Revista Las Hojas Septiembre

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El fenómeno Fortnite:

cómo ser padre de un gamer

Antes querían ser futbolistas, últimamente youtubers o influencers.

Pero desde que apareció Fortnite: Battle Royale, millones de

chicos de todo el mundo sueñan con ser gamers. Dedican 6 a

8 horas diarias al juego soñando con obtener fama y dinero solo

por jugar; los padres ya no saben cómo poner límites al tiempo de

juego, mientras la OMS ratifica que la adicción a los videojuegos

debe ser tratada como un desorden mental...

En 2 años Fortnite logró tener 250 millones de jugadores en todo

el planeta, mayoritariamente adolescentes. El CEO de Fortnite ya

está en la lista de las personas más ricas del mundo y el negocio

sigue creciendo: en el Mundial de Fortnite se acaban de distribuir

U$S30.000.000 en premios. En dicha competencia, un niño

argentino de 13 años acaba de ganar casi 1 millón de dólares

saliendo quinto; el mismo Presidente de la Nación lo llamó por

teléfono para felicitarlo y decirle “sos un orgullo nacional”...

Epic Games estuvo 6 años desarrollando el juego, logrando un

producto altamente atractivo, con adrenalina al por mayor. El

juego es gratuito, pero hay una serie de productos de pago que

ayudan a hacer la experiencia más completa (pases de batallas,

bailes y objetos para customizar a los personajes). El 68,8% de los

jugadores ha gastado dinero en esas cosas (en promedio 84,67

dólares).

Lo curioso es que el dinero que se paga no es para obtener

ventajas competitivas en el juego (no es un juego pay-to-win),

sino que es para conseguir mejoras estéticas, la posibilidad de

personalizar el avatar o la aparición de los desafíos... Desde la

psicología podemos pensar que en Fortnite se paga para afianzar

una identidad en lo virtual. Ayudar a construir la propia identidad

no está mal, especialmente si el que juega es un adolescente...

Pero ya empieza a ser preocupante si el adolescente se aísla

encerrado en su cuarto, si no duerme de noche para poder

jugar tranquilo, si llega a usar tarjetas de crédito a escondidas,

si se saltea comidas por no querer “cortar”, si no hace actividad

deportiva, si su única interacción con otros es online, si descuida

los estudios, si pierde el interés por la familia, por las juntadas o

cualquier otra cosa que le robe tiempo para jugar... “Estoy reenviciado”,

dicen los mismos chicos, cuando notan que no pueden

cortar. Recientemente la OMS ha ratificado que un videojuego

comienza a ser adictivo cuando el hábito de jugar interfiere en la

vida social, familiar o de estudios/laboral, o sea, cuando hay una

incapacidad para controlar la frecuencia y la duración del juego.

¿Y los padres? Ni en un extremo (esconder el control, desarmar

la consola, etc.), ni en el otro (sacar a tu hijo del colegio para que

pueda dedicarse a jugar full-time). Desde esta nota, alentamos

a los padres a buscar un sano equilibrio poniendo los límites

necesarios, y consultar con los profesionales cuando las

situaciones se salen de control...

Lic. Irene Spinadel

Espacio Psi

Paseo Mendoza, Maschwitz

15 4024 3266

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