no

lo denuncia Elisa Carrió y los

medios no lo dicen, en su conciencia

está instalada la idea

de que Cristina fue una dictadora

que se clasifica más o

menos entre Stalin, Pol Pot e

Idi Amin, quizá un tanto más a

la “izquierda” que este último.

El individuo sobreideologizado

por el asunto de las instituciones

de la República solo

ve atropellos a esa institucionalidad

cuando el hecho se

refleja en los grandes titulares

de los medios y no hay forma

de explicarle que Macri es, en

realidad, el peor de los tiranos.

Si no lo ve en TN repetido

durante un tiempo, no lo cree.

• El individuo odia a Cristina

por “zurda”. En estos casos se

está frente a una sobreideologización

“liberal libertaria”,

del que no quiere un Estado

Macri y Pichetto, la fórmula inesperada cuyo anuncio entraría como una puñalada

al corazón de los radicales, si los radicales tuvieran corazón, por supuesto.

21 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Es prácticamente inútil querer

educar al sobreideologizado,

por la sencilla razón de que ni la

realidad al descubierto es más

fuerte que la ideología que tiene

instalada. Y es aun más inútil

querer hacerlo en vísperas de

elecciones. Hay que entenderlo

ya: no vamos a lograr hacerlos

cambiar de opinión, de la misma

forma que ellos no van a poder

hacerlo con nosotros. Esa es la

propia naturaleza de la “grieta”,

la que resulta de la sobreideologización

de dos bandos opuestos

y que resulta hasta en guerras

civiles y otras aberraciones

en algunos casos. Entonces hay

que ver eso, cómo venderle al

sobreideologizado algo que pueda

comprar, no necesariamente

lo que nosotros quisiéramos que

compre.

Al primer sobreideologizado

típico, que es el “libertario”, se

le puede vender a José Luis Espert.

Si ya vemos que no existe

ninguna posibilidad de que vote

bien, que por lo menos no vote a

Macri, que ponga el foco sobre

las “agachadas” de este frente

al “populismo”. Considerando

que los mal llamados “planes”

aumentaron en los últimos tres

años, puede argumentarse ahí

como un trotskista, decir que

“Macri y Cristina son lo mismo”

y poner como alternativa a

Espert. En el segundo caso, el

del sobreideologizado “republicano”,

puede hacerse lo mismo,

pero con un “moderado” como

Roberto Lavagna, un fantasma

que sostiene como bandera la

idea de un republicanismo abstracto

que es muy seductor para

el que consume esa especie de

humo.

En ambos casos estaremos

explotando el desencanto del

elector con Macri, pero sin

entrar en un conflicto tratando

de venderle lo que jamás va a

comprar. Si dejamos a un lado

el fanatismo, nos ponemos

pensar y a actuar fríamente para

transferirles a José Luis Espert y

a Roberto Lavagna cierta cantidad

de votos que hoy estarían

yendo a Mauricio Macri, entonces

de ninguna manera estaríamos

trabajando para que gane

alguno de aquellos, puesto que

no están en el juego para ganar

las elecciones. Estaríamos, eso

sí, restándole a Macri los votos

que necesita para forzar un

ballotage demasiado peligroso

para nosotros. No se trata, en

una palabra, de hacer campaña

por Espert o por Lavagna. Se

trata de hacer campaña contra

la reelección de Macri sin que

nuestro interlocutor se percate

de ello. Al fin y al cabo, desde

nuestro punto de vista, no hace

ningún daño que entre esos dos

fantasmas terminen sumando

alrededor de 20 puntos, ya

que ninguno de los dos tiene la

capacidad de quitarle un solo

voto a la fórmula Fernández-Fernández.

Si suben Espert y Lavagna,

el que baja es Macri. Y si

llega a caer por debajo de los 30

puntos, es posible que logremos

resolver estas elecciones ya en

primera vuelta, alejando el peligro

de un segundo y fatal mandato

de Macri como presidente

de la Nación.

Imposible no es, solo depende

de nosotros. ¿Y si dejamos de

chocar contra el muro que son

los sobreideologizados del otro

lado, entablando un diálogo

sobre alternativas que ellos pueden

llegar a comprar? Los votos

se cuentan de a uno, no cuesta

intentarlo.

22 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


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23 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


SUPLEMENTO ESPECIAL | PARTE II

Sociología del

estaño para la

construcción del

nacionalismo

popular

ERICO

VALADARES

Hacia mediados del siglo

XVIII el escocés James

Watt le daba la última

vuelta de tuerca al desarrollo

de la máquina

a vapor, viabilizando la introducción

de esa tecnología a la

producción y al transporte a

larga distancia. Con la incorporación

de la máquina perfeccionada

por el ingeniero Watt a una

industria que estaba a la espera

de un avance tecnológico cualitativo

para ser la gran industria,

se dispara el proceso político

económico de las revoluciones

burguesas en Occidente cuyos

hitos iniciales suelen ubicarse

en Inglaterra y en Francia, en las

llamadas “revolución industrial”

y “revolución francesa”. Y aunque

nuestro sentido común ha

sido adiestrado para identificarlas

como dos procesos independientes

entre sí, como si la

revolución económica se desarrollara

en Inglaterra y la revolución

política estallara en Francia

al caer la Bastilla en manos de

los burgueses alzados en armas,

24 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


lo que veremos a continuación

es que la economía no se separa

de la política, salvo quizá para

fines analíticos. Por lo tanto,

la “doble revolución” descrita

por Eric Hobsbawm es un mismo

proceso que se visibiliza

en su totalidad, precisamente,

por la introducción del avance

tecnológico definitivo de lo que

llamamos genéricamente aquí

“máquina a vapor”.

El sentido común, como decíamos,

en Occidente y aquí en

las colonias, ha sido formateado

largamente por el liberalismo

para percibir que la economía y

la política corren por rieles distintos.

Es así como incluso los

que se jactan de haber profundizado

en el estudio del génesis

de la modernidad industrial

suelen caer en la trampa de ver

compartimientos estancos en la

“revolución industrial” inglesa

y en la “revolución francesa”,

dando por supuesto lo que es

una imposibilidad histórica, la

de que en Inglaterra no se hacía

política y en Francia no tenían

industria. Ese no solo es un

error bastante grosero, sino que

además refuerza el prejuicio de

que la economía es una ciencia

“bajada del cielo”, sin ninguna

relación con la realidad social

25 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


en la que los procesos económicos

reales están efectivamente

insertos. Pensar que el desarrollo

de la gran industria en Inglaterra

pudo haber sido sin mediar

siglos de lucha política entre la

burguesía y la aristocracia por la

seguridad jurídica de la propiedad

privada o que el ascenso

de la burguesía revolucionaria

en Francia pudo ocurrir sin la

introducción de la máquina a

vapor es una forma de reforzar el

prejuicio de que la economía es

autónoma de la realidad social

y de que la política funciona en

el aire, sin tener otra finalidad

que la política en sí misma, o la

política como rosca. Esa forma

de hacer el relato del nacimiento

de la modernidad industrial

en Occidente se ha ajustado a

instalar entre nosotros un grave

error en el pensar.

