La masa literaria-Primer número-Agosto 2019

lamasaliteraria

La masa literaria
Primer número
Agosto 2019
Edición especial: locura

32

NARRATIVA CORTA

Entre voces

Atilano Sevillano

España

En Sagrario se celebra el “X Congreso Mundial de

Escuchadores de Voces”. El doctor Esteban Maldini,

especialista concienzudo y coordinador del evento,

asegura en el acto de inauguración que escuchar

voces es una experiencia humana normal aunque

poco habitual. Solo un tercio de esas personas

presentan alteraciones psicopatológicas significativas

que les lleve a pedir ayuda profesional. También

asegura haber probado los medicamentos

neurolépticos o antipsicóticos para conocer de

primera mano lo que prescribe.

Santiago Cabezón, que forma parte de “Entrevoces”,

la red española de Escuchadores de Voces,

asegura que para algunas personas, como es el caso

suyo, la escucha de voces supone un don si no son

peligrosas y aprendemos a convivir con ellas.

Josep Triste, que creció bajo una gran influencia

religiosa, desarrolló delirios místicos. Reconoce que

abusar de cualquier actividad tiene sus riesgos y el

suyo fue la Biblia y aislarse en el Antiguo Testamento.

Para Elvira Calles todo empezó como un sueño.

Una utopía mesiánica que convertía a su protagonista

en un enviado celestial capaz de cambiar el mundo a

través del amor.

Manuel Sordo ha salido del armario haciendo

pública su problemática de salud mental: «una noche

empecé a sentir que escuchaba voces que parecían

venir del piso de arriba, como si atravesaran las

paredes y lo solucioné colocándome tapones en los

oídos», mencionó.

Una amiga mía es miembro integrante de “Mirada

alternativa”, tertulia radiofónica que cada jueves

durante treinta minutos se emite por Radio Azotea,

me cuenta que empezó a escuchar voces a los nueve

años. Al principio pensó que era Dios, luego perdió la

fe y aparecieron otras voces. Ella asevera con cierto

orgullo: «Mis voces y yo formamos un colectivo donde

yo soy la jefa».

Voces

Monserrat Varela

México

El doctor Obeid dijo que me quería cerca, de hecho, mi

oficina está enfrente de la suya, separada sólo por el

pasillo. Es una habitación minúscula que antes era el

baño privado del doctor; han quitado la taza del retrete

y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa, un

cenicero y un perchero junto a la ventana.

El espacio me resulta acogedor aunque aún

permanezcan varios vestigios de lo que fue. Están por

ejemplo, los huecos donde tiempo atrás hubo un par de

llaves y el borde de un tubo de regadera. Además, mi

silla quedó justamente arriba de la coladera y esto, en

tardes calurosas como hoy resulta un problema.

Incómoda, abro la única ventana. Me sofoco. Hace

tiempo que no sentía eso. La ventaja de ser asistente del

doctor Obeid es que puedo consultarle en cualquier

momento, pero en realidad no quiero llenarme de nuevo

de pastillas. Además las voces de ahora no son iguales a

las que escuchaba en el hospital. Es cierto que a veces se

quejan, como hoy, por el calor o el olor a cloaca pero

aun así yo permanezco impávida.

Tomo anotaciones cuando el doctor me lo indica y

cuando no me necesita, me siento a observar el muro de

mosaicos verde menta frente a mí o a mirar a través de

la ventana a los transeúntes.

Las voces a veces se inquietan de más, sobre todo

cuando olvido la hora exacta en que debo tomar mi

medicamento.

Sé que el doctor me observa constantemente.

Las voces me susurran ideas, como un zumbido

incesante dentro de mí que dice: «Si afilas la punta de

este lápiz…». Niego agitando la cabeza.

Siento un bochorno; estas cuatro minúsculas

paredes me recuerdan mis días en el hospital. Me pongo

de pie. El doctor sonríe y me sigue con la mirada a través

del pasillo, desde su despacho. Le sonrío de regreso,

cojo el lápiz que está sobre la mesa y comienzo a sacarle

punta hasta dejarlo bien afilado.

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