La masa literaria-Primer número-Agosto 2019

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La masa literaria
Primer número
Agosto 2019
Edición especial: locura

50

Del deshilacharse

Sergio Espinosa Proa

México

Algunos sociólogos sostienen que vivimos en la era del individualismo, algunos psiquiatras los

contradicen y afirman que si algo caracteriza a nuestros días es que el individuo ha desaparecido.

Seguramente, la verdad como en otras tantas cosas, se encuentra en medio. Esta preocupación resulta

similar a la pregunta por la existencia o inexistencia de la locura. Una definición poco prejuiciosa de ella

pretende que no hay diferencia con la cordura; ésta es definida como una concordancia general con

las normas vigentes, aquélla está en parcial o total discordancia con una realidad cuya sustancia

consiste únicamente en ser compartida. Nada más.

Es que en nuestro tiempo, lo que prevalece es una generalizada pereza para pensar por sí

mismos. Nada en las instancias educativas, públicas o privadas, parece estimular o propiciar semejante

hábito. Las preguntas vienen en un paquete prefabricado y las respuestas están a la mano. No es

necesario pensar si lo que se necesita es un empleo. En muchas profesiones pensar es no sólo

innecesario sino estorboso. En estas condiciones, estar medio loco es señal de salud. Ahora bien

¿cómo evitar volverse completamente locos? No, desde luego, haciendo al sujeto en síntoma entrar en

cintura, volviéndolo "normal". El loco puede no requerir loqueros para curarse. Tampoco necesita

puros medicamentos. ¿Qué requiere entonces?

Muchos psiquiatras, a pesar de las instituciones y del currículum oculto que cargan, lo dicen con

sinceridad: comprensión. El loco quiere a menudo que lo escuchen, no que le digan que está mal, por

qué lo está y cómo dejar de ser lo que es. La posición básica de esta estrategia, claramente delineada

por cierto psicoanálisis, consiste en no decirle al supuesto enfermo lo que tiene que hacer. No es

cuestión de imponerle la visión del mundo y los valores que defiende la cordura, que sólo es, según se

nos reporta, una conducta promedio. La solución es prácticamente inversa a la predominante: no

hacerlo que se adapte al mundo, sino enseñarle cómo podría negociar con él. Ayudarle con eso.

No se trata, por lo demás, de negar la existencia de la locura; la gente efectivamente sufre sus

estragos, que llegan a ser terribles. Pero es preciso abandonar la insensibilidad y la prepotencia de la

figura del médico. Esta actitud es más enferma acaso que la de sus pacientes, cuyos síntomas pueden

o no ser permanentes y visibles. Lo primero es y ha sido no precipitarse en el diagnóstico. Una persona

perfectamente normal puede experimentar un delirio o cometer un crimen y no volver a hacerlo en su

vida. Normalidad y locura suelen camuflarse mutuamente. La locura no por fuerza es llamativa y

evidente. Es común que se manten-ga más bien latente. Y viceversa: personas diagnosticadas con

esquizofrenia no necesariamente ni siempre lo son. Hay especies de psicosis que no tienen síntomas.

En suma, la línea que divide la locura y la normalidad es extremadamente porosa. La locura

puede o puede no estallar o desencadenarse nunca, y saberlo es decisivo para su curación. Hay

también, como ha documentado la psiquiatría, una sutil diferencia entre "estar" y "volverse" locos (D.

Leader, ¿Qué es la locura?, Sexto Piso, Madrid, 2013, p. 24). El diagnóstico nunca es infalible. Los

ejemplos son innumerables. En conjunto, uno realmente sospecha de la eficacia de las terapias y de

sus teorías. No hay dos sujetos iguales porque nadie, ni los siameses, viven una misma vida. Es

impracticable, en estricta lógica, construir una ciencia de las excepciones. La noción misma de

enfermedad mental (y la correspondiente de salud) resulta impugnada; quizá lo que hay, más allá de lo

orgánico, es, como el mismo Kraepelin corregiría, una simple torsión. Todo se da sobre una línea continua.

La locura puede ser un estado propio, no por fuerza patológico, del alma. La paranoia, por

ejemplo, no existe de manera oficial desde 1994. En reciprocidad, se han "inventado" otras

"enfermedades mentales", que tienen que ver menos con los pacientes que con la lógica de la

industria farmacéutica.

Esto no ha sido lo bastante duramente criticado; los manuales tipo DSM son menos descriptivos

que normativos, porque clasifican rasgos que antes de tal cla-sificación no existían. "La idea de

causalidad psíquica compleja o incluso de vida interior ha desaparecido" (p. 47). Para el DSM sólo hay

dos tipos de causas: las biológicas y las relacionadas con el estrés. Este diagnóstico es superficial en un

sentido literal, pero su predicamento actual es impresionante. El efecto es en extremo perjudicial

porque no se sabe con claridad quién está realmente mal y quién no. El tratamiento no tiene nada que

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