Pero no es necesario ser

marxista leído y barbudo para

entender que toda economía

es política y toda política es

económica. Eso queda claro al

descubrir en la historia que la

burguesía inglesa no pudo invertir

en el desarrollo de la máquina

sin antes arrebatarle el poder

político a la corona mediante la

destrucción del absolutismo y su

reemplazo por un esquema de

monarquía parlamentaria, en el

que el rey o la reina pasaban a

ocupar un rol más bien simbólico

y el poder se concentraba,

de hecho, en el parlamento. Ese

esquema le permitió a dicha

clase burguesa establecer las

garantías legales a la propiedad

privada y, una vez conquistada

la seguridad jurídica tan

anhelada, la burguesía logró

en el tiempo acumular capital

Retrato de James Watt, el ingeniero escocés que perfeccionó la máquina a vapor

en el siglo XVIII, tornándola finalmente apta para aplicarse de lleno a la producción

industrial y al pleno desarrollo de los ferrocarriles.

con los llamados enclosures

o cercamiento de tierras para

luego invertirlo en el desarrollo

de la industria. Ahí, en el tránsito

entre la inseguridad jurídica

total, la propiedad privada rural

y la propiedad privada industrial

queda demostrado sin la necesidad

de seguir profundizando

demasiado en ello que en el

origen de la llamada “revolución

industrial”, que nuestro sentido

común suele identificar como

puramente económica, hay una

revolución política, hay una

política económica aplicada e

instrumentada en leyes de un

parlamento burgués, leyes que

en una monarquía absoluta

jamás hubieran tenido lugar.

De manera similar, es muy

poco probable que la Ilustración

con su Enciclopedia hubiera

podido resultar en la toma de la

Bastilla y en la guillotina para

la destrucción de la monarquía

despótica del Antiguo Régimen

sin todo el desarrollo económico

previo de la burguesía.

¿Para qué, tendríamos que

preguntarnos, habrían hecho

los burgueses el desparrame

que hicieron en Francia sin un

objeto bien determinado, que

era la libertad económica? Al

ver que sus primos ingleses

desarrollaban la gran industria

a partir de haberle arrebatado

su seguridad jurídica a la monarquía

y al comprender que el

déspota propio no se la iba a

otorgar por las buenas, la burguesía

francesa hizo la guerra y

la ganó, en efecto, pero la hizo

con la finalidad de proteger un

capital que ya tenía y deseaba

volcar enteramente al desarrollo

industrial. No fue, indudablemente,

movida por un cierto

gusto estético por las formas

republicanas sobre las monárquicas

que los burgueses de

Francia llevaron a cabo una revolución

política cuya magnitud

26 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


no volvería a verse sino hasta la

irrupción de los bolcheviques en

Rusia. No fue porque Luis XVI y

María Antonieta les caían mal

o porque consideraban que el

esquema monárquico estaba

pasado de moda que hicieron

lo que hicieron. Fue porque la

máquina a vapor ya se aplicaba

a la industria y había que invertir

en ella sin exponerse a confiscaciones

arbitrarias por parte de

una clase parasitaria como era

la aristocracia. La burguesía de

Francia estaba obligada por la

economía a hacer la revolución,

o a ser barrida por la historia.

Entonces tenemos que el

revolucionar la economía es

imposible sin revolucionar la política,

pero a la vez tenemos que

lo opuesto tampoco es posible.

Eso es justo lo que vulgarmente

se suele denominar como una

relación dialéctica y es lo que

demuestra cabalmente que toda

política es económica (todo lo

que se hace políticamente es

para modificar la economía)

y toda economía es política

(el desarrollo económico solo

puede existir a partir de definiciones

políticas). La relación es

necesaria, no resulta de ninguna

asociación libre y puede verse

en cualquier manifestación de

lo que se sigue presentando

por separado como “economía”

y “política”. Piense el atento

lector, por una parte, en un dato

económico concreto que al ser

presentado no esté hablando

de unas condiciones políticas

determinadas que posibilitan la

existencia del dato. Piense, por

ejemplo, en el índice de empleo

y desempleo en un país como

la Argentina y verá que la oscilación

de dicho índice depende

de decisiones de política económica

muy concretas como

apertura o cierre de importaciones,

existencia o inexistencia

de la seguridad jurídica para las

Perspectiva del actual Parlamento británico, en la que se ve un debate entre el

líder la oposición Jeremy Corbyn y Theresa May, la entonces líder del gobierno. En

la práctica, el poder ejecutivo en Gran Bretaña está bajo el control del Parlamento

burgués, pues de entre sus miembros debe salir el primer ministro y este debe

gobernar siempre manteniendo el apoyo de dicho Parlamento.

inversiones de capital, política

fiscal, etc. Lo que verá el atento

lector es que la diferencia entre

una situación que Keynes definiría

como de pleno empleo

y otra de preocupantes 10% o

15% de desocupados solo hay

decisiones políticas mediando.

No es difícil ver en la práctica el

impacto de esas decisiones en

la coyuntura actual, en la que la

apertura de importaciones y la

prioridad al capital financiero,

entre otras medidas tomadas a

partir del año 2016, incrementaron

notablemente el desempleo

entre la población económicamente

activa. Los medios

presentan el fenómeno como

puramente económico, como

un designio de un “mercado”

abstracto, cuasi divino. Lo llaman

“crisis” y dan por zanjada

la cuestión, pero está a la vista

que eso no es así y que, con una

buena política económica de

protección de la industria local,

como la que se aplicó hasta el

año 2015, los índices de desempleo

se mantendrían bajos. No

hay ninguna “crisis” advenida

por designios oscuros del azar.

Ahora piense el lector, por

otra parte, en un hecho político

que no tenga alguna relación

con lo económico y verá que no

existe tal aberración. Todo lo

que se discute en política tiene

como finalidad la modificación

de la realidad efectiva, que es

el asunto de pesos y centavos.

