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Revista Hegemonía. Año II Nº. 20

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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. 20 AÑO II | OCTUBRE DE 2019

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EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Romina Rocha

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HEGEMONIA

22

CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Por qué el

peronismo

nunca muere?

10

SUPLEMENTO ESPECIAL

Mucho más

allá de las

elecciones

y de lo visible

40

OTRA MIRADA

17 de octubre:

El subsuelo de la

patria sublevado

36

ANÁLISIS

¿Por qué Ecuador?

Las razones históricas

de una explosión

más allá del FMI


EDITORIAL

Llegó la hora

Han pasado prácticamente

cuatro años desde que

los pueblos fuimos derrotados

por la estafa en

las elecciones generales

de 2015. En aquel momento, se

retiraba del poder en el Estado

un gobierno de tipo nacional-popular

y lo reemplazaba uno de

signo opuesto, que había logrado

el triunfo en las urnas con

una fuerte campaña publicitaria

y mediática orientada a confundir

al pueblo argentino. En

los primeros días de diciembre

de aquel año asumía el nuevo

presidente, Mauricio Macri, y de

pronto se apagaron todas las

luces y el país cayó en las tinieblas.

Los que militamos o simpatizamos

con la causa de los pueblos

ya sabíamos de antemano

de qué se trataba, sabíamos

que se venían tiempos difíciles

y que un saqueo se iba a llevar

a cabo. Y aunque los tiempos

resultaron ser aún más difíciles

de lo esperado y el saqueo mucho

más profundo, sabíamos ya

en ese momento que estamos a

punto de descender al infierno

al haber perdido unas elecciones

donde no había que perder.

La derrota —ya lo sabemos—

tiene consecuencias nefastas

para el que pierde cuando este

no tiene otros poderes para defenderse

del que gana. Este es

4 HEGEMONIA - octubre DE 2019


el caso de los pueblos, cuyo único

poder posible es el poder político

en el Estado. Cuando los

pueblos se ven despojados de

ese poder, es porque lo ha arrebatado

el que tiene todos los

demás poderes ya concentrados

y pasa a concentrar también el

poder político. Los pueblos en

Argentina quedamos indefensos

frente a los poderes fácticos,

sobre todo frente al económico y

al judicial, que habiendo ganado

las elecciones quedaron de

pronto sin obstáculos en su proyecto

de saqueo. Esto fue lo que

pasó: los que siempre buscan

la muerte y la destrucción de lo

público ya no tuvieron quienes

le hicieran frente y le pusieran

límites en ello.

Antes de terminar su segundo

y último mandato como presidenta

de Argentina, Cristina

Fernández advirtió de eso con

una frase que entonces sonó

algo enigmática: “No vienen por

mí, vienen por todos ustedes”.

La idea no era enigmática por

ser poco clara, sino por lo que

podía significar “vienen por

todos ustedes”. Cristina decía

claramente que ella era el único

estorbo que ellos tenían y que

no la perseguían a ella por ser

ella, sino precisamente porque

querían venir por nosotros y ella

se lo estaba impidiendo.

He ahí el “vienen por todos

ustedes” en relación a la verdad

de que los pueblos no tienen

poderes para defenderse cuando

pierden el poder político en

el Estado. Nunca se trató de

Néstor, de Cristina y tampoco

de Perón como individuos, sino

como representantes de la

voluntad y los intereses de las

mayorías populares frente a los

intereses de las minorías privilegiadas

que todo lo quieren para

sí mismas.

Entonces ahí tenemos la historia

de Argentina en los últimos

cuatro años. Tenemos que vinieron

efectivamente por nosotros,

las mayorías populares, y nos

desposeyeron de todo lo que habíamos

conquistado en materia

de derechos y dignidad en los

12 años anteriores al triunfo de

Macri. Daniel Scioli no perdió

ninguna elección en el 2015 y

mucho menos la perdió Cristina,

que ni siquiera fue candidata a

nada: los que perdimos fuimos

nosotros al quedar despojados

de lo que en Bolivia llaman el

instrumento político para la

soberanía de los pueblos.

Pero todo eso ya es felizmente

historia y hemos logrado cruzar

el camino del infierno —no

indemnes, por supuesto, ya que

han caído varios y los que llegamos

lo hacemos muy golpeados—

hasta las elecciones del

2019, que se realizan el domingo

posterior al cierre de esta

edición. Al momento de escribir

estas líneas, los argentinos estábamos

a horas de enmendar

el error cometido en el año 15 y

de volver a tener el poder político

en el Estado, haciéndonos

representar allí con un gobierno

de corte nacional-popular encabezado

por Alberto Fernández y

por la Cristina de siempre, ahora

en el lugar de la vicepresidencia.

En esta edición histórica, la

vigésima de nuestra Revista

Hegemonía, tratamos de estos

asuntos. No podía ser de otra

manera: en el país prácticamente

no se habla de otra cosa que

de estas elecciones trascendentales

en las que el pueblo argentino

tiene otra vez la palabra

con la oportunidad de hacerla

escuchar y modificar con ella la

realidad. Los resultados de las

primarias de agosto permiten

pensar que esta vez no habrá

error y el poder en el Estado

volverá a estar en manos de los

pueblos, aunque la ansiedad

está presente en todos y en cada

uno de los que comprendemos

la importancia de este momento

actual.

Así sale esta edición de nuestra

revista, con este nivel de

ansiedad. Y sale también en el

contexto de un mes atribulado

para los que la hacemos, un

mes de muchas dificultades en

todos los aspectos. Es por eso

que aparece con cierto retraso,

por el que pedimos disculpas

al lector. No obstante, hemos

compensado dicho retraso con

una edición cuyos contenidos

valdrán toda la pena por haberse

hecho esperar. Por haber esperado

unos días o cuatro años,

pero lo cierto es que a veces

vale la pena la espera.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - octubre DE 2019


OPINIÓN

Época de síntesis,

sueños del futuro

ROMINA

ROCHA

Llegamos a octubre y pareciera

que este año fueron

muchos años, todos en

simultáneo, y que reposan

sobre nuestros hombros. El

peso específico lo dan los datos

de la pobreza (esa que en términos

peronistas no define a nadie,

sino que es un estado que

puede modificarse), la realidad

efectiva de una economía que

no le alcanza a nadie ya y lo que

nos pasa a diario. Atravesamos

tiempos críticos y nos vienen a

convidar no ya de tanta mierda,

como decía Silvio, sino de tanta

injusticia.

Porque la esencia de lo que

nos pone a discutir las agendas

que le adjudicamos a la progresía

es su visceralidad: cada reclamo

de los que nos interpelan,

para bien o para mal, provienen

de una necesidad legítima de

rever nuestros valores y redefinir

algunos paradigmas con los

que nos vinculamos. Cada tanto

sucede que nos encontramos

en un punto de inflexión y eso

nos lleva, irremediablemente,

a repensarnos en base a los

desafíos que avecinan y las

dificultades que superamos, ya

que de ahí proviene todo aprendizaje

desde lo individual hacia

lo colectivo y viceversa.

Las crisis, como se dijera en

Oriente, significan también

oportunidad y eso podemos

verlo materializado en el recorrido

estratégico que hizo el

peronismo en todo su espectro:

desde el “Hay 2019” del Alberto

hasta el sacudón de las PASO,

todo lo que aconteció fue la

praxis de haber comprendido a

Perón en su esencia: persuadir,

no obligar; generar consensos;

peronistas son todos, sólo que

algunos todavía no lo saben.

La construcción de un frente

amplio y articulado no es otra

cosa que el reflejo de la comunidad

organizada argentina,

conglomerado heterogéneo si

los hay. Y allí cada quien tiene

su representante y su némesis.

En esa construcción entran por

izquierda y por derecha porque

la tercera posición justicialista,

como describe Daniel Santoro

con sus modos tan hermosos,

es el vacío que queda en medio

6 HEGEMONIA - octubre DE 2019


entre un extremo y su opuesto.

Es el espacio a ocupar.

Y con qué lo vayamos ocupando

es lo que define hacia dónde

nos dirigimos como conjunto en

cada momento. De ahí la importancia

de comenzar a pensar y a

definir, en todas las instancias

de nuestra vida cotidiana, de

qué manera nos vamos conteniendo

y comprendiendo los

unos a los otros, ya que la convivencia

entre las distintas versiones

de lo que este momento

requiere y reclama no es negociable.

Necesitamos encontrar

formas de discutir en las que se

puedan redireccionar voluntades

hacia el bien común. Porque

muchas buenas intenciones mal

canalizadas pueden ser peores

que un mal hecho adrede, ya

que no hay manera de encontrar

verdaderos culpables cuando

las consecuencias nos atraviesan

a todos por igual.

¿O acaso podemos mofarnos

de que a un empresario ahora

le esté yendo peor que antes?

Esto hablando de los trabajadores,

claro está. Los oligarcas

no entran en ninguna de las

consideraciones que podamos

tener sobre la coyuntura actual,

pero pensar que una empresa,

una fábrica o un negocio local

cierran sus puertas siempre

y sin excepción trae consigo

algún tipo de equilibrio en el

que los trabajadores somos

menos afectados es una falacia

insostenible. No hay manera de

celebrar que un vecino cierre su

negocio, por más contrario que

sea su pensamiento del nuestro.

Y no se trata de ser amorosos y

santos de mil mejillas ni mucho

menos, sino de pensarnos en

términos comunitarios sin que

las posiciones sean un obstáculo.

Sí un desafío permanente, no

podemos ni debemos prescindir

del oponente en el sentido en

que se manifieste, porque si no

tenemos un otro que nos ofrezca

un dilema, una ecuación a

resolver, entonces perderemos

el rumbo porque no habrá diferencias

en el terreno a ocupar.

Tierra arrasada, el campo arado,

el pasto cortado. Todo heterogéneo

y llano. Un perfecto conglomerado

de no-humanidad muy

de acuerdo en todo, tanto que

puede prescindir de cuestionarse,

de enojarse, de recuperarse

y aprender. Por eso el peronismo

molesta: no es sólo la “cosa de

negros”, no se limita a la cuestión

física. El problema es, como

también dice Daniel Santoro,

que deseamos. No nos vamos

a conformar con que nos digan

qué hacer, somos exactamente

como nos describió Borges:

incorregibles.

Entonces si nos asumimos a

nosotros mismos como múltiples

interpretaciones (más o

menos rígidas) sobre lo que es

Perón y lo que significa el peronismo,

¿cuál es el fundamento

de cuestionar las motivaciones

del otro para manifestarse y

reclamar por algo que creen justo?

Pero esto lo explica perfectamente

Perón, en la Declaración

de Principios de la Doctrina

Peronista:

“El movimiento acoge a todos

los hombres sinceros y honrados

(...) Hay otro aspecto que

también quería mencionar: me

refiero al de los prejuicios y de

los preconceptos. Nuestro movimiento

ha sido formado por

hombres que llegan a él desde

los más diversos rumbos.

Nosotros no hemos preguntado

de dónde vienen, sino que

hemos preguntado quiénes son

y qué es lo que piensan y hacia

dónde van. Esta debe ser una

norma para nosotros, porque

nuestra aspiración ha de ser

que todos los argentinos que

piensen como nosotros y que

estuvieron equivocados honradamente

se coloquen a nuestro

lado para luchar, cualquiera

sea su procedencia o cualquiera

haya sido su equivocación.

Nosotros, como un movimiento

popular, no podemos ‘a priori’

descartar a los hombres que

sean honrados y decentes, vengan

de donde vengan, sepan

lo que sepan, sientan lo que

sientan, siempre que estén de

acuerdo en que es necesario

ponerse a trabajar sin descanso

para corregir los males de

la Nación y para llevar nuestra

tierra al puerto de la gloria y de

grandeza que cada uno de los

argentinos bien nacidos debe

desear para su patria (...) Por

eso yo mismo estoy realizando

actualmente una política que

creo que es justa: una política

de acercamiento de todos los

hombres que puedan haber

7 HEGEMONIA - octubre DE 2019


pensado de distinta manera

que nosotros, siempre que vengan

de buena fe a colaborar.

Todas las fuerzas son utilizables

en nuestro movimiento, si

son nobles y leales, y todos los

hombres serán bienvenidos si

vienen con lealtad y con sinceridad

a servir bajo nuestra

bandera. Esta amplitud es la

que nos va a hacer triunfar.

La historia de todos los movimientos

del mundo demuestra

que los movimientos colectivos

fracasan cuando se sectarizan

y triunfan cuando se universalizan

(...) Esa debe ser nuestra

concepción del movimiento.

Todos deben venir a él con una

condición: servirlo lealmente,

pensando que dentro de

este gran movimiento todo es

posible y que todos pueden

tener razón. Serán los hechos

y la marcha los que nos irán

indicando esa razón y si esos

hombres han tenido derecho

a discutirnos nuestras propias

doctrinas. Nosotros no somos

impermeables a la discusión,

no queremos imponer, queremos

proceder, y queremos

proceder con los hechos que

es el mejor procedimiento que

puede utilizar el hombre (...) Si

nuestro movimiento, con una

gran amplitud, sin sectarismos

de ninguna naturaleza, sin

coerciones que puedan ejercerse

en ninguna forma, avanza

por el camino ancho de la verdad

y de la realidad, no tenemos

nada que temer (...) Si nos

sectarizamos, iremos perdiendo

paulatinamente la fuerza

con que contamos y nos convertiremos

en un movimiento

que vivirá en su torre de marfil,

pero que no representará dentro

de la República, el sentir

del conjunto, transformándose

en un pequeño organismo que

marchará contra la corriente

(...) Los movimientos populares

son también cuantitativos y

en la selección de la especie

humana es necesario tomar la

totalidad de sus miembros, no

seleccionando partículas de

un pequeño sector que nada

representa y que nada es (...)

