The Red Bulletin Noviembre 2019 (MX)

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cuando llegó una crisis profesional, justo

antes de que ocurriera el desastre del accidente

fatal de Connie Griffith. La crisis fue

la abrupta cancelación de un show de acrobacias

y justas medievales con temática de

caballeros que habían realizado a lo largo

de 6,000 presentaciones y ocho años de

duración, en una cena-show llamada King

Arthur's Tournament en el Excalibur Hotel

en Las Vegas. De acuerdo con Tad, Connie

jamás faltaba a una presentación, y ahora

se negaba a hablar sobre retirarse. “Me

dijo: 'Nunca dejaré de hacer acrobacias'”.

Un sábado por la noche en agosto de 1998,

mientras Tad estaba en Nuevo México filmando

una escena para Wild Wild West,

Connie viajó a un pequeño rodeo en Utah,

donde haría su última presentación.

Sentado en una mesa de comedor

junto a un alto gabinete lleno de trofeos,

Tad Griffith ofrece un curso rápido sobre

el negocio familiar con una voz aguda y

veloz, como si fuera un podcast a 1.25x

de su velocidad. Lo primero en la agenda,

luego de disculparse por tener que salir

pronto “a golpear a un tipo en Perry

Mason”, es un manual básico sobre la duradera

sociedad de la familia con caballos

y una filosofía de entrenamiento basada

en paciencia infinita y el principio de que

solo los animales dispuestos que aman las

acrobacias pueden tener éxito para hacer

suertes. Eso resulta ser un patrón que

también siguió tiempo después con sus

cuatro hijos, una vez que decidió que podía

llevarlos a los escenarios y, al mismo

tiempo, vivir consigo mismo.

“Nuestros caballos siempre están

aquí”, dice Tad. “He visto caballos que no

tienen nada, ni trabajo ni talento, hasta

abajo del orden jerárquico, y de súbito

obtienen un trabajo y aprenden a hacer

algo y son recompensados, eso hace que

cambien la manera en que ven todo”.

“Sé que a mis caballos les gustan las

presentaciones”, continúa. “Les encanta el

público, la energía. Solo podemos utilizar

a caballos que quieren hacerlo. Como jinetes,

literalmente tenemos que soltar las

riendas, y ellos tienen que hacer su parte

solos, puesto que nosotros estamos de cabeza

o bocabajo. Cualquier otro tipo de jinete

tiene riendas, una pierna o una línea,

tienen cierto control de su caballo. Nosotros

somos los únicos que dejamos que los

caballos lo hagan todo. Hablamos mucho

con nuestros caballos. Solo hablamos de

cosas positivas frente a ellos. Ellos aprenden

a ser soportes, al estilo de un bailarín

adagio”. (En la danza, una pareja adagio

consiste de una persona que funge como

base y una segunda que es el volante).

Tad da crédito a su padre, Dick Griffith,

por revolucionar la equitación acrobática a

través de conocimientos sutiles de fuerza,

dirección y precisión en tiempo. “El caballo

lleva la danza, tú bailas con ellos pero ellos

controlan la cadencia. O trabajas con ello

o trabajas en contra de ello. Mi papá descubrió

que si haces un salto, cuando tocas

el piso junto al caballo, si piensas en ir

hacia arriba en lugar de subir al caballo,

ese mismo caballo puede lanzarte a lugares

que no podrías alcanzar de otra manera.

Va en contra del sentido común. Si utilizas

la fuerza del caballo para saltar sobre

el caballo, volver a montarlo es algo que

ocurrirá de manera natural”.

Durante la larga carrera de Dick

Griffith, él dominó más suertes que

cualquier otro jinete antes o después, y lo

combinó con su determinación y talento

extravagante. (Una de sus suertes características

era hacer un shoulder stand sobre

dos caballos mientras saltaban sobre un

convertible Buick Fireball 8 modelo 1944).

Pero esa osadía incansable cobró factura.

Para seguir presentándose a pesar del

dolor provocado por lesiones repetidas a

sus muñecas, tobillos y pies, él utilizaba

éter congelado como agente entumecedor.

Entrenó a Tad con un enfoque similar para

afrontar el miedo y los golpes fuertes.

“Tenía más miedo de mi papá que de

morir”, recuerda Tad. “El temperamento

y ser duro son dos cosas que salen muy

caras en la vida. Tu temperamento puede

costarte todo. Ser duro o fingir dureza o

intentar ser demasiado duro también sale

caro a la larga. Probablemente fui el hijo

del hombre más duro que haya vivido,

y eso no le hizo bien”.

A finales de la vida de Dick, dice Tad,

“comenzó a tener grandes crisis y jaquecas

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