Incluso aquello que a priori

parecería estar ubicado en lo

superestructural y en lo sectorial

—como los debates recientes

alrededor del matrimonio homosexual

y el mismísimo aborto,

por ejemplo— se discute para

modificar lo económico. En el

primer caso, el fin es el esta-

27 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Durante la II Guerra Mundial y la Guerra Fría posterior la necesidad de tener la superioridad militar dio como resultado el advenimiento

de la informática y las redes de comunicación modernas. La carrera espacial, en el marco de la Guerra Fría entre los

Estados Unidos y la Unión Soviética, también impulsó el avance tecnológico que hoy está resultando en un cambio de época.

blecimiento de un tipo de unión

civil que garantice los derechos

patrimoniales de los cónyuges,

la herencia, el acceso a la obra

social, etc. Y en el segundo caso

están los costos para el sistema

público de salud derivados de

la mala praxis en las clínicas

clandestinas, el impacto que la

legalización del aborto tendría

sobre la dinámica demográfica

al reducirse la natalidad, el negocio

millonario que actualmente

existe en la clandestinidad de

la práctica. Incluso cuando nos

los pintan como asuntos exclusivos

de la política, allí también

está la economía. ¿Por qué?

Porque lo uno es lo otro y ambos

no se separan jamás.

He ahí, en grandísimos rasgos,

cómo las condiciones políticas

posibilitan la introducción de

una tecnología y esta, a su vez,

va a modificar la política de allí

en más, en una relación dialéctica

cuyo origen no podemos

determinar (es lo similar al dilema

del huevo y la gallina) y que

tampoco se sabe bien dónde

termina. Acá hay otra idea, la

de que todo lo que existe viene

históricamente determinado.

Así, la revolución burguesa se

determina por el desarrollo de la

máquina a vapor y esta, a su vez,

puede haber sido determinada

por la Ilustración y por los movimientos

de tipo político en Gran

Bretaña quizá desde el siglo XIV;

todo eso puede tener que ver

con la Reforma protestante que

le dio a la burguesía su moral

capitalista, la Reconquista y la

unificación del reino de España

que posibilitaron la navegación

del europeo a América y entonces

—si seguimos especulando

hasta llegar al origen de los

tiempos— todo tendrá relación

con las invasiones “bárbaras”

que destruyeron el Imperio

romano de Occidente, el advenimiento

de tecnologías como

el acueducto, el arado y hasta

la rueda, etc. La especulación

es divertida, pero inocua y no

cabe en este artículo, por cierto,

aunque el concepto está claro:

son todas revoluciones políticas

económicas desde el vamos,

que se retroalimentan dialécticamente

entre sí y dan como

resultado parcial una coyuntura

en particular. Y así sucesivamente.

Puntos de inflexión

Es bien sabido que las redes

de comunicación informáticas

que hoy llamamos simplemente

“internet”, amén del desarrollo

de la informática en sí misma,

resultan de dos procesos de

política económica que en la

historia quedaron conocidos

como la II Guerra Mundial (o la

“Gran Guerra Patria”, desde el

punto de vista de los soviéticos

que la ganaron) y la Guerra

Fría que fue inmediatamente

posterior a aquella. Entonces

la cuenta es muy simple y esas

28 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


guerras impulsaron el desarrollo

de lo que vendría a ser hoy,

como veremos, la máquina a

vapor de nuestros días. En otras

palabras, la II Guerra Mundial

y la Guerra Fría que son consecuencia

de un mal cierre en la I

Guerra Mundial —a su vez resultando

este de la “paz armada”,

la Guerra franco-prusiana y el

reparto desigual de las colonias

entre las potencias que subyace

todos los conflictos a partir

del siglo XIX— van a dar como

resultado parcial una coyuntura

en la que una nueva tecnología

está modificando la economía

y, por consiguiente, la política

en los tiempos que corren. He

ahí la relación entre la robótica

y la Comuna de París de 1871:

aquella es resultado de esta por

las razones que venimos viendo

hasta aquí.

Si nos abstraemos por un

momento de los procesos históricos

y observamos solamente

la coyuntura como si viniera

descolgada de todo lo previo,

igualmente veríamos que existe

en efecto una tecnología introduciéndose,

abriéndose paso

a gran velocidad y modificando

tanto la realidad en el presente

como la perspectiva del futuro.

Al igual que a fines del siglo XVIII

y comienzos del siglo XIX, hay

una máquina a vapor cuyo nivel

de desarrollo técnico ya parece

ser lo suficientemente alto

como para cambiar de cuajo el

mundo que conocemos. Atentos

o no a la historia, no es difícil

comprender que la informática

en general, las redes de comunicación,

la inteligencia artificial y

la robótica ya están en condiciones

de aplicarse para reemplazar

al hombre por la máquina en

prácticamente todas las tareas,

esto es, el nivel de desarrollo de

esas tecnologías combinadas ya

es suficiente para destruir el trabajo

tal como lo conocemos. Y si

eso ocurre, habrá un descontrol

social monumental.

Más allá de que la robótica

y la inteligencia artificial aun

no se han aplicado con toda su

potencia en el reemplazo del

trabajo y en consecuencia el

trabajo industrial todavía subsiste,

incluso en países donde

ese reemplazo ya pudo haberse

concretado hace décadas, la

destrucción del trabajo por la informática

ya está ocurriendo y el

descontrol social va en aumento.

Ya han sido automatizadas

muchas tareas en los sectores

del comercio y de los servicios,

tareas que antes generaban

puestos de trabajo. Muchos de

esos trabajos dejaron de existir

por definición, allí donde una

máquina expendedora sustituye

al vendedor, los sistemas de

cobro electrónico de boletos en

el transporte eliminan la figura

del guarda en países donde esta

existió hasta hace poco (como

en Brasil, por ejemplo), computadoras

con capacidad de

“aprender” realizan operaciones

complejas y contestan llamadas

telefónicas, dejando en Pampa

y la vía a los que se dedicaban

a eso y percibían un salario por

hacerlo. Los ejemplos son abundantes

y están por todas partes:

si el atento lector se pone a

hacer memoria, recordará haber

visto una infinidad de casos en

los que hay una máquina haciendo

lo que antes hacía una

persona, no es necesario que

hagamos aquí un recuento que,

por lo demás, resultaría estéril.

El problema está planteado y es

que la destrucción del trabajo

por la máquina a vapor de este

siglo XXI es ya una realidad

innegable. Solo resta imaginar

qué pasaría si se volcara sobre

el mercado laboral todo el

potencial de la tecnología en

su actual estado de desarrollo.