Nuestro movimiento es popular.

Luego, el pueblo tiene libre

acceso a él y dentro del mismo

tiene libertad de pensamiento

y el derecho a imponer su

voluntad, si ella es superior (...)

Por eso yo uso la tolerancia aun

contra la intolerancia. Dejemos

ahora las armas y como digo a

menudo, tomemos el violín que

puede ser más efectivo. Esto es

de una gran sabiduría, aunque

lo exprese de una manera

simplista”.

Y esa “manera simplista” que

tenía Perón, como la que tenemos

los padres con nuestros

hijos o incluso con nuestras

mascotas, a quienes les tenemos

una paciencia adicional

para explicarles las reglas de

nuestros mundos, es la clave

para poder construir la Comunidad

Organizada que todavía

podemos ser. Es por ahí, hacia

allá. Y puede ser ahora.

8 HEGEMONIA - octubre DE 2019


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9 HEGEMONIA - octubre DE 2019


SUPLEMENTO ESPECIAL: ELECCIONES

Mucho más

allá de las

elecciones y

de lo visible

ERICO

VALADARES

Al momento de cerrar esta

20ª. edición de la Revista

Hegemonía se realizaba

en la Universidad Nacional

del Litoral de la

ciudad de Santa Fe el primero

de los dos debates entre los

seis candidatos a presidente

de la Nación que superaron

el piso del 1,5% de los votos

en las PASO del 11 de agosto

pasado. En la recta final de una

campaña un tanto extraña por

el ambiente de resultado predefinido

que resultó del triunfo

arrollador del peronismo en las

PASO, esos seis candidatos se

disponían a debatir la mitad

de los temas propuestos entre

los que estaban las políticas

de género y la economía. Y allí,

con una intensidad inusual para

un candidato que es el favorito

a ganar las elecciones, Alberto

Fernández fue al frente y jugó

la carta de hacerse acompañar

por Daniel Scioli para recordarle

a Mauricio Macri —y a todo el

país— el rosario de mentiras

que el actual presidente dijera

en el mismo debate, pero del

año 2015, antes de lograr el

triunfo en aquellas elecciones.

Contrariamente a lo que puede

pensarse de un candidato que

va liderando las encuestas, Fernández

fue al ataque y concentró

sus esfuerzos en denunciar a

Mauricio Macri, ignorando a los

demás participantes.

Si bien Alberto Fernández utilizó

su tiempo para lanzar duras

acusaciones contra Mauricio

Macri y se vivieron momentos

de comedia en la noche santafesina,

también es cierto que

el primer debate tuvo escasa

relevancia y hasta puede decirse

10 HEGEMONIA - octubre DE 2019


que no movió el amperímetro en

lo que respecta a la intención

de voto de los argentinos de

cara a las elecciones de 27 de

octubre próximo, quizá las más

importantes de nuestra historia

en muchas décadas. De un

modo general, está claro que los

debates no modifican escenarios

electorales cuando existe la

polarización o un ambiente de

fin de ciclo. Y eso es así porque

tanto la polarización como el fin

de ciclo generan corrientes de

opinión muy “duras”, esto es, la

tendencia de los sectores queda

definida de antemano por el

ambiente político y ya casi nadie

se sienta a mirar un debate por

televisión para decidir su voto.

Es posible que en otros escenarios,

en aquellos donde el elector

llega a la recta final menos

presionado por la coyuntura y

hay menor nivel de pasión en las

opciones electorales, el debate

tenga relevancia en el resultado

final de las elecciones. Lo cierto

es que en esta coyuntura es

improbable que alguien cambie

de opinión y lo es también

que los escasos indecisos que

quedan se definan en base a la

actuación de los candidatos en

la puesta en escena.

Entonces el resultado de las

elecciones del 27 de octubre

parece inmodificable respecto

al de las PASO del 11 de agosto

y el candidato del peronismo

tiende a repetir y hasta a ampliar,

como veremos, su performance

en las primarias, obteniendo

un triunfo sobre el actual

oficialismo por una diferencia

superior a los 20 puntos porcentuales.

La carrera del candidato

del poder fáctico es, por lo

tanto, una carrera desesperada

no por revertir el resultado de

las PASO, sino más bien para

achicar esa diferencia y subsistir

en la política con representación

parlamentaria suficiente tras las

11 HEGEMONIA - octubre DE 2019


elecciones generales. En otras

palabras, lo que Macri intenta

hacer desde que se conocieron

los resultados de las PASO a eso

de las 10 de la noche del 11 de

agosto es perder por un margen

con cierta dignidad. Pero esa

es una tarea muy difícil frente al

escenario de predefinición antes

descrito. Si son muy pocos los

indecisos restantes y menos aún

los que pueden llegar a cambiar

de opinión respecto al mes de

agosto, se concluye con facilidad

que la reversión del resultado

es una imposibilidad, por

supuesto, pero también que la

Rudimentario afiche de época promocionando el debate entre Richard Nixon y John

F. Kennedy en 1960. Los estadounidenses han sido pioneros con un formato de

debate que se usa hasta el presente sin apenas innovaciones significativas.

diferencia entre los dos candidatos

más votados —Fernández

y Macri— solo tiende a mantenerse

o incluso a ampliarse, básicamente

por el llamado efecto

de “voto al ganador”, que es

muy característico de la cultura

política de América Latina.

Frente a esa realidad, el atento

lector se preguntará finalmente

para qué sirven los debates. Es

temerario ensayar una respuesta.

En el formato que conocemos,

los debates electorales se

realizan en los Estados Unidos

por lo menos desde los años

1960, allí donde el bipartidismo

clásico de los mal llamados

“demócratas” y sus rivales republicanos

pone frente a frente

y sin más actores de reparto en

la escena a los dos candidatos

que en todas las elecciones se

disputan el triunfo. La finalidad

del debate para los que lo

inventaron —los yanquis— es

clara: dirigirse a los votantes

“swing”, es decir, a los electores

que oscilan entre uno y otro polo

sin jamás adherirse a ninguno

de ellos de modo definitivo. Allá,

acá y en todas partes, cada polo

tiene su núcleo duro de militantes

y simpatizantes y el tamaño

de ambos núcleos es prácticamente

equivalente, ninguno de

los dos gana las elecciones con

los votos propios. Es en el medio

donde está el voto que define

las elecciones. En los Estados

Unidos el candidato se sube al

atril televisivo para sumar votos

“swing” y, lógicamente, para

restárselos a su rival, por lo que

desde el punto de vista de los

yanquis los debates electorales

son una pieza fundamental de

la construcción de mayorías

y sirven para eso, para ganar

elecciones.

No es el caso en la Argentina

presente. Si bien el bipartidismo

existe de hecho, el voto “swing”

no se define por lo que se dice o

se omite en los debates televisivos,

sino por los desbarajustes

en la economía, que suelen ser

mucho más profundos aquí que

en los Estados Unidos, y por la

capacidad de organización en

cada coyuntura de uno de los

dos partidos existentes en el

esquema bipartidista. A diferencia

de lo que pasa en los Estados

Unidos, en la Argentina solo

hay un partido que representa

la opinión y los intereses de las

mayorías populares y puede ganar

las elecciones conquistando

el voto “swing” con tan solo

ordenar sus bases y hacer la

12 HEGEMONIA - octubre DE 2019


unidad de las partes en su seno.

El peronismo en Argentina es el

Partido Nacional en un sentido

nacional-popular, esto es, es la

representación de los intereses

del pueblo-nación de un modo

general. He ahí que el peronismo

gana las elecciones si quiere

y cuando quiere, o cuando a sus

dirigentes les interesa consolidar

la unidad de las partes y

asumir el gobierno en el Estado,

cosa que no siempre ocurre.

En estas elecciones se dieron

ambas condiciones: el peronismo

hizo la unidad de las partes

que lo componen y el desbarajuste

profundo en la economía

generado por el gobierno del

partido rival actuó por su parte

en la formación de la opinión de

los demás votantes “swing”. El

resultado es que el candidato

del otro partido, que podemos

llamar Partido Gorila, por razones

culturales históricas bien

conocidas, se quedó solo con

su núcleo duro de militantes y

simpatizantes, cuyos votos son

insuficientes para ganar elecciones.

Es así cómo el Partido

Nacional se apresta a ganar en

primera vuelta con más del 50%

de los votos y el debate electoral

televisivo, en estas condiciones,

es inútil para modificar el resultado:

ya nadie va a definir su

voto en base a la valoración de

la performance de los candidatos

en el debate porque esta no

es una cuestión de candidatos/

individuos. Esta es una cuestión

de realidad efectiva, que resulta

de la suma entre la coyuntura

político-económica del país y la

organización interna del Partido

Nacional.

La utilidad del debate

en la “grieta”

Al analizar la multiplicidad de

partidos políticos existentes en

el escenario político y electoral,

Mauricio Macri y Alberto Fernández durante uno de los dos debates que se realizaron

en Santa Fe y en Capital Federal. De cada 10 votos válidos en las PASO del 11

de agosto, alrededor de 8 fueron a estos dos candidatos, explicitando el bipartidismo

de hecho que existe en todos los sistemas políticos modernos.

Antonio Gramsci corría el velo

de lo superficial para concluir

que, en realidad, el bipartidismo

es la norma. Más allá de esa

multiplicidad aparente —que

en algunos países se cuenta

por cientos—, en la representación

real de los intereses solo

pueden existir dos partidos

políticos, por la simple razón

de que fundamentalmente las

clases sociales son tan solo

dos y esos son los intereses en

pugna. De modo que, al existir

en la realidad fáctica una clase

dominante que posee todos los

medios y una clase subalterna

que no posee más que la fuerza

de su propio trabajo, solo pueden

existir, en consecuencia,

dos partidos en representación

de los intereses de esos dos

sectores fundamentales. He ahí

la denominación gramsciana de

partido fundamental de clase

dominante (el mentado Partido

Gorila, en versión local) y de

partido fundamental de clase

subalterna (que aquí llamamos

Partido Nacional, el peronismo

entendido como nacionalismo

popular). Como ocurre en Argentina,

la definición de Gramsci

se reproduce en todo en mundo

asumiendo las más variadas

identidades formales de acuerdo

con la cultura de cada país y

región.

La crítica rápida y poco informada

dirá sin reflexionar que

se trata de una reducción, una

simplificación de la realidad.

Y sin duda que lo es, pero no

en el sentido que le querrá dar

esa crítica veloz: la reducción

que hace Gramsci es la prescindencia

de todo lo que existe

formalmente y el descubrimiento

de lo esencial que se oculta

debajo de ese manto. Para

explicar por qué la teoría de dos

clases sociales representadas

por dos partidos fundamentales

de clase no se manifiesta en

13 HEGEMONIA - octubre DE 2019


Documento histórico. Kennedy y Nixon se saludan durante el pionero debate presidencial de 1960 en los Estados Unidos.

apariencia y lo que se ve es una

multiplicidad de partidos políticos,

Gramsci hacía notar que

esa multiplicidad aparente se

debe a la división del trabajo político,

útil en sus límites. Todos

los partidos existentes en forma

no son más que escisiones en el

fondo, son divisiones internas

de los dos partidos fundamentales

de clase social. Pero como

los intereses en pugna nunca

dejan de ser solo dos —el interés

de los que tienen todo, por una

parte, y el interés de los que

nada tienen más que a sí mismos,

por otra—, cada vez que la

contradicción o ese permanente

conflicto de intereses se agudiza,

los bloques fundamentales

se verifican y la multiplicidad

desaparece de hecho, con

todos los partidos inicialmente

escindidos yendo a formar otra

vez en uno de los bloques de

acuerdo con su afiliación real de

clase. En otras palabras, todos

los partidos existen y emiten

diferentes discursos sobre los

distintos aspectos de la organización

social, nucleando así en

su seno a los sectores de una

sociedad diversa en sus demandas

secundarias. Pero cuando la

contradicción principal —que es

la de los pesos y centavos— se

agudiza hasta hacer crisis, se

forman nuevamente los bloques

fundamentales para la defensa

de los intereses reales de una u

otra clase social.

Esta teoría gramsciana sobre

el bipartidismo como norma en

la sociedad de clases del sistema

capitalista de propiedad

privada quedó plenamente corroborada

por el comportamiento

de la multiplicidad de candidatos

en el debate presidencial

referido en la parte inicial de

este informe. Si el atento lector

a esta altura se sigue preguntando

para qué sirven los debates,

ha encontrado aquí una

respuesta: sirven para que se

vea en la práctica cuáles son los

intereses reales que defienden

partidos supuestamente muy

distintos entre sí.

