La masa literaria-Primer número-Agosto 2019

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La masa literaria
Primer número
Agosto 2019
Edición especial: locura

12

La Virginia era una loca a carta cabal. Lucía tal y como

los escritores nos trasladan la imagen de los alienados

mentales. Cubría la mitad de su cuerpo con una sábana

de color indefinible, percudido. Esa prenda hacía

recordar a aquel Licenciado Cabra que menciona don

Francisco de Quevedo en la Vida del Buscón, del que se

decía vestía ropas milagrosas que de lejos parecían una

cosa y de cerca otras. Su cabeza, de cabello hirsuto,

maltratado y sucio iba cubierta parcialmente con un

pañuelo de color chillante, las más de las veces, verde o

fucsia. Vista de perfil, su cara broncínea perdía toda

femineidad y parecía más bien el rostro de un jefe navajo

o apache.

En la escuela, cada quien hacía sus pronósticos y

sacaba sus diagnósticos acerca de la enfermedad que la

aquejaba. Esto sucedía cuando, en la materia de Ciencias

Naturales, las maestras se enfocaban en las

enfermedades del sistema nervioso.

Por los pasillos, susurraban todas las probables

dolencias del sistema nervioso de la Virginia:

Esquizofrenia, neurosis, depresión, paranoia, etc.

Especialmente los alumnos de sexto grado, amparados

en un criterio de superioridad, infundado a todas luces,

se atrevían a asegurar que la Virginia había quedado loca

como consecuencia de un asalto a mano armada en su

casa.

Reiteraba que a su hijo lo habían arrebatado del hogar

hombres armados que, amparados en la impunidad de la

noche y de la noche que vivía el país en los años de mi

niñez, se lo llevaron para nunca más volverlo a ver a la luz

del día. Frecuentemente, la diatriba contra los captores

de su hijo varón era expresada en variados lugares: el

patio sin cercar de mi escuela, el atrio de la iglesia

católica contigua, la esquina del mercado, cualquier calle,

etc.

«Malparidos, se llevaron a mi hijo. Me dejaron sin mi

hijo. A mi casa lo llegaron a traer», era su estribillo que, a

veces, alternaba con un llanto amargo que conmovía a

todos, pues desde ese momento empezaba a lamentar la

desaparición de un supuesto hijo que jamás volvió a ver.

Debido a la reiteración de sus desvaríos, pude

familiarizarme con su caminar, sus palabras y su

presencia, aterradora algunas veces y provocadora de

nuestras risas en otras. Ahora, que ya voy entrando en

nostalgia por aquellos años la recuerdo mucho. Creo que

no fue ella la primera persona a la que todos daban por

loca, el primer loco que yo vi y escuché. A muchos años

de distancia, todavía me pregunto en qué residía la

locura de la Virginia, si en esquizofrenia de nacimiento o

en lo que sucedió con su desafortunado hijo. Como voy

haciéndome inevitablemente viejo, prefiero asumir que

simplemente está loca sin importar lo que se lo cause.

Eso no tiene remedio, como lo han demostrado los

intentos por curar la locura.

El sombrero

Nahir Subelzú Sáenz

Uruguay

—Este viejo sombrero —refunfuña el abuelo

entrando por la puerta— tiene vida propia.

La familia reunida frente al televisor lo mira con

preocupación. Es tarde.

—Cuando lo llevo puesto soy una marioneta y es él,

aunque no lo creáis, quien maneja los hilos. Me susurra

aquí dentro —se toca con el índice la frente—y me

obliga a hacer cosas que a un tipo como yo no se le

ocurrirían. En ocasiones se empeña en ir hasta el puerto

dando un paseo. ¡Hasta el puerto! —Levanta las manos y

niega con la cabeza—. ¡Con lo lejos que está!

»Es tan persistente que cuesta negarse, os lo aseguro.

Se ve que le gusta oír el ruido de las olas acariciando el

espigón; contemplar los barcos fondeados en los muelles

con secreta envidia y desafiar al viento que lo empuja

porfiando en que levante vuelo. Un día de éstos no lo

sostengo más y dejo que se lo lleve mar adentro el viento

del Este. —Dibuja una espiral con la mano en el aire.

»Algunas veces me arrastra hasta la estación solo

para permanecer fascinado mirando pasar los trenes

desde el andén. Y hace unos cuántos días, no lo vais a

creer, se empecinó el bandido en querer ver la ciudad

desde el funicular. Se ve magnífica. Últimamente, insiste

en recorrer el mundo en bicicleta. Yo le digo: «estás loco»

y él se ríe. Sospecho que intenta persuadirme con la

intención de arrastrarme a su excéntrica aventura.

La familia se queda muda contemplando al viejo que,

con un guiño, deja el sombrero y el abrigo en la percha y

se mete en la habitación bailando pasitos de claqué.

—Se está volviendo loco —susurran los adultos.

—Se está volviendo divertido —opinan los niños, y

corren a espiarlo por el ojo de la cerradura.

Uno a uno se turnan para verlo, tumbado en la cama,

fingiendo dormir a pata suelta. La fuerte respiración le

hace volar el bigote de forma muy graciosa. Los niños

ríen. De vez en cuando un ronquido fuerte les provoca

algún susto, pero de inmediato vuelven a reír y a

empujarse para escudriñar en el cuarto.

Por la mañana el abuelo compra bombones de licor y

un ramo de rosas. Y se va a visitar a la vecina de enfrente,

perfumado y con gomina. Antes de salir se pone el

abrigo, coge el sombrero, le da unas vueltas en las

manos y lo vuelve a dejar.

—No. Tú no vienes, que eres muy pillo —le dice.

De inmediato los adultos se ponen a discutir.

—Lo mejor es que lo cuiden en una residencia —

opinan unos.

—No. Lo mejor es llevarlo al psiquiatra —aconsejan

otros— porque está chiflado, porque no está bien.

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