¿Qué porcentaje de los trabajos

existentes hoy resistiría a la

embestida?

Eso aun no ocurre, quizá

porque las clases dominantes

Representación de la Comuna de París, resultado de la Guerra franco-prusiana.

El mal cierre de este conflicto conduciría al periodo que se conoce como “paz

armada”, que duró hasta 1914 y finalizó al estallar la I Guerra Mundial. Como este

último conflicto tampoco se cerró del todo y los términos del Tratado de Versalles

resultarían en la II Guerra Mundial, no es difícil ver cómo la dialéctica entre política

y economía va retroalimentándose y determinando el futuro.

29 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


no han encontrado todavía la

respuesta para otra pregunta

un tanto más trascendental:

¿Adónde van a parar los trabajadores

que serán reemplazados

en sus trabajos por máquinas?

El capitalismo del siglo XIX fue

exitoso al demostrar finalmente

que el artesano no iba a quedar

desocupado —como se imaginó

en un primer momento—, sino

que iba a emplearse reconvertido

en obrero en la industria, en

el transporte, en el comercio y,

más adelante, en el sector de

servicios. Eso fue así porque la

máquina a vapor destruyó los

telares artesanales que producían

poco y empleaban a pocos,

sí, pero los reemplazó inmediatamente

por industrias que

producían mucho y empleaban a

muchos. La máquina a vapor no

era automática, no “aprendía”

con inteligencia artificial ni era

articulada como un robot de los

tiempos que corren. Comparada

a la tecnología de hoy, la máquina

a vapor de los siglos XVIII y

XIX era un cachivache monstruoso

que necesitaba ser operado

por mucha gente para funcionar

correctamente. Por otra parte, al

crecer exponencial y velozmente

la producción, se generaron

puestos de trabajo en el transporte,

en el almacenamiento y

en la comercialización de una

infinidad de mercancías nuevas

que no podían existir antes de

la Revolución burguesa, simplemente

porque no había forma

de producirlas en serie y a gran

escala sin el desarrollo total de

la máquina y la gran industria.

Entonces la máquina a vapor

destruyó puestos de trabajo,

pero creó muchos más de los

que había antes de su advenimiento.

Tantos fueron esos

puestos de trabajo que constituyeron

nada menos la sociedad

burguesa industrial, la que la

sociología se encargó de normalizar.

El éxito fue rutilante y

es difícil explicar su magnitud.

Baste con decir que durante

toda la historia de la humanidad

hasta el año 1800 —es decir,

hasta el triunfo de la revolución

burguesa— la población mundial

había venido creciendo muy

En inglés, el impresionante gráfico del crecimiento de la población mundial en los

últimos 12.000 años. Aquí vemos una población estimada en 4 millones para el

año 10.000 antes de Cristo, que va evolucionando muy lentamente hasta el siglo

XVIII. Con la revolución burguesa y el desarrollo de la industria, la población mundial

se multiplicó por seis y hasta por siete en los 200 años posteriores.

lentamente en miles de años y

ascendía a tan solo mil millones

de individuos. Desde 1800

a esta parte, no obstante, esa

cantidad se multiplicó por seis

y hasta por siete. Es impresionante

observar ese crecimiento

poblacional expresado en un

gráfico, donde se ve claramente

una línea progresiva, pero

achatada, hasta el año 1800. Y

luego se ve una línea ascendente

en casi 90 grados en los dos

siglos posteriores. Mil millones

en quizá 10.000 años, seis mil

millones más en tan solo 200

años. Está claro que el aumento

brusco de la natalidad y de

la expectativa de vida de los

individuos, y la también brusca

disminución de la mortalidad

infantil desde la Revolución burguesa

en adelante están en la

base de ese impresionante salto

demográfico, pero no es menos

claro que toda esa gente debió

alimentarse, vestirse y medicarse,

debió acceder a condiciones

de existencia superiores a las

que habían existido hasta allí

para poder reproducirse más,

morir menos en la infancia y vivir

más años en promedio. Entonces

la hazaña del capitalismo

con su industria es monumental,

porque pudo emplear con la máquina

a muchísima más gente

que sin la máquina, por lo que

pudo alimentar, vestir y medicar

a toda esa gente.

El descontrol social causado

por la “revolución industrial” no

fue por la reconversión de los

artesanos urbanos en obreros

de la industria, sino justamente

por el crecimiento vertiginoso de

la población en ciudades que tuvieron

que convertirse en urbes

a los ponchazos y tuvieron que

recibir un éxodo rural fenomenal.

La migración del campo a la

ciudad provocada por los llamados

enclosures —los cercamientos

o las privatizaciones de las

30 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


La robotización en la industria automotriz es una realidad incluso en regiones menos desarrolladas como la nuestra. Los robots

ya hacen prácticamente todo en la línea de montaje y se requiere cada vez menos intervención humana para construir vehículos.

tierras comunitarias— supuso un

descontrol inicial que la sociología

luego ordenó. La máquina

a vapor no desordenó y destruyó

el orden dicho “medieval” por

la destrucción del trabajo, sino

por su multiplicación, que a su

vez resultó en un nuevo orden

social al que los contemporáneos

debieron adaptarse. He ahí

todo lo que debemos observar

para hacer la comparación con

el presente: la introducción de la

máquina a vapor como avance

tecnológico fue revolucionaria

porque destruyó un orden social

existente y creó uno nuevo. La

diferencia entre aquel proceso y

el actual se ve no en sus características

revolucionarias, sino

en los resultados humanos.

Un nuevo orden social está

surgiendo con la introducción de

la informática, de la robótica y

de la inteligencia artificial, todo

combinándose con las redes de

comunicación a enorme velocidad

que dan como resultado

máquinas con capacidad de

“aprender”, articularse como

humanoides y ser controladas a

distancia. Todo eso está resultando

en un orden social distinto,

decíamos, pero no por multiplicar

los panes y los peces,

como sucediera con la industria

milagrosa de la modernidad. La

nueva tecnología es revolucionaria

porque tiende a eliminar lo

que la industria creó: el trabajo.

En vez de generar más empleo

frente a una población creciente,

la robótica y la inteligencia

artificial vienen a eliminar la

necesidad de brazos y cerebros

humanos en los procesos de

producción, transporte, distribución

y comercialización que las

revoluciones burguesas habían

creado. La revolución de la industria

moderna ha finalizado.