No es necesaria una gran

profundidad de análisis para

concluir que de los seis candidatos

involucrados en el primer

debate en la Universidad Nacional

del Litoral hubo cuatro que

tendieron a utilizar sus tiempos

para hacer lo mismo: atacar directamente

a Alberto Fernández,

el ganador por amplio margen

en las primarias de agosto. En el

debate hubo seis candidatos de

seis partidos o frentes distintos,

pero como en toda la política en

general no hubo más que representantes

por una parte y por

otra de los dos grandes bloques

Gramsci denomina partidos fundamentales

de clase social. En

la tendencia de sus discursos,

postura y función práctica están

los elementos para determinar

en qué lado de la mecha se encuentra

cada uno de ellos.

El partido fundamental de

las clases subalternas, el peronismo

constituido en Partido

Nacional, se presenta en estas

elecciones y fue representado

en el debate por dos candidatos:

por una parte, el favorito

14 HEGEMONIA - octubre DE 2019


y virtual ganador Alberto Fernández,

quien será el próximo

presidente de la Argentina de

no mediar ningún cataclismo

en las próximas dos semanas;

por otra, el veterano Roberto

Lavagna. Y si bien Lavagna no

estuvo a la altura de las circunstancias,

dejando solo a Alberto

frente a los demás candidatos,

sigue jugando un rol estratégico

en estas elecciones al contener

una parte del peronismo y del

electorado en general que aun

sigue atrapado en la “grieta” y

no votaría a una lista en la que

estuviera la expresidenta Cristina

Fernández. En ese sentido,

Roberto Lavagna capta esos

votos y evita que vayan a parar a

las demás listas, que son todas

del enemigo de los pueblos,

como veremos. Lavagna no fue

de mucha utilidad en el debate

televisivo, pero concentra los

dos millones de votos (o el 8%

del total) que Macri necesitaría

para forzar un ballotage.

El primer candidato y actual

jefe del Partido Gorila es el

presidente Mauricio Macri, formando

la primera escisión que

el sentido común formateado

en las categorías clásicas de la

burguesía occidental identifica

como de “centroderecha”, esto

es, la expresión del proyecto

político de los ricos envuelta en

un discurso edulcorado y apto

para todo consumo. El rol de

Macri es el de masificar la ideología

de las clases dominantes

con un discurso y una praxis

que se suelen clasificar como

“populistas”. No es el rol de

Macri decir todo lo que los ricos

piensan y quieren, sino más bien

ocultarlo, envolverlo en distracciones

y aplicar políticamente el

proyecto en la práctica lo más

rápido posible. No obstante, esa

velocidad en la aplicación del

proyecto político de las clases

dominantes no es una velocidad

óptima porque es necesario

hacer concesiones a cada paso

para sostener el discurso “populista”

y garantizar que esta

opción electoral sea votable. La

dificultad de dicha praxis es que

parecería no ser sostenible con

oposición y elecciones regulares,

aunque Macri sigue siendo

el jefe de este partido fundamental

y sostiene un capital

político de alrededor del 30%

del electorado. Insuficiente para

ganar elecciones, desde luego,

pero para nada despreciable.

Junto a Macri y por los flancos

están los restantes candidatos

del Partido Gorila o de las clases

dominantes, entre los que se

destaca José Luis Espert, identificado

aquí como “de extrema

derecha liberal”. Con un discurso

de pureza ideológica en

los términos del libre mercado,

Espert dice todo lo que Macri

quiere y no puede: privatizaciones,

eliminación de sindicatos

y derechos de los trabajadores,

achicamiento del Estado, “libre

mercado” a ultranza con total

prioridad a los monopolios

de las corporaciones, ajustes

masivos y mucho más. José Luis

Espert es el referente de los que

hoy llamamos “libertarios”, la

actual presentación formal de

los clásicos anarcocapitalistas,

pero le quiere disputar a

un Macri derrotado la conducción

del Partido Gorila. Lejos

de aspirar al triunfo en estas

elecciones, Espert se presenta

como candidato para medir el

nivel de inserción de su discurso

en la sociedad argentina. Por el

momento, ese nivel es todavía

muy bajo, ya que Espert apenas

superó el medio millón de votos

en agosto o el 2,19% del total,

aunque nadie puede asegurar

que eso seguirá siendo así después

de unas elecciones en las

que Mauricio Macri será literalmente

masacrado.

También por el flanco de la llamada

“extrema derecha”, pero

Existe ya un consenso alrededor de que Roberto Lavagna es el “candidato B” del

peronismo cuya función es restarle a Macri los votos de los que se resisten a votar

una fórmula en la que esté Cristina y no simpatizan con la gestión del actual gobierno.

La avanzada edad (casi 78 años) le jugó una mala pasada a Lavagna, quien

no pudo desplegar la agilidad mental para ayudar a Alberto Fernández frente al

embate de los cuatro peones del enemigo de los pueblos.

15 HEGEMONIA - octubre DE 2019


con un sesgo ultraconservador

está Juan José Gómez Centurión,

un militar golpista cuya “plataforma”

se resume básicamente

en asuntos de moral sexual y religiosa

como el pañuelo celeste

de los provida que se oponen a

la legalización del aborto y una

difusa “restauración de los valores

tradicionales”. En el Partido

Gorila, Gómez Centurión capta

el voto del elector identificado

con la ideología ultramontana

cuyos postulados premodernos

subsisten en una pequeña

minoría: unos 650 mil votos, o el

2,64% del total en las PASO de

agosto. De ser pocos, esos votos

ponen a Gómez Centurión en

posición de luchar por el lugar

de cuarta fuerza electoral y de

tener representación parlamentaria

en Diputados.

Por fin, pero no menos importante

que los otros tres avatares

de las clases dominantes, el

que por razones formales no

suele ser identificado como

una escisión del Partido Gorila:

Nicolás del Caño, candidato del

denominado Frente de Izquierda.

Alrededor de Del Caño se

reúnen las escasas fuerzas la

“ultraizquierda” argentina con

un discurso similar al de Gómez

Centurión y al de José Luis Espert,

pero en espejo. La “plataforma”

del Frente de Izquierda

es un compendio de consignas

de moral sexual y religiosa, por

una parte, y de delirantes interpretaciones

del marxismo,

por otra. Bien mirada la cosa,

lo que dice Del Caño no es más

que la negación del discurso de

Gómez Centurión en el aspecto

de la ideología de género y de lo

que sostiene Espert en lo económico.

Así, Nicolás del Caño

se presenta en estas elecciones

como la antítesis de estos dos

candidatos enanos, con una

retórica “revolucionaria”. Pero

en la práctica no deja de ser una

forma de antiperonismo “por

izquierda”: la gran mayoría de

las intervenciones de Del Caño

en el debate fueron dirigidas a

atacar a Alberto Fernández con

el objetivo de restarle votos en

el sector juvenil, entre el progresismo

y el feminismo. Nicolás

del Caño está actualmente en el

lugar de la cuarta fuerza con el

2,86% obtenido en agosto o uno

700 mil votos, cumpliendo la

modesta función de restárselos

al peronismo.

De una manera o de otra,

Macri, Espert, Gómez Centurión

y Del Caño se combinan para

debilitar al Partido Nacional

como opción electoral. Los cuatros

combinados en las PASO de

agosto sumaron para el Partido

Gorila casi 10 millones de votos,

o casi el 40% del total. Todos

ellos representan distintas

maneras de decirle no al nacionalismo

popular que se expresa

en la opción peronista y cada

uno de ellos recibe de parte del

poder fáctico de tipo económico

algún tipo de subvención

para jugar el rol asignado en la

división del trabajo político. En

la realización de su proyecto, las

corporaciones saben que deben

embestir “por derecha” y “por

izquierda” contra el proyecto

opuesto que apunta a la unidad

del pueblo argentino. El peronismo

unificado en el Partido

Nacional, por su parte, hace malabares

para evitar la erosión de

su caudal de votos por ambos

flancos, huyendo de las posiciones

extremas hacia las que los

candidatos del Partido Gorila

intentan arrastrarlo.

El contexto de profunda crisis

económica y social requiere de

una nueva mayoría que tienda

a la unidad nacional. Cuando

asuma la presidencia el próximo

16 HEGEMONIA - octubre DE 2019


10 de diciembre, el peronismo

se encontrará con una verdadera

bomba de tiempo que deberá

desarmar con paciencia, sí, pero

fundamentalmente logrando

los consensos necesarios y esos

consensos, que ya son difíciles

en sí mismos, serían imposibles

de alcanzar si el gobierno

de unidad optara por caer en

posiciones extremas. Desde el

punto de vista de las corporaciones

que apuestan al fracaso

de esa unidad nacional y en la

disolución de las naciones de

un modo general, lo más importante

hoy no es tanto ganar

las elecciones —que eso ante el

desastre del gobierno de Macri

no es factible—, sino más bien

frustrar los intentos del Partido

Nacional para salir de la crisis.

El problema de la Argentina

frente a unas elecciones que ya

están resueltas va mucho más

allá de las elecciones y es una

cuestión de ver cómo puede

hacerse un proyecto nacional

de una sociedad fragmentada

por opinión y principalmente por

odio irracional. Entonces la división

del Partido Gorila en cuatro

listas distintas no responde a un

objetivo inalcanzable de ganar

estas elecciones: responde a

la estrategia poselectoral de

socavar “por derecha” y “por

izquierda” el capital político del

nuevo gobierno nacional-popular

e impedir que este forme

consensos.

Atento a esta realidad y a la

formación del bloque fundamental

gorila, Alberto Fernández

avisó que el suyo no será

un gobierno dogmático, lo que

en otras palabras significa que

tomará las decisiones necesarias

para superar la crisis sin

cuidado de las implicaciones

ideológicas de esas decisiones.

Así, es esperable que a partir

del 10 de diciembre Alberto

Fernández reciba el embate de

la “izquierda” contra sus medidas

“de derecha” y el embate de

la “derecha” contra sus medidas

“de izquierda”. Es la paradoja

misma del peronismo frente a

la eterna Unión Democrática de

Braden: el ataque por ambos

flancos ideológicos para impedir

que la Argentina tenga las políticas

más ajustadas a su realidad

efectiva más allá de los dogmas

importados.

Ahí está el desafío del peronismo

nuevamente con el poder

en el Estado. El poder fáctico de

tipo económico ya no concentra

sus esfuerzos en unas elecciones

perdidas, sino en sobreideologizar

todo lo posible mediante

la instalación de jefes sectarios

en los extremos del arco. Ninguno

de los candidatos del Partido

Gorila está buscando la victoria

el 27 de octubre. Todos quieren

posicionarse de cara a los próximos

cuatro años de gobierno del

Partido Nacional en algún lugar

de la oposición ideológica y antinacional

para condicionar un

gobierno y no permitir que sea

de unidad nacional. La misma

historia repetida desde 1945 en

adelante, los mismos desafíos.

¿Estará Alberto Fernández a

la altura del desafío que supone

el no caer en los extremos

impuestos por la fuerza brutal

de la antipatria? ¿Logrará hacer

de su gobierno una respuesta a

las demandas de las mayorías

populares desideologizadas y

desesperadas por la salvación?

La respuesta en los próximos capítulos.

Solo falta un pasito.

José Luis Espert es el candidato a presidente que en estas elecciones no se

presenta como tal, sino como candidato a suceder como jefe del Partido Gorila a

Macri tras la caída en desgracia de este. Espert apunta a ser la primera fuerza de la

oposición a Alberto Fernández, asumiendo la herencia de votos que deja Mauricio

Macri después del 27 de octubre.

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18 HEGEMONIA - octubre DE 2019


IDENTIDAD PERONISTA

Tenemos una

gran oportunidad

MARCO A.

LEIVA

Luego de dos meses que se

hicieron eternos, se acercan

al fin las elecciones del 27

de octubre en las que los argentinos

vamos a tomar una

decisión trascendental. Frente

a las opciones de seguir con el

ajuste y la destrucción de social

en un sentido amplio y hacer

todo lo opuesto, encendiendo

la economía nacional para salir

del pozo en el que nos metieron,

somos llamados a elegir qué

futuro queremos como sociedad

en el mediano y en el largo

plazo.

Ahí tenemos que las opciones

son realmente dos, como

siempre. Y que una de ellas es el

sostenimiento del actual estado

de cosas: sucesivas caídas en la

producción, comercios cerrando

todos los días, desempleo

en aumento y endeudamiento

brutal para sostener un país

que ya respira artificialmente.

Más allá de las promesas de

19 HEGEMONIA - octubre DE 2019


Axel Kicillof, el futuro gobernador de la provincia de Buenos Aires. Tras el triunfo arrasador en las PASO del 11 de agosto, Kicillof

resultó virtualmente electo porque la ley electoral de esta provincia no prevé un ballotage entre los dos candidato más votados,

de modo que la misión de la actual gobernadora María Eugenia Vidal —revertir alrededor de 20 puntos para ganar por al menos

un voto— es prácticamente una misión imposible habiendo ya una tendencia que parece ser irreversible en todo el país.

Mauricio Macri sobre reactivar

mágicamente la economía y de

que “ahora sí vamos a estar bien

después de todo el sacrificio”,

queda claro que el proyecto de

país de los que hoy se agrupan

en un Cambiemos lavado de

cara es más de lo mismo. Y

también queda claro que vinieron

a eso, que Macri no cumplió

ni una sola de las promesas que

hizo para ganar en 2015. ¿Por

qué había de cumplir las que

hace hoy frente al desastre de

sus cuatro años de desgobierno?

La otra opción es la superación

del modelo de saqueo

que Macri instaló al ganar las

elecciones hace cuatro años. La

alternativa es el nuevamente peronismo

con Alberto Fernández

en la Nación y con un fenomenal

Axel Kicillof en la provincia de

Buenos Aires. El uno es el artífice

junto a Néstor Kirchner del

renacimiento desde el año 2003

en adelante de una Argentina

que en el 2001 parecía muerta;

el otro, la renovación de los

cuadros técnicos en la construcción

de un modelo económico

de distribución equitativa del

ingreso nacional, crecimiento

sostenido y pleno empleo, lo

que en la jerga suele llamarse

keynesianismo.

Pero Axel Kicillof es, además

de ese aire fresco y renovador,

20 HEGEMONIA - octubre DE 2019


una oportunidad de oro para los

bonaerenses. Es el candidato

que ya en su primera elección

arrasó en las PASO con más del

50% de los votos y todo indica

que va a ampliar su caudal el

próximo domingo 27. De mínima,

es un excelente augurio

para el que será el próximo gobernador

de la provincia. Kicillof

supo convencer y enamorar a las

mayorías con su proyecto político

ya en el primer intento, sin

cuidado de que no había disputado

elecciones anteriormente.

Lo que el elector en la provincia

de Buenos Aires intuye es la

capacidad técnica que Kicillof

y su equipo van a aportar a la

resolución de los innumerables

problemas que va dejando

María Eugenia Vidal al despedirse

el próximo 10 de diciembre.

La solidez que presenta Kicillof

cada vez que interviene en el

debate público, su predisposición

a dialogar incluso con

los medios y los periodistas

que han sido históricamente

hostiles al proyecto nacional y

popular y su serenidad frente al

triunfo que se avecina, además

de su carisma, que parece serle

un atributo intrínseco, todo es

minuciosamente escrutado por

el elector que demanda respuestas

y las demanda para el

corto plazo. Las mayorías no la

están pasando bien y, al buscar

una alternativa para ponerle fin

al sufrimiento, encuentran en

Kicillof la opción más confiable.

He ahí las razones por las que el

candidato del Frente de Todos

en la provincia de Buenos Aires

es un verdadero fenómeno electoral

en su primera aparición y

deberá ganar con mucha holgura

en las generales.

Axel Kicillof será el próximo

gobernador de la Provincia en el

marco de un gobierno nacional

del mismo signo y con los mismos

objetivos y desafíos. Esa

es una garantía de integración,

o más bien de la integración

necesaria para hacer frente a las

problemáticas de un país llamas

con soluciones integrales. Es

sabido que el éxito o el fracaso

de un gobierno provincia están

directamente emparentados

con la relación existente entre

ese gobierno y el gobierno a

nivel nacional. Otro tanto puede

decirse, por supuesto, de los

niveles provinciales y en ese

sentido los marplatenses tenemos

otra oportunidad de oro:

la de aportar a esa integración

eligiendo en el ámbito local a

Fernanda Raverta para el cargo

de intendente, lo que dejaría

completa la sociedad entre

Nación, provincia y municipio en

la relación armoniosa de Alberto

Fernández, Axel Kicillof y la mentada

Raverta.

Tenemos entonces una grandísima

oportunidad no solo de ponerle

un punto final a esta crisis

que hasta hace muy poco parecía

interminable y dar vuelta la

página. Con Alberto Fernández

y Fernanda Raverta, pero fundamentalmente

con Axel Kicillof

al frente de la primera provincia

del país tenemos la oportunidad

de volver a encontrarnos todos

los bonaerenses en un proyecto

que nos incluya y que nos permita

avanzar juntos hacia la construcción

de la provincia que nos

merecemos.

Ya faltan pocos días. Los

bonaerenses vamos a votar y

vamos a hacerlo para poner la

provincia de pie, porque cuando

Buenos Aires está de pie, también

lo está la Argentina. Vamos

a votar a Axel Kicillof para que

eso sea realidad.

Kicillof, junto a su candidata a vicegobernadora Verónica Magario (der.) y la candidata

a intendente de General Pueyrredón/Mar del Plata, Fernanda Raverta. Kicillof

apostó a recorrer toda la provincia de Buenos Aires para establecer buenas relaciones

en los municipios, con el objetivo de construir un gobierno de coordinación de

esfuerzos entre los distintos niveles del Estado.

21 HEGEMONIA - octubre DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Por qué el

peronismo

nunca

muere?

ERICO

VALADARES

Frente al resultado de las

PASO de agosto —inesperado

no por dar como

ganador al candidato de

la oposición, sino por la

amplia ventaja de dicho triunfo—

y la conclusión necesaria

de que allí quedaron resueltas

de antemano las elecciones

generales del 27 de octubre,

el peronismo otra vez vuelve a

gobernar con el poder en el Estado.

Y vuelven también los que

año tras año anuncian la muerte

del peronismo como movimiento

de masas y representación de

los intereses del pueblo argentino.

Vuelven, sí, con la pregunta

recurrente que los aflige desde

la hora cero: ¿Por qué el peronismo

nunca muere y más bien

siempre vuelve a ganar elecciones?

Claro que si ellos no encuentran

la respuesta a su enigma,

menos que menos la vamos a

dar nosotros en este artículo. Lo

22 HEGEMONIA - octubre DE 2019


que sí puede hacerse es ensayar

algunas explicaciones respecto

a la relación duradera entre

peronismo y pueblo argentino,

entre representante y representado,

para poder entender la

diferencia entre el movimiento

iniciado por el General Perón a

mediados de los años 1940 y

las demás fuerzas de organización

política que en la Argentina

han existido, han dejado de

existir o están en vías de hacerlo.

Entonces cabría preguntarse

por qué el peronismo nunca

muere y sí lo hacen todos los demás,

por qué el peronismo parecería

ser la única expresión política

con suficiente resiliencia

para seguir intacto después de

décadas de cambios profundos

a nivel regional y mundial. Desde

1945 a la fecha hemos salido

de una situación de posguerra,

pasando por el Plan Marshall,

el reordenamiento global, el

auge de la socialdemocracia

con el Estado de bienestar en

Occidente, el advenimiento del

neoliberalismo y su caída, el

ascenso del nuevo socialismo

en Oriente y del nacionalismo,

que viene asomando con unas

23 HEGEMONIA - octubre DE 2019


formas renovadas. Y lo que sigue

allí, incólume, es el peronismo.

¿Por qué?

El resultado de las PASO que

probablemente se repita y hasta

se amplíe el próximo domingo

27 reflotó ese cuestionamiento,

que es histórico. Cuando Mauricio

Macri ganó las elecciones

del año 2015 y puso en marcha

el viejo plan de “desperonizar”

el país mediante una furiosa

campaña mediática combinada

con una persecución judicial a

los dirigentes peronistas, todo

parecía indicar que se iba a

imponer la necesidad de reinventarse

de cara al siglo XXI. De

hecho, el amague de Cristina

Fernández en las elecciones

legislativas de 2017 con lo

que se llamó entonces Unidad

Ciudadana fue lo más parecido

a una reinvención de las fuerzas

del también denominado “campo

popular” en algo depurado

de peronismo en sus formas y

hasta en su praxis. Esa alianza

con radicales, comunistas, progresistas

y otros de diferentes

colores —algunos incluso de color

dudoso, o por lo menos que

se presentaban así— daba la

impresión de que a la “derecha

moderna” del malogrado José

Natanson se le iba a oponer una

“izquierda moderna”, esto es,

un rejunte más o menos difuso

de todo aquel en el mundo

que no se identificaba con esa

“derecha”. Un desavisado pudo

pensar entonces que eso iba a

terminar siendo así, pero el peronismo

tiene algo en su esencia

que impide la disolución y que

tiende a reinstalarlo en la discusión

cada vez que lo dan por

muerto.

De ahí el cuestionamiento

histórico y desesperado de

nuestros intelectuales antiperonistas:

“¿Por qué el peronismo

es tan difícil de matar, por qué

resiste a cada embate cultural y

resurge más fuerte justo cuando

más lo dábamos por muerto?”.

Arturo Jauretche, uno de los grandes maestros del pensamiento nacional-popular y

el que supo utilizar la categoría de “intelligentzia” para clasificar sarcásticamente

a los intelectuales criollos que ya en aquellos tiempos abrevaban en la zoncera de

“civilización” y “barbarie” para introducir en el análisis de la realidad argentina

categorías importadas que a esta realidad siempre le fueron ajenas.

El asunto es serio porque es

la frustración de generaciones

de antiperonistas, los que van

muriendo y pasando sin ver

realizado su sueño de la “desperonización”

de la Argentina. El

peronismo los sobrevive a todos

y nadie sabe explicar a ciencia

cierta cómo es posible eso.

Es posible porque la premisa

de la que parten los intelectuales

antiperonistas para teorizar

la debilidad del peronismo es,

no obstante, una premisa falsa.

Según nuestra intelectualidad

gorila, el peronismo tiende a

perecer en sus propias contradicciones,

lo que equivale

a decir que su indefinición en

el ordenamiento espacial de

“izquierda” a “derecha” que hemos

heredado de la revolución

burguesa del siglo XVIII francés

pondría a los peronistas en una

situación de fractura interna y

dicha fractura sería irreversible

en algún punto, resultando en

la disolución del movimiento

por diferencias ideológicas. No

podría ser distinto: al abrevar

en la tradición intelectual de

Occidente, nuestros intelectuales

quieren analizar la realidad

argentina con un prisma importado,

pero eso lógicamente es

inútil porque la Argentina en sus

mayorías populares es mucho

más parecida a los demás países

de América Latina que a los

países de Occidente. El error de

nuestra “intelligentzia” —como

decía Jauretche, con una asombrosa

precisión— es justamente

el error de Rivadavia y Sarmiento,

el de querer hacer entrar la

realidad en las categorías teóricas

de sistemas que no nos son

propios. Es el error de intentar

trasplantar el árbol en vez de

abonar el árbol nativo, que por

sus características sería naturalmente

más apto al entorno.

La “intelligentzia” argentina

suele ser muy progresista tan-

24 HEGEMONIA - octubre DE 2019


to “por derecha” como “por

izquierda” y suele tener muy

finos modales, también importados

de Occidente. Ellos son la

“civilización” en oposición a la

“barbarie” morena latinoamericana,

son las luces de la vanguardia

ideológica francesa y de

las vanguardias tecnológicas y

económicas inglesa, alemana

y yanqui. Cada cual sigue una

de esas corrientes y utiliza los

elementos de análisis de esas

culturas, pero nunca “pegan

una”. Anuncian con tremendos

argumentos la superación del

peronismo y tal cosa no solo no

ocurre, sino que el peronismo

reaparece una y otra vez con

fuerza inusitada, como si no hubiera

pasado una semana desde

aquel 17 de octubre mítico. Son

muchachos bien pensantes,

ciertamente viajados y muy bien

comidos. Son gente perfumada

y “con mucho mundo” y, sin

embargo, cuando se trata de

analizar la política argentina

hacen agua por todos lados.

¿Por qué?

Porque al tener “mucho

mundo” les falta calle, barrio y

pueblo, tres cosas que a Perón

le sobraban. Perón los “madrugó”

en eso de ver la realidad

efectiva y de construir la argumentación

de una cosmovisión

propia desde lo propio. Lo que

Perón entendió y nuestra “intelligentzia”

no parece ni siquiera

sospechar es que la cultura del

pueblo-nación argentino es una

cultura original, esto es, no puede

clasificarse como occidental,

oriental o africana, aunque

desde luego tiene elementos

de todas ellas sincretizados y

vueltos a mezclar. La categoría

que mejor se ajusta a la cultura

argentina es la categoría de

latinoamericana y desde ahí, de

ese descubrimiento que parece

una perogrullada para los que lo

sentipensamos desde siempre

Para muchos peronistas, Unidad Ciudadana fue el experimento socialdemócrata

de Cristina Fernández para medir en las urnas su fuerza propia en el 2017, con

el objetivo de saber qué tamaño real tenía el kirchnerismo antes de ir a hacer la

unidad del peronismo. Pero nuestra “intelligentzia” no dudó en decretar allí nomás

—una vez más— la muerte definitiva del peronismo. Se equivocaron, como siempre.

con Jauretche, con Kusch y con

Hernández Arregui, entre tantos

otros, es necesario partir de la

cultura propia para construir la

cosmovisión de un movimiento

que pretenda representar en la

política al pueblo cuya cultura

es esa cultura.

Entonces nuestra “intelligentzia”

con sus categorías importadas

de “derecha”, “izquierda”,

“capitalismo”, “socialismo”,

“burguesía” y “proletariado”

erra el vizcachazo al suponer

que el pueblo argentino está

atento a esas intrigas tan propias

de la “civilización” occidental.

Y como el peronismo se

pone por encima de todo eso

proponiendo la Comunidad

Organizada en términos independientes

de los que utilizan

las sociedades occidentales

para ordenarse, concluyen que

el peronismo es una farsa y que,

más temprano que tarde, implosionará

al quedar sus dirigentes

y militantes rehenes de la contradicción

ideológica. En una

palabra, nuestros intelectuales

gorilas están seguros de que en

cualquier momento la contradicción

entre el proletariado y la

burguesía harán estallar al peronismo

conciliador de clases al

escindirse todos los peronistas

a la “derecha” y a la “izquierda”.