Entonces la pregunta que se

hacía el hombre prerrevolucionario

en su temor frente a la

flamante máquina a vapor vuelve

a tener relevancia: ¿Adónde

van a ir a parar los trabajadores

que serán reemplazados en sus

trabajos por máquinas? ¿Qué

es lo que va a pasar cuando

finalmente todo el potencial de

la nueva tecnología se aplique

a la producción, al transporte y

a todas las demás actividades

productivas? Concretamente,

uno podría preguntarse qué va

a pasar con los conductores del

transporte terrestre de cargas

y público de pasajeros cuando

una corporación gigante como

Google termine de mapear calle

por calle el planeta entero. Al

parecer, el llamado vehículo

autónomo o robótico que se

basa en esos mapas ya está

circulando a modo de prueba en

algunos lugares de Occidente

y los resultados son cada vez

más notables en términos de

eficiencia y seguridad. ¿Qué

va a pasar cuando eso esté al

100% y nos informen por los

medios de comunicación que es

más seguro viajar en un micro

sin chofer, porque la máquina

no comete errores y no existe la

posibilidad de que se produzcan

accidentes? Sin lugar a dudas

será una maravilla posmoderna,

puesto que los siniestros en el

tránsito son, por ejemplo, en

Argentina, la cuarta principal

causa de mortalidad, luego de

las enfermedades coronarias,

los accidentes cerebro vasculares

y el cáncer. Pero la pregunta

31 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


El vehículo autónomo, que no requiere de conducción humana para circular, ya se encuentra en una etapa muy avanzada de su

desarrollo y es frecuentemente visto por las calles de las grandes ciudades de Occidente y China.

inicial subsiste: Una vez desfasados,

¿adónde van a ir a parar

los conductores de vehículos de

transporte público de pasajeros

y de cargas? Y así con todos los

ejemplos que se nos puedan

ocurrir de máquina superando

en calidad y eficiencia al hombre

en todos los sectores de la

economía.

No es cuestión de hacer futurología

y no faltan los que

prefieren aferrarse a la idea

absurda de que todos los trabajadores

van a reconvertirse en

operadores de máquinas, sin

comprender que, de nuevo en

el ejemplo de los transportes,

no hay posibilidad de que haya

un operador humano para cada

vehículo. Si eso fuera así y en

vez de conducir un coche o un

ómnibus sentado detrás del

volante pasáramos a hacerlo

desde un centro de comando,

¿cuál sería la utilidad real de los

vehículos autónomos? Ninguna

y, en realidad, lo más probable

es que miles de vehículos sean

conducidos por una computadora

central, controladora de

los robots conductores y, a su

vez, bajo la supervisión de unos

pocos humanos. Salen decenas

de miles de conductores y entra

media docena de supervisores.

El saldo es claramente deficitario,

la pregunta sigue ahí:

¿Adónde van a ir o en qué van

a tener que reconvertirse esas

decenas de miles de trabajadores?

No es cosa de especular, el

panorama es oscuro visto desde

cualquier ángulo: no hay lugar

para todos en la sociedad de

la inteligencia artificial, de la

robótica, de la informática y las

redes.

¿Qué hacer?

(o ¿cómo hacerlo?)

La sociología moderna, como

veíamos, nació en el siglo XIX de

la mano de los positivistas y vino

con la misión de construir un

discurso sociológico que dotara

la política de respuestas frente

al desbarajuste social generado

por una revolución. Primero fue

la revolución, luego el caos de

un orden social que cambiaba

ante la mirada atónita de los

contemporáneos y, finalmente,

llegó la explicación racional

para normalizar otra vez el

mundo mediante la creación de

nuevas categorías que lo reordenaran.

Ese es el derrotero del

capitalismo occidental puertas

adentro hasta la primera mitad

del siglo XIX, cuando al fin pudo

estabilizarse, enterrar a la reacción

aristocrática y acomodarse

con su burguesía industrial en el

lugar indiscutido de clase dominante.

Entonces fue la sociología

la que estabilizó el proceso al

crear un marco simbólico racional

para que los individuos

se reagruparan en instituciones

modernas y la sociedad progresara

con su nuevo orden. Fue la

sociología la que les prestó ese

enorme servicio no solo a la clase

burguesa de la época, sino a

la humanidad entera frente a la

imposibilidad de retroceder en

el tiempo y destruir la máquina a

32 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


vapor, olvidarla y fingir que nunca

había existido. La revolución

burguesa es, como todos los demás

hechos históricos vistos en

contexto, un hecho inevitable:

tenía que ocurrir más temprano

que tarde al revolucionarse la

tecnología, de acuerdo a la premisa

de que toda economía es

política y toda política es económica.

El desarrollo de las fuerzas

productivas no podía venir

sino acompañado por su liberalización,

no iba a tener lugar en

el marco de un orden estamental

conservador que no daba las

respectivas garantías exigidas

por la clase revolucionaria. Así

es como la revolución burguesa,

el liberalismo como ideología de

época y la burguesía como clase

dominante fueron inevitables

y la cuestión aquí se reduce al

cómo, no al qué.

Lo mismo está ocurriendo, a

doscientos años de aquel proceso,

en nuestros días. Hay una

revolución tecnológica que en

sí misma es inevitable, que es

económica y que va a resultar en

su respectiva revolución política,

esto es, en un cambio del orden

social que a su vez tiende a

generar un enorme desbarajuste

en una sociedad acostumbrada

en dos siglos al orden que agoniza

y se muere. La revolución

tecnológica que quiere reemplazar

el trabajo humano por el

“trabajo” de las máquinas no

va a poder concretarse bajo un

esquema de sociedad industrial,

un esquema que contempla la

existencia de contratos de trabajo,

sindicatos, de relaciones

bien definidas entre patrones

y empleados. El qué no está en

discusión, es solo cuestión de

tiempo para que llegue. Lo que

sí puede discutirse es el cómo, o

en qué condiciones va a llevarse

a cabo la destrucción del orden

anterior y va a darse la transición

al nuevo orden social de

la sociedad posindustrial que

todavía existe como un cascarón

vacío. Entendámonos bien y sin

eufemismos: puede gustarnos

o no ideológicamente, puede

ser contradictorio con nuestra

tradición política y toda nuestra

cosmovisión, que es la de los

pueblos-nación. Nada de eso

tiene relevancia frente a la realidad.

La revolución de la inteligencia

artificial, la robótica, la

informática y las comunicaciones

ya es un hecho consumado y

está en pleno proceso de destrucción

del mundo del trabajo.

Aunque podemos demorarla,

mitigando sus efectos en este o

aquel sector por un determinado

tiempo, no la podemos evitar. Y

dado el avance que se verifica

por lo menos en los últimos 30

años en todo lo que se refiere

a las tecnologías antes enumeradas,

no existe ninguna posibilidad

de que el hombre logre

evitar quedar desfasado por la

máquina en algún momento,

probablemente aun durante

el presente siglo. Inútil, por lo

tanto, discutir el qué. Debemos

discutir el cómo.

Es bastante conocida en ciertos

ámbitos la hipótesis de que

las clases dominantes a nivel

mundial vienen planificando

una reducción dramática de la

población mundial mediante

la eliminación del “exceso” de

individuos “sobrantes”. Consciente

de la limitación de los

recursos naturales del planeta

y de que eso es incompatible en

el mediano plazo con un sistema

como el actual —que es de

explotación intensiva de dichos

recursos—, los ricos del mundo

pretenden resolver el problema

porque el mundo literalmente

se acaba, pero no cambiando

el sistema ni mucho menos. Los

poderosos que controlan las

corporaciones y concentran la

riqueza quieren reducir el consumo

de los recursos naturales

mediante la eliminación de la

mayoría de los actuales consumidores.

En una palabra, para

que el planeta sea habitable

por más tiempo, la solución

propuesta por las oligarquías a

nivel mundial es liquidar quizá el

80% y hasta el 90% de los que

hoy lo habitamos y, siempre desde

el punto de vista del poderoso,

sobramos.

Obreras en una fábrica de electrónicos en China. La deslocalización de industrias

desde Occidente al gigante asiático resultó ser muy exitosa para este país, que logró

industrializarse tardíamente para ser hoy la primera economía a nivel mundial.

33 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Bien mirada la cosa, la destrucción

del mundo del trabajo

con el reemplazo del hombre

por el robot que “aprende” y se

articula como un humanoide

podría ser el método idóneo

para llevar a cabo ese plan siniestro.

Privadas de los medios

de subsistencia, a las mayorías

populares se las dejaría morir

por inanición, por enfermedades,

falta de asistencia sanitaria

o, para no cargar en la conciencia

el peso de un genocidio, se

les permitiría subsistir en una

indigencia controlada, pero sin

posibilidad de reproducción. De

optar por este último método,

una sola generación bastaría

para despoblar prácticamente

el planeta sin ensuciarse las

manos en el proceso. Despojando

del trabajo y del salario a

la mayoría de la población, no

sería para nada difícil ofrecer

alguna especie de “asistencia

social” mínima exigiendo esterilizaciones

como contrapartida.

¿Quién no aceptaría someterse

a una vasectomía a cambio de

acceder al único ingreso posible

en un mundo sin trabajo? El

panorama descrito es sin duda

sombrío y parece obra de ciencia

ficción, pero no deja de tener

su lógica: si el trabajo ya no es

necesario y nadie puede obligar

a los ricos a que empleen brazos

que no necesitan, está más que

claro que los “sobrantes” no van

a tener fuentes de ingreso para

subsistir. En la actualidad, el

problema de los que “sobran”

se resuelve de manera precaria

mediante la asistencia social en

el Estado, pero los que “sobran”

son relativamente muy pocos:

los que se han caído de sistema

y no tienen ninguna posibilidad

de volver a integrarse. Pero en el

panorama hipotético de la abolición

del trabajo la situación

es muy distinta porque se prevé

no la caída de unos cuántos

del sistema, sino la quiebra del

sistema en sí. Y eso no es otra

cosa que la exclusión de miles

de millones al mismo tiempo.

Miles de millones de excluidos

y sin horizonte, puesto que

el trabajo se ha automatizado.

¿Cuánto pueden durar? ¿Cuánto

tiempo pueden sobrevivir

sin ingresos y sin tener a quién

recurrir para salvar la situación?

La respuesta es obvia, se cae de

madura, como se suele decir.

Pero en la propia pregunta está

la clave para empezar a construir

un discurso sociológico que

pueda dotar la política de las

categorías necesarias y evitar el

genocidio de miles de millones

en el proceso. Cuando existe

una problemática, es preciso levantar

la vista y ver, justamente,

a quien recurrir para resolverla.

Y en eso el nacionalismo popu-

Ceremonia militar en China. Las demostraciones de fuerza por parte del Estado chino son una constante y en ellas se expresa

un nacionalismo sólido, sin grietas ni fracturas internas. La finalidad de dichas puestas en escena en enviar un mensaje claro a

quienes —por dentro y por fuera— pretendan socavar la unidad nacional-popular de China: ni lo intenten, no tendrán éxito.

34 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


lar tiene una palabra para decir.

Resulta que los Estados en

general no pueden obligar al

capital privado a hacerse de

trabajadores que no necesita,

salvo en casos como el de China.

Allí, el nacionalismo popular

del Partido Comunista —que es

el instrumento político ideológico

que los chinos utilizaron para

alcanzar su liberación nacional,

se llama “socialismo” y es un

capitalismo industrial clásico

con fuerte presencia estatal y

burguesía nacional consolidada—

afronta el desafío monumental

de incluir a unos 1.400

millones de individuos. En

otras palabras, el Estado chino

debe asegurarse de que aproximadamente

un cuarto de la

humanidad coma mínimamente

todos los días, además de

satisfacerse otras necesidades

básicas. Entonces el gobierno

del Partido Comunista de China

prioriza en un sentido estricto la

creación de puestos de trabajo,

necesita crear cientos de miles

de empleos a como dé lugar.

Y para lograrlos, “obliga” a los

industriales propios y ajenos a

emplear mucha más gente de la

que necesita. Claro que “obliga”

en un sentido político, esto es,

impone la creación de puestos

de trabajo como condición

ineludible para la instalación de

unidades productivas en el país.

Si el atento lector fuera un gran

capitalista y quisiera deslocalizar

su capital, quisiera instalar

una industria en el gigante

asiático, tendría necesariamente

que negociar con el gobierno

de aquel país la cantidad de

empleos a generar. No, no los

definiría Ud. de acuerdo a su

deseo o necesidad particular,

sino un funcionario designado

por el Partido Comunista para la

negociación de esa deslocalización

o inversión nueva.

Claro que el caso de China es

Donald Trump y Xi Jinping, frente a frente en Osaka, Japón. China está superando

actualmente a los Estados Unidos como primera potencia económica mundial y ya

representa una seria amenaza a la hegemonía de las corporaciones occidentales.

el ejemplo quizá más extremo de

nacionalismo popular existente

por fuerza de las circunstancias,

por la realidad efectiva de la que

hablaba Perón. El nacionalismo

popular chino es el único método

viable para gobernar ese país

sin descartar a cientos de millones

de chinos en el proceso. Si

el Partido Comunista de China

no defiende al pueblo-nación

chino y prioriza los intereses del

capital —como ocurre en países

donde el nacionalismo popular

no existe y los privados hacen lo

que se les antoja, como Argentina—

entonces no genera los

puestos de trabajo suficientes

para toda la población y muchos

chinos se mueren de hambre.