Como en toda Europa occidental

y en los Estados Unidos esas

contradicciones son insalvables

más o menos desde mediados

del siglo XIX, solo pueden serlo

aquí también y el peronismo, un

ignorante de la historia universal

que prioriza las alpargatas

a los libros, no tiene ninguna

chance de sobrevivir a lo inevitable.

Como veíamos, el argumento

sería lógicamente impecable si

se aplicara quizá —y solo quizá,

porque en esta posmodernidad

estamos empezando a ver que

ni siquiera allí— en Francia o en

Holanda, tal vez en Inglaterra o

en Alemania. Pero no, nuestra

“intelligentzia” piensa en francés,

piensa en alemán y piensa

en inglés, pero sigue siendo

criolla y quiere aplicar la lógica

25 HEGEMONIA - octubre DE 2019


Perón vio lo que los intelectuales criollos no lograban ver con sus categorías importadas: la realidad efectiva, que es la argumentación

procediendo desde lo real hacia lo ideal, desde la cultura del pueblo argentino y hacia la ideología, nunca al revés.

de las contradicciones occidentales

en Argentina, donde

la cultura de Occidente es tan

solo uno de los componentes

que forman la cultura nacional.

Bajados del barco sin jamás

haberse bajado del todo, estos

intelectuales criollos tienen la

cabeza en una parte y el cuerpo

en otra, lo que les impide quitarse

esas anteojeras tan pesadas

de sobreideologización para ver,

al fin, la realidad efectiva: además

de tener cultura propia, la

Argentina es un país por el que

la revolución burguesa jamás

pasó y entonces nunca se formó

aquí una burguesía nacional

al estilo francés, por ejemplo.

Sin la industria que resultó en

Francia y en Inglaterra de esa

revolución burguesa, tampoco

se formó del todo el famoso

proletariado o la clase obrera.

Lo único que hay aquí y algunos

prefieren seguir sin ver es

una oligarquía parasitaria muy

similar a la aristocracia premoderna

y que, por lo demás, está

al servicio de intereses que no

son los de la Nación argentina.

Lo que hay aquí es esa aristocracia

cipaya y todos los demás

argentinos sin abolengo ni herencia.

Eso fue lo que vio Perón,

la imposibilidad de la existencia

de una “derecha” burguesa

y una “izquierda” proletaria

donde no había burgueses ni

proletarios. Perón supo desde el

primer momento que en América

Latina en general y en Argentina

en particular la contradicción

es entre oligarquía y pueblo y

que, al ser esa oligarquía personera

de los intereses de las

corporaciones y las potencias

extranjeras, la contradicción se

traduce finalmente en corporaciones

y pueblos. Ni “derecha”

ni “izquierda”, nada de eso sirve

para explicar la geocultura del

hombre americano, como diría

Rodolfo Kusch. Para entender lo

que hay es menester ver lo que

hay.

La cultura del acomodo

Perón decía que “al hombre

siempre es mejor persuadirlo

que obligarlo”. Y tenía toda la

razón. Las culturas occidentales

del presente son todas

resultado de la decantación de

otras culturas que han desaparecido

en el proceso histórico

de la humanidad en su marcha.

Todas ellas son herederas de

los griegos, de los romanos y

de los que se suelen denominar

“bárbaros”, es decir, los que en

Occidente o arribando no eran

griegos ni romanos. Esas son

culturas netamente guerreras,

habituadas y fundadas incluso

en la guerra permanente contra

el de al lado. He ahí una buena

forma de empezar a explicar

históricamente la belicosidad

tan característica del hombre

occidental, que existe para

dirimir contradicciones entregando

hasta la vida, de ser

necesario, para que se diriman.

Entonces es natural que la

modernidad en el mundo occidental

arranque con un evento

bélico como fue la revolución

burguesa en Francia y que de

allí en adelante haya sido todo

guerra, guerra y más guerra.

Primero guerra de los burgueses

“a la izquierda” contra los

aristócratas “a la derecha” y sus

intentonas reaccionarias; luego

26 HEGEMONIA - octubre DE 2019


guerra de los burgueses “a la

derecha” contra los proletarios

y su socialismo naciente “a la

izquierda”; después guerras

mundiales entre países occidentales

por un nuevo reparto del

mundo colonial, pues el orden

de la posesión de colonias

heredado de los siglos XV, XIV y

XVII había excluido del reparto

a los italianos (descendientes

de los romanos imperialistas

y belicosos) y a los alemanes

(que por su parte descienden

de los “bárbaros” que primero

fueron antimperialistas y luego

imperialistas, pero igualmente

belicosos); y finalmente guerra

para imponer corporaciones en

el nuevo esquema imperialista

y guerras civiles sangrientas por

imponer una ideología. Guerra,

guerra y más guerra, eso es en

esencia el mundo occidental y

así es el hombre occidental en

su cultura y en su consciencia.

Sería muy extraño, por lo tanto,

que desde Occidente surgiera

alguna idea para ordenar el

mundo que no se basara en la

supresión del otro diferente y

así es, justamente, cómo ellos

matan y mueren por dirimir sus

contradicciones. Para el occidental,

al hombre siempre es

mejor obligarlo que persuadirlo.

Y si no se deja obligar, lo mejor

es matarlo.

Pero el argentino en particular

y el latinoamericano en general

no son así y Perón lo supo mejor

que nadie. En su viveza criolla

—que era inmensa y era en el

mejor sentido de la expresión—,

Perón supo interpretar la geocultura

del hombre americano y

supo ver que, si bien la cultura

occidental se había mezclado en

la formación de esa geocultura

de América al llegar aquí con

los primeros europeos y luego

con la inmigración, no había

asimismo creado una copia

de Occidente en América, que

es lo que pretenden nuestros

intelectuales gorilas hasta el día

de hoy con el sostenimiento de

la vieja zoncera sarmientina de

“civilización” y “barbarie”. En resumen,

nuestra “intelligentzia”

piensa que al ser mayoría visible

los apellidos y las fisionomías

occidentales en una ciudad

como Buenos Aires, entonces

la Argentina entera es un país

occidental y su cultura es similar

a la de Italia, de Francia o de Inglaterra.

Y que, si eso no es así,

es porque no se ha podido todavía

llevar a cabo el proyecto de

exterminio del indio, del negro y

del gaucho, de los “vagos” que

atrasan el progreso del país. Al

atento lector le sonará risible la

afirmación de que los gorilas de

hoy piensan así a casi un siglo y

medio de la muerte de Sarmiento,

pero es así. Es así y esa es la

base ideológica y filosófica de

todo el gorilismo de ayer, de hoy

y de siempre. El problema somos

los negros que metemos las

patas en la fuente de la Plaza, a

los que hay que suprimir a como

dé lugar.

Pero la realidad es efectiva y

resulta que no solo no es cierto

que la mayoría en Argentina sea

de fisionomía y cultura occidentales,

sino que es más bien al

revés: nuestras mayorías populares

son criollas, son mestizas

y se asemejan muchísimo a las

mayorías populares de países

Domingo Faustino Sarmiento, el mentor de nuestra “intelligentzia” criolla cuya

premisa fundamental es asignarle el valor positivo a lo “civilizado” que viene de

afuera y el valor negativo a lo “bárbaro”, que es lo propio. Jauretche hace notar, brillantemente,

que ese procedimiento es justo el opuesto al de los antiguos griegos

y romanos, que llamaban “bárbaros” a los extraños a su cultura y “civilizados” a sí

mismos. Nuestros intelectuales cipayos copian mecánicamente las categorías de

Occidente, pero a veces se les pianta un poco la cosa y la entienden al revés...

27 HEGEMONIA - octubre DE 2019


vecinos como pueden ser Paraguay,

Bolivia, Brasil y Perú. El

argentino es netamente latinoamericano,

piensa y siente como

latinoamericano. Tiene una

parte de occidental en su cultura

formada de mil retazos, es

cierto, pero de ninguna manera

eso representa la totalidad y he

allí que somos originales en la

síntesis que resulta de toda esa

mezcla.

El argentino no es occidental y

en consecuencia no es belicoso

por naturaleza. Haga el atento

lector la encuesta de sociología

del estaño y vaya viendo a

toda la gente que conoce y que

es mestiza, argentina o americana,

en una palabra. ¿Cómo

es en esencia? ¿Es revoltosa,

dispuesta a romper todo a la

primera señal de incomodidad

o insatisfacción? ¿O es todo lo

opuesto, es más bien pasiva y

hasta resignada en ciertos aspectos?

Nunca falla la encuesta

y el atento lector verá claramente

que no hemos heredado la

belicosidad del hombre occidental

ni estamos dispuestos

a hacernos matar para dirimir

ninguna contradicción. En

realidad, nuestra tendencia es

a administrar contradicciones,

es a reproducir una cultura del

acomodo.

Lo hasta aquí expresado

puede leerse como autocrítica o

como descripción, de acuerdo al

gusto del lector. Lo cierto es que

Perón lo vio con claridad meridiana

y supo interpretar eso que

llamamos —con Rodolfo Kusch—

la geocultura del hombre argentino

y latinoamericano. Perón

vio que aquí no iba a prender

una “revolución” en los moldes

jacobinos, es decir, una guerra

abierta entre clases sociales

por la imposición de una u otra

ideología occidental en pugna,

vio que los ricos eran demasiado

indolentes hasta para convertirse

en burgueses y para ponerse

a trabajar en la industrialización

del país. Perón supo que aquí se

trata de persuadir y no de obligar,

y que se trata de organizar

la comunidad administrando

las contradicciones en su seno.

Esa es la Comunidad Organizada

expresada cabalmente en

la verdad peronista . 11, que

reza lo siguiente: “El peronismo

anhela la unidad nacional y no

la lucha. Desea héroes, pero no

mártires”.

Como se ve, no es el peronismo

el que anhela la unidad

nacional y desprecia la lucha,

el que desea héroes, pero no

mártires. El que anhela y desea

que la cosa sea así es el pueblo

argentino en su cultura, del que

el peronismo no es sino la expresión

política. La parte más difícil

de todo este asunto para un

argentino que se reputa a sí mismo

como un aguerrido luchador

es reconocer que el peronismo

no hace más que expresar la

geocultura de las mayorías

populares, la nuestra. Lo más

jodido, como se dice, es reflexionar

y entender que siempre

queremos contemporizar, que

nos esforzamos por administrar

contradicciones y por evitar que

se agudicen hasta derivar en

lucha. Nos pasamos toda la vida

haciendo equilibrio para no ser

como el hombre occidental, que

José Natanson, el intelectual sobreideologizado que consideró al macrismo la “derecha moderna”, que piensa la “batalla cultural”

como una guerra de opiniones y que difícilmente aparecería en estas páginas de no ser por esos delirios téoricos.

28 HEGEMONIA - octubre DE 2019


mata y muere por dirimir sus

contradicciones y no suele postergar

la definición de las mismas.

Hacemos todo lo que está

a nuestro alcance para no ser

occidentales, tan solo para que

vengan nuestros intelectuales

gorilas y nos digan que somos

poco menos que descendientes

del Cid Campeador, de Erik el

Rojo y de Napoleón Bonaparte,

o una mezcla mágica de todos

esos valientes.

El propio Marx solía decir que

importa muy poco lo que piensa

o dice de sí mismo el hombre.

Para Marx —un gran occidental,

positivista y belicoso como pocos—,

lo que importa es lo que

el hombre hace efectivamente

en sus relaciones sociales. Y he

ahí que, más allá de la bravata,

en nuestras relaciones sociales

los argentinos tendemos siempre

a la contemporización, al

arreglo, al acomodo. Tendemos,

en una palabra, a organizarnos

como comunidad mediante la

persuasión y jamás mediante la

obligación y el atento lector concluirá

que somos culturalmente

peronistas, pero es al revés: el

peronismo es culturalmente

argentino, es la expresión y el

reflejo exacto en la política de lo

que es el argentino en sociedad.

Y por eso no muere ni lo logran

matar, porque para hacerlo

tendrían que suprimir al mismísimo

pueblo argentino y borrar

de cuajo toda su cultura.

Los inconvenientes

de ser híbridos

Entonces el peronismo es en la

política la expresión cabal de

una cultura híbrida en un sentido

de mestizaje multicultural.

Como consecuencia, el peronismo

es visto por los amantes

de la pureza ideológica igualmente

como un híbrido, como

una mezcla loca de “derecha”,

La coherencia del hombre occidental con su intolerancia se tradujo en todas partes

en el sometimiento y la supresión del diferente. Este es el resultado de la pureza

ideológica: la no aceptación de la diferencia como elemento constitutivo de lo

perfectible, que se reemplaza por el esfuerzo guerrero de llevar a cabo un proyecto

de pureza mediante la fuerza brutal de la guerra. En la imagen, el hombre occidental

—probablemente británico— sometiendo a un grupo de autóctonos australianos

durante la colonización de aquel país oceánico, que prácticamente borró en lo

sucesivo la huella de la humanidad allí preexistente a la llegada de Occidente.