Es tan sencillo como eso y es

por eso que en China el Estado

“obliga” al privado a darle

empleo a mucha más gente de

la que necesita para producir.

El privado acepta las condiciones

porque tiene en frente

a un nacionalismo duro que

monopoliza en el Estado todos

los sectores clave de la economía

como transporte, energía y

minería, casi todo lo vital para

que una industria produzca y

venda su producción. Si Ud.,

atento lector, quiere invertir en

China y se le ocurre sacarse los

pies del plato, el Estado chino

simplemente le cierra la canilla

y le imposibilita prácticamente

la producción. Esa es la definición

más precisa de un nacionalismo

popular: el pueblo-nación

con poder político en el Estado

y utilizando ese poder político

para monopolizar los resortes

de la economía, haciendo que

esos resortes funcionen en favor

de las mayorías populares y no

de las minorías pudientes.

Se gana igualmente mucho

dinero en China siendo un

inversor privado, por supuesto,

lo que queda demostrado en la

inmensa cantidad de empresas

que se deslocalizaron desde

Occidente y fueron a instalarse

en China, donde permanecen.

Por más duras que parezcan

las condiciones impuestas por

el Estado, el inversor privado

35 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


Desocupados en las calles de los Estados Unidos. Después del ascenso de Donald Trump, quien apostó por la relocalización

de la industria, los índices de desocupación bajaron notablemente en el país. No obstante, Trump sabe que esa reducción es

un paliativo momentáneo y que el avance de la tecnología, la robótica y la inteligencia artificial en la producción va a requerir

mucho más que relocalizaciones para la defensa de los intereses (y la propia sobrevivencia) de las mayorías populares.

siempre gana mucho dinero y es

una mentira el supuesto de que

son necesarias flexibilizaciones

laborales, exenciones fiscales

y perdón de deudas para que

la inversión de capital privado

sea viable en cualquier parte. Es

mentira que las inversiones no

llegan ni se quedan si el Estado

no claudica en la defensa

de sus ciudadanos y la prueba

de ello es China, país que ya

al momento de escribir estas

líneas les está arrebatando a los

Estados Unidos el lugar de primera

economía a nivel mundial.

Como decíamos al comienzo de

este artículo, toda economía es

política y toda política es económica.

Y la política económica

del Partido Comunista de China

da como resultado que la economía

política del país sea un

auténtico coloso.

No quedan dudas de que la robotización

y la automación de la

industria también van a llegar a

China como a todas partes. Pero

al tener un nacionalismo popular

bien aceitado, bien instalado

en la cultura política del país, lo

más seguro es que China tendrá

la fuerza necesaria para afrontar

esa revolución sin dejar al costado

del camino a ninguno de sus

1.400 millones de ciudadanos.

Y acá está, en esa fortaleza, la

parte del nacionalismo popular

chino que nosotros —y todos los

demás países del mundo— tendremos

que copiar si queremos

resistir al proyecto de genocidio

planetario de las corporaciones

al reemplazar el trabajo

humano por la máquina. Es en

la fuerza de la unidad política

china y en el empoderamiento

de los pueblos en el Estado, que

resultan en un monopolio de los

sectores clave de la economía y

los recursos naturales del territorio,

donde reside la clave para

crear el discurso sociológico que

dotará la política de las nuevas

categorías del nuevo orden

social. En una palabra, si no va

a ser posible obligar al privado

a emplear gente porque las

máquinas harán todo el trabajo,

habrá que obligarle a aportarle

de otra manera a la sociedad.

De modo concreto, si es inevitable

la destrucción de lo que

hoy conocemos como trabajo

al robotizarse la producción, el

transporte, la distribución y el

comercio, lo que necesitamos

no es producir un discurso sobre

cómo intentar evitar lo inevitable.

No necesitamos un discurso

cuyo centro esté puesto no en el

qué, sino en el cómo. Si el hombre

va a quedar desfasado por la

máquina en el trabajo más tarde

o más temprano, debemos adelantarnos

y pensar en soluciones

para ocuparlo de otra forma y,

por supuesto, para financiar

eso, porque alguien igualmente

lo va a tener que pagar. Lo que

tenemos que copiar del nacionalismo

popular de China —pero

también de Rusia y de otros

países donde el Estado está

en manos de los pueblos— es

la fortaleza del pueblo-nación

políticamente empoderado para

36 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


imponer las reglas del juego.

Tiene que mandar la política,

que es el interés general, porque

si manda el interés privado de

los que ya son dueños de todo,

las mayorías populares seremos

enviadas al descarte y no

tendremos a quien recurrir para

evitarlo.

Esta idea, que seguirá desarrollándose

en las próximas

entregas de Sociología del

estaño para la construcción del

nacionalismo popular, tiene

muchos escenarios posibles

sobre los que podría llegar a

materializarse. Uno de ellos

es el más extremo y es el de

una implementación total de

la robótica, de la inteligencia

artificial y de la informática en

general sobre la producción, el

transporte, la distribución y el

comercio de mercancías. En tal

hipótesis, que es la más extrema,

como decíamos, estaríamos

frente a un mundo en el que el

hombre directamente no serviría

para hacer nada que sea productivo

en un sentido económico

moderno, esto es, no serviría

para trabajar directamente en

la generación de riqueza material,

puesto que las máquinas lo

harían mucho mejor, más rápido

y con un costo muy inferior.

Estaríamos ante un escenario en

el que el sistema está en condiciones

de prescindir de miles

de millones de individuos de

una sola vez, lo que en potencia

constituye el genocidio cuyo

proyecto describíamos anteriormente

y les adjudicábamos

en hipótesis a las clases dominantes

del actual capitalismo

global. Si ese fuera el qué, entonces

habría que preguntar por

el cómo: ¿Cómo ocupar en otras

actividades a toda esa gente?

¿Cómo obtener los recursos

económicos para que esa ocupación

alternativa sea viable?