“izquierda” y “centro”, tendiendo

a oscilar como un péndulo

entre los extremos. Lo que los

“pura sangre” de la ideología no

ven es que el peronismo refleja

el sincretismo que es la base

misma de la cultura del pueblo

argentino y no es, por lo tanto,

un híbrido de ideologías: es una

comunión de gente que quiere

contemporizar con el otro y

persuadirlo sin la necesidad de

que nadie se bata a duelo por

pensar distinto.

29 HEGEMONIA - octubre DE 2019


Curiosa imagen de los candidatos en el debate presidencial, donde pueden verse los extremos sobreideologizados “por

izquierda” y “por derecha” ubicados, precisamente, en los extremos. El ultraliberalismo “progresista” con Nicolás del Caño y el

ultraliberalismo “conservador” con José Luis Espert. En el centro de la imagen, los dos candidatos que combinados representan

el 85% del electorado por intentar acercarse al sentido común de las mayorías, ya sea diciendo la verdad o mintiendo, pero por

lo general evitando las posturas extremas que “piantan” votos. Cosas de la política argentina.

Pero los amantes de la pureza

ideológica son precisamente los

intelectuales de “derecha” y de

“izquierda” que importan todo

su pensamiento de Occidente y

son absolutamente incapaces

de aprehender el ser nacional.

Para ellos el peronismo es una

suerte de claudicación porque

jamás se define por uno de los

extremos que ellos, los intelectuales,

consideran puros.

Al no comprender el ser nacional,

tampoco son capaces de

comprender el peronismo y eso

se explica fácilmente cuando

descubrimos que ambos, ser nacional

y peronismo, son una y la

misma cosa. Y esa incomprensión,

que es una subordinación

cultural e intelectual a tradiciones

que nos son ajenas, tiene

consecuencias nefastas para el

comportamiento del argentino

promedio frente a la política. La

más funesta de esas consecuencias

es la que podría llamarse la

intolerancia impotente.

El atento lector ya habrá

comprendido que nadie es en el

mundo más intolerante que el

hombre occidental. Pese a sus

nuevas formas “políticamente

correctas” y la “deconstrucción”

que estos “civilizados” venden

al hacer propaganda de sí

mismos, está a la vista que el

europeo en general es un intolerante

y que toda su prédica de lo

contrario es puro humo.

Ocurre que, en la práctica, el

hombre occidental es coherente

con su intolerancia: cuando el

europeo y el norteamericano,

el australiano y el africano que

descienden de aquellos sin

mediar mestizaje —el hombre

blanco, en una palabra— quiere

suprimir al que no tolera, va y

lo suprime empleando la fuerza

brutal de la guerra. Así hicieron,

por ejemplo y sin profundizar

mucho en la historia, los alemanes

en su Holocausto; los australianos

con sus aborígenes; los

bóeres afrikáneres de Sudáfrica

y Namibia con los negros zulúes

y los no blancos en general y los

yanquis con todas las minorías

habidas y por haber. El hombre

occidental traduce su intolerancia

en violencia, en guerra y en

genocidio si cabe, y en eso está

en perfecta coherencia con sus

antepasados guerreros. A uno

puede parecerle bien o puede

parecerle mal que ellos sean

así, pero esto no es un concurso

de simpatías y la verdad está a

la vista: el hombre occidental

ama la pureza ideológica a punto

de matar y morir por ella sin

miramientos.

Allá ellos. El asunto es que,

por la parte que nos toca, nuestro

híbrido de ser nacional aun

no termina de formarse porque

no han quedado del todo definidos

ciertos parámetros de

comportamiento social y político

como, ahí está, el parámetro

de la intolerancia o de qué hacemos

nosotros con ella.

Ya hemos visto que el argenti-

30 HEGEMONIA - octubre DE 2019


no tiende a contemporizar y a intentar

persuadir al otro antes de

obligarlo. Y matar al diferente no

está previsto en nuestra cultura:

cuando eso ocurre —como, por

ejemplo, en los genocidios que

se llevaron a cabo en los años

1970 en Argentina y también en

Chile—, la cultura reacciona muy

mal y repudia los actos facinerosos

de las de minorías sobreideologizadas

que los cometen.

¿Pero qué hacemos con nuestra

intolerancia en la mayoría de los

casos, esto es, cuando somos

intolerantes, pero no traducimos

eso en violencia y en guerra

como hace el hombre occidental?

He ahí una profunda laguna en

nuestra cultura. Muchas veces

somos intolerantes y perdemos

los papeles en eso de persuadir,

de contemporizar y de llegar a

un consenso. Pero como no lo

canalizamos normalmente hacia

la violencia y la guerra como

hace el hombre occidental, lo

que no suele suceder es que

suspendemos todo diálogo y

nos valemos de la agresión verbal

contra el diferente. Es decir,

lejos de resolver el problema por

la vía argentina —la de la persuasión—

o por la vía occidental

—la de los tiros—, lo profundizamos

con diatribas que no pasan

de escaramuzas y solo resultan

en el alejamiento de posiciones.

La laguna en nuestra cultura es

que no tenemos todavía una forma

definida de lidiar con nuestra

intolerancia y simplemente

la expresamos de boca hasta

que el otro sea más intolerante

con nosotros de lo que nosotros

fuimos en primer lugar.

Parece una cosa de locos

y realmente lo es. Vistas las

cosas de esta manera, queda

claro que existen para nosotros

ciertos problemas que no se resuelven

porque no los sabemos

resolver. Y al no saberlo, los terminamos

profundizando. ¿Cuáles

son esos problemas? Pues

los que derivan precisamente de

la pureza ideológica que nuestra

“intelligentzia” vende todos los

días en los medios de difusión.

Cuando el argentino equilibrado

en todos los aspectos de su

vida muerde la banquina de la

pureza ideológica y se convence

a sí mismo de ser poseedor de

la verdad revelada en un asunto

en particular, el argentino queda

preso de esa verdad revelada y

difícilmente logra liberarse, ya

que no puede dialogar con el

que piensa distinto y tampoco

lo puede suprimir, como hace

el hombre occidental. Queda

preso —véase bien— solo en

ese aspecto, porque en todos

los demás sigue siendo perfectamente

capaz de argumentar,

debatir con el otro, persuadir y

ser persuadido.

Y es perfectamente lógico que

esto sea así. En una cultura que

desprecia los extremos y la pureza,

la incidencia de los extremos

y de la pureza no puede generar

otra cosa que confusión. Es la

metáfora perfecta del fanático

del fútbol: de lunes a sábado es

la gentileza en persona, es la

moderación en el hablar y es la

dulzura en el trato cotidiano con

los demás, pero se convierte en

un verdadero animal cuando

Lo sobreideologización delirante que tiende a los extremos y a las sectas de “iluminados”

poseedores de la verdad revelada se expresa estéticamente en el gesto

casual de rebeldía, como el taparse la cara con un pañuelo. Eso no es comprendido

por el sentido común de las mayorías y allí donde los “iluminados” se radicalizan

y se encierran en sus propios círculos, creyendo que así hacen avanzar su causa,

terminan formando el consenso en su contra y garantizando su propia derrota.

31 HEGEMONIA - octubre DE 2019


llega el domingo y juega su equipo.

“No, no, a Juancito mejor ni

le hablemos de Independiente,

porque se saca mal”. ¿Quién

nunca escuchó esa frase o conoció

a ese individuo cuya intolerancia

en asuntos futbolísticos

llega a niveles insoportables?

Juancito no tolera a los hinchas

del cuadro rival, pero tampoco

se le ocurre ir a suprimirlos porque

son de Racing. Juancito vive

en un limbo ideológico (práctico),

literalmente cagándose a

puteadas toda la vida con gente

a la que no tolera, no puede (ni

quiere) persuadir y tampoco

puede quitarse de encima.

Claro que el fútbol aquí es

solo eso, una metáfora, porque

tienen realmente escasa

importancia las “grietas” entre

hinchas, ya que de ellas no

depende nada en absoluto, es

puro folclore. Lo más importante

es trasladar la metáfora

a los asuntos que sí mueven la

aguja en términos políticos y

sociales para descubrir que allí

la intolerancia impotente traba

la posibilidad de resolución de

conflictos porque las partes

no están dispuestas a sentarse

a dialogar y tampoco están

dispuestas a batirse en duelo.

Lo que vamos a ver es que el

fanatismo en una cultura como

la nuestra, que más allá de las

formas no contempla realmente

el fanatismo, constituye una

anomalía cultural.

Alguien dirá que eso es una

contradicción y que el argentino

más bien se fanatiza con todo:

con una banda de rock, con un

cuadro de fútbol, con un gusto

de helado y con mil cosas más,

pero son todas perfectamente

irrelevantes de cara a la construcción

de una Comunidad

Organizada sin extremos. El

argentino tiende a huir de los

extremos que realmente importan,

que son los extremos

ideológicos, y tiende siempre a

equilibrar, argumentar y contemporizar.

Es por eso que aquí

los nazis y los neonazis siempre

han sido cuatro, los ultraliberales

tres y los trotskistas, media

docena. El hecho de que esas

minorías sean bullangueras y

den la impresión de que son

mucho más nutridas no modifica

la realidad de que son muy,

pero muy poquitos. La enorme

mayoría de los argentinos tiende

a buscar el centro.

Ahora bien, la metáfora del

fanático del fútbol nos va a

servir para analizar en clave de

autocrítica una etapa de nuestra

militancia nacional-popular: la

etapa kirchnerista en lo que va

del lock-out patronal del 2008

hasta bien entrado el año 2018.

Un periodo de aproximadamente

diez años en los que hemos

caído rehenes de la pureza ideológica

y nos hemos vuelto intolerantes,

pero sin saber qué hacer

para resolver la contradicción.

Frente a la imposibilidad fáctica

de suprimir el gorilaje y sus

millones de repetidores —que no

es nuestra esencia el suprimir a

nadie—, pero igualmente imposibilitados

de sentarnos a dialogar

con los que se nos oponían

de un modo irracional (“irracio-

El tristemente célebre “hombre mortero”, el trotskista iluminado que es la expresión de las minorías con intolerancia impotente

por antonomasia: al no tener votos, entrar a romper para imponer su verdad revelada por la fuerza brutal de la guerra.

32 HEGEMONIA - octubre DE 2019


nal” desde nuestro punto de

vista, como explicaremos más

adelante), nos hemos dedicado

a darle rienda suelta a nuestra

intolerancia impotente: se

suspendió toda posibilidad de

debate y pasamos a la puteada

mutua como práctica cotidiana.

¿El resultado? Pues que ellos

no cambiaron de idea, nosotros

tampoco, ninguna de las dos

parcialidades se atrevió a suprimir

a la otra y ahí está, ni más

ni menos, la llamada “grieta”,

que es una situación de tablas

en la metáfora ajedrecista. En

una palabra, lejos de buscar la

resolución del problema por el

diálogo, a la americana, o de

buscarla a la occidental, a los

tiros, lo único que hicimos fue

alejar cada vez más las posiciones

hasta partir al país en dos.

Se nos argumentará con

mucha razón que eso estaba

escrito en las estrellas y que no

había alternativa. Al haberse

corrido los del otro bando hacia

un extremo, que es el extremo

ideológico de los ricos que se

expresa en los medios de difusión

concentrados y es incorporado

por una parte del pueblo,

no quedaba otra opción para

nosotros que corrernos hacia el

extremo opuesto y fanatizarnos

del relato nacional-popular,

incluso para sostener la cohesión

del grupo. Todo eso es

cierto, aunque el error persiste:

aferrarse a la intolerancia en

una cultura que no contempla

los extremos y no tiene previstos

los medios para dirimirlos. De

un modo objetivo eso fue lo que

nos pasó a los argentinos, más

allá de las explicaciones históricas

de por qué nos pasó eso,

que son lógicamente atendibles.

Lo que nos pasó es que nos

encontramos con una oposición

a la que consideramos “irracional”,

esto es, cuyos argumentos

son inválidos desde nuestro

Los sobreideologizados “por derecha”, que aun frente a la realidad efectiva de un

gobierno que destruyó el país y es el más corrupto de la historia, sigue repitiendo

consignas ideológicas absolutamente divorciadas de la realidad.

punto de vista. Cuando eso pasa

y el argentino se ve enfrentado

con el otro al que no considera

sujeto de persuasión y, por lo

tanto, indigno de diálogo, el

argentino cae en la laguna de su

cultura y transforma el diferendo

en diatriba permanente, en una

conversación de sordos en la

que todos gritan, nadie escucha

a nadie y no hay argumentos. El

problema de esa situación es

que pone a ambos contrincantes

en una posición imposible de intolerancia

impotente, en la que

no se puede persuadir al otro y

tampoco se lo puede suprimir.

Lo único que puede hacerse es

agraviarlo permanentemente. Y

eso, como se sabe, se traduce

en una escalada de odio.

Ahí está una razonable explicación

de lo que en nuestro país

se dio en llamar la “grieta”, pero

no es la única. Al momento de

escribir estas líneas, habíamos

tenido un productivo intercambio

con una militante peronista

que además se calificaba a sí

misma como “feminista”. Es

conocida la opinión que expresamos

en La Batalla Cultural

y en esta Revista Hegemonía,

a saberla, que el peronismo

no necesita de “ismos” como

el feminismo, porque al ser la

expresión del pueblo argentino

en la política ya contiene in nuce

la igualdad de género que el

argentino necesita. De hecho,

nadie hizo más en la historia de

nuestro país por la igualdad entre

hombres y mujeres que el peronismo

desde Eva Perón y hasta

el presente y sobre eso versó

el intercambio con esta militante

peronista y “feminista”, sobre

la pertinencia de un movimiento

feminista separado del peronismo.

La conversación fue bastante

larga y lo fundamental se

expresó en la confesión de esta

militante de su incapacidad de

debatir con varones (y con mujeres

“cabeza de termo”, como

califica ella a las que no son

feministas) argumentando las

razones del feminismo. Es decir,

nuestra brava militante afirma

ser capaz de todo sin perder la

calma jamás, incluso de discutir

asuntos de política económica

con un “libertario” de Espert,

pero confiesa no poder hacer

33 HEGEMONIA - octubre DE 2019


El lock-out patronal del año 2008, hito inicial del proceso de sobreideologización

de ambos bandos que resultó en la famosa “grieta”.

lo mismo cuando el asunto es

género frente a un interlocutor

que ya no esté convencido de

antemano.

El feminismo es un extremo

ideológico que tiende a correrse

cada vez más hacia su propio

extremo y las razones de los

que han sufrido carne propia

la violencia de género también

son atendibles. Entonces acá

tenemos esa tendencia a la

posición extrema y tenemos

también otra, de la sectarizar a

los militantes a medida que eso

ocurre. ¿Por qué? Precisamente

por la intolerancia impotente: al

tener muy fuertes razones —hasta

personales en muchos casos

y, diríamos, sobre todo razones

muy personales— para sostener

la ideología de género, el militante

que la sostiene no considera

“racional” que alguien

se le oponga en ese aspecto.

Finalmente, al combinarse con

un relato ideológico que viene

con su coherencia interna, las

convicciones personales se cristalizan

y se convierten en eso,

en la famosa verdad revelada,

la que no admite el más mínimo

reparo o crítica. Frente al que

pone reparos o hace una crítica,

el insulto. Y el resultado es la

incapacidad de argumentar la

idea, la no persuasión del otro y,

fatalmente, la derrota.

Las sectas son derrotadas en

la política al no poder expandirse

más allá de los límites de

los que ya están convencidos

antes de empezar el debate,

que son muy poquitos. En el año

2018, durante la campaña por

la ley del aborto, veíamos cómo

el feminismo respondía con un

“correte, porque vamos a pasar

igual” a la interpelación de cualquiera

que no portara un pañuelo

verde. Para los militantes del

aborto la cuestión se reducía a

que si uno no era “verde”, entonces

era provida y lógicamente

indigno de debate y argumentación.

Desde el punto de vista

de la militancia abortista, el

provida es un fanático religioso,

un “cerrado”, un “dinosaurio” y

un “machirulo”, por supuesto. Y

como todos los que no usaban

el pañuelo verde fueron puestos

en la categoría de provida (o a lo

sumo en la categoría de tibios),

lo que pasó es que uno de los

extremos se sectarizó, se cerró

en sí mismo y fue derrotado.

“Cuando escucho o leo a

alguien haciendo un comentario

misógino o cuestionando el derecho

de las pibas a abortar, no

sé, se me nubla todo”, nos relataba

esta militante peronista y

feminista a la vez. “Lo único que

atino hacer es rajarle una puteada,

pero eso me está haciendo

mal y ahora prefiero callar y

mirar para el otro lado para no

hacerme la mala sangre”. He

ahí la descripción perfecta de

la intolerancia impotente: no se

puede persuadir y tampoco se

puede suprimir al diferente, por

lo que o bien se lo insulta y se

hace escalar el odio de ambas

partes, o bien se calla y se junta

odio solo de una de las partes.

“¿Pero nunca pensaste que si

no debatís con el que hace un

comentario misógino, por ejemplo,

jamás vas a lograr el objetivo,

que es que no haga esos

comentarios?”, le preguntamos.

Y la respuesta vino a corroborar

todas nuestras teorías: “Sí, lo

sé, pero no puedo. No puedo

debatir cuestiones de género

con gente que no es feminista

como yo”.

Entonces es la verdad revelada

y cabría preguntarse si el fin de

la militancia —de toda militancia—

no es precisamente el de

persuadir al que aun no está

persuadido. ¿Qué clase de militancia

es la que solo “debate”

con quienes ya están de acuerdo

y se niega a hacerlo con los

que no lo están? Ninguna y ahí

tenemos que la verdad revelada

es enemiga de la militancia

porque cierra toda posibilidad

de argumentación frente al otro.

Y la realidad solo cambia cuando

el otro se pliega. Las razones

de la verdad revelada siempre

son atendibles, pero importan

muy poco si el objetivo no se alcanza.

Lo de “córranse, porque

vamos a pasar igual” no aplica,

salvo que esté en los planes del

que lo enuncia la resolución del

34 HEGEMONIA - octubre DE 2019


problema a la moda occidental,

esto es, a los tiros. Nadie se

corre de su posición.

Los ejemplos del kirchnerismo

entre los años 2008 y 2018 y

del feminismo en tiempos más

recientes son solo dos de los

muchos existentes en el universo

de la verdad revelada,

de la intolerancia impotente

y del sectarismo que traban

los debates en nuestra cultura

no preparada para resolver

diferencias sin diálogo entre

los que piensan distinto. Son

ejemplos del problema para

el que el peronismo tiene la

respuesta, tiene la Comunidad

Organizada y tiene la doctrina

de la cultura del pueblo-nación

argentino aplicada a la política.

Pero esa respuesta requiere de

comprensión. Comprensión del

otro, desde luego, que eso es

muy importante, aunque fundamentalmente

autocomprensión.

Lo que se necesita es el entendimiento

de lo que en realidad

somos más allá de la idea que

nos hacemos ideológicamente

de nosotros mismos. Cuando el

argentino se descubre y deja al

fin de avergonzarse de lo que

es, está a un paso de asumirse

peronista y de encontrarse allí.

El peronismo no muere jamás

y tampoco lo pueden matar

los gorilas ilustrados porque

siempre vuelve a aparecer en el

horizonte cuando el argentino

necesita destrabar situaciones

de tablas para seguir adelante.

El peronismo va a triunfar con

holgura el próximo domingo y

Alberto Fernández será el nuevo

presidente de la Nación porque

ha llegado la hora del encuentro.

De una parte y de otra de

la “grieta” estamos agotados,

extenuados, derrotados todos.

De una parte y de otra llegamos

a comprender que es necesario

seguir adelante, de alguna

forma hay que seguir adelante. Y

como nuestro joven ser nacional

es aún incapaz de resolver nuestras

diferencias con diálogo sobre

una “grieta” de años de odio

mutuo, invocamos la cultura del

pueblo expresada en la política

para que haga la unidad necesaria

por encima de todo eso.

Esa unidad no es la unidad entre

los dirigentes, sino la unidad del

pueblo que va a depositar en las

urnas sus sueños, más allá de

cómo piense o crea que piense

cada uno. Por eso el peronismo

nunca muere: porque si muere,

el que muere es el pueblo argentino.

Si el peronismo muere,

muere la Argentina porque “peronista”

es sinónimo conceptual

de “argentino”. Peronistas

somos todos, decía en General

Perón. Y argentinos también.

Acá no muere nadie.

35 HEGEMONIA - octubre DE 2019


ANÁLISIS

¿Por qué Ecuador?

Las razones

históricas de

una explosión

más allá del FMI

LISANDRO

SABANÉS

qué no ocurrió

en la Argentina? La

pregunta ha sido

recurrente desde

¿Por

el estallido social

en Ecuador. En todo caso, ¿por

qué sí se produjo en ese país?

Es útil, como siempre, recurrir a

la historia, que es donde suelen

estar las respuestas a los dilemas

del presente y las señales

para el futuro.

El detonante de la crisis fue la

decisión del presidente Lenin

Moreno, en línea con el FMI, de

aumentar el precio de la nafta

—actualizarlo a valores internacionales,

dijo— hasta 123%.

Es decir que, de un día para el

otro, el litro de nafta extra (la

más usada en Ecuador) pasó de

costar US$0,49 a US$0,63. Obviamente,

el impacto fue enorme

porque los combustibles

son un componente esencial en

los costos de las empresas y su

incremento afecta sobre todo a

los sectores que viven de ingresos

que rozan el límite de cubrir

la canasta básica o están por

debajo de él.

Pero hay algo más. Desde

la década del ‘70, cuando fue

nacionalizado el petróleo bajo

el gobierno del populista y cinco

veces presidente José María Velazco

Ibarra, en Ecuador el precio

del combustible está regulado

por el Estado vía subsidios

36 HEGEMONIA - octubre DE 2019


(en rigor, lo que hizo Moreno fue

eliminar esos subsidios) y los

ecuatorianos tienen incorporado

en su bagaje cultural que la nafta

es barata porque el petróleo

es ecuatoriano. Desmontar esa

idea tan arraigada no es cosa de

un día para el otro y menos con

un aumento de esa magnitud.

Otra punta a tomar tiene que

ver con el rol de las organizaciones

indígenas en las protestas.

La Confederación de Nacionalidades

Indígenas del Ecuador

(CONIAE) juega un rol clave en

las movilizaciones que coparon

Quito junto con los gremios del

transporte, los estudiantes y el

correísmo de Revolución Ciudadana.

Pero la CONIAE no debutó

en estas lides con esta protesta.

Fundada en 1986, tuvo un rol

central en las recurrentes protestas

populares que hubo en

Ecuador a fines del siglo XX y

principios del XXI, que llevaron a

que —hasta la llegada de Rafael

Correa a Carondelet en 2007—

hubiera siete presidentes en

diez años.

La presencia en las calles de

los indígenas ecuatorianos fue

fundamental para la caída de

Abdalá Bucaram en 1997, de

Jamil Mahuad en 2000 y de

Lucio Gutiérrez en 2005, en

todos los casos, por promover

políticas de ajuste con el agravante

en el caso de Gutiérrez de

que había sido electo en 2003 a

través de una alianza formada,

entre otros, por el movimiento

Pachakutik, brazo político-partidario

de la CONIAE. A poco de

empezar a gobernar, Gutiérrez

incumplió sus promesas electorales

y se rompió el acuerdo.

Tampoco Correa tuvo la mejor

de las relaciones con la CONIAE

y, en el marco de las últimas

protestas, los voceros de la

organización se encargaron de

remarcar que no tienen vínculos

políticos con el expresidente.

Sus acuerdos fueron visibles en

los primeros años de la administración

correísta, fundamentalmente

en la Asamblea Constituyente

de 2009, que reconoció a

Ecuador como país plurinacional

y les dio a las lenguas indígenas

kichwa y shuar reconocimiento

como idiomas oficiales a la par

del castellano.

Pero la promoción de la minería

petrolera extractivista en

la selva amazónica ecuatoriana

por parte del gobierno de Correa

puso a esta organización indígena

en la vereda de enfrente y

tuvieron fuertes enfrentamientos

que incluyeron también

cortes de ruta, protestas masivas

en todo el país y el peligroso

reclamo secesionista que volvió

a aparecer con fuerza ahora.

Y aquí aparece otra razón para

entender la magnitud de las protestas

en Ecuador. El de Moreno

es un gobierno absolutamente

legal, pero con visos de ilegitimidad

no solo porque su popularidad

está por el piso —entre

8% y 10%— sino porque que

fue electo presidente en 2017

como cabeza del espacio oficialista

y, de manera lenta pero

continuada, en poco más de dos

años de mandato fue tomando

decisiones en sentido absolutamente

contrario a la línea de su

predecesor y su espacio político

original.

Moreno fue vicepresidente en

el primer mandato de Correa

entre 2007 y 2013. Abocado a

trabajar en la ampliación de los

derechos de los discapacitados

—tras recibir un balazo en

un asalto, usa silla de ruedas—,

cultivó siempre un perfil dialoguista

que lo catapultó a ser la

mejor opción electoral de un

correísmo desgastado.

Sin embargo, su gestión se

caracterizó hasta ahora por

reacomodamientos en el mapa

del poder: alineamiento con

EE.UU., organismos financieros

internacionales, medios de

comunicación hegemónicos,

elite financiera local, partidos

La jugada de Lenin Moreno es una clara traición a Rafael Correa: una vez asumido

como sucesor de este en el Carondelet, Moreno gobernó con políticas directamente

opuestas a las que sostiene su antecesor. En consecuencia, los índices de popularidad

de Moreno están por el piso y son más bajos que los de Macri en Argentina.

37 HEGEMONIA - octubre DE 2019


políticos de “derecha” y políticas

consecuentes con esos

encuadramientos, como la

entrega de Julián Assange a la

policía británica, préstamo con

el FMI, reformulación de la Ley

de Medios, ajuste fiscal, aval

explícito a las causas judiciales

contra el anterior gobierno e

incluso promoción de la agenda

de género, de la cual Correa fue

y es un fuerte opositor.