Preguntas que se resuelven con

Vladimir Putin, el conductor que supo desarticular la sobreideologización en la

Rusia para construir un nacionalismo popular sólido. Ambos asuntos —Putin y el

escollo de la sobreideologización— serán tratados en la próxima entrega de ‘Sociología

del estaño para la construcción del nacionalismo popular’.

las políticas de empleo público

y renta básica universal, entre

otras, y que lógicamente solo

podrían financiarse mediante

la instrumentación de políticas

económicas —políticas fiscales,

para ser más precisos— cuya

finalidad sea obligarles a los

ricos a pagar en concepto de

impuestos lo que van a dejar de

pagar en salarios y cargas patronales

al reemplazar al hombre

por la máquina. Preguntas que

se responden con la aceptación

de que la máquina hace mejor

y más rápido, sí, pero también

con la imposición de que no

pueden costarles a los ricos ni

un centavo menos de lo que les

cuesta hoy un trabajador humano.

Preguntas que seguiremos

respondiendo en detalle en

las próximas entregas de esta

propuesta sociológica del estaño,

en el análisis de la relación

dialéctica entre esas hermanas

inseparables que son la política

y economía. Y también en la

enumeración de los escollos en

el camino de la construcción del

nacionalismo popular, que son

muchos y actualmente impiden

que podamos pensar el siglo XXI

en sus propias categorías. Son

muchos y retrasan el debate al

introducirse con ideas propias

de la modernidad, ideas que no

tienen ni tendrán cualquier utilidad

para entender un mundo

en el que la máquina a vapor es

electrónica y, de pronto, adquiere

la capacidad de “aprender”

y de “pensar”. Veremos, en fin,

el cómo del qué, la propuesta

de nacionalismo popular que

hemos empezado a delinear en

el presente capítulo. Todo en la

próxima entrega, cuando finalmente

empecemos a hablar de

futuro.

37 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


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38 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


IDENTIDAD PERONISTA

Eva Perón

inmortal

MARCO A.

LEIVA

Al llegar estas fechas,

tanto la que nos recuerda

su llegada al mundo

como ésta, la de su

siembra, la cantidad de

sentimientos que se ponen de

manifiesto alrededor de la figura

de Evita son inconmensurables.

Amor, odio, pasión, angustia,

añoranza, desprecio, fervor, dolor,

todo entrelazado en un sinfín

de expresiones que no pueden

sino ser respuesta a una sola y

única cuestión: María Eva Duarte

de Perón fue de las personas

más importantes de toda la

historia de nuestro país, porque

nadie más tiene esa capacidad

de convocar sentimientos tan

diversos, intensos y masivos

como ella.

Uno puede observar las redes,

los noticieros, los diarios; puede

escuchar un comentario al

pasar o ver una imagen o cientos

de ellas. Puede ver rostros

compungidos en la Catedral

Metropolitana y escuchar algún

sollozo en el Cementerio de la

Recoleta, puede ver un altar del

39 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


pueblo en cualquier calle y cualquier

esquina, incluso puede

encontrársela adentro de algún

bar o en una bandera flameante.

Y es entonces que uno puede

comprender que la vida de esta

mujer no sólo pasó a formar parte

de la historia de nuestro país

y del mundo, sino que habita en

alguna parte (o en muchas, o en

todas) del alma del pueblo, para

bien o para mal.

Porque ni siquiera el más

acérrimo odiador de Eva Perón

puede evitar caer en esta lógica:

la odia porque no es capaz de

ignorarla, porque nadie pudo ni

podrá jamás ser indiferente ante

la presencia eterna de la mujer

que es la representación de un

sentimiento mucho más grande

que la simple admiración o incluso

del más loco de los fanatismos;

hay algo ahí pulsional,

sanguíneo, imposible de pasar

desapercibido, que se hace

masivo cuando el calendario nos

recuerda que ha pasado un año

más desde aquél día en que se

hizo eterna.

Y vuelven a nuestra mente

los millones de compatriotas

desfilando por las calles de la

ciudad, llenos de flores, alzando

antorchas, derrochando

lágrimas y dejando partes de

su corazón en ese recorrido

interminable de almas que,

agradecidas, fueron a despedir

40 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


a quien se había convertido en

la madre de los humildes, en la

representante del más profundo

y sincero amor por los olvidados

de esta tierra. Ella, que había

sido una descamisada más, que

había visto de frente el rostro

de la desidia y la maldad y que

conocía bien lo que significaba

estar frente a un oligarca en los

tiempos en los que no existía

nadie que amparara a un desposeído,

supo transformar su

propio odio y su propio dolor en

el amor y la misericordia más

trascendentales que alguna vez

tuvimos la dicha de que pisen

este, nuestro suelo.

Porque cuando una persona

reúne todo eso, cuando despierta

desde las entrañas del ser

la más vasta multiplicidad de

emociones, es que se ha hecho

eterna y sigue viviendo, más

allá de su cuerpo y su tiempo,

en la fuerza que emana de los

corazones de todos quienes han

sido tocados por su luz. Y algunos

fueron quemados por ella, y

algunos encendidos para siempre,

pero ninguno puede pasar

por este plano desconociendo

que alguna vez fue de carne y

hueso la mujer que hoy nos pone

a soñar con un tiempo mejor,

que nos pone a pensar sobre lo

que fuimos, lo que somos y lo

que podemos ser. Aún hoy, en

medio de esta confusión, la voz

de la Jefa Espiritual de la Nación

sigue vibrando en el aire, estremeciendo

espíritus y fortaleciendo

esperanzas en un mundo

que todavía puede ser justo,

libre y soberano si los pueblos

nos decidimos a hacerle frente a

nuestro destino.

“No puede haber amor donde

hay explotadores y explotados.

No puede haber amor donde

hay oligarquías dominantes

llenas de privilegios y pueblos

desposeídos y miserables.

Porque nunca los explotadores

pudieron ser ni sentirse

hermanos de sus explotados y

ninguna oligarquía pudo darse

con ningún pueblo el abrazo

sincero de la fraternidad. El

día del amor y de la paz llegará

cuando la justicia barra de la

faz de la tierra a la raza de los

explotadores y de los privilegiados,

y se cumplan inexorablemente

las realidades

del antiguo mensaje de Belén

renovado en los ideales del

Justicialismo Peronista:

Que haya una sola clase de

hombres, los que trabajan;

que sean todos para uno y

uno para todos; que no exista

ningún otro privilegio que el de

los niños; que nadie se sienta

más de lo que es ni menos de

lo que puede ser; que los gobiernos

de las naciones hagan

lo que los pueblos quieran;

que cada día los hombres sean

menos pobres y que todos

seamos artífices del destino

común”.

Evita vive por siempre en el corazón

del pueblo.

41 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR CAPE

42 HEGEMONIA - AGOSTO DE 2019

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