El oficialismo justifica el giro

de Moreno en causales políticas

y económicas. La política

es la histórica dificultad de los

populismos latinoamericanos

para resolver el problema de la

sucesión. Para Moreno, dicen,

hubiera sido difícil gobernar

alineado con un Correa de perfil

caudillista y con fuerte respaldo

popular más allá de sus anuncios

de distanciamiento temporario

de la política ecuatoriana.

La económica tiene que ver con

que la caída de los precios internacionales

del petróleo —pasó

de U$100 a U$60 el barril—,

principal insumo de exportación

de la economía ecuatoriana,

hacía imposible pensar en

repetir las políticas pro Estado

y de distribución del ingreso de

Correa.

Además del abultado déficit

fiscal que Moreno usa como

argumento para justificar el

acuerdo con el FMI, Ecuador

tiene desde el año 2000 el dólar

como moneda. Por lo tanto,

aunque la economía goza de

cierta estabilidad, el Estado no

tiene soberanía monetaria para

poder, por ejemplo, devaluar si

las circunstancias lo ameritan.

Correa no supo, no pudo o no

quiso modificar esta situación

y la restricción externa —la falta

de dólares— es en Ecuador un

problema mucho más grave que

en Argentina.

En este marco, Ecuador paradójicamente

se va asemejando

a su conflictiva vecina Venezuela,

no solo por las violentas

protestas callejeras (al cierre

de esta nota, se contaban ocho

muertos y casi 100 heridos

graves), sino porque el Ejército

asoma como un elemento clave

para imaginar el sostenimiento

de Moreno como presidente. La

imagen del presidente rodeado

de los uniformados altos mandos

de las Fuerzas Armadas con

la que se ilustró el último discurso

presidencial fue sugerente en

ese sentido.

Hay aquí también que bucear

en la historia para entender esta

situación con ojos argentinos.

Si bien Ecuador tuvo “su” dictadura

militar en los ‘70 (concretamente,

entre 1972 y 1979,

tras el derrocamiento de Velazco

Ibarra), esta no tuvo las características

de sus pares argentina

o chilena en materia de represión.

Ecuador no registra casos

de desapariciones forzadas e

incluso hubo cierta bonanza petrolera

que se tradujo en obras

públicas, una leve mejora de las

condiciones económicas de la

población y el desarrollo de industrias

militares que le dieron,

hasta hoy, márgenes de autonomía

económica a las FF.AA.

En consecuencia, el Ejército

ecuatoriano es un factor de

poder en la política ecuatoriana

porque goza de prestigio en amplios

sectores sociales. Sin embargo,

en anteriores ocasiones,

han sido las propias Fuerzas

Armadas las que se han negado

a reprimir y con eso dieron la

puntada final para la caída de

los gobiernos. No parece casual

que en estos momentos la CO-

NIAE esté llamando al Ejército a

retirar su apoyo al presidente.

La mesa de cuatro patas —

EE.UU., elite económica y medios,

Congreso y FF.AA.— que

sostiene hoy a Moreno podría

caerse si perdiese una de ellas.

38 HEGEMONIA - octubre DE 2019


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39 HEGEMONIA - octubre DE 2019


OTRA MIRADA

17 de octubre: El subsuelo

de la patria sublevado

suma de hechos,

mitos y teorías

componen el

17 de octubre? El

¿Qué

largo recorrido de

interpretaciones sigue alimentado

un fuego de 69 años que es

también nostalgia de quienes lo

vivieron personalmente y evocación

de quienes lo asumieron

como bandera de lucha en los

ya lejanos años de la resistencia

peronista.

La respuesta a la pregunta de

“quienes hicieron el 17 de octubre”

continúa siendo un torneo

de indagaciones históricas y de

visiones contrapuestas acerca

de la fecha más potente de la

historia del peronismo.

La historización de la fecha

fue controvertida desde sus

primeras crónicas que fueron

mayoritariamente desfavorables

porque los diarios liberal oligárquicos

y la interpretación de la

prensa de los partidos socialistas

y comunistas negaron la

jornada.

La gran movilización popular

fue desconocida como acción

de la clase obrera, probablemente

porque los obreros reales

no eran conocidos como tales

por sus cronistas de entonces.

Lo cierto es que miles de

obreros industriales mayoritariamente

llegaron hasta la Plaza

de Mayo y se movilizaron en

diversas ciudades del interior

del país. En Buenos Aires, el episodio

central lo protagonizaron

los obreros del sur y norte de la

Capital Federal y del Gran Buenos

Aires, de Lanús, Versalles y

La Plata se movieron y cruzaron

la frontera física y simbólica del

Riachuelo.

40 HEGEMONIA - octubre DE 2019


Con toda probabilidad son los

obreros de los grandes frigoríficos

de Berisso, ya desaparecidos,

los que movieron el contingente

más compacto impulsado

por el dirigente Cipriano Reyes,

de desgraciada historia posterior

en el peronismo.

Ya fue aclarado historiográficamente

que la sesión del

Comité Central Confederal de la

CGT que declaró la huelga general

había sido superada por los

acontecimientos que ya estaban

en la calle y no había registrado

pedido alguno por la libertad del

coronel Juan Domingo Perón,

que era la cuestión en juego en

esos días.

Desplazado de sus múltiples

cargos (vice presidente de la

Nación, Secretario de Trabajo y

ministro de Guerra), Perón había

sido detenido por la Armada y

trasladado a la Escuela de Marinería

de la isla Martín García en

medio del Río de la Plata.

Mientras los vencedores

liberales civiles y militares no

conseguían consumar el triunfo

que la destitución y apresamiento

de Perón les brindaba, éste

se apoyaba en Evita y esperaba

un futuro de pareja junto a ella

en el campo patagónico (como

lo destaca la célebre carta de

amor que el naciente líder le

envió a su compañera).

No hubo una organización

estructurada del movimiento.

Hubo acciones superpuestas

de gran activismo, como los

muchos dirigentes de base que

fueron como Reyes; las figuras

políticas como Mercante que

hicieron de nexo y reunieron

impulsos. La presencia de Evita

sigue siendo clandestina porque

ya había sido atacada en la calle

por esos días y su acción más

destacada fue pedir a un abogado

gremialista como el futuro

canciller peronista Juan Atilio

Bramuglia la presentación de un

recurso de habeas corpus, a lo

que el letrado se habría negado

ganándose la enemistad eterna

de Evita.

Al cruce del Riachuelo se

sumó la escena de las “patas

en la fuente” cuando los caminantes

obreros de kilómetros

refrescaron sus plantas en las

fuentes de la Plaza. En la mañana

eran pocos, bastantes a

la hora del té, pero eran una

multitud a la noche en la que un

liberado Perón, ya instalado en

el hospital militar de Palermo

en esa misma jornada sustraído

al control de la Armada y en la

zona de influencia del Ejército,

salió por primera vez al balcón

de la Plaza.

Esa noche Perón se proclamó

“el primer trabajador argentino”,

asumiéndolo como un título

de honor después de haber pedido

el retiro del Ejército. Como

no ocurrió en otras ocasiones,

el discurso del 17 se produjo

a las 10 de la noche y Perón

estaba enfundado en traje. No

dijo “compañeros” sino “trabajadores”,

como testimonió

la escena fílmica que Leonardo

Favio rescató casi mágicamente

en Perón, sinfonía de un sentimiento.

El 17 de octubre no fue “el

abrazo del Pueblo y el Ejército”,

sino la acción liberadora que

apoyó a una fracción de las

FFAA, una tendencia del Ejército.

El gobierno quedó resguardado

con la presencia de Mercante

como secretario de Trabajo y se

produjo el virtual lanzamiento

de la campaña presidencial que

en los comicios del 24 de febre-

41 HEGEMONIA - octubre DE 2019


o del año siguiente consagrara

al hombre del 17 como presidente

constitucional.

¿Qué habría pasado si Perón

hubiera sido asesinado en esos

días? La nada improbable acción

a la luz de las acciones golpistas

y terroristas que generó

la oposición durante el período

1946-1955 hubiera cambiado

la historia argentina.

Pero Perón vivió y ganó. Se

asomó a la Plaza como las montoneras

de López y Ramírez del

año 1820 lo hicieran atando sus

caballos a la Pirámide de Mayo

y como Irigoyen se asomara a un

balcón de la Rosada, triunfante

y solemne, el 12 de octubre de

1916. Fue instalado allí por los

trabajadores de aquella jornada

que Scalabrini Ortiz describiera

con justicia como “el subsuelo

de la patria sublevado”, casi

poéticamente, así:

“Corría el mes de octubre de

1945. El sol caía a plomo sobre

la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente

enormes columnas

de obreros comenzaron a

llegar. Venían con su traje de

fajina, porque acudían directamente

desde sus fábricas

y talleres. No era esa muchedumbre

un poco envarada que

los domingos invade los parques

de diversiones con hábitos

de burgués barato. Frente

a mis ojos desfilaban rostros

atezados, brazos membrudos,

torsos fornidos, con las greñas

al aire y las vestiduras escasas

cubiertas de pringues, de

restos de brea, de grasas y de

aceites. Llegaban cantando y

vociferando unidos en una sola

fe. Era la muchedumbre más

heteróclita que la imaginación

puede concebir. Los rastros de

sus orígenes se traslucían en

sus fisonomías. Descendientes

de meridionales europeos iban

junto al rubio de trazos nórdicos

y al trigueño de pelo duro

en que la sangre de un indio

lejano sobrevivía aún.

“El río cuando crece bajo el

empuje del sudeste disgrega

su masa de agua en finos hilos

fluidos que van cubriendo los

bajíos con meandros improvisados

sobre la arena, en una

acción tan minúscula que es

ridícula y desdeñable para el

no avezado que ignora que ese

es el anticipo de la inundación.

Así avanzaba aquella muchedumbre

en hilos de entusiasmo,

que arribaban por la

Avenida de Mayo, por Balcarce,

por Diagonal...

“Un pujante palpitar sacudía la

entraña de la ciudad. Un hálito

áspero crecía en densas vaharadas,

mientras las multitudes

continuaban llegando. Venían

de las usinas de Puerto Nuevo,

de los talleres de Chacarita y

Villa Crespo, de las manufacturas

de San Martín y Vicente

López, de las fundiciones y

acerías del Riachuelo, de las

hilanderías de Barracas. Brotaban

de los pantanos de Gerli

y Avellaneda o descendían de

las Lomas de Zamora. Hermanados

en el mismo grito y en la

misma fe, iban el peón de campo

de Cañuelas y el tornero de

precisión, el fundidor, el mecánico

de automóviles, el tejedor,

la hilandera y el empleado de

42 HEGEMONIA - octubre DE 2019


comercio. Era el subsuelo de la

patria sublevado. Era el cimiento

básico de la nación que

asomaba, como asoman las

épocas pretéritas de la tierra

en la conmoción del terremoto.

Era el sustrato de nuestra idiosincrasia

y de nuestras posibilidades

colectivas allí presente

en su primordialidad sin reatos

y sin disimulo. Era el de nadie

y el sin nada, en una multiplicidad

casi infinita de gamas y

matices humanos, aglutinados

por el mismo estremecimiento

y el mismo impulso, sostenidos

por la misma verdad que una

sola palabra traducía.

“En las cosas humanas el

número tiene una grandeza

particular por sí mismo. En ese

fenómeno majestuoso a que

asistía, el hombre aislado es

nadie, apenas algo más que un

aterido grano de sombra que

a sí mismo se sostiene y que el

impalpable viento de las horas

desparrama. Pero la multitud

tiene un cuerpo y un ademán

de siglos. Éramos briznas de

multitud y el alma de todos nos

redimía. Presentía que la historia

estaba pasando junto a

nosotros y nos acariciaba suavemente

como la brisa fresca

del río. Lo que yo había soñado

e intuido durante muchos años

estaba allí presente, corpóreo,

tenso, multifacetado, pero

único en el espíritu conjunto.

Eran los hombres que están

solos y esperan que iniciaban

sus tareas de reivindicación. El

espíritu de la tierra estaba presente

como nunca creí verlo.

“Por inusitado ensalmo, junto

a mí, yo mismo dentro, encarnado

en una muchedumbre

clamorosa de varios cientos

de miles de almas, conglomeradas

en un solo ser unívoco,

aislado en sí mismo, rodeado

por la animadversión de los

soberbios de la fortuna, del

poder, y del saber, enriquecido

por las delegaciones

impalpables del trabajo de las

selvas, de los cañaverales, de

las praderas, amalgamando

designios adversarios, traduciendo

en la firme línea de su

voz conjunta su voluntad de

grandeza, entrelazando en una

sola aspiración simplificada la

multivariedad de aspiraciones

individuales, o consumiendo en

la misma llama los cansancios

y los desalientos personales,

el espíritu de la tierra se erguía

vibrando sobre la plaza de

nuestras libertades, pleno en

la confirmación de su existencia.

La substancia del pueblo

argentino, su quintaesencia

de rudimentarismo estaba allí

presente, afirmando su derecho

a implantar para sí mismo

la visión del mundo que le dicta

su espíritu desnudo de tradiciones,

de orgullos sanguíneos,

de vanidades sociales, familiares

o intelectuales. Estaba allí

desnudo y solo, como la chispa

de un suspiro: hijo transitorio

de la tierra capaz de luminosa

eternidad.”

43 HEGEMONIA - octubre DE 2019


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR DEMIÁN

44 HEGEMONIA - octubre DE 2019

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